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sábado, 3 de marzo de 2018

EL «ADVIENTO» DEL «DESEADO»



¡Señor, que perecemos!... Violenta
ruge la tempestad;
y la pobre barquilla de la Patria,
envuelta en agua, zozobrando va.
El relámpago ruge en las alturas,
en lúcidos zig—zags;
hórrido el trueno allá al confín retumba;
brama doquiera horrísono huracán.
Y la pobre barquilla de la Patria,
rota y desecha va,
en el mar sin confín de la desgracia,
envuelta en agua zozobrando va...
Pecamos, Señor Dios; indignos somos
de lástima y piedad.
Pecamos, Señor Dios; pues consentimos
blasfemase el impío ante tu altar.
Pecamos, sí, y tu divina Justicia,
sobre el pueblo desleal
ha caído pesada y manifiesta,
nuestras faltas, Señor, para vengar.
Reyes has consentido, que procuran
placeres y caudal;
gobernantes sin ley que nos subyugan
y azótannos al rostro sin piedad.
Y la pobre barquilla de la Patria,
que azota el vendaval,
de babor a estribor y rechinando,
envuelta en agua, zozobrando va...
¡Piedad, Señor! Aun somos tus hijos.
¡Piedad, Padre inmortal!
Hijo pródigo, vuelve arrepentido
a Ti este pueblo, en busca de piedad.
Escúchanos, Señor; caiga tu mano
sobre el bando inmoral,
instrumento hasta hoy de tu justicia,
secuaces de la carne y de Satán.
¡Azótales, Señor! Alza tu mano,
a una rodarán
sus planes cimentados sobre arena,
y su mismo recuerdo morirá.
Y la pobre barquilla de la Patria,
libre de lastre tal,
hacia el mar placentero de la dicha
gallarda y fácilmente engolfará...
¡Escúchanos, Señor! Serena el cielo
Y apaga el huracan;
abre las nubes ya de tu Justicia,
y llueva el cielo al Deseado ya.
Y calmada, a su acción, Naturaleza,
flores renacerán,
y el sol lucirá espléndido en el cielo,
y la armonía tornará a, reinar.
Y al olor inmortal de las virtudes
de este pueblo leal;
bajo la mano experta del deseado
Monarca que los cielos lloverán,
Esta pobre barquilla de la Patria,
en marcha triunfal,
por el mar esplendente de la gloria
feliz navegará...

Un Carlista Catalán


Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 487, 488 y 489. 
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904

miércoles, 12 de abril de 2017

EL CASTIGO SE ACERCA



Y después de tanta relajación, de tanta impiedad, de tantas abominaciones como nos han descrito los artículos precedentes, ¿qué esperan los hombres?

«Los hombres,—dice el Señor en el Grito de Salud,se han negado a recibir a un Dios bueno y misericordioso, y verán cómo descarga sobre ellos la cólera de un Dios justamente irritado; verán que no se insulta a Dios en vano, y reconocerán, aunque tarde, que soy Omnipotente».

Y a los niños de la Saleta dijo la Santísima Virgen:

«Si mi pueblo no quiere someterse, me veré obligada a dejar caer el brazo de mi Hijo; es tan pesado, que no puedo detenerlo por más tiempo». «En vano intentaréis libraros de la ira de Jesucristo, el cual ya no puede contener la espada de su justicia», anunció el Beato Bartolomé de Saluzzo; y el apocalíptico abate Silvestro Castiglione vio escritas estas palabras de la Escritura en el libro de sus visiones: «Raza de víboras, ¿quién os librará de la cólera del Omnipotente que está para estallar? He aquí que la segur está ya aplicada al tronco del árbol; si no os convertís pronto y de todo corazón a Jesucristo, El blandirá contra vosotros su espada y tenderá su terrible arco».

El ilustre Da Macello cita en I Futuri Destini la visión de un humilde profeta de Turín, contemporáneo suyo, verificada el 27 de Febrero de 1862. Del nombre del vidente sólo pone las iniciales G. R.; pero bien pesadas las razones y la visión en sí misma, parece tener ésta todas las notas de autenticidad: por auténtica la admitimos y de buen grado la copiaríamos toda, si no fuera tan larga; pondremos solamente el final, que es la entrega de una carta o aviso llevado por el vidente al Papa, de parte de Jesucristo, el cual dirigía a los hombres tremendas amenazas que se convertirían en hechos si no enmendaban sus costumbres y hacían penitencia.

Además, se mandaba al Sumo Pontífice «amonestar a las autoridades temporales que no permitiesen la libertad de imprenta y la difusión de los libros impíos e inmorales; que observasen e hiciesen observar los días festivos y no tolerasen las blasfemias, los desórdenes y escándalos públicos; que respetasen la Religión santísima, pues de no respetarla, pueblos y gobernantes incurrirían en la tremenda ira de Dios; que aquellos reinos y naciones a los cuales los castigos y amenazas no bastasen para hacerlos volver en sí, tendrían la misma suerte del pueblo judaico, esto es, serían abandonados por Dios a su ceguera y réprobo sentido, para ser primero aniquilados y después atormentados por toda la eternidad».

Muchas veces han dirigido desde entonces Pío IX y León XIII estas amonestaciones a los Gobiernos, pero los Gobiernos las han menospreciado; el castigo, pues, era necesario, y en efecto, empezó tiempo ha, dura, y seguirá siendo cada vez más terrible. Entre los pecados de moda que más excitan la cólera de Dios, descuellan la profanación de los días festivos, la impureza y la blasfemia. El vidente arriba citado lo indica; el abate Curricque trae también en Voix Prophetiques la visión de otro profeta cuyo nombre omite por las mismas razones que Da Macello, y el profeta dice de Francia como pudiera decir del resto del mundo:

«Dios me da a conocer que las desgracias que amenazan a Francia se cumplirán, sobre todo, a causa de la profanación del domingo. Hago un acto de conformidad con la voluntad de Dios, por lo que yo mismo habré de padecer». Pone el mismo Curricque una aparición profética, para dudar de la cual no tenemos razones, y de ella sacamos estas palabras aplicables a todos los pueblos:

«Francia está muy humillada, mas también es muy culpable. Ha dado una grave caída, de la que no se levantará más que volviendo a ser cristiana. La Francia es culpable especialmente por la violación del descanso dominical, por otro vicio horrible (la lujuria), que tan común ha llegado a ser en ella, y sobre todo por la blasfemia. ¡Oh! las blasfemias son horrendas en Francia y atraen la cólera de Dios. He ahí las tres cosas que Francia debe principalmente evitar.

