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martes, 18 de agosto de 2026

domingo, 31 de mayo de 2026

FIESTA DE LA SANTISIMA TRINIDAD

 


Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, 
llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

sábado, 9 de septiembre de 2023

Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al Papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos - Santa Brígida



Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de sus enemigos. 


Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad, que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor. 

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos para mí de muchas maneras. 

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos, no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros. 

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer. 

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo, pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada. 

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi Nombre. 

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo. Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado, porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”. 

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo: “Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran. Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo: “Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”. 

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti. Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”. 

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado. Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen. Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”. 

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer, vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo. 

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré justicia a éstos cinco”. 

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades. Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e inextinguible. 

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su rango privilegiado. 

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno tan profundamente, más que los demás, que les será imposible levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán eternamente atormentados junto a sus líderes. 

Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso, igual de difícil será para ti ascender desde el infierno. 

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’. 

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera frente al fuego. 

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará. Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos. Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió: “¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capitulo 41

jueves, 28 de abril de 2022

ORACION DEL PAPA PÍO XII EN REPARACION DE LAS BLASFEMIAS


¡Oh, Augustísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que aun siendo infinitamente feliz en Ti y por Ti por toda la eternidad, te dignas aceptar benignamente el homenaje que de toda la Creación se alza hasta Tu trono excelso!

Entorna Tus ojos, te rogamos, y cierra Tus oídos divinos ante aquellos desventurados que, o cegados por la pasión o arrastrados por un impulso diabólico, blasfeman inicuamente contra Tu nombre y los de la Purísima Virgen María y los Santos.

Detén, ¡oh, Señor!, el brazo de Tu justicia, que podría reducir a la nada a quienes se atreven a hacerse reos de tanta impiedad.

Acepta el himno de gloria que incesantemente se eleva desde toda la naturaleza: desde el agua de la fuente que corre limpia y silenciosa, hasta los astros que brillan y recorren una órbita inmensa, en lo alto de los cielos, movidos por Tu Amor.

Acepta en reparación el coro de alabanzas que, como el incienso ante el altar, surge de tantas almas santas que caminan, sin desviarse jamás, por los senderos de Tu ley, y con asiduas obras de caridad y penitencia intentan aplacar Tu justicia ofendida.

Escucha el canto de tantos espíritus elegidos que consagran su vida a celebrar Tu gloria, y la alabanza perenne que a todas horas y en todo lugar te ofrece la Iglesia.

Y haz que un día, convertidos a Ti los corazones blasfemos, todas las lenguas y todos los labios entonen concordes en esta tierra aquel canto que resuena sin cesar en los coros de los ángeles: Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios de los Ejércitos. Llenos están el cielo y la tierra de Tu gloria. Amen.

Oración compuesta por el Papa Pío XII, que le concedió 1000 días de indulgencia.

domingo, 7 de junio de 2020

FIESTA DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD

Honor y Gloria a la Santísima Trinidad.

viernes, 3 de abril de 2020

PRIMERA APARICIÓN DE NTRA. SRA. DE FÁTIMA - DÍA 13 DE MAYO DE 1917


Estando jugando con Jacinta y Francisco, en lo alto de la pendiente de Cova de Iría, haciendo una pared alrededor de una mata, vimos de repente algo como un relámpago.

—Es mejor que nos vayamos a casa —dije a mis primos—, está haciendo relámpagos; puede haber tormenta.

—Pues, sí.

Y comenzamos a bajar la cuesta, llevando las ovejas en dirección de la carretera. Al llegar poco más o menos a la mitad de la pendiente, muy cerca de una encina grande que allí había, vimos otro relámpago, y habiendo dado algunos pasos adelante, vimos sobre una encina una Señora, vestida toda de blanco, más brillante que el sol, esparciendo luz más clara e intensa que un vaso de cristal, lleno de agua cristalina, atravesado por los rayos del sol más ardiente. Nos paramos sorprendidos por la Aparición. Estuvimos tan cerca que nos quedamos dentro de la luz que la cercaba o que Ella esparcía. Tal vez a metro y medio de distancia, más o menos. Entonces Nuestra Señora nos dijo:

—No tengáis miedo! No os hago mal.

—¿De dónde es Vd.? —le pregunté.

—Soy del Cielo.

—¿Y qué es lo que Vd. me quiere?

—Vengo a pediros que vengáis aquí seis meses seguidos, el día 13, a esta misma hora. Después os diré quién soy y qué quiero. Después volveré aquí todavía una séptima vez.

—Y ¿yo también voy al Cielo?

—Sí, vas.

—Y ¿Jacinta?

—También.

—Y ¿Francisco?

—También; pero tiene que rezar muchos rosarios.

Entonces me acordé de preguntar por dos muchachas que habían muerto hacía poco. Eran mis amigas y estaban en mi casa a aprender de tejedoras con mi hermana mayor.

—¿María de las Nieves ya está en el Cielo? —Sí, está. (Me parece que debía tener unos dieciséis años.)

—Y ¿Amelia? —Estará en el Purgatorio hasta el fin del mundo (I). (Me parece que debía de tener de dieciocho a veinte años.)

—¿Queréis ofreceros a Dios para soportar todos los sufrimientos que Él quiera enviaros, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido y de súplica por la conversión de los pecadores?

—Sí, queremos.

—Tendréis, pues, mucho que sufrir, pero la gracia de Dios será vuestra confortación.

Fue al pronunciar estas últimas palabras (la gracia de Dios, etcétera) que abrió por primera vez las manos comunicándonos una luz tan intensa como reflejo que de ellas despedía, que nos penetraba en el pecho y en lo más íntimo del alma, haciéndonos ver a nosotros mismos en Dios que era esa luz, más claramente que nos vemos en el mejor de los espejos. Entonces por un impulso íntimo, también comunicado, nos caímos de rodillas y repetíamos íntimamente: "Oh Santísima Trinidad, yo te adoro. Dios mío, Dios mío; yo te amo en el Santísimo Sacramento." Pasados los primeros momentos, Nuestra Señora añadió:

—Rezad el Rosario todos los días para alcanzar la paz en el mundo y el fin de la guerra.

