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martes, 8 de noviembre de 2016

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXX) - Último Capitulo.


CAPÍTULO 40 
En que se confirma lo dicho con algunos ejemplos. 

Cuentan Severo Sulpicio, y Surio en la Vida de San Severino Abad, de un santo varón muy señalado en virtudes y milagros, que sanaba enfermos, echaba demonios de los cuerpos y hacia otras muchas maravillas, por lo cual acudían a él de todo el mundo y le venían a visitar señores de título y obispos, y tenían por gran dicha poder tocar sus vestiduras y que les echase su bendición. Con estas cosas sentía el Santo que se le comenzaba a entrar alguna vanidad en su corazón. Y viendo por una parte que no podía estorbar el concurso del pueblo, y por otra que no podía librarse de aquellos pensamientos de vanidad, se afligía mucho, y poniéndose un día en oración, pidió a nuestro Señor con mucha instancia que, para remedio de aquella tentación y para que él se conservase en humildad, permitiese su Majestad y diese licencia al demonio que entrase en su cuerpo por algún tiempo y le atormentase como a los otros endemoniados. Oyó Dios su oración y entra el demonio en él, y era cosa de espanto y admiración ver a aquel a quien solían poco antes traer los endemoniados para que los curase, atado con cadenas como furioso endemoniado, y ser así llevado a que hiciesen sobre él los exorcismos y todo lo demás que se suele hacer con los tales. Y estuvo así cinco meses, y al cabo de ellos, dice la historia que fue curado y no sólo del demonio que había entrado en su cuerpo, sino de la soberbia y vanidad que se le entraba en el alma. 

Surio cuenta otro ejemplo semejante: dice que el santo abad Severino tenía en su Monasterio tres monjes altivos, tocados de soberbia y vanidad. Les había avisado de ello y perseveraban en su falta. El Santo, con el deseo que tenía de verlos enmendados y humildes, pidió al Señor con lágrimas que los corrigiese y castigase de su mano con algún castigo que les humillase y enmendase; y antes que se levantase de la oración, permitió el Señor que tres demonios se apoderasen de ellos y los atormentasen reciamente, confesando a voces la soberbia e hinchazón de su corazón; castigo proporcionado a su culpa, que el espíritu de soberbia entrase y morase en sujetos soberbios y llenos de vanidad. Y porque veía el Señor que ninguna cosa tanto les humillaría, estuvieron así cuarenta días, y al cabo de ellos pidió el Santo al Señor los librase del poder del demonio, lo cual alcanzó y ellos quedaron sanos del cuerpo y alma, y bien humillados con este castigo del Señor. Cuenta Cesáreo que trajeron a un convento del Cister un endemoniado para ser sano. Salió el prior y llevó consigo a un religioso mozo de gran opinión de virtud, que sabía que era virgen. Y dijo el prior al demonio: «Si este monje te mandare salir, ¿osarás quedarte? Respondió el demonio: «No le temo, porque es soberbio.» 

Cuenta San Juan Climaco que una vez los demonios malvados comenzaron a sembrar ciertas alabanzas en el corazón de un fortísimo caballero de Cristo que corría a esta virtud de la humildad; mas él, movido por inspiración de Dios, halló un brevísimo atajo para vencer la malicia de estos espíritus perversos; y fue que escribió en la pared de su celda los nombres de algunas altísimas virtudes, conviene a saber: caridad perfecta, humildad profundísima, castidad angélica, oración purísima y altísima, y otras semejantes; y cuando aquellos malos pensamientos comenzaron a tentarle, respondía él a los demonios: Vamos a la prueba de estos, y leía todos aquellos títulos: Profundísima humildad: ésa no tengo yo; con profunda nos contentaríamos: aun no sé si hemos concluido con el primer grado. Caridad perfecta. Caridad, sí; pero no es muy perfecta, algunas veces hablo a mis hermanos alto y sacudidamente. Castidad angélica. No; que muchos malos pensamientos, y aun muchos malos movimientos siento en mí. Oración altísima. No; me duermo y distraigo mucho en ella. Y se decía a sí mismo: después que hubieres alcanzado todas esas virtudes, aún has de decir que eres siervo inútil y sin provecho, y que por tal has de te has de tener, conforme a aquellas palabras de Cristo nuestro Redentor (Lc., 17, 10): [Después que hubieres hecho todas las cosas que os son mandadas, decid: Siervos somos sin provecho]. Pues ahora que estáis tan lejos de eso, ¿qué serás? 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.

sábado, 22 de octubre de 2016

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXIX)


CAPÍTULO 39 

Cuánto nos importa acogernos a la humildad, para suplir con ella lo que nos falta de virtud y perfección, y para que no nos humille y castigue Dios. 

El bienaventurado San Bernardo dice : «Muy necio es el que confía sino en la humildad; porque, hermanos míos, todos hemos pecado y ofendido a Dios en muchas cosas, y así no tenemos derecho sino a ser castigados.» «Si quisiere el hombre entrar en juicio con Dios, dice Job (9, 3), no podrá responder ni uno por mil; a mil cargos no podrá dar un buen descargo. ¿Pues qué resta y qué otro remedio nos queda, dice, sino acogernos a la humildad, y suplir con ella lo que falta en todo lo demás?» Y por ser este remedio de mucha importancia lo repite el Santo muchas veces, por éstas y otras semejantes palabras: «Lo que os falta de buena conciencia suplidlo de vergüenza; y lo que os falta de fervor y de perfección, suplidlo de confusión.» Y San Doroteo dice que el abad Juan encomendaba también mucho esto y decía: «Hermanos míos, ya que por nuestra flaqueza no podemos trabajar tanto, humillémonos siquiera, y con esto confío que nos hallaremos entre aquellos que trabajaron. Cuando después de muchos pecados os hallareis inhabilitado con falta de salud para hacer mucha penitencia, caminad por el camino llano de la santa humildad, porque no hallareis otro más conveniente medio para vuestra salud. Si parece que no podéis entrar en la oración, entrad en vuestra confusión; y si os parece que no tenéis talento para cosas grandes, tened humildad, y con esto supliréis la falta de todas esas cosas.» 

Pues consideremos aquí cuán poco nos pide y con cuán poco se contenta el Señor; nos pide, conforme a nuestra bajeza, que nos conozcamos y humillemos. Si nos pidiera Dios grandes ayunos, grandes penitencias, grandes contemplaciones, se pudieran algunos excusar, diciendo que para lo uno no tenían fuerzas, y para lo otro no tenían talento ni habilidad; sin embargo, para no ser humildes no hay razón ni excusa ninguna. No podéis decir que no tenéis salud ni fuerzas para ser humildes, o que no tenéis talento o habilidad para ello. Dice San Bernardo: «Al que quiere, no hay cosa más fácil que humillarse.» Eso todos lo podemos, y dentro de nosotros tenemos harta materia para ello (Miq., 6, 14). [Dentro de ti tienes la causa de tu confusión]. Pues acojámonos a la humildad y suplamos con confusión lo que nos falta de perfección, y de esa manera moveremos las entrañas de Dios a misericordia y perdón. Ya que sois pobre, sed humilde, y con eso contentaréis a Dios; pero ser pobre y soberbio, le ofende mucho. De tres cosas que pone el Sabio que aborrece mucho Dios, esa es la primera (Eccli., 25, 4): Pobre y soberbio. Eso aun acá a los hombres ofende. 

Más: humillémonos porque no nos humille Dios, que es cosa que Él suele hacer muy ordinariamente (Lc., 18, 14). Pues si queréis que Dios no os humille, humillaos vos. Éste es un punto muy principal y digno de ser considerado y ponderado muy despacio. El bienaventurado San Gregorio dice: «¿Sabéis cuánto ama Dios la humildad, y cuándo aborrece la soberbia y presunción? La aborrece tanto, que permite, lo primero, caigamos en pecados veniales y en muchas faltas pequeñas, para con esto enseñarnos que pues no podemos guardarnos de los pecados y tentaciones pequeñas, sino que nos vemos tropezar y caer cada día en cosas bajas y fáciles de vencer, estemos ciertos que no tenemos fuerzas para evitar las mayores, y así no nos ensoberbezcamos en las cosas grandes, ni nos atribuyamos a nosotros cosa alguna, sino que andemos siempre con temor y humildad, pidiendo al Señor su gracia y favor.» 

Lo mismo dice San Bernardo, y es doctrina común de los Santos. San Agustín, sobre aquellas palabras de San Juan (1, 3): [Y nada se hizo sin Él]; y San Jerónimo sobre aquello del Profeta Joel (2, 25): [Os recompensaré los años que se comió la langosta, el pulgón, la niebla y la oruga], dicen que para humillar al hombre y domar su soberbia, crió Dios estos animalejos y gusanillos pequeños y viles que nos son tan molestos. Y aquel pueblo soberbio de Faraón, bien pudiera Dios domarle y humillarle, enviándole osos, leones y serpientes, pero quiso domar su soberbia con cosas vilísimas, con moscas, mosquitos y ranas, para humillarlos más. 