«En confirmación de todo esto viene lo que dijo la Santísima Virgen en la Saleta: «Os he dado seis días para trabajar, me he reservado el séptimo, y no se me quiere conceder. He ahí lo que hace tan pesado el brazo de mi Hijo. Los carreteros no saben hablar si no mezclan el nombre de mi Hijo... Vendrá una grande hambre».

Complemento de esto es lo que la misma celestial Madre dijo a Margarita Bays, la estigmatizada de La Pierre:

«La perversidad del mundo es tan grande, que yo no puedo detener el brazo de mi Hijo, ultrajado sobre todo por la blasfemia, la profanación de los días santos, la impureza, el abandono o negligencia de la oración y el olvido de Dios. Por tantos crímenes y para ayudarme a contener el brazo de mi Hijo, padecerás tú un tormento muy particular».

No se dirigen estas amenazas a Francia solamente, sino a las naciones en general, pues todas están más o menos contagiadas de la espantosa relajación francesa. Por eso la simpática y notabilísima vidente María des Terreaux profetizó como sigue:

«En el momento en que Francia sea castigada de esta manera tan terrible, todo el universo lo será igualmente. No se me ha dicho cómo. Se me ha anunciado que habría un acontecimiento tan espantoso (la revolución europea, acompañada de hambre y peste), que los que no estuvieren prevenidos, creerán haber llegado al fin del mundo; pero repentinamente acabará la revolución por un gran milagro (prodigio solamente le llaman los demás profetas), que causará el asombro del universo. (Es la victoria del Gran Monarca). Los pocos malos que queden se convertirán. Las cosas que deban suceder serán una imagen del fin del mundo».

Convienen los profetas en que el poder de los demonios será grande en estos tiempos. Dios los desatará para castigo de los hombres. El Venerable Telesforo dice:

«Cristo mandará al Angel que suelte a Satanás para que siembre las discordias, las sediciones, las guerras, los cismas seduzca a los que obstinadamente rechazaron los avisos del cielo. Dios, por los pecados del Clero y del pueblo, permitirá un gran cisma, que será como mensajero de todos los males».

La Beata Sor Clara Isabel decía en 1800, poco antes de morir:

«Todos se regocijan porque creen pasada la época de los ayes (la del Terror); pero aún se verá otra mucho peor que la pasada... Os aseguro que falta mucho más de lo que creemos. ¿Pensáis que los ayes se acabaron? No se acabaron; lo que padecisteis es nada en comparación de lo que padeceréis. Orad por caridad, y orad mucho, para que el Señor tenga misericordia». Elena, la estigmatizada de Ceilán, «portento de la Omnipotencia y portento de la gracia», como la llama el canónigo zaragozano D. Pedro González de Villaumbrosia, sintetizó en dos palabras todo lo que precede:

El triunfo de la religión esta próximo, pero el castigo que precederá será espantoso».

Lo mismo viene a decir la profecía del Beato Amadeo:

«Antes que vengan los tiempos felices, serán purgados con azotes, según está establecido». 

Esa es la economía de la divina Providencia. Deus quos diligit corripit; y las sociedades tienen que pagar sus pecados en este mundo, no en el otro.

«Se acerca la gran visita y reforma del mundo», dijo San Francisco de Paula, hablando de un tiempo 400 años posterior a su gran profecía; y San Vicente Ferrer exclamó: «Llorad los que seáis testigos de estruendo tan grande, que ni fue ni será, ni se espera ver otro mayor, no siendo él del juicio».

O como predijo Juan de Vatiguerro:

«Habrá tan grandes y tan diversas desgracias, que desde el principio del mundo nunca habrá tenido lugar semejante turbación, y nunca males tan numerosos, tan terribles y tan dignos de admiración habrán afligido la tierra». 

Para definir mejor el tiempo en que esto ha de suceder, la misma predicción dice que vendrá después de los días que atravesamos, los cuales describe así, con la significativa concisión del lenguaje profético:

«En aquellos años estallarán sediciones y conspiraciones horribles; pero no todas aquellas sediciones y conspiraciones obtendrán lo que se propongan, porque algunas serán reservadas hasta otros tiempos».

Il Vaticinatore, de Da Macello, cita una profecía italiana moderna que completa de este modo el citado párrafo de Vatiguerro:

«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía... Los jefes de las naciones piensan inútilmente en salvarlas. Intervención extranjera, armas, sangre, ruinas, desórdenes, epidemias, calamidades, asesinatos, cisma, inmoralidad. Nueva dinastía, nuevo orden de cosas, algunos reinos extinguidos, otros mutilados, otros aumentados, otros con diferente forma

Según el Iltmo. Vandina, citado por Cornelio aLápide en sus comentarios al Apocalipsis, la Beata Margarita de Rávena predijo en éxtasis que la Iglesia debía padecer muchas persecuciones, y que Dios quería purgarla y renovarla con pestilencias, penurias, incendios, sublevaciones, guerras y otros males gravísimos, y que por tales medios quería restituirla a su primitivo esplendor. La profecía viene cumpliéndose desde que se hizo, siglo XVI, pero no habiéndonos restituido todavía al esplendor antiguo, debe consumarse en nuestros tiempos como todos los profetas anuncian. Sigamos oyéndoles. El Venerable Holzbauser, antes de describir el triunfo de la Iglesia y paz del mundo, profetiza los siguientes castigos, unos cumplidos ya y otros que van a cumplirse.

«El Señor aventará su trigo por medio de crueles guerras, sediciones., pestes, hambre y otros males horribles. La Iglesia latina será afligida por muchas herejías y malos cristianos: se suprimirán muchos obispados e innumerables monasterios dignidades muy ricas por los mismos príncipes católicos. Se sujetará la Iglesia á gabelas y exacciones, de modo que podrá decirse con Jeremías que «la primera de las naciones ha sido sujeta a tributo». Será blasfemada por los herejes, y los eclesiásticos serán vilipendiados por los malos cristianos, sin que se les tenga por éstos ninguna consideración ni respeto. Atravesará tiempos de aflicción, de matanza, de defección y de toda clase de calamidades, y serán muchas las víctimas de la guerra, de la peste y del hambre. Pelearán reinos contra reinos, y otros, divididos en sí mismos (como España), serán desolados. Se destruirán principados y monarquías; habrá mucho empobrecimiento y gran desolación en la tierra. Todo esto será permitido por justo juicio de Dios, a causa de haber llenado la medida de nuestros pecados en el tiempo de la benignidad, cuando nos esperó para hacer penitencia».


«El mundo,—profetizaba la Venerable Sor Natividad hace un siglo,—será afligido por guerras sangrientas; los pueblos se levantarán contra los pueblos; las naciones contra las naciones, tan pronto unidas como divididas para combatir en favor o en contra del mismo partido: los ejércitos se chocarán espontáneamente y llenarán la tierra de mortandad y carnicería. Estas guerras intestinas y extranjeras ocasionaran enormes sacrilegios, profanaciones, escándalos, males infinitos por las incursiones que se harán contra la Iglesia, usurpando sus derechos, con lo cual recibirá grandes aflicciones».

De estos tiempos hablaba también Jesús Nuestro Señor cuando decía a Santa Margarita de Cortona:

«Yo te declaro que esperan grandes castigos a los pecadores; padecerán guerras espantosas, hambre y pestes, antes que llegue el fin de los tiempos (frase profética muy usada, que las más veces quiere decir el fin de la impiedad). Los autores de los vicios de alma y cuerpo han llegado a ser tan numerosos, que es imposible dejarlos obrar impunemente por más tiempo. Los cristianos son ahora más sabios en el mal que lo fueron los judíos en mi Pasión. Yo exijo que los predicadores de mi palabra muevan al mundo y a ellos mismos a la conversión sin reserva, para que vivan en mí la verdadera vida».

«Habrá tantas y tan grandes subversiones,—dijo hace medio siglo Sor Rosa Colomba Asdente,—que se verá marchar pueblo contra pueblo para exterminarse uno a otro bajo el siniestro golpe de tambores (particularidad notable de nuestros días) y de armas mortíferas. La revolución debe extenderse a toda Europa, donde no habrá ya calma sino después que la flor blanca (Gran Monarca) haya subido al trono de Francia».

Después de haber subido al de España.

El Venerable P. Antonio Albesani, del Oratorio de San Felipe en Savigliano, añade un detalle, y es de la falsa paz que hemos gozado, en estos tiempos.

«Habrá paz, dice, pero no paz verdadera, sino paz interrumpida por turbulencias. Antes que llegue la paz verdadera habrá una guerra sin cuartel, extremadamente sangrienta, la cual se extenderá por toda Europa. Habrá también una hambre horrible».

«¡Ay tres veces de Francia! ¡Ay tres veces de Italia! ¡Ay tres veces de Alemania!—exclamaba Mariana Galtier.—EI ángel no envainará la espada sino después de haber castigado a todas las naciones».


Sor María de la Cruz, o sea Melania la pastora de la Saleta, que de labios de la Virgen había aprendido estas cosas, exclamaba:

«¡Pobre pueblo!... Tú no sabes que puedes ser pulverizado como el grano bajo la muela de las venganzas de Dios… Pero es inútil hablar a los hombres, la ceguedad ha llegado a su colmo; es menester que Dios les hable, y les hablará; pero ¡no pueden imaginarse cómo! La tierra necesita de un expurgo».

En vista de que todos estos castigos son necesarios y hemos de pasar por ellos, no podemos menos de exclamar con la profetisa riminense en otro capítulo citada:

«¡Oh Dios mío! ¡Cuán inundada de pecados está la tierra! Pero, Señor, tened piedad de los pecadores... ¡Oh cuánta necesidad tiene de ser purificada vuestra Iglesia! Enviad, Señor, enviad presto los azotes que habéis preparado, porque cuanto más tarden, veo que tanto serán más terribles».

(Luz Católica, núm. 26=28 Marzo 1901).


Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 258 a la 265
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904


lunes, 23 de enero de 2017

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA - EL FARISEÍSMO EN LA IGLESIA


En Luz Católica hemos dado pruebas abundantísimas y terminantes del respeto que tenemos al Clero en general, y particularmente al español: véanse, entre otros, los números. 2, 3, 10 y 23, págs. 18, 22, 45, 147, 152 y 365. Puestos a dar cuenta de todo lo que los profetas anuncian, tenemos cierta obligación de no omitir lo que se refiere al Clero, sin que esto modifique nuestro parecer en pro ni en contra: somos meros copistas; no hacemos tanto como Santos y Venerables citados (ibid.) en la pág. 365. De intento suprimiremos los comentarios: que hablen los profetas, y téngase en cuenta que se refieren terminantemente al Clero de hoy. Si alguien nos recrimina, al final le respondemos.

«Entre los, llamados a sostener la Iglesia hay cobardes, indignos, falsos pastores, lobos disfrazados con piel de oveja, los cuales no han entrado en el redil más que para seducir las almas sencillas, degollar el rebaño de Jesucristo, entregar la heredad del Señor a las depredaciones de los saqueadores, y los templos y los altares a la profanación... He aquí las amenazas que por esto hace el Señor, con toda la indignación y la saña de su justicia: «¡Ay de los traidores y de los apóstatas! ¡Ay de los que malrotan los bienes de mi Iglesia y de los que menosprecian la autoridad de ésta! Han incurrido en mi indignación; yo pisaré su soberbia audaz, que desaparecerá de mi presencia como el humo que se evapora por el aire, en castigo de sus crímenes. Yo les pediré cuenta de mi herencia... Yo endureceré su corazón y cegaré su espíritu, y cometerán pecados sobre pecados...» (Sor Natividad).

«Tomando el Soberano juez a su cargo la causa de la justicia, castigará a los prevaricadores, y sobre todo a los malos pastores de su Iglesia, permitiendo que se les despoje de sus bienes temporales antes de reducirlos por medio de las tribulaciones». (Santa Hildegarda).

«Señores y grandes prelados, os ruego que os enmendéis, pues de lo contrario, recibiréis grandes castigos. ¡Oh! volved al buen camino, pues lo que os anuncio no son locuras ni tonterías como pensáis». (Beato Bartolomé Saluzzo).

«Muchos morirán entonces impenitentes, porque habrán permanecido sordos a mis palabras e inspiraciones. ¡Ay de ellos, y particularmente de ciertos prelados que engañan a mis ovejas y pretenden ser renovadores y más doctos que Agustín y Tomás! Engáñanse éstos, porque yo permitiré que les avergüencen pueblos abyectos, pero cristianos verdaderos, a los cuales daré una fe firme y estable...

