sábado, 6 de diciembre de 2025
Un Concilio oscuro destruirá la Iglesia: la impactante revelación de Marie Julie Jahenny
lunes, 30 de junio de 2025
miércoles, 21 de febrero de 2024
Acerca de la virtud de la obediencia
Recientemente en una página que se dice católica, leí que “la santidad siempre implica la obediencia”, a lo que se le agregó: “si la obediencia no te da paz es que eres soberbio”. Dejo sentado que las expresiones se traen a colación no para significar una obediencia a la Tradición Católica, sino para prejuzgar sobre obispos, sacerdotes y religiosos que, por negarse a seguir novedades, ora se los excomulga, ora se los suspende, ora se los manda a un galpón o se los tilda de rebeldes y soberbios.
La primera de las frases, en sí, es verdadera. Pero la aplicación que se hace de la misma puede esconder engaño y falsedad, más en estos tiempos donde el modernismo te está esperando fuera de tu cama para abrazarte apenas te despiertás. Pues bien, precisamente quienes la usaron para zaherir, por caso, a Monseñor Marcel Lefevbre, son quienes la aplican engañosamente. Pues debe aclararse: ¿obediencia a qué? En otras palabras: ¿la santidad implica obedecer cualquier cosa? Para que la obediencia sea meritoria: ¿importa que sea razonable, o importa que sea algo robótico, una sinrazón, por más que cause daños graves para las almas?
He aquí un adolescente que se va a confesar. Y en la confesión escuchamos:
- “Padre, he faltado contra el cuarto mandamiento por desobedecer a mi padre. Me negué a golpear a mamá tal como me lo requirió papá.
- ¡Oh, hijo! ¡Qué grave pecado cometiste! No debes volver a desobedecer a tu papá. Si él te pide que sopapees fuertemente a tu madre, tú golpea duro, hijo. Siempre recuerda que la santidad implica la obediencia.
Ciertamente estamos ante una imbecilidad manifiesta. Si un sacerdote amonestase en confesión a un penitente sosteniendo lo que quedó expuesto en el caso, tal sacerdote o está del remate listo para ser internado en un loquero, o está para que se lo mande a hacer una buena temporada de reajuste psicológico, moral y teológico con suspensión de la administración sacramental hasta que dé pruebas cabales de equilibrio mental, sana doctrina y fiable piedad, o está para que se lo expulse derechamente. Ahora, lo más tremendo no es el caso expuesto. Lo más grave es que esa locura es precisamente lo que viene haciendo el modernismo a escala gigantesca y eso hace ya más de sesenta años.
Al modernismo que hace décadas viene trabajando desde dentro de la Iglesia, podría figurárselo así: un gigante sacerdote apostata que obliga a sus hijos, so pretexto de obediencia y santidad, a golpear duramente a su Madre, la Iglesia Católica. Y cuántos, principalmente cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos, compraron sin mayores miramientos la falsa noción de obediencia tan difundida tras Concilio Vaticano II. Lo repetiré en este escrito también: si el modernismo se ha aplicado a modificar todo (de la manera más fina posible al principio y cada vez más grosero mientras más avanzó), ¿acaso no lo iba a hacer con la obediencia? Fue dicha virtud la que más usaron y siguen usando de modo falseado, pues fue y es la obediencia el arma principal que tuvieron y tienen para rendir las mentes a los atropellos que pergeñaron y coronaron exitosamente.
¡Hasta el Principito tenía clara la noción de obediencia tal como se lee en el capítulo x! Allí se lee: «Si yo ordenara – decía habitualmente – si yo ordenara a un general convertirse en ave marina, y si el general no obedeciera, no sería la culpa del general. Sería mi culpa.» Y aún más en las siguientes palabras sienta redondamente lo principal de la obediencia: “¿Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, quién estaría en falta, él o yo? – Sería usted – dijo con firmeza el principito. – Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar – prosiguió el rey. – La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.” Clarísimo: la autoridad se funda en la razón, no en el capricho, y el superior puede exigir obediencia cuando lo que ordena no implica un mal.
Por tanto, ciertamente la santidad implica la virtud de la obediencia, pero, ¿queda claro? La VIRTUD de la obediencia, no cualquier orden que quiera imponérsela bajo la denominación de obediencia. No cualquier antojo personal merece ser obedecido, y quien ejecuta cualquier cosa contrario a la virtud, por más que quiera dibujárselo bajo el nombre de obediencia no está actuando meritoriamente en la virtud. Ese tal no es una persona obediente virtuosamente, sino que es alguien obediente en una complacencia personal.
He aquí el segundo engaño del que uno debe cuidarse, y es este: que si “la obediencia no te da paz es que eres soberbio”. Una vez más: ¿a qué se está llamando obediencia? ¿A lo que es ordenado y es razonable? ¿A cualquier capricho que un superior impone a un inferior? Pues si se trata de esto último, por más que el que se inclina ante lo ordenado cumpliéndolo sienta paz, tal cosa puede ser mero pacifismo o un fenómeno subjetivo producto de cierta ignorancia, mas no paz verdadera fruto del bien.
Monseñor Marcel Lefebvre no fue ningún soberbio, fue un santo obispo, humildísimo y a su vez firmísimo. Un defensor de la fe, intrépido como San Atanasio, valentísimo como San Nicolás. No dio una trompada al modo en que el santo nombrado últimamente aplicó a Arrio, mas golpeó durísimamente durante años al modernismo, hasta que la Virgen María lo vino a buscar un 25 de marzo, día de la Anunciación. Digan lo que digan de él, pronto será reconocido como uno de los mayores defensores de la fe de los últimos siglos. Ya muchos abren los ojos y ven que gracias a su valentía la Tradición Católica quedó resguardada. Muchos lo siguen, aunque no lo digan por miedo o temor. Pronto se hará justicia con él, y quedará castigada la injusticia que se operó contra él, la misma que lo condenó por no inclinarse obsecuentemente contra los males del progresismo, del liberalismo, males que muchos jerarcas amantes del falso ecumenismo y otras corrupciones doctrinales no dejaron de seguir hasta que también murieron. Ya vamos por la “bendición” de parejas del mismo sexo: y veremos qué más vendrá. Cuentan que a San Nicolás de Bari, a causa del sopapo que le metió al hereje de Arrio, sus propios camaradas conciliares decidieron en castigo meterlo en prisión y quitarle las vestimentas episcopales: “- ¡Oh San Nicolás, te excediste golpeando a Arrio! –exclamaron-.” Mas por la noche, Jesucristo se le apareció al santo varón, lo felicitó y le devolvió todas las ropas episcopales que le fueron quitadas. Cuán distintos son los juicios humanos a los juicios de Dios. Poco falta, ¡muy poco!, para que las modernas sociedades vean, para su humillación, que los obispos a quienes se los tachó de separados, soberbios y rebeldes, han sido los que respetaron realmente los planes de Dios oponiéndose intrépidamente al modernismo bestial y nefasto.
Todavía hay quienes, como si fuéramos tontos, hacen flotar el fantasma de que los “lefebristas” corren suerte paraje a la de Lutero. Tal irrealidad e inverosímil imputación solo es posible planteársela a una piedra, a riesgo de que se vuelva volando contra la cabeza del que hizo el planteo, pues estoy seguro que hasta el mineral comprendería la falacia y, enojado, ejecutaría la volada. No es el santo obispo francés el que viene probando amiguismo con el protestantismo, sino que quienes reivindicaron posiciones de Lutero para escándalo de las almas y de toda la Iglesia, han sido, por caso, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y, actualmente, Francisco. Son tales pontífices quienes llevaron a cabo actos ecuménicos con los protestantes. Y Francisco lo sigue haciendo a escalas alarmantes. De modo que, por favor, un mínimo de respeto intelectual. Un mínimo de sinceridad para ver y decir: ‘ver’ quienes están intentando acercamientos escandalosos con los protestantes, protestantizándose cada vez más, y ‘decir’ que se están equivocando.
Hay quienes proponen una obediencia a la novedad y una apertura a lo tradicional, una amalgama que consideran lo más sano, una puesta en escena de dos universos que consideran posibles, válidos y de sana convivencia, no sin dejar de invocar que así se permanece en “comunión”. Y seguramente tal maniobra, lo adviertan o no, es una de las peores pestes corrosivas de la sana doctrina, pues la gota de veneno mezclada en el litro de agua no hace que el agua torne bueno al veneno, sino que hace que el veneno torne venenosa el agua. La novedad obra contra la comunión, ya que opera contra la universalidad eclesiástica. Se creen prudentes parados en el malabarismo, mas el malabarismo prepara la caída, por tanto no es católico. El catolicismo es intolerante con las invenciones seudocatólicas, y jamás de los jamases propició los malabarismos.