En seguida comenzó a elevarse serenamente, subiendo en dirección al saliente, hasta desaparecer en la inmensidad de la distancia. La luz que la rodeaba iba como abriendo camino en la bóveda de los astros, motivo por el cual alguna vez decíamos que vimos abrirse el cielo.

Me parece que ya expuse en el escrito sobre Jacinta o en una carta, que el miedo que sentimos no fue propiamente de Nuestra Señora, sino de la tronada que supusimos iba a venir; y de ella, de la tronada, queríamos huir. Las Apariciones de Nuestra Señora no infunden miedo o temor, sino sorpresa. Cuando preguntaban si habíamos sentido miedo, y decía que sí, me refería al miedo que habíamos tenido de los relámpagos y del trueno, que suponía vendría próximo: y de eso fue que queríamos huir, pues estábamos habituados a ver relámpagos sólo cuando tronaba.

Los relámpagos tampoco eran propiamente relámpagos, sino el reflejo de una luz que se aproximaba. Por ver esta luz es que decíamos a veces que veíamos venir a Nuestra Señora; pero a Nuestra Señora propiamente sólo la distinguíamos en esa luz cuando estaba ya sobre la encina. El no sabernos explicar o querer evitar preguntas fue lo que dio lugar a que algunas veces decíamos que la veíamos venir; otras que no. Cuando decíamos que sí, que la veíamos venir, nos referíamos a que veíamos aproximarse esa luz que al final era Ella. Y cuando decíamos que no la veíamos venir nos referíamos a que a Nuestra Señora propiamente sólo la veíamos cuando estaba ya sobre la encina.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

Nota de Apostolado Eucarístico.
(I) Hasta el fin del mundo, debe entenderse, si no recibiera su alma sufragios de Misas, oraciones, sacrificios etc. con lo que saldría mucho antes del purgatorio.

(Imagen tomada de Ediciones Magníficat-Canadá)

jueves, 2 de abril de 2020

APARICIONES DEL ÁNGEL A LOS PASTORCILLOS DE FÁTIMA


Por lo que puedo más o menos calcular, me parece que fue en 1915 que se nos dio la primera aparición que creo fue la del Ángel que no se atrevió entonces manifestarse del todo. Por el aspecto del tiempo de entonces me parece debe haber sido entre los meses de abril y octubre de 1915.

En la vertiente del Cabezo que da hacia el Sur, al tiempo de rezar el rosario en compañía de tres compañeras llamadas Teresa Matías, su hermana María Rosa Matías y María Justino, de Casa Velha, vi que sobre el arbolado del valle que se extendía a nuestros pies había como una nube, más blanca que la nieve, algo transparente con forma humana. Mis compañeras me preguntaban lo que era. Les dije que no sabía. En días diferentes se iba repitiendo dos veces más.

Esta aparición me dejó en el espíritu cierta impresión que no sé explicar. Poco a poco esta impresión iba desvaneciéndose; y creo que si no es por los hechos que la seguían con el tiempo la hubiera llegado a olvidar por completo.

No puedo precisar las fechas con certeza, porque en aquel tiempo no sabía aún contar los años, ni los meses ni siquiera los días de la semana. Me parece, sin embargo, que debía ser en la primavera de 1916 que el Ángel nos apareció por primera vez, en nuestra Loca de Cabezo.

Ya dije en el escrito sobre Jacinta, cómo subimos la pendiente en busca de un abrigo, y cómo fue, después de merendar y rezar allí, que comenzamos viendo a cierta distancia, sobre los árboles que se extendían en dirección al saliente, una luz más blanca que la nieve, en forma de un joven transparente, más brillante que un cristal atravesado por los rayos del sol. A medida que se aproximaba, íbamos distinguiéndole las facciones. Estábamos sorprendidos y medio absortos. No decíamos palabra.

Al llegar junto a nosotros, dijo:

—¡No temáis! Soy el Ángel de la paz. Orad conmigo.

Y arrodillándose a tierra dobló la frente hasta el suelo. Llevados por un movimiento sobrenatural, le imitamos y repetimos las palabras que le oímos pronunciar:

—Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran no esperan y no te aman.

Después de repetir esto por tres veces, se levantó y dijo:

—¡Orad así! Los Corazones de Jesús y María están atentos a la voz de vuestras súplicas.

Y desapareció.


La atmósfera de lo sobrenatural que nos envolvía, era tan intensa que casi no nos dábamos cuenta de la propia existencia, para un largo espacio de tiempo, permaneciendo en la posición en que nos había dejado, repitiendo siempre la misma oración. La presencia de Dios se sentía tan inmensa e íntima que ni entre nosotros nos atrevíamos a hablar. El día siguiente todavía sentíamos el espíritu envuelto en esa atmósfera que sólo muy lentamente iba desapareciendo.

De esta aparición, nadie pensó en hablar ni en recomendar el secreto. Ella por sí lo impuso. Era tan íntima que no era fácil pronunciar sobre ella la menor palabra. Nos hizo tal vez mayor impresión por ser la primera así manifestada.

La segunda debía ser en el medio del verano, en esos días de mayor calor en que íbamos con nuestros rebaños a media mañana a casa para volver a llevarlos a media tarde.
Fuimos, pues, a pasar las horas de la siesta a la sombra de los árboles que cercaban el pozo, ya varias veces mencionado. De repente vimos al mismo Ángel junto a nosotros.

—¿Qué hacéis? ¡Orad! ¡Orad mucho! Los Corazones de Jesús y María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente al Altísimo oraciones y sacrificios.

—¿Cómo nos hemos de sacrificar?

—De todo lo que podáis, ofreced un sacrificio, en acto de reparación por los pecados con que Él es ofendido, y de súplica por la conversión de los pecadores. Atraed así sobre vuestra patria la paz. Yo soy el Ángel de la Paz, el Ángel de Portugal. Sobre todo, aceptad y soportad con sumisión el sufrimiento que el Señor os envíe.

Estas palabras del Ángel se grabaron en nuestro espíritu como una luz que nos hacía comprender quién era Dios; cómo nos amaba y quería ser amado; el valor del sacrificio y cómo le era agradable; cómo por atención a él, convertía a los pecadores. Por eso, desde ese momento, comenzamos a ofrecer al Señor, todo lo que nos mortificaba, más sin pensar en buscar otras mortificaciones y penitencias, sino las de pasarnos horas seguidas postrados en tierra, repitiendo la oración que el Ángel nos había enseñado.