Te aseguro que antes que sucedan estas cosas (la regeneración por el Gran Papa y el Gran Monarca), verán tus hermanas a muchas ovejas mías de los claustros abandonar su instituto, lo cual permitiré en castigo de ellas, porque serán orgullosas y faltarán a las promesas que me hicieron en su profesión... Sus conventos serán suprimidos». (Jesús a la Venerable Sor Dominga del Paraíso).

«¡Ay de los religiosos y religiosas que no observen sus reglas! ¡Ay de todos los sacerdotes indignos de todos los seglares que se dan al libertinaje y siguen las falsas máximas de la moderna filosofía, condenada por la Iglesia, como contraria a los preceptos del Evangelio! Esos miserables, por su detestable conducta, negando la fe de Jesucristo, perecerán bajo el peso del brazo exterminador de la justicia de Dios, de la cual nadie escapará». (Venerable Sor Isabel Canori Mora).

«En medio de este horrible desastre, un grito se oye por todas partes: ¡Ay de los sacerdotes infieles, a su vocación! ¡Ay de los falsos servidores de Dios! ¡Ay de los que menosprecian sus obligaciones! ¡Ay de los que ponen obstáculos al bien!».
(Citada en el capitulo anterior)

«Los preceptos divinos y humanos serán despreciados: los sagrados Cánones se tendrán por nada, haciendo el Clero igual caso de la disciplina que el pueblo de la política». (Venerable Bartolome Holzhauser).

«La virtud en aquellos días será vilipendiada por el silencio de varios predicadores; por otros será conculcada y otros renegarán de ella. La santidad será burlada, y por esto Jesucristo les mandará, no un Pastor, sino un exterminador». (San Francisco de Asís).

«Vi la Basílica de San Pedro (figura de la iglesia Universal), entregada a un inmenso gentío de demoledores... Los más hábiles de entre ellos, los que procedían sistemáticamente y conforme a las reglas, llevaban unos mandiles blancos (francmasones). Con gran dolor mío vi entre ellos algunos sacerdotes católicos... Mi guía me advirtió al mismo tiempo, que en tanto yo pueda, pida y encargue a los demás que pidan por los pecadores, y particularmente por los sacerdotes infieles a su vocación... Otros rezaban el Breviario con tibieza y llevaban al propio tiempo una piedra pequeñita bajo su manto, como una cosa rara, o la pasaban a otras manos. Pareciame que no tenían seguridad, ni arraigo, ni método, y que ni siquiera sabían lo que se debía hacer. ¡Me daba lástima!» (Venerable Ana Catalina Emmerich).

«Pareciame ver en medio de aquella baraúnda un gran trono; vi a los bandidos derribar ese trono (en otro capítulo diremos qué trono es). Todo llegó entonces a su colmo; el mundo entero me parecía una ruina y un desorden... Pero lo que más llamaba mi atención eran los sacerdotes. Vi un gran número de ellos que, cuando se vieron cogidos, se ponían de parte de los malos; pero fueron confundidas sus esperanzas y perecieron miserablemente. Me parecía que esta gran crisis no duraba mucho tiempo, y que después de esto se respiraba otra atmósfera; la paz de Dios...» (Profecía del Padre Cartujo, citada en el artículo anterior).

«Esta mañana (11 de Marzo de 1872), he visto en la Santa Comunión a Jesús orando, los ojos hacia el cielo, las manos juntas y fuertemente puestas sobre su pecho adorable. Estaba sumido en tristeza tal, que yo no he podido menos de llorar. Obligada interiormente a pedir por las almas consagradas a Dios, comencé a implorar para ellas la divina misericordia. «Hija mía, me dijo entonces Jesús, por mis sacerdotes es por quienes yo oro y padezco en este día». Hizome comprender al propio tiempo cuánto le afligían, y que si se ven necesitados es por culpa de ellos». (Venerable Sor Imelda).

«Si en todo esto no fuera el Señor ofendido, ninguna pena tendría yo; pero no es así, pues las dudas y las reflexiones de algunos ministros suyos, lejos de reanimar la fe en las almas, no hacen más que apagarla, y esto es una gran desgracia por la que se les harán cargos muy graves». (Magdalena de la Vendée).

«Hija mía, ¡cuántos ministros de mis altares hay que más bien impiden que fomentan la salud de las almas! Con sus festines, sus juegos, sus dilapidaciones, han cometido latrocinios en los bienes de la Iglesia, robando el sustento a los pobres y diciendo con intolerable orgullo: estas rentas son nuestras, sin cargo ni obligación alguna. ¡Qué usurpación! ¡Qué sacrilegio!... ¿Lo creerás, hija mía? Hay en mi Iglesia muchos Judas que me han traicionado y vendido; he sido abandonado y renegado de ellos; se libró Barrabás, pero yo he sido condenado a muerte y cruelmente azotado y coronado de espinas; herido cubierto de oprobio de ignominia y llevado al suplicio para ser otra vez sacrificado... ¿Qué castigo no merecen tantos y tan sangrientos ultrajes?» (El Señor a Sor Natividad)

«Antes que llegue la paz (del Gran Monarca), el afán de riquezas llevará los hombres a negar la fe; y muchos ministros de la Iglesia, llevados de la voluptuosidad carnal y de la belleza y lascivia de las mujeres, abandonarán el celibato y por donde quiera irá el demonio libre entre ellos». (Venerable Bartolomé Holzhauser).

«Agitación, turbulencia, armas, sangre, apostasía: una mitra afea el altar (en Italia), muchos sacerdotes y religiosos le ayudan y forman su corona de ignominia. Otras mitras débiles reciben lecciones de ánimo de aquellos pequeños que eran objeto de abyecciones y violencias». (Anónima, publicada por Da Macello en Il Valicinatore).

«Voltaire es el Dios de Francia. He escrito al señor Thiers: tanto peor para él y para Francia, si no obra como cristiano; yo he cumplido con mi deber. Cuando se trata de la gloria de Dios, no temo la prisión ni la muerte. Lo que en parte ha perdido a Francia (y a España y las demás naciones), es que el Clero ha temido más al hombre que a Dios. ¡Ah, si yo me extendiera sobre este capítulo!... ¡Pobre Clero, pobre Clero!... Pero no, yo me engaño. Según el Clero, yo soy una ilusa. El Clero es bueno, el Clero es desinteresado, el Clero está lleno de celo, lleno de caridad para con los pobres; ¡el rebaño es malo!...» (Sor María de la Cruz, o Melania, la de la Salette).

