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viernes, 4 de marzo de 2022

MONSEÑOR VIGANÓ: LA IRA DE DIOS...

 

Es difícil para un hombre de hoy comprender estas palabras del Misal Ambrosiano. Sin embargo, son simples en su severa claridad, porque nos muestran que la ira de Dios por nuestros pecados y traiciones solo puede ser aplacada por la contrición y la penitencia. En el Rito Romano este concepto se hace aún más claro en la oración de las Letanías de los Santos: Deus, qui culpa offenderis, pænitentia placaris: preces populi tui supplicantis propitius respice; et flagella tuæ iracundiæ, quæ pro peccatis nostris meremur, averte. Oh Dios, ofendido por la culpa y aplacado por la penitencia: mira con bondad las oraciones de tu pueblo que te imploran; y aparta de nosotros los azotes de tu ira, que merecemos a causa de nuestros pecados.

La civilización cristiana supo atesorar esta saludable noción, que nos aleja del pecado no sólo por temor al justo castigo que acarrea, sino también por la ofensa causada a la Majestad de Dios, “infinitamente buena y digna de ser amada sobre todas las cosas”, como nos enseña el Acto de Contrición. A lo largo de los siglos, la humanidad convertida a Cristo supo reconocer en los acontecimientos lúgubres de la historia -en los terremotos, las hambrunas, las pestilencias y las guerras- el castigo de Dios; y siempre el pueblo golpeado por estos flagelos sabía hacer penitencia e implorar la Divina Misericordia. Y cuando el Señor, la Santísima Virgen o los Santos intervinieron en los asuntos humanos con apariciones y revelaciones, además del llamado a observar la Ley de Dios, amenazaron con grandes tribulaciones si los hombres no se convertían. En Fátima, también, Nuestra Señora pidió la Consagración de Rusia a Su Inmaculado Corazón y la Comunión reparadora de los Primeros Sábados como instrumento para aplacar la ira de Dios y poder disfrutar de un tiempo de paz. De lo contrario, Rusia“extenderá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia. Los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán destruidas”. ¿Qué debemos esperar de ignorar los pedidos de Nuestra Señora y continuar ofendiendo al Señor con pecados cada vez más horribles? “¡No quisieron cumplir Mi pedido! Como el Rey de Francia, se arrepentirán y lo harán, pero será tarde. Rusia ya habrá esparcido sus errores por el mundo, provocando guerras y persecuciones a la Iglesia”. Estas guerras, que hoy azotan a la humanidad para esclavizarla y someterla al plan infernal del Gran Reinicio inspirado por el comunismo chino, son nuevamente fruto de nuestra indocilidad, de nuestra obstinación en creer que podemos pisotear la Ley del Señor y blasfemar Su Santo Nombre sin consecuencias. ¡Qué miserable presunción! ¡Cuánto orgullo luciferino!

El mundo descristianizado y la mentalidad secularizada que ha contagiado incluso a los católicos no acepta la idea de un Dios ofendido por los pecados de los hombres, y que los castiga con azotes para que se arrepientan y pidan perdón. Sin embargo, este concepto es una de las ideas que la mano creadora de Dios ha impreso en el alma de cada hombre, inspirando ese sentido de justicia que tienen incluso los paganos. Pero precisamente porque está presente en todos los hombres de todos los tiempos, a nuestros contemporáneos les horroriza la idea de un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, un Dios que se revela en su ira, que pide lágrimas y sacrificios a quienes le han ofendido. Detrás de esta aversión a la ira del Señor, ofendido por los pecados de la humanidad – y más aún por aquellos a quienes Él hizo Sus hijos en el Bautismo – está el odio implacable del enemigo del género humano por el Sacrificio redentor de Nuestro Señor Jesucristo, por la Pasión del Hijo de Dios, por el rescate que Su Sangre ha merecido por cada uno de nosotros, después de la caída de Adán y de nuestros pecados personales. Un odio que lo consume desde la creación del hombre, en un loco intento de frustrar la obra de Dios, de desfigurar a la criatura hecha a su imagen y semejanza, y más aún de impedir la reparación divina de Cristo, el nuevo Adán, y María, la nueva Eva. En la Cruz, el nuevo Adán restaura el orden roto por el pecado como Redentor; al pie de la Cruz, la nueva Eva participa de esta restauración como Corredentora.

El mundo no acepta el dolor y la muerte como justo castigo por el pecado original y los pecados actuales, ni como instrumento de rescate y redención de Cristo. Y es casi una paradoja: el mismo que por la tentación de nuestros primeros Padres introdujo en el mundo la muerte, la enfermedad y el dolor, no tolera que estas mismas cosas puedan ser también instrumento de expiación cuando se aceptan con humildad en para reparar la Justicia fracturada. No tolera que le arrebaten las armas de destrucción y de muerte para convertirlas en instrumentos de reconstrucción y de vida.

El hombre contemporáneo es nuevamente engañado por Satanás, tal como lo fue en el jardín del Edén. Entonces, la Serpiente le hizo creer que desobedecer la orden dada por Dios de no cosechar el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal no tendría ninguna consecuencia; de hecho, la Serpiente le dijo que por tal desobediencia Adán llegaría a ser como Dios. Hoy, la Serpiente engaña al hombre de que estas consecuencias son ineludibles, y que no puede aceptar la muerte, la enfermedad y el dolor como justo castigo, anulándolos en su propio beneficio uniéndolos a la Pasión y Muerte de Jesucristo. Porque al aceptar la sentencia, el reo acepta la autoridad del Juez, reconoce la infinita gravedad de su culpa, repara el delito cometido y expia la sanción que le corresponde. Al hacerlo, regresa a la Gracia de Dios, anulando la obra de Satanás.

Por eso, cuanto más se acerca el fin de los tiempos, más se multiplican los esfuerzos del Maligno para anular no sólo la Verdad revelada por Cristo y predicada a lo largo de los siglos por la Santa Iglesia, sino también para eliminar el concepto mismo de justicia, ese es el fundamento de la Redención, la idea de la necesidad de la pena por la transgresión, de la reparación de la culpa, de la gravedad de la desobediencia de la criatura hacia el Creador. Es obvio que cuanto más se haga creer a los hombres que no han cometido ningún pecado, más pensarán que no necesitan arrepentirse de nada, que no tienen ninguna deuda de gratitud con Dios, que tanto amó al mundo que Él dio a su Hijo Unigénito, obediente hasta la muerte, muerte de Cruz.

Si miramos a nuestro alrededor, vemos cómo esta anulación de la Justicia, del sentido del Bien y del Mal, de la idea de que hay un Dios que premia a los buenos y castiga a los malos, conduce a una rebelión definitiva, irreparable e irremediable contra el Señor, premisa para la condenación eterna de las almas. El juez que absuelve al criminal y castiga al justo; el gobernante que promueve el pecado y el vicio y condena o impide las acciones honestas y virtuosas; el médico que considera la enfermedad como una oportunidad de lucro y la salud como una falta; el sacerdote que guarda silencio sobre las Últimas Cosas y considera como “paganos” conceptos como la penitencia, el sacrificio y el ayuno en expiación de los pecados, todos ellos cómplices, quizás sin saberlo, de este último engaño de Satanás. Es un engaño que por un lado niega a Dios el señorío sobre las criaturas y el derecho de premiarlas y castigarlas según sus acciones; mientras que por el otro viene a prometer bienes y recompensas que sólo Dios puede otorgar: “Todo esto te daré, si te postras y me adoras” (Mt 4,9), se atreve a decir a Cristo en el desierto , después de conducirlo a la cima de la montaña.

