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domingo, 29 de junio de 2025

martes, 17 de junio de 2025

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 24

 


CONVERSION DE BENITA

Cuenta el P. Juan Bonifacio, S. J., que hubo en Florencia una moza llamada Benita, pero no bendita, sino muy perversa, deshonesta y escandalosa. Por dicha suya, llegó a la ciudad el glorioso patriarca Santo Domingo, y ella, por mera curiosidad, quiso ir un día a un sermón que predicaba, en el cual, finalmente, la palabra divina la compungió tanto que, anegada en lágrimas se confesó con el Santo, quien no le impuso más penitencia que rezar el Rosario. Pero la infeliz, vencida del mal hábito contraído, volvió a recaer. Lo supo el Santo, fue a buscarla, y logró que se confesase otra vez, ayudando el Señor por su parte a la firmeza del propósito con una visión en que le descubrió las penas del infierno y ardiendo en él algunos hombres condenados por culpa suya, al mismo tiempo que le puso delante un libro donde estaban escritos todos sus pecados, cosa que la llenó de espanto; pero valiéndose fervorosamente de la protección de la Virgen, vio también que esta Señora le alcanzaba de Dios tiempo para llorar sus liviandades. 

Emprendió, desde luego, una vida muy ajustada; mas como nunca se le apartase de los ojos aquel proceso tan temeroso, empezó un día a decir a la Reina de los Ángeles estas palabras: «Madre amantísima, bien sé que he merecido mil veces el infierno; pero ya que misericordiosamente me habéis concedido espacio de penitencia, voy a pediros otra gracia, aunque no quiero dejar de llorar mis pecados hasta la muerte, y es que dispongáis se borren todos de aquel libro que he visto.» La Virgen Santísima se le apareció, diciéndole que para obtener lo que solicitaba había de tener de allí en adelante memoria continua de sus pecados y de la misericordia que Dios había usado con ella; que se había de acordar frecuentemente de lo mucho que el Señor había padecido por salvarla, y que, en fin, había de pensar cuántos se habían condenado con menos motivo, revelándole la condenación aquel mismo día de un muchacho de ocho años por un solo pecado grave. Obedeció Benita puntualmente, y mereció que al cabo se le apareciese también Jesucristo nuestro Redentor, y que, mostrándole aquel libro, le dijese: «Ya tus delitos quedan borrados y el libro en blanco. Escribe ahora muchos actos de caridad y demás virtudes.» Lo hizo así Benita lo que le restaba de vida; vivió hasta el fin como santa y murió felizmente.

Las Glorias de María
San Alfonso María Ligorio

sábado, 9 de septiembre de 2023

Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al Papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos - Santa Brígida



Palabras del Creador, en presencia de la Corte Celestial y de su esposa, en las que se queja de los cinco hombres que representan al papa y a sus clérigos, los laicos corruptos, los judíos y los paganos. También sobre la ayuda enviada a sus amigos, que representan a toda la humanidad y sobre la dura condena de sus enemigos. 


Yo soy el Creador de todas las cosas. Nací del Padre antes de que existiera Lucifer. Existo inseparablemente en el Padre y el Padre en mí y hay un Espíritu en ambos. Por consiguiente, hay un Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo—y no tres dioses. Yo soy el que le hizo la promesa de la herencia eterna a Abraham y conduje a mi pueblo fuera de Egipto a través de Moisés. Yo soy el que habló a través de los profetas. El padre me puso en el vientre de la Virgen, sin separarse de mí, permaneciendo conmigo inseparablemente para que la humanidad, que ha abandonado a Dios, pueda retornar a Dios a través de mi amor. 

Ahora, sin embargo, en vuestra presencia, Corte Celestial, pese a que veis y sabéis todo de mi, por el bien del conocimiento y la instrucción de esta desposada mía, que no puede percibir lo espiritual sino es por medio de lo físico, yo declaro mi pesar ante vosotros en relación de los cinco hombres aquí presentes, por ser ellos ofensivos para mí de muchas maneras. 

De la misma forma que yo, en una ocasión, incluí a todo el pueblo israelita en el nombre de Israel en la Ley, ahora mediante estos cinco hombres me refiero a todos en el mundo. El primer hombre representa al líder de la Iglesia y sus sacerdotes; el segundo, a los laicos corruptos, el tercero a los judíos, el cuarto a los paganos y el quinto a mis amigos. En lo que a ti respecta, judío, he hecho una excepción con todos los judíos que son cristianos en secreto y que me sirven en caridad sincera, conforme a la fe y en sus trabajos perfectos en secreto. En relación a ti, pagano, he hecho una excepción con todos aquellos que con gusto caminarían por la senda de mis mandamientos si tan solo supieran cómo y si fueran instruidos, los que tratan de poner en práctica todo lo que pueden y de lo que son capaces. Éstos, no serán de ninguna manera sentenciados con vosotros. 

Ahora declaro mi disgusto contigo, cabeza de mi Iglesia, tú que te sientas en mi asiento. Le concedí este asiento a Pedro y a sus sucesores para que se sentaran con una triple dignidad y autoridad: primero, para que pudieran tener el poder de atar y desatar a las almas del pecado; segundo, para que pudieran abrirle el Cielo a los penitentes; tercero, para que cerraran el Cielo a los condenados y a aquellos que me desprecian. Pero tú, que deberías estar absolviendo almas y presentándomelas, eres realmente un asesino de almas. Designé a Pedro como el pastor y el sirviente de mis ovejas, pero tú las disipas y las hieres, eres peor que Lucifer. 

Él tenía envidia de mí y no persiguió matar a nadie más que a mí, de forma que pudiera él gobernar en mi lugar. Pero tú eres lo peor en que, no sólo me matas al apartarme de ti por tu mal trabajo sino que, también, matas a las almas debido a tu mal ejemplo. Yo redimí almas con mi sangre y te las encomendé como a un amigo fiable. Pero tú se las devuelvas al enemigo del que yo las redimí. Eres más injusto que Pilatos. Él tan sólo me condenó a muerte. Pero tú no sólo me condenas como si yo fuese un pobre hombre indigno, sino que también condenas a las almas de mis elegidos y dejas libres a los culpables. Mereces menos misericordia que Judas. Él tan solo me vendió. Pero tú, no solo me vendes a mí, sino que también vendes a las almas de mis elegidos en base a tu propio provecho y vana reputación. Tú eres más abominable que los judíos. Ellos tan sólo crucificaron mi cuerpo, pero tú crucificaste y castigaste a las almas de mis elegidos para quienes tu maldad y trasgresión son más afiladas que una espada. 

Así, puesto que eres como Lucifer, más injusto que Pilatos, menos digno de misericordia que Judas y más abominable que los judíos, mi enfado contigo está justificado. El Señor dijo al segundo hombre, es decir, al que representa a los laicos: “Yo creé todas las cosas para tu uso. Tú me diste tu consentimiento a mí y Yo a ti. Tú me prometiste tu fe y me juraste que me servirías. Ahora, sin embargo, te has apartado de mí como alguien que no conoce a Dios. Te refieres a mis palabras como mentiras y a mis trabajos como carentes de sentido. Tú dices que mi voluntad y mis mandamientos son muy duros. Has violado la fe que prometiste. Has roto tu juramento y has abandonado mi Nombre. 

Te has disociado a ti mismo de la compañía de mis santos y te has integrado en la compañía de los demonios, haciéndote socio suyo. Tú no crees que ninguno merezca alabanza y honor salvo tú mismo. Consideras difícil todo lo que tiene que ver conmigo y lo que estás obligado a hacer por mí, mientras que las cosas que te gusta hacer son fáciles para ti. Es por esto que mi enfado contigo está justificado, porque tú has quebrado la fe que me prometiste en el bautismo y en adelante. Encima, me acusas de mentir sobre el amor que te he mostrado de palabra y de hecho. Dices que yo era un loco por sufrir”. 

Al tercer hombre, es decir al representante de los judíos, le dijo: “Yo comencé mi amoroso idilio contigo. Te elegí como mi pueblo, te libré de la esclavitud, te di Mi Ley, te conduje hasta la Tierra que les había prometido a tus padres y te envié profetas que te consolaran. Después, elegí una Virgen de entre vosotros y tomé de ella naturaleza humana. Mi disgusto contigo es que aún rehúsas creer en mí, diciendo: “Cristo no ha venido todavía sino que tiene que venir”. 

El Señor dijo al cuarto hombre, es decir a los paganos: “Yo te creé y te redimí para que fueras cristiano. Hice contigo todo el bien. Pero tú eres como alguien que está fuera de sus sentidos, porque no sabes lo que haces. Eres como un ciego, porque no sabes hacia dónde te diriges. Adoras a las criaturas en lugar de al Creador, a la falsedad en lugar de a la verdad. Te arrodillas ante las cosas que son inferiores a ti. Esta es la causa de mi disgusto en relación a ti”. Al quinto hombre le dijo: “¡Acércate más, amigo!” Y se dirigió directamente a la Corte Celestial: “Queridos amigos, este amigo mío representa a mis muchos amigos. Él es como un hombre cercado entre los corruptos y mantenido en un duro cautiverio. Cuando dice la verdad le arrojan piedras en la boca. Cuando hace algo bueno, le clavan una lanza en el pecho. ¡Ay, mis amigos y santos! ¿Cómo puedo soportar a esas personas y cuánto tiempo me mantendré con semejante desprecio?”. 

San Juan Bautista respondió: “Eres como un espejo inmaculado. Vemos y sabemos todas las cosas en ti como en un espejo, sin necesidad de palabras. Eres la dulzura incomparable en la que saboreamos todo lo bueno. Eres como la más afilada de las espadas y un Juez justo”. El Señor le respondió: “Amigo mío, lo que has dicho es cierto. Mis elegidos ven toda la bondad y justicia en mí. Aún los espíritus diabólicos lo hacen, aunque no en la luz sino en su propia conciencia. Como un hombre en prisión, que se aprendió las letras y aún las conoce cuando se encuentra en la oscuridad y no las ve, los demonios, pese a que no ven mi justicia a la luz de mi claridad, aún así, conocen y ven en su conciencia. Yo soy como una espada que corta en dos. Le doy a cada persona lo que él o ella merecen. Entonces, el Señor agregó, hablando al Bienaventurado Pedro: “Tú eres el fundador de la fe y de mi Iglesia. Mientras lo escucha mi Ejército, ¡declara la sentencia de estos cinco hombres!”. 

Pedro contestó: “¡Gloria y honor para Ti, Señor, por el amor que has demostrado a la tierra! ¡Que toda tu Corte te bendiga, porque Tú nos haces ver y saber en Ti todo lo que es y lo que será! Vemos y sabemos todo en Ti. Es verdaderamente justo que el primer hombre, el que se sienta en tu asiento mientras que realiza los hechos de Lucifer, vergonzosamente deba renunciar a ese asiento en el que presumió sentarse y compartir el castigo de Lucifer. La sentencia del segundo hombre es que aquél que haya abandonado la fe debe descender al infierno con la cabeza abajo y los pies arriba, por haberte despreciado a Ti, que deberías ser su cabeza y por haberse amado a sí mismo. 

La sentencia del tercero es que no verá Tu rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que los que no creen no merecen contemplar la visión de Ti. La sentencia del cuarto es que debería ser encerrado y confinado en la oscuridad, como un hombre fuera de sus sentidos. La sentencia del quinto es que deberá serle enviada ayuda” Cuando el Señor oyó esto, respondió: “Prometo por Dios, el Padre, cuya voz oyó Juan el Bautista en el Jordán, que haré justicia a éstos cinco”. 

Después, el Señor continuó, diciendo al primero de los cinco hombres: “La espada de mi severidad atravesará tu cuerpo, entrando desde lo alto de tu cabeza y penetrando tan profunda y firmemente que nunca podrá ser sacada. Tu asiento se hundirá como una piedra pesada y no cesará hasta que alcance la parte más baja de las profundidades. Tus dedos, es decir, tus consejeros, arderán en un fuego sulfuroso e inextinguible. 

Tus brazos, es decir, tus vicarios, que debieran de haber conseguido el beneficio de las almas, pero que en su lugar consiguieron provechos mundanos y honores, serán sentenciados al castigo del que habla David: ‘Que sus hijos queden huérfanos y su mujer viuda, que los extraños le arrebaten su propiedad’. ¿Qué significa ‘su mujer’ sino el alma que ha sido separada de la gloria del Cielo y que quedará viuda de Dios? ‘Sus hijos’, es decir, las virtudes que aparentaron poseer y mi gente sencilla, aquellos que se les sometieron, serán apartados de ellos. Su rango y propiedad caerá en manos de otros, y ellos heredarán la eterna vergüenza en lugar de su rango privilegiado. 

Sus mitras se hundirán en el barro del infierno y ellos mismos nunca se levantarán de él. Por ello, lo mismo que el honor y el orgullo que alcanzaron sobre otros aquí en la tierra, se hundirán en el infierno tan profundamente, más que los demás, que les será imposible levantarse. Sus extremidades, o sea, todos los sacerdotes aduladores que les secunden, serán separados de ellos y aislados, igual que una pared que se derrumba, en la que no quedará piedra sobre piedra y el cemento ya no se adherirá a las piedras. La misericordia nunca les llegará, porque mi amor nunca les calentará ni les repondrá en la eterna Mansión Celestial. En su lugar, despojados de todo bien, serán eternamente atormentados junto a sus líderes. 

Al segundo hombre, Yo le digo: Dado que tú no quieres mantenerte en la fe que me prometiste ni manifestar amor hacia mí, te enviaré un animal que procederá del torrente impetuoso para devorarte. Y, lo mismo que un torrente siempre corre hacia abajo, así el animal te llevará a las partes más bajas del infierno. Tan imposible como es para ti viajar corriente arriba contra un torrente impetuoso, igual de difícil será para ti ascender desde el infierno. 

Al tercer hombre, le digo: ‘Ya que tú, judío, no quieres creer que Yo ya he venido, por ello, cuando vuelva para el segundo juicio, no me verás en mi gloria sino en tu conciencia, y comprobarás que todo lo que te dije era verdad. Entonces ahí quedará que seas castigado como mereces’. Al cuarto hombre, le digo: ‘Como no te has ocupado de creer ni has querido saber, tu propia oscuridad será tu luz y tu corazón será iluminado para que comprendas que mis juicios son verdaderos pero, sin embargo, tú no alcanzarás la luz’. 

Al quinto hombre, le digo: ‘Haré tres cosas por ti. Primero, te llenaré internamente de mi calor. Segundo, haré que tu boca sea más fuerte y más firme que cualquier piedra, de modo que las piedras que te arrojen serán rebotadas. Tercero, te armaré con mis armas, de forma que ninguna lanza te dañará sino que todo cederá ante ti como la cera frente al fuego. 

Por tanto, ¡hazte fuerte y resiste como un hombre! Como un soldado que, en la guerra, espera la ayuda de su Señor y lucha mientras le quedan fluidos de vida, así también tú, ¡mantente firme y lucha! El Señor, tu Dios, aquél a quien nadie puede resistir, te ayudará. Y, como vosotros sois pocos en número, os daré honor y os convertiré en muchos. Mirad, amigos míos, veis estas cosas y las reconocéis en Mí y, por ello, se mantienen ante mí’. Las palabras que ahora he pronunciado se cumplirán. Aquellos hombres nunca entrarán en mi Reino mientras yo sea el Rey, a menos que enmienden sus caminos. Porque el Cielo no será sino para aquellos que se humillan a sí mismos y hacen penitencia”. Entonces, toda la corte respondió: “¡Gloria a Ti, Señor Dios, que no tienes principio ni fin!”.

Profecías y Revelaciones de Santa Brígida
Libro 1 - Capitulo 41

martes, 4 de abril de 2023

Santa Brígida: Palabras del Señor sobre la Nueva Ley (...) y sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios...

 


Palabras del Señor a la esposa sobre la adhesión a la Nueva Ley; sobre cómo esa misma Ley es ahora rechazada y desestimada por el mundo; sobre cómo los malos sacerdotes no son sacerdotes de Dios sino traidores de Dios, y acerca de su maldición y condena. 


Yo soy el Dios que, en un tiempo, fui llamado el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Yo soy el Dios que di la Ley a Moisés. Esta Ley era como una vestidura. Igual que una madre embarazada prepara los vestidos para su niño, así Dios preparó la Ley, que era como la ropa, sombra y señal de los tiempos venideros. Yo me vestí y me envolví a mí mismo con las vestiduras de la nueva Ley. Cuando un niño crece, sus ropas son cambiadas por otras nuevas. 

De igual manera, cuando las vestiduras de la Vieja Ley estaban a punto de ser abandonadas, Yo me vestí con la nueva ropa, o sea, con la Nueva Ley, y se la di a todos lo que quisieron tenerme a mí y a mi ropaje. Esta ropa no es ni muy apretada ni difícil de llevar sino que está bien proporcionada por todas partes. No obliga a las personas a ayunar o a trabajar demasiado, ni a matarse, ni a hacer nada que esté más allá de los límites de sus posibilidades, sino que es provechosa para el alma y conducente a la moderación y castigo del cuerpo. 

Porque, cuando el cuerpo se adhiere demasiado al pecado, este pecado consume al cuerpo. Dos cosas pueden hallarse en la Nueva Ley. Primera, una prudente templanza y el recto uso de todos los bienes espirituales y físicos. Segunda, una gran facilidad para mantenerse en la Ley por el hecho de que, una persona que no puede mantenerse en un estado, puede quedarse en el otro. Aquí uno puede ver que una persona que no podía vivir celibato, todavía puede vivir en un matrimonio con honor, podía levantar otra vez y seguir. Pero, ahora Mi ley esta rechazada y despreciada. 

La gente dice que la Ley es demasiado estrecha, pesada y nada atractiva. La llaman estrecha porque nos obliga a contentarnos con lo que es necesario y a abandonar lo que es superfluo. Pero ellos quieren tener de todo más allá de la razón y más de lo que el cuerpo puede acarrear, como si fueran reses. Es por esto que les parece muy apretada o estricta. En segundo lugar, dicen que es pesada porque la Ley dice que uno debe ser indulgente con los deseos de placer ateniéndose a la razón y en momentos determinados. Pero ellos quieren ser indulgentes con el placer más de lo que les conviene y más allá de lo delimitado. Tercero, dicen que no es atractiva porque la Ley les ordena que amen la humildad y que atribuyan a Dios todo lo bueno. Quieren ser orgullosos y ensalzarse a sí mismos por los buenos regalos que Dios les ha dado, y es por esto que la Ley no es atractiva para ellos. 

¡Mira cómo desprecian ellos las vestiduras que Yo les di! Yo terminé con las formas antiguas e introduje las nuevas para que duraran hasta el día en que Yo volviera para el Juicio, porque los viejos caminos eran demasiado difíciles. Pero ellos, afrentosamente, han descartado las ropas con las que Yo cubrí el alma, es decir, una fe ortodoxa. Encima de todo eso, añaden pecado a pecado porque también quieren traicionarme. ¿No dice David en el Salmo ‘Aquel que comió de mi pan planeó la traición contra mí’? Yo quiero que anotes dos cosas en estas palabras. Primero, él no dice “planea” sino “planeó”, como si fuera algo ya pasado. 

Segundo, él apunta sólo a un hombre como el traidor. Sin embargo, Yo digo que son todos aquellos que en el presente me traicionan, no los que han sido ni los que serán, sino aquellos que aún están vivos. Digo también que no es sólo una persona sino mucha gente. Pero tú me puedes preguntar: ‘¿No hay dos tipos de pan, uno invisible y espiritual en el que viven los ángeles y los santos y otro que pertenece a la tierra, mediante el cual se alimentan los hombres? ¿Pero, si ángeles y santos no desean nada que no esté de acuerdo con tu voluntad, y los hombres no pueden hacer nada que tú no aceptes, cómo pueden traicionarte?’ 

En presencia de mi Corte Celestial, que sabe y ve todo en mí, respondo por tu bien, de forma que puedas comprender: Hay, de hecho, dos tipos de pan. Uno que es de los ángeles, que comen mi pan en mi Reino y están colmados de mi gloria indescriptible. Ellos no me traicionan porque no quieren nada más que lo que yo quiero. Pero aquellos que toman mi pan en el altar me traicionan. Yo soy verdaderamente ese pan. Tres cosas se pueden percibir en ese pan: la forma, el sabor y la redondez. Yo soy, de hecho, ese pan y –al igual que el pan—tengo tres cosas en mí: sabor, forma y redondez. Sabor, porque todo es insípido, insustancial y carente de sentido sin mí, lo mismo que una comida sin pan no tiene sabor y no es nutritiva. Yo también tengo la forma del pan, en cuanto que Yo soy de la tierra. 

Soy de la Madre Virgen, mi Madre es la de Adán, Adán es de la tierra. También tengo redondez en cuanto que no existe principio ni fin, porque yo no tengo ni principio ni fin. Nadie puede encontrarle un fin o un principio a mi sabiduría, a mi poder o caridad. Yo estoy en todas las cosas, sobre todas las cosas y más allá de todas las cosas. Aún si alguien volara perpetuamente como una flecha, sin parar, nunca encontraría un final o un límite a mi poder y a mi fuerza. A través de esas cosas, sabor, forma y redondez, Yo soy el pan que parece y sabe a pan en el altar, pero que se transforma en mi cuerpo que fue crucificado. Igual que cualquier materia fácilmente inflamable es rápidamente consumida cuando se coloca en el fuego, y no queda nada de la forma de la madera sino que todo se convierte en fuego, así también sucede cuando se dicen estas palabras: 

‘Éste es mi Cuerpo’, lo que antes era pan se convierte inmediatamente en mi cuerpo. Se hace una llama, no mediante el fuego como con la madera sino mediante mi divinidad. Por ello, aquellos que comen mi pan me traicionan ¿Qué clase de asesinato puede ser más aborrecible que cuando alguien se mata a sí mismo? ¿O qué traición podría ser peor que cuando, entre dos personas unidas por un vínculo indisoluble, como una pareja de casados, una traiciona a la otra? ¿Qué hace uno de los esposos para traicionar al otro? Él le dice a ella, a modo de engaño: ‘¡Vamos a tal y tal sitio, de forma que yo pueda hacer mi porvenir contigo!’ 

Ella va con él en toda la simplicidad, preparada para satisfacer cualquier deseo de su marido. Pero, cuando él encuentra la oportunidad y el lugar, arroja contra ella tres armas traicioneras. O bien emplea algo lo suficientemente pesado como para matarla de un golpe, o lo suficientemente afilado como para rebanar exactamente sus órganos vitales, o algo tan asfixiante que sofoca directamente en ella el espíritu de vida. Entonces, cuando ella ha muerto, el traidor piensa para sus adentros: ‘Ahora he obrado mal. Si mi crimen sale a la luz y se hace público, seré condenado a muerte’. Entonces él se lleva el cuerpo de la mujer a algún lugar escondido, de forma que su pecado no sea descubierto. 

Esta es la forma en la que soy tratado por los sacerdotes que me traicionan. Porque ellos y yo estamos unidos mediante un solo vínculo cuando ellos toman el pan y, pronunciando las palabras, lo transforman en mi verdadero Cuerpo, que yo recibí de la Virgen. Ninguno de los ángeles puede hacer esto. Yo les he dado sólo a los sacerdotes esa dignidad y les he seleccionado de entre las más altas órdenes. Pero ellos me tratan como traidores. Ponen una cara feliz y complaciente para mí y me llevan a un lugar escondido en el que puedan traicionarme. Estos sacerdotes ponen cara de felicidad, aparentando ser buenos y simples. Me llevan a la cámara escondida cuando se acercan al altar. Allí Yo soy como la novia o la recién casada, dispuesta a complacer todos sus deseos y, en lugar de eso, me traicionan. 

Primero me golpean con algo pesado, cuando el Oficio Divino, que ellos recitan para mí, se vuelve pesaroso y cargante para ellos. De buena gana dirían cien palabras para el bien del mundo que una sola en mi honor. Antes darían cien lingotes de oro por el bien del mundo que un solo céntimo en mi honor. Trabajarían cien veces por su propio beneficio antes que una sola vez en mi honor. Ellos me presionan con este pesado fardo, tanto que es como si estuviese muerto en sus corazones. En segundo lugar, me atraviesan como con una afilada cuchilla que penetra mis órganos vitales cada vez que un sacerdote sube al altar, sabiendo que ha pecado y se arrepiente, pero está firmemente decidido a volver a pecar una vez que ha terminado su oficio. Éste dice para sus adentros: ‘Yo, de hecho, me arrepiento de mi pecado, pero no pienso dejar a la mujer con la que he pecado hasta que ya no pueda pecar más’. Esto me perfora como la más afilada de las cuchillas. 

Tercero, es como si asfixiaran mi Espíritu cuando piensan para sus adentros: ‘Es bueno y agradable estar en el mundo, es bueno ser indulgente con los deseos y no me puedo contener. Haré eso mientras sea joven y, cuando me haga mayor ya me abstendré y enmendaré mis caminos. Por este perverso pensamiento ellos sofocan el espíritu de la vida. ¿Pero cómo sucede esto? Pues bien, el corazón de éstos se vuelve tan frío y tibio hacia mí y hacia cada virtud que nunca más puede ser calentado o renacer a mi amor. 

Igual que el hielo no coge fuego ni aunque se sostenga encima de una llama sino que tan solo se derrite, de la misma manera, aún si Yo les di mi gracia y ellos escuchan palabras de advertencia, no vuelven a levantarse a la forma de la vida, sino que apenas crecen estériles y flojos respecto de cada una de las virtudes. Y así me traicionan en que aparentan ser simples cuando, en realidad, no lo son, y están deprimidos y disgustados a la hora de darme la gloria, en lugar de regocijarse en ello, y también en que intentan pecar y continúan pecando hasta el final. 

También me ocultan, por decirlo de alguna manera, y me colocan en un lugar escondido, cuando piensan en sus adentros: ‘Sé que he pecado, pero si me abstengo de realizar el Oficio, seré avergonzado y todos me van a condenar’. Así que, imprudentemente, suben al altar y me manejan a mí, verdadero Dios y verdadero hombre. Estoy como si me hallara con ellos en un lugar escondido, puesto que nadie sabe ni se da cuenta de lo corruptos y sinvergüenzas que son. 

Yo, Dios, estoy ahí tendido frente a ellos como en un encubrimiento, porque, aún cuando el sacerdote es el peor de los pecadores y pronuncia estas palabras “Este es mi Cuerpo”, él aún consagra mi Verdadero Cuerpo, y Yo, Verdadero Dios y Hombre, me tiendo ahí ante él. Cuando me pone en su boca, sin embargo, Yo ya no estoy presente para él en la gracia de mis naturalezas divina y humana –sólo queda para él la forma y el sabor del pan—no porque yo no esté realmente presente para los perversos igual que para los buenos, debido a la institución del Sacramento, sino porque los buenos y los perversos no lo reciben con el mismo efecto. 

Mira, ¡esos sacerdotes no son mis sacerdotes sino, en realidad, mis traidores! Ellos también me venden y me traicionan, como Judas. Yo miro a los paganos y a los judíos pero no veo a nadie peor que estos sacerdotes, dado que han caído en el pecado de Lucifer. Ahora, déjame decirte su sentencia y a quién se asemejan. Su sentencia es la condena. David condenó a aquellos que desobedecían a Dios, no por ira o por mala voluntad ni por impaciencia sino debido a la divina justicia, porque él era un honrado profeta y rey. Yo, también, que soy mayor que David, condeno a estos sacerdotes, no por la ira ni la mala voluntad sino por la justicia. 

Maldito sea todo lo que toman de la tierra para su propio provecho, porque no alaban a su Dios y Creador que les dio esas cosas. Maldito sea el alimento y la bebida que entra por sus bocas y que alimenta sus cuerpos para que se conviertan en alimento de los gusanos y destinen sus almas al infierno. Malditos sean sus cuerpos, que se levantarán de nuevo en el infierno para ser abrasados sin fin. Malditos sean los años de sus vidas inútiles. Maldita sea su primera hora en el infierno, que nunca terminará. Malditos sean por sus ojos, que vieron la luz del Cielo. 

Malditos sean por sus oídos que oyeron mis palabras y permanecieron indiferentes. Malditos sean por su sentido del gusto, por el cual paladearon mis manjares. Malditos sean por su sentido del tacto, mediante el cual me manejaron. Malditos sean por su sentido del olfato, por el cual olieron exquisitos aromas y me descuidaron a Mí, que soy el más exquisito de todos. 

Ahora, ¿Cómo son exactamente malditos? Pues bien, su visión está maldita porque no disfrutarán de la visión de Dios en sí sino que tan solo verán sombras y castigos del infierno. Sus oídos están malditos porque ellos no oirán mis palabras sino tan sólo el clamor y los horrores del infierno. Su sentido del gusto está maldito, porque no degustarán los bienes y el gozo eternos sino la eterna amargura. Su sentido del tacto está maldito, porque no conseguirán tocarme sino tan sólo al fuego perpetuo. 

Su sentido del olfato está maldito, porque no olerán ese dulce aroma de mi Reino, que sobrepasa a todas las esencias, sino que sólo tendrán el hedor del infierno, que es más amargo que la bilis y peor que sulfuro. Sean malditos por la tierra y el cielo y por todas las bestias. Esas criaturas obedecen y glorifican a Dios, mientras que ellos le han rehuido. Por ello, Yo prometo por la verdad, Yo que soy la Verdad, que si ellos mueren así, con esa disposición, ni mi amor ni mi virtud les cubrirá. Por el contrario, serán condenados para siempre.


 Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 47

sábado, 1 de abril de 2023

La Virgen María describe la excelencia de su Hijo; y como Cristo es ahora crucificado mas duramente por los malos cristianos, que por los judíos - Santa Brígida

 


Palabras de la Madre a la esposa describiendo la excelencia de su Hijo; sobre cómo Cristo es ahora crucificado más duramente por sus enemigos, los malos cristianos, que por los judíos, y sobre cómo, en consecuencia, esas personas recibirán un castigo más duro y amargo. 


La Madre dijo: “Mi Hijo tuvo tres bondades. La primera fue que nadie tuvo jamás un cuerpo tan refinado como Él, al tener Él dos naturalezas perfectas, una divina y otra humana. Él fue tan puro que, igual que no se puede encontrar ni una mota en un ojo cristalino, ni una sola deformidad podía hallarse en su cuerpo. La segunda bondad fue que Él nunca pecó. Otros niños, a veces, cargan con los pecados de sus padres, además de los suyos propios. Este niño, que nunca pecó, cargó con los pecados de todos. La tercera bondad fue que, mientras que algunas personas mueren por Dios y por una mayor recompensa, Él murió tanto por sus enemigos como por mí y sus amigos. 

Cuando sus enemigos lo crucificaron, le hicieron cuatro cosas. En primer lugar, lo coronaron de espinas. En segundo lugar, clavaron sus manos y pies. Tercero, le dieron hiel para beber y, cuarto, traspasaron su costado. Pero mi dolor es que sus enemigos, que ahora están en el mundo, crucifican a mi Hijo más duramente de lo que lo hicieron los judíos. Aunque podrías decir que Él no puede sufrir y morir ahora, aún lo crucifican a través de sus vicios. Un hombre puede lanzar insultos e injurias sobre la imagen de un enemigo suyo y, aunque la imagen no sintiera el daño, el perpetrador sería acusado y sentenciado por su maliciosa intención de injuriar.

Igualmente, los vicios por los que crucifican a mi Hijo, en un sentido espiritual, son más abominables y más serios para Él que los vicios de quienes lo crucificaron en el cuerpo. Pero puedes preguntar ‘¿Cómo lo crucifican?’ Bien, primero lo colocan sobre la cruz que han preparado para Él. Esto es, cuando no tienen en cuenta los preceptos de su Creador y Señor. Después lo deshonran cuando Él les advierte, a través de sus siervos, que han de servirle, y ellos desoyen las advertencias y hacen lo que les apetece. Crucifican su mano derecha confundiendo justicia e injusticia al decir: ‘El pecado no es tan grave ni odioso para Dios como se dice, ni Dios castiga a nadie para siempre sino que sus amenazas son para asustarnos. 

¿Por qué habría de redimirnos si quisiera que muriésemos?’ Ellos no consideran que hasta el más mínimo pecado, en el que una persona se deleite, es suficiente para entregarle a él o a ella al castigo eterno. Puesto que Dios no deja ni que el más mínimo de los pecados quede sin castigo, ni el mínimo bien sin recompensa, ellos serán castigados siempre que mantengan la intención constante de pecar y mi Hijo, que ve sus corazones, cuenta eso como un acto. Pues si mi Hijo se lo permitiera, ellos obrarían según sus intenciones. 

Crucifican su mano izquierda convirtiendo la virtud en vicio. Quieren continuar pecando hasta el fin, diciendo: ‘Si, al final, una vez, decimos “¡Dios, ten misericordia de mí!”, la misericordia de Dios es tan grande que el nos perdonará’. El querer pecar sin enmendarse, querer la recompensa sin luchar por ella, no es virtud, a menos que haya algo de contrición en su corazón o a menos que la persona desee realmente enmendar su camino, siempre que no se lo impida una enfermedad o cualquier otra condición. 

Crucifican sus pies complaciéndose en el pecado, sin pensar ni una sola vez en el amarguísimo castigo de mi Hijo, ni darle las gracias de corazón, diciendo: ‘¡Señor, qué amargamente has sufrido! ¡Alabado seas por tu muerte!’ Tales palabras nunca sale de sus labios. Lo coronan con una corona de irrisión al burlarse de sus siervos y considerar inútil su servicio. Le dan hiel a beber cuando se regodean y complacen en pecar. Nunca sienten en el corazón lo serio y múltiple que es el pecado. Le traspasan el costado cuando tienen la intención de perseverar en el pecado. 

Te digo en verdad, y se lo puedes decir a mis amigos, que para mi Hijo esas personas son más injustas que aquellos que lo sentenciaron, peores enemigos que aquellos que lo crucificaron, más faltos de vergüenza que quienes lo vendieron. A ellos les espera mayor castigo que a los otros. De hecho, Pilatos supo muy bien que mi Hijo no había pecado y que no merecía la muerte. Sin embargo, por temor a perder el poder temporalmente y por la insistencia de los judíos, aún reacio, tuvo que sentenciar a muerte a mi Hijo. ¿Qué temerían estas personas si lo sirvieran? ¿O qué honor o privilegio perderían si lo honrasen? 

Ellos recibirán, pues, una más dura sentencia, por ser peores que Pilatos en la consideración de mi Hijo. Pilatos lo sentenció por temor, sometiéndose a la petición e intenciones de otros. Estas personas lo sentencian por su propio beneficio y sin temor alguno, deshonrándolo por el pecado del que podrían abstenerse, si así lo quisieran. Pero ellos no se abstienen de pecar ni se avergüenzan de haber cometido pecados, pues no toman en consideración que no merecen ni la mínima consideración de aquél a quien ellos no sirven. Son peores que Judas, pues Judas, después de haber traicionado al Señor, reconoció que Jesús era el mismo Dios y que él había pecado gravemente contra Él. 

Se desesperó, sin embargo, y se precipitó hasta el infierno, pensando que ya no merecía vivir. Pero estas personas reconocen su pecado y, aún así, perseveran en él sin arrepentimiento en sus corazones. Más bien, desean arrebatarle a Dios el reino de los cielos por una especie de fuerza y violencia, creyendo que lo pueden conseguir, no por sus hechos sino por una vana esperanza, vana porque no se le dará a nadie más que a los que trabajan y hacen algún sacrificio para el Señor. Son peores que los que lo crucificaron. Cuando vieron las buenas obras de mi Hijo, como la resurrección de la muerte o la curación de leprosos, pensaron en sus adentros: ‘Este obra maravillas inauditas e inusitadas, superando a todos a voluntad con sólo una palabra, conociendo nuestros pensamientos, haciendo todo lo que desea. 

Si continúa así, tendremos que someternos a su poder y hacernos siervos suyos’. Por ello, en lugar de someterse Él, lo crucifican con su envidia. Pero si supieran que Él es el Rey de la Gloria nunca lo habrían crucificado. Por otro lado, estas personas ven cada día sus grandes obras y milagros y se aprovechan de su bondad. Escuchan cómo tienen que servirlo y se acercan a Él, pero en sus adentros piensan: ‘Sería duro e insoportable renunciar a nuestros bienes temporales para hacer su voluntad y no la nuestra’ Por ello, desprecian la voluntad de Él, colocan por encima sus deseos egoístas y crucifican a mi Hijo por su terquedad, acumulando pecado sobre pecado contra su propia conciencia. 

Son peores que sus verdugos, pues los judíos actuaron por envidia y porque no sabían que Él era Dios. Estos, sin embargo, saben que es Dios y, por maldad, por presunción y codicia, lo crucifican en un sentido espiritual más duramente que los que crucificaron físicamente su cuerpo, pues estas personas ya han sido redimidas y aquellos aún no lo eran. ¡Así pues, esposa, obedece y teme a mi Hijo, pues todo lo que tiene de misericordioso lo tiene también de justo!”


Profecías y Revelaciones de Santa Brígida

Libro 1 - Capítulo 37 

miércoles, 22 de febrero de 2023

PROFECIAS DE BERNHARD REMBORT

 

Estas profecías se atribuye al monje benedictino Bernhard Rembort, estaba fechada en 1783:

Los hombres serán lo suficientemente inteligentes como para hacer cosas maravillosas, que les harán olvidar a Dios cada vez más.

Se reirán de Él, porque se creerán todopoderosos, por sus coches que  recorrerán  el mundo sin ser arrastrados por bestias, hasta el punto en que las distancias se calcularán en línea recta.

Su orgullo los llevará a burlarse de las señales del cielo.

Veremos estos signos en el aire y en la tierra, pero no queremos tenerlos en cuenta.

Un hombre se levantará y despertará al mundo dormido, golpeando a los orgullosos con voz fuerte y derrocando a los burladores...

Dios castigará al mundo, lloverá veneno sobre los campos, lo que traerá una gran hambruna en el país, al punto que atravesaremos el océano por miles y miles, en busca de una patria más dulce.

Los hombres también imitarán a los pájaros; querrán volar en el aire...

También veo la arrogancia de los profanadores sacrílegos y la ruina de los herejes; tendrán un castigo severo por haberse atrevido, en su insolencia, a atacar a Dios y haber creído que su pobre inteligencia podía sondear los designios del Todopoderoso.

Porque mientras tenían el nombre de Dios en sus labios, escondieron al diablo en sus corazones.

No importa cuánto los hombres se imaginen a sí mismos como ángeles, el diablo saldrá rápidamente a la superficie; habrán querido crear un nuevo reino de Cristo, del cual la fe sería desterrada por completo.

La gente piensa que no importa si ir o no a la iglesia; cultivan todos los vicios, como en un vivero; se llaman a sí mismos los siervos de Dios y son esclavos del útero; hacen una religión del placer, toman una esposa, luego dos...

Pero, en última instancia, Pedro se indignará, porque la paciencia del cielo tiene límites.

Los límites de su maldad no se extenderán más.

Colonia será el escenario de una terrible batalla.

Muchos extranjeros serán masacrados allí.

Tanto hombres como mujeres lucharán por su fe.

Caminaremos por las calles con sangre hasta los tobillos.

Finalmente, aparecerá un rey extranjero y obtendrá una victoria para los justos.

Lo que quede de los enemigos huirá a los abedules. Allí se librará una última batalla por la causa de los justos.

(Encontramos esta batalla de los abedules en otras profecías germánicas)

En ese momento, Francia estará muy dividida.

Alemania elegirá a un hombre muy sencillo y lo colocará en el trono.

Pero solo  reinará por  poco tiempo.

Cuando el monarca alemán emprenda la huida, quien lleve su corona por él será el hombre que el mundo espera.

Se le llamará Emperador Romano y restaurará la paz en el mundo.


Fuentes

"La Revue de Paris", Edición  La Revue de Paris (París),  1894-1970

"Das steht der Welt noch bevor", Anton Angerer, Mediatrix-Verlag, 2001

"Deutsches Volksblatt , volumen 31, números 11041 a

 11071", E. Vergani, 1919

"Spielbähn-Geschichten: Die anmaßlichen Vorsagungen" de Bernhard Rembold oder Spielbähn ". (Historias de Spielbahn: el vidente arrogante), Helmut Fischer

https://propheties.jimdofree.com/bernhard-rembort/

martes, 13 de diciembre de 2022

viernes, 12 de agosto de 2022

martes, 9 de agosto de 2022

EL PEQUEÑO NUMERO DE LOS QUE SE SALVAN - SAN LEONARDO DE PORTO MAURICIO






El pequeño número de los que se salvan 
Por San Leonardo de Porto Mauricio


San Leonardo de Porto Mauricio fue un fraile franciscano muy santo que vivió en el monasterio de San Buenaventura en Roma. Él fue uno de los más grandes misioneros en la historia de la Iglesia. Solía predicar a miles de personas en las plazas de cada ciudad y pueblo donde las iglesias no podían albergar a sus oyentes. Tan brillante y santa era su elocuencia que una vez cuando realizó una misión de dos semanas en Roma, el Papa y el Colegio de Cardenales fueron a oírle. La Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen, la adoración del Santísimo Sacramento y la veneración del Sagrado Corazón de Jesús fueron sus cruzadas. No fue en pequeña medida responsable de la definición de la Inmaculada Concepción hecha poco más de cien años después de su muerte. También nos dio las Alabanzas Divinas, que se dicen al final de la Bendición. Pero el trabajo más famoso de San Leonardo fue su devoción a las Estaciones de la Cruz. Tuvo una muerte santa a sus setenta y cinco años, después de veinticuatro años de predicación sin interrupciones. Uno de los sermones más famosos de San Leonardo de Porto Mauricio fue “El Pequeño Número de los Que Se Salvan.” Fue en el que se basó para la conversión de grandes pecadores. Este sermón, así como sus otros escritos, fue sometido a examen canónico durante el proceso de canonización. En él se examinan los diferentes estados de vida de los cristianos, y concluye con el pequeño número de los que se salvan, en relación a la totalidad de los hombres. El lector que medite sobre éste notable texto aprovechará la solidez de su argumentación, la cual le ha valido la aprobación de la Iglesia. Aquí está el vibrante y conmovedor sermón de éste gran misionero.



Introducción:

Hermanos, por el amor que tengo por vosotros, desearía ser capaz de aseguraros con la perspectiva de la felicidad eterna a cada uno de vosotros diciéndoos: Es seguro que irás al paraíso; el mayor número de los cristianos se salva, por lo que también tú te salvarás. ¿Pero cómo puedo daros esta dulce garantía si os rebeláis contra los decretos de Dios como si fuerais sus propios peores enemigos? Observo en Dios un deseo sincero de salvaros, pero encuentro en vosotros una inclinación decidida a ser condenados. Entonces, ¿qué voy a hacer hoy si hablo con claridad? Seré desagradable para vosotros. Pero si no hablo, seré desagradable para Dios.


Por lo tanto, voy a dividir éste tema en dos puntos. En el primero, para llenaros de terror, voy a dejar que los teólogos y los Padres de la Iglesia decidan sobre el tema y declaren que el mayor número de los cristianos adultos son condenados; y, en adoración silenciosa de ese terrible misterio, mantendré mis sentimientos para mí mismo. En el segundo punto trataré de defender la bondad de Dios con los impíos, al demostraros que los que son condenados son condenados por su propia malicia, porque querían ser condenados. Así entonces, aquí hay dos verdades muy importantes. Si la primera verdad os asusta, no me guardéis rencor, como si yo quisiera hacer el camino hacia el Cielo más estrecho para vosotros, porque quiero ser neutral en éste asunto; sino más bien guardarle rencor a los teólogos y a los Padres de la Iglesia, quienes grabarán esta verdad en vuestros corazones con la fuerza de la razón. Si vosotros sois desilusionados por la segunda verdad, dad gracias a Dios por esta, pues Él sólo quiere una cosa: que le deis vuestros corazones totalmente a Él. Por último, si me obligáis a decir claramente lo que pienso, lo haré para vuestro consuelo.


La enseñanza de los Padres de la Iglesia:

No es vana curiosidad, sino más bien una precaución saludable proclamar desde lo alto del púlpito ciertas verdades que sirven maravillosamente para contener la indolencia de los libertinos, que siempre están hablando de la misericordia de Dios y de lo fácil que es convertirse, que viven sumidos en toda clase de pecados y se quedan profundamente dormidos en el camino al infierno. Para desilusionarlos y para despertarlos de su letargo, hoy vamos a examinar esta gran pregunta: ¿Es el número de cristianos que se salva mayor que el número de cristianos que se condena?

Almas piadosas, pueden irse; éste sermón no es para vosotros. Su único propósito es contener el orgullo de los libertinos que echan el santo temor de Dios fuera de su corazón y unen sus fuerzas con las del diablo. Para resolver esta duda, pongamos a los Padres de la Iglesia, tanto griegos como latinos, por un lado; por el otro, a los teólogos más sabios e historiadores más eruditos; y dejemos la Biblia en el centro para que todos la vean. Ahora, no escuchéis lo que yo voy a decir – pues ya he dicho que no quiero hablar por mí mismo o decidir sobre la materia -, sino más bien escuchad lo que estas grandes mentes tienen que deciros, ellos que son faros en la Iglesia de Dios para dar luz a los demás para que no perdáis el camino al Cielo. De esta manera, guiados por la triple luz de la fe, la autoridad y la razón, vamos a ser capaces de resolver este grave asunto con certeza.


Notad bien que no se trata aquí de la raza humana en su conjunto, ni de todos los católicos sin distinción, sino sólo de los católicos adultos, que tienen libertad de elección y por tanto son capaces de cooperar en el gran asunto de su salvación. Primero consultemos a los teólogos reconocidos por examinar las cosas con más cuidado y no exagerar en su enseñanza; escuchemos a dos sabios cardenales, Cayetano y Belarmino. Ellos enseñan que el mayor número de los cristianos adultos son condenados. Citaré también a Suárez. Después de consultar a todos los teólogos y de hacer un estudio diligente del asunto, escribió, “El sentimiento más común que se tiene es que, entre los cristianos, hay más almas condenadas que almas predestinadas.”


Añadid la autoridad de los padres griegos y latinos a la de los teólogos, y vosotros encontraréis que casi todos dicen lo mismo. Éste es el sentimiento de San Teodoro, San Basilio, San Efrén y San Juan Crisóstomo. Es más, según Baronio era una opinión común entre los padres griegos que esta verdad fue expresamente revelada a San Simeón Estilita y que después de esta revelación, fue para asegurar su salvación que él decidió vivir en lo alto de un pilar durante cuarenta años, expuesto a la intemperie, un modelo de penitencia y de santidad para todos. Ahora consultemos a los Padres latinos. Vosotros escucharéis a San Gregorio diciendo claramente: “Muchos alcanzan la fe, pero pocos hasta el reino celestial.” San Anselmo declara: “Hay pocos que se salvan.” San Agustín afirma aún más claramente: “Por lo tanto, pocos se salvan en comparación de aquellos que son condenados“. El más terrible, sin embargo, es San Jerónimo. Al final de su vida, en presencia de sus discípulos, él dijo estas terribles palabras: “Fuera de cien mil personas cuyas vidas han sido siempre malas, encontrarán apenas una que es digna de indulgencia.”

Las palabras de la Sagrada Escritura:

Pero ¿por qué buscar las opiniones de los Padres y teólogos, cuando la Sagrada Escritura resuelve la pregunta con tanta claridad? Buscad en el Antiguo y Nuevo Testamento, y vosotros encontraréis una multitud de figuras, símbolos y palabras que señalan claramente esta verdad: muy pocos se salvan. En el tiempo de Noé, la raza humana entera quedó sumergida por el Diluvio, y sólo ocho personas fueron salvadas en el Arca. San Pedro dice: “Esta arca, es la figura de la Iglesia“, mientras que San Agustín, añade, “Y estas ocho personas que se salvaron significa que muy pocos cristianos se salvan, porque son muy pocos los que sinceramente renuncian al mundo, y aquellos que renuncian al mundo sólo con palabras no pertenecen al misterio que representa esta arca.” La Biblia también nos dice que sólo dos hebreos de cada dos millones entraron en la Tierra Prometida después de salir de Egipto, y que sólo cuatro escaparon del fuego de Sodoma y de las otras ciudades que se incendiaron y perecieron con ésta. Todo esto significa que el número de los condenados que será arrojado al fuego como paja es mucho mayor que la de los salvados, que el Padre celestial un día reunirá en Sus graneros, como trigo precioso.


No acabaría si yo tuviera que señalar todas las figuras, por las que la Sagrada Escritura confirma esta verdad; contentémonos con escuchar al oráculo viviente de la Sabiduría Encarnada. ¿Qué le respondió Nuestro Señor a aquel hombre curioso en el Evangelio que le preguntó: “Señor, ¿son pocos los que se salvan?“. ¿Guardó silencio? ¿Respondió con dificultad? ¿Ocultó su pensamiento por temor a asustar a la gente? No. Interrogado por uno solo, se dirigió a todos los presentes. Les dijo: “¿Vosotros me preguntáis si sólo unos pocos se salvan?”. He aquí mi respuesta: “Esforzaos por entrar por la puerta angosta; porque muchos, os digo, tratarán de entrar y no podrán.” ¿Quién habla aquí? Es el Hijo de Dios, la Verdad Eterna, que en otra ocasión, dice aún más claro: “Muchos son los llamados, pero pocos los escogidos.” Él no dice que todos son llamados y que, de todos los hombres, pocos son los elegidos, sino que muchos son los llamados; lo que significa, como San Gregorio explica, que de todos los hombres, muchos son los llamados a la Verdadera Religión, pero de ellos pocos se salvan. Hermanos, estas son las palabras de Nuestro Señor Jesucristo. ¿Son claras? Son verdaderas

La salvación en los diferentes Estados de Vida:

Pero, ¡ah!, veo que al hablar de esta manera a todos en general, me salgo de mi punto. Así que vamos a aplicar esta verdad a varios estados de vida. ¿Hay algún estado en el mundo más favorable a la inocencia en la que la salvación parece más fácil y del cual la gente tiene una idea más elevada que la de los sacerdotes, los lugartenientes de Dios? A primera vista, quién no creería que la mayoría de ellos no sólo son buenos sino incluso perfectos; sin embargo, estoy horrorizado cuando escucho a San Jerónimo declarar que aunque el mundo está lleno de sacerdotes, apenas uno de cada cien está viviendo en un manera conforme con su estado; cuando oigo a un siervo de Dios diciendo que ha aprendido por revelación que el número de sacerdotes que caen en el infierno cada día es tan grande que le parece imposible que quede alguno en la tierra; cuando oigo a San Juan Crisóstomo exclamando con lágrimas en sus ojos, “no creo que muchos sacerdotes se salven; yo creo lo contrario, que el número de los que son condenados es mayor.”


Mira aún más alto, y mira a los prelados de la Santa Iglesia, pastores que tienen a cargo las almas. ¿Es el número de los que se salvan entre ellos mayor al número de los que son condenados? Escuchad a Cantimpré y sacad vosotros mismos las conclusiones. Hubo un sínodo que se celebró en París, y un gran número de obispos y pastores que tenían a cargo las almas estuvieron presentes; el rey y los príncipes también fueron a añadir lustre a esa asamblea con su presencia. Un famoso predicador fue invitado a predicar. Mientras estaba preparando su sermón, un horrible demonio se le apareció y le dijo: “Pon tus libros a un lado. Si quieres dar un sermón que será útil para los príncipes y prelados, alégrate con decirles esto de nuestra parte, ‘Nosotros los príncipes de las tinieblas les agradecemos, príncipes, prelados y pastores de almas, que debido a su negligencia, la mayor parte de los fieles son condenados; además, estamos guardando una recompensa para vosotros por éste favor, cuando vosotros estéis con nosotros en el Infierno.”

¡Ay de vosotros que mandáis a otros! Si tantos son condenados por vuestra culpa, ¿qué va a pasar con vosotros? Si pocos de los que son primeros en la Iglesia de Dios se salvan, ¿qué va a pasar con vosotros? Tomemos todos los estados, ambos sexos, todas las condiciones: esposos, esposas, viudas, mujeres jóvenes, hombres jóvenes, soldados, comerciantes, artesanos, pobres y ricos, nobles y plebeyos. ¿Qué podemos decir acerca de todas estas personas que están viviendo tan mal? El siguiente relato de San Vicente Ferrer os mostrará una realidad muy trágica. Relata que un archidiácono en Lyon renunció a su cargo y se retiró a un lugar desierto para hacer penitencia, y que murió el mismo día y hora que San Bernardo. Después de su muerte, se le apareció a su obispo y le dijo: “Sepa, Monseñor, que en el mismo momento que morí, treinta y tres mil personas también murieron. De esta cifra, Bernardo y yo fuimos al Cielo sin demora, tres se fueron al purgatorio, y todos los demás cayeron en el Infierno.”

Nuestras crónicas relatan un suceso aún más terrible. Uno de nuestros hermanos, bien conocido por su doctrina y santidad, estaba predicando en Alemania. Representó la fealdad del pecado de impureza tan fuertemente que una mujer cayó muerta de tristeza en frente de todos. Luego, volviendo a la vida, dijo, “Cuando fui presentada ante el Tribunal de Dios, sesenta mil personas llegaron al mismo tiempo de todas partes del mundo; de ese número, tres fueron salvadas al ir al purgatorio, y todo el resto fueron condenadas.”

¡Oh abismo de los juicios de Dios! ¡Fuera de treinta mil, sólo cinco se salvaron! ¡Y fuera de sesenta mil, sólo tres se fueron al Cielo! Vosotros pecadores que me estáis escuchando, ¿en qué categoría vais a ser numerados?… ¿Qué decís?… ¿Qué pensáis?…

Veo a casi todos vosotros bajar la cabeza, llenos de asombro y horror. Pero vamos a poner nuestro estupor a un lado, y en lugar de halagarnos a nosotros mismos, tratemos de sacar algún provecho de nuestro miedo. ¿No es cierto que hay dos caminos que conducen al Cielo: la inocencia y el arrepentimiento? Ahora, si os muestro que muy pocos toman uno de estos dos caminos, como personas racionales llegaréis a la conclusión de que muy pocos se salvan. Y para mencionar las pruebas: ¿en qué edad, empleo o condición encontraréis que el número de los malos no es cien veces mayor al de los buenos?, y sobre el cual uno podría decir, “Los buenos son tan raros y los malvados son tan grandes en número“. Podríamos decir de nuestro tiempo lo que Salviano dijo del suyo: Es más fácil encontrar una innumerable multitud de pecadores, inmersos en toda clase de iniquidades que a unos pocos hombres inocentes. ¿Cuántos servidores son totalmente honestos y fieles en sus funciones?, ¿cuántos comerciantes son justos y equitativos en su comercio?, ¿cuántos artesanos exactos y veraces?, ¿cuántos vendedores desinteresados y sinceros?, ¿cuántos hombres de la ley no abandonan la equidad?, ¿cuántos soldados no pisan al inocente?, ¿cuántos señores no retienen injustamente el salario de quienes les sirven, o no tratan de dominar a sus inferiores? En todas partes, los buenos son raros y los malvados en gran número. ¿Quién no sabe que hoy en día hay tanto libertinaje entre los hombres maduros, libertad entre las jóvenes, vanidad entre las mujeres, sensualidad en la nobleza, corrupción en la clase media, disolución en el pueblo, impudencia entre los pobres?, que uno podría decir lo que David dijo de su época: “Todos por igual se han ido por mal camino… no hay ni siquiera uno que haga el bien, ni siquiera uno“.

Id a la calle y a la plaza, al palacio y a la casa, a la ciudad y al campo e incluso al templo de Dios. ¿Dónde se encuentra la virtud? “¡Ay!” grita Salviano, “salvo por un número muy pequeño que huye del mal, ¿qué es la asamblea de los cristianos si no un sumidero de vicio?“. Todo lo que podemos encontrar en todas partes es el egoísmo, la ambición, la gula y el lujo. ¿No está la mayor proporción de hombres contaminados con el vicio de la impureza?, ¿y no está San Juan correcto al decir: “El mundo entero – si algo tan atroz se podría decir así- está sentado en la perversión“? Yo no soy el que os dice esto; la razón os obliga a creer que de aquellos que viven tan mal, muy pocos se salvan.

Pero vosotros diréis: ¿Puede la penitencia reparar la pérdida de la inocencia? Eso es cierto, lo admito. Pero también sé que la penitencia es muy difícil en la práctica, hemos perdido la costumbre de manera tan completa, y es tan maltratada por los pecadores, que esto sólo debería ser suficiente para convenceros de que muy pocos se salvan por éste camino. ¡Oh, cuán empinada, estrecha, espinosa, horrible de ver y difícil de escalar que es! Dondequiera que miremos, vemos rastros de sangre y cosas que atraen tristes recuerdos. Muchos se debilitan a la vista de ella. Muchos se retiran al primer momento. Muchos caen de cansancio en el medio, y muchos se rinden miserablemente al final. ¡Y cuán pocos son los que perseveran en ella hasta la muerte! San Ambrosio dice que es más fácil encontrar hombres que han mantenido su inocencia que encontrar hombres que han hecho penitencia apropiada.

Si se considera el sacramento de la penitencia, ¡hay tantas confesiones distorsionadas, tantas excusas estudiadas, tantos arrepentimientos engañosos, tantas falsas promesas, tantas resoluciones inútiles, tantas absoluciones inválidas! ¿Se considera como válida la confesión de alguien que se acusa de pecados de impureza y todavía se aferra a la ocasión de ellos?, ¿o de alguien que se acusa de injusticias evidentes, sin la intención de hacer reparación alguna por ellas?, ¿o de alguien que cae de nuevo en las mismas iniquidades después de ir a la confesión? ¡Oh, los horribles abusos de tan gran sacramento! Uno se confiesa para evitar la excomunión, otro para hacer una reputación como penitente. Uno se libera de sus pecados para calmar su remordimiento, otro los oculta por vergüenza. Uno los acusa imperfectamente por malicia, otro los dice por costumbre. Uno no tiene el verdadero fin del sacramento en la mente, a otro le falta la pena necesaria, y a otro el firme propósito. Pobres confesores, ¿qué esfuerzos hacéis vosotros para atraer al mayor número de los penitentes a estos actos y resoluciones, sin los cuales la confesión es un sacrilegio, la absolución una condena y la penitencia una ilusión?


¿Dónde están ahora, los que creen que el número de los que se salvan entre los cristianos es mayor que el de los condenados y quienes, para autorizar su opinión, razonan de esta manera: la mayor parte de los católicos adultos mueren en sus camas, armados con los sacramentos de la Iglesia, por lo tanto, la mayoría de los católicos adultos se salvan? ¡Oh, qué buen razonamiento! Vosotros debéis decir exactamente lo contrario. La mayoría de los católicos adultos se confiesan mal en la muerte, por lo tanto la mayoría de ellos están condenados. Digo “en todo es más seguro”, porque, para una persona moribunda que no se ha confesado bien cuando se encontraba en buen estado de salud, será aún más difícil hacerlo cuando esté en cama con un corazón pesado, una cabeza inestable, una mente confusa; cuando se opone aún en muchos aspectos por objetos que aún viven, por ocasiones aún recientes, por hábitos adoptados, y sobre todo por los demonios que buscan todos los medios para echarlo al infierno. Ahora, si añaden a todos estos falsos penitentes todos los otros pecadores que mueren de forma inesperada en pecado, debido a la ignorancia de los médicos o por culpa de sus familiares, que mueren por envenenamiento o al ser enterrados en los terremotos, o en una caída, o en el campo de batalla, en una pelea, en una trampa, alcanzados por un rayo, quemados o ahogados, ¿no sois obligados a concluir que la mayoría de adultos cristianos son condenados? Ese es el razonamiento de San Juan Crisóstomo. Este santo dice que la mayoría de los cristianos están caminando en el camino al infierno a lo largo de su vida. ¿Por qué, entonces, estáis tan sorprendidos si decimos que el mayor número va al infierno?

La respuesta, vosotros me diréis, es que la misericordia de Dios es grande. Sí, para los que le temen, dice el Profeta, pero grande es Su justicia para los que no le temen, y condena a todos los pecadores obstinados.

Así que me diréis: Bueno, entonces, ¿para quién es el paraíso, si no es para los cristianos?. Es para los cristianos, por supuesto, pero para aquellos que no deshonran su carácter y que viven como cristianos. Además, si al número de adultos cristianos que mueren en gracia de Dios, se añade el de innumerable niños que mueren después del bautismo y antes de llegar a la edad de la razón, no se sorprenderán de que San Juan Apóstol, hablando de los que se salvan, dice, “vi una gran multitud que nadie podía contar“.

Y esto es lo que engaña a aquellos que pretenden que el número de los que se salvan entre los católicos es mayor del que los que son condenados… Si a ese número, se añade el de los adultos que han mantenido el manto de la inocencia, o que después de haberlo manchado, lo han lavado en las lágrimas de la penitencia, es cierto que se salva un mayor número; y que explica las palabras de San Juan, “Yo vi una gran multitud“, y estas otras palabras de nuestro Señor, “Muchos vendrán de oriente y de occidente, y harán fiesta con Abraham, Isaac y Jacob en el Reino de los Cielos“, y las otras figuras que suelen citarse a favor de esa opinión. Pero si estamos hablando de los cristianos adultos, la experiencia, la razón, la autoridad, la propiedad y la Escritura, todos están de acuerdo en aprobar que el mayor número es condenado. No creas que por esto, el paraíso está vacío; por el contrario, es un reino muy poblado. Y si los condenados son “tan numerosos como la arena en el mar“, los salvados son “tan numerosos como las estrellas del cielo“, es decir, tanto el uno como el otro son innumerables, aunque en proporciones muy diferentes.

Un día San Juan Crisóstomo, predicando en la catedral de Constantinopla, y teniendo en cuenta estas proporciones, no podía dejar de temblar de horror y preguntar: “Fuera de éste gran número de personas, ¿cuántos creen que se van a salvar?” Y sin esperar una respuesta, añadió, “Entre tantos miles de personas, no encontraríamos un centenar que se salvasen, e incluso dudo de los cien“. ¡Qué cosa tan horrible! El gran santo cree que de tantas personas, apenas cien se salvarían, y aún peor, no estaba seguro de esa cifra. ¿Qué os pasará a vosotros que me estáis escuchando? ¡Dios mío, no puedo pensar en esto sin estremecerme! Hermanos, el problema de la salvación es una cosa muy difícil, pues de acuerdo a las máximas de los teólogos, cuando un fin exige grandes esfuerzos, sólo unos pocos logran alcanzarlo.

Por eso, Santo Tomás, el Doctor Angelical llegó a la conclusión de que el mayor número de católicos adultos son condenados. Él dice, “Debido a que la beatitud eterna sobrepasa al estado natural, sobre todo porque ha sido privado de la gracia original, es un pequeño número el que se salva.”

Entonces, quitaos las vendas de los ojos que os ciega con el amor propio, que os impide creer una verdad tan obvia dándoles ideas muy falsas acerca de la justicia de Dios. “Padre Justo, el mundo no Te ha conocido“, dijo Nuestro Señor Jesucristo. Él no dice “Padre Todopoderoso, Bondadoso y Misericordioso“.” Dice “Padre Justo“, por lo que podemos entender que, de todos los atributos de Dios, ninguno es más conocido que Su justicia, porque los hombres se niegan a creer lo que tienen miedo a sufrir. Por lo tanto, quitaos las vendas que cubren vuestros ojos y decid entre lágrimas: ¡Ay! ¡El mayor número de católicos, el mayor número de personas que viven aquí, incluso tal vez de los que están en esta asamblea, se condenará! ¿Qué tema podría ser más merecedor de sus lágrimas?


El rey Jerjes, de pie sobre una colina, mirando a su ejército de cien mil soldados en orden de combate, y considerando que de todos ellos no habría un solo hombre vivo en cien años, no pudo contener sus lágrimas. ¿No tenemos más razón para llorar al pensar que de tantos católicos, el mayor número será condenado? ¿Acaso éste pensamiento no hará a nuestros ojos derramar ríos de lágrimas, o al menos producirá en nuestro corazón el sentimiento de compasión que sintió un hermano agustino llamado Marcelo de Santo Domingo? Un día, mientras estaba meditando sobre los sufrimientos eternos, el Señor le mostró cuántas almas se estaban yendo al infierno en ese momento y le hizo ver un camino muy amplio en el que veintidós mil reprobados fueron corriendo hacia el abismo, chocándose entre sí. El siervo de Dios se quedó estupefacto ante la visión y exclamó: “¡Oh, qué número! ¡Qué número! Y aún vienen más. ¡Oh Jesús!. ¡Oh Jesús!. ¡Qué locura!” Dejadme repetir con Jeremías: “¿Quién le dará agua a mi cabeza, y una fuente de lágrimas a mis ojos? Y lloraré día y noche por los muertos de la hija de mi pueblo.”

¡Pobres almas! ¿Cómo se puede correr tan de prisa hacia el infierno? Por amor a la piedad, deteneos y escuchadme un momento! ¿Entendéis lo que significa ser salvados y ser condenados por toda la eternidad, o no? Si vosotros entendéis y, a pesar de eso, no decidís cambiar vuestra vida hoy, hacer una buena confesión y pisotear al mundo yo digo que no tenéis fe. Saber que podemos ser salvados por toda la eternidad o ser condenados por toda la eternidad, y no hacer todo esfuerzo para evitar uno, y asegurarse del otro, es algo inconcebible.

La Bondad de Dios:

Tal vez vosotros todavía no creéis en la terrible verdad que os acabo de enseñar. Pero son la mayoría de los teólogos altamente considerados, los Padres más ilustres que han hablado a través de mí. Entonces, ¿cómo se pueden resistir a razones con el apoyo de tantos ejemplos y las palabras de la Escritura? Si vosotros aún no os decidís, a pesar de esto, y si vuestras mentes se inclinan a la opinión contraria, ¿esta consideración no basta para hacerlos temblar? Oh, ¡esto muestra que no os importa mucho su salvación! En esta importante cuestión, un hombre sensato es golpeado con más fuerza por una mínima duda del peligro que corre, que por la evidencia de la ruina total en otros asuntos en los que el alma no está implicada. Uno de nuestros hermanos, Giles de Asís, tenía la costumbre de decir que si un sólo hombre iba a ser condenado, él haría todo lo posible para asegurarse de que no fuera ese hombre.

Entonces, ¿qué debemos hacer nosotros que sabemos que la mayor parte va a ser condenada, y no sólo de todos los católicos? ¿Qué debemos hacer? Tomar la resolución de pertenecer al pequeño número de los que se salvan. Vosotros diréis: Si Cristo quería condenarme, ¿entonces por qué me creó? ¡Silencio, lengua precipitada! Dios no creó a nadie para condenarlo; sino que aquel que está condenado, está condenado porque quiere estarlo. Por lo tanto, voy a tratar de defender la bondad de mi Dios y de absolverla de toda culpa

Antes de continuar, vamos a reunir a un lado todos los libros y todas las herejías de Lutero y Calvino, y en el otro lado los libros y las herejías de los pelagianos y semipelagianos, y vamos a quemarlos. Algunos destruyen la gracia, otros la libertad, y todos están llenos de errores; así que los echamos en el fuego. Todos los condenados tienen en frente suyo el oráculo del profeta Oseas, “Tu condena proviene de ti“, de modo que podéis entender que todo el que está condenado, está condenado por su propia malicia y porque quiere estar condenado.

Primero vamos a tomar estas dos verdades innegables como base: “Dios quiere que todos los hombres se salven,” “Todos se encuentran en necesidad de la gracia de Dios“. Ahora, si me mostráis que Dios quiere salvar a todos los hombres, y que para ello les da a todos ellos Su gracia y todos los demás medios necesarios para obtener este fin sublime, estaréis obligados a aceptar que quien está condenado debe imputarlo a su propia malicia, y que si el mayor número de cristianos son condenados, es porque quiere serlo. “Tu maldición proviene de ti; tu ayuda es sólo en Mí.”

Dios quiere que todos los hombres se salven:

En un centenar de lugares en las Sagradas Escrituras, Dios nos dice que es realmente su deseo el de salvar a todos los hombres. “¿Es acaso mi voluntad que el pecador muera, y no que se convierta de sus caminos?… Vivo yo, dice el Señor. Yo no deseo la muerte del pecador. Si se convierte, vivirá“. Cuando alguien quiere algo mucho, se dice se está muriendo del deseo. Pero Dios ha querido y aún quiere nuestra salvación, tanto, que murió de deseo, y sufrió la muerte para darnos vida. Esta voluntad de salvar a todos los hombres no es por lo tanto una voluntad superficial y aparente en Dios; es una voluntad real, efectiva, y beneficiosa; porque Él nos da los medios más adecuados para ser salvos. Nos los da con la intención de que podamos obtener su efecto. Y si no lo obtenemos, se muestra afligido y ofendido por ello.
Es más, porque Dios ve que ni siquiera podemos hacer uso de Su gracia sin Su ayuda, Él nos da otras ayudas; y si continúan ineficaces, es nuestra culpa; porque con estas mismas ayudas, se puede abusar y ser condenados con ellas, más otro con ellas puede hacer el bien y ser salvo.

San Agustín exclama: “Si, por tanto, alguien se aparta de la justicia, éste es llevado por su libre voluntad, encabezada por su concupiscencia, engañado por su propia convicción“. Pero para aquellos que no entienden teología, esto es lo que les tengo que decir: Dios es tan bueno que cuando ve a un pecador corriendo a su ruina, corre detrás de él, le llama, le suplica y lo acompaña hasta las puertas del Infierno, ¿qué no hará para convertirlo?. Le envía buenas inspiraciones y pensamientos santos, y en caso de que no saque provecho de ellos, Él se enoja y se indigna, Él le persigue. ¿Le golpeará? No, Él golpea el aire y lo perdona. Pero el pecador no se convierte todavía. Dios le envía una enfermedad mortal. Sin duda, es todo para él. No, hermanos, Dios lo cura; el pecador se obstina en el mal, y Dios en su misericordia, busca otro camino; Él le da un año más, y cuando éste año pasa, es más, le concede otro.

Pero si el pecador todavía quiere arrojarse al infierno a pesar de todo esto, ¿qué hace Dios?, ¿le abandona? No, Él lo toma de la mano, y mientras que él tiene un pie en el infierno y el otro fuera, Él le predica y le implora que no abuse de Sus gracias. Ahora les pregunto, si ese hombre es condenado, ¿no es cierto que es condenado en contra de la voluntad de Dios y porque quiere ser condenado. Pecador ingrato, aprende hoy que si eres condenado, no es Dios quien tiene la culpa, sino eres tú y tu propia voluntad.

Hermanos, debéis saber que la creencia más antigua es la Ley de Dios, y que todos la llevamos escrita en nuestros corazones; que se puede aprender sin maestro, y que basta con tener la luz de la razón para conocer todos los preceptos de esta Ley. Por eso incluso los bárbaros se escondieron cuando cometieron pecado, porque sabían que estaban haciendo mal; y que son condenados por no haber observado la ley natural escrita en sus corazones: porque si la hubieran observado, Dios habría hecho un milagro en lugar de dejarlos que fueran condenados. Él les habría enviado a alguien para que les enseñara y les hubiera dado otras ayudas, de las que se hicieron indignos por no vivir en conformidad con las inspiraciones de su propia conciencia, que nunca dejó de advertirles del bien que deberían hacer y el mal que deberían evitar. Así que es su conciencia, la que los acusó en el Tribunal de Dios, y les dice constantemente en el infierno, “tu condena proviene de ti.” Ellos no saben qué responder y se ven obligados a confesar que son merecedores de su suerte. Ahora bien, si estos infieles no tienen excusa, ¿habrá alguna para un católico que tenía tantos sacramentos, tantos sermones, tantas ayudas a su disposición? ¿Cómo se atreve a decir: “Si Dios iba a condenarme, ¿por qué me ha creado?“. ¿Cómo se atrevería a hablar de esta manera, cuando Dios le da tantas ayudas para ser salvo? Así que terminemos frustrándole.

¡Vosotros, que estáis sufriendo en el abismo, contestadme! ¿Hay católicos entre vosotros? “¡Por cierto que hay!“. ¿Cuántos? Que uno de ellos venga aquí! “Eso es imposible, están demasiado abajo, y para poder hacer que ellos vengan arriba tendríamos que poner todo el infierno de cabeza; sería más fácil detener a uno de ellos que esté cayendo adentro“. Así pues, me dirijo a vosotros que vivís en el hábito de pecado mortal, en el odio, en el fango del vicio de la impureza, y que os acercáis al infierno cada día. Detente, y da la vuelta, es Jesús quien te llama y quien, con sus heridas, así como con tantas voces elocuentes, te grita: “Hijo mío, si eres condenado, sólo te puedes culpar a ti mismo: ‘Tu condenación proviene de ti.’ Alza tus ojos y ve todas las gracias con las que te he enriquecido para asegurar tu salvación eterna. Te podría haber hecho nacer en un bosque en Babaria, que es lo que hice con muchos otros, pero Yo te hice nacer en la Iglesia Católica; te puse un padre tan bueno, una madre excelente, con las más puras instrucciones y enseñanzas. Si eres condenado a pesar de esto, ¿quién tiene la culpa? Tu propia culpa es, Hijo mío, tu propia culpa: ‘Tu condenación proviene de ti‘”.


“Yo te podía haber echado en el infierno después del primer pecado mortal que cometiste, sin esperar al segundo: lo hice a tantos otros, pero fui paciente contigo, te esperé durante muchos largos años. Todavía te estoy esperando hoy en la Penitencia. Si eres condenado, a pesar de todo eso, ¿de quién es la culpa? Tu culpa es, hijo mío, tu propia culpa: ‘Tu condena proviene de ti.’ Tú sabes cuántos han muerto ante tus propios ojos y fueron condenados, ésta era una advertencia para ti. Tú sabes cuantos otros he puesto por el buen camino para darte el buen ejemplo. ¿Recuerdas lo que ese excelente confesor te dijo? Yo soy el que hizo que lo dijera. ¿No te ordenó cambiar tu vida, para hacer una buena confesión? Yo soy el que lo inspiró. ¿Recuerdas aquel sermón que tocó tu corazón? Yo soy el que te llevó ahí. Y lo que pasó entre tú y Yo en el secreto de tu corazón que nunca podrás olvidar”.

“Esas inspiraciones interiores, ese conocimiento claro, ese constante remordimiento de conciencia, ¿te atreves a negarlos? Todas estas fueron tantas ayudas de Mi gracia, porque quería salvarte. Te las di a ti porque te amaba tiernamente. Hijo mío, hijo mío, si Yo le hubiera hablado a otros con tanta ternura como me dirijo a ti hoy, ¿cuántas almas hubieran vuelto al camino correcto? Y tú… me das la espalda. Escucha lo que te voy a decir, pues estas son mis últimas palabras: Tú me has costado mi sangre; si quieres ser condenado a pesar de la sangre que derramé por ti, no me culpes, sólo a ti mismo te puedes acusar; y por toda la eternidad, no olvides que si eres condenado a pesar de mí, eres condenado porque quieres ser condenado: ‘Tu condena proviene de ti”.


Oh, mi buen Jesús, las piedras mismas se partirían al oír palabras tan dulces, expresiones tan tiernas. ¿Hay alguien aquí que quiera ser condenado, con tantas gracias y ayudas? Si hay uno, dejadle que me escuche, y que se resista si puede.

Pecadores os suplico de rodillas, con la sangre de Cristo y el Corazón de María, que cambiéis vuestras vidas. Volved al camino que conduce al Cielo, y haced todo lo posible por pertenecer al pequeño número de los que se salvan. Pues bien, échate a los pies de Jesucristo, y dile, con lágrimas en los ojos y el corazón contrito:

Señor, confieso que hasta ahora no he vivido como cristiano. No soy digno de ser contado entre tus elegidos. Reconozco que merezco ser condenado; pero tu misericordia es grande y lleno de confianza en tu gracia, Te digo que quiero salvar mi alma, aunque tenga que sacrificar mi fortuna, mi honor, y hasta mi vida, con tal que sea salvado. Si he sido infiel hasta ahora, me arrepiento, deploro, detesto mi infidelidad, te pido humildemente que me perdones por ello. Perdóname, buen Jesús, y también fortaléceme, para que pueda ser salvado. Te pido no la riqueza, ni el honor ni la prosperidad; te pido una sola cosa, que salves mi alma.”

Y tú, ¡oh Jesús!, ¿qué dices? ¡Oh buen Pastor, mira a la oveja descarriada que vuelve a ti; abraza a este pecador arrepentido, bendice sus suspiros y sus lágrimas.

Hermanos, a los pies de Nuestro Señor, digámosle que queremos salvar nuestra alma, cueste lo que cueste. Pongámonos todos a decirle con los ojos llenos de lágrimas, “Buen Jesús, yo quiero salvar mi alma,”. ¡Oh, benditas lágrimas, benditos suspiros!

Conclusión:

Hermanos, quiero despediros a todos vosotros consolados hoy. Así que si preguntan mi sentimiento acerca del número de los que se salvan, aquí está: si hay muchos o pocos los que se salvan, digo que todo aquel que quiere ser salvo, será salvo; y que nadie puede ser condenado si no quiere serlo. Y si bien es cierto que pocos se salvan, es porque hay pocos que viven bien.

Por lo demás, comparad estas dos opiniones: la primera afirma que son condenados el mayor número de católicos. La segunda, por el contrario, pretende que se salvan el mayor número de católicos. Imaginaos a un ángel enviado por Dios para confirmar la primera opinión, viene a decir que no sólo son la mayoría de los católicos condenados, sino que de esta reunión de todo estos aquí presentes, uno solo será salvo. Si obedeces los mandamientos de Dios, si detestas la corrupción de éste mundo, si abrazas la cruz de Jesucristo en un espíritu de penitencia, serás ese uno que se salvará.

Ahora imagínense al mismo ángel que regrese a vosotros confirmando la segunda opinión. Él os dice que no sólo son la mayor parte de los católicos salvados, sino que de todos en esta reunión, uno solo va a ser condenado y todos los demás salvados. Si después de esto, continúas con tus usuras, tus venganzas, tus acciones criminales, tus impurezas, entonces serás ése uno que será condenado. ¿Cuál es el uso de saber si muchos o pocos se salvan? San Pedro nos dice: “Esfuérzate con las buenas obras para hacer tu elección segura.” Cuando la hermana de Santo Tomás de Aquino le preguntó qué debía hacer para ir al cielo, éste dijo: “serás salva si deseas serlo.” Yo os digo lo mismo a vosotros, y aquí está la prueba de mi declaración. Nadie es condenado si no comete pecado mortal, eso es de la fe. Y nadie comete un pecado mortal, a menos que quiera: que es una proposición teológica innegable. Por lo tanto, nadie va al infierno a menos que quiera; la consecuencia es obvia. ¿Acaso eso no es suficiente para consolaros a vosotros? Llorad por los pecados del pasado, haced una buena confesión, no pequéis más en el futuro, y todos seréis salvos. ¿Por qué te atormentes así? Porque es cierto que hay que cometer pecado mortal para ir al infierno, y que para cometer pecado mortal debes de querer hacerlo, y como consecuencia, nadie va al infierno a menos que quiera. Esto no es sólo una opinión, es una verdad innegable y muy reconfortante; Dios os haga entender, y que Él los bendiga. Amén.

En las primeras normas sobre el discernimiento de espíritus, San Ignacio pone de manifiesto que es típico del espíritu del mal tranquilizar a los pecadores. Por lo tanto, debemos predicar constantemente y dar lugar a la confianza y a la esperanza en el perdón y la misericordia infinitas del Señor, para que la conversión sea fácil y su gracia omnipotente. Pero también debemos recordar que “Dios no puede ser burlado”, y que alguien que vive habitualmente en el estado de pecado mortal está en el camino a la condenación eterna.

Hay milagros de último minuto, pero a menos que sostengamos que los milagros son la generalidad de las cosas, estamos obligados a aceptar que para la mayoría de las personas que viven en el estado de pecado mortal, la condenación final es la posibilidad más probable.

La doctrina de San Leonardo de Porto Mauricio ha salvado y salvará innumerables almas hasta el fin del tiempo. Esto es lo que dice la Iglesia en la oración del Oficio Divino, Lección Sexta, hablando de la elocuencia celestial San Leonardo: Al oírle, hasta los corazones de hierro y bronce fueron fuertemente inclinados a la penitencia, con motivo de la sorprendente eficacia de la predicación y celo ardiente del predicador. Y en la oración litúrgica pedimos al Señor, “Danos Señor el poder para doblar el corazón endurecido de los pecadores“.

Éste sermón de San Leonardo de Porto Mauricio se predicó durante el reinado del Papa Benedicto XIV, que tanto amó al gran misionero.