Pues así, para que andemos humillados y confundidos, permite Dios que caigamos en faltas livianas, y que nos hagan algunas veces guerra unas tentacioncillas, unos mosquitos, unas cosillas, que parece que no tienen en sí tomo ninguno. Si nos paramos a considerar atentamente lo que nos suele inquietar y desasosegar algunas veces, hallaremos que son unas coas que bien apuradas, no tienen tomo ni sustancia ninguna; no sé qué palabrilla que me dijeron, o porque me la dijeron con tal modo, o porque me parece que no hicieron tanto caso de mí. De una mosca que voló por el aire suele uno fabricar una torre de viento, y juntando unas cosas con otras, venir a andar muy inquieto y desasosegado: ¿qué fuera si soltara Dios un tigre o un león, cuando un mosquito así os turba e inquieta? ¿Qué fuera si viniera una gravísima tentación? Y así hemos de sacar de estas cosas más humildad y confusión. «Y si eso sacáis, dice San Bernardo, es misericordia de Dios y gran beneficio y merced suya, que no falten de estas cosillas, y que os baste eso para andar humilde.» 

Pero si estas cosas pequeñas no bastan, entended que pasará Dios adelante, y muy a costa vuestra, que lo suele Él hacer. Aborrece Dios tanto la soberbia y presunción y ama tanto la humildad, que dicen los Santos que suele permitir, por justo y secretísimo juicio suyo, que uno caiga en pecados mortales, a trueque de que se humille; y aun no en cualesquiera, sino en pecados carnales, que son más afrentosos y feos, para que más se humille. Castiga, dicen, la secreta soberbia con manifiesta lujuria. Y traen para esto lo que dice San Pablo de aquellos soberbios filósofos (Rom., 1, 24), que por su soberbia los entregó Dios a los deseos de su corazón. Vinieron a caer en pecados deshonestos, feísimos y nefandos, permitiéndolo así Dios por su soberbia, para que quedasen confundidos y humillados, viéndose hechos bestias, como Nabucodonosor, con corazón y conversación y trato de bestias (Jerem., 10, 7). ¿Quién no te temerá oh rey de las gentes? ¿Quién no temblara de este castigo tan grande, que ninguno hay mayor fuera del infierno? Y aun peor es el pecado que el infierno (Sal., 89, 11) ¿Quién conoció, Señor, el poder de tu ira, o la podrá contar con el gran temor de ella? 

Notan los Santos que Dios usa con nosotros de dos maneras de misericordia, grande y pequeña: misericordia pequeña es cuando socorre en las miserias pequeñas como son las temporales, que tocan solamente al cuerpo; y misericordia grande, cuando socorre en las miserias grandes, que son las espirituales que llegan al alma. Y así cuando David se vio con esta miseria grande desamparado y desposeído de Dios por el adulterio y homicidio cometido, clama y da voces, pidiendo a Dios misericordia grande (Sal., 50. 3): [Ten piedad de mí, oh Dios, según tu grande misericordia]. Así dicen también que hay en Dios ira grande e ira pequeña: la pequeña es cuando castiga acá en lo temporal, con adversidades de pérdidas de hacienda, honra, salud y otras cosas semejantes que tocan solamente al cuerpo; pero la ira grande es cuando llega el castigo a lo interior del alma, conforme a aquello de Jeremías (4, 10): [El cuchillo llegó hasta el corazón]. Y esto es lo que dice Dios por el Profeta Zacarías (1, 15): Con las gentes hinchadas y soberbias me airaré Yo con ira grande. Cuando Dios desampara a uno y le deja caer en pecados mortales, en pena y castigo de otros pecados, ésa es la ira grande de Dios; ésas son heridas del furor divino; heridas, no de padre, sino de justo y riguroso juez, de las cuales se puede entender aquello de Jeremías (30, 14): Con herida de enemigo te herí, con castigo cruel. Y así dice el Sabio (Prov., 22, 14): Hoya es muy profunda la mala mujer, y aquel con quien Dios estuviere airado caerá en ella. 

Finalmente, es tan mala cosa la soberbia y la aborrece Dios tanto, que dicen los Santos que algunas veces le es provechoso al soberbio que le castigue Dios con este castigo, para que con eso sane de la soberbia que tiene. Así lo dice San Agustín: «Me atrevo a decir que les es útil y provechoso a los soberbios que les deje Dios caer en algún pecado exterior y manifiesto, para que se conozcan y comiencen a humillarse y desconfiar de sí los que por estar muy contentos y pagados de sí, ya interiormente habían caído por soberbia, aunque no lo habían sentido, conforme a aquello del Sabio (Prov., 16, 18): [Al quebrantamiento precede la soberbia, y antes de la ruina se ensalza el espíritu.»] Lo mismo dicen Gregorio y Basilio. 

Pregunta San Gregorio, a propósito del pecado de David, por qué Dios a los que Él había escogido y predestinado para la vida eterna, y encumbrado con grandes dones suyos, permite algunas veces caer en pecados, y en pecados carnales y feos. Y responde que la razón de esto es porque algunas veces los que han recibido grandes dones caen en soberbia: la cual tienen algunas veces tan entrañada en lo íntimo de su corazón, que ellos mismos no lo entienden; sino que, estando agradados y confiados de sí mismos, piensan que lo están de Dios, como le aconteció al Apóstol San Pedro, que no le parecía a él que era soberbia aquellas palabras que dijo (Mt., 26, 33): Aunque todos se escandalizasen, yo no me escandalizaré, sino que era gran fortaleza de ánimo y grande amor de su Maestro. Pues para curar tales soberbias tan secretas y disfrazadas, en las cuales ya está uno caído y no lo conoce, permite el Señor que caigan los tales en pecados exteriores manifiestos, feos y deshonestos, porque ésos se conocen mejor y se echan más de ver, y por ahí viene el hombre a entender el otro mal que tenía de secreta soberbia que él no entendía, y así no le buscara remedio y se perdiera, y con la caída manifiesta lo conoce, y humillado delante de Dios, hace penitencia de lo uno y de lo otro, y alcanza remedio para ambos males. Como lo vemos en San Pedro, que por la caída exterior y manifiesta vino a conocer la soberbia oculta que había tenido, y vino a llorar y a hacer penitencia de ambos pecados, y así le fue provechosa la caída. Lo mismo le aconteció a David, y así dice él (Sal., 118, 71): «Señor, caro me costó, yo lo confieso: pero bueno ha sido para mí el haberme humillado, para que aprenda cómo os tengo de servir de aquí adelante, y cómo tengo de desconfiar de mí.» Así como el sabio médico, cuando no puede sanar del todo la dolencia, y por ser el humor maligno y rebelde, no le puede digerir y vencer, procura llamarle y sacarle a las partes exteriores del cuerpo para que mejor se pueda curar, así el Señor, para sanar algunas almas altivas y rebeldes, las deja caer en culpas graves y exteriores para que se conozcan y humillen, y con el abatimiento de fuera se cure el humor maligno y pestífero que estaba dentro (Jerem., 19, 3; 1 Sam., 3, 11). Palabra es ésta que Dios hace en Israel, que a quien quiera que la oyere le retiñirán las orejas de puro temor. Éstos son los grandes castigos de Dios, que sólo oírlos hace temblar las carnes. 

Pero al fin, como el Señor es tan benigno y misericordioso, no usa con el hombre de este castigo tan riguroso, ni de este medio tan desdichado y lamentable, sino habiendo usado de otros medios más fáciles y suaves; primero nos envía otras ocasiones y otras medicinas y remedios mas blandos, para que nos humillemos; unas veces la enfermedad; otras la contradicción y murmuración; otras la deshonra, y que caiga uno de su punto. Y cuando estas cosas temporales no bastan para humillarnos, pasa a las espirituales. Primero a cosas pequeñas, y después permitiendo tentaciones recias y graves, y tales, que nos lleguen hasta ponernos en un hilo, y hasta persuadirnos o hacernos dudar si consentimos, para que así vea y experimente uno bien que por sí no las puede vencer, y conozca y entienda por experiencia su flaqueza y la necesidad que tiene del favor divino, y desconfíe de sus fuerzas y se humille. Y cuando todo esto no basta, entonces viene esa otra tan fuerte y costosa cura, de dejar caer al hombre en pecado mortal y que sea vencido de la tentación. Entonces viene ese botón de fuego del infierno, para que siquiera después de haberse quebrado los ojos, caiga el hombre en la cuenta de lo que es y se acabe de humillar, ya que por bien no quiso. 

Pues por aquí se verá bien cuánto nos importa ser humildes y no fiar ni presumir de nosotros. Y así cada uno entre en cuenta consigo, y vea cómo se aprovecha de las ocasiones que Dios le envía para humillarle, como padre y médico piadoso, para que no sean menester esos otros remedios fuertes y tan costosos. Castigadme, Señor, con castigo de padre curad la soberbia con trabajos, enfermedades, deshonras y afrentas y con cuantas humillaciones fueres servido, y no permitáis que yo caiga en pecado mortal. Dad, Señor, licencia al demonio para que me toque en la honra y en la salud, y me ponga como otro Job (2, 6), pero no le deis licencia para que me toque en el alma. Con tal de que no os apartéis Vos, Señor, de mí, ni permitáis que yo me aparte de Vos, no me dañara cualquier tribulación que venga sobre mí, sino antes me aprovechará para alcanzar la humildad de que Vos tanto os agradáis. 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS
 Padre Alonso Rodríguez, S.J.

miércoles, 17 de agosto de 2016

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXVIII)


CAPÍTULO 38
De los favores y mercedes grandes que hace Dios a los humildes,
 y cuál es la causa de porqué los levanta tanto.

