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martes, 26 de septiembre de 2023
Profecía de Santa Brígida
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martes, 4 de abril de 2023
Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...
Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de su maldición y condena.
Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas.
De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo.
Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada.
La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos.
¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado.
Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’
En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra.
Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras:
‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’
Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto.
Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan.
Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas.
Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor.
Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final.
También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son.
Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto.
Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia.
Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo.
Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos.
Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo.
Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.
Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capítulo 47
miércoles, 15 de febrero de 2023
viernes, 26 de agosto de 2022
sábado, 29 de febrero de 2020
domingo, 30 de abril de 2017
SANTA CATALINA DE SIENA...
… juzga la idea de Judas que tiene Francisco
La desesperación de Judas desagradó más a Dios que su traición
Este es aquel pecado que no se perdona ni en esta ni en la otra vida, porque despreció mi misericordia, y este solo pecado es mayor que todos los otros que cometió. Y así la desesperación de Judas me desagradó más, y fue más enojosa a mi Hijo que la traición que le hizo. Así que son argüidos de este falso juicio, esto es, de haber tenido por mayor su pecado que mi misericordia; y por tanto son castigados con los demonios, y eternamente atormentados con ellos. (Santa Catalina de Siena. Diálogo, trat. I, cap. XXXVII)
…juzga la idea del papel de la mujer en la Iglesia que tiene Francisco
Ni siquiera los ángeles están a la altura de la dignidad sacerdotal
¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto a mis Ministros, y te duelas más de sus miserias. […] En la vida presente no pueden subir a mayor dignidad. Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos, porque me he dado a ellos para que me suministren a vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la Santa Iglesia. No he concedido esta dignidad a los ángeles, y sí a los hombres que he elegido por mis ministros, los cuales he puesto como ángeles, y deben ser ángeles terrenos en esta vida. (Santa Catalina de Siena. Dialogo, 3ª resp., cap. IV)
… juzga la idea de gracia que tiene Francisco
El Papa debe considerar el mal que es la perdida de la gracia en las almas
Paréceme que [Dios] quiere que pongáis los ojos del entendimiento en la belleza del alma y en la sangre de su Hijo, por la cual lavó la cara de nuestra alma. Y de ella sois administrador. […] El tesoro de la Iglesia es la sangre de Cristo dada en precio por el alma. […] Mejor es, pues, dejar que se pierda el oro de las cosas temporales que el de las espirituales. […] Abrid, abrid el ojo del entendimiento con hambre y deseo de la salvación de las almas para considerar dos males: el mal de la grandeza, dominio y bienes temporales que os parece debéis reconquistar, y el de ver perder la gracia en las almas. De esa consideración deduciréis que estáis más obligado a reconquistar las almas. (Santa Catalina de Siena. Carta 209 a Gregorio XI, p. 767-768)
El Papa debe ser ejemplar en las palabras, costumbres y acciones
Sedme valiente, con santo temor de Dios, ejemplar en las palabras, costumbres y en todas vuestras acciones. Aparezcan todas transparentes ante Dios y ante los hombres, como luz puesta sobre el candelero de la Santa Iglesia, a la que mira y debe mirar todo el pueblo cristiano. (Santa Catalina de Siena. Carta 270 a Urbano VI, p. 1257)
… juzga la idea de Francisco de que Dios ama al pecador sin condiciones
Dios concede su misericordia a los que quieren enmendarse
Os aseguro, sin embargo, que si queréis enmendar vuestra vida en este tiempo que tenéis, Dios es tan bueno y misericordioso que os otorgará misericordia. Os recibirá benévolamente en sus brazos, os hará partícipes de la sangre del Cordero derramada con tanto fuego de amor, pues no hay pecador tan grande que no obtenga misericordia. La de Dios es mayor que nuestra maldad, siempre que queramos enmendarnos y vomitar la podredumbre del pecado por la confesión, con el propósito de preferir la muerte a volver a lo vomitado. […] Sabéis que si no os enmendáis, iréis a la cárcel más oscura que se pueda imaginar y que cuando no se da lo que se debe por la confesión y repulsa del pecado, no se necesita que nadie ponga al deudor en la prisión, sino que él mismo va al infierno en compañía de los demonios. (Santa Catalina de Siena. Carta 21)
Nuestro Señor Jesucristo a Santa Catalina de Siena
Han nacido tinieblas y división en el mundo por falta de santo temor
Los prelados colocados en sus prelacías por Cristo en la tierra me hacían sacrificio de justicia con santa y honesta vida, resplandecía en ellos y en sus súbditos la margarita de la justicia con verdadera humildad y ardentísima caridad. […] Y porque antes habían hecho justicia consigo mismos, por eso la hacían con sus súbditos, queriendo verlos vivir virtuosamente, y les corregían sin ningún temor servil. […] Por eso corrigieron y no dejaron podrir los miembros por falta de corrección, sino que les aplicaban caritativamente el ungüento de la benignidad y quemaban la llaga del delito con la aspereza del fuego, con la reprehensión y penitencia, poco o mucho, según la gravedad del pecado, y no temían la muerte, con tal que corrigiesen y dejasen la verdad. Estos eran verdaderos hortelanos, que con diligencia y temor santo arrancaban las espinas de los pecados mortales, y plantaban olorosas plantas de virtudes. Por lo cual, los súbditos vivían en santo y verdadero temor, y si criaban como flores olorosas en el cuerpo místico de la Iglesia. […] En ellos no había culpa de pecado, por eso tenían la santa justicia. […] Esta era y es aquella margarita en quien la justicia resplandece, que daba paz y alumbraba los entendimientos de las criaturas, y hacia perseverar el santo temor, y los corazones estaban unidos; y así se sabe que por ninguna cosa han venido tantas tinieblas y división en el mundo entre Seculares y Religiosos, Clérigos y Pastores de la Santa Iglesia, como por haber faltado la luz de la justicia y nacido las tinieblas de la injusticia. […] Te dije que estos infelices y desdichados llevan en su pecho la injusticia. […] A mí no me tributan alabanza, y a si propios honestidad y santa vida, deseo de la salud de las almas, ni hambre de la virtud; y por eso cometen injusticia con sus súbditos y prójimos, y no corrigen sus vicios; antes bien […], los dejan dormir y yacer en su enfermedad. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, cap. XXXIII. XXXVI, p. 240-241.252-253)
… juzga la idea de anticlericalismo que tiene Francisco
La reverencia a los sacerdotes se debe a la autoridad que Jesús les ha dado
