Mostrando entradas con la etiqueta Santo Sacrificio de la Misa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Santo Sacrificio de la Misa. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de enero de 2024

MILAGROS EUCARISTICOS - 61

 


LAS ALMAS DEL PURGATORIO 
Año 1279 Tolentino Italia 


San Nicolás de Tolentino no quería ordenarse de sacerdote porque le anonadaba la sublime grandeza de tan excelsa dignidad. Después de mucho tiempo, se decidió, por fin, a que el Señor Obispo le impusiera las manos, persuadido firmemente que celebrando el santo sacrificio de la Misa, podría todos los días socorrer a las benditas almas del Purgatorio, y que los ángeles custodios de las almas por él libertadas, le obtendrían del Señor el fervor que había menester para bien cumplir con los deberes sacerdotales. 

Estando un día el Santo, después de Maitines, descansando, oyó una voz que le despertó y le dijo: «Fray Nicolás, varón de Dios, vuélvete a mirarme»: y él le respondió: « ¿Quién eres?»-«Soy, dice, el alma de Pelegrin Auximense, a quien tu, mientras viví en la tierra, conociste muy bien, y ahora me estoy abrasando en estas llamas del Purgatorio. Te suplico que me socorras, y luego de mañana digas Misa por mi". A lo cual respondió, humildemente, el Religioso: "La copiosísima sangre derramada por Jesucristo te sea en alivio. No te la puedo aplicar en la santa Misa, porque soy hebdomadario, y además hoy es domingo y no se dice Misa de difuntos". 

";Oh. Padre!, dijo él. ven y verás si es razón que tan inhumanamente respondas a la multitud de almas afligidas que me enviaron a ti." Y llevado a un vasto campo, vio una innumerable multitud de almas que con lagrimas le gritaban: "Padre, ten piedad de nosotras... esperamos socorro de ti. Que si tú ofreces el Santo Sacrificio, nos veremos libres de los tormentos que nos devoran". 

Despertó el Santo movido a gran compasión y lágrimas, e hizo oración a Nuestro Señor Jesucristo por aquellas almas. Al amanecer del día siguiente, fuese al Superior, y postrándose a sus pies, le rogó con llanto y ferviente ruegos le exonerase del cargo de hebdomadario, a fin de que pudiese celebrar una semana entera la Misa de difuntos. Alcanzó el Santo lo que deseaba. 

Pasada la semana, se le apareció de nuevo el alma de Pelegrín, y le dio las gracias de lo que por las almas había hecho, afirmando que una buena parte de aquella multitud que había visto, estaba libre de las penas del Purgatorio y gozaba ya de la presencia de Dios en el cielo, por la misericordia divina, sus santos Sacrificios y fervorosas oraciones. 

(Lorenzo Surio. Vida de S. Nicolás de Tolentino. A 10 de septiembre.)
P. Manuel Traval y Roset S.J. (1856-1919)


martes, 4 de abril de 2023

Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...

 


Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de su maldición y condena. 


Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas. 

De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo. 

Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada. 

La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos. 

¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado. 

Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’ 

En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra. 

Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras: 

‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’ 

Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto. 

Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan. 

Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas. 

Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor. 

Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final. 

También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son. 

Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto. 

Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia. 

Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo. 

Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos. 

Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo. 

Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.


 Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 47

domingo, 29 de enero de 2023

Revelaciones de Santa Brígida: Palabras de nuestro Señor Jesucristo a su elegida y muy querida esposa, declarando su excelentísima encarnación...

 


Palabras de nuestro Señor Jesucristo a su elegida y muy querida esposa, declarando su excelentísima encarnación, condenando la violación profana y abuso de confianza de nuestra fe y bautismo, e invitando a su querida esposa a que lo ame. 