[Me vinieron todos los bienes juntamente con ella] (Sab., 7. 11 ). Estas palabras dice Salomón de la Sabiduría divina, que con ella le vinieron todos los bienes. Pero las podamos aplicar muy bien a la humildad, y decir que todos los bienes vienen con ella; pues el mismo Sabio (Prov., 11, 2) dice que donde hay humildad ahí está la sabiduría. Y en otra parte (Sáb., 8, 21) dice que tener esa humildad es suma sabiduría. Y el Profeta David (Sal., 18, 8) que a los humildes da Dios la sabiduría. Pero fuera de esto, en propios términos nos enseña esta verdad la Escritura divina, así en el Viejo como en el Nuevo Testamento, prometiendo grandes bienes y gracias de Dios, unas veces a los humildes, a los pequeñuelos, otras a las pobres de espíritu, llamando por estos y por otras tales nombres a los verdaderos humildes. ¿A quién miraré Yo, dice Dios por Isaías (66, 2), y en quién pondré los ojos sino en el humilde y en el pobrecito, en el que está temblando y confundiéndose delante Mi? En éstos pone Dios los ojos para hacerles mercedes y llenarlos de bienes. Y los gloriosos Apóstoles San Pedro (1 Pedro 5, 5) y Santiago (4, 6). en sus Canónicas, dicen: Dios resiste a los soberbios y a los humildes da su gracia. Lo mismo nos enseña la sacratísima Reina da los Ángeles en su Cántico (Lc., 1 52-53): El Señor abate a los soberbios y ensalza a los humildes: harta de bienes a los hambrientos y deja vacios a los que les parece que están ricos; que es lo que había dicho antes el Profeta (Sal., 17, 28): [Tú salvarás al pueblo humilde y humillarás los ojos altaneros]. Y lo que nos dice Cristo en el sagrado Evangelio (Lc., 14, 11): El que se ensalza será humillado, y el que se humilla será ensalzado. Así como las aguas se van corriendo a los valles, así las lluvias de las gracias de Dios se van a los humildes, y así como los valles, por las muchas aguas que recogen en sí, suelen ser fértiles y dar abundantes frutos, así los bajos en sus ojos, que son los humildes, aprovechan y dan mucho fruto, por los muchos dones y gracias que reciben de Dios. 

Dice San Agustín que la humildad atrae a sí al altísimo Dios: «Alto es Dios, y si os humilláis, desciende a vos; y si os levantáis y ensoberbecéis, huye de vos». ¿Sabéis por qué?, dice San Agustín, porque como dice el real Profeta (Sal., 137, 6), es Dios grande y soberano Señor, y mira a los humildes, y el mirarlos es llenarlos de bienes; y a los soberbios, dice que los ve de lejos. Porque así como acá, cuando vemos a uno de lejos no le conocemos, así no conoce Dios a los soberbios para hacerles mercedes. De verdad os digo que no os conozco, dice Dios a los malos y soberbios (Mt, 25, 12); San Buenaventura dice, que así como la cera blanda está dispuesta para recibir el sello que quieren imprimir en ella, así la humildad dispone el alma para recibir las virtudes y dones de Dios. En aquel convite que José hizo a sus hermano, al más pequeño cupo la mejor parte (Gen., 43, 34). 

Pero veamos cuál es la causa por la que levanta Dios tanto a los humildes y les hace tantas mercedes. La causa de esto es porque se le queda todo en casa; porque el humilde no se alza con nada, ni se atribuye a sí cosa alguna, sino todo se lo atribuye y vuelve enteramente a Dios, y a Él da la gloria y honra de todo (Ecccli., 3, 21). Pues en estos tales, dice Dios, bien podemos hacer, bien les podemos fiar nuestra hacienda y darles nuestros dones y riquezas, que no se nos levantarán ni alzarán con ellas. Y así hace Dios con ellos como en cosa propia, porque toda la gloria y honra se queda por suya. Aun acá vemos que un gran señor y un rey se precia y tiene por grandeza levantar a uno del polvo de la tierra, como dicen, y hacer en el que no era ni tenía nada; porque en eso se echa más de ver la liberalidad y grandeza del rey, y dicen después que aquél es hechura suya. Así dice el apóstol San Pablo (2 Cor., 4, 7): Tenemos los tesoros de las gracias y dones de Dios en vasos de barro, para que se entienda que esos tesoros son de Dios y no de nosotros; que el barro no lleva eso. 

Pues por eso levanta Dios a los humildes y les hace tantas mercedes. Y por eso deja vacíos a los soberbios; porque el soberbio confía mucho de sí y de sus diligencias e industrias, y se atribuye mucho a sí y toma vano contentamiento en los buenos sucesos de los negocios, como si por sus fuerzas y diligencias se hubieran hecho, y todo eso quita a Dios, alzándose, con la honro y gloria que es propia de su Majestad. En entrando un poco en oración, con tantica devoción, con una lagrimita que tengamos, nos parece que ya somos espirituales y hombres de oración. Y aun algunas veces nos preferimos a otros, y nos parece que los otros no están tan aprovechados, o que no son tan espirituales, ni van tan adelante en eso. Por esto no nos hace el Señor mayores mercedes, algunas veces nos quita lo que nos había dado, porque no se nos convierta el bien en mal, la salud en enfermedad, la triaca en ponzoña, y sean para mayor condenación nuestra los dones y beneficios recibidos, por usar nosotros mal de ellos; como al enfermo y de flaco estómago, aunque sea la vianda buena, como de una gallina, le dan poco, porque no tiene virtud para digerir más, y si le diesen más, se le corrompería y convertiría en mal humor. Aquel óleo del Profeta Eliseo nunca dejó de correr, hasta que faltaron vasos en que recibirle; y en faltando, dice la Sagrada Escritura (2 Reg., 4, 6), luego paró el óleo. Pues tal es el óleo de la divina misericordia, que por sí no se limita; de parte de Dios, no tienen limite sus gracias i misericordias (Isai. 59, 1). No ha estrechado ni encogido Dios su mano ni se ha mudado de condición; porque Dios no se muda, ni se puede mudar sino siempre permanece en su ser, y mas gana tiene El de dar, que nosotros de recibir. La falta está de parte de nuestra, que no tenemos vasos vacíos para recibir el óleo de las misericordias y gracias de Dios; estamos muy llenos de nosotros mismos y confiamos mucho de nuestros medios. La humildad y el propio conocimiento desembaraza y desarrima al hombre de sí mismo, haciéndole desconfiar de sí y de todos los medios humanos y que no se atribuya a sí nada, sino a Dios, y así a estos tales a manos llenas les hace El mercedes. [Humíllate a Dios y pon tu confianza en sus manos] (Eccli. 13, 9).


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.


martes, 31 de mayo de 2016

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXVII)


CAPITULO 37
De otros bienes y provechos grandes que hay en este 
tercer grado de humildad.

Después que el Rey David había preparado mucho oro y plata, y grandes materiales para el edificio y fábrica del templo, ofreciéndolo a Dios, dijo estas palabras (1 Cron., 29, 14): Todas las cosas, Señor, son vuestras, y lo que hemos recibido de vuestra mano, eso os damos y volvemos. Esto es lo que hemos de hacer y decir nosotros en todas nuestras buenas obras: Señor, todas nuestras buenas obras son vuestras, y así os volvemos lo que nos habéis dado. Dice muy bien San Agustín : «El que se pone a contaros sus merecimientos y los servicios que os hace, ¿qué otra cosa os cuenta, Señor, sino los dones y beneficios que ha recibido de vuestra mano?» Ésa es vuestra bondad y liberalidad infinita, que queréis que vuestros dones y beneficios sean nuevos merecimientos nuestros, y así, cuando pagáis nuestros servicios, galardonáis vuestros beneficios, y por una gracia nos dais otra, y por una merced, otra (Jn., 1, 16). No se contenta el Señor, como otro José, en darnos el trigo, sino danos también el dinero y precio con que se compra. (Sal., 83, 12): [La gracia y la gloria la dará el Señor]. Todo es dádiva de Dios, y todo se lo hemos de atribuir y volver a Él. 

Uno de los bienes y provechos grandes que hay en este tercer grado de humildad, es que éste es el bueno y verdadero agradecimiento y hacimiento de gracias por los beneficios recibidos de Dios. Bien sabida cosa es cuán encomendado y estimado es este hacimiento de gracias en la Divina Escritura, pues vemos que cuando el Señor hacía a su pueblo algún beneficio señalado, luego ordenaba alguna memoria o fiesta en su agradecimiento, por lo mucho que nos importa serle agradecidos para recibir de Él nuevas gracias y mercedes. Pues esto se hace muy bien con este tercer grado de humildad, que, como está dicho, consiste en no atribuirse el hombre a sí bien ninguno, sino atribuirlo todo a Dios y darle a Él la gloria de todo. Y en eso está el bueno y verdadero agradecimiento y hacimiento de gracias, no en que digáis con la boca: Gracias os doy, Señor, por vuestros beneficios, aunque también con la boca hemos de alabar a Dios y darle gracias. Pero si lo hacemos solamente con la boca no será hacer gracias, sino decir gracias. Pues para que sea, no sólo decir gracias a Dios, sino hacerle gracias, y sea no sólo con la boca sino también con el corazón y con la obra, es menester que reconozcáis que todo el bien que tenéis es de Dios, y que se lo volváis y atribuyáis todo a Él, dándole la gloria de todo sin alzaros con nada, porque de esa manera se desnuda el hombre de la honra que ve no ser suya, y la da toda a Dios, cuya es. Y esto nos quiso dar a entender Cristo nuestro Redentor en el sagrado Evangelio, cuando habiendo sanado a aquellos diez leprosos, y volviendo sólo uno a agradecer el beneficio recibido, le dijo (Lc., 17, 19): No hubo quien volviese y diese la gloria a Dios sino este extranjero. Y amonestando Dios a los hijos de Israel, que fuesen agradecidos y no se olvidasen de los beneficios recibidos, les adviene de esto (Deut., 8. 11.14 y 17): Guardaos no os olvidéis de Dios cuando os veáis en la tierra de promisión en mucha prosperidad de bienes temporales, de casa, heredades y ganados. Guardaos, no se levante entonces vuestro corazón y seáis ingratos, y digáis que por vuestras fuerzas diligencias lo habéis alcanzado. Eso es olvidarse Dios, y el mayor desagradecimiento que puede uno tener, atribuirse a sí los dones de Dios. No os pase tal cosa por pensamiento, sino acordaos de Dios y reconoced que suya es la fortaleza, y Él os dio las fuerzas para todo, y que esto lo hizo, no por vuestros merecimientos, sino por cumplir la promesa que liberalmente hizo a aquellos Padres antiguos. Éste es el agradecimiento y hacimiento de gracias y el sacrificio de alabanza con que Dios nuestro Señor quiere ser honrado por los beneficios y mercedes que nos hace. [El sacrificio de alabanza me honrará] (Sal., 49, 23). Este es el: A sólo Dios [Rey de los siglos, inmortal e invisible] se ha de dar la gloria de todo, que dice San Pablo (1 Timo 1. 17). 