En los tiempos que corren la virtud de la obediencia presenta algunas características fundamentales, hallándose alguna que otra paradoja: 1. Se aferra sin claudicar a la Tradición Católica. 2. No hace la más mínima concesión al modernismo. 3. Es completamente desobediente a la novedad, de ahí que es una ‘obediencia desobediente’ para confusión de la mentalidad moderna. 4. Quiere realizar lo bueno, de ahí que la desobediencia a lo malo, en realidad prueba obediencia y no desobediencia. 5. Sabe que no está frente a una virtud teologal, por tanto puede pecarse por defecto o por exceso; ya enseñó Santo Tomás que “la obediencia no es virtud teologal (…); sí es virtud moral, por ser parte de la justicia, y es medio entre el exceso y el defecto” (Suma Teológica II, II, Q, 104, artículo II, respuesta a la objeción II). Por el contario, la obediencia moderna también denominada ‘falsa obediencia’, presenta estas características: 1. Adhiere a la novedad, sin chistar o chistando, mas a ella finalmente se somete. 2. Obra cosas contrarias a la Tradición Católica. 3. Desobedece a la Tradición, de ahí que es ‘desobediente obediente’, y eso también para confusión de su mentalidad moderna. 4. Ejecuta el engaño, esto es, un mal, de ahí que la obediencia a lo malo, en realidad es prueba de desobediencia y no de obediencia. 5. Hace de la consabida virtud una suerte de virtud teologal, pues al parecer la cree absoluta.
Se quiere silenciar lo enseñado por el Doctor Angélico: “El exceso en ella –la obediencia- no depende de la cantidad, sino de otras circunstancias; por ejemplo, de que uno obedezca a quien no debe o en lo que no debe, como queda dicho al hablar de la religión” (ob. cit. respuesta a la objeción II). Vale decir que se peca contra la obediencia haciendo algo que se ordena pero que es indebido en materia religiosa. Lo cual, queda claro, prueba que uno ha de ver con la luz de su razón qué cosa se está ordenando hacer. Dirá También Santo Tomás: “A veces los preceptos de los superiores van contra Dios. Luego no se les debe obedecer en todo” (ob. cit. artículo v). Y notemos lo que dirige el santo italiano a los religiosos, a quienes los ataja con lo que llama la “obediencia indiscreta”, que consistiría en obedecer algo del superior contrario a lo querido por Dios, pues, dirá, si son ordenes “contrarias a Dios o contra la regla profesada (…) tal obediencia sería ilícita” (ob. cit. artículo V, respuesta a la objeción III).
El modernismo va directamente contra la expresión paulina de “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. No la entiende. No la quiere vivir. No la quiere utilizar. La deforma. Él, como hace de la obediencia una medida que sí o sí debe cumplirse bastando que proceda de quien se tiene por superior, adquirió la costumbre de desobedecer a Dios antes que a los hombres. Hay quienes juzgarán dialécticamente lo anterior objetando que “quien obedece al superior obedece a Dios”, no advirtiendo en lo más mínimo que eso funciona para la VIRTUD de la obediencia, la cual está fundada en la razón, en el bien y en el orden (por eso puede ser virtuosa), y no en el mero capricho de quien por tenerse por autoridad ordena cosas disparatadas amparado en que debe ser obedecido. Ante lo expresado, nunca más oportunas las palabras del R.P. Leonardo Castellani: “La religión adulterada hace gala de la fama de los antiguos santos muertos; y persigue a los santos vivos (…). El actual modernismo religioso se apropia de las glorias terrenas de la Religión (…). Explotadores de la religión que plantaron otros” (El Apokalypsis, ed. Jus, México, 1967, págs. 245 y 246).
viernes, 26 de agosto de 2022
martes, 9 de agosto de 2022
sábado, 21 de mayo de 2022
miércoles, 13 de octubre de 2021
lunes, 11 de octubre de 2021
viernes, 13 de agosto de 2021
miércoles, 3 de febrero de 2021
Respuesta a un sacerdote
Reverendo y estimado sacerdote de Cristo:
He recibido la carta en que me plantea algunas graves cuestiones sobre la crisis de autoridad que atraviesa la Iglesia, crisis que se viene agudizando en los últimos años y en particular durante la emergencia pandémica, con motivo de la cual la gloria de Dios y la salvación de las almas han sido dejadas de lado en aras de una presunta salud del cuerpo. He decidido hacer pública esta respuesta coherente a su carta porque con ella respondo a los numerosísimos fieles y sacerdotes que me escriben de todas partes exponiéndome interrogantes y grandes inquietudes de conciencia sobre las graves cuestiones mencionadas.
Las Sagradas Escrituras abordan el problema de una autoridad pervertida –es decir, que se excede de los límites que le corresponden o que por iniciativa propia se ha fijado un fin contrario al que la legitima– para recordarnos que omnis potestas a Deo (Rom.13,1) y que qui resistit potestati, Dei ordinationi resistit (íb. 2). Y si San Pablo nos exhorta a obedecer a las autoridades civiles, con más razón estamos obligados a obedecer a las eclesiásticas en razón de la primacía que esas cuestiones espirituales tienen sobre las temporales.
Señala Ud. que no nos corresponde juzgar a la autoridad porque el Hijo del Hombre volverá para administrar justicia al final de los tiempos. Pero si tenemos que esperar hasta el día del juicio para que se castigue a los malos, ¿con qué fin habría constituido la Divina Majestad una autoridad temporal y otra espiritual en la Tierra? ¿Acaso no es su deber, en tanto que Vicario de Cristo Rey y Sumo Sacerdote, regir y gobernar a sus súbditos en este mundo administrando justicia y castigando a los malos? ¿Qué sentido tendrían las leyes si no hubiese quien las hiciera respetar e impusiera sanciones a quien las infrinja? Si las decisiones arbitrarias de quienes ejercen autoridad no fueran castigadas por sus superiores, ¿cómo iban a esperar los súbditos, sean civiles o eclesiásticos, obtener justicia en este mundo?
Temo que su objeción de que los eclesiásticos que poseen una autoridad derivada del cargo que ejercen sólo podrán ser juzgados al final de los tiempos conduzcan por un lado al fatalismo y la resignación en los súbditos, y por otro promuevan en cierta forma los abusos de autoridad en los superiores.
La obediencia a una autoridad pervertida no se puede considerar obligatoria, ni tampoco moralmente buena, simplemente porque cuando regrese el Hijo del Hombre al final de los tiempos hará justicia. Es cierto que las Escrituras nos exhortan a ser obedientes, moderando nuestra obediencia con paciencia y espíritu de penitencia, pero en modo alguno nos intiman a obedecer órdenes intrínsecamente malas, sólo porque las da alguien constituido en autoridad. De hecho, cualquier autoridad, en el momento mismo en que se ejerce contra el fin para el que existe, pierde la legitimación que la justifica y, aunque no pierda el cargo en sí, exige a sus súbditos una adhesión que de vez en cuando tendrá que ser examinada y juzgada.
La Revolución trastornó el orden cristiano que reconocía a la autoridad constituida su procedencia de Dios y lo sustituyó por una supuesta democracia en nombre de la laicidad del Estado y su separación de la Iglesia. Con el Concilio, esta subversión del principio de autoridad se ha abierto paso en la propia Jerarquía, con lo que aquel orden debido a Dios no sólo ha sido borrado de la sociedad civil, sino que además se ha visto socavado en la Iglesia misma. Está claro que cuando se trastoca la obra de Dios y se niega su autoridad, el poder es irremediablemente afectado y se crean las condiciones para la tiranía o la anarquía. La Iglesia no es una excepción, como podemos constatar dolorosamente: con frecuencia se hace uso del poder para castigar a los buenos y premiar a los malos. Casi siempre, las sanciones canónicas sirven para excomulgar a quien se mantiene fiel al Evangelio. Los dicasterios y los órganos de la Santa Sede apoyan los errores e impiden la difusión de la Verdad. El mismo Bergoglio, que debería representar en la Tierra a la más alta Autoridad, se sirve del poder de las Santas Llaves para promocionar el plan mundialista y promover doctrinas heterodoxas, siendo muy consciente del principio First See es juzgado por no le permite actuar si las vigas.
Se trata, claro está, de una situación anómala, porque según el orden establecido por Dios hay que obedecer al representante de la autoridad. Pero en este universo admirable Satanás introduce el caos manipulando al elemento frágil y pecador: el hombre. Ud., estimado sacerdote, lo pone bien de manifiesto en su carta: «Ahora bien, lo más diabólico que ha conseguido nuestro enemigo para hacer el mal es utilizar precisamente a quien se muestra ante el mundo investido de la autoridad que Jesucristo confirió a su Iglesia. Y con ello, por un lado hace que algunos buenos participen en el mal, y por otro escandaliza a los buenos que se dan cuenta». Contextualiza esta situación en el caso actual: «Se abusa de la autoridad concedida por Jesús para justificar y alentar una terrible operación que es presentada bajo el falso nombre de vacunación.»