Te he contado, Hija muy querida, algunas cosas sobre la reverencia que se debe tener a mis ungidos, no obstante sus defectos; porque la reverencia que se les hace no es a ellos por ser ellos, sino por la autoridad que yo les he dado; y por cuanto sus defectos no pueden disminuir el misterio del sacramento, no debe disminuirse la reverencia para con ellos, no por ellos, sino por el tesoro de la Sangre. (Santa Catalina de Siena. Diálogo, 3ª resp., cap. IX)
“Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos”
¡O querida hija! he dicho todo esto para que conozcas mejor la dignidad en que yo he puesto a mis Ministros, y te duelas más de sus miserias. […] En la vida presente no pueden subir a mayor dignidad. Ellos son mis ungidos, y los llamo mis Cristos, porque me he dado a ellos para que me suministren a vosotros, y los he puesto como flores olorosas en el cuerpo místico de la Santa Iglesia. No he concedido esta dignidad a los ángeles, y sí a los hombres que he elegido por mis ministros, los cuales he puesto como ángeles, y deben ser ángeles terrenos en esta vida. (Santa Catalina de Siena. Diálogo, 3ª resp., cap. IV)
… juzga la idea de igualdad como fuente de justicia y felicidad que tiene Francisco
La desigualdad de bienes obliga a la práctica de la caridad
¿Es que acaso distribuyo yo las diversas [virtudes] dándole a uno todas o dándole a éste una y al otro otra particular? […] A uno la caridad, a otro la justicia, a éste la humildad, a aquél una fe viva […] En cuanto a los bienes temporales, las cosas necesarias para la vida humana las he distribuido con la mayor desigualdad, y no he querido que cada uno posea todo lo que le era necesario, para que los hombres tengan así ocasión, por necesidad, de practicar la caridad unos con otros […] He querido que unos necesitasen de otros y que fuesen mis servidores para la distribución de las gracias y de las liberalidades que han recibido de mí. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, c. 6, 7)
… juzga la idea de que el Papa no debe juzgar que tiene Francisco
Una revelación divina: hasta los demonios rehúyen ver cometer tan enorme pecado
Ellos, desgraciados, no sólo no dominan esta fragilidad, aunque la razón lo puede hacer cuando lo quiere el libre albedrío, sino que obran aún peor, porque cometen el maldito pecado que es contra la naturaleza. Como ciegos y tontos, ofuscada la luz de su entendimiento, no reconocen la pestilencia y miseria en que se encuentran, pues no sólo me es pestilente a mí, sino que ese pecado desagrada a los mismos demonios, a los que esos desgraciados han hecho sus señores. Tan abominable me es ese pecado contra la naturaleza, que sólo por él se hundieron cinco ciudades (Gen 19, 24-25) como resultado de mi juicio, al no querer mi divina justicia sufrirlas más; que tanto me desagradó ese abominable pecado. Es desagradable a los demonios, no porque les desagrade el mal y se complazcan en lo bueno, sino porque su naturaleza fue angélica, y esa naturaleza rehúye ver cometer tan enorme pecado en la realidad. Cierto es que antes les ha arrojado la saeta envenenada por la concupiscencia; pero, cuando el pecador llega al acto de ese pecado, el demonio se marcha por las razones dichas. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, cap.124)
… juzga la idea de condenación eterna que que tiene Francisco
Si el mal sacerdote no se enmienda sufrirá la condenación eterna y recibirá mayor reproche
[Nuestro Señor Jesucristo a Santa Catalina de Siena]: ¡Oh queridísima hija! Yo te he puesto sobre el puente de la doctrina de mi verdad para que os sirviera a vosotros, peregrinos, y os administrara los sacramentos de la Santa Iglesia, mas él [un sacerdote] permanece en el río miserable debajo del puente y en el río de los placeres y miserias del mundo. Allí ejerce su ministerio, sin percatarse de que le llega la ola que le arrastra a la muerte y se va con los demonios, señores suyos, a los que ha servido y de los que se ha dejado guiar, sin recato alguno, por el camino del río. Si no se enmienda, llegará a la condenación eterna, con tan gran reprensión y reproche, que tu lengua no sería capaz de referirlo. Y él, por su oficio de sacerdote, mucho más que cualquier otro seglar. Por donde una misma culpa es más castigada en él que en otro que hubiera permanecido en el mundo. Y en el momento de la muerte, sus enemigos le acusarán más terriblemente, como te he dicho. (Santa Catalina de Siena. El Diálogo, n. 130)
Fuente: El Denzinger-Bergoglio
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viernes, 29 de julio de 2016
LAS SIETE VENTAJAS DE LA SOTANA
El sacerdote español Jaime Tovar Patrón ha sido coronel capellán y ha cumplido importantes misiones en el Vicariado Castrense. Gran orador, ha sido además historiador del sacerdocio castrense y ha escrito el libro Los Curas de la última Cruzada (Madrid, Fuerza Nueva, 2001), sobre los sacerdotes que han arriesgado heroicamente su vida para llevar adelante su obra pastoral durante la Guerra Civil española, iniciada en 1936. Sacerdotes, religiosos y religiosas estuvieron entre las víctimas preferidas de este capítulo sangriento de la historia de la Iglesia en España. El Padre Jaime murió en enero de 2004.
En el texto que presentamos, recuerda la importancia del uniforme sacerdotal, la sotana o hábito talar, cuyo impacto sobre la sociedad es tan grande que muchos regímenes anticristianos la han prohibido expresamente. El uso de la sotana, tradición antiquísima, ha sido olvidado e incluso despreciado en los últimos decenios, pero esto no quiere decir que la sotana haya perdido su fuerza como testimonio de consagración y pertenencia a Dios y no al mundo.
* * *
1 – Pro memoria constante del sacerdote
Ciertamente, una vez recibido, el Orden sacerdotal no se olvida fácilmente, pero un pro memoria no viene nunca mal: algo visible, un símbolo constante, una alarma silenciosa, una señal o una bandera. Quien va vestido de manera seglar es uno entre tantos, quien viste la sotana no. Es un sacerdote y es él la primera persona que se da cuenta. No puede permanecer neutral, el hábito lo denuncia. O se convierte en un mártir o en un traidor, si se presenta la ocasión. Lo que no puede hacer es permanecer en el anonimato, como una persona cualquiera. No hay compromiso cuando a nivel exterior nada dice lo que se es. Cuando se desprecia el uniforme, se desprecia la categoría o la clase que esta representa.
2 – Presencia de lo sobrenatural en el mundo
Es indudable que estamos circundados de símbolos: señales, banderas, insignias, uniformes… Uno de los que tienen más influencia es el uniforme. Un policía, un guardia, debe actuar, detener, poner multas, etc. Su simple presencia influye sobre los otros: conforta, da seguridad, irrita o pone nervioso, en base a las intenciones y a la conducta de los ciudadanos.
Una sotana suscita siempre algo en quien circunda a la persona que la lleva. Despierta el sentido de lo sobrenatural. No es necesario predicar, ni siquiera abrir la boca. Anima a quien está en buena relación con Dios, avisa a quien le pesa la conciencia, hace arrepentirse a quien vive lejos de Dios. Las relaciones del alma con Dios no están reservadas para el templo. Muchísima gente no va a la iglesia. ¿Qué mejor modo para llevar el mensaje de Cristo a estas personas que un sacerdote consagrado que viste su sotana? Los fieles lamentan la desacralización y sus efectos devastadores. Los modernistas critican el presunto triunfalismo, eliminan los hábitos, rechazan las tradiciones y después se lamentan de los seminarios vacíos y de la falta de vocaciones. Apagan el fuego y después se lamentan del frío. No hay duda: eliminar la sotana lleva a la desacralización.
4 – Gran utilidad para los fieles
El sacerdote es tal no sólo cuando está en la iglesia para administrar los sacramentos, sino 24 horas al día. El sacerdocio no es una profesión, con un horario establecido; es una vida, una donación total. Al principio son cosas de poca importancia: entrar en el bar, en los lugares recreativos, divertirse, convivir con los seglares, pero poco a poco se ha pasado a cosas más importantes.
Los modernistas quieren hacernos creer que la sotana es un obstáculo para la entrada del mensaje de Cristo en el mundo, pero suprimiéndola desaparecen las credenciales y el mismo mensaje. De esta manera, muchos piensan ya que lo primero que se debe salvar es al mismo sacerdote que se ha quitado la sotana presumiblemente para salvar a los otros. Se debe reconocer que la sotana refuerza la vocación y disminuye las ocasiones de pecado para quien la viste y para quien lo circunda. De los miles de hombres que han abandonado el sacerdocio después del Concilio Vaticano II prácticamente ninguno ha dejado la sotana el día antes de irse; lo habían hecho mucho antes.
5 – Ayuda desinteresada a los demás
El pueblo cristiano ve en el sacerdote al hombre de Dios, que no busca su bien personal, sino el de sus parroquianos. El pueblo abre de par en par las puertas del corazón para escuchar al sacerdote, que es el mismo para el pobre y para el poderoso. Las puertas, por altas que puedan ser, se abren ante la sotana y los hábitos religiosos. ¿Quién niega a una monja el pan que pide para sus pobres o sus ancianos? Todo esto está tradicionalmente unido a algunos hábitos. El prestigio de la sotana se ha acumulado con el tiempo, sacrificios y abnegación. ¿Y ahora uno se libera de la sotana como si se tratase de un fastidio?
6 – Impone moderación en el vestir
La Iglesia ha preservado siempre a sus sacerdotes del vicio de parecer más de lo que se es y de la ostentación dándoles un hábito simple que no deja lugar al lujo. La sotana es toda de una pieza (desde el cuello a los pies), de un solo color (negro) y con una sola forma (saco). Los ornamentos están reservados para el templo, porque no adornan a la persona sino al ministro de Dios para que subraye las ceremonias sagradas de la Iglesia. Vistiéndose de manera seglar, la vanidad puede influenciar al sacerdote como a cualquier mortal: las marcas, la calidad del tejido, los colores… Colocándose a nivel del mundo, la persona estará a meced de sus gustos y de sus caprichos. Será necesario proceder en base a la moda, y la voz del sacerdote no se oirá ya como la del profeta que gritaba en el desierto vestido de pieles de camello.
7 – Ejemplo de obediencia al espíritu y a la legislación
Como alguien que toma parte en el Santo Sacerdocio de Cristo, el sacerdote debe ser un ejemplo de la humildad, de la obediencia y de la abnegación del Salvador. La sotana le ayuda a poner en práctica la pobreza, la humildad en el vestir, la obediencia a la disciplina de la Iglesia y el desprecio de las cosas del mundo. Vistiendo la sotana, el sacerdote olvidará difícilmente su importante papel y su misión sagrada, y no confundirá su hábito y su vida con los del mundo.
* * *
A estas siete ventajas de la sotana podrán añadirse otras que os vendrán a la mente, pero, cualesquiera que sean, la sotana será siempre el símbolo inconfundible del sacerdocio, porque la Iglesia, en su inmensa sabiduría, lo ha dispuesto así, y esto ha dado frutos maravillosos en el curso de los siglos.
Jaime Tovar Patrón
SÍ SÍ NO NO
[Artículo publicado en página web Aleteia, retomado por notros de la página web Inter multiplices UNA VOX. Traducido por Marianus el Eremita]
Fuente: Adelante la Fe
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jueves, 26 de mayo de 2016
CELEBRA N. S. JESUCRISTO LA SANTA CENA SACRAMENTAL, CONSAGRANDO EN LA EUCARISTÍA SU SAGRADO CUERPO Y SANGRE - VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA
Celebra Cristo nuestro Salvador la cena sacramental, consagrando en la Eucaristía su sagrado y verdadero cuerpo y sangre, las oraciones y peticiones que hizo, comulgó a su Madre santísima y otros misterios que sucedieron en esta ocasión.
1180. Cobarde llego a tratar de este misterio de misterios de la inefable Eucaristía y lo que sucedió en su institución, porque levantando los ojos del alma a recibir la luz divina que me encamina y gobierna en esta obra, con la inteligencia que participo de tantas maravillas y sacramentos juntos, me recelo de mi pequeñez, que en ella misma se me manifiesta. Túrbanse mis potencias, y no hallo ni puedo formar razones adecuadas para explicar lo que veo y manifiesta mi concepto, aunque tan inferior al objeto del entendimiento. Pero hablaré como ignorante en los términos y como inhábil en las potencias, por no faltar a la obediencia y para tejer la Historia continuando lo que en estas maravillas obró la gran Señora del mundo María santísima. Y si no hablare con la propiedad que pide la materia, discúlpeme mi condición y admiración, que no es fácil descender a las palabras exteriores y propias cuando sólo con afectos desea la voluntad suplir el defecto de su entender y gozar a solas de lo que ni puede manifestar ni conviene.
1181. La cena legal celebró Cristo nuestro bien recostado en tierra con los Apóstoles, sobre una mesa o tarima que se levantaba del suelo poco más de seis o siete dedos, porque ésta era la costumbre de los judíos. Y acabado el lavatorio, mandó Su Majestad preparar otra mesa alta como ahora usamos para comer, dando fin con esta ceremonia a las cenas legales y cosas ínfimas y figurativas y principio al nuevo convite en que fundaba la nueva ley de gracia; y de aquí comenzó el consagrar en mesa o altar levantado que permanece en la Iglesia Católica. Cubrieron la nueva mesa con una toalla muy rica y sobre ella pusieron un plato o salvilla y una copa grande de forma de cáliz, bastante para recibir el vino necesario, conforme a la voluntad de Cristo nuestro Salvador, que con su divino poder y sabiduría lo prevenía y disponía todo. Y el dueño de la casa le ofreció con superior moción estos vasos tan ricos y preciosos de piedra como esmeralda. Y después usaron de ellos los Sagrados Apóstoles para consagrar cuando pudieron y fue tiempo oportuno y conveniente. Sentóse a la mesa Cristo nuestro bien con los doce Apóstoles y algunos otros discípulos y pidió le trajesen pan cenceño de trigo puro sin levadura y púsolo sobre el plato, y vino puro de que preparó el cáliz con lo que era menester.