La tercera Aparición, me parece, debió ser en octubre o fines de septiembre, porque ya no íbamos a pasar las horas de siesta a casa.

Como ya dije en el escrito sobre Jacinta, pasamos de la Pregueira (es un pequeño olivar, perteneciente a mis padres), a la Lapa, dando vuelta a la vertiente del monte por el lado de Aljustrel y Casa Velha. Rezamos allí nuestro rosario y la oración que en la primera Aparición nos había enseñado.

Estando, pues, allí, nos apareció por tercera vez, trayendo en la mano un cáliz y sobre él una Hostia, de la cual caían, dentro del cáliz, algunas gotas de Sangre. Dejando el cáliz y la Hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces la oración:

—Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, Te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, presente en todos los sagrarios de la tierra, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que el mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y el Corazón Inmaculado de María, te pido la conversión de los pobres pecadores.

Después, levantándose, tomó de nuevo en la mano el cáliz y la Hostia, y me dio la Hostia a mí y lo que contenía el cáliz lo dio a beber a Jacinta y a Francisco, diciendo al mismo tiempo:

—Tomad y bebed el Cuerpo y la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por les hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

De nuevo se postró en tierra y repitió con nosotros tres veces más la misma oración "Santísima Trinidad" y desapareció.

Llevados por la fuerza de lo sobrenatural que nos envolvía, imitábamos al Ángel en todo esto, postrándonos como él y repitiendo las oraciones que él decía. La fuerza de la presencia de Dios era tan intensa que nos absorbía y nos aniquilaba casi del todo. Parecía privarnos hasta del uso de los sentidos corporales por un largo espacio de tiempo. En esos días hacíamos las acciones materiales como llevados por ese mismo ser sobrenatural que a eso nos impulsaba. La paz y felicidad que sentíamos era grande, pero sólo interna, completamente concentrada el alma en Dios. El abatimiento físico que nos postraba, también era grande.

Memorias de Lucía
Ediciones "Sol de Fátima"

sábado, 9 de febrero de 2019

LAS ALMAS QUE AMAN A DIOS SUSPIRAN POR VERLE EN EL CIELO - SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO



Mientras dura esta vida, vivimos ausentes del Señor (1). Las almas que no aman más que a Dios sobre la tierra suspiran por el día en que les será permitido reunirse con Él en la patria feliz que les espera.

Saben que están siempre en presencia de su Amado, pero que éste se halla oculto a sus ojos como detrás de una cortina. Está como el sol cubierto de nubes, a través de las cuales atraviesan de vez en cuando algunos rayos de su luz. Pero no se manifiesta patentemente: con todo, viven felices, porque obedecen gustosas a su Señor, que las mantiene en el destierro. Suspiran de continuo, llevadas del deseo de verle cara a cara, para aumentar todavía el fuego de su amor divino y arder por El con más vehemencia.

Se quejan dulcemente al señor y le dirigen estas palabras: "Único amor de mi corazón, ya que me amas tanto, ¿por qué evitas mi presencia? ¿por qué me privas de la gloria de verte? Sé que eres la belleza infinita: yo te amo sobre todo lo creado y eso que no te he visto aún. Muéstrame tu hermosa faz: deseo verte sin velo, para no cuidar más de mí, ni de cuantos seres hay en el universo, para no amarte más que a ti, único bien, por quien late mi pecho". Cuando algún destello de divina luz llega a alumbrar a estas fervorosas almas embriagadas de amor por su celestial esposo, quisieran derretirse y deshacerse hasta inundarse de aquella luz en copiosos raudales de amor y de gratitud. Su hermoso sol, a pesar de esto, permanece oculto aún por densos celajes, su frente radiante sigue cubierta por la oscuridad del espeso velo, ellas mismas sienten todavía sobre sus ojos el importuno peso de la venda fatal que les impide contemplarle cara a cara. ¡Cuál será su alegría cuando se disipen las nubes, cuando caiga el velo, cuando se aparte de sus ojos la venda, cuando la hermosa frente de su esposo se manifieste en todo su esplendor y puedan contemplar con la celeste luz su belleza, su bondad, su grandeza y su inmenso amor!

Oh muerte, ¿por qué te acercas con tanta lentitud? Si no apresuras tu golpe, todavía tendré que desfallecer por más tiempo, lejos de la presencia de Dios! Tú eres la que ha de abrirme las puertas de su alcázar, tú la que debes introducirme hasta los santos tabernáculos de mi patria eterna. ¡Oh prometido esposo de mi alma, Jesús mío, mi tesoro, mi todo, cuándo llegará el feliz momento de abandonar para siempre la tierra y unirme a Vos! No merezco tanta ventura, pero el amor que por mí habéis tenido y vuestra bondad infinita me hacen confiar en que seré inscrito algún día bajo las banderas de ese bienaventurado ejército de almas escogidas, que os han sabido amar en la tierra, y que os amarán por una eternidad en el cielo. Oh Jesús mío! ya veis mi estado: quedar unido a Vos para siempre, o ser para siempre separado de Vos. Tened piedad de mí, vuestra preciosa sangre es toda mi esperanza. Madre mía, divina Virgen María, mi apoyo consiste en vuestra intercesión.

Consideraciones Piadosas
San Alfonso Mª de Ligorio
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(1) 3. Color. 5, 6.

martes, 4 de diciembre de 2018

VER Y AMAR A DIOS EN LA OTRA VIDA ES EL PARAISO DE LOS ELEGIDOS - SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO


¿Qué es lo que constituye la bienaventuranza de los elegidos en el cielo? El alma viendo a Dios cara a cara, contemplando su belleza infinita, percibiendo todas sus perfecciones dignas de un inmenso amor, no puede dejar de amarle. Ama a Dios más que a sí misma, se olvida de sí propia para no desear más que la felicidad de su muy amado, de su Dios y viendo que Dios, único objeto de su ternura, goza de una felicidad infinita, esta felicidad es su paraíso. Si ella fuese capaz de lo infinito, viendo a su muy amado gozar de una dicha infinita, su dicha propia vendría a ser también infinita; pero como la criatura no es capaz de infinita felicidad, queda de tal modo saciada de gozo, que nada más desea. Es la beatitud que ambicionaba David cuando exclamaba: Seré saciado cuando apareciere tu gloria .

Así se verifica lo que Dios dice al alma, cuando la admite en el paraíso: Entra en el gozo de tu Señor. No manda a la alegría que entre dentro del alma, porque siendo esta alegría infinita, el alma no podría contenerla; lo que ordena, es que el alma entre en la alegría, eterna, para tomar parte en ella, para alimentarse de ella hasta la saciedad.

Yo, pues, soy de parecer que no hay acto de amor más perfecto en la oración, que gozarse en la alegría infinita del Señor. Esta es la continua preocupación de los bienaventurados en el cielo, de modo que el que a menudo se goza en la alegría del Señor, empieza ya desde ahora, a experimentar parte de las delicias de que se verá colmado en el paraíso.

Este contento que es el que constituye el paraíso, será aumentado por el esplendor de aquella ciudad de Dios, por la hermosura de sus habitantes y sobre todo por la presencia de la Reina de los Cielos, más bella que el paraíso entero, y por la de Jesucristo, cuya belleza sobrepujará infinitamente la belleza de María.

El júbilo de los elegidos aumentará aún con el recuerdo de los peligros que cada uno habrá corrido de perder tan inmensa bienaventuranza. Cuáles serán las gracias que dirigirán al Señor aquéllos que habiendo merecido el infierno por sus pecados, se encontrarán en aquel lugar de delicias, desde donde contemplarán a sus plantas tantos otros que por pecados menores que los suyos, arderán en el fuego del infierno. Se encontrarán salvos, seguros de que jamás perderán a Dios, llamados a gozar eternamente de aquellas supremas delicias, de aquellos placeres que no cansarán, jamás. Por vehementes y grandes que sean los placeres de la tierra acaban por cansarnos; pero los gozos del paraíso, cuanto más se gustarán, más serán apetecidos, de modo que los elegidos se verán saciados con tantos placeres, sin dejar de desearlos siempre; y cuantos más recibirán,más les quedarán por recibir, deseando siempre y quedando siempre satisfechos.

Los cánticos melodiosos que entonan los santos en el cielo para dar gracias a Dios por su felicidad se llaman cánticos nuevos, porque las delicias del cielo parecerán siempre tan nuevas, como la primera vez. Se gozarán siempre, se pedirán sin cesar y se obtendrán sin interrupción.

Con razón decía San Agustín que para conseguir tan eterna beatitud, sería necesario que trabajásemos eternamente. ¿Qué son, pues las penitencias y las oraciones de los anacoretas? ¿Qué han hecho los Santos con abandonar las riquezas, las posesiones y hasta las coronas y los cetros: y los mártires en arrostrar los potros, los hierros ardientes y la muerte cruel para obtener el paraíso? Poco, o casi nada. Pero este poco ha bastado.

Procuremos llevar sin queja la cruz que nos envía el Señor porque todos nuestros padecimientos se trocarán un día en eternos gozos. Cuando las enfermedades, las penas, los reveses nos agobien, levantemos los ojos al cielo y digamos: Todas estas penas acabarán algún día y después de este día, gozaré para siempre de la presencia de Dios. No desfallezcamos; suframos con paciencia; despreciemos el mundo y cuanto él puede darnos. Dichoso el que en la hora de la muerte podrá decir con santa Agueda: Recibid, Señor, mi alma a la que habéis apartado del amor a lo terreno otorgándole en cambio el vuestro. Sufrámoslo todo, despreciemos las criaturas; Jesús nos aguarda con la corona en las manos para consagrarnos reyes del cielo si le somos fieles.

Pero ¿cómo podré yo, Jesús mío, aspirar a tan grande felicidad, yo que por las cosas terrenas he renunciado tantas veces al paraíso y con soberbia planta he ultrajado vuestra santa gracia? Pero vuestra preciosa sangre me infunde valor para esperar el paraíso después de haber merecido tantas veces el infierno, porque quisisteis morir en una cruz para dar el paraíso a los que sin esto jamás hubieran sido dignos de él. Redentor mío, Dios mío, no quiero volver a perderos. Dadme fuerza para seros fiel: Venga a nos él tu reino. Por los méritos de vuestra sangre, permitid que algún día pueda yo también introducirme en vuestro reino: mientras llega la hora de mi muerte, haced que cumpla en todo vuestra santa voluntad. Hágase tu voluntad. Este es el mayor bien, el verdadero paraíso de los que os aman en este mundo. ¡Almas afortunadas que sabéis amar a Dios,mientras vivamos en este valle de lágrimas, suspiremos siempre por el paraíso!

Consideraciones Piadosas
San Alfonso Mª de Ligorio

domingo, 27 de mayo de 2018

LA SANTISIMA TRINIDAD



Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, 
llenos están los cielos y la tierra de vuestra gloria.

Gloria al Padre, gloria al Hijo, gloria al Espíritu Santo.

martes, 30 de mayo de 2017

JESUCRISTO DICE A LOS REYES DE LA TIERRA, QUE EL ES EL REY DE LOS REYES - SANTA BRÍGIDA



Jesucristo dice a los reyes de la tierra, que El es el Rey de los reyes, que reina en la Trinidad y en la Unidad, dándonos soberanas ideas de estos inefables misterios.  

Vi un gran palacio de incomprensible magnitud, semejante al cielo sereno, en el cual había innumerables personas colocadas en asientos, cubiertas con vestiduras blancas y resplandecientes como los rayos del sol. En el palacio vi un maravilloso trono en el cual estaba sentado un hombre más resplandeciente que el sol, de incomprensible hermosura, y Señor de inmenso poder, cuyo esplendor era también incomprensible en longitud, latitud y profundidad. Junto al asiento del trono había una Virgen que brillaba con admirable fulgor y tenía puesta una preciosa corona. Todos los concurrentes servían al que estaba sentado en el trono, alabándolo con himnos y cánticos, y honraban con reverencia a aquella Virgen, como a Reina de los cielos. 

Entonces el que estaba en el trono me dijo con voz majestuosa: Yo soy el Creador del cielo y de la tierra, un solo verdadero Dios con el Padre y con el Espíritu Santo; porque el Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios; y con todo eso no son tres dioses, sino tres personas distintas y un solo Dios. Mas ahora, podrás decirme, si son tres personas, ¿por qué no son tres dioses? A lo cual te respondo que Dios es el poder mismo, la sabiduría misma y la bondad misma, de quien procede de todo poder debajo y encima del cielo, toda sabiduría y toda piedad que pueda imaginarse. Así, pues, Dios es trino y uno; trino en personas y uno en esencia. Porque poder y sabiduría es el Padre, de quien proceden todas las cosas, y el cual es poderoso antes de todo, no por nadie sino por sí mismo y eternamente. 

Poder y sabiduría es también el Hijo, igual al Padre, mas no como poder originado de sí mismo, sino poderosamente e inefablemente engendrado por el Padre, que es principio de principio, y jamás separado del Padre. Poder y sabiduría es también el Espíritu Santo, el cual procede del Padre y del Hijo, eterno con el Padre y con el Hijo, e igual en majestad y poder. Hay, por tanto, un solo Dios y tres personas, porque una sola es la naturaleza de las tres, una sola la operación y la voluntad, y una sola la gloria y el poder; uno solo en esencia y distintos en la propiedad de las personas. Pues todo el Padre está en el Hijo y en el Espíritu Santo, y el Hijo en el Padre y en el Espíritu Santo, y el Espíritu Santo en ambos en una sola naturaleza de Divinidad; no antes ni después, sino de una manera inefable, donde nada hay anterior ni posterior, nada mayor o menor que lo otro o de otra clase, sino todo inefable e igual; por cuya razón sabiamente está escrito, que Dios es admirable y muy merecedor de alabanza. 

Dios, pues, envió su Verbo a la Virgen María por medio de su ángel Gabriel; mas, sin embargo, el mismo Dios que enviaba y era enviado con el ángel, estaba en Gabriel, y en la Virgen antes de la misión de Gabriel. Mas, así que el ángel dijo aquellas palabras, el Verbo tomó carne de la Virgen. Este Verbo soy yo, que estoy hablando contigo. Envióme el Padre al seno de la Virgen, pero no de suerte que los ángeles careciesen de la vista y presencia de mi Divinidad, sino que yo el Hijo, quien con el Padre y con el Espíritu Santo estuve en el vientre virginal, era el mismo en el cielo con el Padre y con el Espíritu Santo en presencia de los ángeles, gobernándolo y manteniéndolo todo, aunque mi Humanidad, tomada sólo por mí, descansó en el vientre de María. 

Yo, que soy un solo Dios, no me desdeño hablar contigo para encontrar mi amor y para robustecer la santa fe cristiana. Y aun cuando te parezca que mi Humanidad está junto a ti y habla contigo, más cierto es que tu alma y tu inteligencia están conmigo y en mí, pues nada me es imposible, nada me es difícil en el cielo ni en la tierra. Yo soy cual poderoso Rey, que cuando viene a la ciudad con su ejército, todo lo llena y ocupa; igualmente mi gracia llena y fortalece todos tus miembros. Yo estoy en ti y fuera de ti, y aunque hablo contigo, soy sin embargo el mismo en la gloria. ¿Qué me es difícil a mí, que con mi poder sustento todas las cosas, con mi sabiduría lo dispongo todo y con mi virtud lo supero todo? Yo, un solo Dios con el Padre y con el Espíritu Santo sin principio y sin fin, que por la salvación de los hombres tomé carne humana, quedando ilesa la divinidad, padecí verdaderamente, resucité y subí a los cielos, ahora en realidad estoy hablando contigo. 

Yo soy verdadero Emperador y Señor. No hay señor ninguno más excelente que yo, ni lo hubo antes de mí ni lo habrá después, sino que todo dominio viene de mí y por mí. Yo soy, pues, el verdadero Señor, y nadie debe llamarse verdadero señor sino yo solo, porque de mí procede toda potestad y dominio, y nadie puede resistir a mi poder. 

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 8 - Capítulo 1

jueves, 6 de abril de 2017

ORACION ARDIENTE DE SAN LUIS MARIA GRIGNION DE MONTFORT PARA PEDIR APOSTOLES DE LOS ULTIMOS TIEMPOS


San Luis María Grignion de Montfort compuso esta excelente oración pidiendo apóstoles de los últimos tiempos, esta oración ardiente es muy conveniente recitarla con frecuencia y devoción en nuestros días dada la gran necesidad que tenemos de estos apóstoles de los últimos tiempos, ante la crisis horrorosa que padece Nuestra Santa Madre Iglesia, que la Santísima Virgen ya profetizo en la Salette, y la terrible situación en que actualmente se encuentra el mundo por vivir de espaldas a Dios.


ORACIÓN ARDIENTE

Acordaos, Señor, de vuestra Congregación, que hicisteis vuestra desde toda la eternidad (Sal 73, 2), pensando en ella en vuestra mente ab initio; que hicisteis vuestra en vuestras manos, cuando sacasteis el mundo de la nada, ab initio; que hicisteis vuestra en vuestro corazón, cuando vuestro querido Hijo, muriendo en la cruz, la regaba con su sangre y la consagraba por su muerte, confiándola a su Santa Madre.

Escuchad, Señor, los designios de vuestra misericordia; suscitad los hombres de vuestra derecha, tales como los habéis mostrado dando conocimiento profético de ello a algunos de vuestros mayores siervos: a San Francisco de Paula, a San Vicente Ferrer, a Santa Catalina de Sena y a tantas otras grandes almas en el último siglo pasado, y aun en este en que vivimos.


ORACIÓN A DIOS PADRE

Dios Todopoderoso, acordaos de esta Compañía aplicando a ella todo el poder de vuestro brazo, que no está acortado; para sacarla a luz y para llevarla a su perfección. Renueva los prodigios, repite los portentos, exalta tu mano, robustece tu brazo (Si 36, 5). ¡Oh Dios soberano, que de las piedras toscas podéis hacer otros tantos hijos de Abraham!; decid como Dios una sola palabra, para enviar buenos obreros a vuestra mies y buenos misioneros a vuestra Iglesia.

Dios de infinita bondad, acordaos de vuestras antiguas misericordias, y por estas mismas misericordias, acordaos de esta Congregación; acordaos de las promesas reiteradas que nos habéis hecho por vuestros profetas y por vuestro mismo Hijo, para que nos concedas todas nuestras justas peticiones. Acordaos de las plegarias que vuestros siervos y vuestras siervas os han hecho sobre este asunto desde hace tantos siglos: que sus votos, sus gemidos, sus lágrimas, la sangre por ellas derramada lleguen a vuestra presencia para solicitar poderosamente vuestra misericordia. Pero acordaos, sobre todo, de vuestro querido Hijo: No rechaces la faz de tu Ungido (Sal 131, 10). Su agonía, su confusión y su llanto amoroso en el Huerto de los Olivos cuando dice: ¿Qué provecho encuentras en mi sangre? (Sal 29, 10); su muerte cruel y su sangre derramada os gritan a voces misericordia, a fin de que por medio de esta Congregación sea establecido su imperio sobre las ruinas del de sus enemigos.

Acordaos, Señor, de esta Comunidad en los efectos de vuestra justicia, Es hora de que actúes, Señor, han quebrantado tu voluntad (Sal 118, 126). Es tiempo de hacer lo que habéis prometido. Vuestra divina Ley es quebrantada; vuestro Evangelio, abandonado; torrentes de iniquidad inundan toda la tierra y arrastran a vuestros mismos siervos; toda la tierra está desolada; la impiedad está sobre el trono; vuestro santuario es profanado y la abominación se halla hasta en el lugar santo. ¿Lo dejaréis abandonado así todo, Señor justo, Dios de las venganzas? ¿Vendrá todo, al fin, a ser como Sodoma y Gomorra? ¿Callaréis siempre? ¿Aguantaréis siempre? ¿No es menester que vuestra voluntad se haga en la tierra como en el cielo y que venga vuestro reino? ¿No habéis mostrado de antemano a algunos de vuestros amigos una renovación futura de vuestra Iglesia? ¿No han de convertirse a la verdad los judíos? ¿No es esto lo que espera vuestra Iglesia? ¿No os piden a gritos todos los santos del cielo justicia? Hazme justicia (Lc 18, 3) ¿No os dicen todos los justos de la tierra: Amén, ven, Señor? (Ap 22, 20). Las criaturas todas, aun las más insensibles, gimen bajo el peso de los pecados innumerables de Babilonia y piden vuestra venida para restaurar todas las cosas. La creación entera está gimiendo (Rm 8, 22).


ORACIÓN A DIOS HIJO

Señor Jesús: Acordaos de dar a vuestra Madre una nueva Compañía, para renovar por ella todas las cosas y para acabar por María los años de la gracia, como los habéis comenzado por ella.

Dad hijos y siervos a vuestra Madre; si no, yo muero (Gn 30, 1)

Es por vuestra Madre por la que yo os lo pido. Acordaos de sus entrañas y de sus pechos, y no me rechacéis; acordaos de que sois su Hijo y escuchadme; acordaos de lo que Ella es para Vos y de lo que Vos sois para Ella, y cumplid mis deseos.

¿Qué es lo que os pido? Nada en mi favor, todo para vuestra gloria.

¿Qué es lo que os pido? Lo que Vos podéis, y aun, me atrevo a decirlo, lo que debéis concederme, como Dios verdadero que sois, a quien se ha dado todo poder en el cielo y en la tierra, y como el mejor de todos los hijos, que amáis infinitamente a vuestra Madre.

¿Qué es lo que os pido? sacerdotes libres con vuestra libertad, descarnados de todo, sin padre, sin madre, sin hermanos, sin hermanas, sin parientes según la carne, sin amigos según el mundo, sin bienes, sin estorbos, sin cuidados y aun sin voluntad propia.

Hombres libres: esclavos de vuestro amor y de vuestra voluntad; hombres según vuestro corazón, que, sin voluntad propia que los manche y los detenga, cumplan todas vuestras voluntades y arrollen a todos vuestros enemigos, como otros tantos nuevos Davides, con el báculo de la Cruz y la honda del santo Rosario en las manos.

Hombres libres: Nubes elevadas de la tierra y llenas de rocío celeste, que sin impedimento vuelan por todas partes según el soplo del Espíritu Santo. Son ellos, en parte, los que conocieron vuestros profetas cuando preguntaban: ¿Quienes son estos que vuelan como las nubes? (Is 60, 8) - Caminaban de frente, avanzaban a favor del viento del espíritu. (Ez 1, 12)

Hombres libres: Hombres siempre a vuestra mano. Prontos siempre a obedeceros, a la voz de sus superiores, como Samuel: Heme aquí (1 S 3,16), prestos siempre a correr y a sufrirlo todo con Vos y por Vos, como los Apóstoles: Vamos también nosotros y muramos con él. (Jn 11, 16)

Hombres libres: Verdaderos hijos de María, vuestra Santa Madre, engendrados y concebidos por su caridad, llevados en su seno, pegados a sus pechos, alimentados con su leche, educados por sus cuidados, sostenidos por su brazo y enriquecidos de sus gracias.

Hombres libres: Verdaderos siervos de la Virgen Santísima, que, como otros tantos Santo Domingo, vayan por todas partes con la antorcha brillante y ardiente del santo Evangelio en la boca y el santo Rosario en la mano, a ladrar como perros, abrasar como el fuego y alumbrar las tinieblas del mundo como soles; y que por medio de una verdadera devoción a María, es decir:

interior sin hipocresía,
exterior sin crítica,
prudente sin ignorancia,
tierna sin indiferencia,
constante sin liviandad y
santa sin presunción,

aplasten, por dondequiera que fueren, la cabeza de la antigua serpiente para que la maldición que Vos le echasteis se cumpla enteramente: Estableceré hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya; ella te herirá en la cabeza (Gn 3, 15).


Verdad es, Dios soberano, que el demonio pondrá, como Vos lo habéis predicho, grandes acechanzas al carcañal de esta mujer misteriosa, es decir, a esta pequeña Compañía de sus hijos, que vendrán hacia el fin del mundo, y que habrá grandes enemistades entre esta bienaventurada descendencia de María y la raza maldita de Satanás; pero es una enemistad totalmente divina, la única de que Vos sois el Autor: Estableceré hostilidades.

Pero estos combates y estas persecuciones, que los hijos de la raza de Belial desencadenarán contra la raza de vuestra Santa Madre, sólo servirán para hacer brillar más el poder de vuestra gracia, la valentía de su virtud y la autoridad de vuestra Madre, puesto que Vos, desde el principio del mundo, le habéis dado el encargo de aplastar a este orgulloso, por la humildad de su corazón y de su planta: Ella te herirá en la cabeza.

Si no, yo muero. ¿No me está a mí mejor morir que veros, Dios mío, todos los días tan cruel y tan impunemente ofendido, que hallarme todos los días más y más en peligro de ser arrastrado por los torrentes de iniquidad que van creciendo? Mil muertes me serían más tolerables. O enviad socorros desde el cielo o llevaos mi alma. Si no tuviera la esperanza de que oiréis, pronto o tarde, a este pobre pecador en interés de vuestra gloria, como habéis oído a tantos otros. Si el afligido invoca al Señor; El lo escucha, pediría absolutamente con un profeta: Llévate mi alma. Pero la confianza que tengo en vuestra misericordia me hace decir con otro profeta: No moriré, sino viviré y contaré las obras del Señor (Sal 117, 17), hasta que con Simeón pueda decir: Ahora, Señor, puedes dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto... (Lc 2, 29).


ORACIÓN A DIOS ESPÍRITU SANTO

Espíritu Santo, acordaos de producir y formar hijos de Dios, con vuestra divina y fiel Esposa María. Vos formasteis la cabeza de los predestinados con Ella y en Ella; con Ella y en Ella debéis formar todos sus miembros. Vos no engendráis ninguna persona divina en la Divinidad; pero sois, Vos solo, quien formáis fuera de la Divinidad todas las personas divinas; y todos los santos que han sido y serán hasta el fin del mundo son otras tantas obras de vuestro amor unido a María.

El reino especial de Dios Padre duró hasta el diluvio y terminó por un diluvio de agua; el reino de Jesucristo terminó por un diluvio de sangre; pero vuestro reino, Espíritu del Padre y del Hijo, continúa actualmente y se terminará por un diluvio de fuego, de amor y de justicia.

¿Cuándo vendrá este diluvio de fuego, de puro amor, que Vos debéis encender sobre toda la tierra de manera tan dulce y tan vehemente, que todas las naciones, los turcos, los idólatras, los mismos judíos se abrasarán en él y se convertirán? Sin que nada se sustraiga a su calor (Sal 18, 7). ¡Ojalá estuviera ardiendo! (Lc 12, 49). Que este divino fuego que Jesucristo vino a traer a la tierra se encienda, antes que Vos encendáis el de vuestra cólera, que reducirá toda la tierra a cenizas. Envía tu Espíritu y serán creados, y renovarás la faz de la tierra (Sal 103, 30). Enviad este espíritu, todo fuego, sobre la tierra, para crear en ella sacerdotes todo fuego, por ministerio de los cuales la faz de la tierra sea renovada y vuestra Iglesia reformada.

Acuérdate de tu Congregación: es una Congregación, una asamblea, una selección, un apartado de predestinados, que Vos debéis hacer en el mundo y del mundo: Yo os he elegido del mundo (Jn 15, 19). Es un rebaño de corderos pacíficos que Vos debéis reunir en medio de tantos lobos; una compañía de castas palomas y de águilas reales en medio de tantos cuervos; un enjambre de abejas en medio de tantas avispas; una manada de ciervos ágiles entre tantas tortugas; un escuadrón de leones valerosos en medio de tantas liebres tímidas. ¡Oh Señor!: Reúnenos de entre las naciones (Sa1 105, 47). Congréganos, únenos para que se dé toda la gloria a vuestro nombre santo y poderoso.


LA COMPAÑIA DE MARÍA

Vos predijisteis esta ilustre Compañía a vuestro profeta, que habla de ella en términos muy oscuros y misteriosos, pero totalmente divinos:

1. Derramaste en tu heredad, ¡oh Dios!, una lluvia copiosa, aliviaste la tierra extenuada (Sal 67, 10).

2. Y tu rebaño habita en la tierra que tu bondad, ¡oh Dios!, preparó para los pobres (Sal 67,11).

3. El Señor pronuncia un oráculo, millares pregonan la noticia (Sal 67, 12)

4. Los reyes de los ejércitos van huyendo, las mujeres reparten el botín (Sal 67,13)

5. Mientras reposabais en los apriscos, las palomas batieron sus alas de plata, el oro destellaba en sus plumas (Sal 67, 14)

6. Mientras el Todopoderoso dispersaba a los reyes la niebla bajaba sobre el Monte Umbrío (Sal 67, 15).

7. Las montañas de Basan son altísimas, ¿porqué tenéis envidia, montañas escarpadas? (Sal 67, 16)

8. El monte escogido por Dios para habitar, morada perpetua del Señor. (Sal 67, 17)

¿Cuál es, Señor, esa lluvia voluntaria que Vos habéis preparado y escogido para vuestra heredad enferma sino estos santos misioneros, hijos de María, vuestra Esposa, que Vos debéis reunir y separar del pueblo, para bien de vuestra Iglesia, tan debilitada y manchada por los crímenes de sus hijos?

¿Quiénes son esos animales y esos pobres que morarán en vuestra heredad, y que serán alimentados en ella con la dulzura divina que Vos les habéis preparado, sino estos pobres misioneros abandonados a la providencia que rebosarán de vuestras delicias más divinas, sino los animales misteriosos de Ezequiel, que tendrán la humanidad del hombre por su caridad desinteresada y bienhechora para con el prójimo; la valentía del león por su santa cólera y su celo ardiente y prudente contra los demonios, hijos de Babilonia; la fuerza del buey por sus trabajos apostólicos y su mortificación contra la carne, y, en fin, la agilidad del águila por su contemplación en Dios? Tales serán los misioneros que Vos queréis enviar a vuestra Iglesia. Tendrán ojos de hombre para con el prójimo, ojos de león contra vuestros enemigos, ojos de buey contra sí mismos y ojos de águila para Vos.

Estos imitadores de los Apóstoles predicarán con gran poder, con mucho valor. Con gran fuerza y virtud, tan grande y tan resplandeciente, que removerán las almas y los corazones de los lugares en que prediquen. A ellos es a quienes daréis vuestra palabra: daré la palabra; vuestra misma boca y vuestra sabiduría: Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrán hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro (Lc 21, 15), a la que ninguno de vuestros enemigos podrá resistir.

Entre estos vuestros amados será donde Vos, en calidad de Rey de las virtudes, de Jesucristo el bien Amado, tendréis vuestras complacencias, puesto que ellos en todas sus misiones no tendrán más fin que el daros toda la gloria de los despojos que arrebatarán a sus enemigos: Los reyes de los ejércitos van huyendo, las mujeres reparten el botín (Sal 67, 13).

Por su abandono en manos de la Providencia y su devoción a María tendrán las alas plateadas de la paloma: es decir, la pureza de la doctrina y de las costumbres (Sal 67, 14). Y su espalda dorada: es decir, una perfecta caridad con el prójimo para soportar sus defectos y un gran amor para con Jesucristo para llevar su cruz. (VD 58).

Vos solo, como Rey de cielos y Rey de los reyes, separaréis de entre el pueblo estos misioneros como otros tantos reyes, para tornarlos más blancos que la nieve sobre el monte de Selmón, monte de Dios, monte abundante y fértil, monte fuerte y cuajado, monte en el que Dios se complace maravillosamente y en el que habita y habitará hasta el fin.

¿Quién es, Señor, Dios de verdad, este misterioso monte, del que nos decís tantas maravillas, sino María, vuestra querida Esposa, cuyos cimientos habéis puesto Vos sobre las cimas de los más altos montes? Él ha cimentado sobre el monte santo. Monte en la cima de los montes. (Sal 86, 1; Is 2, 2)

Dichosos y mil veces dichosos los sacerdotes que Vos habéis tan bien escogido y predestinado para morar con Vos en esta abundante y divina montaña, a fin de que lleguen a ser los reyes de la eternidad, por el desprecio de la tierra y su elevación en Dios; a fin de que se tornen más blancos que la nieve por su unión con María, vuestra Esposa, toda hermosa, toda pura y toda inmaculada; a fin de que se enriquezcan allí del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, de todas las bendiciones temporales y eternas de que María está llena.

Desde lo alto de esta montaña es desde donde, como otros Moisés, lanzarán por sus ardientes plegarias dardos contra sus enemigos para abatirlos o convertirlos. En esta montaña será donde aprendan de la boca misma de Jesucristo, que en ella mora siempre, la inteligencia de sus ocho bienaventuranzas. 

En esta montaña de Dios será donde sean transfigurados con El sobre el Tabor; donde mueran con El, como en el Calvario, y de donde suban al cielo con El, como desde el monte de los Olivos.


LLAMAMIENTO FINAL

Acuérdate de tu congregación. A Vos solo es a quien toca el formar, por vuestra gracia, esta Congregación; si el hombre pone en ello el primero la mano, nada se hará; si mezcla de lo suyo con Vos, lo echará a perder todo, lo trastornará todo. Es vuestra obra, Dios soberano: haced vuestra obra, totalmente divina: juntad, llamad, reunid de todos los términos de vuestro dominio a vuestros elegidos, para hacer con ellos un cuerpo de ejército contra vuestros enemigos.

Ved, Señor, Dios de los ejércitos, los capitanes que forman compañías completas; los potentados que levantan ejércitos numerosos; los navegantes que arman flotas enteras; los mercaderes que se reúnen en gran número en los mercados y en las ferias. ¡Qué de ladrones, de impíos, de borrachos y de libertinos se unen en tropel contra Vos todos los días, y tan fácil y prontamente! Un silbido, un toque de tambor, una espada embotada que se muestre, una rama seca de laurel que se prometa, un pedazo de tierra roja o blanca que se ofrezca; en tres palabras, un humo de honra, un interés de nada, un miserable placer de bestias que esté a la vista, reúne al momento ladrones, agrupa soldados, junta batallones, congrega mercaderes, llena las casas y los mercados y cubre la tierra y el mar de muchedumbre innumerable de réprobos, que, aun divididos los unos de los otros por la distancia de los lugares o por la diferencia de los humores o de su propio interés, se unen no obstante todos juntos hasta la muerte, para haceros la guerra bajo el estandarte y la dirección del demonio.

Y por vos, Dios soberano, aunque en serviros hay tanta gloria, tanta dulzura y provecho, ¿casi nadie tomará vuestro partido? ¿Casi ningún soldado se alistará bajo vuestras banderas? ¿Ningún San Miguel gritará de en medio de sus hermanos por el celo de vuestra gloria: ¿Quién como Dios? ¡Ah!, permitidme ir gritando por todas partes: ¡Fuego, fuego, fuego! ¡Socorro, socorro, socorro! ¡Fuego en la casa de Dios! ¡Fuego en las almas! ¡Fuego en el santuario! ¡Socorro, que se asesina a nuestros hermanos! ¡Socorro, que se degüella a nuestros hijos! ¡Socorro, que se apuñala a nuestro padre!

A mí quien esté por el Señor (Ex 32, 26): que todos los buenos sacerdotes repartidos por el mundo cristiano, sea que actualmente se hallen combatiendo o que se hayan retirado de la pelea a los desiertos y soledades; que todos esos buenos sacerdotes vengan y se junten con nosotros; la unión hace la fuerza: para que formemos, bajo el estandarte de la Cruz, un ejército bien ordenado en batalla y bien regido para acometer de concierto a los enemigos de Dios, que han tocado ya alarma: Bramaron, rechinaron, se amotinaron, son muchos.

Rompamos sus ligaduras, sacudamos su yugo. El que habita en el cielo se reirá de ellos. (Sal 2, 3-4)

¡Álcese Dios y sus enemigos se dispersarán! (Sal 67, 2)

Despierta, Señor, ¿por qué duermes? ¡Levántate! (Sal 43, 24)

Señor, levantaos; ¿por qué parecéis dormir? Levantaos en vuestra omnipotencia, vuestra misericordia y vuestra justicia, para formar una Compañía escogida de guardias reales, que guarden vuestra casa, defiendan vuestra gloria y salven vuestras almas compradas al precio de Vuestra Preciosísima Sangre, a fin de que no haya sino un solo rebaño y un pastor y que todos os rindan gloria en vuestro templo: En su templo un grito unánime: ¡Gloria! Amén. (Sal 28, 9)

¡Dios solo!