Yo soy el Creador del Cielo y de la tierra, uno en divinidad con el Padre y el Espíritu Santo. Yo soy el que habló a los profetas y patriarcas, y a quien ellos esperaban. Para cumplir sus deseos y de acuerdo con mi promesa, tomé carne sin pecado ni concupiscencia, entrando en el cuerpo de la Virgen, como el brillo del sol a través de un clarísimo cristal. Igual que el sol no daña al cristal entrando en él, tampoco se perdió la virginidad de mi Madre cuando tomé la humana naturaleza. Tomé carne pero sin abandonar mi divinidad. 

No fui menos Dios, todo lo gobernaba y abastecía con el Padre y el Espíritu Santo, pese a que, con mi naturaleza humana, estuve en el vientre de la Virgen. Igual que el resplandor nunca se separa del fuego, tampoco mi divinidad se separó de mi humanidad, ni siquiera en la muerte. Lo siguiente que deseé para mi cuerpo puro y sin mancha fue ser herido desde la planta de mis pies hasta la coronilla de mi cabeza, por los pecados de todos los hombres, y ser colgado en la Cruz. Ahora mi cuerpo se ofrece cada día en el altar, para que las personas puedan amarme más y recordar mis favores con más frecuencia. 

Ahora, sin embargo, estoy totalmente olvidado, ignorado y despreciado, como un rey desterrado de su reino en cuyo lugar ha sido elegido un perverso ladrón al que se colma de honores. Yo quise que mi reino estuviera dentro del ser humano, y por derecho yo debería ser Rey y Señor de él, dado que Yo lo creé y lo redimí. Ahora, sin embargo, él ha roto y profanado la fe que me prometió en el bautismo. Ha violado y rechazado las leyes que establecí para él. Ama su propia voluntad y despectivamente se niega a escucharme. Encima, exalta al más malvado de los ladrones, el demonio, por encima de mí y en él deposita su fe. 

El demonio es realmente un ladrón porque, debido a sus perversas tentaciones y falsas promesas, roba para sí mismo al alma humana que Yo redimí con mi propia sangre. Y aunque se lleva a las almas, esto no se debe a que él sea más poderoso que Yo, pues Yo soy tan poderoso que puedo hacer todo mediante una sola palabra, y soy tan justo que no cometería la más mínima injusticia ni aunque me lo pidieran todos los santos. 

Sin embargo, ya que el hombre, al que se ha dado libre albedrío, desprecia voluntariamente mis mandamientos y consiente al demonio, entonces es justo que también experimente la tiranía del demonio. El demonio fue creado bueno, pero cayó debido a su perversa voluntad y ha quedado como un verdugo para infligir su retribución a los pecadores. Pese a que ahora soy tan menospreciado, aún soy tan misericordioso que perdonaré los pecados de cualquiera que pida mi misericordia y se humille a sí mismo, y lo liberaré del perverso ladrón. Pero aplicaré mi justicia sobre aquellos que perseveren en menospreciarme, y los que la oigan temblarán, mientras que los que la experimenten dirán: ‘¡Ay de nosotros, que fuimos nacidos o concebidos! ¡Ay, que hemos provocado la ira del Señor de la majestad!’. 

Pero tú, hija mía, a quien he elegido para mí y con quien hablo en el Espíritu, ¡ámame con todo tu corazón, no como amas a tu hijo o a tu hija o a tus padres sino más que cualquier cosa en el mundo! Yo te creé y no evité que ninguno de mis miembros sufriera por ti. Aún amo tanto a tu alma que, si fuera posible, me dejaría ser de nuevo clavado en la cruz antes que perderte. Imita mi humildad: Yo, que soy el Rey de la gloria y de los ángeles, fui vestido de pobres harapos y estuve desnudo en el pilar mientras mis oídos oían todo tipo de insultos y burlas. Antepón mi voluntad a la tuya porque mi Madre, tu Señora, desde el principio hasta el final, nunca quiso nada más que lo que yo quise. Si haces esto, entonces tu corazón estará con el mío y lo inflamaré con mi amor, de la misma forma que lo árido y seco se inflama fácilmente ante el fuego. 