1182. Hizo luego el Maestro de la vida una plática regaladísima a sus Apóstoles, y sus palabras divinas, que siempre eran penetrantes hasta lo íntimo del corazón, en esta plática fueron como rayos encendidos del fuego de la caridad que los abrasaba en esta dulce llama. Manifestóles de nuevo altísimos misterios de su divinidad y humanidad y obras de la Redención. Encomendóles la paz y unión de la caridad y se la dejó vinculada en aquel sagrado misterio que disponía obrar. Ofrecióles que amándose unos a otros los amaría su Eterno Padre como le amaba a él. Dióles inteligencia de esta promesa y que los había escogido para fundar la nueva Iglesia y Ley de Gracia. Renovóles la luz interior que tenían de la suprema dignidad, excelencia y prerrogativas de su purísima Madre Virgen. Y de todos estos misterios fue más ilustrado San Juan Evangelista, por el oficio a que estaba destinado. Pero la gran Señora desde su retiro y divina contemplación miraba todo lo que su Hijo santísimo iba obrando en el Cenáculo y con profunda inteligencia lo penetraba y entendía más que todos los Apóstoles y los Ángeles juntos, que asistían, como arriba queda dicho (Cf. supra n. 1163)), en figura corpórea adorando a su verdadero Señor, Rey y Criador suyo. Fueron traídos por los mismos Ángeles al Cenáculo Enoc y Elías del lugar donde estaban, disponiendo el Señor que estos dos Padres de la ley natural y escrita se hallasen presentes a la nueva maravilla y fundación de la Ley Evangélica y participasen de sus misterios admirables.
1183. Estando juntos todos los que he dicho (Cf. supra n. 979, 1099), esperando con admiración lo que hacía el Autor de la vida, apareció en el Cenáculo la persona del Eterno Padre y la del Espíritu Santo, como en el Río Jordán y en el Tabor. Y de esta visión, aunque todos los Apóstoles y discípulos sintieron algún efecto, sólo algunos la vieron, en especia el Evangelista San Juan, que siempre tuvo vista de águila penetrante y privilegiada en los divinos misterios. Trasladóse todo el cielo al Cenáculo de Jerusalén, que tan magnífica fue la obra con que se fundó la Iglesia del Nuevo Testamento, se estableció la Ley de Gracia y se previno nuestra salvación eterna. Y para entender las acciones que hacía el Verbo humanado, advierto que, como tenía dos naturalezas, la divina y la humana, entrambas en una persona, que era la del Verbo, por esto las acciones de entrambas naturalezas se atribuyen y se dicen o predican de una misma persona, como también la misma se llama Dios y hombre; y conforme a esto, cuando digo que hablaba y oraba el Verbo humanado a su Eterno Padre, no se entiende que hablaba ni oraba con la naturaleza divina, en que era igual con el Padre, sino en la humana, en que era menor, porque consta como nosotros de alma y cuerpo. En esta forma Cristo nuestro bien en el Cenáculo confesó con alabanza y magnificencia a su Eterno Padre por su divinidad y ser infinito y pidiendo luego por el linaje humano oró y dijo:
1184. Padre mío y Dios eterno, yo te confieso, te alabo y magnifico en el ser infinito de tu divinidad incomprensible, en la cual soy una misma cosa contigo y con el Espíritu Santo, engendrado ab aeterno por tu entendimiento como figura de tu sustancia y tu imagen de tu misma individua naturaleza. La obra de la Redención humana, que me encomendaste en la misma naturaleza que tomé en el vientre virginal de mi Madre, quiero consumar y darle la suma perfección y plenitud de tu divino beneplácito y pasar de este mundo a tu diestra y llevar a ti a todos aquellos que me diste (Jn 17, 12), sin que se pierda alguno en cuanto a nuestra voluntad y suficiencia de su remedio. Mis delicias son estar con los hijos de los hombres (Prov 8, 31) y en mi ausencia quedarán huérfanos y solos si los dejo sin mi asistencia no quedándome con ellos. Quiero, Padre mío, dejarles prendas ciertas y seguras de mi inextinguible amor y de los premios eternos que les tienes aparejados. Quiero dejarles memoria indefectible de lo que por ellos he obrado y padecido. Quiero que hallen en mis merecimientos remedio fácil y eficaz del pecado que participaron en la inobediencia del primer hombre y restaurar copiosamente el derecho que perdieron a la felicidad eterna para que fueron criados.
1185. Y porque serán pocos los que se conservarán en esta justicia, es necesario que les queden otros remedios con que la puedan restaurar y acrecentar, recibiendo de nuevo altísimos dones y favores de tu inefable clemencia, para justificarlos y santificarlos por diversos medios y caminos en el estado de su peligrosa peregrinación. Nuestra voluntad eterna, con que determinamos su creación de la nada para ser y tener existencia, fue para comunicarles nuestra divinidad, perfecciones y eterna felicidad, y tu amor, que fue el que a mí me obligó a nacer pasible y humillarme por ellos hasta la muerte de cruz (Flp 2, 8), no se contenta ni satisface si no inventa nuevos modos de comunicarse a los hombres según su capacidad y nuestra sabiduría y poder. Esto ha de ser en señales visibles y sensibles, proporcionadas a la sensible condición de los hombres, y que tengan efectos invisibles, que participe su espíritu invisible e inmaterial.
1186. Para estos altísimos fines de vuestra exaltación y gloria pido, Señor y Padre mío, el fíat de vuestra voluntad eterna en mi nombre y de todos los pobres y afligidos hijos de Adán. Y si provocan sus culpas a vuestra justicia, su miseria y necesidad llama a vuestra infinita misericordia. Y con ella interpongo yo todas mis obras de la humanidad unida con lazo indisoluble a mi divinidad: la obediencia con que acepté ser pasible hasta morir, la humildad con que me sujeté a los hombres y a sus depravados juicios y la pobreza y trabajos de mi vida, mis afrentas y pasión, la muerte y el amor con que todo lo he admitido por tu gloria y porque seas conocido y adorado de todas las criaturas capaces de tu gracia y de tu gloria. Tú, Señor y Padre mío, me hiciste hermano de los hombres y su cabeza y de todos los electos que de nuestra divinidad han de gozar con nosotros para siempre, para que como hijos sean herederos conmigo de tus bienes eternos y como miembros participasen el influjo de la cabeza que les quiero comunicar, según el amor que como a hermano les tengo; y quiero, cuanto es de mi parte, traerlos conmigo a tu amistad y participación en que fueron formados en su cabeza natural el primer hombre.
1187. Con este inmenso amor dispongo, Señor y Padre mío, que todos los mortales desde ahora puedan ser reengendrados con el Sacramento del Bautismo en tu amistad y gracia con plenitud y le puedan recibir luego que participen de la luz y sin propia voluntad, manifestándola por ellos otros para que renazcan en la de tu aceptación. Sean desde luego herederos de tu gloria, queden señalados por hijos de mi Iglesia con interior señal que no la pierdan, queden limpios de la mácula del pecado original, reciban los dones de las virtudes fe, esperanza y caridad, con que puedan obrar como hijos, conociéndote, esperando y amándote por ti mismo. Reciban también las virtudes con que detengan y gobiernen las pasiones desordenadas por el pecado y conozcan sin engaño el bien y el mal. Sea este sacramento la puerta de mi Iglesia y el que los haga capaces para los demás sacramentos y para nuevos favores y beneficios de nuestra gracia. Dispongo también que tras este sacramento reciban otro en que sean ratificados y confirmados en la fe santa que han profesado y han de profesar y la puedan defender con fortaleza llegando al uso de la razón. Y porque la fragilidad humana desfallecerá fácilmente en la observancia de mi ley y no sufre mi caridad dejarla sin remedio fácil y oportuno, quiero que sirva para esto el Sacramento de la Penitencia, donde reconociendo sus culpas con dolor y confesándolas se restituyan al estado de la justicia y continúen los merecimientos de la gloria que les tengo prometida y no queden triunfando Lucifer y sus secuaces de haberlos apartado luego del estado y seguridad en que los puso el Bautismo.
