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sábado, 11 de octubre de 2025

MILAGROS EUCARISTICOS - 65

 


UN TARCISIO EN EL SIGLO XX 
Año 1939, Tschuen-tao-tse (China) 

«Encerradme a ese bribón en el calabozo junto al almacén. Si se os escapa, lo pagarán vuestras cabezas». Quien daba esta orden era el general Hou-lou, jefe de un ejército de salteadores. Aquel a quien llamaba bribón era un niño de trece años, León, que estudiaba en el Seminario menor de Tschuen. 

A rastras fue llevado el muchacho a un recinto oscurísimo. A los pocos minutos, le pareció percibir la sombra de alguien que estaba tendido. Oyó unos gemidos. 

— ¿Quién está ahí?—preguntó. 

—¡Un desgraciado! 

— ¡Dios mío!—exclamó León al reconocer la voz de su hermano. —¡Benito! ¿Eres tú, hermano mío?—Y diciendo esto, se echó a llorar. Quiso, luego, consolar a su hermano: 

— Dios es bueno, Benito, y nos librará de estos malvados. 

—No, hermanito, yo no lograré esa libertad. Mis verdugos me han atormentado de un modo espantoso: mira mis manos traspasadas, y los riñones los tengo hechos una llaga de tantos latigazos. Y añadió: 

—;Dios mío!, os ofrezco mis dolores en expiación de mis pecados. 

En el almacén contiguo han penetrado dos bandidos. Unos rayos de luz pasan a través de las tablas mal unidas. 

— ¡Vaya un botín!—exclama uno de los ladrones, mostrando al otro un pequeño copón de plata. —Lo he cogido—le dice—en la pagoda del bonzo blanco. 

— ¡Por Buda! ¿Qué son esas pastillas redondas de sustancia blanca? 

León se aproximó a las tablas; miró a través de una rendija y cayó de rodillas. ¡Aquel desventurado tenía en sus manos la Santísima Eucaristía! Los dos hermanos convirtieron el calabozo en lugar de adoración a Jesús Sacramentado. 

Al día siguiente, son presentados ante el general. Hou-lou dirige una mirada feroz a Benito. Luego dice a sus hombres: «Le daréis cuarenta bastonazos, y si persiste en no declarar el escondite de su hermana, cortadle la mano derecha». 

En vano se postró León ante el forajido en favor de su hermano. Se abren otra vez las llagas, brota de nuevo la sangre que salpicó los vestidos de los mismos verdugos. 

Llegados a la prisión, Benito, tendido en la tierra arcillosa, dijo a su hermano: «León, yo me muero... Quiero recibir a mi Dios». 

León se dirige con sigilo al tabique que separa el calabozo del almacén. Quita una tabla, luego otra. Ahí, en el suelo, está el copón. Se arrodilla, lo toma con manos temblorosas... Saca una Forma, y la deposita en la lengua de su hermano. Cuando, al atardecer, entró un criado para darles un poco de alimento, encontró a León, sollozando, junto al cadáver de Benito. 

Todos descansan en el cuartel general de Hou-lou. 

León se encomienda a Jesús. Toma del almacén una bolsa de cuero con que cubre el copón y lo suspende del cuello. Abre la puerta y de puntillas llega al muro exterior; calcula: ¡cuatro metros de altura! Ve una viga apoyada en el muro... 

De pronto se oye un silbido estridente. Es la señal de alarma. La viga resbala y se viene al suelo con estrépito. 

¿Qué hacer? Allí mismo hay un tonel vacío. En un abrir y cerrar de ojos lo vuelca y se oculta debajo. 

Acuden precipitadamente los soldados: unos montan a caballo y se lanzan a galope tendido por el campo; otros, provistos de antorchas, van de acá para allá buscando por todas partes. Desde su escondite oye León los juramentos y maldiciones. El mismo Hou-lou llega a apoyarse en el tonel lleno de furor. 

Cansado de la inutilidad de sus pesquisas, amenaza a su gente y se retira. 

El patio queda desierto. El jovencito toma una resolución extrema: 

«Ahora, o nunca», se dice. Sale de su escondrijo. Ve dos caballos atados. Corta las riendas de uno, salta sobre la montura y huye. El es buen jinete. «Señor, ayúdame, sálvame», exclama. Sujetó bien el sagrado Tesoro y echó a correr. 

Después de varias horas de carrera sin rumbo fijo, apareció la luna, que hasta entonces había estado oculta por densas nubes, miró a su alrededor y se dio cuenta de un grupo de jinetes que iban en su seguimiento. Apresuró la carrera y llegó a orillas del rio Nonni, que estaba helado. 

¿Qué hacer? Los bandidos iban a caer sobre él irremisiblemente. ¿Podría el hielo resistir su peso? 

No hay tiempo para reflexionar: los perseguidores no distan doscientos metros. Baja del caballo, aprieta a Jesús contra su pecho y se lanza al río. Cede el hielo por algunas partes; mas él no se preocupa: avanza con audacia con el pensamiento fijo solamente en librar al Señor de las profanaciones de los bandidos. 

El ruido de los cascos resuena en el hielo. «¡Señor, sálvame!», clama, aterrado. 