De aquí se sigue otro bien y provecho grande; que el verdadero humilde, aunque tenga muchos bienes de Dios y sea por eso tenido y estimado de todo el mundo, no se estima ni se tiene por eso en más, sino se queda tan firme en el conocimiento de su bajeza como si nada de lo que le dieron se hallara en él. Porque sabe muy bien distinguir entre lo que es ajeno y lo que es suyo propio, y atribuir a cada uno lo que le pertenece; y así los dones y beneficios que ha recibido de Dios los mira él, no como cosa suya, sino como cosa ajena y prestada, y trae siempre presto los ojos en el conocimiento de su propia flaqueza y miseria, y en lo que él sería si Dios le dejase de su mano y no le estuviese siempre teniendo y conservando. Antes mientras más dones tiene recibidos de Dios, anda más confundido y humillado con ellos. 

Dice San Doroteo que así como en los árboles que están muy cargados de fruta el mismo fruto hace abajar y encorvar los ramos, y aun algunas veces hasta quebrarlos con su grande peso; empero el ramo que no tiene fruto ninguno quedase muy derecho y levantado en alto; y las espigas, cuando los trigos están muy granados, se inclinan tanto, que parece que se quiere quebrar la caña pero cuando las espigas están muy derechas es mala señal e indicio de que están vacías: así, dice, acontece en lo espiritual, que los que están vacíos y sin fruto andan muy engreídos y levantados, teniéndose en algo; pero los que están cargados de fruto y de dones de Dios andan más humillados y confundidos. De los mismos dones y beneficios que han recibido toman ocasión los siervos de Dios para humillarse confundirse más y para andar más temerosos. 

Dice San Gregorio que así como el que recibe prestada gran cantidad de dineros de tal manera se huelga en el empréstito, que le templa muy bien la alegría del recibo el saber que queda obligado a pagarlo, y le da cuidado y pena el pensar si podrá cumplir a su tiempo con la obligación, así el humilde, mientras más dones tiene recibidos, se reconoce más por deudor de Dios, y se tiene por obligado a servirle más, y parecen que no corresponde a mayores mercedes con mayores servicios, ni a mayores gracias con mayores agradecimientos; y cree y entiende que cualquiera a quien Dios hubiera dado lo que a él usara mejor de ello y fuera mucho mejor que él, y más agradecido. Y así, una de las consideraciones que trae a los siervos de Dios muy humillados y confundidos es ésta, porque saben que no sólo les ha de pedir Dios cuenta de los pecados cometidos. sino también de los beneficios recibidos; y saben que a quien dieron mucho, mucho le pedirán,. y a quien le encomendaron más, más le pedirán, dice Cristo nuestro Redentor (Lc., 12, 48). El abad Macario dice que el humilde mira los dones de Dios como depositario o tesorero que tiene la hacienda de su amo, al cual no le viene vanagloria de ello, sino antes temor y cuidado por la cuenta que sabe le han de pedir de ella si por su culpa se pierde.

De aquí se sigue otro bien y provecho, y es que el verdadero humilde no desprecia a nadie, ni le tiene en poco, por mucho que le vea caer en culpas y pecados, ni por eso se ensoberbece él, ni se tiene en más que el otro; antes de allí toma ocasión de humillarse más, viendo al otro caer, porque considera que él y el caído son de una masa, y que cayendo el otro, cae él, cuanto es de su parte; porque, como dice San Agustín, no hay pecado que uno haga, que otro no le haría, si no le tuviese piadosamente la mano de Dios. Y así, uno de aquellos Padres antiguos, cuando oía que alguno había caído, lloraba amargamente y decía: «Hoy por ti y mañana por mí.» Así como aquél cayó, pudiera yo caer, pues soy hombre flaco como él, y el no haber caído lo tengo de tener por particular beneficio del Señor. Así como nos aconsejan los Santos que cuando viéremos a uno ciego, a otro sordo, a otro cojo, manco o enfermo, todos aquellos males tengamos por beneficios nuestros, y demos gracias a Dios que no me hizo a mí ciego, ni sordo, ni manco, ni mudo como aquél; así hemos de hacer cuenta que los pecados de todos los hombres son beneficios nuestros, porque en todos ellos pudiera yo haber caído si el Señor no me hubiera, por su infinita misericordia, librado. Con esto se conservan los siervos de Dios en humildad y en no menospreciar a sus prójimos, ni indignarse contra nadie, por muchas faltas y pecados que vean, conforme a aquello de San Gregorio: La verdadera justicia hace que tengamos compasión de nuestro hermano; la falsa, desdén e indignación. Y estos tales deben temer aquello que dice San Pablo (Gal., 6, 1): [Corrige con mansedumbre, mirándote a ti mismo, no suceda que también tú caigas en la tentación]. No permita el Señor que sean tentados en aquello mismo que condenan, y vengan a probar a su costa cuánta es la humana flaqueza, que suele ser castigo de esa culpa. En tres cosas, dijo uno de aquellos Padres antiguos, juzgué a mis hermanos, y en todas tres he caído. Para que conozcamos por experiencia que nosotros también somos hombres (Sal.. 9, 21) y aprendamos a no juzgar ni menospreciar a nadie.


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.


jueves, 18 de febrero de 2016

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXVI)


CAPÍTULO 36 
Que la humildad no es contraria a la magnanimidad, 
antes es fundamento y causa de ella. 

Santo Tomás, tratando de la virtud de la magnanimidad, pone esta cuestión: Por una parte, dicen los Santos, y lo dice el sagrado Evangelio, que nos es muy necesaria la humildad; y por otra nos es muy necesaria la magnanimidad, especialmente a los que tienen oficios y ministerios altos. Estas dos virtudes parecen contrarias entre sí, porque la magnanimidad es una grandeza de ánimo para emprender y acometer cosas grandes y excelentes y que sean en sí dignas de honra. Y lo uno y lo otro parece contrario a la humildad; porque cuanto a lo primero, que es emprender cosas grandes, no parece que dice con ella; porque uno de los grados de humildad que ponen los Santos es: confesarse y tenerse por indigno e inútil para todas las cosas, y emprender uno aquello para lo que no es, parece soberbia y presunción. Y lo segundo, que es emprender cosas de honra, parece también contrario, porque el verdadero humilde ha de estar muy lejos de desear honra y estimación. 

A esto responde muy bien Santo Tomás. y dice que aunque mirando la apariencia y sonido exterior, parecen contrarias entre sí estas dos virtudes: pero, en efecto, ninguna virtud puede ser contraria a otra. Y en particular dice de estas dos, humildad y magnanimidad, que si miramos atentamente a la verdad y sustancia de la cosa, hallaremos que no sólo no son contrarias, pero que son muy hermanas y depende mucho la una de la otra. Y aclara esto y bien porque cuanto a lo primero, que es emprender y acometer cosas grandes, que es propio del magnánimo, no sólo no es eso contrario al humilde, antes es muy propio suyo, y sólo el que lo fuere puede hacer eso bien. Si fiados en nuestras fuerzas y medios emprendiésemos cosas grandes, sería presunción y soberbia: porque ¿qué cosas grandes, ni aun pequeñas, podemos nosotros emprender fiados en nuestras fuerzas, pues no somos suficientes de nosotros, ni aun para tener un buen pensamiento?, como dice San Pablo (2 Cor, 3, 5). Pero el fundamento firme de esta virtud de la magnanimidad para acometer y emprender cosas grandes, ha de ser desconfiar de nosotros y de todos los medios humanos, y poner nuestra confianza en Dios; y eso hace la humildad, y por eso la llaman los Santos fundamento de todas las virtudes como dijimos arriba, porque abre las zanjas, ahonda los cimientos y echa fuera toda la arena y tierra movediza de nuestras fuerzas, hasta llegar a la piedra viva, que es Cristo, y edificar sobre ella. 