1188. Justificados los hombres por medio de estos Sacramentos, estarán capaces de la suma participación y amor que conmigo pueden tener en el destierro de su vida mortal, y ésta ha de ser recibiéndome sacramentado en su pecho por inefable modo en especies de pan y vino, y en las del pan dejaré mi cuerpo y en las del vino dejaré mi sangre. En cada uno estaré todo real y verdaderamente, aunque así dispongo este sacramento misterioso de la Eucaristía, porque me doy en forma de alimento proporcionado a la condición humana y al estado de los viadores, por quien obro estas maravillas y con quienes estaré por este modo hasta el fin de los siglos venideros. Y para que tengan otro Sacramento que los purifique y defienda cuando los mismos hombres lleguen al término de vida, les ordeno el Sacramento de la Unción Extrema [de los enfermos], que también será alguna prenda de su resurrección en los mismos cuerpos señalados con este Sacramento. Y porque todos se ordenan a santificar los miembros del Cuerpo Místico de mi Iglesia, en la cual se ha de guardar sumo concierto y orden dando a cada uno el grado conveniente a su ministerio, y quiero que los ministros de estos Sacramentos tengan Orden en otro que los pongo en el supremo grado de Sacerdotes, respecto de todos los otros fieles, y que sirva para esto el Sacramento de la Orden, que los señale, distinga y santifique con particular excelencia; y aunque todos la recibirán de mí, quiero que sea por medio de una cabeza que sea mi Vicario y represente mi Persona y sea el supremo Sacerdote, en cuya voluntad deposito las llaves del cielo y todos le obedezcan en la tierra. Y para más perfección de mi Iglesia ordeno el último Sacramento, de Matrimonio, que santifique el vínculo natural que se ordena a la propagación humana, y queden todos los grados de la Iglesia ricos y adornados de mis infinitos merecimientos. Esta es, Eterno Padre, mi última voluntad, en que hago herederos a todos los mortales de mis merecimientos, vinculándolos en mi nueva Iglesia, donde los dejo depositados.
1189. Esta oración hizo Cristo nuestro Redentor en presencia de los Apóstoles, pero sin demostración exterior. Pero la beatísima Madre, que desde su retiro le miraba y acompañaba en ella, se postró en tierra y ofreció al Eterno Padre como Madre las peticiones de su Hijo. Y aunque no podía añadir intensivamente cosa meritoria a las obras de su santísimo Hijo, con todo eso, como era su coadjutora, se extendió a ella esta petición, como en otras ocasiones, fomentando de su parte a la misericordia para que el Eterno Padre no mirase a su Unigénito sólo, pero siempre en compañía de su Madre. Y así los miró a entrambos y aceptó las oraciones y peticiones respectivamente de Hijo y Madre por la salvación de los hombres. Hizo otra cosa la Reina en esta ocasión, porque se la remitió a ella su Hijo santísimo. Y para entenderla, se advierta que Lucifer estuvo presente al lavatorio de los Apóstoles, como queda dicho en el capítulo pasado, y de lo que vio hacer a Cristo nuestro bien y que no le permitió a él salir del Cenáculo, colegía su astucia que disponía el Señor alguna obra grande en beneficio de los Apóstoles; y aunque se reconocía este Dragón muy debilitado y sin fuerzas contra el mismo Redentor, con todo esto con implacable furor y soberbia quiso investigar aquellos misterios para intentar contra ellos alguna maldad. Vio la gran Señora este conato de Lucifer y que le remitía su Hijo santísimo esta causa; encendida con el celo y amor de la gloria del Muy Alto y con potestad de Reina, mandó al dragón y a todas sus cuadrillas que al punto saliesen del Cenáculo y descendiesen al profundo del infierno.
1190. Diole nueva virtud a María santísima para esta hazaña el brazo del Omnipotente, por la rebeldía de Lucifer, que ni él ni sus demonios pudieron resistir y así fueron lanzados a las cavernas infernales hasta que se les dio nuevo permiso para que saliesen y se hallasen a la pasión y muerte de nuestro Redentor, donde con ella habían de quedar del todo vencidos y desengañados de que Cristo era el Mesías y Redentor del mundo, Dios y hombre verdadero. Y de aquí se entenderá cómo Lucifer y los demonios estuvieron presentes a la cena legal y lavatorio de los pies de los Apóstoles y después a toda la pasión, pero no estuvieron en la institución de la Sagrada Eucaristía, ni en la comunión que entonces hicieron y dio Cristo nuestro Señor. Levantóse luego la gran Reina a más alto ejercicio y contemplación de los misterios que se prevenían, y los Santos Ángeles, como a valerosa y nueva Judit, le cantaron la gloria de este gran triunfo contra el Dragón infernal. Al mismo tiempo hizo Cristo nuestro bien otro cántico, confesando y dando gracias al Eterno Padre por las peticiones que le había concedido en beneficio de los hombres.
1191. Precediendo todo lo que he dicho, tomó en sus manos venerables Cristo bien nuestro el pan que estaba en el plato y, pidiendo interiormente licencia y dignación para obligar al Altísimo a que entonces y después en la Santa Iglesia, en virtud de las palabras que había de pronunciar, se hiciese presente real y verdaderamente en la hostia como quien las obedecía, levantó los ojos al cielo con semblante de tanta majestad, que a los Apóstoles, a los Ángeles y a la misma Madre Virgen les causó nuevo temor reverencial. Y luego pronunció las palabras de la consagración sobre el pan, dejándole convertido transubstancialmente en su verdadero cuerpo, y la consagración del vino pronunció sobre el cáliz y convirtiéndole en su verdadera sangre. Al mismo punto que acabó Cristo Señor nuestro de pronunciar las palabras, respondió el Eterno Padre: Este es mi Hijo dilectísimo, en quien yo tengo mi agrado y le tendré hasta el fin del mundo, y estará Él con los hombres el tiempo que les durare su destierro. Esto mismo confirmó también la persona del Espíritu Santo. Y la humanidad santísima de Cristo en la persona del Verbo hizo profunda reverencia a la divinidad en el sacramento de su cuerpo y sangre. Y la Madre Virgen desde su retiro se postró en tierra y adoró a su Hijo sacramentado con incomparable reverencia. Luego le adoraron los Ángeles de su custodia y con ellos hicieron lo mismo todos los Ángeles del cielo, y tras los santos espíritus le adoraron Enoc y Elías en su nombre y en el de los antiguos Patriarcas y Profetas de las leyes natural y escrita, cada uno respectivamente.
1192. Todos los apóstoles y discípulos, porque tuvieron fe de este gran misterio, excepto el traidor Judas Iscariotes, le adoraron con ella con profunda humildad y veneración, cada uno según su disposición. Luego nuestro gran sacerdote Cristo levantó en alto su mismo cuerpo y sangre consagrados, para que de nuevo le adorasen todos los que asistían a esta Misa nueva, y así lo hicieron todos. Y en esta elevación fue más ilustrada su purísima Madre, y San Juan Evangelista, Enoc y Elías, para conocer por especial modo cómo en las especies del pan estaba el sagrado cuerpo y en las del vino la sangre, y en entrambas todo Cristo vivo y verdadero, por la unión inseparable de su alma santísima y su cuerpo y sangre, y cómo estaba la divinidad, y en la persona del Verbo la del Padre y del Espíritu Santo, y por estas uniones y existencias, inseparables concomitancias, quedaban en la Eucaristía todas las tres personas, con la perfecta humanidad de Cristo Señor nuestro. Esto conoció con más alteza la divina Señora y los demás en sus grados. Conocieron también la eficacia de las palabras de la consagración y cómo tenían ya virtud divina para que, pronunciadas con la intención de Cristo por cualquiera de los sacerdotes presentes y futuros en la debida materia, convirtiesen la sustancia del pan [de trigo puro] en su cuerpo y la del vino [de vid puro] en su sangre, dejando a los accidentes sin sujeto y con nuevo modo de subsistir sin perderse; y esto con tal certeza y tan infalible, que antes faltará el cielo y la tierra, que falte la eficacia de esta forma de consagrar, debidamente pronunciada por el ministro y sacerdote de Cristo.
1193. Conoció también por especial visión nuestra divina Reina cómo estaba el Sagrado Cuerpo de Cristo nuestro Señor escondido debajo de los accidentes del pan y vino, sin alterarlos, ni ellos a él, porque ni el cuerpo puede ser sujeto suyo, ni ellos pueden ser formas del cuerpo. Ellos están con la misma extensión y calidades antes y después, ocupando el mismo lugar, como se conoce en la hostia consagrada; y el cuerpo sagrado está con modo indivisible, aunque tiene toda su grandeza, sin confundirse una parte con otra, y está todo en toda la hostia y todo en cualquiera parte, sin que la hostia le ensanche ni limite, ni el cuerpo a la hostia; porque ni la extensión propia del cuerpo tiene respecto a la de las especies accidentales, ni la de las especies pende del cuerpo santísimo, y así tienen diferente modo de existencia, y el cuerpo se penetra con la cantidad de los accidentes sin que le impidan. Y aunque naturalmente con su extensión pedía diferente lugar y espacio la cabeza de las manos y éstas del pecho y así las demás, pero con el poder divino se pone el cuerpo consagrado con esta grandeza en un mismo lugar, porque entonces no tiene respecto al espacio extendido que naturalmente ocupa, y de todos estos respectos se absuelve, porque sin ellos puede ser cuerpo cuantitativo. Y tampoco está en un lugar sólo ni en una hostia, sino en muchas juntamente, aunque sean sin número las hostias consagradas.
1194. Entendió asimismo que el sagrado cuerpo, aunque no tenía dependencia natural de los accidentes en el modo que he dicho, pero con todo eso no se conservaría en ellos sacramentado más del tiempo que durasen sin corromperse los accidentes del pan y del vino, porque así lo ordenó la voluntad santísima de Cristo, autor de estas maravillas. Y ésta fue como una dependencia voluntaria y moral de la existencia milagrosa de su cuerpo y sangre con la existencia incorrupta de los accidentes. Y cuando ellos se corrompen y destruyen por las causas naturales que pueden alterarlos, como sucede después de recibido el sacramento, que el calor del estómago los altera y corrompe, o por otras causas que pueden hacer lo mismo, entonces cría Dios de nuevo otra sustancia en el último instante en que las especies están dispuestas para recibir la última transmutación, y con aquella nueva sustancia, faltando ya la existencia del cuerpo sagrado, se hace la nutrición del cuerpo que se alimenta y se introduce la forma humana que es el alma. Y esta maravilla de criar nueva sustancia que reciba los accidentes alterados y corruptos, es consiguiente a la determinación de la voluntad divina de no permanecer el cuerpo con la corrupción de los accidentes, y también al orden de la naturaleza, porque la sustancia del hombre que se alimenta, no puede acrecentarse sino con otra sustancia que se le añade de nuevo, y los accidentes no pueden continuarse en esta sustancia.
1195. Todos estos y otros milagros recopiló la diestra del Omnipotente en este Augustísimo Sacramento de la Eucaristía, y todos los entendió la Señora del cielo y tierra y los penetró profundamente, y en su modo San Juan Evangelista y los Padres que allí estaban de la ley antigua y los Apóstoles entendieron muchos de ellos. Conociendo este beneficio común y tan grande la purísima Madre, conoció también la ingratitud que los mortales habían de tener de tan inefable misterio, fabricado para su remedio, y tomó por su cuenta desde entonces recompensar y suplir con todas sus fuerzas nuestra grosería y desagradecimiento, dando ella las gracias al Eterno Padre y a su Hijo santísimo por tan rara maravilla y favor del linaje humano. Y esta atención le duró toda la vida y muchas veces lo hacía derramando lágrimas de sangre de su ardentísimo corazón para satisfacer nuestro reprensible y torpe olvido.
1196. Mayor admiración me causa lo que sucedió al mismo Jesús nuestro bien, que habiendo levantado el santísimo sacramento para que le adorasen los discípulos, como he dicho (Cf. supra n. 1192), le dividió con sus sagradas manos y se comulgó a sí mismo el primero, como primero y sumo sacerdote. Y reconociéndose, en cuanto hombre, inferior a la divinidad que recibía en su mismo cuerpo y sangre cansagrados, se humilló, encogió y tuvo como un temblor en la parte sensitiva, manifestando dos cosas: la una, la reverencia con que se debía recibir su sagrado cuerpo; la otra, el dolor que sentía de la temeridad y audacia con que muchos de los hombres llegarían a recibir y tratar este altísimo y eminente Sacramento. Los efectos que hizo la comunión en el Cuerpo de Cristo nuestro bien fueron divinos y admirables, porque por un breve espacio redundaron en Él los dotes de gloria de su alma santísima como en el Tabor, pero esta maravilla sólo fue manifiesta a su purísima Madre y algo conocieron San Juan, Enoc y Elías. Y con este favor se despidió la humanidad santísima de recibir descanso y gozo hasta la muerte en la parte inferior. También vio la Virgen Madre con especial visión cómo se recibía Cristo su Hijo santísimo a sí mismo sacramentado y cómo estuvo en su divino pecho el mismo que se recibía. Y todo esto hizo grandiosos efectos en nuestra Reina y Señora.