En aquel momento oye un crujido espantoso, gritos desesperados, maldiciones: ha cedido el hielo... bandidos y caballos son sepultados en las aguas. 

Ganada la orilla, León se vuelve. Sus perseguidores han desaparecido. Ni uno solo ha quedado. Acciones de gracias a Jesús Sacramentado, sentimientos parecidos a los de Moisés y su pueblo después de pasado el mar rojo. 

Apenas amaneció, divisó allá lejos el campanario de una iglesia católica. Al llegar a la puerta, cayó extenuado. Ahí le encontró el misionero. Le Entregó el sagrado Depósito. y pudo decirle con débil voz: «Es el buen Jesús». 

El jovencito fue presa de subida fiebre durante varios días. En los accesos de delirio le veían cruzar nerviosamente los brazos sobre el pecho como quien protege algún tesoro. 

Pocas semanas después, León volvía al Seminario menor de Tschuen-tao-tse. 


(De El Siglo de las Misiones. Marzo 1940). 23. - P.E.
P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)

martes, 19 de agosto de 2025

MILAGROS EUCARISTICOS - 64

 



SACRILEGO ATREVIMIENTO 
 Año 1605, Dulae (Filipinas) 

Las Cartas anuas de la Compañía de Jesús, refieren un hecho portentoso acaecido en Dulac, pueblo de la isla de Leyte. 

Un joven que había tenido la desgracia de ofender gravemente a Dios, quiso acercarse a la sagrada Mesa sin confesar antes su pecado. El castigo de tan sacrílego atrevimiento no se hizo esperar. Al punto sintió intensísimos dolores en todos sus miembros, que no le dejaban momento de reposo. Como reconociese la causa de tan grandes padecimientos, procuró arrojar la santa Hostia, con lo cual quedó aliviado. 

Continuó luego en su mala vida, y se acercó otra vez a comulgar, manchada su conciencia con nuevos pecados. Un fuego ardoroso le secó entonces la garganta y le abrasaba todo el cuerpo: y aun cuando le era patente la causa de este nuevo castigo, no quiso el infeliz descubrirla, antes otra vez repitió la Comunión en desgracia de Dios. 

En justo enojo, permitió el señor que un enjambre de moscardones se le entrase por la boca y le atormentase espantosamente. 

El desdichado joven reconoció entonces la enormidad de su crimen; y sinceramente arrepentido obtuvo de la infinita misericordia de Dios su gracia, viéndose al propio tiempo libre de tan terribles padecimientos, preludio de los eternos que le esperaban en el infierno si de veras no se hubiese convertido. 

(Cartas anuas de la Compañía de Jesús. Año 1605, pag. 496)

P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)

jueves, 1 de mayo de 2025

MILAGROS EUCARISTICOS - 63

 


¡SEÑOR, QUE YO VEA!
 (Año 1889, Lourdes (Francia) 

En el año 1889, María Luisa Horeau, de diecinueve años de edad, estaba tan ciega que no distinguía entre el día y la noche, necesitando que la llevasen de la mano a todas partes, y aun que la diesen de comer. 

Se fue a Lourdes, mas no pudieron aproximarse a la Gruta, se paró frente a la piscina, y rogó a una amiga y compañera suya la advirtiera el momento preciso en que pasase por allí la procesión del Santísimo Sacramento. 

Avisada de ello la pobrecita ciega, cayó al punto de rodillas y exclamó con todo el esfuerzo de su cristiana fe: "¡Señor, si queréis, podéis curarme! ¡Señor, que yo vea!" Dichas estas palabras, notó como una especie de resplandor vivísimo, y sintió un fuerte espasmo en los ojos; los abre, y en seguida vio la Gruta, la muchedumbre de peregrinos, y la sagrada Hostia que acababa de bendecirla, otorgándole la gracia deseada. 

La joven María Luisa recobró la vista tan perfectamente, que distinguía los objetos más pequeños y sutiles. El tribunal médico establecido en Lourdes examinó los ojos, y notó que había adquirido completa claridad y limpieza.


(Dr. Bossaire. Les grandes Guerlsons de Lourdes.) 

P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)

jueves, 27 de febrero de 2025

MILAGROS EUCARISTICOS - 62

 


PISADAS DE CRISTO. 
Año 1250 Gaeta Italia 

En el convento de Franciscanos de Gaeta, dos Religiosos que se preparaban para comulgar en el día de Jueves Santo del año 1250, fueron enviados a pedir de limosna el pan de que tanto necesitaban. De vuelta al Convento, ya la Misa había terminado, lo que les ocasionó un gran sentimiento por verse privados del Pan de los ángeles en tan solemne día. Se fueron luego a la iglesia para hacer una visita a Jesús Sacramentado, y allí al pie del altar, le expusieron sus amorosas quejas, diciendo: «Por obedecer, nos hemos visto privados del consuelo de recibiros, no nos privéis al menos de vuestra divina bendición».- ...Al momento vieron salir del altar del Monumento a un varón lleno de majestad y modestia, que con indecible ternura les dice:- Yo soy el Salvador a quien invocáis; he escuchado vuestros deseos y voy a cumplirlos.- Jesucristo dio la Comunión a cada uno de ellos, y en acabando desapareció. Se quedaron los dos Religiosos absortos y enajenados de santo gozo por un favor del cielo tan singular, y al volver de su asombro advirtieron un nuevo prodigio. Jesús había dejado impresas en el pavimento del altar las huellas de sus sagrados pies. El pueblo en masa se apresuró a contemplarlas, conservándose hasta ahora circundadas de una verja, para constante veneración de los fieles.