Concuerdo con su valoración de la objetiva inmoralidad de la llamada vacuna contra el covid-19 a causa del empleo en su fabricación de material derivado de fetos abortados. Estoy igualmente de acuerdo en que el documento promulgado por la Congregación para la Doctrina de la Fe es totalmente inapropiado en el aspecto científico, además de en el filosófico y el doctrinal. El Prefecto se limita a acatar dócilmente unas más que discutibles consignas recibidas de su superior. La obediencia de los réprobos es emblemática en esta situación, porque con toda desenvoltura se desentiende de la autoridad de Dios y de la Iglesia en nombre de un servilismo que adula al autoritarismo del superior inmediato.
Con todo, me gustaría precisar que el documento de la Santa Sede es particularmente insidioso porque se limita a analizar un aspecto remoto, por así decirlo, de la composición del fármaco (dejando aparte la licitud moral de una acción que no pierde gravedad con el paso del tiempo); sino porque también hace caso omiso de que para revitalizar el material fetal usado en un principio es necesario añadir periódicamente material proveniente de nuevos fetos abortados ad hoc en el tercer mes de gestación, y que esos tejidos se tienen que extraer de criaturas aún vivas y con el corazón palpitando. Dada la importancia de la materia y las denuncias de científicos católicos, la omisión de un elemento integrante de la producción de la vacuna en un pronunciamiento oficial confirma, en la hipótesis más generosa, una escandalosa incompetencia, y en la más realista, la deliberada voluntad de hacer pasar por moralmente aceptables vacunas producidas gracias a abortos provocados. Esta especie de sacrificio humano en su forma más descarada y cruenta es considerado por un dicasterio de la Santa Sede como algo sin importancia, todo en nombre de la nueva religión sanitaria que Bergoglio promueve con tanto ardor.
Estoy de acuerdo con Ud. en cuanto a la omisión de valoraciones de la manipulación genética provocada por algunas vacunas que actúan a nivel celular con fines que las empresas farmacéuticas no osan confesar, que ha sido denunciada por científicos y cuyas consecuencias a largo plazo todavía se desconocen. Pero la Congregación para la Doctrina de la Fe evita escrupulosamente pronunciarse sobre la moralidad de experimentar en seres humanos, experimentación admitida por los propios productores de las vacunas, que se niegan a facilitar los datos de dicho experimento masivo hasta dentro de varios años, cuando ya se sepa si el fármaco es eficaz y al precio de qué efectos secundarios permanentes. Del mismo modo que Doctrina de la Fe no dice nada de la moralidad de especular vergonzosamente sobre un producto que es presentado como única defensa contra un virus gripal que todavía no ha sido aislado sino apenas secuenciado. Si no se aísla el virus, es científicamente imposible producir los antígenos de la vacuna, con lo cual toda esta operación del covid se manifiesta, para quien no esté cegado por prejuicios o por mala fe, en toda su criminal falsedad e intrínseca inmoralidad. Falsedad que no sólo confirma el entusiasmo casi religioso con el que se presenta la función salvadora de la supuesta vacuna, sino también en la terca negativa de las autoridades sanitarias internacionales a reconocer la validez, eficacia y costo reducido de curas existentes como el plasma hiperinmune de hidroxicloroquina e invermectina y de la ingestión de vitaminas C y D para aumentar las defensas y curar con celeridad a los primeros síntomas. No olvidemos que si hay personas ancianas o con las defensas bajas que han muerto de covid, ello obedece a que la OMS ha ordenado a los médicos generalistas no tratar los síntomas, indicando para los pacientes que presenten complicaciones un tratamiento hospitalario totalmente inadecuado y perjudicial. También calla a este respecto la Santa Sede, cómplice evidente de una conjura contra Dios y contra el hombre.
Volvamos al tema de la autoridad. Ud. escribe: «Por tanto, quien se encuentra ante personas investidas de autoridad por Jesús que de forma manifiesta se comportan al contrario de lo que Él mandó, está en situación de preguntarse si puede obedecer o no a su superior, ya que en una situación tan terrible como esta ve que quien ejerce la autoridad en nombre del Señor se opone palmariamente a lo que Él mandó». La respuesta nos la da la doctrina católica, que fija unos límites clarísimos de acción a la autoridad de los prelados y la autoridad suprema del Papa. En este caso, yo diría que es obvio que la Santa Sede carece de competencia para expresar valoraciones que por el modo en que se exponen y se analiza y las patentes omisiones en que incurren se exceden de los límites fijados por el Magisterio. Bien mirado, el problema es lógico y filosófico antes que teológico o moral, porque los términos de la cuestión son incompletos y erróneos, con lo que la solución será incompleta y errónea.
Ello no resta gravedad alguna al proceder de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero al mismo tiempo, precisamente porque se excede de los límites propios de la autoridad eclesiástica se confirma el principio general de la doctrina, y con él también la infalibilidad que garantiza el Señor a su Vicario cuando éste quiere enseñar una verdad relativa a la Fe o la Moral como Pastor Supremo de la Iglesia. Si no hay una verdad que enseñar; si esa verdad no tiene nada que ver con la fe y la moral; si quien promulga esa enseñanza no tiene intención de hacerlo con la autoridad apostólica; si la intención de transmitir esa doctrina a los fieles como verdad que se debe creer y sostener no es explícita, no está garantizada la asistencia del Paráclito. En ese caso se puede –y en algunos casos se debe– hacer caso omiso de la autoridad promulgante. Así pues, los fieles pueden resistir el ejercicio ilegítimo de una autoridad legítima, o el ejercicio ilegítimo de una autoridad ilegítima.
Por eso, no estoy de acuerdo con Ud. cuando afirma: «Si tal autoridad cae en infidelidad, sólo Dios puede intervenir. También porque ante una autoridad inferior resulta más difícil recurrir para obtener justicia». El Señor puede intervenir positivamente en el curso de los acontecimientos manifestando de forma prodigiosa su voluntad, o limitándose a acortar los días de los malos. Ahora bien, la infidelidad de quien está constituido en autoridad, aunque no puedan juzgarlo sus súbditos, no por ello es menos culpable ni puede exigir que se obedezcan órdenes ilegítimas o inmorales. Una cosa es el efecto que tenga en los súbditos, y otra el juicio sobre su actuación; y otra cosa también el castigo que pueda ameritar. Así pues, aunque no corresponde a los súbditos dar muerte al Papa por herejía (a pesar de que Santo Tomás de Aquino considere la pena de muerte apropiada para el delito de corromper la Fe), podemos reconocer a un pontífice como hereje, y como tal negarle en casos concretos la obediencia que de otro modo le sería debida. No lo juzgamos porque no tenemos autoridad para ello; reconocemos quién es mientras esperamos que la Providencia suscite a quien puede pronunciarse definitivamente y de forma autorizada.
Por eso, cuando Ud. afirma que «los súbditos del malo no tienen autoridad para rebelarse y destituirlo», es necesario distinguir en primer lugar qué clase de autoridad es la que se cuestiona, y en segundo lugar cuál es la orden impartida y qué daños se derivarían de una eventual obediencia. Santo Tomás considera moralmente lícitos en ciertos casos la resistencia al tirano y el tiranicidio, del mismo modo que es lícito y obligatorio desobedecer la autoridad de los prelados que abusan de su autoridad contrariando el fin intrínseco de la misma.
En su carta, dice que la rebelión está marcada por el sello de la ideología comunista. Pero la Revolución, una de cuyas expresiones es el comunismo, tiene por objeto destituir a los soberanos no porque puedan ser corruptos o tiranos, sino porque jerárquicamente están integrados en un orden esencialmente católico, y por ende antitético al marxismo.