1197. Hizo Cristo nuestro bien en comulgándose un cántico de alabanzas al Eterno Padre y se ofreció a sí mismo sacramentado por la salvación humana, y luego partió otra partícula del pan consagrado y la entregó al Arcángel San Gabriel, para que la llevase y comulgase a María santísima. Quedaron los Santos Ángeles con este favor como satisfechos y recompensados de que la dignidad Sacerdotal tan excelente les tocase a los hombres y no a ellos, y sólo el haber tenido en sus manos en forma humana el cuerpo sacramentado de su Señor y verdadero Dios les causó grande y nuevo gozo a todos. Esperaba la gran Señora y Reina con abundantes lágrimas el favor de la sagrada comunión, cuando llegó San Gabriel con otros innumerables Ángeles, y de la mano del santo príncipe la recibió la primera después de su Hijo santísimo, imitándole en la humillación, reverencia y temor santo. Quedó depositado el santísimo Sacramento en el pecho de María santísima y sobre el corazón, como legítimo sagrario y tabernáculo del Altísimo. Y duró este depósito del sacramento inefable de la Eucaristía todo el tiempo que pasó desde aquella noche hasta después de la resurrección, cuando consagró San Pedro y dijo la primera Misa, como diré adelante (Cf. infra p. III n. 112); porque ordenó el todopoderoso Señor esta maravilla así, para consuelo de la gran Reina y también para cumplir de antemano por este modo la promesa hecha después a su Iglesia, que estaría con los hombres hasta el fin del siglo (Mt 28, 20), porque después de su muerte no podía estar su humanidad santísima en la Iglesia por otro modo, mientras no se consagraba su cuerpo y sangre. Y en María purísima estuvo depositado este maná verdadero como en arca viva, con toda la ley evangélica, como antes las figuras en el arca de Moisés. Y en todo el tiempo que pasó hasta la nueva consagración no se consumieron ni alteraron las especies sacramentales en el pecho de esta Señora y Reina del cielo. Dio gracias al Eterno Padre y a su Hijo santísimo con nuevos cánticos a imitación de lo que el Verbo divino encarnado había hecho.
1198. Después de comulgada la divina Princesa, dio nuestro Salvador el pan sacramentado a los Apóstoles y les mandó que entre sí lo repartiesen y recibiesen, como lo recibieron, y les dio en estas palabras la dignidad sacerdotal, que comenzaron a ejercer comulgándose cada uno a sí mismo con suma reverencia, derramando copiosas lágrimas y dando culto al cuerpo y sangre de nuestro Redentor que habían recibido. Quedaron con preeminencia de antigüedad en la potestad de Sacerdotes, como fundadores que habían de ser de la Iglesia evangélica. Luego San Pedro, por mandado de Cristo nuestro Señor, tomó otras partículas consagradas y comulgó a los dos padres antiguos Enoc y Elías. Y con el gozo y efectos de esta comunión quedaron estos dos Santos confortados de nuevo para esperar la visión beatífica, que tantos siglos se les dilataba por la voluntad divina, y esperar hasta el fin del mundo. Dieron los dos Patriarcas fervientes alabanzas y humildes gracias al Todopoderoso por este beneficio y fueron restituidos a su lugar por ministerio de los Santos Ángeles. Esta maravilla ordenó el Señor, para dar prendas y participación de su encarnación, redención y resurrección general a las leyes antiguas, natural y escrita, porque todos estos misterios encierra en sí el Sacramento de la Eucaristía, y dándoseles a los dos varones santos Enoc y Elías, que estaban vivos en carne mortal, se extendió esta participación a los dos estados de la ley natural y escrita, porque los demás que le recibieron pertenecían a la nueva ley de gracia, cuyos padres eran los Apóstoles. Así lo conocieron los dos santos Enoc y Elías y en nombre de los demás santos de sus leyes dieron gracias a su Redentor y nuestro por este oculto beneficio.
1199. Otro milagro muy secreto sucedió en la comunión de los Apóstoles, y esto fue que el pérfido y traidor Judas Iscariotes, viendo lo que su divino Maestro disponía mandándoles comulgar, determinó como infiel no hacerlo, sino reservar el sagrado cuerpo, si pudiese ocultamente, para llevarle a los pontífices y fariseos y decirles que quién era su Maestro, pues decía que aquel pan era su mismo cuerpo y ellos lo acriminasen por gran delito, y si no pudiese conseguir esto, intentaba hacer algún otro vituperio del divino Sacramento. La Señora y Reina del cielo, que por visión clarísima estaba mirando todo lo que pasaba y la disposición con que interior y exteriormente recibían los Apóstoles la Sagrada Comunión y sus efectos y afectos, vio también los execrables intentos del obstinado Judas Iscariotes. Encendióse toda en el celo de la gloria de su Señor, como Madre, como Esposa y como Hija y, conociendo era voluntad suya que usase en aquella ocasión de la potestad de Madre y Reina, mandó a sus Ángeles que sucesivamente sacasen a Judas Isacriotes de la boca el pan y vino consagrado y lo restituyesen a donde estaba lo demás sacramentado, porque en aquella ocasión le tocaba defender la honra de su Hijo santísimo, para que Judas Iscariotes no le injuriase como intentaba con aquella nueva ignominia que maquinaba. Obedecieron los Ángeles y cuando llegó a comulgar el pésimo de los vivientes Judas Isacriotes le sacaron las especies sacramentales, una tras de otra, de la boca y, purificándolas de lo que habían recibido en aquel inmundísimo lugar, las redujeron a su primera disposición y las colocaron ocultamente entre las demás, celando siempre el Señor la honra de su enemigo y obstinado apóstol. Después recibieron estas especies los que fueron comulgando tras de Judas Isacriotes por sus antigüedades, porque ni él fue el primero ni el último que comulgó, y los Ángeles Santos lo ejecutaron en brevísimo espacio. Hizo nuestro Salvador gracias al Eterno Padre y con esto dio fin a los misterios de la cena legal y sacramental y principio a los de su pasión, que diré en los capítulos siguientes. La Reina de los cielos continuaba en la atención, admiración de todos y en los cánticos de alabanza y magnificencia al altísimo Señor.
Doctrina que me dio la Reina del cielo.