Tu alma estará llena de mí y Yo estaré en ti, todo lo temporal se volverá amargo para ti, y el deseo carnal te será como el veneno. Descansarás en mis divinos brazos, donde no hay deseo carnal sino sólo gozo y deleite espiritual. Ahí, el alma, colmada tanto interior como exteriormente, está llena de gozo, no pensando en nada ni deseando nada más que el gozo que posee. Por ello, ámame sólo a mí y tendrás todo lo que desees en abundancia. ¿No está escrito que el aceite de la vida no faltará hasta el día en que el Señor envíe lluvia sobre la tierra según las palabras del profeta? Yo soy el verdadero profeta. Si crees en mis palabras y las cumples, ni el aceite ni el gozo ni la alegría te faltarán jamás en toda la eternidad.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 1 

sábado, 10 de septiembre de 2022

jueves, 24 de diciembre de 2020

lunes, 7 de diciembre de 2020

sábado, 12 de enero de 2019

UN JOVEN Y PIADOSO PAJE SE LIBRA DE SER QUEMADO VIVO POR ASISTIR A LA SANTA MISA - SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO



Se cuenta que en la corte de un rey servía en calidad de paje un joven y piadoso caballero, el cual ni un solo día dejaba de oír Misa. Otro paje, movido por sentimientos de envidia, lo acusó delante del rey de permitirse excesivas confianzas con su esposa la reina. Se enojó el monarca y, sin más averiguaciones, ordenó a los fogoneros de unos hornos de calcinación que al primer paje de la corte que a ellos viniera lo prendiesen y arrojasen en mitad del horno y que, apenas cumplida la ejecución se lo comunicasen. Llamando luego al calumniado paje, lo envió con un pretexto cualquiera a la calera. Más he aquí que apenas se hubo puesto en camino, oyó tocar a Misa en una iglesia y en ella entró para asistir al santo sacrificio. El rey, entre tanto impaciente por saber si se habían cumplido sus órdenes,envió al otro paje (al vil calumniador) a informarse de lo que pasaba allá en el horno. Este infeliz fue el primero en llegar; los fogoneros que lo vieron, le echaron mano y lo quemaron vivo en medio de las llamas. Al poco rato se presentaba en palacio, de vuelta de su encargo, el paje inocente, el cual, preguntado por el rey por qué no había ejecutado sus órdenes con más presteza, respondió que por haberse detenido en la iglesia a oír la santa Misa. Más tarde, sospechando el rey la falsedad de la acusación, se informó mejor y descubrió la inocencia del piadoso paje y fiel servidor.preguntado por el rey por qué no había ejecutado sus órdenes con más presteza, respondió que por haberse detenido en la iglesia a oír la santa Misa. Más tarde, sospechando el rey la falsedad de la acusación, se informó mejor y descubrió la inocencia del piadoso paje y fiel servidor.preguntado por el rey por qué no había ejecutado sus órdenes con más presteza, respondió que por haberse detenido en la iglesia a oír la santa Misa. Más tarde, sospechando el rey la falsedad de la acusación, se informó mejor y descubrió la inocencia del piadoso paje y fiel servidor.

San Alfonso María de Ligorio
LOS DIEZ MANDAMIENTOS

martes, 6 de febrero de 2018

SANTA MISA TRADICIONAL EN CUENCA




El P. Ángel Fabián Benzi celebra todos los días la Santa Misa Tradicional en el Oratorio de Ntra. Sra. del Carmen en Cuenca.

Para los interesados en asistir, más información sobre horarios etc:


martes, 9 de enero de 2018

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XVI. (Último capítulo)


CAPITULO 16 
Algunos ejemplos acerca de la devoción de oír Misa y decirla cada día, 
y la reverencia con que hemos de estar en ella. 

