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lunes, 13 de abril de 2026

Oración al Corazón Eucarístico de Jesús

 


¡Oh Corazón eucarístico, oh amor soberano del Señor Jesús, que habéis instituido el augusto Sacramento para permanecer aquí abajo en medio de nosotros, para dar a nuestras almas vuestra Carne como alimento y vuestra Sangre como celestial bebida! Nosotros creemos firmemente; ¡oh Señor Jesús!, en este amor sumo que instituyó la Santísima Eucaristía, y aquí delante de esta Hostia es justo que adoremos este amor, que lo confesemos y lo ensalcemos como el gran centro de la vida de vuestra Iglesia. Este amor es para nosotros una invitación apremiante, para que Vos nos digáis: ¡Mirad cuánto os amo! Dando mi Carne como alimento y mi Sangre como bebida, quiero con este contacto excitar vuestra caridad y uniros a mi; quiero llevar a cabo la transformación de vuestras almas en mí, que soy el crucificado, en mí, que soy el pan de la vida eterna; dadme, pues, vuestros corazones, vivid de mi vida, y viviréis de Dios. Nosotros lo reconocemos, ¡oh Señor!, tal es el llamamiento de vuestro Corazón eucarístico, y os lo agradecemos, y queremos, sí, queremos corresponder a él. Otorgadnos la gracia de penetrarnos bien de este amor sumo, por el cual, antes de padecer, nos convidasteis a tomar y a comer vuestro sagrado Cuerpo. Grabad en el fondo de nuestras almas el propósito firme de ser fieles a esta invitación. Dadnos la devoción y la reverencia necesarias para honrar y recibir dignamente el don de vuestro Corazón eucarístico, este don de vuestro amor final. Así podamos nosotros con vuestra gracia celebrar de modo efectivo el recuerdo de vuestra Pasión, reparar nuestras ofensas y nuestras frialdades, alimentar y acrecentar nuestro amor a Vos, y conservar siempre viva en nuestros corazones la semilla de la bienaventurada inmortalidad. Así sea.

domingo, 5 de abril de 2026

viernes, 9 de mayo de 2025

Mater Dolorosa - R.P. Ildefonso Rodríguez Villar

 


1.° La Reina de los mártires. — El dolor es la ley universal que abarca a todos los hombres sin excepción. — El niño, sin que nadie se lo enseñe, gime y llora, y así, entre llantos y gemidos, se deslizará toda su vida. — No podemos huir del dolor..., nos espera donde menos lo creíamos…, quizá cuando son mayores nuestros goces y alegrías...; generalmente éstas son preludio de las lágrimas. — Cuando te venga un fuerte alegrón piensa en algún fuerte dolor o físico o moral…, del cuerpo o del alma..., de dentro o de fuera…, que te ha de venir. — Es locura querer alargar la vida huyendo del dolor. — Cuando menos punzan sus espinas, es abrazándose con generosidad con él... saliéndole al encuentro..., teniéndole gran amistad..., sobre todo, santificando y sobrenaturalizando todo dolor y sufrimiento. 

Jesús quiso ser el Varón de dolores y su Madre la Reina de los mártires. — Esos son los modelos..., ésos los únicos que alivian, con su ejemplo, nuestros sufrimientos, y nos enseñan a santificarnos con ellos. — ¡Bendito el dolor! — Así dijo Cristo: «dichosos los que lloran..., los que sufren..., los que padecen». — No tengas lástima del que sufre mucho, sino del que no sabe sufrir. — Cristo asoció a su Madre a todas sus glorias y grandezas, y por eso la hizo compañera de todos sus sufrimientos. — Al que Dios más ama, más le hace sufrir, para elevarle, como a su Madre, después a mayor gloria y grandeza. — ¡Cuánto sufrió María al pie de la Cruz!... ¡Pero qué grande es María precisamente al pie de la Cruz!... ¡Qué perla faltaría en su corona, si no tuviera la del dolor! — Por tanto, fue necesario que si era Reina, fuera Reina del dolor y del martirio. — Si fue Reina del dolor, debió sufrir más que nadie... Su martirio duró toda su vida. 

A nosotros, nos envía Dios los dolores uno a uno y nos oculta los futuros...; sólo sufrimos los presentes. — A María le reveló ya desde el principio, todo lo que había de sufrir para no ahorrarle sufrimientos... sino más bien quiso que aquella espada la atormentara toda la vida. 


Piensa en sus dolores: cuánto sufrió con la ingratitud..., la traición..., el abandono..., el desamor de que fue objeto su Hijo. — Belén..., Egipto..., Nazaret..., Jerusalén..., el pesebre y el Calvario..., el Templo..., el palacio de Herodes y de Pilatos..., Son todos los lugares en que su corazón se desgarró ¡tantas veces! — Hasta la pérdida de Jesús quiso sufrirla... para enseñarnos a nosotros a sufrir y a buscarle si le perdemos pecando. — Detente a enumerar y ponderar estos dolores. 

2.° Dolor humano y natural. — En todos estos dolores, considera su parte natural y humana. — La medida de todo dolor, es la intensidad del amor. — Sólo nos duele dejar o perder lo que amamos. — A mayor amor, mayor dolor. — Con esta regla, trata de medir el dolor de María... Era un dolor de madre y con esto se dice todo... Es el amos más puro..., más noble..., menos egoísta que en la tierra existe, ¡el amor de una madre! — Por eso, Dios no ha querido que tengamos más que una...; ella sola basta para llenar toda nuestra existencia de cariños inefables..., de besos calientes..., de amores que llenan por completo el corazón... ¡Cómo ama una madre! — Y, ¿cómo amaría la Virgen a su Hijo? — Dios quiso juntar en su Corazón todas las ternuras de todas las madres para que con ese amor amara a su Hijo. — No merecía menos el «Hijo de Dios»... y el que quiso llamarse por excelencia el «Hijo del hombre». — Pues, ¿cuál sería su dolor..., su sufrimiento en la pérdida de su hijo? 

Piensa, además, que el Hijo que perdía era único, que no le quedaba otro con quien consolarse..., que ese Hijo único era el mejor de todos..., que amaba a su Madre, como ningún hijo ha amado a la suya. — Por otra parte, siendo inocentísimo como era, lo perdía como si fuera un criminal...; que no era una enfermedad..., un accidente desgraciado..., sino una traición..., una ingratitud..., una enorme y horrible injusticia, la que le arrebataba la vida... y que eso se llevaba a cabo en medio de atroces tormentos... y en su misma presencia. 

Piensa en aquella íntima unión que entre Jesús y María existía, hasta el punto que en verdad el Hijo era la vida..., el todo de la Madre... y comprende por aquí algo, la intensidad de su dolor de Madre. Además, es cierto que la sensibilidad tiene muchos grados..., que no es igual en todas las personas... y que a mayor sensibilidad, mayor fuerza de dolor. — María era de una delicadeza exquisita..., de un organismo perfectísimo y por lo mismo de una sensibilidad extraordinaria... ¿Cuál sería, pues, el dolor de su corazón al ponerse en contacto con la ingratitud..., con la injusticia..., etcétera? — Recuerda lo que a ti estas cosas, que habrás pasado en grado muy inferior, te han hecho sufrir, y deduce lo que pasaría por el alma de la Virgen. — Detente en cada una de estas circunstancias... Medita muy despacio cada uno de estos motivos... y te convencerás de que con mucha razón, la Santísima Virgen puede aplicarse aquellas palabras de Jeremías: «Mirad y ved, si hay dolor semejante al mío.» 

3.° Dolor divino y sobrenatural. — No podemos abarcar toda la intensidad del dolor humano y natural de María... ¿Cómo podremos, pues, darnos una idea ni siquiera aproximada, de su dolor sobrenatural? — María sufría al perder a aquel que era su Hijo..., al verle padecer y morir... pero sobre todo sufría porque en Él veía a su Dios. 

¿Quién ha conocido como Ella a Dios?... ¿Quién le ha amado como Ella? 

Recuerda los incendios de amor de tantas almas santas..., de los mismos ángeles y serafines...; todo es nada en comparación del amor de María a su Dios. — Pues, ¿cómo sentiría las ofensas..., los insultos..., los tormentos que los hombres le dieron? Si como Madre todos repercutían en su corazón..., como Madre de Dios, ¿qué sería? 

Consta que ha habido almas que han muerto de dolor de sus pecados, considerando lo que con ellos ofendieron a Dios. — Pues, ¿cómo María no murió de dolor a la vista de aquellas ofensas gravísimas que el pueblo escogido infirió a Cristo en su Pasión? 

Además, María sufrió todos estos tormentos indecibles, sin consuelo espiritual de ninguna clase... Los mártires sufrían con alegría abrazados al crucifijo... La vista de Jesús crucificado, alentaba a los penitentes y anacoretas en sus austeridades..., pero para María, el Crucifijo..., la vista de Cristo crucificado, era precisamente su mayor tormento... El mismo que a otros iba a consolar, era el verdugo que atormentaba el corazón de su Madre. — Sus dolores no fueron físicos... Nada padeció en su cuerpo de tormentos y castigos..., pero por eso mismo, fue más intenso su dolor, al ser todo él interno..., puramente espiritual..., ¡verdaderamente divino! 