1200. ¡Oh hija mía, si los profesores de la santa fe católica abriesen los corazones endurecidos y pesados, para recibir la verdadera inteligencia del sagrado misterio y beneficio de la Eucaristía! ¡Oh, si desahogados y abstraídos de los afectos terrenos y moderando sus pasiones, aplicasen la fe viva para entender en la divina luz su felicidad, en tener consigo a Dios eterno sacramentado y poderle recibir y frecuentar, participando los efectos de este divino maná del cielo, si dignamente conociesen esta gran dádiva, si estimasen este tesoro, si gustasen su dulzura, si participasen en ella la virtud oculta de su Dios omnipotente, nada les quedaba que desear ni que temer en su destierro! No deben querellarse los mortales en el dichoso siglo de la ley de gracia, que les afligen su fragilidad y sus pasiones, pues en este pan del cielo tienen a la mano la salud y la fortaleza; no de que son tentados y perseguidos del demonio, pues con el buen uso de este Sacramento inefable le vencerán gloriosamente, si para esto dignamente le frecuentan. Culpa es de los fieles no atender a este misterio y valerse de su virtud infinita para todas sus necesidades y trabajos, que para su remedio le ordenó mi Hijo santísimo. Y de verdad te digo, carísima, que tienen Lucifer y sus demonios tal temor a la presencia de la Eucaristía, que el acercarse a ella les causa mayores tormentos que estar en el infierno. Y aunque entran en los templos para tentar a las almas, esto hacen como violentándose a padecer crueles penas, a trueque de derribar una alma y atraerla a que cometa un pecado, y más en los lugares sagrados y presencia de la Eucaristía. Y por alcanzar este triunfo los compele su indignación, que tienen contra Dios y contra las almas, para que se expongan a padecer aquel nuevo tormento de estar cerca de Cristo mi Hijo santísimo sacramentado.
1201. Y cuando le llevan en procesión por las calles, de ordinario huyen y se alejan a toda prisa, y no se atrevieran a acercarse a los que le van acompañando, si no fuera por la confianza que tienen, con tan larga experiencia, de que vencerán a algunos, para que pierdan la reverencia al Señor. Y por esto trabajan mucho en tentar en los Templos, porque saben cuánta injuria se hace en esto al mismo Señor que está sacramentado por amor, para aguardar a santificar los hombres y a que le den el retorno de su amor dulcísimo y demostrativo con tantas finezas. Por esto entenderás el poder que tiene quien dignamente recibe este pan sagrado de los ángeles contra los demonios y cómo temerían a los hombres si le frecuentasen con devoción y pureza, procurándose conservar en ella hasta otra comunión. Pero son muy pocos los que viven con este cuidado y el enemigo está alerta acechando y procurando que luego se olviden, entibien y distraigan, para que no se valgan contra ellos de armas tan poderosas. Escribe esta doctrina en tu corazón, y porque, sin merecerlo tú, ha ordenado el Altísimo, por medio de la obediencia, que cada día participes de este sagrado Sacramento recibiéndole, trabaja por conservarte en el estado que te pones para una comunión hasta que hagas otra, porque la voluntad de mi Señor y la mía es que con este cuchillo pelees las guerras del Altísimo en nombre de la Santa Iglesia contra los enemigos invisibles, que hoy tienen afligida y triste a la Señora de las gentes (Lam 1, 1), sin haber quien la consuele ni dignamente lo considere. Llora por esta causa y divídase tu corazón de dolor, porque estando el omnipotente y justo Juez tan indignado contra los católicos, por haber irritado su justicia con los pecados tan desmedidos y repetidos debajo de la santa fe que profesan, no hay quien considere, pese y tema tan grande daño, ni se disponga al remedio que pudieran solicitar con el buen uso del divino sacramento de la Eucaristía y llegando a él con corazones contritos y humillados y con mi intercesión.
1202. En esta culpa, que en todos los hijos de la Iglesia es gravísima, son más reprensibles los indignos y malos sacerdotes, porque de la irreverencia con que ellos tratan al santísimo sacramento del altar han tomado ocasión los demás católicos para despreciarle. Y si el pueblo viera que los sacerdotes se llegaban a los divinos misterios con temor y temblor reverencial, conocieran que con el mismo habían de tratar todos y recibir a su Dios sacramentado. Y los que así lo hacen, resplandecen en el cielo como el sol entre las estrellas, porque de la gloria de mi Hijo santísimo en su humanidad, a los que le trataron y recibieron con toda reverencia, les redunda especial luz y resplandor de gloria, el cual no tienen los que no han frecuentado con devoción la Sagrada Eucaristía. Y a más de esto tendrán después sus cuerpos gloriosos unas señales o divisas en el pecho, donde le recibieron, muy brillantes y hermosísimas, en testimonio de que fueron dignos tabernáculos del santísimo sacramento cuando lo recibieron. Esto será de gran gozo accidental para ellos y júbilo de alabanza para los ángeles y admiración para todos. Recibirán también otro premio accidental, porque entenderán y verán con especial inteligencia el modo con que está mi Hijo santísimo en la Eucaristía y todos los milagros que en ella se encierran, y será tan grande el gozo, que sólo él bastará para recrearlos eternamente cuando no tuvieran otro en el cielo. Pero la gloria esencial de los que con digna devoción y pureza recibieron la Eucaristía igualará y en muchos excederá a la que tienen algunos Mártires que no le recibieron.
1203. Quiero también, hija mía, que de mi boca oigas lo que yo juzgaba de mí, cuando en la vida mortal había de recibir a mi Hijo y Señor sacramentado. Y para que mejor lo entiendas renueva en tu memoria todo lo que has entendido y conocido de mis dones, gracia, obras y merecimientos de mi vida, como te la he manifestado (Cf. supra p. I n. 229, 237 y passim) para que lo escribas. Fui preservada en mi concepción de la culpa original y en aquel instante tuve la noticia y visión de la divinidad que
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muchas veces has repetido, tuve mayor ciencia que todos los santos, excedí en amor a los supremos serafines, nunca cometí culpa actual, siempre ejercité todas las virtudes heroicamente y la menor de ellas fue más que lo supremo de los otros muy santos en lo último de su santidad, los fines de todas mis obras fueron altísimos, los hábitos y dones sin medida y tasa, imité a mi Hijo santísimo con suma perfección, trabajé fielmente, padecí animosa y cooperé con todas las obras del Redentor en el grado que me tocaba y jamás cesé de amarle y merecer aumentos de gracia y gloria en grado eminentísimo. Pues todos estos méritos juzgué que se me habían pagado dignamente con sola una vez que recibí su Sagrado Cuerpo en la Eucaristía, y aun no me juzgaba digna de tan alto beneficio. Considera tú ahora, hija mía, lo que tú y los demás hijos de Adán debéis pensar llegando a recibir este admirable Sacramento. Y si para el mayor de los santos fuera premio superabundante sola una comunión, ¿qué deben sentir y hacer los Sacerdotes y los fieles que la frecuentan? Abre tú los ojos entre las densas tinieblas y ceguedad de los hombres y levántalos a la divina luz, para conocer estos misterios. Juzga tus obras por desiguales y párvulas, tus méritos por muy limitados, tus trabajos por levísimos y tu agradecimiento por muy inferior y corto para tan raro beneficio como tener la Iglesia Santa a Cristo mi Hijo santísimo sacramentado y deseoso de que todos le reciban para enriquecerlos. Y si no tienes digna retribución que ofrecerle por este bien y los que recibes, por lo menos humíllate hasta el polvo y pégate con él y confiésate indigna con toda la verdad del corazón, magnifica al Altísimo, bendícele y alábale, estando siempre preparada para recibirle con fervientes afectos y padecer muchos martirios por alcanzar tan grande bien.
MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VI, Cap. 11
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