El Papa Pío II y Sabélico cuentan que en la provincia de Istria, que confina con Panonia y Austria, vivía un devoto caballero, el cual era molestado de una grave tentación de ahorcarse, y algunas veces estuvo a punto de hacerlo. Andando con esta penosa tentación, se descubrió a un religioso letrado y temeroso de Dios pidiéndole consejo, el cual, después de haberle confortado y consolado mucho, le dijo que tuviese en su compañía un capellán que cada día le dijese Misa. Le pareció bien este remedio, y así se concertó con un sacerdote, y los dos se fueron a vivir a una fortaleza que tenía en el campo, donde habiendo un año que por medio de esta santísima devoción vivía en sosiego, acaeció que un día le pidió licencia su capellán para ir a celebrar una fiesta a un pueblo allí vecino con un clérigo amigo suyo; el caballero dio la licencia con intención de ir allá a oír Misa y hallarse en la fiesta; pero por cierta ocasión se detuvo, de modo que ya era mediodía cuando vino a salir de su fortaleza, muy acongojado pensando no hallar Misa, y molestado de su antigua tentación; yendo así fatigado, se encontró con un labrador que venía del lugar, el cual le certificó que eran ya acabados los oficios divinos. Recibió de esto el caballero tanta pena, que comenzó a maldecir su ventura, y a decir que pues aquel día no había oído Misa, se tenía ya por perdido. El labrador le dijo que no se fatigase, que él le vendería la Misa y lo que delante de Dios había merecido con ella, al caballero le agradó esto, y así se concertaron en que le diese una ropa que traía vestida, la cual él le dio de buena voluntad, y con esto se partió el uno del otro. Con todo eso, quiso el caballero llegar al pueblo a hacer oración en la iglesia; lo hizo así, y poco después, volviéndose a su casa, llegando al lugar de la simonía, vio que el labrador se había ahorcado de un árbol, permitiéndolo así Dios en castigo de su pecado. Quedó atónito y dio gracias al Señor porque le había a él librado, y se confirmó más en su devoción, y desde entonces quedó libre de la tentación, aunque vivió muchos años. 

Se lee en las Crónicas de San Francisco de Santa Isabel, reina de Portugal, y sobrina de Santa Isabel, reina de Hungría, que entre otras grandes virtudes que tenía, una era ser piadosa y compasiva de los pobres enfermos, y amiga de socorrerlos; y así se dice que ningún pobre le pidió que no le socorriese; y fuera de esto, tenía mandado a su limosnero que a ninguno le negase limosna. Teniendo, pues, esta santa un paje o criado de cámara, de quien se servía en la distribución de estas limosnas y obras de piedad, por ser virtuoso y de buenas costumbres, aconteció que otro paje de la cámara del rey don Dionis, su marido, y muy privado suyo, viendo la privanza que el paje tenía con la reina, por envidia que tuvo de él y por caer en gracia del rey, le quiso poner mal con él, afirmándole que la reina le tenía mala afición. Y como el rey vivía no muy honestamente, inducido por el demonio traía consigo algunos descontentos, y tenía alguna desconfianza de la reina su mujer. Por lo cual, espantado de lo que su paje le había dicho, aunque es verdad que no lo acabó de creer, sino que quedó dudoso, con todo eso se determinó de hacer matar a aquel paje secretamente. Y saliendo aquel día a pasearse a caballo, pasó por donde había un horno de cal, que se estaba cociendo, y llamando aparte a los hombres que le daban fuego, les mandó que a un criado que él les enviaría allí con un recaudo, diciendo si tenían hecho lo que el rey les había mandado, le arrebatasen luego y le echasen dentro del horno, de modo que allí luego muriese, porque así convenía a su servicio. Venida, pues, la mañana siguiente mandó el rey al paje de la reina que fuese con este recaudo al horno, para que aquellos hombres pusiesen en ejecución lo que él les había mandado, y así muriese; mas nuestro Señor, que nunca falta a los suyos, y vuelve por los que están inocentes y sin culpa, ordenó pasando este mozo por una iglesia, tañesen la campanilla de alzar en una Misa que entonces estaban diciendo; y entrando dentro, estuvo hasta que se acabó la Misa, y otras dos que comenzaron luego una en pos de otra. En este tiempo, deseando el rey saber si era ya muerto, acertó a ver al otro paje de cámara, que era el que le había acusado y levantado el falso testimonio delante del rey, al cual envió muy de priesa al horno a saber si se había hecho lo que él había mandado, y llegado que fue con el recaudo, como éste, conforme a las señas, era el que el rey les había dicho, le arrebataron luego los hombres y, atándole, lo echaron vivo en el horno. En este interin, acabando el otro mozo inocente y sin culpa de oír sus Misas, fue a dar el recaudo del rey a los que cocían el horno, diciendo si habían cumplido lo que su señor les había mandado, y respondiendo ellos que sí, él se volvió con la respuesta al rey; el cual, así como lo vio, quedó como fuera de sí, viendo y considerando que había acontecido este negocio muy al contrario de como él había ordenado mandado. Y volviéndose al paje le comenzó a reprender, preguntándole dónde se había entretenido tanto. Entonces el criado, dando cuenta de sí, le respondió: «Señor, yendo yo a cumplir el mandato de vuestra alteza, acerté a pasar junto a una iglesia, donde estaban tañendo la campanilla de alzar, y entrando dentro oí aquella Misa hasta el cabo; y antes que aquella se acabase, comenzaron otra y otra, y así aguardé hasta que se acabaron todas, porque mi padre me dejó por bendición, antes que muriese, que a todas las Misas que viese comenzar estuviese hasta el fin.» Entonces vino el rey a caer, por este juicio de Dios, en la cuenta de la verdad, y en la inocencia de la buena reina, y en la fidelidad y virtud del buen criado, y así echó de sí la imaginación mala que contra ella tenía. 