El glorioso Bernardo, sobre aquello de los Cantares (8, 5): ¿Quién es ésta, que sube del desierto. abundante en riquezas, estribando en su Amado?, va declarando cómo toda nuestra virtud y fortaleza y todas nuestras buenas obras han de estribar en nuestro Amado. Y trae para esto el ejemplo del Apóstol San Pablo a los de Corinto (1 Cor., 15. 10), [Por la gracia de Dios soy eso que soy, y su gracia no estuvo vacía en mí; más he trabajado que todos]. Comienza el Apóstol a contar sus trabajos, y lo mucho que había hecho en la predicación del Evangelio y en servicio de la Iglesia, hasta venir a decir que había trabajado más que los demás Apóstoles. Dice San Bernardo: Mirad lo que decís, Apóstol Santo; para que podáis decir eso y para que no lo perdáis, estribad sobre vuestro Amado. Luego estriba sobre su Amado: No yo, sino la gracia de Dios conmigo. Y escribiendo a los filipenses (4, 13), dice: Todo lo puedo; y luego estriba en su Amado, y dice: En Aquel que me conforta. En Dios todo lo podremos; con su gracia seremos poderosos para todos; en eso hemos de estribar y ése ha de ser el fundamento de nuestra magnanimidad y grandeza de ánimo. 

Y esto es lo que dice el Profeta Isaías (40, 31): Los que desconfían de sí y ponen toda su confianza en Dios, mudarán su fortaleza, porque trocarán la fortaleza de hombres, que es flaqueza, en fortaleza de Dios; trocarán su brazo flaco y de carne, con el brazo del Señor, y así quedarán fuertes y poderosos para todo, porque en Dios todo lo pondrán. Y así dijo muy bien San León Papa: «El verdadero humilde, ése es magnánimo, animoso y esforzado para cometer y emprender cosas grandes; ninguna cosa se le hace ardua ni dificultosa, porque no confía en sí, sino en Dios; y poniendo los ojos en Dios y estribando en Él, nada se le pone delante.» (Sal., 59, 14): [«Con Dios haremos proezas, y Él reducirá a la nada a nuestros enemigos]. En Dios todo lo puede. Esto es lo que hemos menester mucho nosotros, ánimo grande y esfuerzo y confianza en Dios, no desmayos, que quitan la gana de obrar nuestros ministerios. De manera que hemos de ser en nosotros humildes, conociendo que de nosotros no somos para nada, ni valemos ni podemos nada; pero en Dios, y con su virtud y gracia, hemos de ser animosos y esforzados para emprender cosas grandes. 

San Basilio declara esto muy bien, sobre aquellas palabras de Isaías (6, 8): [Me veis aquí, enviadme]. Quería Dios enviar a predicar alguno a su pueblo, y como Él quiere obrar las cosas en nosotros con voluntad y consentimiento nuestro, dijo donde lo pudo oír Isaías: ¿A quién enviaré? ¿Quién querrá ir de buena gana? Respondió el Profeta: Señor, aquí estoy yo, si me queréis enviar. Pondera muy bien San Basilio que no dijo: «Señor, yo iré y haré esto muy bien», porque era humilde y conocía su flaqueza, y veía que era atrevimiento prometer de sí que haría una cosa tan grande y que sobrepujaba todas sus fuerzas; sino dice: «Señor, aquí estoy yo muy pronto y dispuesto para recibir lo que Vos me quisiereis dar; enviadme Vos, que si me enviáis, yo iré.» Como si dijera: «Yo no soy suficiente para un ministerio tan alto como ése; empero Vos me podéis dar la suficiencia; Vos podéis poner palabras en mi boca que truequen los corazones; si Vos me enviáis, yo podré ir, y seré suficiente para ello, yendo en vuestro nombre.» Y le dice Dios: Ve. «Veis aquí, dice San Basilio, quedó el Profeta Isaías graduado por predicador y apóstol de Dios, porque supo responder muy bien en la materia de humildad. Porque no atribuyó a sí el ir, sino reconociendo su insuficiencia y flaqueza, puso toda su confianza en Dios, creyendo que en Él todo lo podría, y que si Él le enviaba podría ir; por eso se lo concede Dios, y le dice que vaya haciéndole predicador y embajador y apóstol suyo. Esta ha de ser nuestra fortaleza y nuestra magnanimidad para comprender y acometer cosas grandes. Por eso no desmayéis ni os desaniméis por ver vuestra flaqueza e insuficiencia.» No digas que eres niño y que no sabes hablar dice Dios a Jeremías (1, 7); que a todo lo que Yo te enviare irás, y hablarás y harás todo lo que Yo te mandare. No temas, que Yo seré contigo. De manera que cuanto a esta parte, la humildad, no sólo no es contraria a la magnanimidad, sino antes es raíz y fundamento de ella. Lo segundo que tiene el magnánimo, que es de desear hacer cosas grandes y que sean en sí dignas de honra, tampoco es contrario a la humildad; porque, como dice muy bien Santo Tomás, aunque el magnánimo desea hacer esto, no lo desea por la honra humana, ni es ése su fin; merecerla sí, pero no procurarla ni estimarla. Antes tiene un corazón tan despreciador de las honras y de las deshonras, que ninguna cosa tiene por grande sino la virtud, y por amor de ella se mueve a hacer cosas grandes, despreciando la honra de hombres. Porque la virtud es cosa tan alta, que no se puede honrar ni premiar suficientemente de los hombres, porque merece ser honrada y premiada de Dios. Y así, el magnánimo no tiene en nada todas las honras del mundo; es ésa cosa baja y de ningún precio para él; más alto es su vuelo; por sólo amor de Dios y de la virtud se mueve a obrar y a hacer cosas grandes, despreciando todo lo demás. 

Pues para tener este corazón tan grande, tan generoso y tan despreciador de las honras y deshonras de los hombres, cual le ha de tener el magnánimo, menester es mucha humildad. Para llegar a tanta perfección que podáis decir con San Pablo (Filip., 4, 12): Sé portarme así en la humillación como en la abundancia y prosperidad, y así en la hartura como en el hambre; para que vientos tan recios y tan contrario, como de la honra y de la deshonra, de las alabanzas y de las murmuraciones, de los favores y de las persecuciones (2 Cor., 6, 8), no causen en nosotros mudanza, ni nos hagan titubear, sino que siempre nos quedemos en un mismo ser; gran fundamento de humildad y sabiduría del Cielo es menester. No sé si sabréis bandearos en la abundancia, como el Apóstol San Pablo. Padecer pobreza, mendigar, peregrinar y andar humilde entre las deshonras y afrentas, por ventura sabréis; pero ser humilde en las honras, cátedras, púlpitos y ministerios altos, no sé si sabréis. ¡Ay! que los ángeles en el Cielo no supieron hacer eso, sino que se desvanecieron y cayeron. Aun allá dijo Boecio: [Aunque es temible toda fortuna, pero más lo es la próspera que la adversa]. Más dificultoso es conservarse uno en humildad en las honras y en la estimación del mundo y en los ministerios y oficios altos, que en los desprecios y deshonras y en oficios bajos y humildes; porque estas cosas traen consigo humildad; y esas otras soberbia y vanidad. La ciencia y demás cosas altas de suyo hinchan y desvanecen (1 Cor., 8, I ). Por eso dicen los Santos que es humildad de grandes y de perfectos varones saber ser humilde entre los dones y mercedes grandes que reciben de Dios, y entre las honras y estimación del mundo. 

Se cuenta del bienaventurado San Francisco un cosa que parece bien diferente de cuando se puso a amasar el barro con los pies para huir la honra con que le salían a recibir. Entrando una vez en un pueblo, le hicieron grande honra por la opinión y estima que tenían de su santidad, y venían todos a besarle el hábito, las manos y los pies, y él no hacía resistencia ninguna. Su compañero le juzgó de que parecía se holgaba con aquella honra; y le venció tanto la tentación que al fin se lo dijo. Respondió el Santo: «Esta gente, hermano, ninguna cosa hace en comparación de la honra que había de hacer.» El compañero quedó más escandalizado con esta respuesta, porque no la entendió. Entonces le dijo el Santo: «Hermano, esta honra que me ves hacer, no la atribuyo yo a mí, sino toda la refiero a Dios, cuya es, quedándome yo en lo profundo de mi vileza; y ellos ganan con esto, porque reconocen y honran a Dios en su criatura.» Quedó el compañero satisfecho y maravillado de la perfección del Santo. Y con mucha razón, porque ser tenido y honrado por santo (que es la mayor honra y estima en que uno puede ser tenido), y saber dar a Dios la gloria de ello como se debe, sin atribuirse a sí cosa alguna, y sin que se le pegue la miel a las manos, ni tomar de ello algún vano contentamiento, sino quedándose tan entero en su humildad y bajeza, como si no hubiera nada de aquello, y como si aquella honra no se diera a él, sino a otro, es altísima perfección y humildad profundísima. 

Pues a esta humildad hemos de procurar llegar con la gracia del Señor, especialmente los que somos llamados, no para que estemos arrinconados y escondidos debajo del celemín, sino en alto, como ciudad sobre el monte, y como antorcha sobre el candelero para alumbrar y dar luz al mundo; para lo cual es menester echar muy buenos fundamentos, y tener un deseo grande, cuanto es de nuestra parte, de ser despreciados y tenidos en poco, el cual nazca de un profundo conocimiento de nuestra miseria y vileza de nuestra nada, cual tenía San Francisco cuando se puso a amasar el barro con los pies para ser tenido por loco. De aquel profundo conocimiento propio que tenía de sí mismo, de donde nacía el desear ser despreciado y tenido en poco, de allí nacía también que cuando después le honraban y le besaban el hábito y los pies, no se desvanecía ni se tenía por eso en mas, sino se quedaba tan entero en su bajeza y humildad, como si ninguna honra le hicieran, atribuyendo y refiriendo todo aquello a Dios. Y así, aunque estos dos hechos de San Francisco parecen entre sí contrarios, procedían de una misma raíz y de un mismo espíritu de humildad. 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.

jueves, 12 de noviembre de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXV)


CAPÍTULO 35 

Que este tercer grado de humildad es medio para vencer todas las
 tentaciones y alcanzar la perfección de todas las virtudes. 