En fin, el colmo del dolor de la Virgen, fue no sólo el asistir..., el autorizar con su presencia el sacrificio de su Hijo..., sino que tuvo que llegar a desearlo. — Dos hijos tenía María: el hijo inocente... y el hijo pecador, que somos nosotros, — Si quería que viviera el Hijo inocente, no podía salvarse el hijo pecador...; si quería la salvación de éste, debía desear el sacrificio del otro... ¿Qué hacer? — Como Madre, debía de queremos tanto como a Jesús... y tuvo que llegar a querernos más que a El..., porque sabiendo que esa era la voluntad de Dios, quien no perdonó a su propio Hijo..., también fue la suya, y tampoco Ella le perdonó. — Por eso, allí estuvo al pie de la Cruz, muerta de dolor..., deseando..., hasta gozándose en la muerte de Cristo para salvarnos a nosotros... ¡Cuánto amor!, pero también, ¡cuánto dolor!... ¡Cuánto costamos a María ser hijos suyos! 

Y si lo que cuesta es lo que se aprecia y ama, ¿cuánto nos amará ahora, pues tanto la hicimos sufrir? — Pero ya basta..., basta ya de ingratitudes..., no hagas ya sufrir más a tu Madre..., sino ámala aún a costa de tus sufrimientos y de tu vida misma.

Meditaciones sobre la Santísima Virgen María
R.P. Ildefonso Rodríguez Villar (1895 - 1964)

sábado, 1 de julio de 2023

LA PRECIOSISIMA SANGRE DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO - 1 de Julio



LA SANGRE DE JESUCRISTO EN LA EUCARISTÍA

Hic est sanguis meus.
Esta es mi sangre. 
(Marc. XIV, 23)

¡Qué hermosos elogios tributan los Santos Padres a la sangre divina de Nuestro Señor! ¡Con qué entusiasmo la aclaman y ensalzan! ¡Cómo ponen de relieve, en conmovedoras frases, sus inefables caracteres! Oídlos: «La sangre de Jesucristo es un rescate divino que nos redimió del triple cautiverio del pecado, de la muerte y del infierno (1). Es remedio soberano que cura no sólo los males pasados, sino que preserva de todos los que pudieran amenazarnos por parte del mundo, del demonio o de nosotros mismos (2). Es un baño saludable y delicioso que lava todas nuestras manchas, devolviéndonos la pureza inmaculada (3). Es un alimento celestial que nos sustenta; fortifica en nosotros la vida de la gracia y nos hace crecer para el cielo. Es una divina y deliciosa bebida que nos sacia, y satisface nuestra sed peligrosa de placeres, sensuales, dejando sólo en nuestra alma la sed de la justicia (4). Es una leche de indecible suavidad que forma las delicias de los hijos de Dios (5). Es un tesoro abundante, de precio infinito, que nos enriquece y proporciona todo cuanto podemos legítimamente desear (6). Es un fuego celestial que derrite el hielo de nuestros corazones y nos inflama en un amor completamente divino (7). Es un adorno admirable que nos embellece y hace agradables a Dios (8). Es el sello del gran Rey que imprime en nuestras almas el carácter de predestinados (9). Es la llave irresistible que nos abre las puertas del cielo y nos pone en posesión de sus magnificencias» (10). ¡Y una sangre de tanto precio, nosotros la poseemos en la Eucaristía! ¡Oh, qué consuelo no infunde esta idea! ¡En la adorable Eucaristía poseemos la verdadera sangre de nuestro Señor Jesucristo, la sangre redentora de Jesucristo, la sangre inefablemente santificadora de Jesucristo! Hic est sanguis meus.

Oh sublimes afirmaciones! ¡Oh maravillosa declaración, repleta de los más dulces consuelos y de las más fortalecedoras esperanzas!

Meditémoslas con gozo, respeto y amor.

I

En la Eucaristía poseemos, no ya en figura o en símbolo,, sino VERDADERA, REAL Y SUSTANCIALMENTE la sangre divina de Jesús. ¿Quién lo afirma? El que es verdad infalible; el mismo Jesús. Oigamos su testimonio, pues sus palabras son más claras que la luz del mediodía. En la última, cena, y en medio de sus apóstoles que han de ser los heraldos del Evangelio, los ecos de su palabra, los institutores de su culto y, sobre todo, los glorificadores del dogma de la Eucaristía que a todos Ios compendia y encierra, toma el cáliz en sus santas y venerables manos, y después de levantar los ojos al cielo hacia su Padre santo y omnipotente, da gracias, lo bendice y entrega a sus apóstoles, diciendo: «Tomad y bebed todos de él. Esta es mi sangre, la sangre del nuevo Testamento, la sangre que será derramada, en bien de muchos, para remisión de los pecados. Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre que será derramada en bien de muchos para remisión de los pecados. Este cáliz es el Nuevo Testamento en mi sangre, que será derramada por vosotros». Hic est sanguis meus!

Así pues, dice un piadoso autor (11), todos los días adoramos la preciosa sangre cuando asistimos a la santa Misa. A la elevación del cáliz, hemos de considerar, por tanto, que allí está la sangre de Cristo en toda su plenitud, glorificada sí, pero latiendo con las pulsaciones propias de la vida humana. La sangre que se derramó gota a gota en el huerto de los Olivos, la que se coaguló en los látigos y varas de la flagelación, la que se secó sobre los cabellos del Salvador, la que empapó sus vestidos y dejó huellas rojizas en la corona de espinas, la que roció el madero de la cruz; la sangre que, al comulgarse a sí propio, bebió el mismo Jesús la noche del Jueves Santo, la que se derramó con tanta prodigalidad y como al descuido sobre el suelo de la pérfida ciudad: es la misma que vive en el cáliz unida a la persona del Verbo eternal, para recibir adoraciones de los hombres en medio del más profundo anonadamiento de nuestras almas y cuerpos.

Los rayos del sol levante penetran en la iglesia a través de los policromados ventanales; se posan un instante sobre el cáliz descubierto, y sus reflejos tímidos y sin cesar agitados, se quiebran y fulguran deliciosamente, cual si cayesen sobre una piedra preciosa; los ojos del sacerdote se paran a contemplar aquel espectáculo, y parécele como que esta luz rebotara del Sanguis hasta el fondo de su corazón, fortificando su fe y encendiendo más y más su amor. Pues bien; en esta copa y bajo estos rayos misteriosos, está la sangre de un Dios, verdadera sangre viviente, brotada, como de fuente original, del corazón inmaculado de María. Cuando el Santísimo Sacramento se posa sobre nuestra lengua, en el mismo instante — instante que los ángeles de Dios, a pesar de su grandeza, no pueden contemplar sin estremecerse — la sangre de Jesús circula en la Hostia con toda la abundancia de su gloriosa vida. Y para no anonadarnos, se sirve del misterio de este Sacramento para velar el chorro inextinguible de luz que ilumina las regiones todas del cielo, con un resplandor tal, que millares de soles reunidos no llegarían a igualarlo. No sentimos la fuerza de las pulsaciones de su vida inmortal, porque, de lo contrario, nos fuera imposible vivir nuestra propia vida, que se sentiría presa de un santo terror. Sin embargo, es cierto que en esta Hostia adorable palpita toda la plenitud de la preciosa sangre: la sangre de Getsemaní, de Jerusalén y del Calvario; la sangre de la pasión, resurrección y ascensión; la sangre que ha sido derramada y vuelta a incorporar al Salvador. Dentro de nosotros la llevamos ahora, por semejante manera de como la trajo en su seno la Virgen María. Dicha sangre está en el corazón de Jesús, en sus venas y en el templo de su cuerpo. Esto creemos por la fe; aunque mejor diríamos, tal vez, no que lo creemos, mas ¡que no lo ignorarnos!

Y esta sangre multiplicase con una profusión increíble. Está en los cálices, después de la consagración; está en todas las hostias consagradas, en todas las iglesias, en todos los tabernáculos donde se guardan las sagradas especies; y en todas partes está tan real y verdaderamente como en el cielo. Esta sangre es el don supremo que Jesús nos legara al morir. Los hombres, al bajar al sepulcro, dejan a sus parientes bienes terrenos; lo sumo a que pueden llegar es a hacer entrega de su corazón frío e inanimado, como reliquia. Pero Jesús nos lega su sangre viva; su sangre subsistente en la persona del Verbo: sangre de un valor indecible, e incomparablemente más preciosa que todos los tesoros, ¡su sangre divina! (12).

Esta sangre, en fin, es un gaje infalible de la vida eterna que nos ha sido prometida por Aquel que es único que puede prometérnosla y darla; es la rúbrica augusta del contrato por el cual se compromete Dios a ponernos en posesión de sí mismo, en el paraíso, con todos los medios para alcanzarlo (13) .

¿Qué corazón habrá tan duro, exclama Bossuet (14), que no se sienta conmovido, oyendo todos los días estas palabras del Salvador: «Esta es mi sangre del Nuevo Testamento»; o, como dice San Lucas: «Este cáliz es el Nuevo Testamento, por mi sangre» que contiene? Pues tal es la naturaleza de este Testamento que debe ser escrito todo entero con la sangre del testador. Oh cristianos, venid, venid a leer este testamento admirable; venid a oír su lectura solemne durante la celebración de los santos misterios. Venid a gozar de las bondades de vuestro Salvador, de vuestro Padre, de vuestro divino Testador, el cual compra con su propia sangre la herencia que para vosotros destina, y con esta misma sangre escribe, además, el testamento con que os la trasmite. Venid a leer este testamento; venida poseerlo; venid a gozarlo: la herencia del reino de los cielos es para vosotros!

