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viernes, 1 de abril de 2016

PROFECIAS DEL BEATO NICOLAS FACTOR SOBRE EL GRAN PAPA Y EL GRAN MONARCA


Beato Nicolás Factor religioso franciscano español, natural de Valencia, nació en 1520 y murió en la ciudad de Turia en 1583, según sus numerosos biógrafos. El Papa Pío VI le declaro Beato en 1786. 


«Se levantará en la Iglesia el espíritu de un nuevo David, que será un Pontífice Romano, escogido por la mano de Dios; el cual reformará la Iglesia Católica en tiempo en que se hallará en tanta apretura, que apenas serán católicos y fieles la tercera parte de los que tienen el nombre de cristianos. Este nuevo Pontífice volverá la Iglesia a su antiguo estado y reducirá a los herejes; y en reduciéndolos, se juntará con el Rey, en quien estará la gracia de Dios, y los dos tomarán todos los tesoros de la Iglesia, y hechos moneda, levantarán gente en el Cristianismo, y con poderoso ejército marcharán la vuelta de Jerusalén. 

Excitados los Españoles por la santidad de esta causa, se apoderará de ellos un ardor tan santo, que partirán sin despedirse de sus padres y sin arreglar sus negocios. La legión más fuerte de este ejército se compondrá de religiosos regulares y seculares (1).

Este ejército irá por el estrecho de Gibraltar (2) al Africa; y caminará hasta sitiar la Ciudad de Libia o Fez, y en ella el Túnez, donde formará una poderosa armada, y el ejército caminará por tierra. 

Luego que lleguen las nuevas al Turco de que el Rey León viene tan poderoso, congregará aquél un innumerable ejército que pondrá en cuidado al León de España; mas Dios le confortará por medio de un Angel, asegurándole que no tema, porque le tendrá de su parte. Con este auxilio la armada Cristiana, que irá por mar, se apoderará por fuerza de la ciudad de Alejandría de Egipto. Y cuando llegue el aviso al Turco, que será al amanecer, se acobardará éste de suerte que, deshaciendo el ejército, se retirará la tierra adentro; y dejándole el campo franco al Rey León, continuará éste sus victorias hasta Jerusalén; y en llegando a ella, se arrojará pecho por tierra y dará gracias a Dios por tantas victorias y mercedes. 

Por este tiempo quedará España en poder de hembras; porque por acudir a la Tierra Santa, apenas se hallarán en ella hombres de catorce años arriba, que no sean viejos o inútiles; y cuando vuelvan de la conquista, se cumplirá la profecía que siete mujeres irán tras un hombre, preguntando la una por su marido y la otra por sus hijos. Y cuando los hombres se acertaren a encontrar por las calles, se congratularán entre si de haber llegado a verse juntos, después de tantas tribulaciones. Todo hombre esté alerta, que el tiempo vuela, y no sabemos la hora». 


(1) Son los Crucíferos anunciados por San francisco de Paula y otros profetas.
(2) No dudamos que entonces Gibraltar habrá vuelto ya al dominio de España, Inglaterra toca a su fin.



Apología del Gran Monarca 1ª Parte, 
paginas 42 y 43.
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904

martes, 29 de septiembre de 2015

EL GRAN MONARCA, REY DE ESPAÑA



Descubierto el origen franco—hispano del Gran Monarca, descendiente de los antiguos reyes de una y otra nación, probaremos que no sólo es español, sino que en España fijará su trono, aunque haya de ser también rey de Francia y de otras naciones.

Son muchas las profecías que aluden a su nacionalidad española. «Emperador de la estirpe de España y águila ceñida de las Torres de España», le llama Santa Brígida. La profecía de Premol le presenta «montado sobre un León». El Beato Nicolás Factor le llama «gran León de España», y San Anselmo le anuncia bajo la figura de un león coronado. Los intérpretes y comentadores, no siendo franceses, convienen en que será español. Véase, por ejemplo, da Macello en I futuri destini, profecías de Santa Brígida y de Orval.

El célebre vidente conocido por el Sacerdote de Turín, le llama «Aguila de dos cabezas»; otra profecía dice que «se verá venir de lejos el Aguila y el León». Olivario añade que «llevará León y Gallo en su armadura»; y Orval le pide que «una el León a la flor blanca».

«Será llamado del Occidente (Italia) un Rey de gran nombre», dice una profecía hallada en las Catacumbas de Roma. Y este Occidente es España, porque los profetas ponen al Gran Monarca en el Mediodía de Europa, según prueban los siguientes textos, que se hallan en las mejores colecciones:

Un príncipe poderoso del Mediodía llegará a imperar en Alemania». (Profecía alemana). «En el extremo de nuestra desgracia, Dios nos enviará un Salvador del Mediodía». (Otra, alemana). «El Gran Monarca sube al trono de sus mayores, el cual está en el Mediodía». (La Religiosa de Belley). «Allfader (Ser Supremo) creará una tierra nueva, más risueña y agradable; la iluminará un Hijo del Sol» o del Mediodía. (Edda, poema germánico).