Casiano dice que era tradición de aquellos Padres antiguos, y como primer principio entre ellos, que no puede uno alcanzar la puridad de corazón, ni la perfección de las virtudes, si primero no conociere y entendiere que toda su industria, diligencia y trabajo, no es bastante para ello, sin especial ayuda y favor de Dios, que es el principal autor y dador de todo bien. Y este conocimiento, dice, no ha de ser especulativo, porque así lo hemos oído y leído, o porque así lo dice la fe; sino conviene que lo conozcamos prácticamente y por experiencia, y que estemos tan llanos y tan asentados y resueltos en esta verdad, como si lo viésemos con los ojos y tocásemos con las manos, que es al pie de la letra el tercer grado de humildad de que vamos tratando. Y de esta humildad se entienden las autoridades de la Sagrada Escritura, que prometen grandes bienes a los humildes, los cuales son innumerables. Y por eso con mucha razón le ponen los Santos por último y perfectísimo grado de humildad, y dicen que ése es el fundamento de todas las virtudes, y la preparación y disposición para recibir todos los dones de Dios. 

Y prosiguiendo Casiano esto mismo más en particular, tratando de la castidad, dice que para alcanzarla ningún trabajo basta, hasta que entendamos por experiencia que no la podemos alcanzar por nuestras propias fuerzas, sino que nos ha de venir de la liberalidad y misericordia de Dios. Y San Agustín concuerda muy bien con esto, porque el primero y principal medio que pone para alcanzar y conservar el don de la castidad es esta humildad, que no penséis que lo podéis vos ni que bastan vuestras diligencias; que merecéis perderlo si en eso estribáis; sino que entendáis que ha de ser don de Dios, y que os ha de venir de arriba, y en eso pongáis toda vuestra confianza. Y así decía un viejo de aquellos Padres antiguos, que sería uno tentado en la carne hasta que conociese bien que la castidad es don del Señor y no fuerza propia. 

Confirma esto Paladio con el ejemplo del abad Moisés, el cual, habiendo sido en el cuerpo de admirable fortaleza, y en el ánimo viciosísimo, se convirtió muy de corazón a Dios. Fue a los principios muy gravemente tentado, especialmente de torpezas, y por consejo de los santos Padres ponía sus medios para vencerlas. Oraba tanto, que pasó seis años orando, la mayor parte de la noche en pie, sin dormir. Trabajaba mucho de manos, no comía sino un poco de pan, iba por las celdas de los monjes viejos, y les traía agua, y hacía otras mortificaciones y asperezas grandes. Con todo eso no acababa de vencer las tentaciones, sino que ardía en ellas, y estaba en peligro de caer y dejar el instituto de monje. Estando en este trabajo, vino a él el santo abad Isidoro, y le dijo de parte de Dios: «Desde ahora, en nombre de Jesucristo, cesarán tus tentaciones.» Y así fue, que nunca más le vinieron. Y añadió el Santo, declarándole la causa por qué hasta allí Dios no le había dado cumplida victoria de ellas: «Moisés, porque no te gloriases ni cayeses en soberbia, pensando que por tu ejercicio habías vencido, por eso ha permitido Dios esto para tu provecho». No había Moisés alcanzado el don de la desconfianza de sí mismo, y porque lo alcanzase y no cayese en soberbia de propia confianza, por eso le dejó Dios tanto tiempo, y no alcanzó con tan grandes y santos ejercicios la cumplida victoria de esta pasión que otros con menos trabajo han alcanzado. 

Lo mismo refiere Paladio que le aconteció al abad Pacón, que por ser ya viejo de setenta años, era muy molestado de tentaciones deshonestas; y dice que le afirmó con juramento que después de cincuenta años de edad, por espacio de doce años, fue tan recia la pelea y tan ordinario el combate, que no se le pasó día o noche en todo este tiempo que no fuese combatido de este vicio. Él hacía cosas muy extraordinarias para librarse de estas tentaciones, y no aprovechaban. Un día, estándose él lamentando, pareciéndole que le había el Señor desamparado, oyó una voz que le decía interiormente: «Entiende que la causa de haber Dios permitido en ti esta recia batalla ha sido para que conozcas tu flaqueza y pobreza, y lo poco o nada que tienes de tu parte, y así te humilles de aquí adelante, no confiando en cosa alguna de ti, sino recurriendo en todas a Mí a pedirme socorro». Y dice que con esta enseñanza quedó tan consolado y confortado, que nunca más sintió aquella tentación. Quiere Dios que pongamos toda nuestra confianza en El, y que desconfiemos de nosotros y de nuestros medios y diligencias. 

Esta doctrina no sólo es de Agustino, Casiano y de aquellos Padres antiguos, sino del mismo Espíritu Santo, y en estos propios términos que la vamos diciendo. El Sabio, en el libro de la Sabiduría (8, 21), nos pone expresamente la teórica y juntamente la práctica de todo esto: Como yo supiese, dice Salomón, que no podía ser continente sin especial don de Dios, [y el conocer cuyo sea este don es gran sabiduría, acudí al Señor a pedírselo de todo mi corazón]. Continente aquí es nombre general que abraza, no sólo el contener y refrenar la pasión que es contra la castidad, sino todas las demás pasiones y apetitos que son contra la razón. Como también en aquello del Eclesiástico (26, 20): Todo peso de plata y oro no es digno del ánima continente. No hay cosa que tanto pese ni valga como la persona continente. Quiere decir, que por todas partes tiene y contiene sus afectos y apetitos para que no salgan de la raya de la virtud y de la razón. Pues dice Salomón: «En sabiendo que supe que sin especial don de Dios no podía contener siempre estas potencias y pasiones de mi alma y de mi cuerpo en aquel medio de verdad y virtud, sin que algunas veces sobresaliesen —y conocer esto es, dice, gran sabiduría—, acudí al Señor, y se lo pedí de todo corazón. De manera éste es medio único para ser continentes para refrenar y gobernar nuestras pasiones y tenerlas a raya, y para alcanzar victoria de todas las tentaciones y la perfección de todas las virtudes». Y así lo reconocía muy bien el Profeta cuando decía (Sal.. 126, 1): Si el Señor no edifica la casa, en vano trabaja el que la edifica. Y si el Señor no guarda la ciudad, en vano trabaja el que la guarda. Él es el que nos ha de dar todo el bien, y el que después de dado lo ha de guardar y conservar; y si no, en vano será todo nuestro trabajo. 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J. 

martes, 27 de octubre de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXIV)


CAPÍTULO 34 

Como los buenos y los Santos pueden con verdad tenerse en menos 
que todos, y decir que son los mayores pecadores del mundo. 

No será curiosidad, sino de mucho provecho, declarar cómo los buenos y los Santos pueden con verdad tenerse en menos que todos y decir que son los mayores pecadores del mundo, pues decimos que hemos de procurar llegar aquí. Algunos Santos no quieren responder a esta cuestión, sino se contentan con sentirlo ellos así en su corazón. Cuenta San Doroteo que como el abad Zósimo estuviese un día platicando de la humildad y dijese esto de sí, se halló allí un sofista o filósofo, y le preguntó: «¿Cómo te tienes por tan pecador, pues sabes que guardas los mandamientos de Dios?» Respondió el santo abad: «Yo sé que esto que digo es verdad, y así lo siento; no me preguntes más.» Empero San Agustín, Santo Tomás y otros Santos responden a esta cuestión y dan diversas respuestas. La de San Agustín y Santo Tomás es que poniendo uno los ojos en los defectos que él conoce en sí, y considerando en su prójimo los dones ocultos que tiene o puede tener de Dios, puede cada uno con verdad decir de sí que es más vil y mayor pecador que todos; porque mis defectos los sé yo, y no sé los dones ocultos que el otro tiene de Dios.

 —¡Oh que le veo que comete tantos pecados que yo no cometo! 

—¿Y qué sabéis vos lo que Dios ha obrado en su corazón después acá? En un momento oculta y secretamente puede aquél haber recibido algún don y merced de Dios, con lo cual os haga ventaja, como aconteció en aquel fariseo y publicano del Evangelio que entraron a orar al templo: De verdad os digo, dice Cristo nuestro Redentor (Lc., 18, 14), que el publicano y tenido por malo salió de allí justificado; y, el fariseo, que se tenía por bueno, salió condenado. Esto nos había de bastar para escarmentar, y para que no nos atrevamos a preferir ni comparar con nadie, sino que nos quedemos solos en el postrer lugar, que es lo seguro. 