Los acontecimientos actuales, los crímenes que diariamente comete la humanidad, la multitud de pecados que desafían a la Divina Majestad, las injusticias de los individuos y de las Naciones, las mentiras y los fraudes cometidos impunemente, no pueden ser derrotados por medios humanos, ni siquiera por un ejército que tomara las armas para restaurar la justicia y castigar a los malvados. Porque las fuerzas humanas, sin la gracia de Dios y sin estar animadas por una visión sobrenatural, son estériles e ineficaces.

Pero hay una forma de combatir este engaño, en el que ha caído la humanidad desde hace más de tres siglos, es decir, desde que ha tenido el orgullo y la presunción de endiosar al hombre y usurpar la Corona Real a Jesucristo. Y este camino, infalible porque es divino, es el retorno a la penitencia, al sacrificio y al ayuno. Ni la vana penitencia de los que corren en cintas de correr, ni el insensato sacrificio de los que se esterilizan para no sobrepoblar el planeta, ni el ayuno vacío de los que se privan de carne en nombre de la ideología verde. Se trata nuevamente de engaños diabólicos, con los que silenciamos nuestras conciencias.

La verdadera penitencia, que la Santa Cuaresma debe animarnos a realizar fecundamente, es aquella por la que cada uno de nosotros ofrece las privaciones y los sufrimientos en expiación de los pecados propios y de los cometidos por el prójimo, por las Naciones y por los hombres de la Iglesia. El verdadero sacrificio es aquel con el que nos unimos con gratitud al Sacrificio de Nuestro Señor, dando un sentido espiritual y un fin sobrenatural al dolor que sin embargo merecemos. El verdadero ayuno es aquel con el que nos privamos de alimentos, no para adelgazar, sino para restablecer la primacía de la voluntad sobre las pasiones, del alma sobre el cuerpo.

Las penitencias, sacrificios y ayunos que haremos durante esta Santa Cuaresma tendrán un valor de reparación y expiación que valdrá para nosotros, para nuestros seres queridos, para nuestro prójimo, para nuestra Patria, para la Iglesia, para el mundo entero, y para las almas del Purgatorio aquellas Gracias que son las únicas que pueden detener la ira de Dios Padre, porque uniéndonos al Sacrificio de Su Hijo transformaremos en un tesoro sobrenatural lo que Satanás hizo para todos nosotros, llevándonos al pecado por desobedeciendo al Señor. Este tesoro restaurará el orden roto y la justicia violada; reparará las faltas que hemos cometido en Adán y también personalmente. Al caos infernal debe oponerse el cosmos divino; al príncipe de este mundo, el Rey de reyes; al orgullo, la humildad; a la rebelión, la obediencia. “A esto, en efecto, habéis sido llamados, ya que Cristo también sufrió por vosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus huellas. […] Él llevó nuestros pecados en su propio cuerpo sobre el madero de la Cruz, para que, ya no viviendo para el pecado, vivamos para la justicia; por sus heridas habéis sido curados” (1 P 2, 21-25).

Concluyo esta meditación citando la Epístola de la Misa del Miércoles de Ceniza: está tomada del libro del profeta Joel, y nos recuerda el papel de los sacerdotes como mediadores e intercesores para amonestar al pueblo de Dios y llamarlo a conversión. Es un papel que muchos clérigos han olvidado, y que incluso rechazan, creyendo que es herencia de una Iglesia caducada, de una Iglesia que no se adapta a los tiempos, de una Iglesia que todavía cree que el Señor debe ser “apaciguado” con penitencia y ayuno.

“Tocad trompeta en Sion, proclamad ayuno, convocad asamblea solemne. Entre el atrio y el altar, que los sacerdotes, los ministros del Señor, lloren y digan: Perdona, Señor, perdona a tu pueblo, y no abandones tu heredad en deshonra, no la hagas esclava de las naciones; para que no digan entre los pueblos: ¿Dónde está su Dios? El Señor ha mostrado celo por su tierra y ha perdonado a su pueblo. Respondió el Señor y dijo a su pueblo: He aquí, yo os envío grano, vino y aceite, y los tendréis en abundancia, y nunca más os pondré en oprobio de las naciones, dice el Señor Todopoderoso (Jl 2 :15-19).

Mientras tengamos tiempo, queridos hermanos y hermanas, pidamos misericordia a Dios; imploremos su perdón y hagamos reparación por los pecados que se han cometido. Porque llegará un día en que se cumplirá el tiempo de la Misericordia y comenzará el día de la Justicia. Dies illa, dies iræ: calamitatis et miseriae; muere magna y amara valde. Ese día será un día de ira: un día de catástrofe y miseria; un día grande y verdaderamente amargo. Aquel día vendrá el Señor a juzgar al mundo con fuego: judicare sæculum per ignem .

Quiera Dios que las admoniciones de Nuestra Señora y de los Santos místicos nos lleven, en esta hora de tinieblas, a convertirnos verdaderamente, a reconocer nuestros pecados, a verlos absueltos en el Sacramento de la Confesión, y a expiarlos con ayunos y penitencias para que el brazo de la Justicia de Dios sea detenido por unos pocos, cuando debería caer sobre la mayoría. Y que así sea.

Carlo Maria Viganò, Arzobispo

2 de marzo de 2022

Fuente: Tradición Viva

miércoles, 15 de abril de 2020

TERCERA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE JULIO DE 1917


Momentos después de haber llegado a Cova de Iría, junto a la encina, entre numerosa multitud del pueblo, estando rezando el rosario, vimos el reflejo de la acostumbrada luz y en seguida a Nuestra Señora sobre la encina.

— Usted ¿qué me quiere?

—Quiero que vengáis aquí el día 13 del mes que viene; que continuéis rezando el Rosario todos los días, en honor de Nuestra Señora del Rosario, para obtener la paz de mundo y el fin de la guerra, porque sólo Ella lo puede conseguir.

—Quería pedirle que nos diga quién es; que haga un milagro para que todos crean que Vd. nos aparece.

—Continuad viniendo aquí todos los meses. En octubre diré quién soy y lo que quiero y haré un milagro que todos han de ver para creer.

Aquí hice algunas peticiones que no recuerdo bien cuales fueron. Lo que me acuerdo es que Nuestra Señora dijo que era preciso rezar el rosario para alcanzar las gracias durante el año y continuó:

—Sacrificaos por los pecadores y decid muchas veces, en especial cuando hiciereis algún sacrificio: "Oh Jesús, es por tu amor, por la conversión de los pecadores y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María."

Al decir estas últimas palabras, abrió de nuevo las manos como en los meses pasados. El reflejo parecía penetrar en la tierra, y vimos como un mar de fuego: sumergidos en este fuego, los demonios y las almas, como si fuesen brasas transparentes y negras o bronceadas, con forma humana, que fluctuaban en el incendio, llevadas de las llamas que de las mismas salían juntamente con nubes de humo, cayendo hacia todos los lados, semejante al caer de pavesas en los grandes incendios, sin peso ni equilibrio, entre gritos y gemidos de dolor y desesperación, que horrorizaban y hacían estremecer de pavor. (Debe haber sido a la vista de esto que di aquel "ay", que dicen haberme oído.) Los demonios se distinguían por sus formas horribles y asquerosas de animales espantosos y desconocidos, pero transparentes como negros carbones en brasa.