(Bolandistas citados por D. Camilo Ortuzar, Pbro. en su Catecismo en ejemplos, pág. 950.) 
P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)




lunes, 15 de enero de 2024

MILAGROS EUCARISTICOS - 61

 


LAS ALMAS DEL PURGATORIO 
Año 1279 Tolentino Italia 


San Nicolás de Tolentino no quería ordenarse de sacerdote porque le anonadaba la sublime grandeza de tan excelsa dignidad. Después de mucho tiempo, se decidió, por fin, a que el Señor Obispo le impusiera las manos, persuadido firmemente que celebrando el santo sacrificio de la Misa, podría todos los días socorrer a las benditas almas del Purgatorio, y que los ángeles custodios de las almas por él libertadas, le obtendrían del Señor el fervor que había menester para bien cumplir con los deberes sacerdotales. 

Estando un día el Santo, después de Maitines, descansando, oyó una voz que le despertó y le dijo: «Fray Nicolás, varón de Dios, vuélvete a mirarme»: y él le respondió: « ¿Quién eres?»-«Soy, dice, el alma de Pelegrin Auximense, a quien tu, mientras viví en la tierra, conociste muy bien, y ahora me estoy abrasando en estas llamas del Purgatorio. Te suplico que me socorras, y luego de mañana digas Misa por mi". A lo cual respondió, humildemente, el Religioso: "La copiosísima sangre derramada por Jesucristo te sea en alivio. No te la puedo aplicar en la santa Misa, porque soy hebdomadario, y además hoy es domingo y no se dice Misa de difuntos". 

";Oh. Padre!, dijo él. ven y verás si es razón que tan inhumanamente respondas a la multitud de almas afligidas que me enviaron a ti." Y llevado a un vasto campo, vio una innumerable multitud de almas que con lagrimas le gritaban: "Padre, ten piedad de nosotras... esperamos socorro de ti. Que si tú ofreces el Santo Sacrificio, nos veremos libres de los tormentos que nos devoran". 

Despertó el Santo movido a gran compasión y lágrimas, e hizo oración a Nuestro Señor Jesucristo por aquellas almas. Al amanecer del día siguiente, fuese al Superior, y postrándose a sus pies, le rogó con llanto y ferviente ruegos le exonerase del cargo de hebdomadario, a fin de que pudiese celebrar una semana entera la Misa de difuntos. Alcanzó el Santo lo que deseaba. 

Pasada la semana, se le apareció de nuevo el alma de Pelegrín, y le dio las gracias de lo que por las almas había hecho, afirmando que una buena parte de aquella multitud que había visto, estaba libre de las penas del Purgatorio y gozaba ya de la presencia de Dios en el cielo, por la misericordia divina, sus santos Sacrificios y fervorosas oraciones. 

(Lorenzo Surio. Vida de S. Nicolás de Tolentino. A 10 de septiembre.)
P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)


martes, 28 de noviembre de 2023

MILAGROS EUCARISTICOS - 60




EL PEQUEÑO CUSTODIO DE JESUS SACRAMENTADO 
 Año 1939, Almolda (Zaragoza) 

Cuando entraron los rojos en uno de los pueblos de Aragón, obligaron a un cristiano hornero a que echase en su horno todas las imágenes de los Santos de la parroquia. 

Se resistió, con valentía, el hornero. 

No le valió; uno de los oficiales hizo astillas las imágenes, y le obligó a quemarlas en el horno. 

Entre estas imágenes llevaron también un hermoso Sagrario que el oficial hizo pedazos, y se marchó. 

Un hijo del hornero, de cinco años, notó entre el montón de leña un objeto que relucía, un cristal redondo. Lo tomo en sus manos y se dio cuenta de que era el viril. Todavía conservaba la sagrada Forma. 

Va corriendo a su padre, y le dice: "Padre, ahí está Nuestro Señor". No acababa de comprender el hornero las palabras del niño. Va al montón de leña y se puso a temblar. 

"Toma, hijo mío, tómalo tú que eres un ángel." Lo cogió el niño con todo respeto y reverencia, y se lo llevó a su cuarto. 

Durante el día le acompañaba todo el tiempo que podía. Durante la noche descansaba junto a Jesús. 

El mismo día de la liberación del pueblo, fue el señor Cura a tomar el viril de casa del hornero. Se formó una procesión devotísima hasta la iglesia. Vio, con sorpresa, que no se habían corrompido las sagradas Especies durante los dos años que había estado el viril en el aposento del niño, y las sumió. 

El niño se llama Antonio Peña, su padre José Peña Pallas, hornero del pueblo de Almolda, provincia de Zaragoza.


 (Del "Boletín Parroquial suplemento del 'Boletín Oficial del Arzobispado—.—Valencia. 29 de octubre de 1940)


P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)

   

lunes, 24 de abril de 2023

MILAGROS EUCARISTICOS - 59



RISA INCREDULA 
 Año 596. Roma 

Cierta matrona romana, señora principal, solía enviar al bienaventurado San Gregorio las hostias que ella misma hacía para el santo sacrificio de la Misa, mostrándose en esta obra muy solicita y cuidadosa. 

Al maligno espíritu, capital enemigo de todo lo bueno, que según expresión del Apóstol San Pedro anda alrededor de nosotros como león rugiente aguardando el momento de la presa, le pareció excelente ocasión para turbar a la señora primero con tentaciones de vanagloria, luego con impertinentes dudas acerca de la fe en el augusto Sacramento, y finalmente haciendo que sin dejar las practicas piadosas cayera en manifiesta incredulidad. 

En efecto: aconteció un día estando arrodillada esta señora en el altar para recibir la Comunión de manos de San Gregorio, en el momento solemne en que el Santo Pontífice iba a darle la Sagrada Hostia diciendo aquellas palabras que usa la Iglesia: Corpus Domini nostri JesuChristi custadiant animan, tuam, ponerse a reír la referida señora como si hubiese perdido la fe y la devoción. 

Al advertirlo el Santo retiró al punto la mano y puso sobre el ara del altar la Forma consagrada. Acabada la Misa preguntó el Pontífice delante de todo el pueblo a la señora la causa de su risa en aquella ocasión tan impropia. Sorprendida por tal pregunta, no se atrevía al principio a declarar el motivo, más después, dijo: "Me río de que digáis que ese pan que yo he amasado sea el Cuerpo de Cristo". 

Admirado de la repuesta San Gregorio no contesto palabra, pero se puso al instante con todo el pueblo a orar al Señor para que alumbrara con su divina luz a aquella mujer incrédula. 

Apenas acabaron su fervorosa oración sucedió una maravilla, y fue que la Hostia sacrosanta se dejó ver en carne humana, y en esta forma, presente el pueblo allí congregado, la mostró también el Santo Pontífice a la señora, cuyo prodigio la redujo, al punto, a la fe de este misterio y confirmó en ella a todos los circunstantes. 

En presencia de tan gran portento determinaron seguir orando, lo que se hizo con extraordinario recogimiento y fervor, hasta que se vio como aquella carne se reducía a la forma de hostia que antes tenía, y tomándola el Santo Pontífice en sus manos la dio en comunión a la señora; glorificando todos al Supremo Hacedor que se dignó obrar tales maravillas para que un alma recuperase la fe en el augusto Sacramento. 

San Gregorio murió en el año 604, y la Iglesia honra la memoria de un tan gran Pontífice el día 12 de mayo. 

(Pablo y Juan, diáconos. Vida de San Gregorio Magno, lib. 2. cap. 21.)

P. Manuel Traval y Roset

jueves, 17 de noviembre de 2022

MILAGROS EUCARISTICOS - 58

 


LADRON ARREPENTIDO

(Año 1597. Alcofa de Henares (España)

Entre los muchos crímenes cometidos por un forajido español en unión de varios moriscos, se refiere el hecho de haber robado en diferentes iglesias tres copones, ultrajando las sagradas Formas, que los moros arrojaban por el suelo. El bandido, que conservaba todavía un rayo de fe, las recogió, depositándolas entre el ramaje, en un colmenar de la Alcarria, de que era dueño.

Un día visito aquel sitio y vio sorprendido, que salta mucha miel. Aparto el ramaje para descubrir lo que allí había, y quedo admirado de que las abejas hubiesen formado un panal en arco, que cubría a manera de custodia aquel rico depósito. Juzgando el hecho casual, y temiendo no fuera motivo de que se llegasen a descubrir sus enormes delitos, saco de allí las santas Formas y las puso detrás de una colmena, bajo de una teja y maleza con que las cubrió.

Pero creció más su asombro, al ver otro día que también manaba miel del nuevo escondite, y que las abejas hablan reconstruido con mayor primor su tabernáculo de blanquísima cera sobre el mismo lugar donde yacían las sacrosantas Hostias.

Entonces fue cuando no creyó fuera aquello casual, y embargado de santo temor resolvió confesarse y devolver las sagradas Formas.

Las envolvió en un papel, y en Alcalá de Henares las entrego al Rdo. confesor Padre Juan Juárez de la Compañía de Jesús. Consulto este el caso con el P. Gabriel Vázquez, que enseñaba teología en el colegio, y aunque era de parecer que se consumieran, con todo prevaleció el dictamen de guardarlas no fuese que estuvieran envenenadas.

Las tuvo, pues, el Padre en el aposento cosa de un mes, hasta que dispuso el Superior se depositaran entre las reliquias, con una nota del P. Juan Juárez, que expresara el suceso. Allí estuvieron once años, y en 1608 el Padre Provincial Luis de la Palma mando se pusiesen en un altar subterráneo y húmedo que había en el panteón de la iglesia, se colocaron, pues, en un ángulo del altar, y en el otro varias Formas recién hechas, envueltas en un papel, pero sin consagrar. Pocos meses después, las últimas se encontraban ya deshechas y corrompidas, mientras que las otras veintiséis permanecían blancas y tersas como el primer día.

En vista de tan extraordinario suceso fueron nuevamente colocadas entre las reliquias, tomándose de ello información jurídica.

Por último, en 1615, siendo Rector del colegio el mismo P. Luis de la Palma, las reconoció el Dr. D. Pedro García Carrera, médico de Cámara, catedrático de medicina y gran filósofo, declarando milagrosa la conservación. Hubo más tarde otros muchos reconocimientos, hasta que el Vicario general de Alcalá, como Ordinario, dio auto declarando milagrosa la incorrupción, y permitiendo, en lo sucesivo, se les tributase el debido culto de latría. Se hizo luego una rica custodia que costeo el cardenal D. Agustín Espínola, y es un templete coronado de una cupulita, el cual presenta ocho caras, y en cada una hay tres concavidades cerradas con cristales, que conservan las veintiséis sagradas Formas.

Estuvieron expuestas a la veneración de los fieles en la iglesia de la Compañía de Jesús hasta que en tiempo de la expulsión de los jesuitas, obra nefanda del Jansenismo y Filosofismo impío, fueron trasladadas a la magistral de San Justo y Pastor. La memoria de este gran milagro se celebra el domingo quinto después de Pentecostés con gran solemnidad y asistencia de todas las Autoridades.

(D. Ignacio Mamo Esperanza, Opúsculo sobre las santas Formas de Alcalá de Henares)

P. Manuel Traval y Roset

domingo, 4 de octubre de 2020

MILAGROS EUCARISTICOS - 57

 JESUS MIO, LA COMUNIDAD NO TIENE QUE COMER
Año 1760 Italia

Se hallaba un día San Alfonso Mª de Ligorio estudiando en su celda, cuando se acercó al santo el Procurador de la casa y le dijo que estaba próxima la hora de la comida, y no había en la despensa sino tres panes.

—No, os apuréis, Padre: Dios que sustenta las aves del cielo, nos sustentará también a sus siervos.

Admiró el Procurador la confianza de su Superior en la divina Providencia, y no se atrevió a insistir.

Poco después de este diálogo, llamaron a la puerta. A la portería acudió con toda presteza el Procurador, esperando el socorro que iba a sacarle de apuros: más al llegar, se encontró con un mendigo que le pedía una limosna por amor de Dios.

Quedó el Padre perplejo sin saber qué hacer. Más San Alfonso que había oído la petición del mendigo, le sacó pronto de la perplejidad:

—Dele, Padre, —le dijo—, dos panes de los tres que le quedan en la despensa.

Una vez que dio esta orden, se dirigió a la sacristía, se puso la sobrepelliz y la estola, se acercó al Tabernáculo, se postró ante el Santísimo Sacramento y oró un rato. Se puso de pie; y con la confianza de santo y candor de niño, dijo al Señor mientras daba unos golpecitos en el Sagrario:

«Jesús mío, la Comunidad no tiene hoy cosa alguna qué comer, y acude a Vos. No dejéis de socorrerla». Oró de nuevo, y confiado se volvió a su aposento seguro de que el Señor les proveería y no tardaría en mandarles el sustento.

Nuevos golpes a la puerta del convento.

«Si es otro mendigo, se dijo el Procurador, le daré el pan que nos queda».

Con el pan en la mano, se fue a la portería.

—¡Dios con nosotros, Padre!,—le dijo un caballero de porte distinguido, que era quien llamaba.—Aquí tiene usted está limosna, que si no es tal cual sería mi deseo, espero que de algo podrá serviros.

Durante muchas semanas, pudo el Procurador alimentar a la Comunidad.

P. Manuel Traval y Roset

martes, 2 de junio de 2020

MILAGROS EUCARISTICOS - 56


ARAÑA HORRIBLE
Año 1396, Londres (Inglaterra)

El heresiarca Wiclef ambicionaba la gloria de ser contado entre el número de los más sabios teólogos de su tiempo, y para llamar la atención del mundo cristiano, que le miró con desprecio, empezó atacando la institución divina de la Iglesia Católica, la autoridad infalible del Papa y el dogma eucarístico de la transubstanciación.

Uno de sus secuaces, zapatero de oficio, fue acusado de hereje y presentado ante el tribunal que presidía el santo arzobispo de Cantorbery, Tomás de Arundell. Le preguntaron los del tribunal acerca de la herejía que profesaba, y con sólidas razones trataron de refutar sus errores y convertirle a la verdadera fe de la Iglesia Católica, mas todo resultó inútil, porque sostenía pertinazmente que la Sagrada Eucaristía no era más que pan bendito.

Entonces el Presidente le mandó que hiciese reverencia a la Hostia sacrosanta, a lo que respondió el blasfemo: "Verdaderamente tengo por más digna de reverencia una araña que lo que me mandáis adorar".

No bien hubo dicho estas palabras, cuando de lo más alto del techo descendió una grande y horrible araña, se llegó hilo derecho a la boca del blasfemo, porfió para entrarse por ella, y acudiendo muchos de los asistentes para ver si podrían ahuyentarla, apenas pudieron lograrlo.