En el Prontuario de Ejemplos se cuenta que en un pueblo vivían dos oficiales de un mismo oficio, y el uno tenía mujer, hijos y familia, y con todo eso era tan devoto de oír Misa cada día, que por ninguna cosa la dejaba, y así le ayudaba nuestro Señor, y le iba bien en su oficio, y le multiplicaba su hacienda. El otro, por el contrario, no teniendo hijo ninguno, ni criado, sino sola su mujer, siempre trabajaba de día y de noche, y aun en los mismos días de fiesta, y oía Misa muy pocas veces, y nunca salía de laceria sino que padecía mucha necesidad y pobreza. Viendo, pues, éste que al otro le iba tan bien, haciéndose un día encontradizo con él, le preguntó que de dónde le venían tantos bienes y le sucedía tanta ganancia, que con él tener tanta familia de hijos y mujer, nunca le faltaba lo necesario, sino que siempre tenía bastantemente lo que había menester; y él, siendo solo con su mujer y trabajando más, siempre vivía en necesidad y pobreza. A esto respondió el que tenía devoción de oír cada día Misa, diciendo que él le mostraría al día siguiente el lugar dónde hallaba aquella ganancia. Y venida la mañana, se fue por casa del otro y le llevó consigo a la Iglesia; y acabada de oír la Misa le dijo que se volviese a su casa a trabajar. Lo mismo hizo el segundo día, y las mismas palabras le dijo. Pero el tercero día, viniendo otra vez a su casa para llevarle a la iglesia, le dijo el otro: «Hermano, si yo quisiese ir a la iglesia, no he menester que vos me llevéis allá, que bien sé el camino: lo que yo deseaba saber de vos era el lugar donde habéis hallado tan buena comodidad para enriquecer, y que me llevaseis allá para que yo también me pueda hacer rico.» Entonces respondió él diciendo: «Yo no sé, ni tengo otro lugar donde busque el tesoro del cuerpo y el premio de la vida eterna, si no es en la iglesia.» Y para confirmar esto, dijo (Mt., 6. 30): «¿Por ventura no habéis oído lo que el Señor dice en el Evangelio: Buscad primero el reino de los Cielos y su justicia, y todas las demás cosas que se os darán por añadidura?» Oyendo esto el buen hombre, entendió el misterio y cayó en la cuenta y compungido de su pecado enmendó su vida, haciéndose desde luego muy devoto y oyendo de allí adelante su Misa cada día, y así le comenzó a ir bien y suceder prósperamente en todos sus negocios. 