El Beato Amadeo dice que la Germanía se unirá con la Ibernia «bajo un Príncipe preordinado de Dios». La palabra Ibernia debe de ser equivocación de copistas, porque en todas las lenguas se escribe Hibernia y todos los copistas la ponen sin h. Además, esta profecía es de 1500, y el nombre de Hibernia se dejó por el de Irlanda en el siglo VIII, y no es probable que el Profeta cometiera tan notable arcaísmo; bien que escribía en latín. Ni el más leve rastro de lo que dice este texto se halla en las demás profecías, antes bien parece ser contraria a ellas esta unión de Alemania con Irlanda, por lo cual parece claro que el verdadero nombre dado por el Beato es Iberia, España, y entonces todo se explica bien. A no ser que el sentido de la frase sea este: «Un Príncipe preordenado de Dios reinará desde España, tanto sobre Alemania como sobre Irlanda».

La profecía de San Isidoro y de Casandra dice que reinará «en la España Mayor»; ya porque Portugal, también bajo el cetro del Gran Monarca, será como la España menor, ya porque entonces volverá a decirse «las Españas», por las autonomías y la extensión de nuestro imperio, y el Gran Monarca tendrá su corte en la Mayor; osea en la actual. «Limpiará a España de los vicios inmundos», dice también esta profecía.

«El Lirio, añade Santo Tomás de Cantorbery, subsistirá y entrará en la tierra del León, privada de ayuda». «Iberia, Iberia, exclama Bug de Milhas, veo crecer tu poder y tu esplendor... El Tajo producirá un guerrero valiente como el Cid, religioso como el tercer Fernando, que enarbolará el estandarte de la fe»...

Este guerrero será el que presentará a los ejércitos del Norte en los Pirineos la tremenda batalla anunciada por el mismo profeta; y victorioso de los impíos, entrará en Francia, venciendo por todas partes a los alemanes y turcos invasores, hasta que en la Westfalia acabe de derrotarlos; después de lo cual irá a Italia, donde será coronado Emperador por el Papa, y de allí a Francia para tomar el cetro de sus antepasados, volviéndose a España después de sentadas las cosas.

Una profecía de una religiosa anónima, adoptada por Dujardín y da Macello dice que «elegirá una capital al Mediodía, y se le dará en (Francia) un regente que será un santo». A esto aluden otras muchas profecías, como en su lugar veremos, de donde se sigue que antes de ser rey de Francia lo será de España. Pruébanlo también los siguientes pasajes:

«He aquí que viene de país extranjero un hermoso joven de la raza de Pepino... y este pastor (el Papa) lo colocará de un modo admirable en el trono de Francia, entonces vacío y abandonado». (Profecía del Abate Verdín).

«Dios es bendecido aún», dice la profecía de Orval; y el Sr. Escolá lo comenta así: «Dios es bendecido aún indica que el Gran Monarca habrá reinado ya al empezar dichas lunas» (o guerra europea y victoria española),

«En una gran tempestad y discordia surgirá un Rey fuerte para dominar la Francia, y llegará a ser Rey de ella». (El Beato Abad Joaquín de Flora).

»Someterá toda la Germanía, y entonces la Gran Casa (Roma papal) estará derrumbándose; pero el Águila vendrá, del Septentrión hacia el Sol (de Alemania a Italia) ceñida de torres de España y acompañada de la muchedumbre de sus polluelos criados en ellas.—At veniet tandem, aquila a septentrione super solen, et ipsa cingetur turribus Hispaniarum, cum multitudine pullorum suorum». (Santa Brígida).

«Vi venir del Oriente (esto es, de Italia, o de la Iglesia) un joven admirable, montado en un León, y tenía en su mano una espada flamígera. Y el gallo (Francia) cantaba delante de él. Y el León puso el pie sobre la cabeza del Dragón» (Profecía de Premol).

Esto es, acabó para siempre con la revolución y la República.

Arreglada Francia, volverá a su corte de España y poco después marchará a la conquista de África y Palestina, según expresan los textos siguientes.

Repitiendo el Dr. D. José María Escolá, en su libro, Las Profecías, etc., comentarios de otros expositores de Esdras, (cap. XII), dice sobre el león que destrozó al águila (esta águila es muy diferente de la antes citada) o imperio mahometano.

«El águila figuraba el imperio turco; y el león escogido por Dios para hazaña tan grande, ¿de quién era figura? Parece (y algo más) que lo fue del Gran Monarca, por cuyo poder ha de ser, según otras varias profecías, exterminado el imperio de Mahoma, y el ser un león, ¿no indica la procedencia de su raza? Y este león, dice el mismo Esdras, es el viento que el Altísimo ha reservado para el fin contra aquéllos, y contra sus impiedades».

Los sectarios de Mahoma «serán vencidos por el reino celeste (Iglesia) y por los romanos (Imperio). Este y la Iglesia de acuerdo habrán decretado la guerra, cuyo principal ejército serán los Crucíferos (Orden religioso-militar que participa del reino celeste y del imperio), y le quedarán sujetos porque este reino será exaltado sobre todos los reinos del mundo». (San Metodio).

«Reinará sobre la casa de Agar, conquistará a Jerusalén, fijará la imagen del Crucificado sobre el Santo Sepulcro, y será el mayor de todos los Monarcas». (San Isidoro y Casandra).

«Jerusalén y el Monte Sión han de ser, reedificados por mano de los cristianos. Quién ha de ser, Dios mismo por boca del Profeta en el décimo—cuarto Salmo lo dice. El Abad Joaquín dice que éste había de salir de España». (De una carta de Colón).

«Saldrá por los tiempos venideros el Rey Católico de España en persona con gruesa armada contra los moros de Africa, y alcanzando de ella una insigne victoria, la reducirá toda a su obediencia» (San Alfonso Rodríguez).

«Tan santo ardor se apoderará de los españoles, excitados por la santidad de la causa, que partirán sin despedirse de sus padres, y sin arreglar sus negocios. La legión más fuerte de este ejército se compondrá de religiosos regulares y seculares (Crucíferos). El cual ejército irá por el estrecho de Gibraltar al Africa... El Rey seguirá su viaje con un ejército poderoso por Berbería... y continuará sus victorias hasta Jerusalén». (San Nicolás).

«Jerusalén será reconquistada por un héroe de la casa de Austria, otro Alejandro en la velocidad, y armado con sus soldados con espada y cruz». (Ven. M. Magdalena de la Cruz).

Todos los textos anteriores prueban lo que muchas veces hemos dicho, sobre todo en nuestras Memorias, fundados en otras razones, esto es, que el triunfo de la buena causa en España será antes que el de otras naciones. A esto parece aludir un pasaje de las profecías de Sor Natividad, el cual dice así:

«Vi en espíritu una vasta sala (nos parece España) que revestidos de albas hermosísimas y finísimas, como para una fiesta solemne; pero no llevaban casullas ni dalmáticas. Iban todos muy peinados y afeitados, manifestando en su semblante una gran alegría, y cantando himnos de júbilo. Leían algunos de ellos en voz alta ciertas composiciones literarias, en verso y prosa, y otros aplaudían la lectura exclamando: «Eso es bueno, es excelente, es de toda bondad, no hay más que decir». Lo leído eran diferentes obras y argumentos compuestos en defensa de la buena causa.

Yo estaba como fuera de mí por el gozo, observando la alegría de ellos. «Muy bien, me decía a mí misma; he ahí un júbilo que anuncia una gran victoria. Sea Dios bendito, y acaben por triunfar su religión y su causa. Al fin el buen orden va a reaparecer». Más cuando yo me abandonaba a tan dulces transportes, vi a mi lado al Niño Jesús, el cual me dirigió unas breves palabras que moderaron de repente el ímpetu de mi alegría. Llevaba en su derecha una cruz muy gruesa, y mirándome con tristeza, me dijo:

«Hija mía, no tengas tan gran confianza, porque pronto verás grandes cambios. No se han acabado los males, no se ha llegado al fin como ellos piensan. No, créeme, no ha llegado todavía el tiempo de cantar victoria; la aurora apunta ya, es verdad; pero el día que seguirá, ha de ser hosco y tempestuoso».

Dice la vidente que el Niño Jesús representaba una edad como de tres años; sin duda era esto figura de que aquella dicha era muy pequeña, comparada con la que vendría después; la visión puede aplicarse también a la falsa paz que dicen hemos tenido con la llamada restauración, durante la cual, buena parte del clero juzgaba casi llegados los tiempos felices, y muchos hacían gran fiesta y en sus escritos nos presentaban las instituciones corno si fueran el antemural de la Iglesia de Cristo. Esto aparte, lo dicho hasta aquí prueba de la manera más terminante que el Gran Monarca, el vencedor de Europa, Africa y Asia, será Rey de España y tendrá en ella su trono. De todos los puntos tocados en este artículo tendremos que ocuparnos extensamente en otros escritos; aquí se han puesto las autoridades proféticas para probar sólo que el Gran Monarca será Rey de España antes que de Francia, y que fijará su residencia en España.


Apología del Gran Monarca 2ª Parte, 
paginas, de la 183, a la 188.
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904

sábado, 19 de septiembre de 2015

PROFECÍA DE SAN METODIO


Los sectarios de Mahoma «serán vencidos por el reino celeste (Iglesia) y por los romanos (Imperio). Este y la Iglesia de acuerdo habrán decretado la guerra, cuyo principal ejército serán los Crucíferos (Orden religioso-militar que participa del reino celeste y del imperio), y le quedarán sujetos porque este reino será exaltado sobre todos los reinos del mundo». 

(San Metodio)

Apología del Gran Monarca 2ª parte, pagina 186. 
 P. José Domingo María Corbató

miércoles, 29 de octubre de 2014

EL FUTURO GRAN MONARCA HASTA EN SU CORONACIÓN SERÁ SEMEJANTE A JESUCRISTO

 


«Un cierto Rey, dice de él el Venerable Bernardino de Bustis, irá a Roma y recibirá del verdadero Sumo Pontífice (porque habremos tenido antipapas) la corona, no de oro, sino de espinas, con la cual querrá ser coronado por reverencia de Cristo coronado de espinas». 

Casi con las mismas palabras lo anuncia también el Venerable Telesforo: 

«Será coronado Emperador de los romanos, no con diadema de oro, sino de espinas, a petición suya, por su amor a la Pasión de Cristo». 

Cita el mismo Bernardino de Bustis una profecía anónima, harto autorizada porque él la adopta, y dice esta: 

«Será coronado Emperador con una corona de espinas; y levantando el estandarte de la Cruz, reunirá un poderoso ejército». 

Este estandarte le será dado por el Papa. 

«El Pontífice lo coronará y lo declarará legítimo Emperador de los romanos, dice la célebre profecía del Padre Capuchino, Y desde la Cátedra de San Pedro levantará el estandarte o Crucifijo y lo consignará al nuevo Emperador». 

El Fundador y Capitán de los Crucíferos no es de maravillar que lleve la Cruz por estandarte. San Francisco de Paula y otros lo anunciaron igualmente. 

Apología del Gran Monarca 2ª Parte, pagina 323. 
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista. Valencia-Año 1904

lunes, 18 de agosto de 2014

PROFECÍA DE SANTA TERESA DE JESÚS SOBRE LOS ÚLTIMOS TIEMPOS


«Estando una vez en oración con mucho recogimiento, suavidad y quietud, pareciame estar rodeada de Ángeles y muy cerca de Dios y comencé a suplicar a su divina Majestad por la Iglesia. Dióseme a entender el gran provecho que había de hacer una Orden en los tiempos postreros, y con la fortaleza que los de ella han de sustentar la fe».

(Santa Teresa de Jesús)

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 2ª Parte, pagina 219.
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904 

sábado, 2 de agosto de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - IX


IX 
Otros triunfos de la Santa Cruz 

Evagro y Procopio, antiguos historiadores de crítica ordinariamente severa y de una gran reputación de exactitud, narran un hecho revestido de todos los caracteres de milagro, acaecido en Apamea, ciudad del Asia menor, hacia el año 540. 

Cosroes I, llamado el grande, rey de Persia como después lo fue Cosroes II de quien arriba hemos hablado, sitió con fuerte ejército la ciudad de Apamea, después de haber incendiado la de Antioquía y otras poblaciones cercanas. Teniendo la misma suerte los habitantes de Apamea, suplicaron a Tomás, su Obispo, que expusiese a la pública veneración de los fieles la reliquia insigne de la verdadera Cruz que su iglesia poseía, con el fin de elevar sus plegarias al Cielo en presencia del instrumento de nuestra Redención, o al menos tener el consuelo de adorarle antes de morir. 

Tan unánime fue este voto, que el Obispo hizo más de lo pedido; no sólo expuso la veneranda reliquia, sino que diferentes veces la llevó en procesión por iglesia, elevándola sobre su cabeza para que todos la viesen y adorasen. La afluencia era considerable cada vez que se hacía esta ceremonia; y lo raro hubiera sido que no acudiese la ciudad en masa, pues la sagrada reliquia aparecía siempre rodeada de llamas ardientes como las de un violento incendio. 

Pero las llamas fueron preservativas, porque Cosroes desapareció de un modo inesperado, y Apamea se vio libre de las violencias de aquel tirano; en testimonio de lo cual, y del reconocimiento de la ciudad al Dios de la Cruz, se erigió en el ábside mismo de la iglesia un monumento conmemorativo, con una inscripción que perpetuase la memoria del milagro. Cedreno afirma que la milagrosa Cruz de Apamea fue trasladada a Constantinopla, corriendo el año noveno del imperio de Justino II, ó sea en 5 73. 

Acontecimientos análogos abundan en las crónicas cristianas; y si no todos son tan claramente milagrosos como el de Apamea, siempre son maravillosos y rara vez deja de descubrirse en ellos el dedo de Dios. Citemos por vía de ejemplo lo acaecido en Augsburgo. 

Hordas de ugros, que habían devastado gran parte de la Baviera, pusieron cerco a dicha ciudad el año 955 . Udalrico, Obispo de ella, poniéndose al pecho una Cruz a manera de coraza, y seguido de todo su clero y del pueblo desarmado, salió de la ciudad y penetró, con esta muchedumbre en las filas de los feroces ugros. Permanecieron éstos inmóviles, como si el brazo de Dios les contuviera, y el emperador Otón, cayendo sobre aquellas hordas audaces que prometían avasallarlo todo mientras el cielo no se desplomase o no se hundiese la tierra, las destrozó como alimañas inmundas y cobardes. 

No fue menos maravilloso ni de menores alcances sociales lo acaecido en Bayona el año 14 5 1, antes bien reúne, como el suceso de Apamea, los caracteres de un verdadero milagro. 

Duraba todavía a guerra de Carlos VII contra a invasión de los ingleses en Francia. Los Condes de Foix y de Dunois sitiaron a Bayona, defendida por una guarnición inglesa, la cual prolongaba su resistencia con gran tenacidad, aun después de haberse rendido el castillo. Un prodigio que apareció en los aires determinó, por fin, la rendición de la plaza. Era un poco después de salir el sol, en el momento en que los franceses tomaban posesión de la ciudadela, y estando el cielo sereno. Apareció en los aires, encima de la ciudad, una Cruz luminosa, de claridad deslumbradora, y a la vista de todos permaneció durante una hora entera. Este fenómeno fue considerado por todos como señal cierta de que Dios se declaraba contra Inglaterra, y en consecuencia la ciudad de Bayona se rindió in continenti a las tropas francesas. 

Un prodigio tan milagroso, que produjo tan fuerte impresión así en los ingleses para ser vencidos como en los franceses para vencer, no podía racionalmente ponerse en duda por los ausentes ni los venideros: sin embargo, el conde de Dunois juzgó conveniente dar fe de la verdad del hecho por medio de documento público, para que sirviese de monumento a las generaciones futuras; aquel documento subsiste aún y anda copiado en muchas historias. 

No podemos menos de consagrar aquí dos palabras a la visión de Alfonso I de Portugal, hijo de Enrique de Borgoña, de la casa de Francia, y de Teresa de Castilla. Era Alfonso conde de Portugal desde 1112, y en 1139, con ocasión de la batalla que iba a librar en Urique con un ejército de moros inmensamente más numeroso que el suyo, fue advertido por un venerable anciano, cuya santidad hasta los musulmanes respetaban, que al día siguiente se le aparecería en los aires Jesús Crucificado prometiéndole la victoria. La visión predicha se verificó; prometióle el Señor que alcanzaría victoria y sería aclamado rey, y así sucedió puntualmente. 

Este suceso era demasiado notable para que Camoens lo olvidase en su poema épico, y demasiado importante para que los historiadores de España o Portugal no le consagrasen alguna página; mas quizá resistiría difícilmente un examen crítico, no teniendo otro fundamento que la palabra de un hombre, gran capitán, sí, y príncipe respetabilísimo, valiente y religioso, pero quizá víctima de una ilusión que tan fácilmente podían infundirle la excesiva tensión de su temperamento y las justas inquietudes sobre el éxito de la batalla. Como quiera que sea, la promesa real o ideal que se le hizo, no fue vana: ganó aquella batalla, y después otra y otras, hasta engrandecer sus estados con el Beira y la Extremadura. Aunque la aparición no fuera real, sus triunfos se debieron al poder de la Santa Cruz, que él invocaba en todos sus apuros. 

Nos alargaríamos demasiado si hubiéramos de conceder algún espacio a la mención de otros acontecimientos semejantes. Nuestro intento principal, al referir los más señalados triunfos de la Santa Cruz, es confirmar la fe de nuestros lectores en el poder divino que por medio del Lábaro salvador desplega el Rey de Reyes en favor de sus ejércitos, y avivar su esperanza en el triunfo que los profetas, señaladamente San Francisco de Paula, anuncian al ejército español de los Crucíferos; triunfo que será incomparablemente mayor que el de los primitivos Crucíferos españoles organizados por Constantino Magno, pues aquéllos eran simples abanderados y éstos han de ser guerreros valerosisimos para dominar el mundo y rendirlo al pie de la Cruz. 

Donde menos cabe o más irracional es la incredulidad o la duda acerca del divino poder de la Cruz en las batallas y conquistas de Religión y Patria, es en España, cuya incomparable epopeya es un continuo canto épico al Signo de nuestra Redención, que nuestros padres pasearon victoriosos de mundo en mundo y lo hicieron adorar de paganos y herejes, de bárbaros y cultos, de rudos y de sabios. Y cuando menos puede ponerse en duda la autenticidad de las indicadas profecías y la seguridad de la futura cruzada, es hoy, pues basta elevar los ojos a los montes como David, para comprender de dónde nos ha de venir el auxilio. ¿No dicen nada a los que saben filosofar, nada a los hombres de corazón, esas Cruces que por todas partes se levantan hoy en las cimas de los montes? Estamos en el siglo de la Cruz. Viene la hecatombe en castigo de nuestros pecados, y en seguida vienen las victorias de la Cruz y la paz de Dios. 

¿No me creéis a mi? Creed a los hombres pensadores y previsores que lo afirman. Tampoco a estos creéis? Pues creed a los profetas enviados por Dios para avisar al mundo. Tampoco dais fe a los profetas? Dadla a la filosofía de la historia, dadla á la lógica de la Providencia; mirad lo que pasa y juzgad a dónde nos conduce. ¿Tampoco esto os merece un poco de atención? ¡¡In peccato vestro moriemini!! Seguid, seguid avivando la cólera de Dios: no por eso dejaremos nosotros de esperar en Él, repitiendo las palabras davidicas que se leen en el Tracto del Domingo de Ramos, día en que seguimos emborronando estos desaliñados artículos: 

«En ti esperaron nuestros padres, Señor, esperaron, y tú los libraste. A ti clamaron, y fueron puestos en salvo. Confiaron en ti, y no tuvieron por qué avergonzarse. Mas yo soy un gusano y no hombre, oprobio de los hombres y abyección de la plebe. Todos los que me miraban hacían mofa de mi, y meneaban burlescamente la cabeza diciendo: «A ver si Dios le libra, ya que en Dios espera: sálvele, ya que tanto le ama»! ¡Señor, salva de las astas de los unicornios mi pobre alma. ¡Oh vosotros, los que teméis al Señor! alabadle, glorificadle. Será contada como del Señor la generación venidera, y los cielos anunciaran su justicia al pueblo que ha de nacer, formado por el Señor». 

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904 

sábado, 19 de julio de 2014

PROFECÍAS DE SAN FRANCISCO DE PAULA


Sobre el Gran Monarca 

«Este santo hombre será gran pecador en la juventud y después se convertirá al gran Dios. Será en su niñez y adolescencia como santo, en su juventud gran pecador, pero después se convertirá y hará gran penitencia. El tal hombre empezará á investigar los secretos de Dios sobre la larga visita y dirección que hará el Espíritu Santo en el mundo, por medio de la santa Milicia (Crucíferos). Irá interpretando los oscuros secretos (profecías) del Espíritu Santo, y muchas veces será admirado por conocer los internos secretos del corazón de los hombres. Los Crucíferos, no pudiendo vencer primero con letras á los herejes, se moverán contra ellos impetuosamente con las armas. Dios Omnipotente exaltará á un hombre muy pobre, de la sangre de Constantino...» 

«Ya se va acercando la hora en que la Divina Majestad visitará al mundo con la nueva religión de los Crucíferos, con el Crucifijo levantado sobre el más alto estandarte y de mayor lugar. Estandarte admirable á los ojos de todos los justos; el cual al principio escarnecerán los incrédulos, malos cristianos y paganos, mas después que vean las maravillosas victorias contra los tiranos, herejes é infieles, sus burlas se convertirán en lágrimas». 

«Será (el Gran Monarca) gran Fundador de una nueva Religión, diferente de todas las otras. La repartirá en tres órdenes: de Caballeros armados, Sacerdotes solitarios y Hospitalarios piadosísimos. Será la última Religión de todas y hará en la Iglesia de Dios mayor fruto que todas las otras últimas. Procederá con las armas, con la oración y con la santa hospitalidad».


¡Oh santos Crucíferos! Vosotros destruiréis la maldita secta mahometana; vosotros pondréis fin a toda suerte de infieles, herejes y sectas del mundo, y seréis el acabamiento de todos los tiranos; vosotros pondréis silencio con perpetua paz por todo el universo mundo; vosotros haréis santos a todos los hombres, por fuerza o por voluntad. ¡Oh gente santa! ¡Oh gente bendita de la Santísima Trinidad! —Sera (el Fundador) gran Capitán de gente santa, llamada «los Santos Crucíferos de Jesucristo», con los cuales acabará la secta mahometana y el resto de los infieles.—Obtendrán el dominio de todo el mundo, tanto temporal como espiritual (nótese) y regirán la Iglesia de Dios hasta el fin de los siglos. —Estos siervos de Dios limpiarán el mundo con la muerte de un número infinito de rebeldes. El Jefe y Fundador de esta milicia será el gran reformador de la Iglesia de Dios». 

San Francisco de Paula 


APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA 2ª Parte.
Paginas 144, 218, 219.
P. José Domingo María Corbató 
Biblioteca Españolista 
Valencia-Año 1904 

martes, 1 de julio de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - II


II 
«In hoc signo vinces» 

Para probar el título de este capítulo y dar la mejor razón de por qué el Gran Monarca vencerá enarbolando la Santa Cruz por bandera, nada creemos tan concluyente como referir los principales hechos que del poder de la Santa Cruz nos refiere la historia. Empecemos sin más preámbulos. 

Seis emperadores á un tiempo, con títulos de Augustos ó Césares, reinaban en el imperio romano por los años de 306, y de ellos quedaban cuatro en el 311: Constantino en las Galias, Maxencio en Roma, Maximino y Licinio en Oriente. Pero así como para el advenimiento del Mesías y establecimiento de su Iglesia convino que el imperio fuese regido por un solo soberano, así convenía para el triunfo de la Iglesia en todo el orbe, y el Señor dispuso con su sabia Providencia las cosas de suerte que quedase Constantino emperador único en Oriente y Occidente.

Maxencio traía escandalizado el Occidente con sus tiranías y su desenfrenada liviandad. Forzaba á los senadores á cederle sus mujeres, quitándoles la vida si oponían resistencia; consentía que sus soldados matasen, robasen y violasen á mansalva; cometió, en fin, tantos y tan abominables abusos, que el Senado romano pidió á, Constantino viniese á librar el imperio de aquel monstruo. 

Constantino, ya muy inclinado al Cristianismo por las exhortaciones del gran Osio, Obispo de Córdoba y confesor de Santa Elena, madre del mismo emperador, reunió un ejército que no pudo ser mayor de 40.000 hombres, para marchar sobre Roma, donde Maxencio formó el suyo de unos 180.000 soldados. 

Iba Constantino franqueando los Alpes, muy preocupado de la suerte de su empresa; porque si bien era grande el valor de los españoles y galos que componían su ejército, era temible el número de los soldados de Maxencio. 

«Estas reflexiones,—dice su contemporáneo y biógrafo Eusebio de Cesaréa, en la vida que de él escribió (c. 28 y 29) —convenciéronle de que para triunfar de Maxencio había menester fuerzas superiores á las de sus armas, y entonces levantó sus ojos á la Divinidad, acordándose de que su padre Constancio había menospreciado el culto de las impotentes divinidades del imperio y honrado toda su vida al Dios Supremo, el cual le colmó de señalados favores. Invocó, pues, al Dios de su padre, suplicándole con vivas instancias que le protegiese en aquellas circunstancias gravísimas; y mientras así oraba con humildad profunda, Dios hizo aparecer á sus ojos una señal por extremo sorprendente, de la que luego nos dio fe con solemne juramento el mismo emperador». 

La verdad de la historia no necesita acogerse á este juramento para su incontrastable firmeza, porque la aparición se verificó en medio del día, brillando el sol en todo su esplendor, y fue vista por todo el ejército lo mismo que por Constantino. Era una Cruz que se destacaba resplandeciente en los cielos encima del sol, como si éste le sirviera de peana, y había en ella una inscripción de letras de fuego que decía: IN HOC SIGNO VINCES, Con esta Enseña vencerás. 


Perplejo estaba Constantino sobre el significado de esta visión; pero el mismo Dios de la Cruz se la explicó, apareciéndose en sueños por la noche con la misma enseña que al mediodía le mostró en el cielo, y mandándole que hiciese un estandarte coronado de esta misma señal, para servirse de él en los combates como prenda segura de victoria. 

Ningún crítico ni incrédulo se atrevió jamás á negar estos hechos tan bien probados, ni siquiera Juliano el Apóstata, hasta que trece siglos después vino el infame Voltaire á fingir que los ponía en duda. No defendamos la verdad de la aparición; sería rebajarla: baste entregar á Voltaire y su escuela al más bajo desprecio. Constantino mandó poner al punto en sus estandartes la Cruz con el monograma de Cristo, y construyó uno especial en forma de Cruz, á que dio el nombre de Lábaro. No se sabe qué significado tenia esta palabra; pero desde entonces se llamó Lábaro el estandarte de los emperadores cristianos, y por extensión suele darse el mismo nombre á toda bandera de cruzados coronada por la santa Cruz. 

«Mandó Constantino, dice el P. Mariana, que el estandarte real, que llamaban lábaro y los soldados le adoraban cada día, se hiciese en forma de Cruz. De esta ocasión y principio, como algunos sospechan, vino la costumbre de los españoles, que escriben el santo Nombre de Cristo con X y con P griega, que era la misma forma del lábaro. Compruébase esto por una piedra que en Oreto, cerca de Almagro, se halló de tiempo de Valentiniano el Segundo, donde se ve manifiestamente cómo el Nombre de Cristo se escribía con aquellos nombres y abreviatura». 

Fortalecido Constantino por estas visiones y promesas del Dios de los cristianos, baja los Alpes, marcha impertérrito sobre Roma, y á nueve millas de ella, en Saxa rubra, encuéntranse los dos ejércitos. La religión antigua y la nueva se miran frente á frente en las orillas del Tiber, á vista del Capitolio; los sol- dados de Júpiter Capitolino y de Cristo Crucificado van á decidir cuál de los dos cultos debe dominar en el mundo; el Lábaro se levanta por encima de todas las banderas; ha empezado apenas la batalla, y el ejército de Maxencio es hecho pedazos por las tropas de Constantino; triunfan los cuarenta mil de los ciento ochenta mil, y el mismo tirano, huyendo, cae del puente Milvio y perece ahogado en el Tíber. La Cruz ha vencido, la Cruz va á dominar al mundo, la Cruz será en adelante garantía de victoria para los ejércitos cristianos In hoc signo vinces. 