¡Oh sangre verdadera de Jesús, realmente presente en el Santísimo Sacramento por una sublime invención del más inflamado amor; yo te adoro con todo el ardor de mi alma, completamente anonadada en tu presencia! Te reconozco y proclamo más grande que todas las grandezas, más excelente que todas las excelencias; pues, como sangre de Dios que eres, encierras una grandeza y excelencia infinitas. Con respeto me prosterno ante los ángeles y santos; humillándome en el polvo, venero y honro a María Inmaculada, la reina del paraíso; pero a ti debo tributarle honores inmensamente más excelsos todavía. Te adoro como debe ser adorada la divinidad; te adoro por lo que tantas veces he dicho, porque eres la sangre de Dios. Repito esta palabra para que se grabe más profundamente en mi ser y me penetre de los sentimientos que deben animarme al pie de los altares: sentimientos de adoración y sobre todo de amor.

 

II

Porque, en efecto, en la Eucaristía poseemos no sólo la verdadera sangre de Jesucristo, sino la sangre que nos rescató del pecado, que nos arrancó de la esclavitud del demonio, que nos ha, abierto las puertas del cielo y merecido a todos las gracias de la salud: en una palabra, la SANGRE DEL REDENTOR.

Es una ley fundada sobre la naturaleza de las cosas y sobre la voluntad de Dios, una ley confirmada por la tradición de todos los pueblos, aun los más antiguos; que la expiación del pecado no puede hacerse sino con derramamiento de sangre; y la razón está en que, así como la sangre es el principio de la vida, y el pecado un abuso de esta misma vida que se levanta contra el soberano Legislador; la reparación exige que se derrame sangre, sea la del culpable o la de una víctima que le sustituya, a fin de aplacar la cólera divina. Por otra parte, las leyes establecen también que los testamentos son valederos sólo a la muerte del testador: es decir, cuando la sangre, privada del influjo del alma que la abandona, cesa de vivificar el cuerpo que antes animara.

Ahora bien, como Jesús se constituyó en víctima del género humano, en reparación de todas las iniquidades, y quiso dar en testamento a todos los hombres los dones infinitos de la gracia y de la gloria, menester fue, bajo este doble título, que muriera y derramara su sangre.

Por tanto, no sin causa la sagrada Escritura atribuye la redención y los beneficios múltiples que de ella dimanan, a la efusión de la sangre de Jesucristo. Oíd, sobre materia de tanta importancia, algunos textos admirables de los escritores sagrados, entre los cuales ocupa el primer lugar San Pablo, que de verdad puede apellidarse el cantor inspirado de la preciosa sangre. «Plúgole al Padre celestial, dice, que en El residiera toda plenitud, y que todas las cosas se reconciliaran por El, pacificando, por medio de su sangre derramada en la cruz, todo cuanto hay sobre la tierra y en el cielo.

Mas, sobreviniendo Cristo, pontífice que nos había de alcanzar los bienes venideros, por medio de un tabernáculo más excelente y más perfecto, no hecho a mano, esto es, no de fábrica o formación semejante a la nuestra; presentándose no con sangre de machos de cabrío, ni de becerros, sino con la sangre propia, entró una sola vez para siempre en el santuario del cielo, habiendo obtenido la eterna redención del género humano. Porque si la sangre de los machos de cabrío y de los toros, y la ceniza de la ternera sacrificada, esparcida sobre los inmundos, los santifica en orden a la purificación legal de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual por impulso del Espíritu Santo se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios, limpiará nuestras conciencias de las obras muertas de los pecados, para que tributemos un verdadero culto al Dios vivo? El primer testamento no fue confirmado sino con sangre ; según la ley todo se purifica con sangre, y en fin, los pecados sólo con efusión de sangre se perdonan. Era, pues, necesario que lo que sólo es figura de las cosas celestiales fuese purificado por la sangre de los animales; pero las cosas del cielo, lo deben ser con víctimas mejores que éstas». Oigamos ahora el testimonio de San Pedro: «Sabemos, dice, que hemos sido rescatados por la preciosa sangre de Jesucristo, cordero sin mácula y sin tacha, predestinado antes de la creación del mundo; pero que fue manifestado en los últimos tiempos. Nosotros hemos sido elegidos, según la promesa de Dios Padre, para recibir la santificación del Espíritu Santo, obedecer a la fe y ser rociados con la sangre de Jesucristo». Y San Juan añade: «Jesucristo es el testimonio fiel, el primer nacido de entre los muertos y el príncipe entre todos los reyes de la tierra; Él nos amó y con su propia sangre nos lavó de todos nuestros pecados». El mismo apóstol nos representa a los ancianos del Apocalipsis entonando un cantar nuevo y diciendo: «Digno sois, Señor, de tomar el libro y de romper sus sellos, porque habéis sido condenado a muerte, y con vuestra sangre nos habéis rescatado para Dios, de toda tribu, de todo pueblo, de toda lengua y de toda nación; Vos nos habéis hecho reyes y sacerdotes para nuestro Dios, y reinaremos sobre la tierra». Y oyó una gran voz en el cielo que decía: «Ahora ha sido de verdad establecida la salud, la fuerza, el reino de nuestro Dios y el poder de su Cristo, porque el acusador de nuestros hermanos, que día y noche les acusaba ante nuestro Dios, ha sido arrojado del cielo y vencido por la sangre del Cordero».

Ciertamente podía Jesús, con la más insignificante de sus acciones (a causa del valor infinito que la unión hipostática prestaba a todas sus obras), operar nuestra salvación ; pero conforme a los eternos decretos de la Trinidad, manifestados en la sagrada Escritura, sólo debía servir de precio para nuestra redención la sangre divina que en su muerte derramó.

¡Oh Dios mío! ¡Con qué sobreabundancia tan llena de amor fue derramada! ¡Cayó sobre el polvo y las rocas del huerto de los Olivos; inundó la sala del pretorio; salpicó manos y vestidos de los verdugos; corrió por las sendas de Jerusalén, a lo largo de la calle de la amargura; enrojeció la cumbre del Gólgota y el madero de la Cruz! ¡Chorreó de todo el cuerpo del Salvador en la agonía de Getsemaní; de su frente en la coronación de espinas; de sus espaldas en la flagelación; de sus manos y pies en la crucifixión; de su pecho, hasta la última gota, cuando el soldado lo atravesó con la lanza!

Pero ¡cuán grande no fue la eficacia de aquella sangre derramada! Se Apaciguó la cólera divina; su justicia se dio por satisfecha; se perdonaron por su virtud todos los pecados, y los hombres pudieron hacerse dignos de merecer todas las gracias ya generales ya particulares; se redujeron a realidad todas las gracias inherentes a la institución de la Iglesia, con su jerarquía y sus divinos poderes de enseñar, gobernar y santificar; las gracias de los sacramentos y, sobre todo, la del adorable sacramento de nuestros altares; y, en fin, como consecuencia de todas ellas, el infierno fue cerrado, el cielo abierto, el demonio vencido y la innumerable muchedumbre de predestinados conquistada.

¡Esta sangre divina, esta sangre tan poderosa y tan eficaz, esta sangre redentora, nosotros la poseemos en la Eucaristía! Hic est sanguis meus.

¡Ah! Si un bienhechor insigne, para librarnos del deshonor o la esclavitud, hubiese sacrificado una fortuna considerable, ¡qué gratitud tan profunda y rendida no le profesaríamos! Y si, llevando hasta el límite su nobleza y heroísmo, hubiese dado la vida para rescatarnos de la muerte; so pena de ser unos monstruos de ingratitud, repetiríamos a diario y mil veces su nombre; y la vista de su retrato no podría menos de excitar en nuestros corazones una emoción profunda, hija de la más tierna y sincera gratitud. ¡Oh alma mía! Acuérdate, pues, que Jesús se ha entregado por ti, y que para arrancarte de la muerte eterna y abrirte las puertas del paraíso ha derramado hasta la última gota de su sangre. Y esta sangre no se la ha bebido, no, la tierra; sino que fue recogida con celoso cuidado por los ángeles. Vive todavía; está bajo las especies sacramentales; está en el cáliz, después de consagrado. ¡Oh sangre divina, precio de mi salvación, rescate de mis pecados, tesoro de los tesoros; yo me postro ante ti penetrado de la más profunda adoración! ¡Oh sangre de Jesús, te amo con todo el ardor de mi alma; te amo en mi nombre y en el de mis hermanos y en nombre, sobre todo, de los que te olvidan, desdeñan y profanan!

¡Oh sangre de Jesús, yo quiero recoger ávidamente tus preciosas bendiciones, porque no sólo eres verdadera sangre divina y sangre redentora, sino también, para todos y cada uno de nosotros, la SANGRE POR ESENCIA SANTIFICADORA!

 

III

Lengua de ángel, o tal vez mejor, la misma ciencia divina sería menester para expresar dignamente los maravillosos efectos de esta sangre preciosa. Nosotros sólo podemos rastrear imperfectamente su influencia en el mundo, haciendo notar las transformaciones que realiza y las victorias que sin cesar obtiene. La obra de la santificación del mundo es, en un todo, fruto de su fecunda omnipotencia.

En el cielo, constituye la felicidad de los elegidos y llena su corazón de inefables alegrías. En el purgatorio, refresca, ilumina, consuela y purifica. En la tierra, provoca el arrepentimiento, obtiene el perdón, suscita toda clase de sacrificios, ánima, presta ayuda a toda buena voluntad, da vida a una incomparable florescencia de buenos deseos, santas resoluciones y actos de salvación.

Obra por el intermedio de los ángeles, de los sacerdotes, de celestiales inspiraciones, de santas palabras, de buenos ejemplos; por medio de la oración y de los sacramentos. Pero además, y sobre todo, obra inmediatamente por sí misma.