Asustados y como para pedir socorro, levantamos la vista hacia Nuestra Señora que nos dijo entre bondad y tristeza:

—Habéis visto el infierno, adonde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlas, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Inmaculado Corazón. Si hicieran lo que os digo se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a terminar. Pero si no dejaran de ofender a Dios, en el reinado de Pío XI comenzará otra peor. Cuando viereis una noche alumbrada por una luz desconocida, sabed que es la señal que Dios os da de que va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones de la Iglesia y del Santo Padre.

—Para impedirlo, vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Inmaculado Corazón y la comunión reparadora de los primeros sábados. Si atendieran mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz. Si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones de la Iglesia. Los buenos serán martirizados; el Santo Padre tendrá que sufrir mucho; varias naciones serán aniquiladas. Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará. El Santo Padre me consagrará Rusia, que se convertirá y será concedido al mundo algún tiempo de paz. En Portugal se conservará siempre el dogma de la fe,. etc... Esto no lo digáis a nadie. A Francisco sí, se lo podéis decir.

—Cuando rezareis el Rosario decid después de cada misterio: ¡Oh Jesús mío, perdónanos, líbranos del fuego del infierno, lleva todas las almas al Cielo, principalmente las más necesitadas! Seguía un instante de silencio, y pregunté:

—Usted ¿no me quiere nada más?

—No. Hoy no te quiero nada más. Y como de costumbre, comenzó a elevarse en dirección al saliente, hasta desaparecer en la inmensa distancia del firmamento.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

jueves, 17 de mayo de 2018

FATIMA, RUSIA, Y ROMA LA SACRILEGA



Dos caras de la misma moneda: mientras el cardenal Reinhard Marx, presidente de la Conferencia de Obispos de Alemania, expresa sendas alabanzas a la obra de Karl Marx, otro cardenal, el arzobispo de Nueva York, Timothy Dolan «bendice» con su presencia el evento «Gala Met», patrocinado por el Museo Metropolitano de Arte, en una exhibición blasfema denominada «Cuerpos celestiales: la moda y la imaginación católica».

Para el evento, la Santa Sede, facilitó más de cuarenta objetos invaluables, procedentes de la sacristía de la Capilla Sixtina, se utilizaron imágenes sagradas de las formas más blasfemas, colocando los ornamentos sacerdotales católicos tradicionales junto a la sacrílega «indumentaria» con el aval del cardenal Gianfranco Ravasi presidente del Consejo Pontificio para la Cultura y de la Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada y admirador de la francmasonería.

También participó el coro de la Capilla Sixtina, y no podía estar ausente el padre James Martin, S.J.

Dios tenga piedad por este sacrilegio que se verifica con el patrocinio de la Jerarquía católica.

I. Las profecías de Fátima

Fátima es, de las apariciones modernas, sin lugar a dudas, la más profética de ellas.

Nuestra Señora dijo: «Si hicieran lo que yo les voy a decir se salvarán muchas almas y tendrán paz».

Los pedidos generales fueron: 1) Conversión; 2) Rezo cotidiano del Santo Rosario para alcanzar la paz para el mundo y el fin de la guerra. 3) Rezar mucho y hacer sacrificios por los pecadores, pues muchas almas van al infierno, por no tener quien se sacrifique y pida por ellas; 4) En la visión final del 13 de octubre de 1917 Nuestra Señora presentó silenciosamente el Escapulario del Carmen, un gesto que indica que Ella quiere que todos lo llevemos; 5) La Comunión Reparadora de los primeros sábados.

En particular, para impedir el castigo del mundo por medio de la guerra, el hambre y las persecuciones contra la Iglesia y el Santo Padre: Vendré a pedir la consagración de Rusia a Mi Corazón Inmaculado y la Comunión Reparadora de los primeros sábados.

El 13 de junio de 1929 en Tuy, España, Nuestra Señora, en una aparición imponente y sublime, que representaba a la Santísima Trinidad, Ella dijo a la Hermana Lucía: Ha llegado el momento en que Dios pide que el Santo Padre haga, en unión con todos los obispos del mundo, la consagración de Rusia a Mi Corazón Inmaculado.

En las revelaciones de Fátima hay un marcado acento sobre la pecaminosidad del mundo, y es importante observar cómo se relaciona esto con las ideas que se apuntan arriba para ayudar al mundo a recobrar la conciencia de su propia pecaminosidad. Nuestra Señora dejó en claro por sobre cualesquier duda, que lo más importante es la enmienda de la vida. Dijo la Señora que si el mundo no se convierte, se acercará a la humanidad un tiempo de gran pena, un clima trágico de oscuridad y destrucción.

II. Marx al servicio de Satanás

Los escritos de Marx exponen el propósito verdadero del comunismo: el exterminio de la religión y la abolición de todas las libertades bajo una dictadura única-mundial; que el enemigo último del marxismo no es el capitalismo, sino Dios mismo: No es la religión la que crea al hombre, sino el hombre que crea la religión.

Por eso el comunismo, es esencialmente, y por último una guerra contra la religión, no es una ideología política, ni un sistema social, sino la guerra del infierno contra Dios.

Fátima es la aparición mariana clave de nuestros días, porque el mensaje de nuestra Señora no puede ser comprendido completamente sin conocer el comunismo ateo.[1]

«Lucifer lanzó el primer golpe, el primer grito de revolución. Ese grito repercute hasta hoy: “Non serviam” – “¡No serviré!” – (Jr 2, 20). Es decir, “No me inclinaré, no obedeceré a esa criatura unida al Creador, que Dios quiere crear. Yo soy un ángel, soy un espíritu puro, soy el más espléndido de todos los ángeles, ¡no voy a aceptar esa propuesta!” Y cuando él gritó “¡No serviré!”, ese grito produjo una impresión enorme sobre los otros ángeles. Y se estableció en el Cielo la primera de todas las revoluciones».[2]

La rebelión contra Dios se manifestó en la era apostólica bajo la forma del gnosticismo, en la Edad Media bajo el dualismo gnóstico de los albigenses, irrumpió a comienzos de la Edad Moderna (siglo XVI) con Martín Lutero que proclamó tener fidelidad a Dios y a Nuestro Señor, pero rechazó a la Iglesia.

«El primer gran acto de rebelión política organizada contra Dios. Fue una consecuencia de la negación y de las rupturas del siglo XVI, del enfriamiento de la fe del siglo XVII, de la exaltación de la razón del siglo XVIII, y de la explotación de esta rebelión por el poder de la Francmasonería».

La ideología atea y violentamente antirreligiosa de la Iluminación fue la base del ataque moderno contra la Civilización Cristiana y es la base ideológica sobre la cual Marx modeló su doctrina corrupta del comunismo ateo.

La rebelión contra Dios tuvo así su culmen, en la Revolución Comunista de Rusia, y es en esa oportunidad culminante de la historia, cuando Dios intervino en ella mediante los sucesos de Fátima en 1917. En el mismo instante en que se había desatado el Anticristo, no sólo en contra de la verdadera religión sino en contra la profunda idea de Dios y contra la misma sociedad.

El «azote satánico» como denominó al comunismo el Papa Pío XII [3], se convirtió en una especie de «religión», atribuyendo a la materia cualidades espirituales, e incluso creadoras y divinas. Dios ha sido expulsado de su trono y en su lugar se coloca el hombre atribuyéndose el ser dios. Éste declara como Lucifer: «no serviré».

En 1917, la Virgen se apareció y dio la voz de alarma precisamente al mismo tiempo que Lenín y Trotsky llegaban a Petrogrado e iniciaban la revolución comunista.

Cuando con la victoria bolchevique, el «Dragón Rojo» surgió en el oriente europeo, en Leningrado, (entonces Petrogrado), en el otro extremo de Europa, en Fátima, apareció la «Mujer vestida del Sol».

«Precisamente en el mismo instante en que la extremidad oriental de Europa se había desatado el Anticristo” no sólo en contra de la Verdadera Religión, sino también contra la profunda idea de Dios y contra la misma sociedad, mediante la más terrible mortandad de la historia, he aquí aparecer en la extremidad occidental de la misma Europa a la grande y eterna enemiga de la serpiente infernal».[4]

No fue escuchada la petición de nuestra Señora a Sor Lucía. Rusia no se convirtió. Vino la II Guerra Mundial y los errores de Rusia se esparcieron por todo el mundo.

La consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María, de acuerdo al pedido de nuestra Señora, significa una ceremonia simultánea por todos los obispos y el Papa: «Si atendieran mis peticiones Rusia se convertirá y habrá paz».

«Ellos [un futuro Papa no identificado en unión con los obispos del mundo] lo harán, pero será tarde. Rusia ya habrá extendido sus errores en todo el mundo».

Nuestra Señora de Fátima ha venido a desenmascarar al dragón rojo del ateísmo comunista, a señalarlo como castigo de Dios y a aplastarle la cabeza. Esta es la gran promesa de Fátima, la cual se cumplirá con toda certeza.[5]

III. Roma

Con motivo del segundo centenario del nacimiento de Karl Marx, el cardenal Reinhard Marx, que lideriza el «nuevo paradigma» católico en lo que se refiere a moralidad sexual, aplaude las enseñanzas del padre del comunismo y afirma que Marx influyó inequívocamente en la doctrina social católica, y que el «Manifiesto Comunista» le ha «impresionado» encontrando los escritos señalados «fascinantes», «de una gran energía y un gran lenguaje».

Es que la secta roja, buscó por todos los medios instrumentalizar a la Iglesia convirtiéndola en auxiliar de la Revolución marxista promoviendo la Teología de la Liberación, con un plan hábilmente desarrollado enfatizando en que el Reino no es para la otra vida, sino para esta, empleando un lenguaje seductor y una táctica gradualista a fin de presentar a la Revolución y al cristianismo como movimientos paralelos que convergían en el amor por los pobres. Propuesta que sedujo a muchos sacerdotes e intelectuales cristianos a la causa revolucionaria. En efecto, muchos sacerdotes y pastores seguidores del Modernismo que estaban en busca de una nueva evangelización que acentuara la preferencia por los pobresse afiliaron acríticamente a las filas del marxismo sin darse cuenta que colaboraban con los enemigos de la Cristo, la Iglesia, el Estado y la sociedad cristiana, porque creían que proclamaba la redención del proletariado; de hecho si la proclamaba para atraer a las masas y a los intelectuales, pero su fin verdadero era someter y despojar a todas las naciones y pueblos gentiles, comunizándolos bajo el imperio y dominio de un gobierno mundial.[6]

Así, podemos afirmar que los errores de Rusia han superado no solo el mundo, sino humanamente hablando, a la misma Iglesia, en particular como se está haciendo evidente durante el actual pontificado, muy en contra de la doctrina perenne de la Iglesia, como lo enseñara el Papa Pío XI en la Encíclica de 1937, Divini Redentoris, afirmando que el comunismo es un «flagelo satánico» e «intrínsecamente perverso»:

«Queremos, por tanto, exponer de nuevo en breve síntesis los principios y los métodos de acción del comunismo ateo tal como aparecen principalmente en el bolchevismo, contraponiendo a estos falaces principios y métodos la luminosa doctrina de la Iglesia y exhortando de nuevo a todos al uso de los medios con los que la civilización cristiana, única civitas verdaderamente humana, puede librarse de este satánico azote y desarrollarse mejor para el verdadero bienestar ele la sociedad humana».[7]

«Toda la verdad sobre Fátima. El Tercer Secreto» es la monumental obra de 850 páginas de Fray Michel de la Sainte Trinité, profundo estudio en el que concluye consistente y convincentemente en que el Tercer Secreto es una grave advertencia de apostasía dentro de la misma Iglesia Católica y una acusación seria a aquellos miembros de la Jerarquía Eclesiástica que han promovido la disidencia y la herejía.

En las conclusiones de su estudio sobre el Tercer Secreto el reconocido erudito del Mensaje de Fátima, sintetiza de la siguiente manera:

Al llegar al final de nuestra investigación, podemos discernir, casi con certeza, los elementos esenciales del secreto final de Nuestra Señora: mientras «en Portugal, se conservará siempre el dogma de la Fe», en muchas naciones, tal vez en casi todo el mundo la Fe se perderá. Los pastores de la Iglesia faltarán gravemente a los deberes de su oficio: por culpa suya, las almas consagradas y los fieles en gran número se dejarán seducir por errores perniciosos repartidos por todas partes. Será el momento de la batalla decisiva entre la Virgen y el diablo. Una oleada de desorientación diabólica se cernirá sobre el mundo. Satanás mismo se introducirá hasta la cumbre más alta de la Iglesia. Él cegará las mentes y endurecerá el corazón de los pastores, y Dios los entregará a sí mismos como un castigo por negarse a obedecer las peticiones del Inmaculado Corazón de María. Esta será la gran apostasía predicha para los «últimos tiempos»; «el falso cordero» y «el falso profeta» traicionarán a la Iglesia para beneficio de «la bestia», de acuerdo a la profecía del Apocalipsis.

Monseñor Antonio de Castro Mayer, declaraba el 30 de junio de 1988: Es lamentable ver la ceguera de tantos cohermanos en el episcopado y el sacerdocio, que no ven o no desean ver la crisis actual, ni la necesidad de resistir al modernismo gobernando momentáneamente, para ser fieles a la misión que Dios nos ha confiado.

Que la Santísima Virgen, nuestra Madre, que en Fátima nos advirtió maternalmente de la gravedad de la situación actual, nos conceda la gracia de poder, con nuestra actitud, ayudar e iluminar a los fieles de tal manera que se distanciarán de estos errores perniciosos, de los que son víctimas, engañados como lo son por muchos de los que han recibido la plenitud del Espíritu Santo.

Germán Mazuelo-Leytón
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[1] Cf.: LEONARD, PABLO, Se oculta la totalidad del mensaje de Fátima.

[2] CORREA DE OLIVEIRA, Dr. PLINIO, de una conferencia el 11-8-1995.

[3] Pio 12, Encíclica del Redentor, 19-03-1937.

[4] SHEEN, Mons. FULTON J, La Virgen y Rusia.

[5] MURA, P. GÉRARD, Fátima, Roma, Moscú.

[6] Cf.: PINAY, MAURICE, Complot contra la Iglesia.

[7] PAPA PIO XI, Encíclica Divini Redemptoris, n ° 7.


sábado, 8 de abril de 2017

EL TESTAMENTO DE FÁTIMA: ÚLTIMO RECURSO



"Cosas espantosas y extrañas sucedieron en esta tierra: los profetas profetizaban la mentira y los sacerdotes aplaudían con sus manos; y mi pueblo amó esas cosas. ¿Qué castigo no vendrá sobre esta gente al fin de todo esto?". (Jeremías)


La reunión de los "representantes de las grandes religiones del mundo", convocados en Asís por Juan Pablo II para rezar por la paz, fue el espectáculo, televisado en toda la Tierra, del congraciamiento de la Iglesia conciliar con las creencias, las logias, las sinagogas y las idolatrías que celebran a los dioses y a los hombres en el Panteón del mundo.

Al acto abominable, que parece haber contado con un consenso general de la Jerarquía y al agrado indiferenciado de un público indefinible, se le puede aplicar el lamento del profeta Jeremías sobre la decadencia y corrupción de la Jerusalén antigua: "Cosas espantosas y extrañas sucedieron en esta tierra: los profetas profetizaban la mentira y los sacerdotes aplaudían con sus manos; y mi pueblo amó esas cosas. ¿Qué castigo no vendrá sobre esta gente al fin de todo esto?"

La gravedad del hecho presente, sin embargo, no puede encontrar un equivalente en el Antiguo Testamento porque aconteció después de la venida de Nuestro Señor, en el recinto de su Iglesia y promovido por Su Vicario. Es un acto extremo en la Historia que, ciertamente, así estaba profetizado. Es la abominación de la desolación puesta en el Lugar Santo de que habló Jesús. Es el culto del hombre y la Apostasía general descrita a los Tesalonicenses.

Nuestra generación entera está envuelta en lo que fue apenas el espectáculo público de un largo y devastante terremoto espiritual que, desde hace mucho, viene destruyendo a nuestra Iglesia. La acumulación de errores y ofensas humanas contra Dios en los últimos siglos fue visible a través de sus resultados en guerras y revoluciones, pero sólo ahora es visible también a través de la destrucción de la Viña espiritual, de la "Religio depopulata".

Jamás fue tan evidente el estado lamentable del hombre decaído como en este siglo, en que pretendió extender su dominio hasta en el espacio cósmico con la soberbia que no entiende ni siquiera el alcance de sus delitos que, ciertamente, no puede reparar. Pero algo podemos hacer. Podemos reconocer la infinita gloria de Dios, cuya Misericordia también en este siglo nos dio una Señal extraordinaria que quedó ignorada.

Debemos entonces reparar y hacer penitencia con todo nuestro corazón, comenzando por un examen de conciencia hecho con toda nuestra mente. Y tratándose de cuestiones que envuelven a la humanidad entera, debemos recurrir al conocimiento histórico, con la certeza moral de que así como en todas las épocas los pueblos recibieron avisos y señales celestes que los ayudaron, nosotros también los recibimos. No sólo esto, sino que como los avisos deben ser proporcionales a los peligros, nuestra generación recibió señales incomparables.

Si somos incapaces de reconocer esas señales dadas para la preservación de la Fe, la carencia no está ciertamente en ellas sino en nuestra fe miope y anémica. De cualquier modo, siendo los designios divinos inmutables, seremos valorados, temprano o tarde, en función de la ayuda recibida. Veamos entonces rápidamente cómo ésta fue dada desde hace tres siglos, esto es, desde un siglo antes que estallase la Revolución Francesa, para llegar al "Signum Magnum" presente, que todavía espera la atención de nuestra fe.

En 1689, el rey de Francia Luis XIV, en el auge de su poder, recibió a través de su confesor, P. La Chaise S. J. (o de la princesa María Beatriz d'Este), un pedido transmitido por el Sagrado Corazón de Jesús a Santa Margarita María Alacoque, para que Le consagrase su Reino sobre el cual descendería la protección celeste.

En aquellos mismos años, Dios suscitaba la vocación sacerdotal de un joven que sería uno de los mayores apóstoles franceses del yugo suave a Nuestro Señor, en contraposición a la liberación de cuño filosófico y anticatólica que se esparcía por el país. En la contemplación de la Cruz y en la devoción a Nuestra Señora, S. Luis Grignion de Montfort fue un precursor y profeta de la intervención final de María Santísima para la salvación de la Iglesia.

Pues bien, Luis XIV, aunque heredero de una tradicional devoción católica, a la cual es atribuida la gracia de su nacimiento, no correspondió al pedido divino y, exactamente cien años después, en 1789, la Revolución despojaba de sus poderes a la monarquía de los Borbones. Luis XVI y familia intentaban hacer en la prisión la consagración pedida, pero era tarde, las cabezas reales cayeron como la cruz grande del Calvario de Pont-chateau que S. Luis María había levantado con los campesinos, pero que Luis XIV mandó demoler. La única resistencia real contra la Revolución vino de aquellos campesinos de la Vendée donde el gran Santo de la devoción a la Santísima Virgen había evangelizado.

Al recordar estos hechos en nuestro siglo, fue Nuestro Señor diciendo a la Hermana Lucía, la vidente de Fátima: "Haz saber a Mis ministros que como ellos sigan el ejemplo del Rey de Francia en retardar la ejecución de Mi pedido, ellos lo seguirán en la desgracia. Nunca será tarde por demás para recurrir a Jesús y a María." La referencia era al pedido de consagración de Rusia hecho a través de Nuestra Señora de Fátima, ya no a los reyes sino a los papas. Pero veamos la evolución histórica de esa "escalada".

La victoria de la Revolución sobre la Francia católica produjo el caos del terror y a éste sucedió, naturalmente, un gran dictador. Y fue así que, a través de Napoleón, los "ideales revolucionarios" fueron de frente, triunfalmente por el mundo, hasta que las imposiciones liberales encontraron la resistencia de un orden social abatido, pero todavía capaz de defenderse. La Francia volvió entonces a los Borbones con Luis XVIII, seguido de su hermano Carlos X. Con ellos volvía la obra de colonización centrada sobre las misiones católicas, contraria a cualquier revolución. Pero el mundo estaba minado.

En la noche entre los días 18 y 19 de julio de 1830, la joven religiosa Catalina Labouré, que se volvió santa conociendo poco del mundo y de la política, vio en la Capilla de la "Rué du Bac", a Nuestra Señora que, con los ojos llenos de lágrimas, profetizó grandes desgracias que estaban por descender sobre el mundo.

Días después, el 30 de julio, una nueva revolución llevaba al poder a Luis Felipe, duque de Orleáns, que, aunque religiosamente fuese un escéptico, sería conducido por los poderes que lo condicionaban a hacer una política siempre más hostil a la Iglesia y a su acción evangelizadora y misional. No era más la revolución abierta y frontal, sino una larga y sutil demolición de las bases católicas de Europa. La Jerarquía y el Clero, ayudados por los extraordinarios milagros de la Medalla de Nuestra Señora, resistían, aunque diezmados e infiltrados por las nuevas ideas.

El día 19 de septiembre de 1846, en la deshabitada montaña de La Salette, dos pastorcitos que apenas conocían el dialecto local ven y oyen a la Señora que llora. Reciben un gran Mensaje sobre los peligros que amenazan a Francia y al mundo, con el pedido de que lo hicieran pasar a todo Su Pueblo, y revelar el Secreto en 1858.

Era la víspera de acontecimientos históricos que condicionarían las épocas futuras, como ser la publicación del manifiesto de Karl Marx y las revoluciones europeas de 1848, que transformarían la vida de las naciones de casi todo el mundo. Nuestra Señora avisaba contra el poder masónico que, a través de Napoleón III, iría a desencadenar un ataque directo contra Roma católica, preludio de una abertura apocalíptica.

Quien lee el Mensaje de La Salette, cuya mensajera fue perseguida continuamente y murió exiliada en Italia, encontrará allí el aviso del comienzo de las profecías de San Juan, cuando habla de la abertura del pozo del abismo. El Mensaje conmovió al Papa Pío IX y a su sucesor León XIII, que hospedaron a Melania en Roma para que escribiese los pormenores de la Orden de los Apóstoles de los últimos tiempos, dictados por Nuestra Señora.

La ayuda maternal fue acogida, sin embargo, de modo muy limitado. Se puede imaginar qué victoria habría sido para la Religión católica si durante las Apariciones y milagros de Lourdes el fervor católico hubiese sido dirigido, por la Jerarquía y Clero, a la oración y penitencia para reparar a Dios y evitar los males profetizados en La Salette, que Nuestra Señora pedía fuese conocida en aquel mismo año de 1858. Pero el proyecto de muchos obispos y padres era diverso. Aquel mensaje ofendía la frialdad religiosa de tantos y la vidente Melania fue enclaustrada en Inglaterra para asegurar mejor su silencio.

Y he aquí que Roma católica fue duramente atacada durante el Concilio Vaticano I, por dentro y por fuera. Los masones promovían anticoncilios en el campo de las ideas y la toma de Roma en el campo militar. El Papa volvióse un prisionero en su Palacio. Lo que había sido profetizado para la historia de los pueblos había acontecido, pero lo que había sido profetizado para la Iglesia acontecía sólo en el plano material, como ser un ataque externo. Pío IX exigía barreras doctrinales sólidas contra los errores del mundo, así como el Papa León XIII que lo sucedió y que tuvo la visión del ataque demoníaco a la Iglesia, razón por la que estableció que fuesen acrecentadas oraciones y exorcismos después de las misas.

La Misericordia divina se manifestó después de la muerte de este Papa enviando al mundo, a través de la Iglesia, a un santo Pastor que no se cansó de predicar la verdadera paz que consiste en instaurar todo en Cristo. Pero el odio revolucionario que tramara la destrucción de todo poder católico todavía precisaba desmembrar a Austria. Un mundo sordo a los llamados de S. Pío X marchó entonces para la terrible [1]Gran Guerra.

El Papa santo murió en vísperas de ese horrendo conflicto que marcaría el principio del fin de la Civilización cristiana que llevara al mundo toda la Ley revelada.

El año crucial: 1917

Entre las principales maquinaciones actuales, laicas o eclesiásticas, para socavar el sentido cristiano de la historia humana, está la difusión de la idea de que las eventuales señales celestes (hasta que no encuentren otra explicación) sean todas más o menos iguales y fortuitas. Así serían, por ejemplo, las Apariciones marianas, de las cuales mencionamos las principales, ampliamente reconocidas por la Iglesia.

Como se vio a través de los sucesos históricos, justamente lo contrario es verdadero. A los pedidos del Sagrado Corazón de Jesús que quedaron sin atender, dando libre curso a los proyectos revolucionarios, sucediéronse en la escalada de los sucesos anticristianos las intervenciones proféticas y taumatúrgicas de la Virgen Inmaculada. Que éstas estaban en los designios de Dios desde el Génesis nos lo demuestran las Escrituras y la Tradición, además de la constante recordación venida por boca de los Santos, de entre los cuales S. Luis María.

La visión de María Santísima, más terrible para el Demonio y sus secuaces que un poderoso ejército equipado para la guerra, se fue develando a los cristianos, siempre más abatidos y asediados, en una secuencia perfectamente ordenada hasta el acontecimiento de Fátima. Por el conocimiento de la historia podemos verificar esto. No solamente esto, sino que en la profundidad de los mensajes y de sus avisos podemos entender mejor la Historia.

Después de haber visto cómo, en el curso de los acontecimientos mundiales, por haber los hombres ignorado los llamados en nombre de la Verdad y de la Justicia, se llevó a un conflicto enorme y sin salida, precisamos entender cada detalle de la Aparición de Fátima, que nada tiene de fortuita, siendo suscitada por Quien es la Causa de las causas.

Esto puede ser hecho a la luz de la historia reciente, observando la importancia del año 1917 en que Nuestra Señora apareció y habló para preparar acontecimientos insuperables por la importancia escatológica. Y debe ser hecho en el reconocimiento de la causa próxima de esa intervención celeste, que pasa siempre por la Sede de intervención permanente: la Iglesia,

En la primavera de 1917, la Gran Guerra, que ya había cobrado millones de muertos, parecía no tener fin, tan lejos estaban los hombres de solucionar sus problemas. Sucedió entonces que el Papa Benedicto XV fue llevado a pedir pública y universalmente la intervención celeste a través de María, dando instrucciones a su Secretario de Estado a fin de que todos los Obispos del mundo hiciesen añadir a una de las más frecuentes oraciones de los fieles, la Letanía lauretana, la imprecación —Regina Pacis, ora pro nobis—. Esa carta es del día 5 de mayo de 1917.

El día 13 de mayo, ocho días después, la Reina de la Paz se aparece a tres pastorcitos, en Fátima, para traer un gran Mensaje conteniendo la causa de las guerras y los medios necesarios para evitarlas, tanto como los males crecientes que estaban por desencadenarse en el mundo. Eran los pedidos y las promesas del Inmaculado Corazón de María que, debido al enfriamiento de la fe y de la caridad en la Iglesia, quedarían hasta hoy olvidados.

El Papa había pedido la ayuda celeste y recibió una pronta respuesta, en mayo de 1917, a través de las Apariciones que se repitieron, por seis veces, hasta el 13 de octubre de 1917, cuando el extraordinario milagro del sol, hecho —para que todos diesen fe— delante de millares de personas, mostró el sello divino del Acontecimiento de Fátima. Para quien precisase de un sello histórico, helo aquí: días después la Revolución bolchevique tomaba el poder en Rusia, condicionando desde entonces la vida social del mundo.

Esa estrecha sucesión de fechas ya podría bastar para mostrar al Acontecimiento de Fátima como la mayor señal profética de la Era cristiana, después de los tiempos apostólicos. Pero aquella fecha fue crucial para otros diversos acontecimientos. La Masonería había conseguido tal poder que sus adeptos fueron a desafiar a la Iglesia en la propia Plaza de S. Pedro, con un pequeño paseo que exaltaba a Satán reivindicándole el trono papal, en el aniversario de Giordano Bruno. Se formaba la Sociedad de las Naciones, basada sobre los derechos humanos masónicos. Se daba la señal verde para la formación del Estado de Israel con la Declaración del ministro inglés Balfour, evocando en esto el fin del tiempo de las naciones, conforme a S. Lucas (21, 24).

La cuestión principal para los católicos, que podrían añadir tantos otros acontecimientos de orden político y social en esa fecha, es saber si a la sólida embestida externa a la Iglesia, de los poderes del mundo, en esa fecha crucial, no correspondía también una subterránea demolición interna. Esto había sido previsto por S. Pío X, quien, años antes, había condenado y combatido el modernismo, sumidero interno de veneno y herejías.

Pues bien, hoy sabemos que también dentro de la Iglesia, desde 1917, si no hubo una revolución radical, hubo una mutación caracterizada por el espíritu de concordato que pronto daría lugar al espíritu de compromiso, precursores del espíritu conciliar. Y esto quedó luego evidenciado por el comportamiento eclesial ante el extraordinario Acontecimiento de Fátima que, desde el comienzo, fue una piedra de tropiezo, una señal de contradicción. Era un aviso salvador de la Iglesia Celeste que la Iglesia militante tenía dificultades de recibir, entender y cumplir. ¿No es ésta una señal premonitoria de tiempos apocalípticos? He aquí que hemos llegado al encuentro ecuménico de Asís. Consideremos la actitud de los Papas, desde 1917, en relación a Fátima. Benedicto XV pidió la intervención de María Santísima por la paz, en modo universal, y fue atendido. No dio señal alguna, sin embargo, de reconocer la respuesta. Pío XI, citado en el Mensaje, apoyó el culto de Fátima e instituyó la fiesta de Cristo Rey, pero no atendió a la consagración pedida. Pío XII, llamado el Papa de Fátima, atendió personalmente a ese pedido, pero sin ordenarlo a los Obispos. Promulgó el Dogma de la Asunción y tuvo cuatro visiones del milagro del sol en los Jardines Vaticanos, pero su consagración de Rusia fue incompleta.

Mientras tanto, el Tercer Secreto del Mensaje de Fátima había sido llevado al Vaticano para ser conocido en 1960. Pío XII murió en 1958, parece, sin conocerlo; Juan XXIII leyó el Secreto, pero debe de haberlo considerado por demás inverosímil o nocivo a sus proyectos conciliares porque mandó archivarlo. Más tarde inauguraría el Concilio Vaticano II diciendo querer apartarse de los profetas de desgracias. Paulo VI continuó y concluyó ese concilio, cuya respuesta a Fátima veremos enseguida.

Este Papa fue a Fátima en 1967 (50 años de las Apariciones), después de haber ido a la ONU, pero les habló de justicia y paz sin mencionar los medios ofrecidos por Nuestra Señora de Fátima para obtenerlas. Fue el Papa que adaptó la Santa Misa a los protestantes, que transfirió la libertad de la Iglesia a las conciencias de los ciudadanos del mundo y, la Tiara, símbolo de la soberanía de Cristo Rey, a los pobres. No escondió que ponía toda su esperanza de paz en la ONU y murió angustiado por el aumento de las matanzas y terrorismos.

Veamos ahora cómo el Concilio de los Papas Juan y Pablo se comportó en relación a Nuestra Señora de Fátima. Había en este sentido cuatro grandes cuestiones: —Las Apariciones venían a evidenciar la verdad siempre acreditada por la Iglesia, acerca de la Mediación de María Santísima. Este era el asunto de un esquema especial preparado sobre Nuestra Señora; —Los Novísimos se tornaban una prioridad pastoral para nuestra época incrédula e indiferente y habían sido recoedados con fuerza en Fátima, por la visión del infierno a los pastorcitos; —El mayor mal de nuestra época es el comunismo "intrínsecamente perverso" que multiplica sus opresiones y persecuciones. Es el gran error esparcido por Rusia, como había avisado Nuestra Señora de Fátima; —La gran promesa y única salida para esos errores impuestos por una potencia militar sin precedentes históricos fue ofrecida en Fátima a través del pedido de la consagración de Rusia al Inmaculado Corazón de María hecha por el Papa junto con todos los Obispos católicos. El Concilio era la ocasión ideal.

Estas cuestiones fueron recordadas también por centenares de Padres Conciliares, lo que agrava todavía más la sistemática censura que recibieron del principio al fin del Concilio. Veamos. Ya desde el comienzo, se levantó la oposición de las fuerzas neo-ecumenistas a todo lo que recordase a la Madre de Dios que los Protestantes no aceptan. —El esquema especial fue reprobado y fundido con el esquema sobre la Iglesia, evitando tratar acerca de la Mediación de María;[1] —El recuerdo de los Novísimos: Muerte, Juicio, Infierno y Gloria, debe de haber sido considerado por demás infantil para ser repetido en sede tan alta, porque en los documentos conciliares poco o nada se habla de eso, pero especialmente del Infierno, que Nuestra Señora quiso hacer recordar por la Iglesia con las Apariciones de Fátima; —Sobre el comunismo, se supo después que había un veto implícito de discutirlo y, más todavía, de condenarlo, resultado de un compromiso para obtener la presencia de los representantes del Patriarcado de Moscú que, desde hacía mucho, era una "filial religiosa" del gobierno soviético; —Está claro que en esas circunstancias la Consagración pedida era irrealizable. El Mensaje ya había sido dejado de lado y puesto en un cajón antes, mostrando que el espíritu del Concilio es antagónico al espíritu de Fátima, a pesar de todos los engaños y apariencias.

Cuando después se analizaron mejor los documentos de ese Concilio antimariano, quedó clara la acción de un espíritu herético y cismático que estaba contra Fátima como estaba contra la misma doctrina católica. La gravedad del hecho se mostró enteramente por los frutos conciliares que llevaron a la inexorable autodemolición de la Iglesia.

—"Las cosas más espantosas y extrañas sucederán en este siglo —los profetas profetizaban la mentira y los sacerdotes aplaudían con sus manos; y los católicos simpatizaron con esas cosas...". Se completaba el cuadro monstruoso que vivimos: El mundo poseído por una potencia atea, por los poderes masónicos y panteístas, por la Sinagoga anticristiana y por el Islam antitrinitario y todos en contubernio con la Babilonia conciliar. He aquí la dimensión del aviso de Fátima que no supimos ver.

Al fin, el triunfo de María

En la miopía espiritual que envuelve a multitudes de católicos, parece imposible ver que el Acontecimiento de Fátima, que ya demostró su dimensión en la historia de la Iglesia, está apenas en el principio. Las palabras del profeta Daniel, cuando habla de la piedra que se desprende del monte sin intervención de manos humanas y va a abatir al coloso que domina sobre los pueblos, deben parecer inverosímiles hoy, como la conversión del Imperio Romano al Cristianismo debería parecer a los paganos en el tiempo de Constantino. Y con todo, el designio de triunfo del Reino de Dios no sólo fue como es, una realidad viva en la Historia, sino que es la razón misma de la historia de los hombres.

Es la Fe que ilumina esta verdad repetida en el Mensaje de Nuestra Señora de Fátima. Pero la verdad se sustenta por sí sola, igualmente sin nuestros sentimientos y devociones. Vamos entonces a preparar un razonamiento sobre la situación presente, para que consideremos mejor lo que los católicos deben pensar, esperar y hacer en relación al mundo, en el momento actual.

La gravedad de la degeneración moral y cultural presente se revela por el desorden, la discordia y la destrucción del ambiente, que nunca fue tan global e insoluble porque los hombres nunca estuvieron tan armados y equipados para la autodestrucción y tan indiferentes o desviados de los valores vitales que sólo la Religión puede dar. De hecho, el meollo de todo problema humano es de orden religioso. Y cuando predomina el desamor por la verdad, se instaura la operación del error que hace que los indiferentes a la verdad crean en la mentira y se complazcan en la iniquidad.

Esa decadencia religiosa lleva al estancamiento final de que habló Nuestro Señor: "Y por la multiplicación de la iniquidad se enfrió la caridad en muchos." Ahora, como sólo la caridad en la verdad puede vencer la iniquidad, cuando falta no hay más salida humana posible. En otras palabras, cuando la sociedad está en crisis moral, sólo la caridad de la Iglesia puede ayudarla, pero si ésta se enfrió, no hay más recursos en la tierra. En el diálogo con el mundo, muchos pastores hoy llegan a justificar sus males y errores.

Esto quedó claro ante el Mensaje de Fátima, donde Nuestra Señora había hablado de los errores esparcidos por Rusia, o sea, del ateísmo y del comunismo soviéticos, que ya habían sido acusados y condenados por la Iglesia antes del Concilio como doctrinas intrínsecamente perversas con las que cualquier forma de cooperación era imposible. Si esos males avanzan en el mundo sin la resistencia de la Fe y de la Caridad, ¿no pueden destruirlo?

Con esas consideraciones, podemos decir que la situación presente es de una gravedad sin precedentes históricos, sea por las dimensiones de los males que amenazan a los hombres, sea por la carencia de las defensas reales de que disponemos. Pero, ¿no es justamente esto lo que fue profetizado por Nuestra Señora de Fátima? ¿Y no fue justamente por esto que nos fueron ofrecidos medios sobrenaturales imprescindibles para salir de ese espantoso estancamiento?

Volvamos a la profecía de los males presentes, dada el día 13 de julio de 1917, después que la Madre de Dios mostró el Infierno a los tres niños para acentuar la gravedad de Sus palabras: "Si hicieren lo que Yo voy a deciros, se salvarán muchas almas y tendrán paz. La guerra va a acabar, pero si no dejan de ofender a Dios... [El] va a castigar al mundo por sus crímenes por medio de la guerra, del hambre y de persecuciones a la Iglesia y al Padre Santo." Notemos en par­ticular: el condicional "si" [repetido más de tres veces]; el castigo del mundo por medio... de persecuciones a la Iglesia y al Padre Santo.

El condicional configura ahí la única salida, que no hace más que confirmar el análisis de la situación objetiva presente, sin mencionar el hecho de que esa ayuda celeste ha sido necesaria y ha entrado en los designios de Dios, tornándola única y suprema. Negarlo sería considerar los consejos divinos como superfluos, coyunturales o mutables. Porque no se supo leer y atender el Mensaje, estalló la Segunda Guerra y Rusia esparció sin obstáculos sus errores por el mundo, como fuera profetizado.

En cuanto al castigo del mundo por medio de persecuciones a la Iglesia y al Papado, sólo puede ser comprendido a la luz de la realidad arriba descrita: esto es, en la doctrina católica y en el testimonio valiente de la verdad por parte del Papa y de los Fieles consagrados están las únicas barreras verdaderas a los males que destruyen las sociedades humanas. Faltando éstas debido a una persecución destructora externa o, peor todavía, interna, los errores y los males avanzarán en el mundo hasta destruirlo. Atacando la verdad, el mundo perece por la mentira. Y con esto tenemos también la confirmación de que los últimos recursos no están más en este mundo.
Pasemos entonces a lo que debemos esperar y hacer para que esa tragedia cese.

Los católicos saben que las puertas del Infierno no prevalecerán Jamás sobre la Iglesia, a pesar del estado decadente de sus miembros jefes, pues Ella fue ordenada por Dios para salvación de los hombres y para testimonio perenne de Su gloria. Pero saben también que serán puestos a prueba, a fin de que la fe, la esperanza y la caridad se libren de todo vínculo de voluntades humanas y busquen solamente hacer la voluntad de Dios.

El auge de esa prueba fue para el Pueblo elegido el dominio extranjero de Jerusalén y la destrucción del Templo. En la reedificación de éste y en la victoria final, cuando todo parecía humanamente perdido, se manifestó para todo el mundo la gloria del Dios de los ejércitos. No será diferente hoy para la Iglesia. Sus victorias no dependen de los hombres, sino del cumplimiento, por parte de éstos, de los designios victoriosos del Salvador.

He aquí, entonces, que la aparente destrucción de la Iglesia por parte de su propia Jerarquía y Clero entra ciertamente en los insondables consejos divinos manifestados en este siglo, en Fátima. Nuestra Señora dijo, el 13 de julio de 1917: "Al fin mi Corazón Inmaculado triunfará. El Padre Santo Me consagrará Rusia, que se convertirá, y será concedido al mundo algún tiempo de paz." Y "al fin" evidencia un largo vacío.

Años más tarde, cuando el Mensaje de Fátima continuaba ignorado, el Divino Maestro manifestaba nuevamente Su voluntad a la vidente Lucía, diciendo: "Quiero que toda Mi Iglesia reconozca esa consagración como un triunfo del Corazón Inmaculado de María, para después extender Su culto e introducir, al lado de la devoción de Mi Divino Corazón, la devoción de este Inmaculado Corazón."

Como se ve, el triunfo no consiste en la conversión de Rusia, sino que ésta es la consecuencia de algo que la determina, la consagración, y el reconocimiento del poder de ésta es la condición puesta por la voluntad divina para conceder todo lo demás. Con esto queda claro que el triunfo del Inmaculado Corazón está en una conversión anterior a la de Rusia y que tornará ésta posible por la consagración. ¿Cuál sino la reconversión de la propia Iglesia a la Fe íntegra y pura que puede mover montañas y convertir una potencia atea?

Sabemos que esa consagración ya fue intentada, desde 1942, con Pío XII. Pero, o faltó la mención explícita de Rusia o la participación de todos los Obispos católicos.

No se cumplió el pedido de la Santísima Virgen, y esta situación hizo que la situación de la Fe a la cual debería ser convertida Rusia empeoró con el nefasto ecumenismo conciliar. Y aún así el recurso ofrecido continúa lo mismo: es el primero y será el último. ¿Cómo hacer para recordarlo y testimoniar el poder único de la consagración delante del mundo?

También para esto nos fue dado un medio por el Mensaje de Fátima. Es el Tercer Secreto que está oculto en el Vaticano[2], de cuya existencia se sabe en toda la Tierra. Ese texto es misterioso sólo en los términos, pues tanto por el orden en que está colocado en el Mensaje, después de las palabras "el Dogma de la fe", como por el hecho de haber sido omitido justamente en vísperas del Concilio Vaticano II, como por la devastación eclesial que se desencadenó justamente a partir de los años 60, cuando debería haber venido a la luz, podemos tener la certeza moral de que habla de la persecución interna de la Iglesia, por obra de autoridades decaídas en la Fe. Este es el mayor castigo del mundo.

El acontecimiento de Fátima mostró desde el comienzo su sello divino por el milagro del sol. Lo mismo el Mensaje, por la realización de la profecía sobre los males del mundo actual. Esto, sin embargo, no bastó para un mundo incrédulo y una Religión enfriada. He aquí que el último recurso está en el Secreto que, como un testamento reservado para el fin, mostrará todavía la profecía sobre la devastación religiosa que se operó ignorando Fátima y hará luz sobre todos los desvíos y errores que traspasaron el Corazón de María y de la Iglesia, "para que fuesen develadas las intrigas que muchos disimulaban en sus ánimos".

Debemos, pues, recurrir a Dios para que revele plenamente el Mensaje salvador. Y no puede haber medio mejor para hacerlo que por la Santa Misa, en el venerable Rito en uso en los días de las Apariciones. El reconocimiento y amor por la Señal de la voluntad divina es el comienzo de toda obra de caridad, que sólo así volverá a ser ardiente.

Conmemoremos entonces los setenta años del Acontecimiento de Fátima en reparación por la ingratitud con que fue recibido y pidiendo con fuerza que sea plenamente conocido y difundido para la salvación de muchos hombres y para mayor gloria de Dios.

Araí Daniele
Revista Roma N° 99 
Mayo de 1987


[1] N. de R.: Puede leerse al resuelto el capítulo X de "El concilio del papa Juan", de Michael Davies, Ed. ICTION, 1981, pp. 175-189.
[2] N. de C. A.: Como sabemos, el Vaticano apóstata, ante las presiones del mundo católico, publicó un falso secreto.