Cuenta San Antonino de Florencia que saliendo un día de fiesta de una ciudad dos amigos mancebos para irse a holgar al campo a cierta caza, el uno de ellos tuvo cuidado de oír primero Misa y cumplir con el precepto, y el otro no. Yendo, pues, juntos su camino, comenzó a revolverse el tiempo y turbarse el aire, de modo que parecía que el cielo se quería venir abajo, y hundir el mundo con los grandes truenos que comenzaron, y muchos relámpagos que venían a toda prisa con grandes señales de mucho agua; y entre éstas se oyó en el aire una voz, la cual oyeron los mismos mozos, que decía: «Dale, hiérele.» Quedaron con esta voz atemorizados; pero prosiguiendo su camino, al mejor tiempo, cuando no se cataron, cayó un rayo y mató al desdichado mozo que aquel día no había oído Misa. Fue tan grande el espanto y asombro que le dio al otro, que quedó como fuera de juicio, sin saber lo que había de hacer, mayormente que estaba ya cerca del puesto donde iban a cazar. Finalmente, pasó adelante y prosiguió su camino, y oyó otra voz que dijo: «Hiérele, hiérele a ése» Quedó el pobre muy atemorizado con esta voz, acordándose de lo que había pasado por su compañero; mas se oyó otra voz en el aire, que dijo: «No puedo, porque ha oído hoy el Verbum caro factum est» Entendiendo por esto que había oído Misa; porque al fin de ella se suele decir el Evangelio de San Juan, donde están estas palabras. Y de esta manera se escapó aquel mozo de aquella tan terrible y repentina muerte. 

De San Buenaventura se lee que considerando la soberana Majestad de Dios, que está en el santísimo Sacramento del altar, y su gran vileza, y temiendo que no recibía al Señor con la disposición que convenía, estuvo muchos días sin llegarse al alta, y un día, oyendo Misa, al tiempo que el sacerdote partía la hostia, una parte de ella se vino a él y se le puso en la boca. Y haciendo gracias al Señor por este tan incomparable beneficio, entendió que con él le quería enseñar, que gusta más Dios de los que con amor y entrañable afecto se llegan a él y le reciben, que no de los que por temor se apartan y dejan de recibirle; como después el mismo Santo lo escribió. Y lo mismo escribió Santo Tomás. 

Del Santo fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, se cuenta que estando en la corte ocupado en muchos y muy graves negocios del reino, como sus émulos, que eran muchos, no hallasen otra cosa en que le poder acusar, murmuraban algunos porque decía cada día Misa, maravillándose de él, que, teniendo tantos y tan arduos negocios sobre sí, se hallaba tan dispuesto y con ánimo reposado y quieto para celebrar cada día, como si estuviera en el monasterio. Y como el cardenal de España y arzobispo de Toledo don Pedro González de Mendoza un día familiarmente le dijese lo que se decía, respondió el siervo de Dios: Así es, señor, que porque sus altezas me han puesto en cosas tan arduas, y encomendado carga que es sobre todas mis fuerzas, no tengo otro refugio, para no dar con la carga en el suelo, sino llegarme cada día al santo Sacramento, para que con eso pueda tener fuerzas para salir al cabo, y dar buena cuenta de lo que sus altezas me han encomendado.» 

