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jueves, 23 de septiembre de 2021

miércoles, 3 de febrero de 2021

Respuesta a un sacerdote

Reverendo y estimado sacerdote de Cristo:

He recibido la carta en que me plantea algunas graves cuestiones sobre la crisis de autoridad que atraviesa la Iglesia, crisis que se viene agudizando en los últimos años y en particular durante la emergencia pandémica, con motivo de la cual la gloria de Dios y la salvación de las almas han sido dejadas de lado en aras de una presunta salud del cuerpo. He decidido hacer pública esta respuesta coherente a su carta porque con ella respondo a los numerosísimos fieles y sacerdotes que me escriben de todas partes exponiéndome interrogantes y grandes inquietudes de conciencia sobre las graves cuestiones mencionadas.

Las Sagradas Escrituras abordan el problema de una autoridad pervertida –es decir, que se excede de los límites que le corresponden o que por iniciativa propia se ha fijado un fin contrario al que la legitima– para recordarnos que omnis potestas a Deo (Rom.13,1) y que qui resistit potestati, Dei ordinationi resistit (íb. 2). Y si San Pablo nos exhorta a obedecer a las autoridades civiles, con más razón estamos obligados a obedecer a las eclesiásticas en razón de la primacía que esas cuestiones espirituales tienen sobre las temporales.

Señala Ud. que no nos corresponde juzgar a la autoridad porque el Hijo del Hombre volverá para administrar justicia al final de los tiempos. Pero si tenemos que esperar hasta el día del juicio para que se castigue a los malos, ¿con qué fin habría constituido la Divina Majestad una autoridad temporal y otra espiritual en la Tierra? ¿Acaso no es su deber, en tanto que Vicario de Cristo Rey y Sumo Sacerdote, regir y gobernar a sus súbditos en este mundo administrando justicia y castigando a los malos? ¿Qué sentido tendrían las leyes si no hubiese quien las hiciera respetar e impusiera sanciones a quien las infrinja? Si las decisiones arbitrarias de quienes ejercen autoridad no fueran castigadas por sus superiores, ¿cómo iban a esperar los súbditos, sean civiles o eclesiásticos, obtener justicia en este mundo?

Temo que su objeción de que los eclesiásticos que poseen una autoridad derivada del cargo que ejercen sólo podrán ser juzgados al final de los tiempos conduzcan por un lado al fatalismo y la resignación en los súbditos, y por otro promuevan en cierta forma los abusos de autoridad en los superiores.

La obediencia a una autoridad pervertida no se puede considerar obligatoria, ni tampoco moralmente buena, simplemente porque cuando regrese el Hijo del Hombre al final de los tiempos hará justicia. Es cierto que las Escrituras nos exhortan a ser obedientes, moderando nuestra obediencia con paciencia y espíritu de penitencia, pero en modo alguno nos intiman a obedecer órdenes intrínsecamente malas, sólo porque las da alguien constituido en autoridad. De hecho, cualquier autoridad, en el momento mismo en que se ejerce contra el fin para el que existe, pierde la legitimación que la justifica y, aunque no pierda el cargo en sí, exige a sus súbditos una adhesión que de vez en cuando tendrá que ser examinada y juzgada.

La Revolución trastornó el orden cristiano que reconocía a la autoridad constituida su procedencia de Dios y lo sustituyó por una supuesta democracia en nombre de la laicidad del Estado y su separación de la Iglesia. Con el Concilio, esta subversión del principio de autoridad se ha abierto paso en la propia Jerarquía, con lo que aquel orden debido a Dios no sólo ha sido borrado de la sociedad civil, sino que además se ha visto socavado en la Iglesia misma. Está claro que cuando se trastoca la obra de Dios y se niega su autoridad, el poder es irremediablemente afectado y se crean las condiciones para la tiranía o la anarquía. La Iglesia no es una excepción, como podemos constatar dolorosamente: con frecuencia se hace uso del poder para castigar a los buenos y premiar a los malos. Casi siempre, las sanciones canónicas sirven para excomulgar a quien se mantiene fiel al Evangelio. Los dicasterios y los órganos de la Santa Sede apoyan los errores e impiden la difusión de la Verdad. El mismo Bergoglio, que debería representar en la Tierra a la más alta Autoridad, se sirve del poder de las Santas Llaves para promocionar el plan mundialista y promover doctrinas heterodoxas, siendo muy consciente del principio First See es juzgado por no  le permite actuar si las vigas.

Se trata, claro está, de una situación anómala, porque según el orden establecido por Dios hay que obedecer al representante de la autoridad. Pero en este universo admirable Satanás introduce el caos manipulando al elemento frágil y pecador: el hombre. Ud., estimado sacerdote, lo pone bien de manifiesto en su carta: «Ahora bien, lo más diabólico que ha conseguido nuestro enemigo para hacer el mal es utilizar precisamente a quien se muestra ante el mundo investido de la autoridad que Jesucristo confirió a su Iglesia. Y con ello, por un lado hace que algunos buenos participen en el mal, y por otro escandaliza a los buenos que se dan cuenta». Contextualiza esta situación en el caso actual: «Se abusa de la autoridad concedida por Jesús para justificar y alentar una terrible operación que es presentada bajo el falso nombre de vacunación.»

Concuerdo con su valoración de la objetiva inmoralidad de la llamada vacuna contra el covid-19 a causa del empleo en su fabricación de material derivado de fetos abortados. Estoy igualmente de acuerdo en que el documento promulgado por la Congregación para la Doctrina de la Fe es totalmente inapropiado en el aspecto científico, además de en el filosófico y el doctrinal. El Prefecto se limita a acatar dócilmente unas más que discutibles consignas recibidas de su superior. La obediencia de los réprobos es emblemática en esta situación, porque con toda desenvoltura se desentiende de la autoridad de Dios y de la Iglesia en nombre de un servilismo que adula al autoritarismo del superior inmediato.

Con todo, me gustaría precisar que el documento de la Santa Sede es particularmente insidioso porque se limita a analizar un aspecto remoto, por así decirlo, de la composición del fármaco (dejando aparte la licitud moral de una acción que no pierde gravedad con el paso del tiempo); sino porque también hace caso omiso de que para revitalizar el material fetal usado en un principio es necesario añadir periódicamente material proveniente de nuevos fetos abortados ad hoc en el tercer mes de gestación, y que esos tejidos se tienen que extraer de criaturas aún vivas y con el corazón palpitando. Dada la importancia de la materia y las denuncias de científicos católicos, la omisión de un elemento integrante de la producción de la vacuna en un pronunciamiento oficial confirma, en la hipótesis más generosa, una escandalosa incompetencia, y en la más realista, la deliberada voluntad de hacer pasar por moralmente aceptables vacunas producidas gracias a abortos provocados. Esta especie de sacrificio humano en su forma más descarada y cruenta es considerado por un dicasterio de la Santa Sede como algo sin importancia, todo en nombre de la nueva religión sanitaria que Bergoglio promueve con tanto ardor.

Estoy de acuerdo con Ud. en cuanto a la omisión de valoraciones de la manipulación genética provocada por algunas vacunas que actúan a nivel celular con fines que las empresas farmacéuticas no osan confesar, que ha sido denunciada por científicos y cuyas consecuencias a largo plazo todavía se desconocen. Pero la Congregación para la Doctrina de la Fe evita escrupulosamente pronunciarse sobre la moralidad de experimentar en seres humanos, experimentación admitida por los propios productores de las vacunas, que se niegan a facilitar los datos de dicho experimento masivo hasta dentro de varios años, cuando ya se sepa si el fármaco es eficaz y al precio de qué efectos secundarios permanentes. Del mismo modo que Doctrina de la Fe no dice nada de la moralidad de especular vergonzosamente sobre un producto que es presentado como única defensa contra un virus gripal que todavía no ha sido aislado sino apenas secuenciado. Si no se aísla el virus, es científicamente imposible producir los antígenos de la vacuna, con lo cual toda esta operación del covid se manifiesta, para quien no esté cegado por prejuicios o por mala fe, en toda su criminal falsedad e intrínseca inmoralidad. Falsedad que no sólo confirma el entusiasmo casi religioso con el que se presenta la función salvadora de la supuesta vacuna, sino también en la terca negativa de las autoridades sanitarias internacionales a reconocer la validez, eficacia y costo reducido de curas existentes como el plasma hiperinmune de hidroxicloroquina e invermectina y de la ingestión de vitaminas C y D para aumentar las defensas y curar   con celeridad a los primeros síntomas. No olvidemos que si hay personas ancianas o con las defensas bajas que han muerto de covid, ello obedece a que la OMS ha ordenado a los médicos generalistas no tratar los síntomas, indicando para los pacientes que presenten complicaciones un tratamiento hospitalario totalmente inadecuado y perjudicial. También calla a este respecto la Santa Sede, cómplice evidente de una conjura contra Dios y contra el hombre.

Volvamos al tema de la autoridad. Ud. escribe: «Por tanto, quien se encuentra ante personas investidas de autoridad por Jesús que de forma manifiesta se comportan al contrario de lo que Él mandó, está en situación de preguntarse si puede obedecer o no a su superior, ya que en una situación tan terrible como esta ve que quien ejerce la autoridad en nombre del Señor se opone palmariamente a lo que Él mandó». La respuesta nos la da la doctrina católica, que fija unos límites clarísimos de acción a la autoridad de los prelados y la autoridad suprema del Papa. En este caso, yo diría que es obvio que la Santa Sede carece de competencia para expresar valoraciones que por el modo en que se exponen y se analiza y las patentes omisiones en que incurren se exceden de los límites fijados por el Magisterio. Bien mirado, el problema es lógico y filosófico antes que teológico o moral, porque los términos de la cuestión son incompletos y erróneos, con lo que la solución será incompleta y errónea.

Ello no resta gravedad alguna al proceder de la Congregación para la Doctrina de la Fe, pero al mismo tiempo, precisamente porque se excede de los límites propios de la autoridad eclesiástica se confirma el principio general de la doctrina, y con él también la infalibilidad que garantiza el Señor a su Vicario cuando éste quiere enseñar una verdad relativa a la Fe o la Moral como Pastor Supremo de la Iglesia. Si no hay una verdad que enseñar; si esa verdad no tiene nada que ver con la fe y la moral; si quien promulga esa enseñanza no tiene intención de hacerlo con la autoridad apostólica; si la intención de transmitir esa doctrina a los fieles como verdad que se debe creer y sostener no es explícita, no está garantizada la asistencia del Paráclito. En ese caso se puede –y en algunos casos se debe– hacer caso omiso de la  autoridad promulgante. Así pues, los fieles pueden resistir el ejercicio ilegítimo de una autoridad legítima, o el ejercicio ilegítimo de una autoridad ilegítima.

Por eso, no estoy de acuerdo con Ud. cuando afirma: «Si tal autoridad cae en infidelidad, sólo Dios puede intervenir. También porque ante una autoridad inferior resulta más difícil recurrir para obtener justicia». El Señor puede intervenir positivamente en el curso de los acontecimientos manifestando de forma prodigiosa su voluntad, o limitándose a acortar los días de los malos. Ahora bien, la infidelidad de quien está constituido en autoridad, aunque no puedan juzgarlo sus súbditos, no por ello es menos culpable ni puede exigir que se obedezcan órdenes ilegítimas o inmorales. Una cosa es el efecto que tenga en los súbditos, y otra el juicio sobre su actuación; y otra cosa también el castigo que pueda ameritar. Así pues, aunque no corresponde a los súbditos dar muerte al Papa por herejía (a pesar de que Santo Tomás de Aquino considere la pena de muerte apropiada para el delito de corromper la Fe), podemos reconocer a un pontífice como hereje, y como tal negarle en casos concretos la obediencia que de otro modo le sería debida. No lo juzgamos porque no tenemos autoridad para ello; reconocemos quién es mientras esperamos que la Providencia suscite a quien puede pronunciarse definitivamente y de forma autorizada.

Por eso, cuando Ud. afirma que «los súbditos del malo no tienen autoridad para rebelarse y destituirlo», es necesario distinguir en primer lugar qué clase de autoridad es la que se cuestiona, y en segundo lugar cuál es la orden impartida y qué daños se derivarían de una eventual obediencia. Santo Tomás considera moralmente lícitos en ciertos casos la resistencia al tirano y el tiranicidio, del mismo modo que es lícito y obligatorio desobedecer la autoridad de los prelados que abusan de su autoridad contrariando el fin intrínseco de la misma.

En su carta, dice que la rebelión está marcada por el sello de la ideología comunista. Pero la Revolución, una de cuyas expresiones es el comunismo, tiene por objeto destituir a los soberanos no porque puedan ser corruptos o tiranos, sino porque jerárquicamente están integrados en un orden esencialmente católico, y por ende antitético al marxismo.

Si no estuviera permitido hacer frente al tirano, habrían pecado los cristeros que se enfrentaron por las armas al dictador masón que perseguía a sus súbditos mexicanos abusando de su autoridad. Habrían pecado también los vandeanos, y los sanfedistas e insurgentes italianos, víctimas de un poder revolucionario, corrompido y corruptor, ante el cual la rebelión no sólo era lícita, sino incluso obligada. Han sido víctimas igualmente de la autoridad establecida l todos los católicos que a lo largo de la historia han tenido que rebelarse contra sus prelados, por ejemplo los fieles que en Inglaterra hubieron de enfrentarse a sus obispos que se habían vuelto herejes con el cisma anglicano, o los que en Alemania se vieron obligados a negar obediencia a los prelados que habían abrazado la herejía luterana. La autoridad de esos pastores que se habían transformado en lobos era nula de hecho, porque estaba orientada a la destrucción de la Fe en lugar de a defenderla, opuesta al Papa en vez de en comunión con él. Acertadamente, añade Ud.: «En ese caso, los pobres fieles se quedan estupefactos viendo que sus pastores se manchan desvergonzadamente de semejantes delitos. ¿Cómo se puede seguir en nombre de Jesús a quien hace lo que Jesús no quiere?» Y sin embargo, poco después leo que dice: «Quien niega la autoridad de su superior, niega en realidad a la autoridad que lo ha constituido. Quien se mantiene sometido a la potestad de los ministros constituidos por la autoridad de Jesucristo, aun no haciéndose cómplice de sus errores, obedece a la autoridad de Jesús, que lo constituyó». Esto que dice es claramente erróneo, porque al vincular indisolublemente la autoridad primaria y originaria de Dios a la autoridad derivada y vicaria de la persona establece una especie de vínculo indefectible, vínculo que se deshace en el momento en que quien ejerce la autoridad en nombre de Dios pervierte esa autoridad en la práctica e invierte con ello su fin. Añadiré que precisamente porque hay que honrar por encima de todo la autoridad de Dios, ésta no se puede desacatar obedeciendo a quien por su propia naturaleza está sujeto a la misma autoridad divina. Por eso San Pedro (Hch.5,29) nos exhorta a obedecer a Dios antes que a los hombres. La autoridad terrenal, ya sea temporal o espiritual, está siempre sometida a la autoridad de Dios. No se puede pensar que, por una razón que casi parece dictada por un burócrata, el Señor haya querido dejar a su Iglesia a merced de tiranos poco menos que anteponiendo su legitimación procedimental al objeto por el cual les ha mandado apacentar su grey.

Es cierto que la solución de la desobediencia parece más aplicable a los prelados que al Papa, dado que aquellos pueden ser juzgados y depuestos por el Sumo Pontífice, mientras que éste no puede ser depuesto por nadie en este mundo. Pero si humanamente es increíble y doloroso tener que reconocer que un papa pueda ser malo, no por ello se puede negar la evidencia ni hay obligación de resignarse pasivamente a los abusos de la autoridad que ejerce en nombre de Dios pero en contra de Él. Y como nadie querría asaltar los sacros palacios para expulsar a su indigno inquilino, hay con todo formas legítimas y proporcionadas de ejercer una auténtica oposición, incluido presionarlo para que dimita del cargo. Precisamente para defender el Papado y la sagrada autoridad que el pontífice recibe del Sumo y Eterno Sacerdote, es necesario apartar del cargo a quien lo humilla, socava y abusa de él. Me atrevería a añadir que también la renuncia arbitraria al ejercicio de la autoridad sagrada del Romano Pontífice es una gravísima ofensa al Papado, y de ello deberíamos considerar más culpable a Benedicto XVI que a Bergoglio.

Más adelante, Ud. habla de lo que debería pensar el prelado que abusa tirániceament de la propia autoridad: «Un ministro de Dios […] debe ante todo negar la propia autoridad de apóstol, de enviado de Jesús. Reconocer que no quiere seguir al Señor, y abandonarlo. Así, el problema quedaría resuelto». Estimado sacerdote, Ud. pretende que el inicuo se comporte como una persona honrada y temerosa de Dios, cuando precisamente por ser malo abusa sin la menor coherencia y sin el menor escrúpulo de una autoridad que sabe muy bien que se le ha conferido para demolerla. Porque en la misma esencia de la tiranía, como perversión de la autoridad justa y buena que es, está no sólo desempeñarse de forma perversa, sino también el querer desacreditar y rechazar la autoridad de la que es una grotesca falsificación. Los horrores cometidos por Bergoglio en los últimos años no sólo son un escandaloso abuso de la autoridad pontificia, sino que tienen por inmediata consecuencia el escándalo de los buenos, porque hace impopular y odioso al propio Papado con esa parodia del Papado, perjudicando con ello irremediablemente la imagen y el prestigio de que gozaba hasta ahora la Iglesia, aquejada ya desde hace décadas de ideología modernista.

Escribe Ud.: «A nadie le es lícito obedecer órdenes injustas, malas o ilegítimas, ni hacer mal alguno so pretexto de obediencia. Pero tampoco le está permitido a nadie negar la autoridad del Papa porque la ejerza de un modo malvado y salirse de la Iglesia fundada por Jesucristo sobre la piedra del apóstol San Pedro». En este caso, en la frase «negar la autoridad» habría que hacer una distinción entre negar que Bergoglio, en una orden concreta que dé a los fieles, ejerza su autoridad pontificia, y negar que él, en una orden concreta que dé a los fieles, tenga derecho a ser obedecido cuando tal orden esté en conflicto con la autoridad del Papa. Nadie obedecería a Bergoglio si éste hablase a título personal o trabajara en el catastro, pero el solo hecho de que siendo el Papa enseñe doctrinas heterodoxas o escandalice a los sencillos con afirmaciones provocadoras agrava en extremo su culpa, porque quien lo oye cree oír la voz del Buen Pastor. La responsabilidad moral del que manda es inconmensurablemente mayor que la del súbdito que tiene que decidir si le obedece o no. El Señor le pedirá cuentas con un rigor inflexible por las consecuencias que tiene sobre los súbditos el bien o el mal realizado por el superior, y también en lo que se refiere a buen y mal ejemplo.

Si bien se mira, precisamente para defender la comunión jerárquica con el Romano Pontífice se hace necesario desobedecerle, denunciar sus errores y pedirle que dimita. Y pedirle a Dios que se lo lleve con Él cuanto antes, si de ello puede resultar en un bien para la Iglesia.

El engaño, el colosal engaño sobre el cual he escrito en varias ocasiones, consiste en obligar a los buenos –llamémoslos así en aras de la brevedad– a seguir prisioneros de normas y leyes que los malos utilizan in fraudem legis . Es como si hubieran entendido que en nuestra debilidad, es decir que aun con todos nuestros defectos, religiosa y socialmente estamos orientados a respetar la ley, a obedecer a la autoridad, a cumplir la palabra empeñada y a tener una conducta honrada y leal. Esa debilidad virtuosa les garantiza nuestra obediencia, la sumisión, una resistencia máximamente respetuosa y una prudente desobediencia. Saben que nosotros –a quienes consideran unos pobres idiotas– vemos en ellos la autoridad de Cristo, y a ella miramos a fin de obedecer, aunque sepamos que tal acción, moralmente irrelevante, apunta en una dirección bien concreta. Así nos han impuesto la Misa reformada, así nos han acostumbrado a oír recitar las suras del Corán desde los púlpitos de nuestras catedrales y a ver a éstas transformadas en comedores o dormitorios. Todas las decisiones tomadas por la autoridad desde el Concilio para acá han sido posibles precisamente porque obedecíamos a nuestros sagrados pastores, y aunque algunas de sus decisiones nos parecían aberrantes, no podíamos creer que estuvieran engañándonos; y tal vez ellos mismos, a su vez, no se dieran cuenta de que las órdenes que nos daban tenían un objetivo inicuo. Hoy en día, si seguimos el hilo conductor que liga la abolición de las órdenes menores a la invención de las acólitas y diaconisas, comprendemos que quien reformó la Semana Santa en tiempos de Pío XII ya apuntaba al Novus Ordo y sus atroces variantes actuales. El abrazo de Pablo VI al patriarca Atenágoras nos infundió esperanzas de verdadero ecumenismo, porque no habíamos entendido –como ya habían denunciado algunos– que aquel gesto preparaba el politeísmo de Asís, el indecente ídolo de la Pachamama y, dentro de poco, el aquelarre de Astaná.

Ninguno queremos entender que basta con no apoyar este impasse para que se rompa. Debemos negarnos a enfrentarnos en duelo con un adversario que dicta las reglas a las cuales sólo debemos someternos, dándose a sí mismo libertad para infringirlas. No hagamos caso de él. Nuestra obediencia no tiene nada que ver con el servilismo cobarde ni con la insubordinación; al contrario, nos permite suspender todo juicio sobre quien sea o no sea papa y seguir comportándonos como buenos católicos aunque el Papa nos desprecie, insulte o excomulgue. Porque la paradoja no está en la desobediencia de los buenos a la autoridad del Papa, sino en el absurdo de tener que desobedecer a una persona que es al mismo tiempo papa y heresiarca, Atanasio y Arrio, luz de iure y tinieblas de facto. La paradoja está en que para seguir en comunión con la Sede Apostólica tenemos que apartarnos de aquel que debería representarla y vernos burocráticamente excomulgados por quien se encuentra en estado objetivo de cisma consigo mismo. El precepto evangélico de no juzgar no debe entenderse en el sentido de abstenerse de emitir un juicio moral, sino de condenar a la persona; de lo contrario seríamos incapaces de realizar actos morales. Cierto es que no le corresponde a uno separar el trigo de la cizaña, pero nadie debe llamar cizaña al trigo ni trigo a la cizaña. Y quien ha recibido órdenes sagradas, y más aún si está en la plenitud del sacerdocio, no sólo tiene el derecho sino el deber de señalar a los sembradores de cizaña, los lobos rapaces y los falsos profetas. Porque también en casos así,además de participar del sacerdocio de Cristo se participa de su autoridad real.

Lo que no se recuerda ni en el ámbito político y social ni en el eclesiástico es que nuestra aceptación inicial de un presunto derecho de nuestro adversario a obrar mal, basada en un erróneo concepto de libertad (moral, doctrinal y religiosa) se está convirtiendo en una tolerancia forzada del bien mientras el pecado y el vicio se vuelven la norma. Lo que ayer se admitía como un gesto de tolerancia pretende hoy plena legitimidad, y nos confina a los márgenes de la sociedad como una minoría en vías de extinción. Dentro de poco, y en coherencia con la ideología anticristiana que dirige esta inexorable transformación de valores y principios, se prohibirá la virtud y se condenará a quienes la practiquen en nombre de una intolerancia al Bien, al cual se señalará como causante de división, integrista y fanático.Nuestra tolerancia hacia quien hoy se hace promotor de las exigencias del Nuevo Orden Mundial y de su asimilación por el cuerpo eclesial conducirá irremediablemente a la instauración del reino del Anticristo, en el que los católicos fieles serán perseguidos como enemigos públicos, del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.del mismo modo que en épocas cristianas eran considerados enemigos públicos los herejes. En resumidas cuentas, que el enemigo ha plagiado, trastornándolo y pervirtiéndolo, el sistema de protección de la sociedad implementado por la Iglesia en los países católicos.

Creo, estimado padre, que habrá que aceptar sus observaciones sobre la crisis de la autoridad, al menos a juzgar por la velocidad con que Bergoglio y su corte asestan golpes a la Iglesia. Por mi parte, ruego al Señor que saque a la luz la verdad hasta ahora oculta y nos permita reconocer al Vicario de Cristo en la Tierra no tanto por sus vestiduras como por las palabras que pronuncia y el ejemplo de sus obras.

Reciba mi bendición, mientras me encomiendo confiado a sus oraciones.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

31 de enero de 2021

Septuagésima

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

viernes, 30 de octubre de 2020

LE ECHAN LA CULPA A FRANCISCO: Cómo la Revolución del Concilio sirve al Nuevo Orden Mundial

«Sígueme, y deja a los muertos enterrar a sus muertos» (Mt.8,22).

1. VIVIMOS TIEMPOS EXTRAORDINARIOS

Como cada uno de nosotros sin duda ha entendido, nos encontramos en una coyuntura histórica; acontecimientos pasados que antes parecían no guardar relación entre sí resultan ahora inequívocamente relacionados, tanto por los principios que los inspiran como por las metas a las que aspiran. Una mirada objetiva a la situación actual no puede menos que captar la perfecta coherencia entre la evolución de la estructura política internacional y la misión que ha asumido la Iglesia en lo que se refiere a la implantación del Nuevo Orden Mundial. Para ser precisos, habría que hablar de la misión que desempeña esa aparente mayoría de la Iglesia, en realidad pequeña numéricamente pero muy poderosa y que, en aras de la brevedad, llamaré iglesia profunda.   

Claro está que no hay dos Iglesias, lo cual sería imposible, blasfemo y herético. Y tampoco ha fracasado en su misión la única Iglesia verdadera de Cristo pervirtiéndose hasta el extremo de convertirse en una secta. La Iglesia de Cristo no tiene nada que ver con los que desde hace sesenta años llevan a cabo un plan para apoderarse de ella. La superposición entre la jerarquía católica y los miembros de la iglesia profunda no es un hecho teológico, sino una realidad histórica que escapa a toda clasificación, y que como tal es preciso analizar.  

Sabemos queel programa del Nuevo Orden Mundial consiste en implantar una tiranía por medios masónicos. Este plan se remonta a la Revolución Francesa, la época de la Ilustración, el fin de las monarquías católicas y la declaración de guerra a la Iglesia. Podemos afirmar queel Nuevo Orden Mundial es la antítesis de la sociedad cristiana. Sería la instauración de laCivitas Diabolila ciudad del Diablo–enfrentada a laCivitas Dei –la ciudad de Dios–en la eterna contienda entre la Luz y las tinieblas, el Bien y el mal, Dios y Satanás.        

En ese enfrentamiento, la Providencia ha colocado a la Iglesia de Cristo, y en particular al Sumo Pontífice, como Katejón; es decir, el que se opone a la manifestación del misterio de iniquidad(2 Tes.2, 6-7). La Sagrada Escritura nos advierte además que cuando se manifieste el Anticristo, ese obstáculo, el katejón, dejará de existir. A mí me parece bastante evidente que el final de los tiempos se acerca, y salta a la vista, porque el misterio de iniquidad se ha propagado por todo el mundo con la desaparición de la oposición valerosa delkatejón.      

Por lo que se refiere a la incompatibilidad entre la Ciudad de Dios y la de Satanás, el jesuita consejero de Francisco Antonio Spadaro abandona las Sagradas Escrituras y la Tradición haciendo suyo el llamamiento de Bergoglio al abrazo universal. Para el director de La Civiltà Cattolica, la encíclica Fratelli tutti  

«No deja de ser un mensaje con un marcado valor político, porque –se podría decir– invierte la lógica del apocalipsis que hoy se impone: la lógica fundamentalista que combate el mundo porque cree que éste es la antítesis de Dios;o sea, un ídolo, al que por tanto hay que destruir lo antes posible para acelerar el fin de los tiempos. El abismo del Apocalipsis, ante el cual ya no hay hermanos: sólo apóstatas y mártires que corren contra reloj (…)No somos combatientes ni apóstoles, sino hermanos» [1]   

Es evidente que esta estrategia de desacreditar al interlocutor tildándolo de integrista tiene por objeto facilitar la acción del Enemigo dentro de la Iglesia, desarmar a la oposición y disuadir a quien disienta. La encontramos también en el ámbito civil, donde los demócratas y el estado profundo  se arrogan el derecho a decidir a quién conceder legitimidad política y a quien condenar sin apelación al ostracismo de los medios. El método es siempre el mismo, porque siempre lo inspira el mismo. Al igual que la falsificación de la historia y de las fuentes es siempre la misma: si el pasado contradice el discurso revolucionario, los partidarios de la Revolución censuran el pasado y sustituyen la verdad histórica por una mentira. El propio San Francisco es víctima de esa adulteración que lo convierte en abanderado de la pobreza y el pacifismo, que son tan ajenos al espíritu de la ortodoxia católica como útiles para la ideología dominante. Prueba de ello es la fraudulenta alusión al Poverello de Asís en Fratelli tutti para justificar el diálogo, el ecumenismo y la   hermandad universal de la antiglesia bergogliana.

No cometamos el error de presentar los actuales sucesos como algo normal, juzgando cuanto sucede por los parámetros legales, canónicos y sociológicos que tal normalidad supondría. En situaciones extraordinarias –y ciertamente es extraordinaria la crisis que atraviesa la Iglesia– pasan cosas que para nuestros padres superan la normalidad que conocían. En tiempos extraordinarios, podemos oír cómo un pontífice engaña a los fieles; ver a príncipes de la Iglesia acusados de delitos que en otros tiempos habrían causado horror y serían severamente castigados; presenciamos cómo en nuestros templos se realizan actos litúrgicos que parecen inventados por la perversa mente de Cranmer*; vemos cómo prelados llevan en procesión al inmundo ídolo de la Pachamama a la Basílica de San Pedro; y oímos al Vicario de Cristo ofrecer disculpas a quienes adoraron tal ídolo porque un católico osó arrojarlo al Tíber. En estos tiempos extraordinarios, oímos a un conspirador –el cardenal Godfried Danneels– decirnos que desde la muerte de Juan Pablo II la mafia de San Galo conspiraba a fin de elegir a uno de los suyos para el solio de San Pedro, el cual resultó más tarde ser Jorge Mario Bergoglio. Ante tan desconcertante revelación, nos causa estupor que ningún cardenal u obispo manifestase indignación o pidiese que se indagara la verdad.

(Thomas Cranmer: arzobispo inglés que cuando la reforma (más bien deforma) anglicana destrozó la liturgia y sustituyó los altares por mesas situadas en el centro del presbiterio, como las que vemos actualmente en las misas Novus Ordo. N. del T.)

La coexistencia del bien y del mal, de los santos y los condenados, en el cuerpo eclesial ha acompañado siempre los asuntos terrenales de la Iglesia, empezando por la traición de Judas Iscariote. Es sin duda significativo que la antiglesia trate de rehabilitar a Judas –y junto con él a los peores heresiarcas– presentándolos como modelos; a antisantos y antimártires, legitimizándose con ellos a sí mismos y sus herejías, inmoralidades y vicios. Como decía, en la coexistencia de buenos y malos de la que habla el Evangelio en la parábola del trigo y la cizaña parece haber llegado a imponerse ésta sobre aquél. La diferencia está en que el vicio y las desviaciones que en otro tiempo eran objeto de desprecio, no sólo se practican y toleran más hoy en día, sino que incluso se fomenta alaban, mientras la virtud y la fidelidad a las enseñanzas de Cristo son objeto de desprecio, burla y hasta condenación.

2. ECLIPSE DE LA VERDADERA IGLESIA

Desde hace sesenta años presenciamos como la Iglesia verdadera es eclipsada por una antiglesia que poco a poco ha usurpado su nombre y ocupado la Curia y los dicasterios romanos, así como las diócesis, parroquias, seminarios, universidades y monasterios. La antiglesia ha usurpado su autoridad, y sus ministros visten las vestiduras sagradas de la Iglesia; se vale del prestigio y el poder de la Iglesia para apropiarse de sus tesoros, bienes y dinero. 

Tal como sucede en la naturaleza, este eclipse no se ha producido de golpe; se pasa de la luz a las tinieblas cuando un cuerpo celeste se interpone entre el sol y nosotros. Es un proceso relativamente lento pero inexorable en el que la luna de la antiglesia sigue su órbita hasta que se superpone al Sol, creando un cono de sombra que se proyecta sobre la Tierra. Actualmente nos encontramos en ese cono de sombra doctrinal, moral, litúrgico y disciplinario. No es todavía el eclipse total que veremos al final de los tiempos durante el reinado del Anticristo. Es un eclipse parcial que nos permite ver la corona luminosa del Sol rodeando el negro disco de la Luna. 

El proceso que ha llevado al eclipse actual de la Iglesia se inició indudablemente con el modernismo. La antiglesia siguió su órbita a pesar de las condenas solemnes del Magisterio, que durante aquella fase alumbraban con el esplendor de la Verdad. Pero con el Concilio Vaticano II las tinieblas de esa falsa entidad descendieron sobre la Iglesia. En un principio sólo se oscureció una pequeña parte, pero poco a poco las tinieblas fueron en aumento. Si alguno señalaba al Sol deduciendo que Luna no tardaría en ocultarlo, era acusado de  profeta de desgracia con lo modos de fanatismo e intolerancia que nacen de la ignorancia y los prejuicios. El caso del arzobispo Marcel Lefebvre y otros prelados confirma por un lado la previsión de esos pastores, y por otro la desordenada reacción de sus adversarios, que por miedo a perder el poder se valieron de toda su autoridad para negar la evidencia y disimular sus verdaderas intenciones.

Prosigamos con la analogía: podemos afirmar que en el firmamento de la Fe un eclipse es un fenómeno extraordinario y poco frecuente. Pero negar que durante el eclipse se expanden las tinieblas, sólo porque en circunstancias normales no suceda tal cosa, no es señal de fe en la indefectibilidad de la Iglesia, sino tozuda negación de la evidencia, si no de mala fe. Según las promesas de Cristo, la Santa Iglesia nunca será vencida por las puertas del Infierno; pero eso no quiere decir que no vaya a estar –o que no lo esté ya– ocultada por la infernal falsificación: esa luna que, no por casualidad, vemos pisoteada por la Mujer del Apocalipsis: «Una gran señal apareció en el cielo: una mujer revestida del sol y con la luna bajo sus pies y en su cabeza una corona de doce estrellas» (Ap. 12,1).

La luna está bajo los pies de la Mujer que está por encima de toda mutabilidad, de toda corrupción terrenal, de la ley del destino y del reino del espíritu de este mundo. Ello se debe a que esa Mujer, que es a la vez imagen de María Santísima y de la Iglesia, está amicta sole, vestida con el Sol de Justicia, que es Cristo, «libre de todo poder demoniaco mientras participa en el misterio de la inmutabilidad de Cristo» (San Ambrosio). Se mantiene incólume, si no en su reino militante, ciertamente en las penas del Purgatorio y en el triunfante del Paraíso. Comentando las Escrituras, San Jerónimo nos recuerda que «las puertas del Infierno son los pecados y los vicios, y en particular las enseñanzas de los herejes». Sabemos, por tanto, que incluso la síntesis de todas las herejías que es el modernismo y su versión actualizada por el Concilio jamás podrá oscurecer el esplendor de la Esposa de Cristo sino apenas por el breve espacio de tiempo que ha permitido la Providencia en su infinita sabiduría para sacar mayor provecho de ello.

3. ABANDONO DE LA DIMENSIÓN ESPIRITUAL

En esta conferencia me gustaría hablar en particular de la relación entre la revolución del Concilio Vaticano II y la implantación del Nuevo Orden Mundial. El elemento central de este análisis consiste en poner de relieve el abandono por parte de la jerarquía eclesiástica, incluso en su vértice, de la dimensión sobrenatural de la Iglesia y su misión esjatológica. Mediante el Concilio, los novadores borraron de su horizonte teológico el origen divino de la Iglesia para crear una entidad de origen humano semejante a una organización filantrópica. La primera consecuencia de esta subversión ontológica fue la inevitable negación de la verdad de que la Esposa de Cristo no está ni puede estar sujeta a cambios por parte de quienes ejercen vicariamente autoridad en nombre del Señor. Tampoco es propiedad del Papa ni de los obispos y teólogos, y por consiguiente, todo intento de aggiornamento la rebaja al nivel de una empresa que para obtener beneficios renueva su oferta comercial, vende excedentes y sigue la moda del momento. Por otra parte, la Iglesia es una realidad divina y sobrenatural; adapta su manera de predicar el Evangelio a las naciones, pero nunca podrá alterar el contenido de una sola jota (Mt.5,18) ni negar su impulso trascendente rebajándose a un mero servicio social. En el bando contrario, la antiglesia se atribuye orgullosamente el derecho de llevar a cabo un cambio de paradigma al cambiar no sólo la manera de exponer la doctrina sino la propia doctrina. Lo confirma Massimo Faggioli en sus comentarios a la nueva encíclica Fratelli tutti:

«El pontificado de Francisco es como una bandera alzada ante los integristas católicos y los que equiparan continuidad material y tradición; la doctrina católica no sólo se desarrolla. A veces cambia mucho. Por ejemplo en lo relativo a la pena de muerte y la guerra»[2]

De nada sirve insistir en lo que enseña el Magisterio. La descarada pretensión de los novadores de que tienen derecho a alterar la Fe se ajusta tercamente al enfoque modernista.

El primer error del Concilio consiste sobre todo en la falta de una perspectiva trascendente –fruto de una crisis espiritual que ya estaba latente– y el intento de crear un paraíso en la Tierra con un estéril horizonte humano. Alineada con esta perspectiva, Fratelli tutti contempla la realización en la Tierra de una utopía terrena y una redención social en la fraternidad humana, una paz ecuménica entre religiones y la acogida a los inmigrantes.  

4. COMPLEJO DE INFERIORIDAD Y SENSACIÓN DE INSUFICIENCIA

Como ya he escrito en otras ocasiones, las exigencias revolucionarias de la Nouvelle théologie encontraron terreno abonado en los padres del Concilio debido a un grave complejo de inferioridad ante el mundo. Hubo un tiempo durante la segunda posguerra mundial en que la revolución dirigida por la Masonería en los ámbitos civil, político y cultural penetró en la élite católica y la convenció de que no estaba en condiciones de afrontar el desafío de proporciones históricas que ya no puede evitar. En vez de cuestionarse a sí mismos y a su fe, dicha élite –obispos, teólogos e intelectuales– se atribuyó temerariamente la responsabilidad del inminente fracaso de la Iglesia para adherirse a su sólida estructura jerárquica y su monolítica enseñanza doctrinal y moral. Al observar la ruina de la civilización europea que la Iglesia había contribuido a formar, la élite pensó que la falta de entendimiento con el mundo se debía a la intransigencia de los papas y a la rigidez moral de los sacerdotes que no querían entenderse con el espíritu de la época y abrirse al mundo. Esta postura ideológica parte del erróneo concepto de que se puede establecer una alianza entre la Iglesia y el mundo contemporáneo, una concordancia de intenciones, una amistad mutua. Nada podría estar más lejos de la verdad, dado que no puede haber tregua en la lucha entre Dios y Satanás, entre la Luz y las tinieblas. «Pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: éste te aplastará la cabeza, y tú le aplastarás el calcañar» (Gn. 3,15). Se trata de una enemistad querida por el propio Dios, que pone a María Santísima y a la Iglesia como enemigos eternos de la Serpiente antigua. El mundo tiene su propio príncipe (Jn.12,31), que es el «enemigo» (Mt.13, 28),  «homicida desde el principio» (Jn. 8,44) y «mentiroso» (Jn.8,44). Intentar sellar un pacto de paz con el mundo significa ponerse de acuerdo con Satanás. De ese modo se trastoca y pervierte la esencia misma de la Iglesia, cuya misión es convertir a la mayor cantidad posible de almas a Cristo para mayor gloria de Dios, sin deponer por un momento las armas empuñadas contra quienes desean atraerlas hacia ellos mismos y hacia la condenación.

El complejo de inferioridad de la Iglesia y su sensación de fracaso ante el mundo crearon una tormenta perfecta para que la Revolución arraigara en los padres del Concilio y por extensión en el pueblo cristiano, en el cual quizás se había cultivado más la obediencia a la Jerarquía que la fidelidad al Depósito de la Fe. Voy a ser claro: la obediencia a nuestros sagrados pastores es ciertamente digna de elogio cuando mandan algo legítimo. Ahora bien, la obediencia deja de ser una virtud y de hecho se convierte en servilismo cuando es un fin en sí mismo y contradice el fin al que está ordenada, que es la Fe y la Moral. Debemos añadir que ese sentido de inferioridad se introdujo en el cuerpo de la Iglesia con grandes alardes de teatralidad, como la deposición de la tiara por parte de Pablo VI, los ostentosos abrazos ecuménicos con el cismático Atenágoras, los pedidos de perdón por las Cruzadas, la abolición del Índice y la opción preferencial por los pobres por parte del clero en sustitución del supuesto triunfalismo de Pío XII. El golpe de gracia de esta actitud quedó codificado en la reforma litúrgica, que manifiesta su vergüenza del dogma católico callándolo, con lo cual lo niega indirectamente. El cambio de rito engendró un cambio de doctrina que llevó a los fieles a creer que la Misa no es más que un banquete fraternal y que la Santísima Eucaristía no es otra cosa que un símbolo de la presencia de Cristo entre nosotros.

5. «IDEM SENTIRE» DE REVOLUCIÓN Y CONCILIO

La labor de los novadores, cuyas heréticas ideas coincidían con las del mundo, no hizo otra cosa que aumentar la sensación de incapacidad de los padres conciliares. Un análisis comparativo del pensamiento moderno corrobora elidem sentire, la identidad de parecer o de mentalidad de los conspiradores con cada uno de los elementos de la ideología revolucionaria: 

–Aceptación del principio democrático como legitimación del origen del poder en sustitución del derecho divino de la monarquía católica (papado incluido). 

Creación y acumulación de órganos de poder en lugar de responsabilidad personal y una jerarquía institucional.

El pasado se borra y se evalúa según parámetros actuales que no defienden la Tradición y el legado cultural.

–Se pone el acento en la libertad individual y se debilita el sentido de la responsabilidad y el deber. 

Evolución constante de la moral y la ética, que quedan desprovistas de su naturaleza inmutable y de toda naturaleza trascendente.

Supuesta naturaleza secular del Estado en lugar del debido sometimiento del orden civil a la realeza de Jesucristo y de la superioridad ontológica de la misión de la Iglesia por encima de la esfera de lo temporal.

Igualdad de las religiones, y no sólo ante el Estado, sino incluso como concepto general al que debe ajustarse la Iglesia, contra la objetiva y necesaria defensa de la Verdad y condenan del error.

Falso y blasfemo concepto de dignidad del hombre como algo que le es connatural, basado en la negación del pecado original y de la necesidad de la Redención como premisas para agradar a Dios, hacerse acreedor a su Gracia y alcanzar la eterna bienaventuranza.

–Socavamiento del papel de la mujer y desprecio por el privilegio de la maternidad.

–Prioridad de la materia sobre el espíritu.

Culto fideísta de la ciencia[3]en reacción a una implacable crítica de la religión basada en falsas premisas científicas.

Todos estos principios, propagados por ideólogos masones y partidarios del Nuevo Orden Mundial, coinciden con las ideas revolucionarias del Concilio:

La democratización de la Iglesia, iniciada con Lumen gentium y llevada hoy a cabo mediante el camino sinodal bergogliano.

La creación y acumulación de órganos de poder se ha realizado delegando capacidades decisorias en las conferencias episcopales, sínodos de obispos, comisiones, consejos pastorales, etc.

El pasado y las gloriosas tradiciones de la Iglesia se juzgan con arreglo a la mentalidad actual y se los condena para ganarse el favor del mundo moderno.

La libertad de los hijos de Dios teorizada por el Concilio Vaticano II se ha implantado prescindiendo de los deberes morales individuales de personas que, en base a cuentos conciliares de hadas, se salvan todas independientemente de sus disposiciones interiores y del estado de su alma.

El oscurecimiento de toda referencia moral perenne ha tenido como consecuencia la alteración de la doctrina sobre la pena de muerte; y, con Amoris laetitia, que se administren los Sacramentos a notorios adúlteros, haciendo que se resquebraje el edificio sacramental.

La adopción del secularismo ha llevado a la desaparición de la religión oficial del Estado en los países católicos. Fomentada por la Santa Sede y el episcopado, ha llevado a su vez a la pérdida de identidad religiosa y al reconocimiento de derechos a las sectas, así como a la aprobación de normativas que vulneran la ley natural y la divina.

La libertad religiosa propuesta en Dignitatis humanae tiene unas lógicas y extremas consecuencias en la Declaración de Abu Dabi y la última encíclica, Fratelli tutti, con las que la misión salvífica de la Iglesia y la Encarnación dejan de tener sentido hoy.

Las teorías sobre la dignidad humana en el ámbito católico han ocasionado confusión en cuanto a la labor de los laicos en relación con la labor ministerial del clero y un debilitamiento de estructura jerárquica de la Iglesia, y se abraza la ideología feminista abonando el terreno para que las mujeres reciban órdenes sagradas.

Una desordenada preocupación por las necesidades temporales de los pobres, muy típica de la izquierda, ha transformado a la Iglesia en una especie de institución benéfica limitando su actividad a lo meramente material, hasta el punto de abandonar el aspecto espiritual.

–El sometimiento a la ciencia actual y a los avances tecnológicos ha tenido como consecuencia que la Iglesia desautorice a la reina de las ciencias (la Fe) desmitologizando milagros, negando la inerrancia de las Sagradas Escrituras, entendiendo los misterios más sagrados de nuestra Fe como mitos o metáforas, dando sacrílegamente a entender que la Transustanciación y la Resurrección son conceptos mágicos que no deben tomarse en sentido literal sino simbólico y calificando a los sublimes dogmas marianos de tonterías.

Hay un aspecto casi grotesco de este rebajamiento y deterioro de la Jerarquía que mira a ajustarse al pensamiento general. El deseo de la Jerarquía de agradar a sus perseguidores y servir a sus enemigos siempre llega tarde y descoordinado, dando la impresión de que los obispos están irremediablemente desfasados, de que desde luego no están a la altura de los tiempos.  Hacen creer a quienes los ven jugueteando tan entusiásticamente con su propia extinción que tal demostración de sumisión aduladora a lo políticamente correcto no procede tanto de una sincera persuasión ideológica, sino del temor a ser barridos, a perder autoridad y el prestigio que a pesar de los pesares el mundo sigue confiriéndoles. No se quieren dar cuenta –o no lo quieren reconocer– de que el prestigio y la autoridad de que son custodios proviene de la autoridad y el prestigio de la Iglesia de Cristo, no del miserable y lastimoso sucedáneo que ellos mismos han inventado.

Cuando esa antiglesia esté totalmente implantada en el eclipse total de la Iglesia Católica, la autoridad de la Jerarquía dependerá de su grado de sometimiento al Nuevo Orden Mundial, que no tolerará la menor desviación de su propio credo y aplicará ese dogmatismo, fanatismo y fundamentalismo que muchos prelados y supuestos intelectuales critican en los que hoy siguen fieles al Magisterio. De ese modo, la iglesia profunda puede continuar portando la marca de Iglesia Católica, pero será esclava del pensamiento del Nuevo Orden, lo cual recuerda a aquellos judíos que después de negar la realeza de Cristo ante Pilatos fueron sometidos a servidumbre por las autoridades civiles de su tiempo: «No tenemos más rey que al César»     (Jn.19,15). El César actual nos manda cerrar los templos, ponerse mascarilla y suspender las celebraciones con el pretexto de una pseudoepidemia. El régimen comunista persigue a los católicos chinos, y el mundo ve que Roma no dice ni pío. Mañana, un nuevo Tito saqueará el templo del Concilio, se llevará el botín a algún museo, y la venganza divina a manos de los paganos se habrá cumplido una vez más.

6. PAPEL INSTRUMENTAL DE LOS CATÓLICOS MODERADOS EN LA REVOLUCIÓN

Alguno dirá que los padres conciliares y los papas que presidieron aquella asamblea no se dieron cuenta de las repercusiones que su aprobación del Concilio tendría en la Iglesia. De ser así –por ejemplo, si hubiera habido algún arrepentimiento por haber aprobado apresuradamente textos heréticos o próximos a la herejía– cuesta entender cómo es que no fueron capaces de poner inmediatamente coto a los abusos, corregir los errores y aclarar los malentendidos y omisiones. Pero sobre todo es incomprensible que las autoridades eclesiásticas pudieran ser tan despiadadas con quienes defendían la Verdad católica, y a la vez contemporizar de un modo tan atroz con rebeldes y herejes. Sea como sea, la responsabilidad de la crisis conciliar se debe achacar a las autoridades que incluso ante miles de llamadas a la colegialidad y el pastoralismo han guardado celosamente sus prerrogativas para ejercerlas en una sola dirección, o sea contra la pusilla grex (pequeño rebaño), y la nunca contra los enemigos de Dios y de la Iglesia. Con rarísimas excepciones, cuando un teólogo hereje o un religioso revolucionario es censurado por el Santo Oficio no hace otra cosa que confirmar una regla que lleva vigente décadas. Eso sin decir que últimamente muchos han sido rehabilitados sin la menor abjuración de sus errores, e incluso se los ha ascendido para que ocupen puestos institucionales en la Curia Romana o en los ateneos pontificios.

Esa es la realidad, tal como se desprende de mi análisis. Ahora bien, sabemos que además del ala progresista del Concilio, y del ala católica tradicional, hay una parte del episcopado, del clero y del pueblo que intenta mantenerse a una distancia equivalente de lo que considera dos extremos. Me refiero a los llamados conservadores, es decir al sector centrista del cuerpo del cuerpo eclesial que termina por llevar agua a los revolucionarios, porque, aunque rechaza sus excesos comparte unos mismos principios. El error de los conservadores no está en dar una connotación negativa al tradicionalismo y situarlo en el bando contrario al progresismo. Su aurea mediocritas (vía media) no consiste en ubicarse arbitrariamente entre dos vicios, sino entre la virtud y el vicio. Son ellos los que critican los excesos de la Pachamama o las más radicales declaraciones de Bergoglio pero no toleran que se ponga en tela de juicio el Concilio, no digamos el vínculo intrínseco entre el cáncer conciliar y la actual metástasis. La correlación entre el conservadurismo político y el religioso consiste en situarse en el centro, síntesis entre la tesis de la derecha y la antítesis de la izquierda, según el enfoque hegeliano tan querido a los partidarios moderados del Concilio.

En el terreno de lo civil, el estado profundo ha dirigido la disidencia política y social valiéndose de organizaciones y movimiento que aparentemente son su oposición pero en realidad les sirven para mantener el poder. Del mismo modo, en el terreno eclesiástico la iglesia profunda se vale de los conservadores moderados para aparentar que ofrecer libertad a los fieles. Por ejemplo, el mismo motu proprio Summorum Pontificum aunque permite la celebración del Rito Extraordinario, exige al menos de modo implícito (saltem simpliciter) que se acepte el Concilio y se reconozca la legitimidad de la reforma litúrgica. Esta estratagema evita que quienes de benefician del motu proprio objeten lo más mínimo, porque se arriesgarían a que se disolvieran las comunidades de Ecclesia Dei. Así se inculca además en el pueblo cristiano la peligrosa idea de que para que una cosa buena sea legítima en la Iglesia y en la sociedad tiene que ir acompañada de otra mala o menos buena. Pero hay que estar muy desencaminado para pretender que se concedan iguales derechos al bien y al mal. Poco importa que personalmente uno esté a favor del bien si reconoce la legitimidad de los que están a favor del mal. En este sentido, la libertad de elección para abortar teorizada por los políticos demócratas encuentra su contrapeso en la no menos aberrante libertad religiosa teorizada por el Concilio, y que hoy en día defiende obstinadamente la antiglesia. Si a un católico no le está permitido apoyar a un político que defiende el derecho a abortar, menos permitido le está aprobar a un prelado que defiende la libertad personal para poner en peligro su alma inmortal optando por permanecer en pecado mortal. Eso no es misericordia, sino una grave dejación de funciones espirituales ante Dios para ganarse el favor y la aprobación del hombre.

7. SOCIEDAD ABIERTA Y RELIGIÓN ABIERTA

El presente análisis no estaría muy completo si no hablase de la neolengua tan popular en el ámbito eclesial. El vocabulario católico tradicional ha sido deliberadamente modificado con miras a alterar el contenido que expresa. Otro tanto ha sucedido con la liturgia y la predicación, en las que la claridad de expresión católica se ha sustituido por la ambigüedad o por la negación implícita de las verdades dogmáticas. Se podrían poner mil ejemplos. Este fenómeno se remonta al Concilio, que intentó elaborar versiones católicas de eslóganes mundanos. Con todo, me gustaría recalcar que esas expresiones tomadas de vocabularios secularistas forman también parte de la neolengua. Pensemos en la insistencia de Bergoglio en la Iglesia en salida o en la apertura como un valor positivo. Asimismo, pongo unas citas de Fratelli tutti: 

«Un pueblo vivo, dinámico y con futuro es el que está abierto permanentemente a nuevas síntesis incorporando al diferente» (nº 160).    

«La Iglesia es una casa con las puertas abiertas»(nº 276).  

«Queremos ser una Iglesia que sirve, que sale de casa, que sale de sus templos, que sale de sus sacristías, para acompañarla vida, sostener la esperanza, ser signo de unidad […] para tender puentes, romper muros, sembrar reconciliación» (íbid.).      

La semejanza con la sociedad abierta propugnada por la ideología mundialista de Soros destaca hasta tal punto que casi constituye una religión abierta que le hace de contrapunto.  

Y esa religión abierta está en plena sintonía con las intenciones del mundialismo. Desde las reuniones políticas por un nuevo humanismo bendecidas por autoridades de la Iglesia hasta la participación de la intelligentsiaen la propaganda verde, todo sigue el pensamiento dominante en un lamentable y grotesco de agradar al mundo. «¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aun tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo» (Gál.1, 10).     

La Iglesia Católica vive bajo la mirada de Dios; existe para la gloria de Él y para la salvación de las almas. Y la antiglesia vive bajo la mirada del mundo, promoviendo la apoteosis blasfema del hombre y la condenación de las almas. Durante la última sesión del Concilio Vaticano II y en presencia de todos los padres sinodales resonaron estas insólitas palabras de Pablo VI en la Basílica Vaticana:

«La religión del Dios que se ha hecho hombre se ha encontrado con la religión –porque tal es– del hombre que se hace Dios. ¿Qué ha sucedido? ¿Un choque, una lucha, una condenación? Podía haberse dado, pero no se produjo. La antigua historia del samaritano ha sido la pauta de la espiritualidad del Concilio. Una simpatía inmensa lo ha penetrado todo. El descubrimiento de las necesidades humanas –y son tanto mayores cuanto mayor se hace el hijo de la Tierra– ha absorbido la atención de nuestro sínodo. Vosotros, humanistas modernos que renunciáis a la trascendencia de las cosas supremas, conferidle siquiera este mérito y reconoced nuestro nuevo humanismo: también nosotros –y más que nadie– somos promotores del hombre».[4]

Esta simpatía –en el sentido etimológico de συμπάϑεια, es decir, de participación en un sentimiento ajeno, es la imagen del Concilio y la nueva religión –porque es una religión– de la antiglesia. Una antiglesia nacida de la inmunda unión entre la Iglesia y el mundo, entre la Jerusalén celeste y la infernal Babilonia. Fijémonos bien: la primera vez que un pontífice ha hablado de nuevo humanismo fue en la clausura del Concilio, y hoy en día lo encontramos como un mantra repetido por todos los que lo consideran una expresión perfecta y coherente de la mentalidad revolucionaria del Concilio [5]

Sin perder de vista esta comunión de intenciones entre el Nuevo Orden Mundial y la antiglesia, debemos tener presente que el  Pacto Mundial para la Educación,   programa trazado por Bergoglio a fin de «generar un cambio a escala planetaria para que la educación sea creadora de hermandad, paz y justicia. Necesidad más urgente todavía en estos tiempos marcados por la pandemia». [6] Promovido en colaboración con las Naciones Unidas, este «proceso de formación en la relación y cultura del encuentro halla también espacio y valor en la casa común de todas las criaturas, ya que las personas, dado que se las forma en la lógica de la comunión y la solidaridad, ya trabajan «con vistas a recobrar una serena armonía con la creación» (Gaudium et Spes, 37).[7] Como se ve, toda referencia ideológica es siempre al Concilio, porque precisamente a partir de ese momento la antiiclesia colocó al hombre en el lugar de Dios, a la criatura en el lugar del Creador.

Es evidente que el nuevo humanismo posee una estructura ambientalista y ecológica en la que se injertan tanto la encíclica Laudato sii como la teología verde, la Iglesia de rostro amazónico del sínodo de los obispos de 2019, con su idólatra adoración de la Pachamama (madre Tierra) en presencia del sanhedrín romano. La actitud de la Iglesia durante la pandemia del covid 19 ha demostrado por una parte el sometimiento de la Jerarquía a los dictados del Estado violando con ello la libertas Ecclesiae que el Papa debería haber defendido con firmeza. Ha puesto igualmente de manifiesto la negación de todo sentido sobrenatural de la pandemia, sustituyendo la justa ira de un Dios ofendido por los innumerables pecados de la humanidad y las naciones por la más inquietante y destructiva furia de una Naturaleza ofendida por la falta de respeto al medio ambiente. Me gustaría subrayar que atribuir una identidad personal a la naturaleza, prácticamente dotándola de intelecto y voluntad, es la antesala de su divinización. Ya vimos un sacrílego preludio de ello bajo la mismísima cúpula de la Basílica de San Pedro.

La conclusión es la siguiente: al acomodarse la antiglesia a la ideología dominante del mundo actual entabla una auténtica cooperación con poderosos representantes del estado profundo, empezando por los que preparan una economía sustentable, como Jorge Mario Bergoglio, Bill Gates, Jeffrey Sachs, John Elkann y Gunter Pauli.[8]

Conviene recordar que la economía sustentable tiene repercusiones en la agricultura y en el mundo laboral en general. El estado profundo tiene que conseguir mano de obra de bajo costo mediante la inmigración, la cual contribuye al mismo tiempo a la desaparición de la identidad religiosa, cultural y lingüística de los países afectados. Por su parte, la iglesia profunda aporta una base ideológica y pseudoteológica a dicho plan de invasión, y al mismo tiempo garantiza una parte en el lucrativo de la acogida. Podemos entender la insistencia de Bergoglio en el tema de los inmigrantes, reiterado también en Fratelli tutti: «Se difunde así una mentalidad xenófoba, de gente cerrada y replegada sobre sí misma» (nº 39). «Las migraciones constituirán un elemento determinante del futuro del mundo» (nº 40). Bergoglio emplea la expresión elemento determinante, indicando con ello que no es posible plantear la hipótesis de un futuro sin migraciones.

Permítanme que hable un poco de la situación de los EE.UU. en vísperas de las elecciones presidenciales. Fratelli tutti da la impresión de constituir un respaldo por parte del Vaticano al candidato demócrata, en clara oposición a Donald Trump, y aparece precisamente a los pocos días de que Francisco se negara a conceder una audiencia en Roma al Secretario de Estado Mike Pompeo. Con ello confirma de qué parte están los hijos de la luz y quiénes son los hijos de las tinieblas.

8. FUNDAMENTACIÓN IDEOLÓGICA DE LA «FRATERNIDAD»

La cuestión de la fraternidad, que constituye una obsesión para Bergoglio, encuentra su primera formulación en Nostra aetate y en Dignitatis humanae. La última encíclica, Fratelli tutti, es el manifiesto de esta perspectiva masónica en la que el trilema libertad, igualdad y fraternidad sustituye al Evangelio en aras de una unidad entre los hombres que excluye a Dios. Obsérvese que el Documento sobre la fraternidad humana por la paz mundial y la convivencia común suscrito en Abu Dabi el 4 de febrero del año pasado fue orgullosamente defendido por Bergoglio estas palabras:

«Desde el punto de vista católico, ese documento no se aparta un milímetro del Concilio Vaticano II»

El cardenal Miguel Ayuso Guichot, presidente del Pontificio Consejo para el Diálogo Interrreligioso, comenta en La Civiltà Cattolica:

«El Concilio agrietó poco a poco el dique, que terminó por romperse. El río del diálogo ha crecido con las declaraciones del Concilio Nostra aetate, sobre la relación de la Iglesia con los creyentes de otras religiones, y Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa; temas y documentos que están estrechamente ligados entre sí y permitieron que S. Juan Pablo II infundiese vida a encuentros como la Jornada Mundial de Oración en Asís el 27 de octubre de 1986, y que veinticinco años más tarde Benedicto XVI nos hiciera revivir en la localidad natal de S. Francisco la Jornada de reflexión, diálogo y oración por la paz y la justicia en el mundo “Peregrinos de la verdad,  peregrinos de la paz”.  Por tanto, el compromiso de la Iglesia Católica con el diálogo interreligioso, que abre el camino a la paz y la fraternidad, es parte de su misión original y tiene sus raíces en el Concilio».[9]

Una vez más, el cáncer del Concilio confirma que es el origen de la metástasis bergogliana. El hilo conductor que une el Concilio con el culto a la Pachamama pasa también por Asís, como acertadamente señaló mi hermano Athanasius Schneider en su reciente discurso.[10]

A propósito de la antiglesia, monseñor Fulton Sheen describe al Anticristo con estas palabras: «Teniendo en cuenta que su religión será la hermandad pero sin la paternidad de Dios, engañará a los mismos elegidos».[11]   Se diría que estamos viendo cumplirse ante nuestros propios ojos la profecía del venerable arzobispo estadounidense.

No tiene nada de extraño por tanto que la infame Gran Logia de España, tras congratular calurosamente a su paladín elevado al trono, rinda nuevamente homenaje a Bergoglio con estas palabras:

« El gran principio de esta escuela iniciática no ha cambiado en tres siglos: la construcción de una fraternidad universal donde los seres humanos se llamen hermanos unos a otros más allá de sus credos concretos, de sus ideologías, del color de su piel, su extracción social, su lengua, su cultura o su nacionalidad. Este sueño fraternal chocó con el integrismo religioso que, en el caso de la Iglesia Católica, propició durísimos textos de condena a la tolerancia de la Masonería en el siglo XIX. [La última encíclica del papa Francisco] demuestra lo lejos que está la actual Iglesia Católica de sus antiguas posiciones. En Fratelli tutti el Papa abraza la fraternidad universal, el gran principio de la Masonería Moderna»[12]

El comentario del Gran Oriente de Italia es por el mismo estilo:

«Estos son los principios que la Masonería siempre ha perseguido y custodiado para la elevación de la humanidad»[13]

Austen Invereigh, hagiógrafo de Bergoglio, confirma lleno de satisfacción esta interpretación, que un católico encontraría como mínimo inquietante.[14]

Recuerdo que desde el siglo XIX, en los documentos masónicos de la Alta Venta, ya estaba planeada una infiltración masónica en la Iglesia:

«Vosotros también pescaréis a amigos y los llevaréis a los pies de la Sede Apostólica. Predicaréis la Revolución ataviados con tiara y capa magna, avanzando bajo la cruz y la bandera, en una revolución que no necesitará mucha ayuda para incendiar el mundo»[15]

9. SUBVERSIÓN DE LA RELACIÓN PERSONAL Y SOCIAL CON DIOS

Concluiré este análisis de los vínculos entre el Concilio y la actual crisis destacando una  alteración que considero sumamente importante y significativa. Me refiero a la relación tanto del laico individual como de la comunidad de los fieles con Dios. Mientras que en la Iglesia de Cristo la relación del alma con el Señor es eminentemente personal incluso cuando la realiza el ministro sagrado en la acción litúrgica, en la iglesia conciliar predominan la comunidad y la relación grupal. Pensemos en su insistencia en querer que el bautizo de un niño o la boda de una pareja sean un acto comunitario; o en la imposibilidad de recibir la Sagrada Comunión individualmente fuera de la Misa y en la práctica generalizada de comulgar en Misa aunque no se tengan las debidas disposiciones. Todo ello se autoriza basándose en el concepto protestante de participar del banquete eucarístico del cual no se excluye a nadie. Según esta manera de entender la comunidad, la persona pierde su carácter individual, se pierde en el anonimato comunitario de la celebración. De igual manera, la relación del cuerpo social con Dios se diluye en un personalismo que elimina el papel mediador de la Iglesia y el Estado. Esto también se aplica a la individualización en el terreno moral, en el que los derechos y preferencias individuales se convierten en motivos para erradicar la moral social. Ello se hace en nombre de una inclusión que legitima todo vicio y aberración moral. La sociedad, entendida como la unión de una serie de personas que se proponen alcanzar un objetivo común, se reparte entre una multiplicidad de individuos, cada uno con propio propósito personal. Es la consecuencia de un trastorno ideológico que amerita un profundo análisis en vista de sus consecuencias en los ámbitos eclesial y civil. Con todo, es evidente que el primer paso de dicha revolución se encuentra en la mentalidad conciliar, comenzando por el adoctrinamiento del pueblo cristiano que supone la liturgia reformada, en la que el creyente individual se mezcla con la asamblea despersonalizándose, y la comunidad pierde su identidad convirtiéndose en una serie de individuos.

10. CAUSA Y EFECTO

La filosofía nos enseña que a toda causa corresponde siempre un efecto determinado. Hemos visto que lo que se hizo con el Concilio ha tenido el efecto deseado y ha dado una forma concreta a ese momento antropológicamente decisivo que ha llevado hoy en día a la apostasía de la antiglesia y al eclipse de la Iglesia verdadera de Cristo. Por consiguiente, debemos entender que si queremos anular los efectos nocivos que vemos ante nosotros, es necesario e indispensable eliminar los factores eliminar los factores que los originaron. Si tal es nuestro objetivo, está claro que aceptar –aunque sea parcialmente– esos principios revolucionarios haría inútiles y contraproducentes nuestros esfuerzos. Por tanto, debemos exponer claramente los objetivos que nos proponemos alcanzar, ordenando nuestro obrar a esos objetivos. Pero también todos debemos ser conscientes de que en esta labor de restauración no cabe la menor excepción  a los principios, precisamente porque si no se transmitieran se impediría toda posibilidad de éxito.

Así pues, abandonemos de una vez por todas las vanas distinciones en lo que se refiere a los supuestos aspectos buenos del Concilio, la traición de la voluntad de los padres conciliares, la letra y el espíritu del Concilio, el peso magisterial (o la falta del mismo) de los actos conciliares y la hermenéutica de la continuidad frente a la de la ruptura. La antiglesia se ha servido de la etiqueta del concilio ecuménico para atribuir autoridad y fuerza legal a su programa revolucionario, de la misma manera que Bergoglio llama carta encíclica      a su manifiesto político de fidelidad al Nuevo Orden Mundial. La astucia del enemigo ha aislado la parte sana de la Iglesia, que se debate entre tener que reconocer la naturaleza subversiva de los documentos conciliares, viéndose obligada con ello a excluirlos del corpus magisterial, y tener que negar la realidad declarándolos apodícticamente ortodoxos a fin de salvaguardar la infalibilidad del Magisterio. Los dubia  supusieron una humillación para esos príncipes de la Iglesia, pero sin deshacer los nudos doctrinales que se pusieron en conocimiento del Romano Pontífice. Bergoglio no responde, precisamente porque no quiere negar ni confirmar los errores implícitos, con lo que se arriesga a ser declarado hereje y perder el pontificado. Es el mismo método que se utilizó en el Concilio, en el que la ambigüedad y el empleo de una terminología imprecisa impiden la condenación del error que se ha dado a entender. Pero cualquier jurista sabe bien que además descarada vulneración de la Ley, también es posible cometer un delito esquivándolo y utilizándolo con malos fines: Contra legem fit, quod in fraudem legis fit (lo que elude la ley es contrario a ella).

11. CONCLUSIÓN

La única manera de ganar esta batalla es volver a hacer lo que siempre ha hecho la Iglesia y dejar de hacer lo que hoy nos pide la antiglesia; es decir, lo que la Iglesia siempre ha condenado. Pongamos de nuevo a Nuestro Señor Jesucristo en el centro de la vida de la Iglesia; y antes de eso, en el centro de la vida de nuestra ciudad, de nuestra familia, de nosotros mismos. Restituyamos la corona a Nuestra Señora María Santísima, Reina y Madre de la Iglesia.

Volvamos a celebrar dignamente la sagrada liturgia tradicional, y recemos con las palabras de los santos, no con los circunloquios de los modernistas y los herejes. Volvamos a saborear los escritos de los Padres de la Iglesia y los místicos, y arrojemos a la pira las obras imbuidas de modernismo y sentimentalismo inmanentista. Apoyemos con oración y ayuda material a los muchos buenos sacerdotes que siguen siendo fieles a la verdadera Fe, y retiremos todo apoyo a los que se entienden con el mundo y sus mentiras.

Y por encima de todo –¡lo pido en nombre de Dios!– abandonemos ese complejo de inferioridad que nuestros adversarios nos han acostumbrado a aceptar; en la guerra del Señor no nos humillan a nosotros (es indudable que merecemos todas las humillaciones por nuestros pecados). No; humillan la majestad de Dios y a la Esposa del Cordero inmaculado. ¡La verdad que abrazamos no es nuestra, sino de Dios! Dejarla negar, o aceptar que deba justificare ante las herejías y errores de la antiglesia, no es un acto de humildad, sino de cobardía y pusilanimidad. Dejémonos motivar por el ejemplo de los santos mártires macabeos ante un nuevo Antioco que nos pide sacrificar a los ídolos y abandonar a Dios. Respondamos con las palabras de ellos, rogando al Señor: «Envía también ahora, oh dominador de los cielos, a tu Ángel bueno que vaya delante de nosotros, y haga conocer la fuerza de tu terrible y tremendo brazo; a fin de que queden llenos de espanto los que, blasfemando, vienen contra tu santo pueblo» (2 Mac. 15,23).

Finalizaré esta charla con un recuerdo personal. Cuando era nuncio apostólico en Nigeria, descubrí una preciosa tradición que surgió en la terrible guerra de Biafra y persiste hasta hoy. Participé personalmente en ella durante una visita pastoral a la arquidiócesis de Onitsha, y me causó una honda impresión. Se llama el rosario de los niños del barrio, y consiste en reunir a miles de niños (incluso pequeñines) de cada pueblo y barriada para rezar el Santo Rosario implorando la paz. Cada niño lleva en sus manos un pedazo de madera, como un altar en miniatura, con una imagen de Nuestra Señor y una velita encendida. 

En los días previos al 3 de noviembre, invito a todos ustedes a participar en una cruzada del Rosario, una especie de asedio de Jericó, pero no con siete trompetas confeccionadas con cuernos de carnero y tocadas por sacerdotes, sino con el Avemaría de los pequeños y los inocentes para derribar las murallas del estado profundo y la iglesia profunda.

Participemos con los niños en el Rosario de los niños del barrio implorando a la Señora vestida del Sol que se restablezca el Reino de nuestra Señora y Madre y se abrevie el eclipse que nos aflige.

Que Dios bendiga estas santas intenciones.

Monseñor Carlo María Viganò 

[1]  Padre Antonio Spadaro SJ,  Todos los hermanos, la respuesta de Francisco a la crisis de nuestro tiempo , en  hormigas , 4 de octubre de2020 ( aquí).

[2] «El pontificado de Francisco es como una bandera alzada ante los integristas católicos y los que equiparan continuidad material y tradición; la doctrina católica no sólo se desarrolla. A veces cambia mucho. Por ejemplo en lo relativo a la pena de muerte y la guerra»

https://twitter.com/Johnthemadmonk/status/1313616541385134080/photo/1

https://twitter.com/massimofaggioli/status/1313569449065222145?s=21

[3] «Debemos evitar caer en estas cuatro actitudes perversas, que desde luego no contribuyen a una investigación objetiva y un diálogo sincero y productivo para la construcción del futuro de nuestro planeta: negación, indiferencia, resignación y confianza en soluciones inadecuadas».

cfr. https://www.avvenire.it/papa/pagine/papa-su-clima-basta-negazionismi-su-riscaldamento-globale

[4] «La religión, que es la cultura que se convierte en hombre y la religión -así se evalúa- la cultura es que no puede, encontrarse. ¿Qué esta pasando? Concurso, batalla, ¿iba a ser un anatema? Esto de hecho es posible, pero claramente no es el caso. La regla de esas cosas sale del discurso del buen samaritano del exemplum allí, y que es una vieja, nuestra vida espiritual, a la que se dirige el Concilio de la razón de ello. De hecho, un inconmensurable amor por los humanos del Consejo penetró profundamente. Prometidos a considerar las necesidades humanas, que lo hacían más problemático, el hijo de esta tierra, cuanto más crece, todo nuestro estudio se dedica a este Consejo. Atribuimos el consejo al menos alabaros, nuestra humanidad en esta época de campesinos que se niegan a las verdades trascendentes, y que tienen un nuevo reconocimiento de nuestra civilización: para nosotros también, y somos mejores que los demás;». Paulo VI, Alocución en la última sesión del Concilio Ecuménico Vaticano II, 7 Diciembre de 1965,

cfr. http://www.vatican.va/content/paul-vi/it/speeches/1965/documents/hf_p-vi_spe_19651207_epilogo-concilio.html

[5] https://twitter.com/i/status/1312837860442210304

[6] Cfr. www.educationglobalcompact.org

[7]  Congregación para la Educación Católica,  Carta circular a escuelas, universidades e instituciones educativas , 10 de septiembre de septiembre de 2020, cf. http://www.educatio.va/content/dam/cec/Documenti/2020-09/IT-CONGREGATIO-LETTERA-COVID.pdf

[8]  https://www.lastampa.it/cronaca/2020/10/03/news/green-blue-la-nuova-voce-dell-igianato-sostenibile-via-con-il-papa-e-bill -puertas-1.39375988

https://remnantnewspaper.com/web/index.php/articles/item/2990-the-vatican-un-alliance-architects-of-death-and-doom

[9]  Cardenal Miguel Ángel Ayuso Guixot,  El documento sobre la fraternidad humana a raíz del Concilio Vaticano II , 3 de febrero de 2020. Ver https://www.laciviltacattolica.it/news/il-documento-sulla-fratellanza- humano-tras-el-concilio-vaticano-ii /

[10] https://www.cfnews.org.uk/bishop-schneider-pachamama-worship-in-rome-was-prepared-by-assisi-meetings/

[11] Mons. Fulton Sheen, discjrso radiofónico del 26 de enero de 1947. Cfr. https://www.tempi.it/fulton-sheen-e-linganno-del-grande-umanitario/

[12] https://www.infocatolica.com/?t=noticia&cod=38792

[13] https://twitter.com/grandeorienteit/status/1312991358886514688

[14] https://youtu.be/s8v-O_VH1xw

[15]  “ Traerás amigos alrededor de la Cátedra Apostólica. Habrás predicado una revolución con tiara y capa, caminando con la cruz y el estandarte, una revolución que solo habrá que espolear un poco para prender fuego a los cuatro rincones del mundo ”. Cfr. Jacques Cretineau-Joly,  La Iglesia Romana frente a la Revolución , París, Henri Plon, 1859 ( aquí ).

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe