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lunes, 11 de abril de 2016

LOS PADRES DE UN GRAN DEFENSOR DE LA IGLESIA CATÓLICA



Un Padre y una Madre
Breve biografía de Monsieur y Madame Lefebvre,
Padres de Su Excelencia Monseñor Marcel Lefebvre.

El Señor René Lefebvre es un ejemplo de cómo debemos vivir como Católicos a pesar de las circunstancias adversas en las cuales la Divina Providencia lo colocó, sobre todo al final de sus días.
Hoy, que estamos viviendo tiempos apocalípticos, donde el mal, el pecado, el liberalismo nos rodean por todos lados, debemos redoblar esfuerzos, sacrificios, oraciones, Sacramentos, etc. para con la gracia de Dios, salir adelante.

Las situaciones adversas prueban la virtud. La dificultades y sufrimientos ofrecidos por amor a Nuestro Señor tienen un mérito enorme. Es tiempo de grandes retos, Santa Teresita del Niño Jesús hubiera deseado vivir al final de los tiempos.

Dios nos ha elegido para vivir en esta época, con Su gracia y con nuestra Madre Santísima tenemos la ayuda que nos hace fuertes.

“Un calvario” Monsieur René Lefebvre (1879-1944)
René Lefebvre en 1914-1918 fue uno de esos valientes franceses que arriesgaban su vida para facilitar el paso de la frontera a los agentes del ejército secreto. Y desde 1940 se ocupaba de ayudar a cruzar la línea de demarcación a los soldados aliados que escapaban de los alemanes. Pero la Gestapo vigilaba. Y en 1941 los verdugos nazis lo detuvieron. Sucumbió en 1944 a los 66 años de edad.

Su hija Marie-Thérese relata:
Mi padre fue conducido a Bruselas a la prisión de Saint-Gilles. Ahí comienza el calvario que no debía terminar sino tres años más tarde con una muerte difícil, pero gloriosa, conmovedora.
Mi padre aceptaba con una resignación espléndida su situación, continuamente llevaba su Rosario en la mano y estaba muy contento de haber podido conservar su misal y su oficio de la Santísima Virgen.

Desde que fue arrestado se había hecho a la idea de su muerte y hablaba a su hija, durante las visitas, de la gracia que Dios le hacía de morir por su país. Estaba, en cada visita, siempre igual de tranquilo y sereno, al pedir noticias de cada uno. Nunca se quejaba y afirmó en repetidas ocasiones que nunca había tenido que sufrir golpes ni malos tratos, que solamente lo habían amenazado con propinárselos. “Espero la hora de la Providencia”. “Pienso que aquí se reza tan bien, si no tanto, como en un claustro; pero los oficios son contados: cuando mucho una misa por quincena, y, con insistencia, posibilidad de comunión”.

“Si es un tiempo muy difícil, es un consuelo muy grande el poder decirse que nada se pierde cuando las cosas se toman como las tomamos nosotros”.

“A pesar de las horas tan largas a veces, a pesar de los sufrimientos que te imaginas, no es el infierno de Dante donde se abandona toda esperanza. Compadezco a los que están como yo pero que no tienen religión”.

“Ten valor, paciencia, la situación se aclara y tendremos días buenos para nuestro querido país”.

“Gracias a Dios, he sentido su auxilio, ha habido momentos terribles pero he podido constatar que recibí ayuda en los instantes en los que me sentía en lo más bajo”.

“Como todo hombre es mortal, vengo a dar por escrito mis adioses a mis queridos hijos, a mis amigos, a mi familia.

Ustedes saben que muero como católico francés, monárquico, ya que considero que estableciendo monarquías cristianas Europa y el mundo pueden recuperar la estabilidad, la verdadera paz. Si encuentro aquí la muerte, es que el Buen Dios lo habrá decidido de esta manera y sin un retiro especial preparado para el Cielo, el purgatorio habrá comenzado aquí en la tierra.

Agradezco a Dios todo. El sufrimiento purifica. Sería para mí un gran sacrificio no volver a encontrarme con mis hijos antes de morir.

De todo corazón, bendigo a mis hijos, a quienes confío a Nuestra Señora. La Santísima Virgen fue tan buena conmigo, quiero entonces continuar siendo su hijo querido y particularmente bendecido. A Ella le gustará bendecir a mi familia, que debe permanecer consagrada a Ella, entregada completamente a Ella y buscar por Ella extender el reino de su Divino Hijo…”

Lo mantuvieron incomunicado durante un mes. Después le permitieron visitas de diez minutos cada quince días.
La estancia en Bruselas duró nueve meses. Después se lo llevaron a un destino desconocido en Alemania, sin que hubiera podido siquiera avisar a sus hijos.

Monsieur Bommel quien también fue arrestado cuenta:
Recibíamos la visita del capellán civil cada semana, pero no podíamos asistir a la Misa. La Comunión la daban en la celda y de una manera decente, después de una preparación previa: dos velas encendidas de cada lado de un gran Cristo de cobre, todo dispuesto sobre una toalla inmaculada sobre la mesa de nuestra celda. Monsieur Lefebvre se benefició del favor muy particular de comulgar todos los días, ya que el sacerdote le había entregado Hostias para tal efecto. Me hubiera costado trabajo creer esto si no hubiera sido Monsieur Lefebvre mismo quien me contara el hecho durante nuestro traslado a Berlín en 1942. Fuimos metidos en celdas donde casi la totalidad de los prisioneros estaban condenados a muerte y esperaban el pelotón de ejecución dos o tres veces por semana. Éramos dos por celda. Durante el proceso, Monsieur Lefebvre siempre tuvo una actitud muy digna y muy valerosa, sufrió el shock sin protestar, estaba resignado a su suerte y se había puesto enteramente entre las manos de la Santísima Virgen, (rezábamos el Rosario en voz alta dirigido por él). Nos incitaba a confiar como él en la Reina del Cielo, en quien tenía una gran confianza.

Nuestra vida en la celda era triste y monótona, esperábamos cada mañana ver aparecer a nuestros verdugos. Las ejecuciones se hacían por grupo respectivo de diez, veinte o incluso cuarenta. En principio, el capellán militar nos visitaba cada quince días o tres semanas, y nos daba la Comunión. Venía más seguido si lo pedíamos, pero ni en Berlín ni en Hamburgo pudimos asistir a Misa. En nuestras celdas no teníamos derecho a leer ni a escribir. Nuestros días se pasaban entonces en reflexiones o en oraciones ya que se nos había permitido conservar nuestro rosario. A pesar de la monotonía de esta vida de reclusos, pude darme cuenta de que Monsieur Lefebvre había conservado un excelente estado de ánimo, cuando al cabo de trece meses mi grupo, entre ellos Monsieur Lefebvre, fue entregado en manos de la penitenciaria civil. Por milagro, nos salvamos del pelotón, pero, desafortunadamente, no era sino para hacer morir lentamente y más cruelmente a la mayoría de nosotros en el campo de concentración de Sonnenburg.

Permanecimos juntos alrededor de diez días en la prisión en Berlín. Eramos cuatro o cinco por celda acondicionada para un hombre solamente. Estábamos pegados uno contra otros y yo tuve la dicha de estar con Monsieur Lefebvre. No podíamos lavarnos y estábamos cubiertos de polillas, fuimos rapados de pies a cabeza nos vistieron con las famosas ropas a rayas. La comida era cualquier cosa e insuficiente. La celda de Monsieur Lefebvre era muy húmeda y le faltaba aire. La comida mala y la falta de salubridad le provocaron probablemente una furunculosis de la que no pudo deshacerse, al ser los cuidados casi nulos. El enfermero recibía a los enfermos a puñetazos. Recuerdo que en la Navidad de 1943 asistimos a la Misa y pudimos comulgar. Un día que estaba yo en la caminata, vi a Monsieur Lefebvre sostenido por un camarada, entrar a la enfermería. Me miró de una manera dolorosa. Me enteré tres días después de que entró ahí, que había muerto de una congestión.

Monsieur Piérard escribió: Yo conocí muy bien a Monsieur Lefebvre en Sonnenburg, donde muy pronto hicimos amistad. Estas celdas eran muy frías y húmedas. Había cochinillas, ciempiés, tijeretas, cucarachas piojos, chinches y arañas. Con la ayuda de golpes que dábamos en la pared, entraba en comunicación con mi vecino, y subiéndonos en la mesa, lográbamos entrar en conversación por la pequeña abertura de la ventana. Aproximadamente cada mes nos daban un pedazo de jabón. Durante los 18 meses de mi estancia en Sonnenburg tuve 6 duchas de dos minutos cada una. Desde 1943 hasta su muerte, Monsieur Lefebvre sufrió mucho de furunculosis. La mayor parte del tiempo lo despachaban sin atención de la enfermería. Con mucha frecuencia yo vendé a mi amigo con medios improvisados, le reventaba los absesos y los limpiaba con un poco de gasolina. En las últimas semanas Monsieur Lefebvre tenía 11 furúnculos en el hombro y en el brazo, y un enorme absceso en la espalda.

Era muy piadoso, rezaba mucho. Con la ayuda de un cordón, ceñía bajo su camisa un Misal y una Imitación de Cristo que pudo conservar de milagro. Después de la sopa del mediodía, recitaba en voz alta el De Profundis por los camaradas, que a diario, nos enterábamos habían fallecido.

Una mañana de fines de febrero de 1944, tuvo una especie de congestión con parálisis del lado derecho y de la lengua. Acostamos al enfermo en la paja, ya que tiritaba y lo transportamos a su celda. Pude decirle algunas palabras y estrecharle la mano. Ya no comía. El sábado tuvo un desmayo, el guardia le propinó una paliza, el enfermo cayó en síncope. El domingo lo vi por última vez. Al día siguiente mi querido camarada moría.


Conservó siempre un excelente ánimo y tenía una fe inquebrantable en nuestra Victoria. Nos entregó sus libros de oraciones, un rosario y unas medallas. Nos quitaron estos objetos unas semanas más tarde.


sábado, 1 de agosto de 2015

EL GOBIERNO DE UCRANIA PROHIBE LOS PARTIDOS COMUNISTAS Y LOS EQUIPARA CON LOS NAZIS



24/07/2015 El Gobierno de Ucrania ha prohibido hoy los tres partidos comunistas que existen en el país. 
El Ejecutivo concreta así una ley que ya había sido aprobada por el Parlamento de la nación.


Ucrania ya no tiene partidos comunistas, al menos dentro de la legalidad. Ni el tradicional Partido Comunista de Ucrania, fundado en 1993 el derrumbe de la Unión Soviética, ni el Partido Comunista (renovado) ni el Partido Comunista de los Trabajadores y Campesinos de Ucrania podrán a partir de ahora realizar actividades pública o presentarse a las elecciones.

El Gobierno que encabeza el primer ministro Arseni Yatseniuk aprobó este jueves una ley que equiparaba el comunismo y el nazismo. En consecuencia, prohíbe todo tipo de propaganda y exhibición de símbolos de cualquiera de estas dos ideologías.

El jefe del Consejo de Seguridad y Defensa del país, Alexánder Turchínov ha informado este viernes que que el ministerio de Justicia ha dictado una orden que impide al Partido Comunista de Ucrania y a otras dos formaciones políticas comunistas de participar en las elecciones o en la vida política de la nación.

Mayoría absoluta en la Rada

El Gobierno aplica así una decisión tomada el pasado abril por la Rada Suprema, órgano legislativo de Ucrania. La norma había sido presentada por el mismo presidente Yatseniuk, y recibió el apoyo de 254 diputados de los 423 que hay en la cámara. Esa ley prohibía la negación pública del carácter criminal de los sistemas comunista y nazi, además de obligar al Estado a investigar los crímenes cometidos durante la presencia en Ucrania de estos regímenes.

Paradójicamente, la ley legalizaba todas las organizaciones que lucharon contra los soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial, incluidas las que prestaron colaboración a los nazis, a las que califica de “luchadores por la independencia en el siglo XX que cumplieron un papel esencial en la restitución del Estado ucraniano”.

Tras la aprobación de esta ley, que formaba parte de un paquete legislativo que pretendía erradicar cualquier vestigio comunista colocándolo en el mismo plano que el nazismo, se creó una comisión para estudiar las tres formaciones políticas mencionadas.

Conflicto con Rusia

El ministro de Justicia, Pável Petrenko explicó que el Partido Comunista de Ucrania no cumple “ni por su actividad, nombre, símbolos, programa y estatutos” las exigencias de la ley sobre condena de regímenes totalitarios comunistas y nacionalsocialistas. Petrenko calificó este día como histórico y declaró que la “sociedad nunca más sería engañada por los representantes de estos partidos”.

Esta decisión política se enmarca dentro del grave conflicto que enfrenta a Ucrania con Rusia. El Partido Comunista de Ucrania siempre ha estado considerado como una “longa manus” defensora de los intereses rusos. De hecho, forma parte de una organización que aglutina a los antiguos partidos comunistas de los distintos territorios de la antigua Unión Soviética.

Fuente: lainformacion

sábado, 1 de febrero de 2014

PÍO XII Y LOS JUDÍOS


Al recorrer todo un abanico que va desde la "decepción" a la invectiva, las organizaciones judías le reprochan a Roma no querer reconocer la responsabilidad de la Iglesia católica en la Shoah, que tendría que concluir en dos fallos por parte de la Iglesia: reconocer que las actitudes antisemitas que han jalonado la historia de la cristiandad han conducido a la Shoah, y reconocer la culpabilidad personal del Papa Pío XII.

De hecho, lo que hay que afirmar son dos evidencias, a) la primera es que el antisemitismo nazi es de origen pagano y no católico, y que el nazismo también era anticristiano; b) la segunda es que Pío XII, en persona o por medio de sus representantes, salvó a centenares de miles de vidas judías.

Es una evidencia histórica que Pío XII tuvo una actitud no sólo irreprochable sino incluso digna de la mayor admiración. Las pruebas están ahí, al alcance de cualquiera. Pero como la calumnia ha vuelto a ser empleada por las organizaciones judías y ha sido amplificada por los medios de comunicación como si fuera una verdad histórica, es necesario recordar algunos elementos.

El enojo que manifiestan las organizaciones judías más anticatólicas está totalmente infundado: Pío XII no sólo no desmereció nada, sino que su buen proceder ha sido confirmado por el testimonio de un buen número de altas personalidades judías.

Por ejemplo, el del Doctor Nathan, de la Comisión hebraica italiana, quien en 1945 declaró: «Antes que nada, le damos gracias al Sumo Pontífice y a los religiosos que, llevando a cabo las órdenes del Santo Padre, reconocieron a los perseguidos como a sus hermanos y con su esfuerzo y abnegación se apresuraron a ayudarnos, sin tener en cuenta los terribles peligros a los que se exponían».

El de Leo Kubowitzki, secretario general del Congreso judío mundial, quien en 1945 le dio al Papa, «en nombre de la unión de las comunidades israelitas, un caluroso agradecimiento por los esfuerzos de la Iglesia durante la guerra».

El de los 80 representantes de los que se salvaron de los campos de concentración, y que fueron ante Pío XII para expresarle «el gran honor de poder agradecer personalmente al Santo Padre por su generosidad con los que habían sido perseguidos».

El de Golda Meir, ministro de asuntos exteriores de Israel, que a la muerte de Pío XII escribió: «Nos unimos al dolor de la humanidad. Cuando el espantoso martirio afectó a nuestro pueblo, la voz del Papa se levantó en nombre de las víctimas. Lloramos a un gran servidor de la paz».


La conversión del gran rabino de Roma

Hay otros muchos testimonios, pero seguramente el más conmovedor es el del gran rabino de Roma, Israele Zolli, tan impresionado por la grandeza y el heroísmo de Pío XII que se convirtió después de la guerra, adoptando el nombre del Papa al bautizarse. ¿Se puede imaginar que la mayor personalidad judía de Roma se hubiese convertido al catolicismo si Pío XII hubiese sido cómplice —aunque sólo fuera por su "silencio"— de la Shoah? Eugenio Zolli declaró: «La esplendorosa caridad del Papa, que se inclinó a todas las miserias engendradas por la guerra, y su bondad por mis correligionarios en dificultad, fueron para mí el huracán que barrió los escrúpulos que yo tenía para hacerme católico».

Pío XII «habló varias veces, y hasta el final de la
guerra fue el único hombre en el mundo que se atrevió
a hablar de este tema. Todos los demás callaron,
incluso los que podían haber hablado impunemente».

Hubo además, el testimonio de Pinhas Lapid, que fue cónsul de Israel en Milán después de la guerra, y que le declaró al corresponsal de Le Monde en 1963: «Puedo afirmar que el Papa personalmente, la Santa Sede, los nuncios y toda la Iglesia católica, han salvado entre 150 y 400.000 judíos de una muerte segura. Cuando Mons. Roncalli, que más tarde sería Juan XXIII, me recibió en Venecia y yo le expresé el reconocimiento de mi país por su acción en favor de los judíos cuando era nuncio en Estambul, me interrumpió varias veces para recordarme cada vez que había obrado por orden expresa de Pío XII. Me cuesta mucho comprender que ahora se ataque a Pío XII, cuando durante muchos años aquí se le ha homenajeado. Al día siguiente de la liberación de Roma, yo pertenecía a una delegación de soldados de la delegación palestina que fue recibida por el Papa y que le transmitió el agradecimiento de la Agencia judía —que era el organismo dirigente del movimiento sionista mundial— por todo lo que había hecho en favor de los judíos». En 1967, después de varias encuestas, se llegó a la cifra de los 860.000 judíos salvados gracias a Pío XII. (Cf. Alexis Curvers: Pío XII, el Papa ultrajado, Luis de Caralt editor, Barcelona 1965).

El testimonio de Einstein es notable: «La Iglesia católica ha sido la única que levantó la voz contra el asalto de Hitler contra la libertad. Hasta esta época la Iglesia no me había llamado nunca la atención, pero hoy expreso mi gran admiración y mi profundo acuerdo con esta Iglesia que ha sido, la única, que ha tenido el inquebrantable valor de luchar por todas las libertades morales y espirituales».


El único que se atrevió a hablar del exterminio

Este testimonio citado en la obra Pío XII ante la historia, de Roche y Saint-Germain, merece que nos detengamos, pues lo que esencialmente se le reprocha a Pío XII es su "silencio" ante los crímenes del nazismo.

Pero Einstein afirma no sólo (como Golda Meir) que la Iglesia de Roma levantó la voz, sino que ella fue la única que levantó la voz; e insiste: la única.

Por muy sorprendente que parezca, es una verdad histórica incontestable. Lo que Einstein decía de "la Iglesia" vale en primer lugar para Pío XII.

Alexis Curvers precisa que Pío XII denunció desde finales de 1942 las «medidas de exterminio» contra los judíos sobre las que había alertado al embajador de Estados Unidos ante la Santa Sede. «Habló varias veces, y hasta el final de la guerra fue el único hombre en el mundo que se atrevió a hablar de este tema. Todos los demás callaron, incluso los que podían haber hablado impunemente».

En Francia, De Gaulle no pronunció nunca una palabra referente a la desgracia de los judíos; lo mismo se diga de Churchill, Roosevelt, etc. Y nunca hubo ninguna organización de resistencia que intentase descarrilar uno de los trenes de los deportados.

Los gobiernos del mundo libre tenían conocimiento de informes como los del embajador americano ante la Santa Sede. Pero los horrores que se relataban eran tan increíbles — «¿Cómo creer que semejantes abominaciones sean posibles?» escribió Pío XII en su agenda en la que acababa de resumir el informe— que preferían no creerlos y, por consiguiente, se sumían en el silencio.

Pío XII fue hasta después del final de la guerra el único hombre en el mundo que se atrevió a hablar, y eso es quizás lo que explica el odio imperdonable del que está llena su memoria.

La cabeza de la Iglesia católica romana, el Papa intransigente en el dogma, el ceñudo guardián de la Tradición, fue "el único", el justo, el auténtico representante de la divina caridad. Y eso es insoportable para todos los enemigos de la Iglesia. Eso es lo que hay, antes que nada, que esconder, negar y embarrar.


Las encíclicas y el mensaje de Navidad de 1942

En primer lugar, según el testimonio del mismo Pío XI, el Cardenal Pacelli —futuro Pío XII— fue el redactor de la encíclica Mit brennender Sorge, con la que en 1937 la Iglesia condenó el nazismo, su totalitarismo y su racismo.

En 1938, el periódico de las SS denunció al Cardenal Pacelli, «que se ha aliado a la causa de la internacional judía y francmasona».

En 1939, Alemania no estuvo representada en la coronación de Pío XII.

Ese mismo año, en 1939, Pío XII publicó su primera encíclica, Summi Pontificatus, en la que proclamó «la igualdad de naturaleza razonable en todos los hombres, pues Dios hizo surgir de un mismo tronco a toda la descendencia humana... No hay ni Griegos ni Judíos...» Es una sencilla repetición de la doctrina tradicional, con una cita de San Pablo, pero en 1939 tenía un significado especial...

En su radiomensaje de Navidad de 1942, Pío XII denunció, como lo había hecho ya varias veces, los «actos contrarios a las leyes de ocupación y de cautividad de los detenidos», cometidos «en oposición al espíritu humano y al espíritu cristiano». Y evocó también los «centenares de miles de personas que, sin ninguna falta personal, y a veces por el solo hecho de su nacionalidad o de su raza, han sido entregados a la muerte y a una exterminación progresiva».


Cómo salvó Pío XII a centenares de miles de judíos

El 2 de junio de 1943 volvió a hablar ante el Colegio de Cardenales, de los que «han sido entregados a medidas de exterminio a causa de su nacionalidad o de su raza». Y sigue siendo el único que lo dijo.

Pero, ¿por qué no habló más alto y más fuerte? ¿por qué no atacó con mayor claridad a los nazis? La respuesta está en el mismo discurso al Sacro Colegio: «Cualquier palabra de nuestra parte a la autoridad competente y cualquier alusión pública, tiene que ser pesada y medida con seriedad, en el interés mismo de las víctimas, para que su situación no se vuelva más grave e insoportable».

Ese pretexto no vale, se dice hoy. Pero desde fines de 1939, los obispos de Polonia le habían suplicado a Pío XII que dejase de denunciar las atrocidades nazis, a causa de las represalias que tuvieron entonces contra los polacos (católicos, si se puede aún recordar que tres millones de católicos polacos, y entre ellos la tercera parte del clero, fueron víctimas de las persecuciones nazis).

Y cuando los obispos holandeses protestaron contra la persecución de los judíos en su país, se organizó un torbellino que le costó la vida a más de 40.000 judíos bautizados (entre los cuales, Edith Stein). En ese momento, la Cruz Roja abandonó su proyecto de protesta pública.

No es honesto, pues, hablar del relativo "silencio" de Pío XII, omitiendo lo que hizo. Los actos son más importantes que las palabras, sobre todo en esas circunstancias.

No es honesto silenciar las 124 cartas de Pío XII a los obispos alemanes referentes a la pastoral antinazi.

No es honesto callar que Pío XII les abrió a los judíos las puertas del Vaticano —e incluso sus propios apartamentos privados y su residencia de Castelgandolfo— y que mandó que todos los establecimientos de Roma hiciesen lo mismo.

No es honesto silenciar que creó una comisión pontificia de asistencia a los refugiados (en 1944 se distribuyeron 2 millones de comidas), que creó una red de filiales clandestinas —la Obra de San Rafael— para hacer pasar a los judíos a América con falsas identidades. Y que en 1943 puso a un monje francés, el Padre Benoit, en contacto con el gobierno español, para permitir que 250.000 judíos se refugiasen en España.

No es honesto callar cómo obtuvo Pío XII el cese de las deportaciones de los judíos de Eslovaquia; cómo salvó a los judíos de Yugoslavia; cómo impidió la deportación de los judíos de Rumania; cómo detuvo la deportación de los judíos de Hungría y de Bulgaria...

Testamento de Santa Teresa Benedicta de la Cruz, O.C.D.
Pido al Señor que se digne aceptar mi vida y mi muerte para su honor y su gloria; por todas las intenciones del Sagrado Corazón de Jesús y de María y por la Santa Iglesia, de modo especial por el mantenimiento, santificación y perfección de nuestra Santa Orden, particularmente los Carmelos de Colonia y Echt; en expiación por la incredulidad del pueblo judío y para que el Señor sea acogido por los suyos y venga su Reino en la Gloria.

A lo largo de esos terribles años, se vio cómo muchas organizaciones judías agradecían a Pío XII por tal o cual de estas acciones, y ya hemos visto cómo al final de la guerra así fue, en particular de parte del secretario general del Congreso judío mundial.

Alexis Curvers evoca también un libro publicado por la B'nai Brith en defensa de Pío XII, cuando comenzó la inmunda campaña del "silencio" del Papa, seis años después de su muerte, en 1963, con la vergonzosa obra de teatro El Vicario, de Rolph Hochhutlh.

Desde ese entonces, la campaña no ha cesado. Pero hay que decirles al Congreso judío mundial y a la B'nai Brith que vuelvan a revisar sus archivos y que den cuenta de sus mentiras. 

Tradición Católica nº 147
Mayo 1999