De San Pedro Celestino, que después fue Papa, cuenta Surio que poniéndose él una vez a considerar, por una parte, la Majestad grande del Señor que está en el santísimo Sacramento, y por otra, su vileza e indignidad, y acordándose de San Pablo, primer ermitaño, San Antonio, San Francisco y otros Santos, que no se habían atrevido a ejercitar el santo misterio de la Misa y Comunión cotidiana, estuvo muy dudoso y perplejo sobre la frecuencia en esto, y se abstuvo algunos días con el temor, temblor y reverencia de tan grande Señor, con determinación de ir a Roma a consultar al Papa sobre esto, si le sería mejor abstenerse de celebrar del todo o algún tiempo, y yendo con este intento, en el camino se le apareció un santo abad, ya difunto, el cual le había dado el hábito de monje, y le dijo: «¿Quién, oh hijo, aunque sea ángel, es digno de este misterio? Pero con todo eso te aconsejo que con temor y reverencia celebres frecuentemente»; y luego desapareció. 

Cuenta San Gregorio que poco antes de su tiempo acaeció que un hombre fue preso y llevado cautivo de los enemigos a muy lejanas tierras, donde estuvo mucho tiempo aprisionado, sin saber ni tener nuevas algunas de él; y como su mujer, después de tan largo tiempo no supiese de él, creyó ser ya muerto, y así como a tal hacía cada semana decir Misas y sacrificios por su ánima. Y era nuestro Señor servido que todas las veces que las Misas se decían por él, se hallaba el pobre cautivo libre de sus prisiones. Aconteció, pues, que no mucho después de esto salió el hombre del cautiverio y volvió a su casa libre; y como entre otras cosas contase a su mujer esta maravilla, espantado y admirado de que en ciertos días y horas de cada semana se le quitaban las prisiones, como está dicho; haciendo la mujer la cuenta, halló que era en los mismos días y horas que ella hacía ofrecer el sacrificio y decir las Misas por él. Y añade San Gregorio: «De aquí podéis, hermanos, colegir cuánta fuerza tendrá para deshacer las prisiones y ataduras del ánima este sacrificio ofrecido por nosotros.» El venerable Beda cuenta otro ejemplo semejante. 

San Crisóstomo dice que por el tiempo que el sacerdote celebra, asisten allí los ángeles, y que en honra del que allí es ofrecido, el altar está rodeado de ángeles. Y dice que oyó contar a una persona fidedigna, que un viejo, gran siervo de Dios, había visto de repente descender gran multitud de ángeles, y estar el altar rodeado de ellos, vestidos de tan resplandecientes ropas, que su claridad no se podía mirar, tan humillados como están los soldados delante de su rey. Y así lo creo yo, dice el glorioso Santo: porque al fin donde está el rey está la corte. Y San Gregorio dice: «¿Quién duda sino que en aquella hora en que se ofrece este santo sacrificio, a la voz del sacerdote se abren los Cielos y bajan juntamente con Cristo aquellos cortesanos del Cielo, y está todo aquello cercado de coros de ángeles, que como buenos cortesanos están acompañando a su Rey?» Y así declaran muchos Santos aquello de San Pablo, que mandando que las mujeres estuviesen en la iglesia cubiertas las cabezas, da la razón (1 Cor., 11, 10): Por amor de los ángeles. Porque por estar allí el santísimo Sacramento, dicen que hay allí ángeles que le reverencian y respetan. 

San Nilo escribe del mismo San Juan Crisóstomo (que fue su maestro) que cuando entraba en la iglesia veía gran multitud de ángeles vestidos de blanco, los pies descalzos, y encorvados sus cuerpos por la gran reverencia, con sumo silencio y como asombrados de la presencia de Cristo nuestro Dios y Señor en este Sacramento. Conforme a esto, dice el glorioso Crisóstomo: «Cuando te hallas delante de este divino Sacramento, no has de pensar que estás entre hombres en la tierra; ¿por ventura no sientes la vecindad de aquellos escuadrones celestiales de querubines, serafines, etc., que asisten ante aquel gran Señor de Cielos y Tierra?» Y así dice: «Estad, hermanos, en la iglesia con gran silencio, con temor y temblor: mirad de la manera que están los criados de un rey delante de él, qué modestos y serenos, con cuánta reverencia: no hay quien allí se atreva a hablar una palabra, ni a volver los ojos de una parte a otra; y aprended de aquí de la manera que habéis de estar delante de Dios.»  


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez