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sábado, 7 de agosto de 2021

EL ASEDIO AL ALCAZAR DE TOLEDO

1936. Asedio y liberación del Alcázar de Toledo. El gran asedio del siglo XX, símbolo mundial de resistencia, con tintes de gesta del medievo. Una de las grandes hazañas del heroísmo militar.

martes, 24 de septiembre de 2019

SIN RESPETO. POR EDUARDO GARCIA SERRANO



Los hombres merecen respeto, sus actos y sus obras, sus decisiones y sus sentencias, en innumerables ocasiones, no. Más allá del respeto debido a la condición humana del más despreciable de los hombres, aunque lleve toga, no siento el menor respeto por la sentencia del Tribunal Supremo que pretende enterrar al Generalísimo Francisco Franco en el olvido profanando, con todos los oropeles judiciales que se quiera, su tumba del Valle de los Caídos.

Nunca, jamás he creído en esa mentira de consenso que mineraliza la independencia del Poder Judicial en una verdad absoluta y en un dogma democrático con la amenazante fuerza de una ley coránica. La cúpula del Poder Judicial español, el Tribunal Supremo y sus éforos del Consejo General del Poder Judicial, son un arrabal más de los poderes políticos, en tanto que sus magistrados lo son, sólo y exclusivamente, en función del cambalache y del apaño que los partidos intercambian en el tapete de los poderes Ejecutivo y Legislativo. En esa timba se reparten las togas del Tribunal Supremo buscando siempre la dependiente docilidad del destinatario del nombramiento, y fundamentalmente en los asuntos de especial relevancia política y, por lo tanto, de enorme transcendencia social e histórica, como la sentencia para la legalización de la profanación de la tumba del Generalísimo Francisco Franco.

Seis magistrados, dos de matute del cuarto turno, sin el filtro aparente de la oposición, elegidos por ese concepto tan subjetivo como etéreo que dieron en llamar “reconocido prestigio”, otros tres togados de reconocidas filias socialistas, a no ser que el PSOE tenga las neuronas tan corrompidas como los bolsillos y designe togados del Supremo a magistrados que le son abiertamente adversos, y el sexto de la unánime sentencia un suplicante del PP que, probablemente, esté “opositando” para ser más progre y más antifranquista que sus compañeros de cartel: los dos de matute del cuarto turno y los tres filosocialistas.

¿Dónde está la independencia del Poder Judicial? En la mentira de consenso aceptada sin rechistar por los profesionales del poder político y de sus afluentes periodísticos, que no quieren que gravite sobre sus cabezas y su carreras la amenaza coránica implícita sólo en la duda razonable de que, los magistrados del Supremo y los éforos del Consejo General del Poder Judicial, sean tan dependientes del poder político como lo fue su ejemplar colega, aquel que presidió la sala que juzgó y asesinó “legalmente” a José Antonio Primo de Rivera, y que el primer día de la vista tuvo un lapsus premonitorio invitando a José Antonio a entrar en la sala diciendo “pase el condenado”.

La sentencia de la profanación legal de la tumba del Generalísimo Francisco Franco no estaba escrita, pero sí estaba dictada desde que el Parlamento decidió deshonrarse aprobando su exhumación. El Tribunal Supremo ha hecho lo de siempre, recoger y reciclar la basura que los políticos dejan en su felpudo.


viernes, 16 de agosto de 2019

La Segunda República con su Frente Popular fue la mayor persecución religiosa de la historia. Por Pío Moa


Leemos a menudo el calificativo de “genocida” dirigido a Franco, en la onda de la propaganda bélica según la cual trataba de exterminar a los obreros. F. Moreno se explaya en el libro coordinado por Santos Juliá Víctimas de la Guerra Civil (1999): “Han caído ya, con la victoria militar, las instituciones democráticas”. Habían caído mucho antes. De hecho, fue su caída lo que ocasionó la guerra. Pero ya sabemos qué entienden por democracia estos autores. “La violencia fue un elemento estructural del franquismo”. Lo es de todos los regímenes. El terror sería “parte integral del glorioso Movimiento Nacional, de su asalto a la República y de la conquista gradual del poder, palmo a palmo, masacre tras masacre”. “La represión y el terror (eran) el pilar central del nuevo Estado, una especie de principio fundamental del Movimiento”. “El fenómeno de la tortura fue masivo y generalizado”. “Se puede afirmar que Franco convirtió a Madrid en un gran presidio”. Etc. En suma, “Un exterminio de clase”. “Las declaraciones de Franco y de sus generales no disimularon nunca su propósito de exterminio”, “Cárceles, torturas y muerte, lejos de disminuir al término de la guerra, se incrementaron al máximo”. “Por todas partes se humilla a la gente sencilla”, y especialmente, dicen, a las mujeres. Durante años, cuenta Juliá, “el fusilamiento de los derrotados continuó siendo un fin en sí mismo (…) Los enemigos solo gozaban de un destino seguro: el exilio o la muerte”. Preston banaliza el holocausto judío, aplicando el término a los sucesos de España.

Todo esto es simplemente propaganda de guerra, que autores como estos intentan revivir de algún modo. Por supuesto, ni de lejos hubo tal exterminio, de clase o no de clase. La casi totalidad de quienes, de buen o mal grado, lucharon por el Frente Popular (1.700.000 hombres), de quienes lo votaron (supuestamente) en las elecciones (4.600.000) o vivieron en su zona (14 millones) ni fueron fusilados ni se exiliaron. Siguieron viviendo en España como los demás, dentro de las penurias que por entonces afectaron a casi toda la población. Es algo tan obvio que asombra leer hoy tales diatribas, claramente pensadas para remover viejos resentimientos, sobre todo entre jóvenes que no vivieron la guerra ni el franquismo.

Con perfecta desenvoltura, los sembradores de tanta falsificación son capaces de escribir al mismo tiempo: “[Que] el dolor de tantas y tantas víctimas anónimas del odio más irracional no sea inútil y, establecida la verdad tras el necesario debate, la guerra civil se incorpore definitivamente a nuestra historia”. “La verdad”. Su “debate” ha consistido en la aplicación de la censura y el intento de condenar a muerte civil y, últimamente, a multas y cárcel, a los discrepantes de tales “historias”.

Hubo sin embargo un genocidio tipificado como tal: “aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un pueblo o grupo social por motivos raciales, políticos o religiosos”. Y fue el intento de exterminar a la Iglesia. El encarnizamiento con que se llevó a cabo revela hasta qué punto el aborrecimiento al catolicismo era una de las poquísimas señas de identidad comunes a todos los partidos del FP, excepto el PNV, que no obstante cumplió también su papel en la empresa.

Por citar algunos casos, bastantes fueron torturados en espectáculos públicos o “toreados” con banderillas, a otros los castraron y metieron en la boca sus genitales. A un capellán le sacaron un ojo, le cortaron la lengua y una oreja antes de degollarle; otro fue arrastrado por un tranvía, otros más golpeados y cortados con palos, mazas y cuchillos hasta hacerlos pedazos. Algunos quemados vivos. A seglares como una profesora de la Universidad de Valencia le arrancaron los ojos y le cortaron la lengua para impedirle seguir dando vivas a Cristo Rey; otra fue violada delante de su hermano, atado a un olivo, antes de asesinar a ambos. El obispo de Barbastro fue torturado, castrado y fusilado junto con otros clérigos y seminaristas. Cientos de monjas fueron violadas y asesinadas… Casos tales menudearon, y con frecuencia los cadáveres eran golpeados, quemados o tirados por barrancos como de perros. En varios conventos, los milicianos exhumaron ataúdes y esqueletos o cuerpos momificados y los exhibieron en ceremonias grotescas, con imitaciones obscenas de misas. En muchos cementerios fueron rotas las cruces y lápidas con frases cristianas.

Los clérigos asesinados sumaron unos 7.000, incluyendo 13 obispos, a los que hay que añadir un mínimo de 3.000 laicos católicos por el mero hecho de serlo. Fue probablemente la persecución más intensa y sanguinaria sufrida por el cristianismo en su historia, superior a las de Roma y a otras más recientes como la de los bolcheviques en Rusia o las del gobierno masónico en Méjico. Y el aspecto más profundamente característico de nuestra guerra civil.

La extrema violencia contra las personas se proyectó también contra templos y obras de arte: “tesoros históricos y artísticos de incalculable valor fueron pasto de las llamas: retablos, tapices, cuadros, custodias (…) imágenes sagradas de grandes pintores y escultores como Montañés, Salcillo, Pedro de Mena, Alonso Cano, Sert y otros monumentos insignes de la arquitectura y escultura religiosa quedaron abatidos, y ardieron antiquísimas y valiosísimas bibliotecas de conventos, seminarios y catedrales, así como archivos”. Solo en Cataluña fueron destruidos hasta cien mil volúmenes de la biblioteca franciscana de Sarriá , del seminario y del convento de los Capuchinos de Barcelona; cincuenta mil en Igualada. Joyas del románico, del gótico, del barroco y del mudéjar fueron quemadas o voladas. En Madrid, la catedral de San Isidro, en sí misma un gran museo de arte con pinturas italianas y españolas, fue incendiado…. A la primera oleada de destrucciones siguió pronto el saqueo de obras de arte y tesoros diversos, que los dirigentes del FP llevaron al extranjero al perder la guerra.

Se ha pretendido que los jefes “republicanos” trataron de frenar aquellos hechos, pero es más cierto decir que los atizaban en su prensa y que expoliaron cuanto pudieron. El efecto fuera de España resultó muy perjudicial para las izquierdas. Ante las críticas, el órgano del partido azañista Política, “razonaba”: “Ningún tesoro más precioso que la razón, la justicia y la libertad (…) Casi todos esos monumentos, cuya caída deploramos, son calabozos donde se ha consumido durante siglos el alma y el cuerpo de la humanidad”. ¿Por qué lo deploraban, entonces? La incitación a la destrucción era bien clara. Justificar en ¡la razón, la justicia y la libertad!” una persecución tan feroz, sangrienta y culturalmente destructiva, ya dice mucho. Pues bien, aquel periódico y partido suelen ser considerados los más moderados e ilustrados de cuantos componían el FP.

Con todo, una explosión de odio tan desenfrenado en un país tradicionalmente católico no tiene explicación fácil. Madariaga y otros le achacan una gran incultura del clero y arguyen que “el pueblo” se había disociado de la Iglesia porque esta le había olvidado, no atendía a sus necesidades y se había aliado con “las capas reaccionarias” o “con la derecha”, “el capitalismo”, “apoyando siempre al poderoso, al rico, a la autoridad opresora”. Así los crímenes no los habrían perpetrado pequeñas minorías sino “el pueblo”, en particular “el pueblo trabajador”, que, como se sabe, carga con lo que le echen. Pero el argumento es muy difícil de sostener.

Existían en España, como en todos los países, bolsas más o menos extensas de miseria, y también una tradicional despreocupación de las clases altas por la falta de instrucción y la pobreza sufrida en los barrios industriales de Barcelona o Bilbao, y sobre todo entre los jornaleros de Extremadura y Andalucía. Contra un tópico común, desde la primera guerra carlista, un siglo antes, en España había gobernado casi siempre la izquierda, representada por los liberales, fueran moderados o exaltados. Y estos habían oscilado entre un anticatolicismo radical y un “acomodo incómodo” con la Iglesia, a la que habían despojado de grandes bienes y ocasionado atentados y alguna matanza ya en el siglo XIX. Aquellos liberales habían aprendido bien la lección de que la riqueza no procede de sentimientos altruistas sino de que cada uno mire por lo suyo. Por eso era la Iglesia quien, mejor o peor, “miraba por los pobres” con una red de asilos, orfanatos y hospitales, y también promoción personal con escuelas populares, centros de enseñanza profesional, montes de piedad, cajas de ahorro y algún sindicato menor. Y culturalmente sostenían revistas y editoriales, algunos centros universitarios prestigiosos y cuidaban un ingente tesoro artístico legado por los siglos. Por muchas críticas y ataques justificables que pudieran hacerse a estas labores, es imposible que puedan explicar una persecución tan brutal.

El argumento se debilita aún más por cuanto los curas y frailes consagrados a tareas asistenciales y de promoción, que a menudo vivían ellos mismos en auténtica pobreza, fueron cazados como alimañas tanto o más que aquellos que aparecían ligados “al rico y la autoridad opresora”. El empuje de nuevos movimientos más extremos desde principios del siglo XX (marxismo, anarquismo, republicanismo) había agravado más aún la aversión a la Iglesia. Y en esas ideologías creo que cabe encontrar la raíz de un aborrecimiento tan furibundo. Como veremos en la cuarta parte, cada una de ellas presentaba una concepción total del mundo y de la vida, prometedora de sociedades grandiosas; y la Iglesia eran enfocadas como el mayor o uno de los mayores obstáculos a sus proyectos sociales. Esas ideologías, vulgarizadas en tópicos sencillos, podían tener un fuerte efecto sugestivo en mentes incultas. Y también en las refinadas.

No faltan hoy quienes siguen tocando la misma música que Madariaga o Política. Dos botones de muestra: A. Beevor, en su La guerra civil española, 2005 lo entiende como una furia “que parecía rebosar de un pozo centenario de humillaciones y atropellos, de la desesperación de gentes maceradas en el silencio temeroso y en el odio íntimo que de repente ven desaparecer los viejos tabúes”. Buena apología del crimen basada en su ignorancia de la historia de España. Una escritora más o menos pornógrafa, A. Grandes cantaba el goce que según ella sentirían las monjas violadas por “milicianos jóvenes, armados y –¡mmm!—sudorosos”, en un artículo que le valió algunas protestas. A decir verdad, las izquierdas jamás han expresado el menor sentimiento por aquel genocidio. Más aún, han querido intimidar a quienes lo recuerdae. Desde El País, por ejemplo, se ha acusado a la Iglesia de promover un espíritu de guerra civil por beatificar a los mártires de aquella orgía de sangre. Y desde hace años vuelven los conatos de incendios, agresiones y sobre todo la vieja propaganda que desde el siglo XIX ha provocado tantos crímenes, destrucciones y expolios.

Cabe añadir que desde que el Concilio Vaticano II, en los años 60, optase por el “diálogo con los marxistas”, sectores de la Iglesia han llegado a colaborar con sus antiguos exterminadores, y hasta a pedirles perdón; y hoy su jerarquía muestra indiferencia ante la planeada profanación de la tumba de Franco, que la salvó justamente del exterminio. Son hechos, digamos, llamativos.

Pío Moa


domingo, 30 de junio de 2019

Carta al Nuncio Apostólico en España. Por el Padre Calvo


Me dirijo a S. E. R. con el respeto de un párroco rural, que quiere representar la voz multitudinaria del alma católica española, no por silenciada menos expresiva en sus manifestaciones públicas del recuerdo agradecido a la figura de su Caudillo providencial, visitado ininterrumpidamente en el Monumento del Valle de los Caídos.

Ese Monumento es la confesión pública y universal de un pueblo católico secular, presidido por la Cruz mayor del Mundo, representativa de una reconciliación nacional, tras la diabólica infiltración marxista, y de una Consagración hecha por Franco en 1965, de la martirial España al Sagrado Corazón, como sello de su inconfundible catolicismo.

El diabólico intento de profanar la tumba del Caudillo Francisco Franco Bahamonde, estadista predilecto entre los gobernantes cristianos, como dijo Pio XII, y condecorado por él mismo con la Cruz de la “Orden Suprema de la Cristiandad”, declarando aquella epopeya del 36 (aparentemente civil), como la Undécima Cruzada, sitúa a esta personalidad en la órbita de los defensores del catolicismo, unido a un pueblo que afrontó una militancia cívico-militar como testimonio tradicional y confesional de siglos desde la Reconquista de ocho siglos, pasando por la lucha de años contra el protestantismo, el liberalismo de las Luces napoleónico y el marxismo demoledor de toda cultura religiosa, o, simplemente, humanista.

Hasta Carlos I respetó el cadáver del mayor heresiarca y enemigo de la Iglesia de Cristo, cuándo estuvo ante su tumba en Wittemberg, dejando su juicio en manos del Creador.

La mejor forma de alcanzar la paz sin odio es respetar la historia, dejando cada reliquia en su sitio, puesto que su posible profanación traería un nuevo y sordo enfrentamiento, totalmente absurdo e innecesario.

Venzamos el odio con el amor de la razón y de la fe. La realidad, como los dogmas, se admiten o se rechazan, pero no se discuten.

Entre las obras de misericordia corporales está la de enterrar a los muertos, y entre las espirituales, la de rezar a Dios por los vivos y los muertos, como cada día hacen los Monjes Benedictinos de esa sacrosanta Basílica Pontifical.

Y ello, porque la categoría específica moral que tiene el católico por haber sido Templo del Espíritu Santo, no la tiene el pagano; de lo que se deriva que la profanación de una tumba sea un atentado contra la religiosidad y la honra debida al sepultado (Canon 1176, 2 y 3):

“La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos, obteniendo para ellos la ayuda espiritual y la honra de sus cuerpos; y a la vez, proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza”.

El Vaticano y la Iglesia española sostienen que no puede negarse a que la familia entierre a Franco en la Cripta de la Almudena.

Todo intento contrario a la justicia, a la sacralidad, al sentido común, a la historia y al respeto de lo intocable, no puede venir si no es por manos de la impiedad diabólica de los enemigos de Dios y de la Patria, de los eternos revanchistas que jamás pueden perdonar la derrota causada por las fuerzas del Bien.


Y no olviden que España ha estado siempre en el punto de mira del sionismo talmúdico. No hay mucho que alegar para demostrar el absurdo, a estas alturas, de profanar una tumba después de 42 años de dictadura liberal que algunos llaman democracia, como sinónimo de paraíso terrenal impoluto y celestial.

Añádase a este intento escandaloso el engaño causado al pueblo español que votó una Constitución atea porque ni la leyó y los pocos que la leímos no fuimos capaces de terminarla por ser legalistamente indigerible.

¿Dónde está el valor moral de tal aprobación votacional…?

¿Y la traición de aquellos obispos (60), que la votaron e invitaron a votarla a sus feligreses?

¿Y el perjurio de un Sucesor que traicionó a Franco, su mentor, y al pueblo español, trayéndonos una libertad sin Dios, frente a “la Libertad de los Hijos de Dios” (Rom, 8)?

Por lo que SUPLICO a S. E. Excelencia transmita este escrito al Vaticano y a la Conferencia Episcopal Española, CEE, para que pongan todos los medios jurídicos, morales e históricos, con declaraciones contundentes a favor de la intocabilidad de la Tumba de Francisco Franco, así como el reconocimiento de los Obispos españoles actuales a las elogiosas declaraciones que en su día hicieron aquellos Obispos del nacional-catolicismo tras la muerte del Caudillo.
¿O las verdades históricas también tienen caducidad…?

Muy mal quedaría para la Historia la cobarde y vengativa traición de la política actual socialista; pero peor quedaría la jerarquía eclesiástica con el escándalo cómplice de tal ingratitud, siendo la Iglesia la mayor deudora de aquella sangre martirial y de aquel heroísmo de un Caudillo puesto por la Providencia Divina para la salvación de la catolicidad universal y de Europa contra el comunismo ateo.

Virtud derivada del patriotismo como obligación derivada del 4º. Mandamiento es la PIEDAD para respetar los símbolos patrios y su Historia; la JUSTICIA SOCIAL, por la que se prefiere en igualdad de condiciones a los ciudadanos, antes que a los extranjeros, y la GRATITUD a los antepasados por sus sacrificios.

Repasen la teología moral, aquella que Sus Señorías nos enseñaron en nuestros estudios teológicos, y que el modernismo Vaticano II, ha hecho olvidar.

¡Pues ese heroico Caudillo, se llamaba FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE!

Agradeciendo sus gestiones, le envía un cordial saludo en Cristo Rey y en María Reina, este servidor cura raso.

P. Jesús Calvo

sábado, 23 de febrero de 2019

RESPUESTA DE MOVIMIENTO POR ESPAÑA A LA CARTA DEL VATICANO AL GOBIERNO


COMUNICADO

En respuesta a la carta del Vaticano al gobierno

Madrid, 21 de febrero de 2019 – La carta dirigida ayer por el Secretario de Estado del Vaticano a la ministra Carmen Calvo apoyando implícitamente al gobierno en su plan de exhumación de Franco e instando al prior a no oponerse no nos ha cogido por sorpresa, aunque sí nos ha producido un gran escándalo, como a la mayoría de los católicos españoles. Por desgracia, la interferencia extemporánea en los asuntos internos de una nación, tras haber manifestado anteriormente que la exhumación era competencia de la familia y la iglesia local, además de la autoridad competente, no es nada nuevo en la política del Vaticano actual. Eso mismo hizo Bergoglio en el caso de Colombia, presionando a los católicos a apoyar el referéndum de Santos en el “proceso de paz” con las FARC, con la amenaza de suspender una visita ya programada. También hizo lo propio con el tirano de Venezuela cuando arreciaban las protestas contra él: lo llamó al Vaticano a una reunión privada para bendecirlo públicamente, enviando la foto a todos los medios. Esa foto encabezaba nuestra pancarta de nuestra “interpelación al Vaticano”, ante la negativa del nuncio a recibirnos ni contestarnos a lo largo de todo estos meses (ver). Desgraciadamente, nuestras previsiones aciagas se han cumplido.

El escándalo producido por la nueva intromisión del Vaticano se agrava por el contraste con su negativa reciente de apoyar al nuevo presidente en funciones de Venezuela alegando no querer interferir en asuntos internos de otro país. Más aún, la carta pone en entredicho la integridad del prior, presionándole a obrar contra la moral cristiana, el Código de Derecho Canónico y el Magisterio de la Iglesia. ¡Todo un ejemplo de prevaricación por parte del Vaticano! Un Vaticano que recientemente traicionó a la Iglesia de China entregándola a sus enemigos comunistas y cuyos escándalos de corrupción, herejía y sodomía llenan los titulares un día sí y otro no. A ese Vaticano aplauden los enemigos de la Iglesia que derriban sus cruces y piden su desamortización.

Por ello, repudiamos esta nueva tropelía del Vaticano y expresamos todo nuestro apoyo al prior y a los deudos de Franco, así como a la FNFF, en su lucha por la justicia y la verdad histórica. Y por último, pedimos a los magistrados del Tribunal Supremo que no cedan a las presiones torticeras que también contra ellos se dirigen, y cumplan la palabra dada a la familia de Franco en su auto anterior, y con su deber de defender el Estado de Derecho y la tutela judicial efectiva.

Fdo. Pilar Gutiérrez

Movimiento por España

jueves, 15 de noviembre de 2018

20-N: UNA FECHA IMBORRABLE


…Y lo es porque es impagable. Solo lo que estorba por absurdo e intrascendente es borrable. Lo esencial en la historia personal, nacional e internacional es inolvidable por imborrable y en consecuencia impagable por el patrimonio de servicios heroicos que marcan futuro universal y en este caso, de universalidad católica por un triunfo sobre sus enemigos de la Cruz de Cristo y de su Reinado salvífico en todos los ámbitos de la especie humana.

¿Qué habría sido sin esa derrota del sionismo marxista-antiteo de repercusion europea y transcontinental? ¿Podríamos calcularlo?

Hay que exigir la reivindicación de la figura de Francisco Franco como providencial en la historia de la Catolicidad y de toda sociedad que se precie de culta y humanista. La barbarie de los eternamente perseguidores de Cristo, son las fuerzas del rostro oculto, las misma que le crucificaron y siguen en su diabólico propósito; nos habrían retrotraído al subdesarrollo en la ley del más fuerte.

Si a pesar de aquel triunfo que llevó Pío XII a condecorarle con la más alta honorificencia de la Santa Sede en la “Orden Suprema de Cristo” y a la Catolicidad universal (informada por la jerarquía española en aquella “Carta colectiva a todos los obispos del mundo”, de fecha 1 de julio de 1937) reconociéndole la trascendencia providencial de aquella Cruzada de salvación (que no guerra civil), aún los poderes satánicos hacen estragos en la sociedad cristiana actual, qué habría ocurrido sin aquella barrera de heroísmo martirial y arrojo sobrenatural?

“Las prácticas religiosas casi diarias de Franco, tratan de esa época del 36, volviéndose más que antes hacia la religión cuando él y su familia habían sido recibidos en Tenerife con pintadas izquierdistas deseando su muerte. Sus fieles montaron guardia durante 24 horas a su alrededor. La intensificación de su vida religiosa, contribuyó a su vez a lo que acabó siendo un sentido de misión, especialmente providencial, manifestado en su labor nacional”. (“Franco, el perfil de la historia”-Stanley G. Payne).

Increíble el grado de ingratitud y perfidia contra esta figura y su pueblo católico levantado en armas al lado de la milicia, en aquella II Reconquista de la identidad secular de España y en defensa de Dios, la Patria y la Justicia,

“El PP abrió la caja de Pandora, siguiendo consignas masónicas, como se constató en una conferencia de Ferrer Benimeli, jesuita, masón (llamado ‘Danubio Azul’), sobre “Qué es la masonería”, impartida en 2004 en El Alcázar de Sevilla. Reconocidos catedráticos masones de la Universidad y su rector hablaron con orgullo del avance de una ley que “desmontaría hasta los últimos vestigios del franquismo” (José María Manrique, “Afán”.

En su testamento, Franco nos dice: “No olvidéis que los enemigos de España y de la civilización cristiana están alerta”. Ahí está la profecía fácilmente suponible tras su muerte y asalto de los traidores, cobardes, vividores, chaqueteros y pasotas en una carrera anticatólica a cara descubierta.

“La Iglesia católica ha tenido en Franco a un hijo muy suyo, como San Fernando, Rey de España o San Luis, Rey de Francia. Aquellos que tratan de descalificarle buscan descalificar a la Iglesia” (Monseñor Guerra Campos).

Frente a los traidores, cobardes y revanchistas, los leales patriotas levantamos armas por Dios, la Patria y la Justicia. Dado lo lejos que está la jerarquía católica de cumplir la misión sagrada de cuidar su grey, rescataremos la carta de San Ignacio de Loyola a San Pedro Canisio: “Los pastores católicos que pervienten al pueblo, deberían ser castigados o al menos separados de la cura de almas, pues más vale estar la grey sin pastor que tener por pastor a un lobo”.

¡Viva Cristo Rey!

Padre Jesús Calvo


domingo, 1 de julio de 2018

Comunicado de la FNFF: Un decálogo de razones para no exhumar los restos de Francisco Franco del Valle de los Caídos



FNFF (Remitido).- El 20 de noviembre de 1975, falleció Francisco Franco Bahamonde en una residencia sanitaria de la Seguridad Social creada por él. Todos los españoles que tienen memoria de ese momento pueden confirmar que la muerte del Generalísimo Franco se produjo en medio del dolor, el reconocimiento y la gratitud de la mayoría de los españoles hacia quien había hecho posible la época de paz y desarrollo más prolongada que había disfrutado nuestra patria a lo largo de los siglos.

Todos los gobiernos de las naciones de nuestro entorno trasladaron al Gobierno español mensajes de condolencia y reconocimiento a quien había regido los destinos de la patria durante cuarenta años. En la Asamblea de la ONU se guardó un minuto de silencio por el fallecimiento del Jefe del Estado Español y el 22 de Noviembre de 1975, y ante el arca de la sinagoga de Nueva York, el rabino de la misma hizo una rogativa especial por el alma del Caudillo “…por haber tenido piedad de los judíos…”.

Cabe recordar aquí la carta que al finalizar la II GM, el entonces Presidente del Congreso Mundial judío, Maurice L.Perlzweig, dirigió a Franco en la que literalmente le decía que “los judíos son una raza poseedora de gran memoria y no han de olvidar facilmente la oportunidad que se ha brindado a miles de sus hermanos para salvar su existencia”.

Así, al fallecimiento del Generalísimo, el Editorial de la revista The American Sephardi, publicada por la Universidad de Yeshiva (EE.UU.), publicó lo siguiente: “ el Generalísimo Franco falleció el 20 de noviembre de 1975. Al margen de cómo le juzgará la historia, lo que sí es seguro que en la historia judía ocupará un puesto especial”.

Francisco Franco no dispuso en su testamento nada respecto al lugar de su enterramiento ni dio instrucción alguna a su entorno familiar, consciente de que no le correspondía a él tomar dicha decisión, por la significación de su persona como servidor público y evitando así cualquier clase de hipotecas a su sucesor, el Rey Juan Carlos I.

Francisco Franco fue enterrado en la parte posterior del altar mayor de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de los Caídos, siguiendo así la tradición secular del derecho de Patronato, privilegio que la Iglesia concedía en el Código Canónico entonces vigente, a los fundadores de un lugar sagrado.

Nadie entonces, ni dentro ni fuera de España, cuestionó que el Jefe del Estado recibiera sepultura en el lugar que había sido erigido como monumento a la reconciliación en su deseo de que reposaran, bajo los brazos de la mayor cruz del mundo, los españoles caídos en la contienda civil, con independencia de su credo o ideología.

Pasaron los años, España se acostó aturdida y se levantó socialista y en 1986, el gobierno del PSOE hizo una impecable declaración institucional en el cincuentenario del inicio de la guerra: “un Gobierno ecuánime no puede renunciar a la historia de su pueblo, aunque no le guste, ni mucho menos asumirla de manera mezquina y rencorosa.

Este Gobierno, por tanto, recuerda asimismo, con respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia.” (..) “para que nunca más, por ninguna razón, por ninguna causa vuelva el espectro de la guerra civil y el odio a recorrer nuestro país, a ensombrecer nuestra conciencia y a destruir nuestra libertad.” España se encontraba ya reconciliada, miraba hacia un futuro prometedor y los españoles no estaban dispuestos a resucitar los odios que habían hecho correr ríos de sangre entre hermanos.

Tuvieron que pasar más de treinta años para que el espectro del odio volviera de la mano de un PSOE que decidió rescatar el lado más siniestro de su biografía. Rodríguez Zapatero, ante el silencio cómplice y atolondrado de una derecha acomplejada y ayuna de referentes, aprobó una infame ley que pretendía reescribir la historia desde el Boletín Oficial del Estado, dividir de nuevo a los españoles en buenos y malos y borrar cualquier rastro de las realizaciones de cuarenta años de la historia de España, sobre los que para siempre habría de pesar la losa de una estúpida y anacrónica condena, todo ello sobre la base de legitimar como “legalidad republicana constituida” al proceso revolucionario que estuvo a punto de convertir España en el segundo país en el mundo en abrazar el comunismo soviético.

La izquierda, bajo la falsa y grosera excusa de dar digna sepultura a aquellos caídos que yacieran en las “cunetas” (noble pretensión que cualquier bien nacido debe compartir, sin olvidar que en ellas hay caídos de los dos bandos, y que por supuesto esta Fundación apoya), se apresuró a tratar de ganar en el parlamento la guerra que había provocado en los años 30 al no conseguir su objetivo revolucionario y que perdió en el campo de batalla, entretanto los descendientes de los vencedores permanecieron impasibles mientras se echaba un manto de estiércol sobre las tumbas de sus padres y abuelos, condenados públicamente como si fueran vulgares criminales.

La verdadera “memoria histórica” acabó venciendo a Zapatero, que vio frustrado su enconado intento de cerrar el valle de los Caídos ante la resistencia numantina de miles de fieles con su presencia y oración y, tras dejar España sumida en una crisis que se empeñaba en negar, entregó el poder a una derecha medrosa que dejó las cosas como estaban porque “lo único importante” era la economía. Mariano Rajoy, que con su natural indolencia decidió dejar intacto el proyecto de ingeniería social de Zapatero, dio paso a Pedro Sánchez, un discípulo de Zapatero que ha llegado al poder de forma tan accidentada como su predecesor, y que quiere culminar la obra de su maestro echando más carnaza a la extrema izquierda y los separatistas. Sabedor de la precariedad de sus apoyos parlamentarios,quiere aprovechar las alfombras para pagarse con dinero público una campaña de imagen y de paso, ofrecerles en bandeja a los profesionales del odio su presa más codiciada: el cadáver del Caudillo, con el objetivo de escenificar una postrera humillación, no ya a Francisco Franco, sino también a la a la media España que, en defensa de sus ideales, osó retar y vencer al comunismo. Son muchos los españoles que consideran que la exhumación de Francisco Franco supondría una descalificación de un largo periodo de la historia de España, la modernización de esta, la creación de nuestra extensa clase media y, por supuesto, la restauración de la monarquía.no ya a Francisco Franco, sino también a la a la media España que, en defensa de sus ideales, osó retar y vencer al comunismo. Son muchos los españoles que consideran que la exhumación de Francisco Franco supondría una descalificación de un largo periodo de la historia de España, la modernización de esta, la creación de nuestra extensa clase media y, por supuesto, la restauración de la monarquía.no ya a Francisco Franco, sino también a la a la media España que, en defensa de sus ideales, osó retar y vencer al comunismo. Son muchos los españoles que consideran que la exhumación de Francisco Franco supondría una descalificación de un largo periodo de la historia de España, la modernización de esta, la creación de nuestra extensa clase media y, por supuesto, la restauración de la monarquía.

No lo van a tener fácil. Al menos, no con la ley en la mano. En un Estado de derecho el poder está sometido al imperio de la ley y esta es clara al exigir la autorización de la familia para llevar a cabo una exhumación salvo que concurran razones sanitarias excepcionales. Una vez que la familia de Francisco Franco se ha pronunciado de forma unánime, clara y terminante en contra de cualquier exhumación y de la utilización política de los restos mortales del Generalísimo, sólo podría cumplir el gobierno su macabro propósito violentando la ley y la voluntad de sus familiares.

La Iglesia también tiene algo que decir en este asunto. No sólo por tratarse Franco de un Caballero de la Suprema Orden de Cristo -condecoración reservada a jefes de estado católicos que se hayan distinguido con méritos especialísimos hacia la Iglesia y la religión católica- sino porque al estar el sepulcro del Caudillo en lugar sagrado y por tanto inviolable, concretamente en el interior de una Basílica Pontificia, la jerarquía eclesiástica ha dejado bien claro, una y otra vez que sólo autorizaría la exhumación si así lo solicita la familia y no se entendería que mantuviese una actitud tibia ante una pretensión cuya finalidad es la de reabrir las heridas que se cerraron hace décadas y que en definitiva es el primer paso para terminar con la Cruz más grande del mundo y con el centro de oración y reconciliación que constituye el Valle de los Caídos.Convertir el conjunto del Valle en una especie de “parque temático” supondría a la postre la desacralización del mismo.

Cabe preguntarse, por otro lado, qué imagen queremos dar al mundo de este país cuando una mayoría parlamentaria formada por partidos extremistas de todo tipo tiene como prioridad abrir tumbas, vilipendiar a los muertos y reescribir hechos de hace más de ochenta años. Remover las tumbas de los muertos es una línea roja que ningún gobierno civilizado ha traspasado hasta ahora y que seguramente se volvería como un bumerang contra el gobierno que diese un paso semejante, al más puro estilo de los talibanes afganos.

Consecuentemente, la FNFF, desde la admiración por la obra del mejor estadista que ha tenido España se opone de forma rotunda a la exhumación y traslado de los restos mortales de Francisco Franco y considera que deben permanecer en su actual ubicación por respeto a la historia y también al futuro.

Cualquier acción de reconciliación en el Valle de los Caídos debe pasar por sumar y nunca por restar, reforzando así el espíritu de concordia y reconciliación que dio luz al colosal proyecto de su construcción. Coincidimos con Luis Suarez, de la Real Academia de la historia, cuando afirma que el Valle de los Caídos se construyó para que fuera un mausoleo para las víctimas de ambos bandos al amparo y la sombra de la cruz. Y desde esta convicción anunciamos que cualquier intento de violentar la legalidad será oportunamente denunciada ante los Tribunales de justicia pues nadie puede pisotear el estado de derecho.

No estamos sin embargo ante una mera maniobra política sino ante una coyuntura histórica de enorme responsabilidad moral en la que está en juego nuestra dignidad y nuestro prestigio como nación milenaria que debe asumir su historia, con sus luces y con sus sombras sin tratar de pervertir las mayorías parlamentarias para cambiar o borrar el relato del pasado enfrentando de nuevo a los españoles como hace 80 años.

Dejen a los muertos descansar en paz, empezando por Francisco Franco y siguiendo por el resto de los caídos de las dos Españas, respeten la historia, dejen su estudio a los historiadores y miremos de una vez y para siempre al futuro dejando que todos los españoles puedan honrar a sus muertos allá donde quiera que se encuentren.


lunes, 17 de julio de 2017

EL 18 DE JULIO O LA REBELION DEL PUEBLO ESPAÑOL CONTRA LA TIRANIA


Franco, aclamado en la plaza de Oriente por cientos de miles de españoles el 1 de octubre de 1975, pocas semanas antes de su muerte.



FNFF (R).- La fecha que mejor identifica la larga y profunda huella histórica de España es la del 18 de Julio de 1936, fecha en la que el pueblo español, en simbiosis perfecta con su historia y comunión de principios con su ejército, se rebela contra la tiranía que pretendía imponer el comunismo en España. Fue una guerra de independencia, donde estaba en juego no solamente la soberanía de la Nación, sino la esencia de lo que España había representado en la defensa de la civilización occidental y cristiana.

De ahí la simbología de la fecha y el deseo permanente de los enemigos de esa civilización y de España de manipular y denigrar fecha, símbolos y personas que hicieron posible tan colosal gesta y legaron el progreso, la unidad y la justicia que disponíamos en 1975, dilapidada por los mismos errores e ideas disgregadoras causantes de nuestra postración como Nación y pobreza como pueblo.

Cuando las mentes pervertidas por el odio, el resentimiento y la envidia igualitaria toman el control de los medios de comunicación, la enseñanza, las instituciones políticas y sindicales e inciden en la economía productiva, esa sociedad se auto condena a la molicie, la pobreza y finalmente al totalitarismo. La libertad que no se basa en el respeto al derecho ajeno y a la opinión contraria; que no se acomoda en la ley justa, orientada al bien común, sino en la arbitrariedad de lo contingente, termina guillotinada en cada hogar, calle, plaza, foro o parlamento donde deba manifestarse.

Asistimos, los síntomas son evidentes, al final de un Sistema basado en la mentira, la manipulación, la mediocridad y el “vale todo”, con tal de que sea bendecido por la reinstaurada partitocracia. El resultado no puede ser mas evidente: Corrupción institucionalizada, pobreza inasumible y desesperación creciente. Y la solución no va a venir de fuera, nunca lo fue y tampoco lo será en estos momentos, por mucho que hayamos relegado nuestra soberanía a una entelequia europea de intereses creados. Europa no va a evitar la consumación del separatismo, ni la perdida de competitividad, ni la calidad de nuestra enseñanza, ni la atonía de la justicia, ni podrá incidir para que suprimamos el “reino de taifas” que representan las autonomías.

Hemos ido, según un diseño perverso iniciado en 1978, hacia la desintegración de España. Se han neutralizado todos los contrafuegos que podrían evitar tal deriva, comenzando por los señalados en la propia Constitución. No podemos imaginar que los distintos gobiernos de la Nación no fueron conscientes de los peligros y, sin embargo, nada hicieron para impedirlo.

Como sabemos lo que nos pasa, cuáles son sus causas y los posibles remedios, somos sistemáticamente vituperados, ignorados o perseguidos con idéntica obstinación y saña con que los inquisidores del siglo XX persiguieron en toda Europa y lo hacen en Cuba a los disidentes que proclaman la libertad y dignidad de la condición humana, en cuanto hijos de Dios y portadores de valores eternos. A diferencia de las reprobaciones y abucheos que reciben los miembros de la Casa Real y los políticos, generalmente de derechas, nosotros, nuestra forma de entender la política, de organizar la sociedad, de estructurar el estado, de concebir los principios sobre los cuales debe vertebrarse España para ser respetada en el conjunto de las naciones y obtener el progreso económico del pueblo, no tenemos ninguna culpa de la situación en la que nos encontramos. Es más, nos hemos opuesto de manera honesta, civilizada y firme a cuanto viene ocurriendo en España desde hace 35 años, señalando lo que iba a ocurrir de persistir en los errores diseñados en la transición, a la muerte de Franco.

Nuestra culpa parece ser histórica o, mas bien, histérica. Un suerte de paranoia colectiva transmitida generacionalmente entre los derrotados en la guerra civil y en la paz, pues el progreso alcanzado por el anterior Régimen y la filosofía política empleada, deja en evidencia sus postulados. Para sus propósitos y con la finalidad de deslegitimar también la herencia recibida, los derrotados de siempre, pues sus ideas utópicas, donde triunfan, han provocado el mayor sufrimiento y pobreza conocido en el mundo, necesitan falsificar la historia, mitificar lo irrelevante, convertir en victimas a los verdugos, trasladar a la actividad política cuestiones ya resueltas hace muchos años como solución mágica de futuro. Y si la superchería histórica no se puede conseguir por la funesta manía de pensar y de investigación de los hechos de algunos historiadores, pues se dicta una Ley que obligue a un relato único de la historia, según la conveniencia de quien gobierna, impuesta de manera absoluta.

¡Bienvenidos al absolutismo democrático!

Con la vileza de retirar de las plazas y calles de España los nombres de quienes defendieron en su tiempo la identidad e independencia de su Patria, en muchos casos, con su propia vida, de remover en los Ayuntamientos, Diputaciones y parlamento los títulos con que aquel pueblo español, padres y abuelos de los actuales, honró a quien les había acaudillado, con éxito, en aquella época de tribulaciones, no se obtiene otro beneficio que el de favorecer a los resentidos, a los ineptos, a los incapaces de otra cosa que no sea la de alancear muertos, que gozaran siempre de buena salud histórica por sus méritos y no por la coyuntura iconoclasta de los incapaces corruptores que lo promueven.

Celebramos que nuestro Caudillo Francisco Franco no figure en semejantes ágoras, donde el despotismo y la corrupción campan a sus anchas, legitimados por el falso plebiscito popular que veremos lo que aguanta sus desvaríos. Ya en un día lejano de 1936 le contestó a Indalecio Prieto: “Sí, ustedes lo tienen todo…menos la razón” y, “no tenga usted duda, donde yo esté, no habrá comunismo”.

De ahí que prefiramos que, donde él esté, no exista nada de lo que él y su generación combatió con tanto esfuerzo y sacrificio. Que donde él esté, aunque sea sólo referencia histórica, no exista la denuncia diaria de corrupción política e institucional; no pueda darse el reino de taifas de las Autonomías; no sea admisible la representación política de los partidos de empleados; no sea permisible la desfiguración del régimen parlamentario al servicio de sus intereses y no del bien común; no se fomente la quiebra del principio de separación de poderes; no se consolide la politizada Administración de Justicia.

En definitiva Franco y nuestros padres y abuelos han sido expulsados de nuestro ánimo colectivo, de la convivencia ordenada y pacifica que nos procuraron, de la verdad histórica objetivable y, así nos va. Es imposible que una sociedad avance sin virtud, sin el conocimiento de los fundamentos de su pasado, que han hecho posible el presente y viable el futuro, como enseñanza de lo que puede o, no debe, hacerse. Seguimos creyendo como el Ingenioso Hidalgo de la Mancha “ladran, luego cabalgamos, amigo Sancho…”.

Fuente: alerta digital

sábado, 22 de abril de 2017

FALLECE JOSÉ UTRERA MOLINA


El exministro durante el franquismo José Utrera Molina ha fallecido este sábado en Málaga a los 91 años de edad.

En los últimos años criticó con dureza la sectaria Ley de Memoria Histórica asegurando que el único objetivo era, lejos de perseguir supuestos crímenes, juzgar una época en la que se "hicieron muchas cosas positivas" y "adoctrinar" a la población española.

Además, censuró que la Diputación de Sevilla le retirara la medalla de oro de la provincia. Aseguró que no se le estaba enjuiciando por su labor, sino por la pertenencia a la administración pública durante un periodo determinado, como si eso fuera por sí sólo un delito. "Lo único que se pretende con esta medida es denigrar y borrar de la historia de Sevilla cuatro décadas de su historia dictando una verdadera 'damnatio memoriae' sobre todo aquél que tuvo responsabilidades en el régimen nacido el 18 de julio de 1936”, dijo.

Durante sus primeros años de carrera política, Utrera Molina mantuvo la subjefatura provincial del "Movimiento" en Málaga. Posteriormente, ejerció el cargo de Gobernador civil en las provincias de Ciudad Real -1956-1962-, Burgos -1962- y Sevilla -1962-1969-.

En 1969 fue nombrado Subsecretario del Ministerio de Trabajo, cargo que desempeñó hasta junio de 1973, y también Delegado del Gobierno español ante la Organización Internacional del Trabajo (OIT). En el primer y único gabinete ministerial de Carrero Blanco -1973- ocupó la cartera de Vivienda. Tras el asesinato del almirante por parte de la banda terrorista ETA, fue nombrado Ministro Secretario General del Movimiento en el primer gobierno de Carlos Arias Navarro, cargo que desempeñaría hasta marzo de 1975.

Fuente: La Gaceta


R.I.P.

jueves, 23 de febrero de 2017

EL ODIO CABALGA SIN BRIDAS - JOSÉ UTRERA MOLINA



No hay calificativo suficiente para valorar el daño histórico y moral que todavía se sigue produciendo en España en virtud de la ley de memoria histórica, alumbrada por Rodríguez Zapatero y mantenida por Rajoy. La lógica de esa ley –si es que alguna tiene- está visceralmente quebrantada. Ya hace años que aquél nefasto gobernante ofreció en bandeja de plata a Santiago Carrillo el derribo ilegal de la última estatua de Franco que había en Madrid, como regalo de cumpleaños. Posteriormente, han ido cayendo uno tras otro cientos de monumentos o placas que hagan relación a cualquier personaje que tuviera alguna relación con la media España que no se resignó a ser pisoteada por el comunismo en 1936. En Barcelona, se expone para público aquelarre la figura de un Franco decapitado para alborozo de unos pocos cobardes que dan rienda suelta a sus más bajas pasiones. En otros lugares se amenaza expresamente a Ayuntamientos con la retirada de subvenciones haciendo oídos sordos a la voluntad de los vecinos de mantener su identidad y su historia.

Mientras todo esto tiene lugar ante la indiferencia de la mayoría, se mantiene afrentosamente el público homenaje a los verdaderos causantes de la guerra civil, Prieto y Largo Caballero, golpistas en el 34 y revolucionarios en el 36, quienes pisoteando el derecho, por cobardía o convicción quisieron entregar España a la Internacional comunista. Pero nadie dice nada. Nadie denuncia tan burdo sectarismo. ¿Cómo es posible que no exista un clamor para denunciar tamaña felonía? ¿Es que los españoles hemos perdido, ya no el instinto sino la mínima razón, que endereza la figura del ser humano?.

Hoy vuelven a estar de moda las corrientes más criminales y canallescas de nuestra historia. Vuelven orgullosos y desafiantes los puños en alto y las banderas rojas se despliegan ufanas, ante la cómoda indiferencia de una mayoría silenciosa. Mientras tanto, los hijos y los nietos de tantos miles de españoles que dieron su vida por Dios y por España, permanecen agazapados, silentes, consintiendo que se injurie públicamente la memoria de sus antepasados, que profanen sus tumbas y borren su recuerdo de la memoria colectiva.

Yo tengo ya demasiada edad para luchar sólo contra esta tremenda injusticia. Pero mientras el pozo de odio está completo y vierte sus excrementos sobre la Historia, los que guardamos todavía el recuerdo de una España grande y limpia, preferimos morir a contemplar con indiferencia y cobardía la victoria de la mentira y la escandalosa manipulación de nuestro pasado más reciente. Yo me declaro en pública rebeldía contra esta ley sectaria que levanta muros entre hermanos y aventa de nuevo las arenas ensangrentadas de otro tiempo y de otra época. Pocos escucharán mi clamor, pero quisiera morir con la certidumbre de que hasta el último momento de mi vida, he respetado la verdad y he rechazado el odio. Un odio que se ha convertido en torrente sin que se levante una mínima pared, un endeble muro que contenga el atroz mensaje de indignidad que representa la Ley de la Memoria Histórica.

José Utrera Molina
Êx ministro


sábado, 8 de octubre de 2016

A SUS ÓRDENES, MI CAUDILLO por D. José Utrera Molina





D. JOSÉ UTRERA MOLINA, UN JEFE DE CENTURIA, ex-ministro del movimiento nacional de la última Cruzada española. Siempre fiel y leal hasta la muerte a los ideales del movimiento y hombre de arraigada fe católica:

D. JOSÉ UTRERA MOLINA: "la Fe es una voluntad que atraviesa el corazón y que nos hace perder todo lo que de problematico y dudoso hay en toda clase de existencia. He tenido una Fe absoluta, primero en Dios y segundo en España".