Constantino entra triunfante en Roma con universal regocijo del Senado y del pueblo, que le saludan Libertador de la patria, y su primer cuidado es rendir público y solemne tributo de acción de gracias al Autor de su victoria; coloca la Cruz sobre el Capitolio; erige en la plaza pública un monumento en honor de la Santa Cruz, y al pie hace grabar esta inscripción: 

«Por este Signo de salud, fortaleza de mi fortaleza, he salvado la ciudad, librándola del yugo de la tiranía; he devuelto la libertad al Senado y al pueblo de Roma; he restablecido el imperio en su antiguo estado de nobleza y de gloria». 

Constantino se había convertido á Jesucristo y proclamado el imperio de la Cruz; no tardaría en convertirse todo el imperio; mas quedaba todavía en Oriente el emperador Licinio, triunfador de Maximino, que murió en la derrota, y era menester que Constantino convirtiese sus armas contra el victorioso tirano oriental. Tomó, pues, cincuenta hombres bravos y amantes de la Cruz, y les confió el Lábaro para que lo custodiasen y enarbolasen en los campos de batalla. Llamáronse CRUCIFEROS estos abanderados, casi todos españoles; y según testifica el citado Eusebio, donde quiera que ellos levantaban la gloriosa Enseña, al punto el enemigo emprendía precipitada fuga. 

Una sola vez parece que el enemigo no huyó, y fue para que se obrase un milagro estupendo. El mismo Eusebio lo cuenta con palabras del propio emperador Constantino. El que llevaba el Estandarte, olvidando que ninguno de los abanderados fue jamás herido mientras lo sostenía, y espantado al ver la horrible mortandad que las flechas enemigas hacían en derredor suyo, entrególo á otro abanderado y apeló á la fuga; pero al mismo punto una flecha enemiga le atravesó el corazón. El que tomó la Enseña ó Lábaro permaneció firme; el asta de aquel divino estandarte quedó erizada de flechas; y siendo tantas las que había en un palo, ninguna tocó al Lábaro ni al abanderado. Por fin el enemigo fue despedazado, y el ejército vencedor adoró la Cruz con todo el fervor que tan patente milagro le infundía. Con tan manifiesta protección del Dios de la Cruz, Constantino había de triunfar necesariamente de Licinio. 

«Con diversos pretextos, dice D. Modesto Lafuente, se encienden varias guerras entre estos dos emperadores: en todas va venciendo Constantino, hasta obligar á su rival á deponer la púrpura, humillado á las plantas del vencedor. Poco después murió ahogado Licinio, viniendo á quedar así Constantino dueño y señor único del imperio. Ya la religión de Cristo cuenta con la protección de la púrpura imperial, antes enemiga y perseguidora. El principio civilizador de la humanidad ha subido desde la cabaña de Galilea hasta el trono de los Casares; se anunció bajo Augusto, y se entronizó con Constantino. Un santo alborozo se difunde por toda la cristiandad; las persecuciones han cesado; ya pueden los sacerdotes y los fieles salir de las sombras de las catacumbas á celebrar sus ritos á la luz del día en templos erigidos y dotados por el mismo emperador; la Cruz se ostenta sobre los edificios públicos, y el Lábaro ondea en los campamentos de los soldados».  

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA
P. José Domingo María Corbató
Editado el año 1904

domingo, 9 de agosto de 2009

PROFECÍA DE SAN FRANCISCO DE PAULA

San Francisco de Paula fue el fundador de los Franciscanos Mínimos en Italia hombre de ardentísima caridad y espíritu profético. Son famosas las cartas dirigidas por él a un caballero español, llamado Simón de Limena, Señor de Montalvo. En ellas habla de una manera clara de los CRUCÍFEROS, caballeros que antiguamente se preocupaban de favorecer a las Misiones y a los Misioneros.

También habla en ellas de la MILICIA DE LA CRUZ, de la que consideran Patrono al profeta ELIAS y cuya Regla es un “AZOTE DE LOS SOLDADOS PREVARICADORES Y DE LOS FALSOS PROFETAS”.

Hace mención también S. Francisco de Paula, en estas cartas, del “GRAN MONARCA”, que regirá la Iglesia de Dios hasta el fin de los siglos y de una CIUDAD importante de España, que será como su capital (pero sin nombrarla).

Otros muchos han hecho referencia a este gran MONARCA como S. Isidoro de Sevilla, S. Alonso Rodríguez de la Compañía de Jesús, De este Gran Monarca dice S. Francisco de Paula en esas famosas cartas que “formará a los Santos Crucíferos y a la MILICIA DE LA CRUZ, que formará un gran ejército, hasta conseguir un solo rebaño y un solo Pastor; PARECE SER QUE SERÁ DE LINAJE ESPAÑOL DESCENDIENTE DE Sta. Elena y de Pipino el Breve de Francia (pero todo solamente son suposiciones piadosas). (Cf. APOLOGIA DEL GRAN MONARCA por el P. José Domingo Corbató, Biblioteca españolista, VALENCIA: pág. 4-6-12).