Si no estuviera permitido hacer frente al tirano, habrían pecado los cristeros que se enfrentaron por las armas al dictador masón que perseguía a sus súbditos mexicanos abusando de su autoridad. Habrían pecado también los vandeanos, y los sanfedistas e insurgentes italianos, víctimas de un poder revolucionario, corrompido y corruptor, ante el cual la rebelión no sólo era lícita, sino incluso obligada. Han sido víctimas igualmente de la autoridad establecida l todos los católicos que a lo largo de la historia han tenido que rebelarse contra sus prelados, por ejemplo los fieles que en Inglaterra hubieron de enfrentarse a sus obispos que se habían vuelto herejes con el cisma anglicano, o los que en Alemania se vieron obligados a negar obediencia a los prelados que habían abrazado la herejía luterana. La autoridad de esos pastores que se habían transformado en lobos era nula de hecho, porque estaba orientada a la destrucción de la Fe en lugar de a defenderla, opuesta al Papa en vez de en comunión con él. Acertadamente, añade Ud.: «En ese caso, los pobres fieles se quedan estupefactos viendo que sus pastores se manchan desvergonzadamente de semejantes delitos. ¿Cómo se puede seguir en nombre de Jesús a quien hace lo que Jesús no quiere?» Y sin embargo, poco después leo que dice: «Quien niega la autoridad de su superior, niega en realidad a la autoridad que lo ha constituido. Quien se mantiene sometido a la potestad de los ministros constituidos por la autoridad de Jesucristo, aun no haciéndose cómplice de sus errores, obedece a la autoridad de Jesús, que lo constituyó». Esto que dice es claramente erróneo, porque al vincular indisolublemente la autoridad primaria y originaria de Dios a la autoridad derivada y vicaria de la persona establece una especie de vínculo indefectible, vínculo que se deshace en el momento en que quien ejerce la autoridad en nombre de Dios pervierte esa autoridad en la práctica e invierte con ello su fin. Añadiré que precisamente porque hay que honrar por encima de todo la autoridad de Dios, ésta no se puede desacatar obedeciendo a quien por su propia naturaleza está sujeto a la misma autoridad divina. Por eso San Pedro (Hch.5,29) nos exhorta a obedecer a Dios antes que a los hombres. La autoridad terrenal, ya sea temporal o espiritual, está siempre sometida a la autoridad de Dios. No se puede pensar que, por una razón que casi parece dictada por un burócrata, el Señor haya querido dejar a su Iglesia a merced de tiranos poco menos que anteponiendo su legitimación procedimental al objeto por el cual les ha mandado apacentar su grey.
Es cierto que la solución de la desobediencia parece más aplicable a los prelados que al Papa, dado que aquellos pueden ser juzgados y depuestos por el Sumo Pontífice, mientras que éste no puede ser depuesto por nadie en este mundo. Pero si humanamente es increíble y doloroso tener que reconocer que un papa pueda ser malo, no por ello se puede negar la evidencia ni hay obligación de resignarse pasivamente a los abusos de la autoridad que ejerce en nombre de Dios pero en contra de Él. Y como nadie querría asaltar los sacros palacios para expulsar a su indigno inquilino, hay con todo formas legítimas y proporcionadas de ejercer una auténtica oposición, incluido presionarlo para que dimita del cargo. Precisamente para defender el Papado y la sagrada autoridad que el pontífice recibe del Sumo y Eterno Sacerdote, es necesario apartar del cargo a quien lo humilla, socava y abusa de él. Me atrevería a añadir que también la renuncia arbitraria al ejercicio de la autoridad sagrada del Romano Pontífice es una gravísima ofensa al Papado, y de ello deberíamos considerar más culpable a Benedicto XVI que a Bergoglio.
Más adelante, Ud. habla de lo que debería pensar el prelado que abusa tirániceament de la propia autoridad: «Un ministro de Dios […] debe ante todo negar la propia autoridad de apóstol, de enviado de Jesús. Reconocer que no quiere seguir al Señor, y abandonarlo. Así, el problema quedaría resuelto». Estimado sacerdote, Ud. pretende que el inicuo se comporte como una persona honrada y temerosa de Dios, cuando precisamente por ser malo abusa sin la menor coherencia y sin el menor escrúpulo de una autoridad que sabe muy bien que se le ha conferido para demolerla. Porque en la misma esencia de la tiranía, como perversión de la autoridad justa y buena que es, está no sólo desempeñarse de forma perversa, sino también el querer desacreditar y rechazar la autoridad de la que es una grotesca falsificación. Los horrores cometidos por Bergoglio en los últimos años no sólo son un escandaloso abuso de la autoridad pontificia, sino que tienen por inmediata consecuencia el escándalo de los buenos, porque hace impopular y odioso al propio Papado con esa parodia del Papado, perjudicando con ello irremediablemente la imagen y el prestigio de que gozaba hasta ahora la Iglesia, aquejada ya desde hace décadas de ideología modernista.
Escribe Ud.: «A nadie le es lícito obedecer órdenes injustas, malas o ilegítimas, ni hacer mal alguno so pretexto de obediencia. Pero tampoco le está permitido a nadie negar la autoridad del Papa porque la ejerza de un modo malvado y salirse de la Iglesia fundada por Jesucristo sobre la piedra del apóstol San Pedro». En este caso, en la frase «negar la autoridad» habría que hacer una distinción entre negar que Bergoglio, en una orden concreta que dé a los fieles, ejerza su autoridad pontificia, y negar que él, en una orden concreta que dé a los fieles, tenga derecho a ser obedecido cuando tal orden esté en conflicto con la autoridad del Papa. Nadie obedecería a Bergoglio si éste hablase a título personal o trabajara en el catastro, pero el solo hecho de que siendo el Papa enseñe doctrinas heterodoxas o escandalice a los sencillos con afirmaciones provocadoras agrava en extremo su culpa, porque quien lo oye cree oír la voz del Buen Pastor. La responsabilidad moral del que manda es inconmensurablemente mayor que la del súbdito que tiene que decidir si le obedece o no. El Señor le pedirá cuentas con un rigor inflexible por las consecuencias que tiene sobre los súbditos el bien o el mal realizado por el superior, y también en lo que se refiere a buen y mal ejemplo.
Si bien se mira, precisamente para defender la comunión jerárquica con el Romano Pontífice se hace necesario desobedecerle, denunciar sus errores y pedirle que dimita. Y pedirle a Dios que se lo lleve con Él cuanto antes, si de ello puede resultar en un bien para la Iglesia.
El engaño, el colosal engaño sobre el cual he escrito en varias ocasiones, consiste en obligar a los buenos –llamémoslos así en aras de la brevedad– a seguir prisioneros de normas y leyes que los malos utilizan in fraudem legis . Es como si hubieran entendido que en nuestra debilidad, es decir que aun con todos nuestros defectos, religiosa y socialmente estamos orientados a respetar la ley, a obedecer a la autoridad, a cumplir la palabra empeñada y a tener una conducta honrada y leal. Esa debilidad virtuosa les garantiza nuestra obediencia, la sumisión, una resistencia máximamente respetuosa y una prudente desobediencia. Saben que nosotros –a quienes consideran unos pobres idiotas– vemos en ellos la autoridad de Cristo, y a ella miramos a fin de obedecer, aunque sepamos que tal acción, moralmente irrelevante, apunta en una dirección bien concreta. Así nos han impuesto la Misa reformada, así nos han acostumbrado a oír recitar las suras del Corán desde los púlpitos de nuestras catedrales y a ver a éstas transformadas en comedores o dormitorios. Todas las decisiones tomadas por la autoridad desde el Concilio para acá han sido posibles precisamente porque obedecíamos a nuestros sagrados pastores, y aunque algunas de sus decisiones nos parecían aberrantes, no podíamos creer que estuvieran engañándonos; y tal vez ellos mismos, a su vez, no se dieran cuenta de que las órdenes que nos daban tenían un objetivo inicuo. Hoy en día, si seguimos el hilo conductor que liga la abolición de las órdenes menores a la invención de las acólitas y diaconisas, comprendemos que quien reformó la Semana Santa en tiempos de Pío XII ya apuntaba al Novus Ordo y sus atroces variantes actuales. El abrazo de Pablo VI al patriarca Atenágoras nos infundió esperanzas de verdadero ecumenismo, porque no habíamos entendido –como ya habían denunciado algunos– que aquel gesto preparaba el politeísmo de Asís, el indecente ídolo de la Pachamama y, dentro de poco, el aquelarre de Astaná.
Ninguno queremos entender que basta con no apoyar este impasse para que se rompa. Debemos negarnos a enfrentarnos en duelo con un adversario que dicta las reglas a las cuales sólo debemos someternos, dándose a sí mismo libertad para infringirlas. No hagamos caso de él. Nuestra obediencia no tiene nada que ver con el servilismo cobarde ni con la insubordinación; al contrario, nos permite suspender todo juicio sobre quien sea o no sea papa y seguir comportándonos como buenos católicos aunque el Papa nos desprecie, insulte o excomulgue. Porque la paradoja no está en la desobediencia de los buenos a la autoridad del Papa, sino en el absurdo de tener que desobedecer a una persona que es al mismo tiempo papa y heresiarca, Atanasio y Arrio, luz de iure y tinieblas de facto. La paradoja está en que para seguir en comunión con la Sede Apostólica tenemos que apartarnos de aquel que debería representarla y vernos burocráticamente excomulgados por quien se encuentra en estado objetivo de cisma consigo mismo. El precepto evangélico de no juzgar no debe entenderse en el sentido de abstenerse de emitir un juicio moral, sino de condenar a la persona; de lo contrario seríamos incapaces de realizar actos morales. Cierto es que no le corresponde a uno separar el trigo de la cizaña, pero nadie debe llamar cizaña al trigo ni trigo a la cizaña. Y quien ha recibido órdenes sagradas, y más aún si está en la plenitud del sacerdocio, no sólo tiene el derecho sino el deber de señalar a los sembradores de cizaña, los lobos rapaces y los falsos profetas. Porque también en casos así,además de participar del sacerdocio de Cristo se participa de su autoridad real.
Lo que no se recuerda ni en el ámbito político y social ni en el eclesiástico es que nuestra aceptación inicial de un presunto derecho de nuestro adversario a obrar mal, basada en un erróneo concepto de libertad (moral, doctrinal y religiosa) se está convirtiendo en una tolerancia forzada del bien mientras el pecado y el vicio se vuelven la norma. Lo que ayer se admitía como un gesto de tolerancia pretende hoy plena legitimidad, y nos confina a los márgenes de la sociedad como una minoría en vías de extinción. Dentro de poco, y en coherencia con la ideología anticristiana que dirige esta inexorable transformación de valores y principios, se prohibirá la virtud y se condenará a quienes la practiquen en nombre de una intolerancia al Bien, al cual se señalará como causante de división, integrista y fanático.Nuestra tolerancia hacia quien hoy se hace promotor de las exigencias del Nuevo Orden Mundial y de su asimilación por el cuerpo eclesial conducirá irremediablemente a la instauración del reino del Anticristo, en el que los católicos fieles serán perseguidos como enemigos públicos, del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.
Creo, estimado padre, que habrá que aceptar sus observaciones sobre la crisis de la autoridad, al menos a juzgar por la velocidad con que Bergoglio y su corte asestan golpes a la Iglesia. Por mi parte, ruego al Señor que saque a la luz la verdad hasta ahora oculta y nos permita reconocer al Vicario de Cristo en la Tierra no tanto por sus vestiduras como por las palabras que pronuncia y el ejemplo de sus obras.
Reciba mi bendición, mientras me encomiendo confiado a sus oraciones.
+ Carlo Maria Viganò, arzobispo
31 de enero de 2021
Septuagésima
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)
Fuente: Adelante la Fe
sábado, 16 de enero de 2021
Mons. Viganò: «La supresión del juramento antimodernista fue una dejación de funciones, una traición de una gravedad inaudita»
Jeremías 31,19
En un artículo que apareció en LifeSiteNews el pasado 28 de septiembre [1], la Dra. Maike Hickson me hizo algunas preguntas con vistas a complementar las afirmaciones que yo había hecho sobre el Concilio Vaticano II de las que habló Marco Tosatti [2].
EL JURAMENTO ANTIMODERNISTA
En el siguiente análisis hablaré del Juramento Antimodernista que promulgó San Pío X mediante el motu proprio Sacrorum antistitum del 1º de septiembre de 1910[3], tres años después de la publicación del decreto Lamentabili [4] y la encíclica Pascendi Dominici gregis5]. El apartado VI de Pascendi estableció la institución lo antes posible (quanto prima) de un Consejo de Vigilancia en cada diócesis, mientras que el VII ordenaba que en el plazo de un año se enviase a la Santa Sede «de las doctrinas que dominan en el clero», y luego cada tres años, «una relación diligente y jurada» de cómo se estaba poniendo en práctica lo prescrito por la encíclica, el cual más tarde se llegó a conocer como la relación Pascendi[6].
Se observará que la Santa Sede encaraba de un modo muy diferente la gravísima crisis doctrinal de aquellos años si la comparamos con la postura diametralmente contraria adoptada después del pontificado de Pío XII.
Los novadores se quejaban de lo que llamaron un clima de caza de brujas, pero incuestionablemente tenía el mérito de que gracias a un sistema de vigilancia y prevención se acababa con los enemigos que acechaban a la Iglesia desde dentro. Si entendemos la herejía como una enfermedad contagiosa que aqueja al cuerpo de la Iglesia, tendremos que reconocer que San Pío X actuó con la sabiduría de un médico que erradicó la enfermedad y aisló a quienes contribuían a su propagación.
ABOLICIÓN DEL JURAMENTO Y DEL ÍNDICE
Al reconocer el vínculo ideológico que yo había puesto de relieve entre el Concilio y la declaración de Land O’Lakes del 23 de julio de 1967, Maike y Robert Hickson señalaron acertadamente otra interesante coincidencia: la derogación el 17 de julio de 1967 de la obligación hasta entonces vigente que todo sacerdote tenía de hacer el Juramento antimodernista. Esta abolición pasó casi desapercibida, sustituyendo la fórmula anterior –que exigía la profesión de fe y el Jusjurandum antimodernisticum– por el Credo de Nicea y esta breve frase:
También nosotros abrazo y sostengo firmemente todas y cada una de las cosas que la Iglesia en cuanto a la enseñanza de la fe y la moral, por la Iglesia, ya sea por un juicio solemne de lo definido o en la autoridad docente ordinaria, ha sido enunciada y declarada en ella, en la medida en que las mismas se proponen, especialmente las que se refieren al misterio de la santa Iglesia de Cristo y sus sacramentos y el Sacrificio de la Misa, y la continuidad del Primado del Romano Pontífice . [Abrazo y bear firmemente y sin excepción todo cuanto has formulado y declaradas la Iglesia con respecto a la learning de la fe y las costumbres, ya sea por himno definición o por el ordinario, y en particular todo lo dicho a la Santa Iglesia de Cristo, los Sacramentos el sacrificing y de la Misa del primado el Papa.]
La Doctrina de la Nota Explicativa de la conocida Congregación para la la Fé de la Sagrada declaraba: « La fórmula de la Profesión de la Fe debe utilizarse adelante está prescrita por la ley, en aquellos casos en que, y de su juramento de Trento antimodernistici lugar de la fórmula De ahora en adelante se empleará esta fórmula en los casos en que la ley prescriba la profesión de fe, en lugar de la fórmula tridentina y del juramento antimodernista.»[7]
Hay que señalar que esta derogación fue precedida de la abolición del Índice de libros prohibidos, que tuvo lugar el 4 de febrero de 1966, después de que Paulo VI redefiniera las competencias y la estructura de la congregación el 7 de diciembre de 1965 y cambiara el antiguo nombre de Santo Oficio por el actual, mediante el motu proprio Integrae servandae:
«Porque la caridad “echa fuera el temor” (1 Jn 4,18), y se procura mejor defender la fe mediante la promoción de la doctrina, corrigiendo errores y llevando con suavidad al buen camino a los que yerran. Además, el progreso de la civilización, cuya importancia en lo religioso no podemos olvidar, hace que los fieles sigan más plenamente y con más amor a la Iglesia si comprenden la razón de las determinaciones y las leyes, en la medida que esto es posible en el ámbito de la fe y las costumbres».[8]
La derogación del Juramento antimodernista formaba parte de un plan para desmantelar la estructura disciplinaria de la Iglesia precisamente en el momento en que era mayor el peligro de adulteración de la fe y la moral por parte de los novadores. Esa operación confirma la intención de quienes ante el ataque ultraprogresista lanzado en el Concilio no sólo dieron rienda suelta al enemigo sino que al mismo tiempo privaron a la Jerarquía de los medios disciplinarios para protegerse y defenderse. Aquello fue una dejación de funciones, una traición de una gravedad inaudita, y más aún en aquellos terribles años. Sería como si en plena batalla el comandante el jefe ordenara a sus hombres que depusieran las armas ante el adversario justo cuando estaban a punto de tomar por asalto la fortaleza enemiga.
POR QUÉ NO ES ADECUADA LA NUEVA FÓRMULA
Que la nueva fórmula de 1967 no es apropiada, también lo señaló el P. Umberto Betti O.F.M. en las Consideraciones doctrinales que se publicaron 1989 tras la promulgación de la nueva fórmula de profesión de fe:
Esta afirmación omnicomprensiva, aunque se aconsejaba por su brevedad, no estaba exenta de una doble desventaja: que no se podía distinguir bien las verdades propuestas para creerse como divinamente reveladas de modo definitivo pero no divinamente reveladas, y el de omitir las enseñanzas del supremo magisterio sin la nota de divinamente revelada o de proposición definitiva.[9]
Da la impresión de que entiende que la solicitud de la Congregación estuvo motivada por la necesidad de incluir en el juramento de fidelidad tanto el propio Concilio como el magisterio que carece de «la nota de divinamente revelada o de proposición definitiva», tras la cual, alegremente y con el entusiasmo del desmantelamiento conciliar, la primera fórmula había permitido en sustancia que se entendiese que el contenido del Juramento antimodernista ya no tenía validez, y que por tanto era posible adherirse –como en efecto sucedió– a las heterodoxas doctrinas modernistas.
LOS REBELDES HACEN SUYAS LAS DEMANDAS DEL COMUNISMO
No puedo afirmar con seguridad que el padre Theodore M. Hesburgh fuera consciente de la inminente derogación de la Profesión de Fe y del Juramento Antimodernista mientras preparaba la Declaración de Land O’Lakes. Con todo, me parece evidente que el clima de rebelión reinante aquellos años en Europa y en Estados Unidos contribuyó en gran medida a que se creyese que Roma aprobaba, si no los excesos escandalosos, al menos ciertas concesiones a los progresistas.
Recuerdo que el 9 de octubre de 1966 el cardenal Alfrink había presentado el nuevo catecismo holandés en Utrecht, expresión de todos los errores que el espíritu del Concilio consideraba por entonces que se habían establecido. Al año siguiente, el 10 de octubre de 1967, durante el tercer congreso internacional para el apostolado de los seglares que se celebró en Roma, se conmemoró la muerte de Ernesto «Che» Guevara, muerto el día anterior en un combate guerrillero. En los meses siguientes se sucedieron ocupaciones violentas de las universidades por parte de los estudiantes, entre ellas la Católica de Milán, en protesta contra la guerra del Vietnam. Y el 5 de diciembre de 1967, gracias a la intervención del secretario de estado Agostino Casaroli, el presidente del estudiantado de la Universidad Católica de Milán, Nello Canalini, fue recibido en audiencia por el Subsecretario de Estado, monseñor Giovanni Benelli. El 21 de diciembre de 1967, a pesar de las amonestaciones de su orden,tres sacerdotes y una monja se integraron a la guerrilla guatemalteca, y dos días más tarde, con motivo de la visita del presidente Lindon B. Johnson al Vaticano, hubo protestas de católicos progresistas, incluido el Círculo Maritain de Rimini. A esto siguió la condena de la guerra de Vietnam por el cardenal Lercaro (1 de enero de 1968) y la proclama antiimperialista de Fidel Castro, redactada por cuatro sacerdotes. El 31 de enero de ese mismo año, el obispo brasileño Jorge Marcos defendió la revolución en una entrevista televisada. El 16 de febrero, los presidentes de la FUCI (federación católica de universitarios italianos), Mirella Gallinaro y Giovanni Benzoni, dirigieron una carta abierta a los catedráticos exponiendo los motivos de las protestas estudiantiles. A partir de ese momento, las protestas se multiplicaron,algunas de ellas violentas, dando lugar al tristemente célebre Mayo del 68, en el cual se ocuparon todas las universidades italianas. ¿De qué nos vamos a extrañar? El Che Guevara había estudiado en un colegio jesuita de Santiago de Cuba, y en el ámbito político la revolución siempre procede de una revolución en la esfera teológica.
LA JERARQUÍA SE RINDE ANTE LA SUBVERSIÓN
Está claro que el ambiente político de aquellos años fue el caldo de cultivo de la Revolución, y es también evidente que la Iglesia no reaccionó con la firmeza y determinación que habría sido necesaria. Es más, incluso por parte de los gobiernos nacionales, la respuesta fue del todo ineficaz. Se entiende, por tanto, que el clima de rebeldía imperante en los ambientes progresistas católicos no podía menos que incluir a los sedicentes intelectuales de Land O’Lakes y a muchas universidades de diversos países. En vez de interrogarse por las causas de aquellas agitaciones, la Jerarquía procuró deplorar torpemente los excesos, precisamente porque la causa estaba en el Concilio y su sentido contestatario, a pesar de lo proclamado por Paulo VI:
Después del Concilio la Iglesia ha gozado, y sigue gozando de un magnífico despertar que Nos agrada reconocer y promover; pero la Iglesia también ha sufrido y sigue sufriendo por un torbellino de ideas y de sucesos que desde luego no se ajustan al buen Espíritu ni prometen esa renovación vital que ha prometido y promovido el Concilio. También en ciertos ambientes católicos se ha abierto paso una idea de efectos contradictorios: la idea del cambio, que para algunos ha sustituido a la del aggiornamento, predicho por el papa Juan, de grato recuerdo, atribuyendo así, contra la evidencia y contra la justicia, a aquel fidelísimo Pastor de la Iglesia criterios no ya innovadores, sino que incluso subvierten las enseñanzas y la disciplina de la propia Iglesia.[10]
Esos «criterios no ya innovadores, sino que incluso subvierten las enseñanzas y la disciplina de la propia Iglesia» los tenemos hoy a la vista, y estaban ya presentes cuando se impuso a todo el pueblo cristiano la nueva Misa, epítome de la subversión en el terreno litúrgico.
Recuerdo muy bien el clima imperante en aquellos años y la consternación de numerosos sacerdotes, profesores y teólogos ante la arrogancia de los rebeldes y la violencia de sus partidarios. Y también recuerdo la timidez y el miedo a agravar los enfrentamientos; el fruto del complejo de inferioridad que aquejaba en particular a los más altos niveles de la Iglesia y el Estado. Por otro lado, después de la operación emprendida por Roncalli y Montini para desmantelar la naturaleza solemne y sacerdotal del pontificado de Pío XII, aquella sensación de fracaso era la única reacción posible para un episcopado habituado a la obediencia ciega, y más aún en vista de la impunidad de que gozaban sus hermanos en el episcopado que eran modernistas. Era la época en que la abadía benedictina alemana de Michaelsberg pidió ser reducida al estado laical en protesta por los medios autoritarios del Vaticano, y los monjes terminaron casándose poco después. Era la época de la Carta de los 700, por la que 774 sacerdotes y laicos franceses pidieron a Paulo VI que se enfrentara a la Jerarquía, renunciara al poder temporal y se acercara más a los pobres. Actualmente esos setecientos insurrectos aclamarían a Bergoglio por haber concluido la labor que inició el Concilio.
CASAMATAS EN LA ESFERA ECLESIÁSTICA[11]
En vísperas del 68, suprimir la Profesión de fey elJuramento antimodernista fue una decisión desafortunada porque, como el asalto a la Bastilla, había sido algo preparado en las tenidas secretas de los masones, y así, la Revolución del 68 encontró una base ideológica en las universidades católicas y formó allí a sus más entusiastas protagonistas, algunos de los cuales estaban adscritos a la extrema izquierda. No exigir al profesorado de aquellas universidades y a los capellanes de las instituciones laicas que hicieran el Juramento fue equivalente a autorizarlos a transmitir sus heterodoxas ideas, dando a entender que ya no estaba en vigor la condena del modernismo. Esto permitió que los novadores se hicieran los amos conforme a los métodos de Antonio Gramsci, que identificaba el aparato del Estado –colegios, partidos, sindicatos,prensa y asociaciones diversas– casamatas del enemigo que había que tomar en una acción paralela a la guerra en las trincheras.[12]
A este respecto, Alexander Höbel señala lo siguiente en uno de sus ensayos sobre Gramsci, filósofo fundador del Partido Comunista Italiano:
Antes de hacerse con el poder político, [el Partido Comunista] tiene que esforzarse por alcanzar la hegemonía en la sociedad civil, lo cual supone la hegemonía en lo ideológico y cultural, pero también significa tomar durante una larga guerra de posiciones que alterna por fases con la guerra en movimiento: las casamatas, las trincheras, los innumerables núcleos de poder popular (o de resistencia) que constituyen los sindicatos, las cooperativas, los gobiernos locales, las asociaciones y todo el entramado de estructuras que hacen a la sociedad civil de hoy inmensamente más compleja que en la época de Gramsci. A lo largo de este proceso la clase subordinada se convierte en una clase en sí. Se transforma en la clase dirigente y sienta las bases para convertirse en la clase dominante. Es decir,en el poder político que conquista a base del consenso y un compartir por parte de las masas, expresión de un nuevo bloque histórico. En esta batalla por la hegemonía, el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]el proletariado no sólo forja una política de alianzas, sino que crea una conciencia política de los cambios que ya se han dado a nivel estructural en el desarrollo de las fuerzas productivas, dejando claro que la transformación política y social no sólo es posible sino necesaria. En este contexto, está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]está claro que en la relación con los posibles aliados «la única posibilidad concreta es el entendimiento, ya que la fuerza se puede emplear contra enemigos, no contra una parte de uno mismo que quiere asimilarse rápidamente».[13]
Si aplicamos las recomendaciones de Gramsci a lo que ha pasado en el corazón de la Iglesia de un siglo para acá, podremos ver que la labor de tomar las casamatas eclesiales se ha llevado a cabo con los mismos métodos subversivos. Ciertamente la infiltración del estado profundo en las instituciones civiles y de la iglesia profunda en las católicas se ajusta a este criterio.