Porque — y bueno es que lo repitamos una y mil veces con todo el reconocimiento de que somos capaces — la tierra tiene siempre y dondequiera esta preciosa sangre en la Eucaristía. ¡Hic est sanguis meus!

En la Eucaristía, la sangre de Cristo es nuestra protección. ¿Queréis, exclama San Juan Crisóstomo con acento de triunfo, queréis conocer la virtud de la sangre de Cristo? Consideremos el símbolo, recorramos a la figura tal cual nos la proporciona el Antiguo Testamento. A media noche, iba Dios a descargar sobre Egipto aquella décima plaga, que debía acabar con los primogénitos de dicha nación, en castigo de haber retenido prisionero a su pueblo escogido. Más para librar a los israelitas de semejante pena, ya que se hallaban mezclados con los egipcios, les dio un medio a fin de que pudieran distinguirse: ¡medio admirable, prenuncio de lo que después tenía que suceder! El látigo de la cólera divina se cernía ya sobre aquella región, y el ángel exterminador emprendía el vuelo para recorrer las casas y sembrar por doquiera el exterminio y la muerte... Pero he aquí que Dios da orden a Moisés de matar un cordero de un año y rociar con su sangre las puertas de los israelitas. ¿Cómo es posible, oh Moisés, que la sangre de un cordero pueda proteger a hombres dotados de razón? No lo fuera, contesta el hombre que fue brazo del Omnipotente, si no fuese a la vez figura y símbolo de la sangre del Salvador. ¿No veis, con frecuencia, cómo las estatuas de los reyes, inanimadas y sin voz, protegen a los que solicitan su amparo, no porque son de bronce, sino por causa del príncipe que representan? Pues del mismo modo la sangre del cordero, que es un animal sin inteligencia, protegía a los israelitas, no en cuanto era sangre, sino en cuanto representaba la sangre del Cordero divino. En efecto, el ángel encargado de dar cumplimiento a las venganzas del Altísimo, viendo las puertas rociadas con esta sangre libertadora, pasaba de largo sin descargar el golpe. En nuestros tiempos, cuando el demonio ve, no ya la sangre figurativa, sino la sangre profetizada, es decir, la sangre de Cristo; y no sobre las puertas de nuestras casas, sino reverberando en los vasos sagrados de nuestros templos, o enrojeciendo los labios de los fieles, se aterroriza, siéntese cautivo e imposibilitado de hacer daño a los amigos del Salvador.

En la Eucaristía, y durante la celebración de los santos misterios, gracias a la efusión mística de su sangre redentora y de su inmolación sacramental, consumada en la consagración de las dos especies de pan y de vino por separado, el Salvador nos aplica con infinita sobreabundancia los frutos de su muerte real en el Calvario, y de su inmolación sangrienta en la cruz. ¡Qué adoración tan humilde y abnegada no le debemos por ello! ¡Qué acción de gracias no hemos de tributarle por todos los beneficios que sin cesar recibimos de la liberal mano de Dios! ¡Qué expiación tan eficaz la suya! Como la sangre de Abel, grita también la de Jesús desde el altar; pero es para implorar perdón; es para atraer sobre el mundo toda suerte de gracias y bendiciones.

En la Eucaristía, la sangre de Jesucristo nos santifica, sobre todo cuando por medio de la sagrada comunión viene hacia nosotros, se une con nosotros, se hace nuestra divina bebida, y cuando, por decirlo así, llegamos a tener una misma sangre con el Hijo de Dios hecho hombre, concorporei... consanguinei! (15). Durante la pasión, la sangre adorable del Redentor sólo se derramó por tierra y entre sus enemigos y verdugos; pero en la comunión se derrama sobre nuestros pechos. En la cruz obraba de lejos, sea por la distancia de lugar, sea por la de tiempo; pero aquí mana a nuestra vista, cae inmediatamente sobre nuestras almas para enriquecernos con el tesoro incalculable de sus dones celestiales.

Hónranos de un modo tal, que jamás lengua humana lo podrá encarecer bastante, y nos infunde una vida de inclinaciones y sentimientos totalmente divinos. Revístenos de indomable energía para pelear las batallas de la virtud: ille sanguis valde nos facit audaces (16). Mitiga nuestras penas, nos consuela en las tribulaciones y alienta, en nuestros desmayos: Dedil et tristibus sanguinis poculum (17). Es una fuente de júbilo universal. Cubre de verdores los áridos desiertos de la vida. Hace florecer el yermo, corona de flores las rocas áridas, y embellece y hace grata la soledad más sombría. El gozo humano es una cosa magnífica, un verdadero homenaje de adoración al Criador. Fuera de Dios, no hay belleza que pueda comparársele, si no es el eterno júbilo de los ángeles. Y la sangre divina tiene el don de alegrar: laetificat (18). Es luz que ilumina, voz que alienta, vino que conforta y da brío, leche rebosante de inefables dulzuras, tesoro de méritos incalculables, rocío que admirablemente fecunda la tierra de nuestra alma, remedio eficaz para todas nuestras enfermedades, fuente de gracias con que alcanzar la vida eterna: ¡Sanguis Domini nostri Jesu Christi custodiat animan meam in vitam aeternam! (19).

¡Oh sangre adorable del Salvador, produce en mí tan saludables efectos! Lávame, purifícame, aliméntame, apaga mi sed, ennobléceme, fortifícame, santifícame! ¡Oh sangre verdadera del Hijo de Dios humanado, inspírame una viva y profunda devoción hacia ti! Concédeme que saque de este culto divino un odio mortal al pecado, una grande estima de los sacramentos y, sobre todo, del sacrificio del altar; dame inteligencia del espíritu de abnegación y sacrificio, ardiente reconocimiento por los augustos misterios de la Redención y de la Eucaristía, una devoción cada vez más tierna hacia la Santísima Virgen, un amor siempre más ardiente y abnegado por todo lo que mira a Dios y a su santa causa. Oh sangre de infinita dignidad! Oh sangre redentora, sangre vivificadora y santificadora: ante ti me postro con el más humilde respeto y el más profundo anonadamiento! A ti mis homenajes de adoración; a ti el reconocimiento de mi alma; en ti mi más absoluta confianza. Sé mi protección durante mi vida, mi consuelo y sostén en la hora de mi muerte. Sé, en fin, mi santificación en la tierra y mi gloria en el paraíso!

 

 

Por dichoso me hubiera tenido de poder recoger y guardar una sola gota de la sangre que brotó de vuestro Corazón; y he aquí que, mediante este Sacramento de amor, recibo en mi baca, en mi Corazón y en mi alma vuestra preciosa sangre, que adoran los ángeles del cielo. ¡Oh Sacramento de amor! ¡Oh cáliz de inefable ternura!

B. ENRIQUE SUSO.

 

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(1) San Bernardo.

(2) San Anselmo.

(3) Paseado.

(4) Santo Tomás

(5) San Isidoro

(6) San Agustín

(7) San Jerónimo

(8) Actas de Santa Inés

(9) San Gregorio

(10) Tertuliano

(11) Faber, La preciosa sangre.

(12) Hic est calix novum testamentum in sanguine meo (Luc., XXII, 20).

(13)   Hio est enim sanguis meus novi Testamenti (Matth., XXVI, 28).

(14)   Meditaciones sobre el Evangelio, meditación LXI

(15)   San Círilo de Jerusalén, Catech. Myst. 4.

(16)  San Juan Crisóstomo.

(17)  Himno de la Misa del Santísimo Sacramento.

(18)  Faber, La preciosa sangre.

(19)  Orat. Missae ante Commun.



El PARAISO EN LA TIERRA

O EL MISTERIO EUCARISTICO

por Ch. Rolland 

Canónigo titular de Langres, Misionero Apostólico.

Obra honrada con la bendición de Su Santidad León XIII

y con la aprobación de numerosos Prelados

Editado en 1921


sábado, 1 de abril de 2023

La Virgen María describe la excelencia de su Hijo; y como Cristo es ahora crucificado mas duramente por los malos cristianos, que por los judíos - Santa Brígida

 


Palabras de la Madre a la esposa describiendo la excelencia de su Hijo; sobre cómo Cristo es ahora crucificado más duramente por sus enemigos, los malos cristianos, que por los judíos, y sobre cómo, en consecuencia, esas personas recibirán un castigo más duro y amargo. 


La Madre dijo: “Mi Hijo tuvo tres bondades. La primera fue que nadie tuvo jamás un cuerpo tan refinado como Él, al tener Él dos naturalezas perfectas, una divina y otra humana. Él fue tan puro que, igual que no se puede encontrar ni una mota en un ojo cristalino, ni una sola deformidad podía hallarse en su cuerpo. La segunda bondad fue que Él nunca pecó. Otros niños, a veces, cargan con los pecados de sus padres, además de los suyos propios. Este niño, que nunca pecó, cargó con los pecados de todos. La tercera bondad fue que, mientras que algunas personas mueren por Dios y por una mayor recompensa, Él murió tanto por sus enemigos como por mí y sus amigos. 

Cuando sus enemigos lo crucificaron, le hicieron cuatro cosas. En primer lugar, lo coronaron de espinas. En segundo lugar, clavaron sus manos y pies. Tercero, le dieron hiel para beber y, cuarto, traspasaron su costado. Pero mi dolor es que sus enemigos, que ahora están en el mundo, crucifican a mi Hijo más duramente de lo que lo hicieron los judíos. Aunque podrías decir que Él no puede sufrir y morir ahora, aún lo crucifican a través de sus vicios. Un hombre puede lanzar insultos e injurias sobre la imagen de un enemigo suyo y, aunque la imagen no sintiera el daño, el perpetrador sería acusado y sentenciado por su maliciosa intención de injuriar.

Igualmente, los vicios por los que crucifican a mi Hijo, en un sentido espiritual, son más abominables y más serios para Él que los vicios de quienes lo crucificaron en el cuerpo. Pero puedes preguntar ‘¿Cómo lo crucifican?’ Bien, primero lo colocan sobre la cruz que han preparado para Él. Esto es, cuando no tienen en cuenta los preceptos de su Creador y Señor. Después lo deshonran cuando Él les advierte, a través de sus siervos, que han de servirle, y ellos desoyen las advertencias y hacen lo que les apetece. Crucifican su mano derecha confundiendo justicia e injusticia al decir: ‘El pecado no es tan grave ni odioso para Dios como se dice, ni Dios castiga a nadie para siempre sino que sus amenazas son para asustarnos. 

¿Por qué habría de redimirnos si quisiera que muriésemos?’ Ellos no consideran que hasta el más mínimo pecado, en el que una persona se deleite, es suficiente para entregarle a él o a ella al castigo eterno. Puesto que Dios no deja ni que el más mínimo de los pecados quede sin castigo, ni el mínimo bien sin recompensa, ellos serán castigados siempre que mantengan la intención constante de pecar y mi Hijo, que ve sus corazones, cuenta eso como un acto. Pues si mi Hijo se lo permitiera, ellos obrarían según sus intenciones. 

Crucifican su mano izquierda convirtiendo la virtud en vicio. Quieren continuar pecando hasta el fin, diciendo: ‘Si, al final, una vez, decimos “¡Dios, ten misericordia de mí!”, la misericordia de Dios es tan grande que el nos perdonará’. El querer pecar sin enmendarse, querer la recompensa sin luchar por ella, no es virtud, a menos que haya algo de contrición en su corazón o a menos que la persona desee realmente enmendar su camino, siempre que no se lo impida una enfermedad o cualquier otra condición. 

Crucifican sus pies complaciéndose en el pecado, sin pensar ni una sola vez en el amarguísimo castigo de mi Hijo, ni darle las gracias de corazón, diciendo: ‘¡Señor, qué amargamente has sufrido! ¡Alabado seas por tu muerte!’ Tales palabras nunca sale de sus labios. Lo coronan con una corona de irrisión al burlarse de sus siervos y considerar inútil su servicio. Le dan hiel a beber cuando se regodean y complacen en pecar. Nunca sienten en el corazón lo serio y múltiple que es el pecado. Le traspasan el costado cuando tienen la intención de perseverar en el pecado. 

Te digo en verdad, y se lo puedes decir a mis amigos, que para mi Hijo esas personas son más injustas que aquellos que lo sentenciaron, peores enemigos que aquellos que lo crucificaron, más faltos de vergüenza que quienes lo vendieron. A ellos les espera mayor castigo que a los otros. De hecho, Pilatos supo muy bien que mi Hijo no había pecado y que no merecía la muerte. Sin embargo, por temor a perder el poder temporalmente y por la insistencia de los judíos, aún reacio, tuvo que sentenciar a muerte a mi Hijo. ¿Qué temerían estas personas si lo sirvieran? ¿O qué honor o privilegio perderían si lo honrasen? 

Ellos recibirán, pues, una más dura sentencia, por ser peores que Pilatos en la consideración de mi Hijo. Pilatos lo sentenció por temor, sometiéndose a la petición e intenciones de otros. Estas personas lo sentencian por su propio beneficio y sin temor alguno, deshonrándolo por el pecado del que podrían abstenerse, si así lo quisieran. Pero ellos no se abstienen de pecar ni se avergüenzan de haber cometido pecados, pues no toman en consideración que no merecen ni la mínima consideración de aquél a quien ellos no sirven. Son peores que Judas, pues Judas, después de haber traicionado al Señor, reconoció que Jesús era el mismo Dios y que él había pecado gravemente contra Él. 

Se desesperó, sin embargo, y se precipitó hasta el infierno, pensando que ya no merecía vivir. Pero estas personas reconocen su pecado y, aún así, perseveran en él sin arrepentimiento en sus corazones. Más bien, desean arrebatarle a Dios el reino de los cielos por una especie de fuerza y violencia, creyendo que lo pueden conseguir, no por sus hechos sino por una vana esperanza, vana porque no se le dará a nadie más que a los que trabajan y hacen algún sacrificio para el Señor. Son peores que los que lo crucificaron. Cuando vieron las buenas obras de mi Hijo, como la resurrección de la muerte o la curación de leprosos, pensaron en sus adentros: ‘Este obra maravillas inauditas e inusitadas, superando a todos a voluntad con sólo una palabra, conociendo nuestros pensamientos, haciendo todo lo que desea. 

Si continúa así, tendremos que someternos a su poder y hacernos siervos suyos’. Por ello, en lugar de someterse Él, lo crucifican con su envidia. Pero si supieran que Él es el Rey de la Gloria nunca lo habrían crucificado. Por otro lado, estas personas ven cada día sus grandes obras y milagros y se aprovechan de su bondad. Escuchan cómo tienen que servirlo y se acercan a Él, pero en sus adentros piensan: ‘Sería duro e insoportable renunciar a nuestros bienes temporales para hacer su voluntad y no la nuestra’ Por ello, desprecian la voluntad de Él, colocan por encima sus deseos egoístas y crucifican a mi Hijo por su terquedad, acumulando pecado sobre pecado contra su propia conciencia. 

Son peores que sus verdugos, pues los judíos actuaron por envidia y porque no sabían que Él era Dios. Estos, sin embargo, saben que es Dios y, por maldad, por presunción y codicia, lo crucifican en un sentido espiritual más duramente que los que crucificaron físicamente su cuerpo, pues estas personas ya han sido redimidas y aquellos aún no lo eran. ¡Así pues, esposa, obedece y teme a mi Hijo, pues todo lo que tiene de misericordioso lo tiene también de justo!”


Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 37 

jueves, 9 de abril de 2020

LA ORACIÓN QUE HIZO NUESTRO SALVADOR EN EL HUERTO Y SUS MISTERIOS - VENERABLE MADRE AGREDA



La oración que hizo nuestro Salvador en el huerto y sus misterios 
y lo que de todos conoció su Madre santísima. 

1204. Con las maravillas y misterios que nuestro Salvador Jesús obró en el Cenáculo dejaba dispuesto y ordenado el reino que el Eterno Padre con su voluntad inmutable le había dado. Y entrada ya la noche que sucedió al jueves de la cena, determinó salir a la penosa batalla de su pasión y muerte, en que se había de consumar la redención humana. Salió Su Majestad del aposento donde había celebrado tantos misterios milagrosos y al mismo tiempo salió también su Madre santísima de su retiro para encontrarse con Él. Llegaron a carearse el Príncipe de las eternidades y la Reina, traspasando el corazón de entrambos la penetrante espada de dolor que a un tiempo les hirió penetrantemente sobre todo pensamiento humano y angélico. La dolorosa Madre se postró en tierra, adorándole como a su verdadero Dios y Redentor. Y mirándola Su Divina Majestad con semblante majestuoso y agradable de Hijo suyo, le habló y la dijo solas estas palabras: Madre mía, con Vos estaré en la tribulación, hagamos la voluntad de mi Eterno Padre y la salvación de los hombres. La gran Reina se ofreció con entero corazón al sacrificio y pidió la bendición. Y habiéndola recibido se volvió a su retiro, de donde le concedió el Señor que estuviese a la vista de todo lo que pasaba y lo que su Hijo santísimo iba obrando, para acompañarle y cooperar en todo en la forma que a ella le tocaba. El dueño de la casa, que estaba presente a esta despedida, con impulso divino ofreció luego la misma casa que tenía y lo que en ella había a la Señora del cielo, para que se sirviese de ello mientras estuviesen en Jerusalén, y la Reina lo admitió con humilde agradecimiento. Y con Su Alteza quedaron los mil Ángeles de Guarda, que la asistían siempre en forma visible para ella, y también la acompañaron algunas de las piadosas mujeres que consigo había traído. 

1205. Nuestro Redentor y Maestro salió de la casa del Cenáculo en compañía de todos los hombres que le habían asistido en las cenas y celebración de sus misterios, y luego se despidieron muchos de ellos por diferentes calles, para acudir cada uno a sus ocupaciones. Y Su Majestad, siguiéndole solos los doce Apóstoles, encaminó sus pasos al monte Olívete, fuera y cerca de la ciudad de Jerusalén a la parte oriental. Y como la alevosía de Judas Iscariotes le tenía tan atento y solícito de entregar al divino Maestro, imaginó que iba a trasnochar en la oración, como lo tenía de costumbre. Parecióle aquella ocasión muy oportuna para ponerle en manos de sus confederados los escribas y fariseos. Y con esta infeliz resolución se fue deteniendo y dejando alargar el paso a su divino Maestro y a los demás Apóstoles, sin que ellos lo advirtiesen por entonces, y al punto que los perdió de vista partió a toda prisa a su precipicio y destrucción. Llevaba gran sobresalto, turbación y zozobra, testigos de la maldad que iba a cometer, y con este inquieto orgullo, como mal seguro de conciencia, llegó corriendo y azorado a casa de los pontífices. Sucedió en el camino que, viendo Lucifer la prisa que se daba Judas Iscariotes en procurar la muerte de Cristo nuestro bien y sospechando este Dragón que era el verdadero Mesías, como queda dicho en el capítulo 10, le salió al encuentro en figura de un hombre muy malo y amigo del mismo Judas Iscariotes, con quien él había comunicado su traición. En esta figura le habló Lucifer a Judas Iscariotes sin ser conocido por él y le dijo que aquel intento de vender a su Maestro, aunque al principio le había parecido bien por las maldades que de él le había dicho, pero que pensando sobre ello había tomado mejor acierto en su dictamen y acuerdo para él y le parecía no le entregase a los pontífices y fariseos, porque no era tan malo como el mismo Judas Isacriotes pensaba, ni merecía la muerte, y que sería posible que hiciese algunos milagros con que se libraría y después le podría suceder a él gran trabajo. 

1206. Este enredo hizo Lucifer, retractando con nuevo temor las sugestiones que primero había enviado al corazón pérfido del traidor discípulo contra el autor de la vida. Pero salióle en vano su nueva malicia, porque Judas Iscariotes, que había perdido la fe voluntariamente y no temía las violentas sospechas del demonio, quiso aventurar antes la muerte de su Maestro que aguardar la indignación de los fariseos si le dejaba con vida. Y con este miedo y su abominable codicia no hizo caso del consejo de Lucifer, aunque le juzgó por el hombre que representaba. Y como estaba desamparado de la gracia divina, ni quiso ni pudo persuadirse por la instancia del demonio para retroceder en su maldad. Y como el Autor de la vida estaba en Jerusalén, y también los pontífices consultaban cuando llegó Judas Iscariotes cómo les cumpliría lo prometido de entregársele en sus manos, en esta ocasión entró el traidor y les dio cuenta cómo dejaba a su Maestro con los demás discípulos en el monte Olívete, que le parecía la mejor ocasión para prenderle aquella noche, como fuesen con cautela y prevenidos para que no se les fuese de entre las manos con las artes y mañas que sabía. Alegráronse mucho los sacrílegos pontífices y quedaron previniendo gente armada para salir luego al prendimiento del inocentísimo Cordero. 

1207. Estaba en el ínterin Su Majestad divina con los once Apóstoles tratando de nuestra salvación eterna y de los mismos que le maquinaban la muerte. Inaudita y admirable porfía de la suma malicia humana y de la inmensa bondad y caridad divina, que si desde el primer hombre se comenzó esta contienda del bien y del mal en el mundo, en la muerte de nuestro Reparador llegaron los dos extremos a lo sumo que pudieron subir; pues a un mismo tiempo obró cada uno a vista del otro lo más que le fue posible: la malicia humana quitando la vida y honra a su mismo Hacedor y Reparador, y Su Majestad dándola por ellos con inmensa caridad. Fue como necesario en esta ocasión —a nuestro modo de entender— que el alma santísima de Cristo nuestro bien atendiese a su Madre purísima, y lo mismo su divinidad, para que tuviese algún agrado entre las criaturas en que descansase su amor y se detuviese la justicia. Porque en sola aquella pura criatura miraba lograda dignísimamente la pasión y muerte que se le prevenía por los hombres, y en aquella santidad sin medida hallaba la justicia divina alguna recompensa de la malicia humana, y en la humildad y caridad fidelísima de esta gran Señora quedaban depositados los tesoros de sus merecimientos, para que después como de cenizas encendidas renaciese la Iglesia, como nueva fénix, en virtud de los mismos merecimientos de Cristo nuestro Señor y de su muerte. Este agrado que recibía la humanidad de nuestro Redentor con la vista de la santidad de su digna Madre, le daba esfuerzo y como aliento para vencer la malicia de los mortales y reconocía por bien empleada su paciencia en sufrir tales penas, porque tenía entre los hombres a su amantísima Madre. 

1208. Todo lo que iba sucediendo conocía la gran Señora desde su recogimiento, y vio los pensamientos del obstinado Judas Iscariotes y el modo como se desvió del Colegio Apostólico y cómo le habló Lucifer en forma de aquel hombre su conocido y todo lo que pasó con él cuando llegó a los príncipes de los sacerdotes y lo que trataban y prevenían para prender al Señor con tanta presteza. El dolor que con esta ciencia penetraba el castísimo corazón de la Madre virgen, los actos de virtudes que ejercitaba a la vista de tales maldades y cómo procedía en todos estos sucesos, no cabe en nuestra capacidad el explicarlo; basta decir que todo fue con plenitud de sabiduría, santidad y agrado de la beatísima Trinidad. Compadecióse de Judas Iscariotes y lloró la pérdida de aquel perverso discípulo. Recompensó su maldad adorando, confesando, amando y alabando al mismo Señor que él vendía con tan injuriosa y desleal traición. Estaba preparada y dispuesta a morir por él, si fuera necesario. Pidió por los que estaban fraguando la prisión y muerte de su divino Cordero, como prendas que se habían de comprar y estimar con el valor infinito de tan preciosa sangre y vida, que así los miraba, estimaba y valoreaba la prudentísima Señora. 

1209. Prosiguió nuestro Salvador su camino, pasando el torrente Cedrón para el monte Olívete, y entró en el huerto de Getsemaní y hablando con todos los Apóstoles que le seguían les dijo: Esperadme y asentaos aquí, mientras yo me alejo un poco a la oración (Mt 26, 36); y orad también vosotros para que no entréis en tentación (Lc 22, 40). Dioles este aviso el divino Maestro, para que estuviesen constantes en la fe contra las tentaciones, que en la cena los había prevenido que todos serían escandalizados aquella noche por lo que le verían padecer, y que Satanás los embestiría para ventilarlos y turbarlos con falsas sugestiones, porque el Pastor, como estaba profetizado (Zac 13, 7), había de ser maltratado y herido y las ovejas serían derramadas. Luego el Maestro de la vida, dejando a los ocho Apóstoles juntos, llamó a San Pedro, a San Juan y a Santiago, y con los tres se retiró de los demás a otro puesto donde no podía ser visto ni oído de ellos. Y estando con los tres Apóstoles levantó los ojos al Eterno Padre y le confesó y alabó como acostumbraba, y en su interior hizo una oración y petición en cumplimiento de la profecía de San Zacarías [Día 6 de septiembre: In Palaestina sancti Zachariae Prophétae, qui, de Chaldaea senex in pátriam revérsus, ibíque defúnctus, juxta Aggaeum Prophétam cónditus jacet.] (Zac 13, 7), dando licencia a la muerte para que llegase al inocentísimo y sin pecado, y mandando a la espada de la justicia divina que despertase sobre el pastor y sobre el varón que estaba unido con el mismo Dios y ejecutase en él todo su rigor y le hiriese hasta quitarle la vida. Para esto se ofreció Cristo nuestro bien de nuevo al Padre en satisfacción de su justicia por el rescate de todo el linaje humano y dio consentimiento a los tormentos de la pasión y muerte, para que en él se ejecutase en la parte que su humanidad santísima era pasible, y suspendió y detuvo desde entonces el consuelo y alivio que de la parte impasible pudiera redundarle, para que con este desamparo llegasen sus pasiones y dolores al sumo grado de padecer; y el Eterno Padre lo concedió y aprobó, según la voluntad de la humanidad santísima del Verbo. 

1210. Esta oración fue como una licencia y permiso con que se abrieron las puertas al mar de la pasión y amargura, para que con ímpetu entrasen hasta el alma de Cristo, como lo había dicho por Santo Rey y Profeta David (Sal 68, 2). Y así comenzó luego a congojarse y sentir grandes angustias y con ellas dijo a los tres Apóstoles: Triste está mi alma hasta la muerte (Mc 14, 34). Y porque estas palabras y tristeza de nuestro Salvador encierran tantos misterios para nuestra enseñanza, diré algo de lo que se me ha declarado, como yo lo entiendo. Dio lugar Su Majestad para que esta tristeza llegase a lo sumo natural y milagrosamente, según toda la condición pasible de su humanidad santísima. Y no sólo se entristeció por el natural apetito de la vida en la porción inferior de ella, sino también según la parte superior, con que miraba la reprobación de tantos por quienes había de morir y la conocía en los juicios y decretos inescrutables de la divina justicia. Y esta fue la causa de su mayor tristeza, como adelante veremos (Cf. infra n. 1395). Y no dijo que estaba triste por la muerte, sino hasta la muerte, porque fue menor la tristeza del apetito natural de la vida, por la muerte que le amenazaba de cerca. Y a más de la necesidad de ella para la redención, estaba pronta su voluntad santísima para vencer este natural apetito para nuestra enseñanza, por haber gozado, por la parte que era viador, de la gloria del cuerpo en su transfiguración. Porque con este gozo se juzgaba como obligado a padecer, para dar el retorno de aquella gloria que recibió la parte de viador, para que hubiese correspondencia en el recibo y en la paga, y quedásemos enseñados de esta doctrina en los tres Apóstoles, que fueron testigos de aquella gloria y de esta tristeza y congojas; que por esto fueron escogidos para el uno y otro misterio, y así lo entendieron en esta ocasión con luz particular que para esto se les dio. 

1211. Fue también como necesario; para satisfacer al inmenso amor con que nos amó nuestro Salvador Jesús, dar licencia a esta tristeza misteriosa para que con tanta profundidad le anegase, porque si no padeciera en ella lo sumo a que pudo llegar, no quedara saciada su caridad, ni se conociera tan claramente que era inextinguible por las muchas aguas de tribulaciones (Cant 8, 7). Y en el mismo padecer la ejercitó esta caridad con los tres Apóstoles que estaban presentes y turbados con saber que ya se llegaba la hora en que el divino Maestro había de padecer y morir, como él mismo se lo había declarado por muchos modos y prevenciones. Y esta turbación y cobardía que padecieron, los confundía y avergonzaba en sí mismos, sin atreverse a manifestarla. Pero el amantísimo Señor los alentó manifestándoles su misma tristeza, que padecería hasta la muerte, para que. viéndole a él afligido y congojado, no se confundiesen de sentir ellos sus penas y temores en que estaban. Y tuvo juntamente otro misterio esta tristeza del Señor para los tres Apóstoles Pedro, Juan y Diego (Diego, o sea Santiago), porque entre todos los demás ellos tres habían hecho más alto concepto de la divinidad y excelencia de su Maestro, así por la grandeza de su doctrina, santidad de sus obras y potencia de sus milagros, que en todo esto estaban más admirados y más atentos al dominio que tenían sobre las criaturas. Y para confirmarlos en la fe de que era hombre verdadero y pasible, fue conveniente que de su presencia conociesen y viesen estaba triste y afligido como hombre verdadero, y en el testimonio de estos tres Apóstoles, privilegiados con tales favores, quedase la Iglesia Santa informada contra los errores que el demonio pretendería sembrar en ella sobre la verdad de la humanidad de Cristo nuestro Salvador, y también los demás fieles tuviésemos este consuelo, cuando nos aflijan los trabajos y nos posea la tristeza. 

1212. Ilustrados interiormente los tres Apóstoles con esta doctrina, añadió el autor de la vida y les dijo: Esperadme aquí, y velad y orad conmigo (Mt 26, 38). Que fue enseñarles la práctica de todo lo que les había prevenido y advertido y que estuviesen con él constantes en su doctrina y fe y no se desviasen a la parte del enemigo, y para conocerle y resistirle estuviesen atentos y vigilantes, esperando que después de las ignominias de la pasión verían la exaltación de su nombre. Con esto se apartó el Señor de los tres Apóstoles algún espacio del lugar de donde los dejó. Y postrado en tierra sobre su divino rostro oró al Padre Eterno, y le dijo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz (Mt 26, 39). Esta oración hizo Cristo nuestro bien después que bajó del cielo con voluntad eficaz de morir y padecer por los hombres, después que despreciando la confusión de su pasión (Heb 12, 2) la abrazó de voluntad y no admitió el gozo de su humanidad, después que con ardentísimo amor corrió a la muerte, a las afrentas, dolores y aflicciones, después que hizo tanto aprecio de los hombres que determinó redimirlos con el precio de su sangre. Y cuando con su divina y humana sabiduría y con su inextinguible caridad sobrepujaba tanto al temor natural de la muerte, no parece que sólo él pudo dar motivo a esta petición. Así lo he conocido en la luz que se me ha dado de los ocultos misterios que tuvo esta oración de nuestro Salvador. 

1213. Y para manifestar lo que yo entiendo, advierto que en esta ocasión entre nuestro Redentor Jesús y el Eterno Padre se trataba del negocio más arduo que tenía por su cuenta, que era la Redención humana y el fruto de su pasión y muerte de cruz, para la oculta predestinación de los santos. Y en esta oración propuso Cristo nuestro bien sus tormentos, su sangre preciosísima y su muerte al Eterno Padre, ofreciéndola de su parte por todos los mortales, como precio superabundantísimo para todos y para cada uno de los nacidos y de los que después habían de nacer hasta el fin del mundo. Y de parte del linaje humano presentó todos los pecados, infidelidades, ingratitudes y desprecios que los malos habían de hacer para malograr su afrentosa muerte y pasión, por ellos admitida y padecida, y los que con efecto se habían de condenar a pena eterna, por no haberse aprovechado de su clemencia. Y aunque el morir por los amigos y predestinados era agradable y como apetecible para nuestro Salvador, pero morir y padecer por la parte de los réprobos era muy amargo y penoso, porque de parte de ellos no había razón final para sufrir el Señor la muerte. A este dolor llamó Su Majestad cáliz, que era el nombre con que los hebreos significaban lo que era muy trabajoso y grande pena, como lo significó el mismo Señor hablando con los hijos del Zebedeo, cuando les dijo si podrían beber el cáliz como Su Majestad le había de beber (Mt 20, 22). Y este cáliz fue tanto más amargo para Cristo nuestro bien, cuanto conoció que su pasión y muerte para los réprobos no sólo sería sin fruto, sino que sería ocasión de escándalo (1 Cor 1, 23) y redundaría en mayor pena y castigo para ellos, por haberla despreciado y malogrado. 

1214. Entendí, pues, que la oración de Cristo nuestro Señor fue pedir al Padre pasase de él aquel cáliz amarguísimo de morir por los réprobos, y que siendo ya inexcusable la muerte, ninguno, si era posible, se perdiese, pues la redención que ofrecía era superabundante para todos y cuanto era de su voluntad a todos la aplicaba para que a todos aprovechase, si era posible, eficazmente y, si no lo era, resignaba su voluntad santísima en la de su Eterno Padre. Esta oración repitió nuestro Salvador tres veces por intervalos orando prolijamente con agonía, como dice San Lucas (Lc 22, 43), según lo pedía la grandeza y peso de la causa que se trataba. Y, a nuestro modo de entender, en ella intervino una como altercación y contienda entre la humanidad santísima de Cristo y la divinidad. Porque la humanidad, con íntimo amor que tenía a los hombres de su misma naturaleza, deseaba que todos por su pasión consiguieran la salvación eterna, y la divinidad representaba que por sus juicios altísimos estaba fijo el número de los predestinados y, conforme a la equidad de su justicia, no se debía conceder el beneficio a quien tanto le despreciaba y de su voluntad libre se hacían indignos de la vida de las almas, resistiendo a quien se la procuraba y ofrecía. Y de este conflicto resultó la agonía de Cristo y la prolija oración que hizo, alegando el poder de su Eterno Padre, y que todas las cosas le eran posible a su infinita majestad y grandeza. 


1215. Creció esta agonía en nuestro Salvador con la fuerza de la caridad y con la resistencia que conocía de parte de los hombres para lograr en todos su pasión y muerte, y entonces llegó a sudar sangre, con tanta abundancia de gotas muy gruesas que corría hasta llegar al suelo. Y aunque su oración y petición fue condicionada y no se le concedió lo que debajo de condición pedía, porque faltó por los réprobos, pero alcanzó en ella que los auxilios fuesen grandes y frecuentes para todos los mortales y que se fuesen multiplicando en aquellos que los admitiesen y no pusieren óbice y que los justos y santos participasen en el fruto de la Redención y con grande abundancia y les aplicasen muchos dones y gracias de que los precitos y réprobos se harían indignos. Y conformándose la voluntad humana de Cristo con la divina aceptó la pasión por todos respectivamente: para los precitos y réprobos como suficiente y para que se les diesen auxilios suficientes, si ellos querían aprovecharlos, y para los predestinados como eficaz, porque ellos cooperarían a la gracia. Y así quedó dispuesta y como efectuada la salud del cuerpo místico de la Santa Iglesia, debajo de su cabeza y de su artífice Cristo nuestro bien. 

1216. Y para el lleno de este divino decreto, estando Su Majestad en la agonía de su oración, tercera vez envió el Eterno Padre al Santo Arcángel Miguel, que le respondiese y confortase por medio de los sentidos corporales, declarándole en ellos lo mismo que el mismo Señor sabía por la ciencia de su santísima alma, porque nada le pudo decir el Ángel que el Señor no supiera ni tampoco podía obrar en su interior otro efecto para este intento. Pero, como arriba se ha dicho (Cf. supra n. 1209), tenía Cristo nuestro bien suspendido el alivio que de su ciencia y amor podía redundar en su humanidad santísima, dejándola, en cuanto pasible, a todo padecer en sumo grado, como después lo dijo en la cruz (Cf. infra n. 1395); y en lugar de este alivio y confortación recibió alguna con la embajada del Santo Arcángel por parte de los sentidos, al modo que obra la ciencia o noticia experimental de lo que antes se sabía por otra ciencia, porque la experiencia es nueva y mueve los sentidos y potencias naturales. Y lo que le dijo San Miguel de parte del Padre Eterno fue representarle e intimarle en el sentido que no era posible, como Su Majestad sabía, salvarse los que no querían ser salvos, porque en la aceptación divina valía mucho el número de los predestinados, aunque fuese menor que el de los réprobos, y que entre aquéllos estaba su Madre santísima, que era digno fruto de su Redención, y que se lograría en los Patriarcas, Profetas, Apóstoles, Mártires, Vírgenes y Confesores, que serían muy señalados en su amor, y obrarían cosas admirables para ensalzar el santo nombre del Altísimo; y entre ellos le nombró el ángel algunos, después de los apóstoles, como fueron los patriarcas fundadores de las religiones, con las condiciones de cada uno. Otros grandes y ocultos sacramentos manifestó o refirió el ángel, que ni es necesario declararlos, ni tengo orden para hacerlo, porque basta lo dicho para seguir el discurso de esta Historia. 

1217. En los intervalos de esta oración que hizo nuestro Salvador, dicen los Evangelistas (Mt 26, 41; Mc 14, 38; Lc 22, 42) que volvió a visitar a los Apóstoles y a exhortarlos que velasen y orasen y no entrasen en tentación. Esto hizo el vigilantísimo pastor, para dar forma a los Prelados de su Iglesia del cuidado y gobierno que han de tener de sus ovejas, porque si para cuidar de ellas dejó Cristo Señor nuestro la oración, que tanto importaba, dicho está lo que deben hacer los Prelados, posponiendo otros negocios e intereses a la salvación de sus súbditos. Y para entender la necesidad que tenían los Apóstoles, advierto que el Dragón infernal, después que arrojado del cenáculo, como se dijo arriba (Cf. supra n. 1189), estuvo algún tiempo oprimido en las cavernas del profundo, dio el Señor permiso para que saliese por lo que había de servir su malicia a la ejecución de los decretos del Señor. Y de golpe fueron muchos a embestir a Judas Iscariotes para impedir la venta, en la forma que se ha declarado (Cf. supra n. 1205). Y como no le pudieron disuadir, se convirtieron contra los demás Apóstoles, sospechando que en el cenáculo habían recibido algún favor grande de su Maestro, y lo deseaba rastrear Lucifer, para conocerlo y destruirlo si pudiera. Esta crueldad y furor del príncipe de las tinieblas y de sus ministros vio nuestro Salvador, y como Padre amantísimo y Prelado vigilante acudió a prevenir los hijos pequeñuelos y súbditos principiantes, que eran sus Apóstoles, y los despertó y mandó que orasen y velasen contra sus enemigos, para que no entrasen en la tentación que ocultamente los amenazaba y ellos no prevenían ni advertían. 

1218. Volvió, pues, a donde estaban los tres Apóstoles, que por más favorecidos tenían más razones que los obligasen a estar en vela y a imitar a su divino Maestro, pero hallólos durmiendo, a que se dejaron vencer del tedio y tristeza que padecían y con ella vinieron a caer en aquella negligencia y tibieza de espíritu, en que los venció el sueño y pereza. Y antes de hablarles ni despertarles estuvo Su Majestad mirándolos y lloró un poco sobre ellos, viéndolos por su negligencia y tibieza sepultados y oprimidos de aquella sombra de la muerte, en ocasión que Lucifer se desvelaba tanto contra ellos. Habló con Pedro y le dijo: Simón, ¿así duermes y no pudiste velar una hora conmigo? Y luego replicó a él y a los demás y les dijo: Velad y orad, para que no entréis en tentación; (Mc 14, 37-38) que mis enemigos y los vuestros no se duermen como vosotros. La razón porque reprendió a San Pedro no sólo fue porque él era cabeza y elegido para Prelado de todos y porque entre ellos se había señalado en las protestas y esfuerzos de que moriría por el Señor y no le negaría, cuando todos los demás escandalizados le dejasen y negasen, sino que también le reprendió, porque con aquellos propósitos y ofrecimientos, que entonces hizo de corazón, mereció ser reprendido y advertido entre todos; porque sin duda el Señor a los que ama corrige y los buenos propósitos siempre le agradan, aunque después en la ejecución desfallezcamos, como le sucedió al más fervoroso de los Apóstoles, San Pedro, la tercera vez que volvió Cristo nuestro Redentor a despertar a todos los Apóstoles, cuando ya Judas Iscariotes venía cerca a entregarle a sus enemigos, como diré en el capítulo siguiente (Cf. infra n. 1225, 1231). 

1219. Volvamos al cenáculo, donde estaba la Señora de los cielos retirada con las mujeres santas que le acompañaban y mirando con suma claridad en la divina luz todas las obras y misterios de su Hijo santísimo en el huerto, sin ocultársele cosa alguna. Al mismo tiempo que se retiró el Señor con los tres Apóstoles, Pedro, Juan y Santiago, se retiró la divina Reina de la compañía de las mujeres a otro aposento y, dejando a las demás y exhortándolas a que orasen y velasen para no caer en tentación, llevó consigo a las tres Marías, señalando a Santa María Magdalena como por superiora de las otras. Y estando con las tres, como más familiares suyas, suplicó al Eterno Padre que se suspendiese en ella todo el alivio y consuelo que podía impedir, en la parte sensitiva y en el alma, el sumo padecer con su Hijo santísimo y a su imitación, y que en su virginal cuerpo participase y sintiese los dolores de las llagas y tormentos que el mismo Jesús había de padecer. Esta petición aprobó la Beatísima Trinidad, y sintió la Madre los dolores de su Hijo santísimo respectivamente, como adelante diré (Cf. infra n. 1236). Y aunque fueron tales que con ellos pudiera morir muchas veces si la diestra del Altísimo con milagro no la preservara, pero por otra parte estos dolores dados por la mano del Señor fueron como fiadores y alivio de su vida, porque en su ardiente amor tan sin medida fuera más violenta la pena de ver padecer y morir a su Hijo benditísimo y no padecer con él las mismas penas respectivamente.  

1220. A las tres Marías señaló la Reina para que en la pasión la acompañasen y asistiesen, y para esto fueron ilustradas con mayor gracia y luz de los misterios de Cristo que las otras mujeres. Y en retirándose con las tres comenzó la purísima Madre a sentir nueva tristeza y congojas y hablando con ellas las dijo: Mi alma está triste, porque ha de padecer y morir mi amado Hijo y Señor y no he de morir yo con él y sus tormentos. Orad, amigas mías, para que no os comprenda la tentación.—Y dichas estas razones, se alejó de ellas un poco y, acompañando la oración que hacía nuestro Salvador en el huerto, hizo la misma súplica, como a ella le tocaba y conforme a lo que conocía de la voluntad humana de su Hijo santísimo, y volviendo por los mismos intervalos a exhortar a las tres mujeres, porque también conoció la indignación del Dragón contra ellas, continuó la oración y petición y sintió otra agonía como la del Salvador. Lloró la reprobación de los precitos, porque se le manifestaron grandes sacramentos de la eterna predestinación y reprobación [Hay predestinación a la gloria, pero no hay predestinación previa y antecedente al infierno. Los que se condenan lo hacen por su propia culpa]. Y para imitar en todo al Redentor del mundo y cooperar con él, tuvo la gran Señora otro sudor de sangre semejante al de Cristo nuestro Señor, y por disposición de la Beatísima Trinidad le fue enviado el Arcángel San Gabriel que la confortase, como San Miguel a nuestro Salvador Jesús. Y el santo príncipe la propuso y declaró la voluntad del Altísimo, con las mismas razones que San Miguel habló a su Hijo santísimo, porque en entrambos era una misma la petición y la causa del dolor y tristeza que padecieron; y así fueron semejantes en el obrar y conocer, con la proporción que convenía. Entendí en esta ocasión, que la prudentísima Señora estaba prevenida de algunos paños para lo que en la pasión de su amantísimo Hijo le había de suceder y entonces envió algunos de sus Ángeles con una toalla al huerto, donde el Señor estaba sudando sangre, para que le enjugasen y limpiasen su venerable rostro, y así lo hicieron los ministros del Altísimo, que por el amor de Madre y por su mayor merecimiento condescendió Su Majestad a este piadoso y tierno afecto. Cuando llegó la hora de prender a nuestro Salvador, se lo declaró la dolorosa Madre a las tres Marías y todas se lamentaban con amarguísimo llanto, señalándose la Magdalena como más inflamada en el amor y piedad fervorosa. 


Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima.

1221. Hija mía, todo lo que en este capítulo has entendido y escrito es un despertador y aviso para ti y para todos los mortales de suma importancia, si en él cargas la consideración. Atiende, pues, y confiere en tus pensamientos, cuánto pesa el negocio de la predestinación o reprobación eterna de las almas, pues le trató mi Hijo santísimo con tanta ponderación, y la dificultad o imposibilidad de que todos los hombres fuesen salvos y bienaventurados le hizo tan amarga la pasión y muerte que para remedio de todos admitía y padecía. Y en este conflicto manifestó la importancia y gravedad de esta empresa y por esto multiplicó las peticiones y oraciones a su Eterno Padre, obligándole el amor de los hombres a sudar copiosamente su sangre de inestimable precio, porque no se podía lograr en todos su muerte, supuesta la malicia con que los precitos y réprobos se hacen indignos de su participación. Justificada tiene su causa mi Hijo y mi Señor, con haber procurado la salvación de todos sin tasa ni medida de su amor y merecimientos, y justificada la tiene el Eterno Padre con haber dado al mundo este remedio y haberle puesto en manos de cada uno, para que la extienda a la muerte o a la vida, al agua o al fuego (Eclo 17, 18), conociendo la distancia que hay de lo uno y de lo otro. 

1222. Pero ¿qué descargo o qué disculpa pretenderán los hombres, de haber olvidado su propia y eterna salvación, cuando mi Hijo y yo con Su Majestad se la deseamos y procuramos con tanto desvelo y afecto de que la admitiesen? Y si ninguno de los mortales tiene excusa de su tardanza y estulticia, mucho menos la tendrán en el juicio los hijos de la Santa Iglesia, que han recibido la fe de estos admirables sacramentos, y se diferencian poco en la vida de los infieles y paganos. No entiendas, hija mía, que está escrito en vano: Muchos son los llamados y pocos los escogidos (Mt 20, 16). Teme esta sentencia y renueva en tu corazón el cuidado y celo de tu salvación, conforme a la obligación que en ti ha crecido con la ciencia de tan altos misterios. Y cuando no interesaras en esto la vida eterna y tu felicidad, debías corresponder a la caricia con que yo te manifiesto tantos y divinos secretos y, dándote el nombre de hija mía y esposa de mi Señor, debes entender que tu oficio ha de ser amar y padecer, sin otra atención a cosa alguna visible, pues yo te llamo para mi imitación, que siempre ocupé mis potencias en estas dos cosas con suma perfección; y para que tú la alcances, quiero que tu oración sea continua sin intermisión y que veles una hora conmigo, que es todo el tiempo de la vida mortal; porque comparada con la eternidad menos es que una hora y un punto. Y con esta disposición quiero que prosigas los misterios de la pasión, que los escribas y sientas e imprimas en tu corazón. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS 
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda 
Libro VI, Cap. 12