La admirable estigmatizada y vidente Lucía Lateau padeció también mucho del Clero. No citamos los padecimientos porque el mismo Clero hizo pasar a otros varios santos profetas; la lista sería larga: continuemos el tema general de este artículo.

«Paréceme que no me alejaré mucho de la verdad si tomo el vous (vos, o vosotros), de que usaba entonces el Beato (Benito José Labre, comunicando sus revelaciones a su confesor), no como personal, sino como calificativo, de suerte, que no quería hablar de mi persona en particular, sino en general de los sacerdotes que veía cubiertos de manchas, para significar lo que sucedería en Francia respecto del orden sacerdotal, ya física, ya moralmente. Demasiado sabemos que algunos sagrados ministros se han desviado del recto sendero, y que muchos otros que son constantes y fieles, son maltratados...» El Abate Marconi confesor del Beato Benito José, citado por Mr. Desnoyers en la vida del Santo).

«La apostasía será efecto del artificio y de los esfuerzos de las personas constituidas en gobierno, sostenidas por sus subalternos, así del orden civil como del Clero».

«Llegará a creerse que en la Iglesia todo está perdido... ¡La confusión, la confusión, aun entre los Sacerdotes!» (Magdalena Porsat). «Todos se guiarán por los respetos humanos... y padecerán mis escogidos tan extrañas persecuciones, que vivirán dudosos y perplejos, no sabiendo qué doctrina seguir de tantas como habrá... Ruega por mis escogidos, los cuales no sabrán de qué lado deban inclinarse». (El Señor a Sor Dominga del Paraíso). «Entre los perseguidores habrá tal división de pareceres, que esto colmará de gozo a los apóstatas». (Anónima, citada por Da Macello).

Ruega a Santa Hildegarda el Clero de Colonia, a quien ella había visitado, le diese por escrito «las palabras de vida que de viva voz le había dirigido por inspiración de Dios, y que añadiese a ellas lo que con este motivo le hubiera revelado». La respuesta es una larga carta en que con el acento enérgico de los Profetas y mirando a lo futuro, les echa en cara sus vicios y anuncia los castigos. De esta carta copiamos lo principal en el art. II del presente capitulo. Su carta al Clero de Tréveris, semejante a la de Colonia, arguye también de muchos pecados a dicho Clero, y más en particular al presente. Santa Catalina de Sena escribió también mucho sobre esta materia. Citaremos solamente un pasaje de los que se refieren a la época actual:

«Para hacerme comprender (Jesús), que las circunstancias en, que se muestra la Iglesia son permitidas para que vuelva a su esplendor, me citaba la Verdad Suprema dos textos del Evangelio: Es necesario que vengan escándalos. Y Nuestro Señor añadía: Pero ¡ay de aquel por quien viene el escándalo! Como si dijera: Yo permito estos tiempos de persecución para arrancar las espinas de que se ve rodeada mi Esposa, pero no permito los pensamientos culpables de los hombres. ¿Sabes lo que hago? Lo que hice cuando estaba en el mundo; hice entonces un látigo de cuerdas y eché del Templo a los que compraban y a los que vendían, no queriendo que la morada de mi Padre viniera a ser una cueva de ladrones. Te digo que hago lo mismo ahora: hago un látigo de las criaturas, y con este látigo arrojo a los mercaderes impuros, codiciosos, avaros, e hinchados de orgullo, que venden y compran los dones del Espíritu Santo.—Y en efecto, con este látigo de la persecución de las criaturas, Nuestro Señor los echaba y por la fuerza de la tribulación los arrancaba de su vida vergonzosa y desarreglada» (Santa Catalina de Sena).

«Cuando la sociedad haya sido bien castigada, bien azotada y desolada, entonces vivirán de otro modo el pueblo y el Clero, y subirá al Papado un Pastor (el Angélico), que gobernará con amor y celo. ¡Oh qué feliz estado aquél!» (Beato Bartolome Saluzzo).

«Ayer todavía pedí a Dios ardientemente que me retirase las visiones (particularmente acerca del Clero), a fin de no tener la obligación de manifestarlas y la responsabilidad que esto lleva consigo; mas lejos de ser escuchada, se me ha dicho, como de costumbre, que debo referir todo lo que esté en condiciones de decirse, y esto aunque se burlen de mí. Yo no puedo comprender para qué servirá esto. Me han dicho que nadie ha visto todo esto de la misma manera que yo, y además que esos no son negocios míos, sino que incumben a la Iglesia. Es una desgracia que se pierdan tantas cosas, y de aquí resulta gran responsabilidad. Bastantes personas, que son causa de que yo no goce de reposo, y el Clero que está necesitado de hombres y de fe para hacer esto, tendrán que dar a Dios terrible cuenta». (Sor Ana Catalina Emmerich).

Este pasaje nos trae a la memoria lo que el abate Trichaud dice en el folleto Pío IX y Enrique V, 10ª, edición de Marsella, tratando de la gran profecía de San Cesáreo.

«Continué, dice, mi trabajo histórico de San Cesáreo. Cuando en 1853 lo entregaba a la imprenta, el imperio salvaba a Francia de una espantosa anarquía y parecía sostener entonces la Religión, no como instrumento político, no por agradar a un partido, sino únicamente por convicción y por amor del bien que inspira y de las verdades que enseña. Yo no tuve el valor de turbar aquellas dulces esperanzas, suscitando en la opinión pública tristes aprensiones».

Con palabras como las subrayadas y otras, muchas tan falaces y pérfidas como ellas, el más falaz de los soberanos logró adormecer en Francia a los varones más ilustres, incluido el clero. Muy pocos sospecharon como debían de aquel precursor del Anticristo que, si no hizo más daño, fue porque no pudo. Eso, eso mismo sucede hoy; no se sospecha de ciertos gobernantes, el Clero se adormece, los fieles también... y si una Emmerich lo advierte, búrlanse de ella y la persiguen.

¡Cuán terribles serán las consecuencias de nuestra ceguera!


Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 249 a la 255
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904

martes, 17 de enero de 2017

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA - EL FARISEÍSMO EN EL SIGLO


La agitación impía de los sectarios parece haberse calmado un poco estos días (1): no se fíen los católicos; piensen más bien cuánto da que hacer en otras naciones, mientras en la nuestra parece amortiguada; y sobre todo, vean qué significan esos pronósticos, amenazas y reticencias que no cesa de publicar la prensa liberal... El hombre maléfico de San Gil, Río Tinto, San Sebastián y otros lugares regados de sangre, el hombre más taimadamente impío que ministro de 50 años acá, nos dirá tal vez muy pronto que esta aparente quietud no es más que el intervalo silencioso entre trueno y trueno cuando ruge la tempestad; y si él no lo dice, otro lo dira: los tiempos han llegado; destrucción y sangre es lo que sigue.