Al que de verdad y de corazón es humilde, muy fácil cosa le es el tenerse en menos que todos. Porque el verdadero humilde considera en los otros las virtudes y lo bueno que tienen, y en sí sus defectos, y anda tan ocupado en el conocimiento y remedio de ellos, que no se le levantan los ojos a mirar faltas ajenas, pareciéndole que tiene harto que hacer en llorar sus duelos; y así a todos los tiene por buenos y a sí solo por malo. Y mientras más santo es uno, más fácil le es esto; porque así como va creciendo en las demás virtudes, va también creciendo en humildad y conocimiento propio, y en mayor desprecio de sí mismo, que todo anda junto. Y mientras más luz y conocimiento tiene de la bondad y majestad de Dios, más profundo conocimiento tiene de su miseria y de su nada, porque [un abismo llama a otro abismo] (Sal., 41, 8). Aquel abismo del conocimiento de la bondad y grandeza de Dios descubre el abismo y profundidad de nuestra miseria, y hace ver los átomos y polvos infinitos de las imperfecciones. Y si nosotros nos tenemos en algo, es porque tenemos poco conocimiento de Dios y poca luz del Cielo. Aún no han entrado por las puertas de nuestra alma los rayos del Sol de Justicia; y así, no sólo no vemos los átomos, que son nuestras faltas e imperfecciones menudas, pero aún tenemos tan corta vista, o, por mejor decir, estamos tan ciegos, que aun las faltas graves no echamos de ver. 

Se añade a esto que ama Dios tanto la humildad, y le agrada tanto que se tenga uno en poco a sí mismo y o se conserve en eso, que por eso suele muchas veces en grandes siervos suyos, a quien Él hace muchas mercedes y beneficios, disfrazar tanto sus dones y comunicarlos tan secreta y escondidamente que el mismo que los recibe no lo entiende, y piensa que no tiene nada. Dice San Jerónimo: Toda aquella hermosura del Tabernáculo estaba cubierta con cilicios, y pieles de animales. Así suele Dios cubrir y encubrir la hermosura de las virtudes y de sus dones y beneficios con diversas tentaciones, y a veces con algunas faltas e imperfecciones que permite, para que así las conserven mejor, como las brasas cubiertas con las cenizas. San Juan Clímaco dice que como el demonio procura ponernos delante nuestras virtudes y buenas obras, para que nos ensoberbezcamos, porque desea nuestro mal, así al contrario, Dios nuestro Señor, porque desea nuestro mayor bien, suele dar luz artificial a sus siervos para que conozcan sus faltas e imperfecciones, encubrir y disfrazar tanto sus dones, que el mismo que los recibe no lo entienda. Y es doctrina común de los Santos. Dice San Bernardo: «Para conservar la humildad en sus siervos, suele la divina bondad disponer las cosas de tal manera, que cuanto uno va aprovechando más, tanto menos piense que aprovecha, y cuando ha llegado al último grado de la virtud, permite que tenga alguna imperfección en el primero, para que piense que aún no ha alcanzado aquél». Lo mismo nota San Gregorio en muchas partes. 

Por esto comparan algunos muy bien a la humildad, y dicen que se ha con las otras virtudes como el sol con las demás estrellas; es esta razón, que como cuando aparece el sol, desaparecen y se encubren las otras estrellas, así cuando hay humildad en el alma, se encubren las demás virtudes. y le parece al humilde que no tiene ninguna virtud. Dice San Gregorio: «Siendo a todos manifiestas estas virtudes, ellos solos no las ven». De Moisés cuenta la Sagrada Escritura (Éxodo 34, 29) que cuando salió de hablar con Dios, traía un grande resplandor en su rostro, y lo veían los hijos de Israel, y él no; así el humilde no ve en sí alguna virtud; todo lo que ve le parece que son faltas e imperfecciones y aún cree que la menor parte de sus males es la que él conoce y que son muchos más los que ignora. Con esto le es fácil tenerse en menos y por el mayor pecador de cuantos hay en el mundo. 

Es verdad, para que lo digamos todo, que como son muchos y diversos los caminos por donde Dios lleva a sus escogidos, aunque a muchos lleva por el camino que hemos dicho, de encubrirles sus dones, que ellos mismos no los vean ni piensen que los tienen, a otros se los manifiesta y hace que los conozcan para que los estimen y agradezcan. Y así decía el Apóstol San Pablo (1 Cor., 2, 12): Nosotros hemos recibido, no el espíritu de este mundo, sino el espíritu de Dios, para que conozcamos los dones que recibimos de su mano. Y la sacratísima Reina de los Ángeles muy bien conocía y reconocía las mercedes y dones grandes que tenía y había recibido de Dios. Dice Ella en su cántico (Lc., 1, 46): Magnifica y engrandece mi alma al Señor, porque ha obrado en Mi grandes cosas el que es todopoderoso. Y esto no sólo no es contrario a la humildad y perfección, antes está acompañado de una tan alta y levantada humildad, que por eso la llaman los Santos humildad de grandes y perfectos varones. 

Hay empero aquí un peligro y engaño grande, de que nos advierten los Santos, y es que algunos piensan de sí que tienen más dones de Dios de los que tienen. En el cual engaño estaba aquel miserable a quien mandó Dios decir en el Apocalipsis (3, 17): Dices que eres rico y que de nada tienes necesidad, y no entiendes que eres miserable, pobre, ciego y desnudo. En el mismo engaño estaba aquel fariseo del Evangelio, el cual daba gracias a Dios porque no era él como los otros hombres (Lc., 18, 11), creyendo de sí que tenía lo que no tenía, y que era por eso mejor que los otros. Y algunas veces se nos entra esta soberbia tan oculta y secretamente, que casi sin sentirlo ni entenderlo estamos muy llenos de nosotros mismos y de nuestra propia estimación. Por eso es gran remedio el tener el hombre siempre los ojos abiertos para ver las virtudes ajenas, y cerrados para ver las suyas propias; y así vivir siempre con un santo temor, con el cual están más seguros y guardados los dones de Dios.

Pero, al fin, como nuestro Señor no está atado a eso y lleva a los suyos por diversos caminos, algunas veces, como dice el Apóstol San Pablo, quiere Él hacer esta particular merced a sus siervos, que conozcan los dones que de su mano han recibido. Y entonces parece que tiene más dificultad la cuestión propuesta: ¿Cómo estos santos varones espirituales, que conocen y ven en sí grandes dones, que han recibido de Dios, pueden con verdad tenerse en menos que todos, y decir de sí que son los mayores pecadores del mundo? Ya cuando nuestro Señor lleva a uno por ese otro camino de encubrirle sus dones, y que no vea en sí ninguna virtud, sino todo faltas e imperfecciones, no tiene eso tanta dificultad; pero en estos otros, ¿cómo puede ser? Muy bien puede ser con todo eso; sed vos humilde como San Francisco, y entenderéis el cómo. Apretándole su compañero, cómo podía en verdad decir y sentir esto de sí, respondió el seráfico Padre: «Verdaderamente entiendo y creo, que si Dios hubiera hecho con un ladrón y con el mayor de los pecadores las misericordias y beneficios que ha hecho conmigo, que fuera mucho mejor que yo, y que fuera más agradecido que yo. Y, por el contrario, entiendo y creo que si Dios levantase su mano de mí, y no me tuviese, que yo cometería mayores males que todos los hombres y sería peor que todos ellos». Y por esto, dice, yo soy el mayor pecador y más ingrato de todos los hombres. Ésta es muy buena respuesta y humildad muy profunda y doctrina maravillosa. Este conocimiento y consideración es la que hacía a los Santos hundirse debajo de la tierra, ponerse a los pies de todos, y tenerse con verdad por los mayores pecadores del mundo; porque tenían plantada y arraigada muy bien en su corazón la raíz de la humildad, que es el conocimiento de su propia flaqueza y miseria, y sabían penetrar y ponderar muy bien lo que ellos eran y tenían de sí; y eso les hacía creer que, si Dios los dejara de su mano y no les estuviera siempre teniendo, fueran los mayores pecadores del mundo; y así se tenían por tales. Y los dones y beneficios que habían recibido de Dios, los miraban ellos, no como cosa suya, sino como cosa ajena y prestada. Y no sólo no les estorbaba ni impedía para que ellos se quedasen enteros en su humildad y bajeza y se tuviesen en menos que todos; antes les ayudaba más a eso, por parecerles que no se aprovechaban de ellos como debían. De manera que a cualquier parte que volvamos los ojos, ahora los pongamos en lo que tenemos de nuestra parte, ahora los levantemos a lo que hemos recibido de Dios, hallaremos harta ocasión para humillarnos y teneros en menos que todos. 

San Gregorio pondera a este propósito aquellas palabras que dijo David a Saúl, después que pudiéndole matar en la cueva donde había entrado, le perdonó y le dejó ir, se sale tras él y le da voces, diciendo (Sam., 24, 15): ¿A quién persigues, rey de Israel? A un perro muerto persigues; a una pulga como yo. Pondera muy bien el Santo: Ya David estaba ungido por rey y había sabido del Profeta Samuel, que le ungió, que Dios quería quitar el reino a Saúl y dársele a él, y con todo eso se le humilla, y se apoca y abate delante de él, sabiendo que Dios le tenía preferido a él, y que delante de Dios era mejor que él. Para que de aquí aprendamos nosotros a teneros en menos que los que no sabemos en qué grado están delante de Dios.

 EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
 VIRTUDES CRISTIANAS. 
 Padre Alonso Rodríguez, S.J. 

martes, 13 de octubre de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXXIII)


CAPITULO 33 

Declarase más el tercer grado de humildad, y que de ahí nace 
que el verdadero humilde se tiene en menos que todos

Para que entendamos Mejor este tercer grado de humildad y nos podamos fundar bien en él, es menester tomar el agua más de atrás. Así como arriba dijimos (cap. 4) que todo el ser natural y todas las operaciones naturales que tenemos, las tenemos de Dios, porque nosotros éramos nada, y entonces no teníamos fuerza para movernos, ni para ver, ni oír, ni gustar, ni tender, ni querer; más dándonos Dios el ser natural, nos dio estas potencias y fuerzas, y así a Él le hemos de atribuir así el ser como estas operaciones naturales; de la misma manera y con mucha mayor razón hemos de decir en el ser sobrenatural y obras de gracia, y tanto más cuanto éstas son mayores y más excelentes. El ser sobrenatural que tenemos, no lo tenemos de nosotros, sino de Dios; al fin es ser de gracia, que por eso se llama así, porque es añadido al ser de naturaleza graciosamente. Nosotros nacimos en pecado, hijos de ira (Ef., 2, 3), enemigos de Dios, el cual nos sacó de aquellas tinieblas a su admirable luz, como dice el Apóstol San Pedro (1 Pedro 2, 9). Nos hizo Dios de enemigos, amigos, de esclavos, hijos; de no valer nada, tener ser agradable en sus ojos. Y la causa por que Dios hizo esto no fueron nuestros merecimientos pasados, ni el respeto de los servicios que le habíamos de hacer, sino por su sola bondad y misericordia, como dice San Pablo (Rom, 3, 20): [Justificados sois de balde por gracia de Dios, por la redención que está en Jesucristo], y por los merecimientos de Jesucristo, único medianero nuestro. 

Pues así como no podíamos nosotros salir de la nada que éramos al ser natural que tenemos, ni podíamos obrar obras de vida, ni ver ni oír ni sentir, sino que todo eso fue dádiva graciosa de Dios, y a Él se lo hemos de atribuir todo, sin que nos podamos atribuir a nosotros gloria alguna de ello, así tampoco podíamos salir nosotros de las tinieblas del pecado en que estábamos y en que fuimos concebidos y nacidos, si Dios por su infinita bondad y misericordia no nos sacara; ni podíamos obrar obras de vida, si Él no nos diera su gracia para ello; porque el valor y merecimiento de las obras no es por lo que tienen de nosotros, sino por lo que tienen de la gracia del Señor: como el valor que tiene la moneda no lo tiene de suyo, sino por el cuño con que se labra. Y así no debemos atribuirnos gloria alguna, sino toda a Dios, cuyo es así lo natural como lo sobrenatural, trayendo siempre en la boca y en el corazón aquello de San Pablo (I Cor, 15, 10): Por la gracia de Dios soy eso que soy. 

Mas mí como decíamos que no sólo nos sacó Dios de la nada y nos dio el ser que tenernos, sino que aun después que fuimos criados y recibimos el ser, no nos tenemos en nosotros mismos, sino que nos está Dios sustentando, teniendo y conservando con su mano poderosa para que no caigamos en el pozo profundo de la nada, de la cual primero nos sacó; de la misma manera en el ser sobrenatural, no sólo nos hizo Dios merced de sacarnos de las tinieblas de los pecados en que estábamos a la luz admirable de la gracia, sino siempre nos está conservando y teniendo de su mano para que no tornemos a caer; de tal manera, que si un punto apartase y alzase Dios su mano y guarda de nosotros, y diese licencia al demonio para que nos tentase cuanto quisiese, nos tornaríamos a los pecados pasados y a otros peores. [Dios anda siempre a mi diestra para que no sea movido], decía el Profeta David (Sal., 15, 8). Vos estáis siempre a mi lado, teniéndome para que no sea derribado; vuestro es, Señor, el levantarnos de la culpa, y vuestro es el no haber vuelto a caer en ella. Si me levanté fue porque me disteis la mano; y si ahora estoy en pie, es porque Vos me tenéis para que no caiga. Pues así como decíamos que aquello basta para tenernos en nada, porque de nuestra parte eso somos, y eso éramos, y eso seríamos si Dios no nos estuviese siempre conservando, así esto también basta para tenernos siempre por pecadores y malos; porque, cuanto es de nuestra parte, eso somos y eso fuimos eso seríamos si Dios no nos estuviese teniendo de su mano. 

Y así dice San Alberto Magno que el que quisiere alcanzar la humildad ha de plantar en su corazón la raíz de la humildad, esto es, que conozca su propia flaqueza y miseria, y entienda y pondere muy bien, no sólo cuán vil y miserable es ahora, sino cuán vil y miserable puede ser y sería el día de hoy si Dios con su mano poderosa no le apartase de los pecados y le quitase las ocasiones y le ayudase en las tentaciones. ¡En cuántos pecados hubiese yo caído si Vos, Señor, no me hubierais por vuestra infinita misericordia librado! ¡Cuántas ocasiones de pecar me habéis excusado que bastaran para derribarme, pues derribaron a David, si Vos no las atajarais conociendo mi flaqueza! ¡Cuántas veces habéis atado las manos al demonio para que no me tentase cuanto pudiese y si me tentase, para que no me venciese. ¡Cuántas veces podría yo decir con verdad aquellas palabras del Profeta (Sal., 93, 17): Si Vos, Señor, no hubierais ayudado, ya mi ánima estaría en los infiernos! ¡Cuántas veces fui combatido y trastornado para caer, y Vos, Señor, me tuvisteis, y poníais allí vuestra blanda y poderosa mano para que no me lastimase! Si os decía que mis pies habían resbalado, luego vuestra misericordia me ayudaba. ¡Oh. cuántas veces nos hubiéramos ya perdido si Dios por su infinita bondad y misericordia no nos hubiera guardo! Pues eso es en lo que nos hemos de tener, porque eso es lo que somos y lo que tenemos de nuestra parte, eso fuimos y eso seríamos también ahora si Dios apartase y alzase su mano y su guarda de nosotros. 

De aquí venían los Santos a confundirse, despreciarse y humillarse tanto, que no se contentaban con tenerse en poco y por malos y pecadores, sino que se tenían en menos que todos, y por los más viles y pecadores de cuantos había en el mundo. Un San Francisco, del cual leemos que le había Dios levantado y encumbrado tanto, que su compañero, estando en oración, vio allá entre los serafines una silla muy ricamente labrada de varios esmaltes y piedras preciosas que estaba preparada para él. Y preguntándole después: Padre, ¿qué reputación tienes de ti? Respondió: «No creo que hay en el mundo mayor pecador que yo.» Y lo mismo dijo de sí el glorioso Apóstol San Pablo (1 Tim., 1. 15): Nuestro Señor Jesucristo vino a este mundo a salvar a los pecadores, de los cuales el primero y principal soy yo. Y así nos amonesta a nosotros que procuremos llegar a esta humildad, que nos tengamos por inferiores y por menos que todos, y que a todos los reconozcamos por superiores y mejores. Dice San Agustín: no nos engaña el Apóstol cuando nos dice que nos tengamos por los menores, y que a todos los tengamos por superiores y mejores, ni nos manda que usemos palabras de adulación y lisonja. Los Santos no decían con mentira ni con fingida humildad que eran los mayores pecadores del mundo, sino con verdad, porque así lo sentían en su corazón. Y así nos encargan a nosotros que lo sintamos y digamos no por cumplimiento ni con ficción. 

San Bernardo pondera muy bien a este propósito aquel dicho del Salvador (Lc., 14, 10): Cuando fueres convidado, siéntate en el postrer lugar. No dijo que escogieseis un lugar mediano, o que os sentaseis entre los postreros, o en el penúltimo lugar, sino sólo quiere que estéis en el postrer lugar. No sólo no os habéis de preferir a nadie, pero ni habéis de presumir de compararos ni igualaros con nadie; sólo habéis de quedar en el postrer lugar, sin igual en vuestra bajeza, teniéndoos por el más miserable y pecador de todos: A ningún peligro, dice, os ponéis en humillaros mucho y poneros debajo de los pies de todos; pero el anteponeros a sólo uno os puede hacer mucho daño. Y trae aquella comparación común: así como si pasáis por una puerta baja, no os puede dañar el abajar mucho la cabeza, pero un tantico menos que os dejéis de bajar de lo que la puerta requiere, os puede hacer mucho daño y quebraros la cabeza; así en el ánima, el abajarse y humillarse mucho no puede dañar, empero el dejarse de humillar un poco, el querer anteponerse e igualar a sólo uno, es cosa peligrosa. ¿Qué sabes, oh hombre, si ese uno que piensas que es no sólo peor que tú (que por ventura te parece que ya vives bien), sino que es el más malo de los malos y el más pecador de los pecadores ha de ser mejor que ellos y que tú, y si lo es ya delante de Dios? ¿Quién sabe si cruzará Dios las manos, como Jacob (Gen., 48, 14), y se trocarán las suertes, y serás tú el desechado y el otro el escogido? ¿Qué sabéis vos lo que ha obrado Dios en su corazón de ayer acá y en un momento (Eccli., 11, 23) [Fácil cosa es a Dios de repente enriquecer al pobre]. En un instante puede Dios hacer de un publicano y de un perseguidor de la Iglesia apóstoles suyos, como hizo a San Mateo y a San Pablo. De pecadores empedernidos, y más duros que un diamante, puede hacer hijos de Dios (Mt., 3, 9). ¡Cuán engañado se halló aquel fariseo (Lc., 7. 39). que juzgó a la Magdalena por mala, y cómo le reprendió Cristo nuestro Redentor, y le dio a entender que era mejor que él la que él tenía por pública pecadora! 

Y así San Benito, Santo Tomás y otros Santos ponen éste por uno de los doce grados de humildad. Decir y sentir de sí que es el peor de todos. No basta decirlo con la boca, es menester que lo sintáis así en vuestro corazón. No pienses haber aprovechado algo sino te tienes por el peor de todos, dice aquel Santo (Kempis). 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
 Padre Alonso Rodríguez, S.J.