Estaba presente el príncipe Tomás, duque de Oxone, que entonces era Cancelario del reino, y vio este prodigio. Y el sobredicho Arzobispo, levantándose luego con los demás del tribunal, declaró al pueblo lo que había obrado la mano del Señor, vengándose de aquel blasfemo de la Sagrada Eucaristía.

(P. Fr. Tomás Uvaldense. De Sacramentis, tomo 2, capitulo 63.
Nicolás Harpsfeld, Historia Vicleffiana, capítulo 18.)

P. Manuel Traval y Roset

lunes, 9 de marzo de 2020

MILAGROS EUCARISTICOS - 55


EL NIÑO JESUS DEL MILAGRO
Año 1568, Alcoy (España)

Enlutada apareció la Corte de España por mandato de Felipe II en el año 1568. Era la viva expresión del sentimiento que embargaba el corazón del piadoso Rey por el nefando crimen de un extranjero perpetrado en tierra española.

He aquí la historia:

Un francés domiciliado en Alcoy, llamado Juan Prats, de oficio tundidor de paños, entro el día 29 de enero del año 1568 en la iglesia parroquial y robo, entre otros objetos sagrados, un cofrecito de plata en el que había varias Formas consagradas.

Al día siguiente, al amanecer vio el señor vicario que hablan robado el Sagrario, he inmediatamente hizo repicar las campanas y se fue a la plaza para anunciar a voz en grito el robo sacrílego y rogar encarecidamente hicieran las mayores diligencias para encontrarlo. No fue el religioso pueblo de Alcoy sordo a este llamamiento: hombres, mujeres y niños se esparcieron por todo el término sin dejar nada que no fuera reconocido.

Siendo infructuosas cuantas diligencias se hicieron, todos comenzaron a creer que Juan Prats había cometido el robo, por lo que la Justicia de la villa reconoció dos veces su casa, y por sospechar todos de él, lo detuvo en la cárcel. Mientras tanto, un nuevo orden de cosas se desarrollaba en la población, que ponía de manifiesto al autor del sacrilegio. Sobre los obradores en que dicho francés tenía las oficinas para tundir los paños, vivía una piadosa viuda que hincada de rodillas ante una imagen del Niño Jesús, le suplicaba con fervor el tan deseado hallazgo de las sacrosantas Formas, cuando nota, asombrada, que el Niño inclina su cuerpecito como haciendo reverencia, y los dos dedos de la mano que antes se dirigían al cielo, los había bajado señalando la tierra.

Este notable acontecimiento se vulgariza por todo el vecindario, que lo llaman milagroso, y contribuye poderosamente a corroborar la general opinión de que lo robado está en casa del extranjero. En esto pide un labrador a la Justicia hacer un nuevo registro, y mientras se verifica, estaba el venerable sacerdote Padre Nicolás Moltó orando en el coro de San Agustín, e impulsado por una voz clara y expresiva, deja el coro, atraviesa los claustros y el pórtico, y por el postigo de la torre de los Arcadines entra en la villa, encontrándose, sin darse cuenta de ello, en la caballeriza del extranjero Prats, juntamente con la Justicia y Jurados, en el momento en que el labrador habiendo apartado un haz de leña, daba el último azadonazo desenterrando del establo los vasos sagrados con las tres santas Formas.

Mientras el pueblo se entregaba a las más justas expansiones de alegría y regocijo por el tan suspirado hallazgo del Santísimo Sacramento, constituido el tribunal en la misma cárcel, interrogaba al extranjero Prats sobre el robo sacrílego, quien confeso llanamente su enorme delito, y preguntado que habla hecho de las Formas que faltaban, contesto que se las había comido todas. "Si os las habéis comido todas, dijo el juez, ¿cómo quedan tres?" Respondió entonces el reo, gritando: "¡Milagro es de Dios, milagro es de Dios!, que yo todas las he pensado comer sin dejar una". 

Imposible seria describir las conmovedoras manifestaciones de fe y de amor con que Alcoy procuro reparar el agravio inferido a su Dios y Señor en la Eucaristía. 

La primera diligencia de parte de las Autoridades fue expropiar y limpiar la casa donde fue hallado el Señor, en la que estaba comprendida la habitación que conservaba la imagen del Niño Jesús, llamado desde entonces del Milagro, y tres meses después del dichoso hallazgo, la casa del francés Prats se transformó en oratorio, y la tierra que circuía los vasos sagrados al tiempo que estaban escondidos, se colocó en una urna de piedra, siendo prodigioso que a pesar de haberse repartido esta bendita tierra a discreción, jamás ha disminuido en tantos siglos como hasta el presente han transcurrido. 

Finalmente, la ciudad de Alcoy hizo voto perpetuo de conmemorar anualmente con fiesta religiosa y popular el glorioso aniversario del hallazgo del Santísimo Sacramento.

(José Vilaplana; Pbro. Extracto de la "Memoria" presentada al
Congreso Eucarístico nacional celebrado en Valencia en el año
1894. Vicente Carbonen, en su célebre Centuria.)