Antes que el rayo estalle de nuevo, tratemos nosotros de que despierten de su sueño letárgico esos católicos que por su indiferencia son más bien impíos, o peores que impíos. «Tengo menos que temer de la impiedad manifiesta que de la indiferencia religiosa y de los respetos humanos», exclamó Pío IX, todo demudado, al leer el secreto de los niños de la Saleta.

De esos falsos católicos y de otros a ellos semejantes nos hablarán hoy los profetas. Meditad, lectores, meditad.

Al robo «legal» de los bienes sagrados y comunes ha sucedido la hipocresía de los ladrones; la humildísima y portentosa vidente Magdalena Porsat lo anunció hace más de cuarenta años. «Esto no es un acontecimiento ordinario, dijo; es una grande época que está para abrirse: los fariseos serán los últimos; los grandes bandidos llegarán antes».

Más famosa que Magdalena es la Venerable Sor Ana María Taigi, cuyo gran espíritu de profecía, reconocido por la Iglesia y confirmado por los hechos, nadie ha podido negar. Sor Ana María vio hace casi un siglo los fariseos de nuestra época, y con frecuencia hablaba a su director de «la persecución que debía atravesar la Iglesia y los tiempos en que se quitaría la máscara una multitud de gentes que eran tenidas por estimables». Hoy más que nunca estamos en el caso.

Profetas de gran nombre, Santos y Venerables muy insignes hemos citado y citaremos en este capítulo; pero todo él es una prueba clarísima de lo que la misma palabra de Dios nos dijo al empezarlo, esto es, que la divina Sabiduría se complace especialmente en revelar estas cosas a los pequeños para confundir a los grandes. En este caso están las dos profetisas citadas y otra más célebre que ellas, Santa Catalina de Raconigi, cuya vida y cuyas profecías escribió su piadoso amigo el famoso Pico de la Mirandola. En numerosas ocasiones dice este vio la Beata Catalina las tribulaciones que en lo porvenir deben preceder a la futura renovación de la Iglesia... Me manifestó igualmente que, arrebatada en, éxtasis un día del año 1537, vio a Nuestro Señor atado a una columna, en medio de una llanura rodeada de una multitud innumerable de todas las clases de la sociedad, y todas se hallaban cubiertas con un ropaje blanco (símbolo de la hipocresía farisaica) que lo ocultaba a la vista, sin tener de la cabeza a los pies más que dos aberturas en lo alto, acomodadas a los ojos.

Sin respeto a la presencia del Salvador, ninguno se ocupaba más que de abominables proyectos. Algunos le ultrajaban con gestos desvergonzados; otros le arrancaban la barba y la cabellera; éstos cometían a su vista los pecados carnales más escandalosos; aquéllos, en fin, no pensaban más que en ganancias, en juegos toda y suerte de injusticias.

A lo último fue testigo de los castigos que el Señor enviaría a toda aquella multitud. Durante el éxtasis, no pudo menos de exclamar muy alto por dos veces: ¡Misericordia! ¡misericordia!»; y por espacio de dos días tuvo tanta pena, que apenas le quedaba un soplo de vida. Me dijo con toda sencillez que el azote que vendría a los clérigos sería el último y también el más terrible. Che il flagello chierici, siccome sará l' ultimo cosí sará piu grave degli alteri».

Todo esto se refiere terminantemente a la época que precederá al triunfo del Gran Monarca, de quien esta profetisa habló claramente y casi precisó la fecha, como veremos en otra parte. Arriba nos ha dicho también que todo esto «debe preceder a la futura renovación de la Iglesia».

La Venerable Sor Natividad, de quien hablamos en el artículo anterior, dice que todos estos, fariseos impiísimos seducirán a otros muchos, y pinta con vivos colores la hipocresía católico-liberal.

«Los seducidos, dice, temiendo ser descubiertos; vivirán en la mayor hipocresía y aparentarán sumisión y docilidad a los ministros del Señor».

La misma vidente vio en figura de un árbol infructífero y soberbio el orgullo de la moderna filosofía (el liberalismo llamado católico) que hará pronto sus últimos esfuerzos para destruir y aniquilar la Iglesia y el estado religioso. La savia parecía producida por las raíz del árbol, así la moderna filosofía toma apariencias de respeto por la Religión y la Iglesia, a la cual parecerá querer proteger y volver a su primitiva perfección (dividiéndola, como hoy, en catolicismo y clericalismo, y aparentando combatir solamente a éste); mas sus esfuerzos demuestran todo el odio que a ella tiene, lo mismo que a las virtudes cristianas, a las cuales (¡qué gran verdad!) quiere oponer las puramente humanas, haciendo de ellas gran ostentación, así como quiere que la razón substituya a la fe.

Mas la ruina de esta filosofía llegará a su vez, y la Iglesia sobrevivirá a esta borrasca. «El estado religioso reaparecerá, después de haber sido cruelmente destrozado».

La Venable Catalina Emmerich vio algo más especial; vio a esos falsos católicos, a esos fementidos hipócritas respetando al Papa para engañarle, como si viera lo que hoy pasa en España y hasta en el Vaticano.

Vi al Papa en oración, dice; pero estaba rodeado de pérfidos amigos que de ordinario hacían lo contrario de lo que mandaba». I Futuri Destini cita la profecía de una santa joven de Rímini, cuyo nombre no declara porque entonces aún vivía. La 7ª edición del libro citado, que tenemos delante, es anterior a los sucesos que anuncia, y la joven profetizó en 1848.

Dijo que: «El Romana Pontífice había, perdido la base fundamental de su gobierno temporal, que se veía obligado a doblegarse en este punto a la fuerza de los que le rodeaban. Pasados algunos años, añadió, perderá el trono y serán sus enemigos aquellos mismos que con sus aplausos lo pondrán en las nubes:

También el Venerable P. Jacinto Coma, predicando en Manresa en 1849, hizo una muy notable profecía que se ha incluido en su proceso de beatificación, y decía, fija la mirada en la época actual «Nuestra pobre España que palmo a palmo ha sido conquista por la Cruz, esta convertida en un pueblo de ilotas que corre al precipicio y lucha por romper con sus tradiciones, su historia y su propia manera de ser... La ayuda oficial que los hijos de Enrique VIII y los sectarios de Federico el filósofo (protestantes y liberales) ofrecerán al Vicario de Jesucristo, obedecerá más bien a apoyar el trono vacilante de un príncipe temporal que a sostener al Sucesor de San Pedro».

Y es porque los consejos de Satanás son, hasta de los que van a misa, más generalmente seguidos que los preceptos de la Iglesia.

«Satanás se levanta por debajo de los pies de la Iglesia dijo el Señor a su sierva Sor María Lataste;—arma contra ella a sus propios hijos para desgarrarle el seno, y estos hijos desnaturalizados de mi Esposa oyen la voz de Satanás».

En estos tiempos de división y de guerra, lo único que todos tratan de conciliar es a Dios con Belial, es el cielo con el infierno, la Iglesia con la revolución, la verdad con la mentira, todo lo cual significó Sor Rosa Colomba, al profetizar que en estos tiempos se enarbolarían juntas la bandera tricolor y la bandera católica, como está sucediendo, especialmente en Francia.

El Serafín San Francisco de Asís profetizó también acerca de nuestros tiempos y los inmediatos, y entre otras cosas dijo:

«Habrá tantos y tales cismas y opiniones en el pueblo, en los religiosos y en el clero, que si no se abreviasen aquellos días, según la promesa del Evangelio, caerían tal vez en error hasta los escogidos. Nuestra Regla y modo de vivir serán impugnados de muchos. ¡Ay de los que, confiados en la religión (exterioridades), se entibiaran y no resistirán constantemente la tentación permitida por Dios para probar a los elegidos! Los fervorosos de espíritu que por amor y celo de la verdad sigan la piedad, tendrán que soportar persecuciones e injurias; pero sus perseguidores, agitados por el espíritu maligno, creerán que hacen un gran obsequio a Dios al procurar la muerte y purgar la tierra de personas que serán tenidas por tan contrarias al bien público».

Esto último fue también anunciado por el divino Redentor, que decía: «Se acerca la hora en que cualquiera que os quite la vida pensara que hace un obsequio a Dios». Pero la maldad es tanta, que Dios mismo es condenado a veces por la «justicia» oficial, de lo cual España ha visto ya algunos casos en sus tribunales y Francia muchos. Así lo previó y anunció, según las Voix Prophetiques del abate Curricque, la vidente Josefa Lamarine hacia 1840.

«Hace ya algunos años, dice, vio en una gran sala una asamblea de jueces. Se encontraba allí un asiento de madera sobre el cual estaba sentado Nuestro Señor Jesucristo, a punto de ser juzgado. Jueces y testigos le escarnecían. Uno de los jueces estaba en un rincón, pareciendo sostenerle; pero todos sus discursos eran pura hipocresía, y se declaró por uno de los más crueles, Todos condenaron a muerte al Salvador».

No parece sino que los fariseos judíos hayan vuelto al mundo para condenar a Dios invocando el nombre de Dios. ¡Hasta imágenes, de la Santísima Virgen han sido fusiladas y arrastradas...! Los sepulcros blanqueados, la raza de víboras, los escribas y fariseos hipócritas, los que se llaman católicos para acabar con los católicos, lo dominan hoy todo y lo tiñen todo de color de infierno. Y los «verdaderos católicos» ¿qué hacen? Dormir y bostezar. Los que trabajan eficazmente vienen ya a ser una excepción.

Pues tengo formado juicio de que esos indolentes que por pereza o egoísmo apoyan indirectamente la obra de los infames fariseos, son igualmente fariseos, no son católicos, según los sucesos demostrarán en el inminente día de, la gran prueba. Una respetable predicción, recogida por el abate Curricque de un venerable cartujo, dice así:

«Habrá muchos que pasarán por buenos, y ellos mismos creerán serlo; pero volverán atrás en el último momento y verán de qué son capaces: la mayor parte se verán sorprendidos y quedarán admirados de sí mismos; pero en medio de este horrible desastre, un grito se oye por todas partes: ¡Ay de los sacerdotes infieles a su vocación! ¡Ay de los falsos servidores de Dios! ¡Ay de los que menosprecian sus obligaciones! ¡Ay de los que ponen obstáculos al bien!».

Por eso la joven riminense arriba mencionada, dice que «en virtud de todos estos estragos, aparecerá quiénes son fieles al Evangelio y quiénes no». Los fieles son ya tan pocos, que al pie de la letra se verifica hoy lo que leemos en las profecías del Beato Nicolás Factor, esto es, que «será tal la calamidad, que no habrá más que una tercera parte de fieles entre cuantos lleven el nombre cristiano».

«Todo esto, dice el profeta Holzhauser, será permitido por justo juicio de Dios, a causa de haber llenado la medida de nuestros pecados en el tiempo de la benignidad, cuando nos esperó para hacer penitencia. Una gran parte de la Iglesia latina abandonará la fe, y quedará muy reducido el número de los buenos católicos... Aunque guarden el nombre de católicos por algún respeto o temor humano, estarán interiormente muertos... en la falsa política y odio contra los eclesiásticos». «Por sus frutos los conoceréis», decía el Salvador. ¿Qué hacen todos esos católicos perezosos o fariseos? ¿Qué hacen por la Iglesia esos «grandes católicos» que son hoy los más considerados en la Iglesia? Ya lo hemos dicho, y ahora lo repetiremos con la insigne Ana Catalina Emmerich, que dice:

«En otra visión vi que la Hija del Rey se armó para el combate. Era una maravilla ver cómo se adaptaba todo a su armadura y cómo una cosa simbolizaba otra de una manera tan asombrosa. La Hija del Rey se halló armada de pies a cabeza. Muchos de los que así vinieron en su ayuda me eran conocidos; pero no podía yo menos de admirarme al ver que ni siquiera uno de todos los institutos, ni de personajes importantes, ni de los sabios, hubieran contribuido en cosa alguna, mientras que los pobres y desvalidos habían ofrecido por si solos piezas en un todo completas. (Aquí parecen vislumbrarse los Crucíferos). Fui también testigo de la batalla. Eran innumerables las tropas del enemigo; y a pesar de esto, el pequeño grupo de los fieles combatientes exterminó batallones enteros».

Lo cual conviene admirablemente con lo que tantas veces hemos dicho con los profetas, esto es, que la restauración no será obra de los grandes y poderosos, sino de los humildes que poco pueden, de los hoy desvalidos y despreciados. Preguntó al Señor Sor Ana María Taigi quiénes serían los que resistirían a pruebas tan terribles, y se le respondió: «Aquellos a quienes yo conceda el espíritu de humildad».

«La acción se halla desde ahora empeñada entre el cielo y la tierra—exclama él piadoso abate citado arriba.—El mundo se transforma al presente en un vasto campo de batalla, a donde la justicia divina hace acudir todos los azotes para concluir de una vez su causa santísima».

Y al dar cuenta de los prodigios de Santo Domingo, in Soriano, exclama: «En la actual cruzada contra los innumerables enemigos de la Santa Iglesia, ¿no parece que el más providencial de los servidores de la Reina de los cielos (Santo Domingo de Guzmán) nos grita como un Heraldo lo siguiente?:

«Soldados, de Cristo, acordaos de Muret, Lepanto y Viena, donde Nuestra Señora del Santísimo Rosario venció, Mientras la Iglesia toda llorosa combatía, menos en los campos de batalla que en la arena de la penitencia y obras satisfactorias, de las que el Rosario es arma preferida».

Y sobre todo, católicos, sobre todo tened presentes las palabras de nuestro divino Maestro: «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros disfrazados con pieles de ovejas, más por dentro son lobos Voraces»,

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(1) Nótese que esto se publicaba por primera vez a 7 de Marzo de 1901.

Apología del Gran Monarca 1 parte.
páginas de la 242 a la 249
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904

sábado, 1 de octubre de 2016

PROFECÍAS DE SAN ANSELMO



Profecías de San Anselmo, obispo.

Consta también de quince grabados, como la del Beato Joaquín de Flora, cada uno con un lema y texto explicativo. Pondremos algunos no más, traduciendo también a Peladán.

Nunca la simonía estuvo tan en boga como hoy; y dice el:

Grabado III.—«Lema: El poder (civil, al parecer), borrará los vestigios de Simón Mago. El Pontífice está en su Cátedra, y encima de la Tiara posa el cuervo, que aquí indica fidelidad. El Papa tiene la mano sobre la cabeza de un niño real, en quien reconocemos con gusto una fisonomía de Borbón: es el Gran Monarca niño, es el fuerte del porvenir».

Creemos que Peladán se equivoca. Dice que el cuervo aquí significa fidelidad... tal vez porque la exigirá en alto grado la protección dispensada por el Papa a un pequeño Borbón... el cual no puede ser el Gran Monarca, muy lejos de eso, o mienten todas las profecías. Abrigamos la convicción de que la profecía de este grabado se verificó en parte hasta poco ha, y en parte se verifica. El Gran Monarca es el cuervo fiel, como en la profecía del Beato Joaquín.

Así que el Gran Monarca haya triunfado en su patria, empezará la verdadera guerra europea anunciada para entonces por todos los profetas, la mayoría de los cuales habla de la destrucción material de París y la moral de Roma revolucionaria, que acontecerán poco después dé empezada esta guerra. San Anselmo las anuncia también.

Grabado VIII.—«Es una ciudad rodeada de fuertes murallas. El lema, algo obscuro, parece una promesa consoladora, pues dice: El poder y los monasterios volverán al lugar de los Pastores. Pero el texto llena de espanto, diciendo: ¡Ay! ¡ay, ciudad desgraciada, que eres el sostén de los pecados y pasiones! Ciudad miserable, se te ha concedido sostenerte con las armas por algún tiempo, para ver si te conviertes a la luz. Habrá en tus murallas muchas muertes y gran efusión de sangre... Los dragones romperán sus huevos y se los comerán. Muchedumbre innumerable será pasada a cuchillo. La ciudad está llena de fornicaciones, de impurezas, de rapiñas y de injusticias; tiene que desaparecer. Es otra Sodoma, y verá su último día como ésta. Lo habrás comprendido, lector, dice Peladán: esta ciudad es París».

Grabado X.—«Representa a Roma, amenazada por seis manos que significan los jefes de los ejércitos que la acometerán contra los revolucionarios. El lema dice: El poder será uno; y el texto: ¡Ay de ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K (acaso Karolus) sea alabada en tus muros! Cerca estará entonces tu caída; tus jefes y tiranos serán destruidos. Irritaste al Altísimo con tus crímenes y blasfemias, y perecerás derrotada en la sangre. He aquí a Juan Buena-Gracia y a Constantino el Pobre. Son el Pontífice Santo y el Gran Monarca».

«Este es aquí, añade Peladán, llamado Constantino el Pobre, por la razón que se deduce del grabado siguiente. Él es el que se apoderará de Roma, venciendo a los republicanos de Italia».

Grabado XI.—«Es un hombre desnudo, mas su cabeza indica su noble origen. Lleva en los pies una cadena; y un niño, símbolo de la inocencia, la levanta compadeciendo al infortunado. El lema dice: La oración es un tesoro para los desgraciados, y será su gloria. Aquí vemos al Gran Monarca, desconocido y vilipendiado, levantándose de este vilipendio, como de un principio natural, a una gloria inmensa. En otra profecía vimos el mismo personaje oprimido de pies a cabeza por una larga serpiente que tenía enroscada: sólo le quedaban libres la cabeza y un hombro; sin embargo, Dios sostiene a su elegido, el cual por fin se librará de la serpiente para ceñirse la diadema».

Grabado XIV.—«Otra vez el Pontífice Santo. Está sentado en la Silla Apostólica, teniendo en su mano el libro de los Evangelios. Dos ángeles sostienen detrás de él un gran tapiz estrellado. Lema: Los días han llegado: he aquí el tiempo del reino de Dios».

Grabado XV.—«Es el último, y representa al Pontífice Angélico que glorifica al Gran Monarca, figurado por un león con diadema en la cabeza. Esta es la paz del mundo, por lo cual dice el lema: El respeto de las cosas santas se extenderá muy lejos».

El Gran Monarca figurado por un león con diadema es claro indicio de cuál será la Patria del gran hombre. Luz Católica reprodujo varias de las profecías que le hacen terminantemente español, en lo cual no cabe duda. Las simbólicas suelen representarle en figura de león, como la de San Anselmo. Nos viene ahora a la memoria la del Premol, que le representa viniendo del Oriente, o sea de la Iglesia, «montado en un león». Gran León de España le llama Santa Brígida. 


Apología del Gran Monarca 1ª Parte,
páginas 28, 29 y 30.
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904