EXENCIÓN DEL JURAMENTO EN LAS UNIVERSIDADES ALEMANAS
Por lo que se refiere a la exención del juramento en los departamentos de las universidades alemanas en tiempos de San Pío X, entiendo por la documentación que he consultado [14] que no fue concedida, sino que de facto se consiguió mediante extorsión contrariando los deseos de la Santa Sede gracias a la tolerancia de ciertos miembros del episcopado alemán. El cardenal Walter Brandmüller ha destacado las consecuencias de dicha exención en los seminarios alemanes. Por mi parte, me limito a señalar que son patentes en la formación de Joseph Ratzinger, que asistió a las clases del Instituto Superior de Filosofía y Teología de Freising, del seminario Herzoglisches Georgianum de Munich en Baviera y a la Universidad Ludwig Maximilian de Munich. Además, el jesuita Karl Rahner, entre otros, se formó en Alemania;su currículum le ganó ser nombrado perito del Concilio por iniciativa de Juan XXIII, que era amigo del modernista Ernesto Buonaiuti.
A este respecto, es interesante lo que señaló el profesor Claus Arnold en su estudio The Reception of the Encyclical Pascendi in Germany (sobre la recepción de la encíclica Pascendi en Alemania):
A partir de una investigación general se puede reconstruir que la encíclica Pascendi sólo se pudo aplicar de un modo muy aproximativo, al menos para lo habitual en una burocracia centralizada. Desde esta perspectiva, se observa un alto grado de indolencia y resistencia por parte de los obispos, también en Alemania. Pío X tenía motivos de sobra para estar decepcionado: la secta secreta de los modernistas infiltrados en la Iglesia, cuya existencia se sospechaba, no pudo ser detectada por los obispos, y el juramento antimodernista de 1910 se puede considerar una expresión de insatisfacción por la ceguera de los obispos. Ahora bien, la manera tan generalizada en que no cumplieron con la obligación de delatar y la reacción de los obispos, en muchos casos formalista y, se podría decir, inmunizados para no interpretar, no debería llevarnos a minusvalorar los efectos de la encíclica. [15]
Indudablemente, la disciplina que entonces estaba en vigor tanto en los dicasterios romanos como en las diócesis de todo el mundo impidió el boicot total a las disposiciones dadas por San Pío X. Hasta tal punto que en 1955 el propio Joseph Ratzinger fue acusado de modernismo por el supervisor adjunto de la tesis que lo habilitaría para la docencia, el profesor Michael Schmaus, frente a su colega Gottlieb Söhngen, que defendía con Ratzinger la postura contraria. El joven teólogo tuvo que corregir su tesis en los puntos en que insinuaba una subjetivización del concepto de Revelación.[16]
EL JURAMENTO EN EL CONCILIO
Confirmo que, conforme a las normas canónicas entonces vigentes, todos los obispos que participaron en el Concilio Vaticano II y todos los sacerdotes que trabajaron en las diversas comisiones hicieron juntos el juramento antimodernista y la profesión de fe. Desde luego, los que rechazaron los esquemas preparatorios elaborados por el Santo Oficio y desempeñaron un papel decisivo en el bosquejo de los textos más polémicos faltaron al juramento que habían hecho sobre los Santos Evangelios, pero no creo que para ellos fuera un grave problema de conciencia.
EL CREDO DEL PUEBLO DE DIOS
El Credo del pueblo de Dios promulgado por Paulo VI el 30 de junio de 1968 en la capilla pontificia con el que se concluyó el Año de la Fe tenía por objeto ser la respuesta de la Sede Apostólica a la creciente oleada contestataria en la doctrina y la moral. Sabemos que ciertos cardenales lo recomendaron encarecidamente. Jacques Maritain colaboró en la redacción preliminar, y gracias al cardenal Charles Journet fue recibido en audiencia por Paulo VI entre 1967 y 1968, y presentó además un borrador de una profesión de fe que en cierta forma se oponía al herético Catecismo holandés que se acababa de publicar y que en aquellos meses estaba siendo examinado por una comisión de cardenales en la que participaba Journet. Antes de esto, y también a pedido de Paulo VI, el dominico Yves Congar redactó otra profesión de fe, que fue rechazada. Pero hay otro detalle:
…En una de las secciones, Maritain mencionaba explícitamente el testimonio común de los judios y los musulmanes contra los cristianos sobre la unidad de Dios. Pero en su Credo, Paulo VI da gracias a la bondad de Dios por los «muchos creyentes» que comparten con los cristianos la fe en un solo Dios, aunque sin mencionar explícitamente al judaísmo el islam.[17]
Descubrimos así que de no haber sido por la providencial revisión del Santo Oficio, el Credo habría introducido la doctrina de Nostra aetate, adoptada más tarde por los sucesores de Montini y a la que Bergoglio ha dado una expresión coherente en la Declaración de Abu Dabi.
ABDICACIÓN DE LA AUTORIDAD APOSTÓLICA
Aquí descubrimos otro punctus dolens en la conducta que unía a Maritain y a Montini:
En la introducción al texto preparado a petición de Journet, Maritain añadió algunas sugerencias en cuanto al método. Según Maritain, era conveniente que el Papa utilizara un nuevo procedimiento, haciendo su profesión de fe como un simple y sencillo testigo: «El testimonio de nuestra fe: eso es lo que queremos dar ante Dios y los hombres». Para Maritain, una simple confesión de la fe sería de más ayuda para las almas atribuladas, sin necesidad de presentar la profesión de fe como un acto de simple autoridad: «Si el Papa diera la impresión de prescribir o imponer su profesión de fe en nombre del magisterio, o bien tendría que decir toda la verdad, haciendo saltar chispas, o tendría que actuar con consideración, evitando los puntos más controvertidos, y esto último sería lo peor». Lo más eficaz y necesario era confesar clara y firmemente la integridad de la fe de la Iglesia sin lanzar anatemas contra nadie. [19]
Según Maritain, proclamar la verdad íntegra habría causado graves polémicas. La otra opción, o sea la consideración, evitar los puntos más controvertidos, ya había sido adoptada por el Concilio. Una vez más, se optó por la transigencia. La mediocridad quedó erigida como método de gobierno de la Iglesia, la suma del nuevo magisterio que se limitaba a proponer y evitaba «la menor alusión al anatema, pero en nombre del que ocupa la Silla de San Pedro. De ese modo que daba excluida toda ambigüedad».[20] El Santo Oficio añadió un interesante comentario que podemos reevaluar actualmente, sobre todo después de Fratelli tutti:
Para Duroux, convendría aclarar también que cuando la Iglesia habla de asuntos temporales su meta no es crear un paraíso terrenal, sino simplemente hacer más humana la actual situación de los hombres. Vendría bien una inserción que eliminara las interpretaciones ambiguas de las posturas adoptadas por amplios sectores de la Iglesia, sobre todo en Hispanoamérica en vista de las injusticias políticas y sociales. [21]
Con una profesión de fe así, «que no fuera una definición dogmática propiamente dicha, aunque desarrollada de alguna manera para adaptarse a las condiciones espirituales de nuestro tiempo»[22], se intentó que el Papa dijera lo que había callado el Concilio: hay que señalar que el Credo contiene 15 citas de Lumen gentium y menciona 16 veces las actas del magisterio infalible anterior, si bien se limita a poner su referencia en el Denzinger.
Sea como sea, esa profesión de fe nunca se adoptó con el Juramento, y contribuyó más a silenciar las exasperadas almas de los pastores y los fieles [23] que a traer de vuelta a los rebeldes a la ortodoxia católica.
Me gustaría señalar otro elemento presente en las declaraciones de Maritain que no debemos desestimar: «Si el Papa diera la impresión de prescribir o imponer su profesión de fe en nombre del magisterio»… Aquí está el quid de la cuestión: en la dejación de funciones por parte de la propia autoridad. Según este enfoque, el Papa no debe dar la impresión de que manda ni impone nada, y si Paulo VI lo hizo accidentalmente, actualmente nos encontramos en la situación que esperaba el pensador francés hace cincuenta años: desde luego Bergoglio no parece que prescriba ni imponga su profesión de fe en nombre del magisterio. Y lo de «actuar con consideración,evitando los puntos más controvertidos» se ha convertido en la descarada afirmación de un contramagisterio que a pesar de estar canónicamente desprovisto de toda autoridad apostólica tiene la potencia explosiva de aquel a quien el mundo reconoce como Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles y Romano Pontífice. Por eso, a pesar de no dar la impresión de que lo haga, Jorge Mario Bergoglio explota su autoridad y la visibilidad que le brindan los grandes medios de difusión para demoler la Iglesia de Cristo. Y si el error puede afirmarse impunemente «sin lanzar anatemas contra nadie», se anatematiza mucho a quienes defienden la ortodoxia católica o denuncian los fraudes que se cometen. Huelga decir que «actuar con consideración evitando los puntos más controvertidos» no se reduce hoy en día a los aspectos doctrinales,sino también a la moral, apoyando gravísimas desviaciones en temas como ideología de género, homosexualidad, transexualismo y cohabitación.