P. Manuel Traval y Roset

viernes, 15 de noviembre de 2019

MILAGROS EUCARISTICOS - 54


EXTASIS INTERRUMPIDO
Año 1496, Azaña (España)

Estando un día la Beata Juana de la Cruz, Religiosa de la Orden de San Francisco, arrebatada en éxtasis, entró en su celda una Hermana familiar suya, y se puso a registrar en un canastillo, buscando cierto objeto.

En el acto mismo volvió la Beata Juana en si, acudió al canastillo, y tomando del brazo a la Hermana, le dijo:

-¡Guárdate bien de tocar la reliquia envuelta en este blanquísimo lienzo! ¡Es el Santísimo Sacramento, traído por los ángeles!

-¿Cómo puede ser esto? replicó la lega, asombrada.

Hablándole entonces con confianza, le dijo:

-Un pecador impío, que habiendo vivido siempre en desgracia de Dios, ha sido condenado al infierno, murió teniendo en la boca la Hostia consagrada Los ángeles no pudieron sufrir que la Majestad de Dios estuviese en tan execrable cadáver, y tomando la Forma con gran reverencia me la han traído a mí, indignísima sierva del Señor, ordenándome que mañana comulgue con esta Hostia, para libertar del purgatorio a un alma que fue devota del Santísimo Sacramento. Te diré más, y sírvate como prueba de la verdad. En el momento en que te pusiste a registrar el canastillo, me dieron un golpe haciéndome volver en mí, y me avisaron acudiese a quitar el peligro de que tocases la sagrada Forma.

Al día siguiente se preparó la Beata Juana de la Cruz con el fervor propio de una amantísima esposa de Jesucristo, y compareciendo un ángel del Señor, la comulgó con la sacrosanta Hostia, que recibió bañada en lágrimas de tiernísimo amor a Jesús Sacramentado.

(P. Fr. Pedro Navarro, Favores del Rey del cielo hechos a su
 esposa Santa Juana de la Cruz, 1, 2, c. 3, pagina 186.)

P. Manuel Traval y Roset

jueves, 26 de septiembre de 2019

MILAGROS EUCARISTICOS - 53


FLUJO DE SANGRE
Año 1725, Paris (Francia)

Corría el año 1725, y la joven Ana de la Fosse hacía ya veinte años que en París sufría un pertinaz y casi continuo flujo de sangre, a consecuencia del cual había llegado a un extremo tal de debilidad y falta de fuerzas, que ni con muletas podía dar un paso. Sus ojos no podían soportar la luz y todo su cuerpo estaba tan dolorido, que el menor movimiento le causaba indecibles dolores y desmayos. Un vivo dolor de costado le impedía estar en el lecho, siendo preciso llevarla en brazos para que pudiera ir de un lugar a otro.

En este estado se hallaba la enferma, según el testimonio jurado de diversos testigos dignos de fe, cuando se acercaba la festividad del Corpus Christi. En este tiempo excitó Dios en el corazón de la enferma un gran deseo de pedir su curación a Jesucristo en el Santísimo Sacramento, cuando por su casa pasase la procesión.
Animada de viva fe y gran confianza, se hizo llevar junto a la puerta de la calle y allí esperó orando con fervor, el momento que pasase el divino Redentor, y cuando le dijeron: «He aquí el Santísimo Sacramento», quiso ponerse de rodillas, pero faltándole las fuerzas, pidió la mantuviesen en esa postura, no cesando de clamar en alta voz: «Señor, si queréis, podéis curarme».

Entre la muchedumbre que acompañaba al Santísimo, unos se mostraban maravillados, otros, en cambio, se enojaron del singular proceder de esta mujer, y aun hubo quienes la tuvieron por loca. Se acercaban, pues, las gentes diciéndole se retirase, pero ella permanecía firme, moviéndose como podía hacia adelante, diciendo: «Dejadme seguir a mi Dios...». ¡Fe tan grande no podía quedar sin recompensa.

De repente se sintió fortalecida, y con ayuda de dos personas que la acompañaban, se puso en pie. Pero como apenas levantada corriese peligro de caer en tierra, exclamó entonces con más fuerza de voz que antes: «Señor, dejadme entrar en vuestro templo y quedaré sana» Luego dijo a las compañeras que la dejasen ir sola, y, en efecto, se puso por sí misma a andar, con gran admiración de todos, hasta llegar a la parroquia de Santa Margarita a donde llevaban el Santísimo Sacramento. La hemorragia no había cesado del todo, pero en el momento mismo que puso el pie en el templo del Señor, cesó por completo.

La enferma, perfectamente curada, permaneció hora y media delante del altar, ya de pie, ya sentada, ya de rodillas, y después de haber dado gracias a su divino Bienhechor, volvió a su casa sin auxilio de nadie y acompañada de mucha gente que la quería ver, para persuadirse de tan milagrosa curación.

Un sinnúmero de protestantes creyeron en el Santísimo Sacramento, y uno de ellos, dijo solemnemente delante del tribunal eclesiástico, que tal curación era obra milagrosa del Poder divino, y que no creía hubiese milagro mejor probado que éste.

(Cardenal Noailles, arzobispo de Paris, Pastoral del mismo año.)

P. Manuel Traval y Roset

sábado, 16 de marzo de 2019

MILAGROS EUCARISTICOS - 52


EL DIVINO NIÑO
Año 1427, Zaragoza (España)

Entre los muchos prodigios que ha obrado el Señor para dar testimonio contra los infieles de la presencia real y verdadera de Cristo Nuestro Señor en el sacramento de la Eucaristía, es muy célebre la admirable aparición del divino Niño sacramentado, verificada en la Catedral de Zaragoza el año de 1427, siendo Arzobispo de aquella iglesia D. Alonso Arhuello. He aquí la relación que nos dejó escrita de ella el doctísimo Dorner, arcediano de aquella metropolitana. Dice así:

"Consultó en esta ciudad una mujer casada, a un alfaquí, impío curandero, que remedio podría darle para que su marido, que era de condición muy áspera y desabrida, no la tratase con tanta dureza. Le respondió el infame moro que lograría mudase el marido de temperamento y la amase; más que para hacerle el remedio había menester una Hostia consagrada.

"Le prometió la supersticiosa y malvada mujer que ella misma se la traería y pondría en las manos, y para ello fuese a confesar y comulgar en la capilla parroquial de San Miguel, que hay en dicha iglesia metropolitana; y en acabando de recibir la sagrada Comunión, sacó con diabólica astucia de su boca la Forma consagrada y poniéndola en un cofrecillo que para esto llevaba prevenido, se fue luego a la casa del moro para entregársela. Más, ¿qué sucedió?

"Al abrir la cajita echó de ver, con grande espanto, que en lugar de la Hostia santa había allí un pequeño y hermoso Niño, que despedía de si admirables resplandores, Atemorizada la mujer a la vista de aquel portento, no sabía qué hacer, si dar cuenta del prodigio o consumar su sacrílega iniquidad. Le dijo entonces el moro que tomase el cofrecillo y lo quemase todo ocultamente en su casa. Lo hizo así la atrevida mujer; más pronto observo que abrasado y reducido a cenizas el cofrecillo, quedaba el Divino Niño del todo ileso, arrojando de su cuerpecito rayos de maravillosa claridad.

"Turbada y fuera de sí la mujer con esta nueva maravilla, se vuelve a la casa del criminal consejero, para decirle lo que había pasado. Tembló entonces el moro, oyendo las palabras de la mujer, se llenaron los dos de confusión y espanto; temiendo que les amenazaba alguna terrible venganza del cielo si no se rendían a la fuerza de aquel prodigio, y no hacían penitencia de su pecado. Determinaron, pues, irse entrambos a la Seo, ella para confesarse y él para dar noticia del suceso al Vicario general, como en efecto lo hizo, pidiéndole, además, con muchas lágrimas la gracia del santo Bautismo.

"Se dio luego entera cuenta de todo lo acaecido al señor Arzobispo D. Alonso, el cual mandó que se averiguase muy bien el caso, y se tratase con personas graves y doctas lo que en él se había de hacer; y certificados todos de la verdad de aquel suceso tan extraordinario acordaron que se había de restituir procesionalmente aquel Niño Dios sacramentado, desde la casa de la mujer al santo templo.

"Se ordenó, pues, aquel mismo día que era sábado, una procesión general, a la que asistieron los dos Cabildos, el de la iglesia del Salvador y el de la iglesia del Pilar, el clero secular y regular, los magistrados de la ciudad, la nobleza y el pueblo, cerrando la magnífica y numerosísima procesión el señor Arzobispo, que debajo del palio caminaba llevando en sus manos, con grande reverencia, el divino Niño reclinado en una patena de oro.

"Todos los ojos llenos de lágrimas se ponían en el maravilloso Infante, el cual a su paso robaba los corazones de todos llegada, por fin, la procesión a la Seo, se colocó aquel Santo Niño sobre el altar de San Valero, para satisfacer a los deseos de la muchedumbre ansiosa de verlo y se terminó esta solemne traslación con una piadosa plática que pronunció el señor Arzobispo muy conmovido por tan grande maravilla.

"Se dejó manifiesto el divino Niño sobre el altar todo el resto de aquel día y toda la noche, para que el católico pueblo de Zaragoza se hartase de mirarlo y venerarlo; y venida la mañana del siguiente día que era domingo, celebró el Prelado en aquel mismo altar Misa del Santísimo Sacramento. Entonces sucedió otro caso maravilloso, y fue que al llegar el Arzobispo celebrante a la ceremonia del Ofertorio, desapareció el admirable Niño de la patena en que estaba, dejando en su lugar la sagrada Forma, que fue sumida por el señor Arzobispo en la Comunión.

"Creció desde aquel día en todo el pueblo de Zaragoza la fe y la veneración debida al sacrosanto Misterio de nuestros altares.

"En el archivo del Cabildo Metropolitano se conserva la relación del milagro, acreditado por innumerables testigos, y el arte con sus primores lo ha perpetuado en los grandes lienzos que adornan la capilla de San Dominguito del Val."


(P. Fr. Roque Faci, Aragón reino de Cristo y dote de María 
Santísima.—P. Fr. Jaime Barón. Luz de la Fe y de la ley.
lib. 3, cap. 45.)

P. Manuel Traval y Roset