RATZINGER Y EL JURAMENTO ANTIMODERNISTA
Está claro que Ratzinger es de los que rechazaron los esquemas preparatorios del Concilio y emprendieron una nueva vía. Es igualmente indiscutible que faltó al Juramento. Sólo Dios, que escudriña lo más recóndito de los corazones, sabe si Ratzinger era plenamente consciente de que cometió un sacrilegio.
A mí me parece también innegable que en muchos de sus escritos afloran su formación hegeliana y la influencia modernista, como tan magníficamente ha explicado el profesor Enrico Maria Radaelli y como confirma con abundantes detalles y a partir de numerosas fuentes Peter Seewald en su nueva biografía de Benedicto XVI. A este respecto, es evidente que las declaraciones del joven Ratzinger señaladas por Seewald contradicen en gran medida la hermenéutica de la continuidad que más tarde teorizó Ratzinger, quizá como una prudente retractación de su anterior entusiasmo.
Con todo, yo creo que con el tiempo, su labor como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y finalmente su elección al solio pontificio han contribuido al menos en alguna medida a que se arrepienta de los errores que cometió y las ideas que profesó. Eso sí, sería deseable que, sobre todo teniendo en cuenta el juicio divino que le aguarda, se distanciara teológicamente de esas posturas erróneas –me refiero en concreto a las expuestas en Introducción al cristianismo– que siguen divulgándose en universidades y seminarios que se jactan de católicos. Delicta juventutis meae et ignorantias meas ne memineris Domine (Sal. 25, 7).
+ Carlo Maria Viganò, arzobispo
[1] https://www.lifesitenews.com/blogs/questions-for-archbishop-vigano-concerning-the-oath-against-modernism-and-its-abrogation
[3] Saint Pius X, Motu Proprio Sacrorum Antistitum, quo quaedam statuuntur leges ad Modernismi periculum propulsandum, 1 de septiembre de 1910. Obsérvese que la Santa Sede solo publica este document en su portal de internet en el texto latino, sin traducción a ninguna lengua actual, como hace con todos los otros documentos recientes.
[4] Sagrada Congregación del Santo Oficio, decreto
[5] San Pío X, encíclica Pascendi Dominici gregis sobre los errores del modernismo, 8 de septiembre de 1907.
[6] Cf. La Civiltà Cattolica, nº4, 106, de 1907: «Queremos y mandamos que los obispos de cada diócesis, pasado un año después de la publicación de las presentes Letras, y en adelante cada tres años, den cuenta a la Sede Apostólica, con Relación diligente y jurada, de las cosas que en esta nuestra epístola se ordenan; asimismo, de las doctrinas que dominan en el clero y, principalmente, en los seminarios y en los demás institutos católicos, sin exceptuar a los exentos de la autoridad de los ordinarios. Lo mismo mandamos a los superiores generales de las órdenes religiosas por lo que a sus súbditos se refiere» (apartado VII de Pascendi). Véase a este respecto Alejandro M. Diéguez, Tra competenze e procedure: la gestione dell’operazione, en La recepción y aplicación de la encíclica Pascendi , Studi di Storia 3, edición de Claus Arnold y Giovanni Vian, Edizioni Ca 'Foscari, 2017.
[7] Cfr. AAS, 1967, pág. 1058 .
[8] Paul 6, Carta our own Whole guarding, 7 de diciembre de 1965.
[9] Profesión de fe y juramento de fidelidad; Consideraciones doctrinales , en Notitiae 25 (1989) 321-325.
[10] Paulo VI, Audiencia general del 25 de abril de 1968.
[11] Casamata (del italiano casamatta:) Bóveda muy resistente para instalar una o más piezas de artillería (Diccionario de la Real Academia Española).
[12] Véase A. Gramsci, Quaderni del carcere , editado por V. Gerratana, Turín, Einaudi, 1975, págs. 1566-1567.
[13] Cfr. Alexander Höbel, Gramsci y la hegemonía. Complejidad y transformación social .
[14] La Civiltà Cattolica , año 65, 1914, vol. 2, La palabra del Papa y sus pervertidores , p. 641-650. Con relación al discurso de Pío X ante el consistorio el 27 de mayo de 1914 (AAS, 28 May 1914, year VI, vol. VI, n. 8, pp. 260-262): «El Papa se refiere al Juramento Antimodernista, que hará unos cinco años se habría de exigir a los profesores de teología de las universidades del Imperio» (p. 648). El pasaje del discurso de Pío X ante el consistorio es el siguiente: «Si alguna vez os encontráis con alguien que presume de creyente y dedicado al Papa y quiere ser católico pero considera un insulto que lo tachen de clerical, decidles solemnemente que los hijos dedicados del Papa obedecen su palabra y lo siguen en todo. No como los que estudian maneras de eludir sus mandatos o tratan de obligarlo con una insistencia digna de mejor causa a conceder exenciones y dispensas que cuanto más dañinas y escandalosas son.» El 30 de mayo, L’Osservatore Romano respodió con una nota que decía: «Hemos visto que algunos diarios, al comentar el discurso que pronunció el Santo Padre el miércoles pasado ante los nuevos cardenales han insinuado, ya sea para confundir las ideas y alterar las almas, o por otros motivos, que Su Santidad, al hablar de exenciones o dispensas dañinas que insisten en obtener de él se refería al uso del Juramento Antimodernista en Alemania. Esto es totalmente falso, y nos parece que no sería posible un malentendido en este sentido. El único pasaje del discurso que alude a Alemania en concreto, si bien no de forma exclusiva, es la parte que habla de asociaciones mixtas, en la que el Sumo Pontífice no hizo otra cosa que confirmar una vez más los principios que ya había expuesto en la encíclica Singulari Quadam.
[15] «A partir de una investigación general se puede reconstruir que la encíclica Pascendi sólo se pudo aplicar de un modo muy aproximativo, al menos para lo habitual en una burocracia centralizada. Desde esta perspectiva, se observa un alto grado de indolencia y resistencia por parte de los obispos, también en Alemania. Pío X tenía motivos de sobra para estar decepcionado: la secta secreta de los modernistas infiltrados en la Iglesia, cuya existencia se sospechaba, no pudo ser detectada por los obispos, y el juramento antimodernista de 1910 se puede considerar una expresión de insatisfacción por la ceguera de los obispos. Ahora bien, la manera tan generalizada en que no cumplieron con la obligación de delatar y la reacción de los obispos, en muchos casos formalista y, se podría decir, inmunizados para no interpretar, no debería llevarnos a minusvalorar los efectos de la encíclica» (p.87). V. Claus Arnold, La recepción de la encíclica Pascendi en Alemania (Johannes Gutenberg-Universität Mainz, Alemania), en La recepción y aplicación de la encíclica Pascendi , Studi di Storia 3, editado por Claus Arnold y Giovanni Vian, Edizioni Ca 'Foscari, 2017, p. 75 ff.
[16] «Para Schmaus, la fe de la Iglesia se transmitía mediante conceptos definidos e inmutables que definen verdades perennes. Para Söhngen, la fe era un misterio que se comunicaba por medio de un relato. En aquella época se hablaba mucho de la historia de la salvación. Había un factor dinámico, el cual también garantizaba una apertura y que se tuvieran en cuenta nuevos planteamientos.» Entrevista de Gianni Valente y Pierluca Azzaro a Alfred Läpple, Quel nuovo inizio che fiorì tra le macerie, in 30 Giorni, 01/02, 2006.
[17] Sandro Magister, El Credo de Pablo VI. Quién lo escribió y por qué, 6 de junio de 2008.
[18] Sandro Magister señala que «en los años cincuenta, Maritain estuvo cerca de ser condenado por el Santo Oficio por su pensamiento filosófico, sospechoso de “naturalismo integral”. La condena no se dio, también porque tomó su defensa Giovanni Battista Montini, el futuro Pablo VI, entonces sustituto secretario de estado, unido por una larga amistad con el pensador francés».
[19] Gianni Valente, Pablo VI, Maritain y la fe de los apóstoles , en 30 días , 04, 2008.
[20] Esto proponía el dominico Benoit Duroux el 6 de abril de 1968, que en aquel tiempo era colaborador del secretario del antiguo Santo Oficio, monseñor Paul Philippe. Íbid.
[21] Íbid.
[22] Paulo VI, Solemne Profesión de fe que Pablo VI pronunció el 30 de junio de 1968, 30 de junio de 1968.
[23] «Bien sabemos, al hacer esto, por qué perturbaciones están hoy agitados, en lo tocante a la fe, algunos grupos de hombres. Los cuales no escaparon al influjo de un mundo que se está transformando enteramente, en el que tantas verdades son o completamente negadas o puestas en discusión. Más aún: vemos incluso a algunos católicos como cautivos de cierto deseo de cambiar o de innovar». Íbid.
(Traducido por Bruno de la Inmaculada)
Fuente: Adelante la Fe


