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miércoles, 21 de febrero de 2024

Acerca de la virtud de la obediencia



Recientemente en una página que se dice católica, leí que “la santidad siempre implica la obediencia”, a lo que se le agregó: “si la obediencia no te da paz es que eres soberbio”. Dejo sentado que las expresiones se traen a colación no para significar una obediencia a la Tradición Católica, sino para prejuzgar sobre obispos, sacerdotes y religiosos que, por negarse a seguir novedades, ora se los excomulga, ora se los suspende, ora se los manda a un galpón o se los tilda de rebeldes y soberbios.

La primera de las frases, en sí, es verdadera. Pero la aplicación que se hace de la misma puede esconder engaño y falsedad, más en estos tiempos donde el modernismo te está esperando fuera de tu cama para abrazarte apenas te despiertás. Pues bien, precisamente quienes la usaron para zaherir, por caso, a Monseñor Marcel Lefevbre, son quienes la aplican engañosamente. Pues debe aclararse: ¿obediencia a qué? En otras palabras: ¿la santidad implica obedecer cualquier cosa? Para que la obediencia sea meritoria: ¿importa que sea razonable,  o importa que sea algo robótico, una sinrazón, por más que cause daños graves para las almas?

He aquí un adolescente que se va a confesar. Y en la confesión escuchamos:

  • “Padre, he faltado contra el cuarto mandamiento por desobedecer a mi padre. Me negué a golpear a mamá tal como me lo requirió papá.
  • ¡Oh, hijo! ¡Qué grave pecado cometiste! No debes volver a desobedecer a tu papá. Si él te pide que sopapees fuertemente a tu madre, tú golpea duro, hijo. Siempre recuerda que la santidad implica la obediencia.

Ciertamente estamos ante una imbecilidad manifiesta. Si un sacerdote amonestase en confesión a un penitente sosteniendo lo que quedó expuesto en el caso, tal sacerdote o está del remate listo para ser internado en un loquero, o está para que se lo mande a hacer una buena temporada de reajuste psicológico, moral y teológico con suspensión de la administración sacramental hasta que dé pruebas cabales de equilibrio mental, sana doctrina y fiable piedad, o está para que se lo expulse derechamente. Ahora, lo más tremendo no es el caso expuesto. Lo más grave es que esa locura es precisamente lo que viene haciendo el modernismo a escala gigantesca y eso hace ya más de sesenta años.

Al modernismo que hace décadas viene trabajando desde dentro de la Iglesia, podría figurárselo así: un gigante sacerdote apostata que obliga a sus hijos, so pretexto de obediencia y santidad, a golpear duramente a su Madre, la Iglesia Católica. Y cuántos, principalmente cardenales, obispos, sacerdotes y religiosos, compraron sin mayores miramientos la falsa noción de obediencia tan difundida tras Concilio Vaticano II. Lo repetiré en este escrito también: si el modernismo se ha aplicado a modificar todo (de la manera más fina posible al principio y cada vez más grosero mientras más avanzó), ¿acaso no lo iba a hacer con la obediencia? Fue dicha virtud la que más usaron y siguen usando de modo falseado, pues fue y es la obediencia el arma principal que tuvieron y tienen para rendir las mentes a los atropellos que pergeñaron y coronaron exitosamente.

¡Hasta el Principito tenía clara la noción de obediencia tal como se lee en el capítulo x! Allí se lee: «Si yo ordenara – decía habitualmente – si yo ordenara a un general convertirse en ave marina, y si el general no obedeciera, no sería la culpa del general. Sería mi culpa.» Y aún más en las siguientes palabras sienta redondamente lo principal de la obediencia: “¿Si ordenara a un general volar de una flor a otra como una mariposa, o escribir una tragedia, o convertirse en ave marina, y si el general no ejecutara la orden recibida, quién estaría en falta, él o yo? – Sería usted – dijo con firmeza el principito. – Exacto. Debe exigirse de cada uno lo que cada uno puede dar – prosiguió el rey. – La autoridad se fundamenta en primer lugar en la razón. Si ordenas a tu pueblo que se tire al mar, hará la revolución. Yo tengo el derecho de exigir obediencia porque mis órdenes son razonables.” Clarísimo: la autoridad se funda en la razón, no en el capricho, y el superior puede exigir obediencia cuando lo que ordena no implica un mal.

Por tanto, ciertamente la santidad implica la virtud de la obediencia, pero, ¿queda claro? La VIRTUD de la obediencia, no cualquier orden que quiera imponérsela bajo la denominación de obediencia. No cualquier antojo personal merece ser obedecido, y quien ejecuta cualquier cosa contrario a la virtud, por más que quiera dibujárselo bajo el nombre de obediencia no está actuando meritoriamente en la virtud. Ese tal no es una persona obediente virtuosamente, sino que es alguien obediente en una complacencia personal.  

He aquí el segundo engaño del que uno debe cuidarse, y es este: que si “la obediencia no te da paz es que eres soberbio”. Una vez más: ¿a qué se está llamando obediencia? ¿A lo que es ordenado y es razonable? ¿A cualquier capricho que un superior impone a un inferior? Pues si se trata de esto último, por más que el que se inclina ante lo ordenado cumpliéndolo sienta paz, tal cosa puede ser mero pacifismo o un fenómeno subjetivo producto de cierta ignorancia, mas no paz verdadera fruto del bien.    

Monseñor Marcel Lefebvre no fue ningún soberbio, fue un santo obispo, humildísimo y a su vez firmísimo. Un defensor de la fe, intrépido como San Atanasio, valentísimo como San Nicolás. No dio una trompada al modo en que el santo nombrado últimamente aplicó a Arrio, mas golpeó durísimamente durante años al modernismo, hasta que la Virgen María lo vino a buscar un 25 de marzo, día de la Anunciación. Digan lo que digan de él, pronto será reconocido como uno de los mayores defensores de la fe de los últimos siglos. Ya muchos abren los ojos y ven que gracias a su valentía la Tradición Católica quedó resguardada. Muchos lo siguen, aunque no lo digan por miedo o temor. Pronto se hará justicia con él, y quedará castigada la injusticia que se operó contra él, la misma que lo condenó por no inclinarse obsecuentemente contra los males del progresismo, del liberalismo, males que muchos jerarcas amantes del falso ecumenismo y otras corrupciones doctrinales no dejaron de seguir hasta que también murieron. Ya vamos por la “bendición” de parejas del mismo sexo: y veremos qué más vendrá. Cuentan que a San Nicolás de Bari, a causa del sopapo que le metió al hereje de Arrio, sus propios camaradas conciliares decidieron en castigo meterlo en prisión y quitarle las vestimentas episcopales: “- ¡Oh San Nicolás, te excediste golpeando a Arrio! –exclamaron-.” Mas por la noche, Jesucristo se le apareció al santo varón, lo felicitó y le devolvió todas las ropas episcopales que le fueron quitadas. Cuán distintos son los juicios humanos a los juicios de Dios. Poco falta, ¡muy poco!, para que las modernas sociedades vean, para su humillación, que los obispos a quienes se los tachó de separados, soberbios y rebeldes, han sido los que respetaron realmente los planes de Dios oponiéndose intrépidamente al modernismo bestial y nefasto.

Todavía hay quienes, como si fuéramos tontos, hacen flotar el fantasma de que los “lefebristas” corren suerte paraje a la de Lutero. Tal irrealidad e inverosímil imputación solo es posible planteársela a una piedra, a riesgo de que se vuelva volando contra la cabeza del que hizo el planteo, pues estoy seguro que hasta el mineral comprendería la falacia y, enojado, ejecutaría la volada. No es el santo obispo francés el que viene probando amiguismo con el protestantismo, sino que quienes reivindicaron posiciones de Lutero para escándalo de las almas y de toda la Iglesia, han sido, por caso, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y, actualmente, Francisco. Son tales pontífices quienes llevaron a cabo actos ecuménicos con los protestantes. Y Francisco lo sigue haciendo a escalas alarmantes. De modo que, por favor, un mínimo de respeto intelectual. Un mínimo de sinceridad para ver y decir‘ver’ quienes están intentando acercamientos escandalosos con los protestantes, protestantizándose cada vez más, y ‘decir’ que se están equivocando.

Hay quienes proponen una obediencia a la novedad y una apertura a lo tradicional, una amalgama que consideran lo más sano, una puesta en escena de dos universos que consideran posibles, válidos y de sana convivencia, no sin dejar de invocar que así se permanece en “comunión”. Y seguramente tal maniobra, lo adviertan o no, es una de las peores pestes corrosivas de la sana doctrina, pues la gota de veneno mezclada en el litro de agua no hace que el agua torne bueno al veneno, sino que hace que el veneno torne venenosa el agua. La novedad obra contra la comunión, ya que opera contra la universalidad eclesiástica. Se creen prudentes parados en el malabarismo, mas el malabarismo prepara la caída, por tanto no es católico. El catolicismo es intolerante con las invenciones seudocatólicas, y jamás de los jamases propició los malabarismos.  

En los tiempos que corren la virtud de la obediencia presenta algunas características fundamentales, hallándose alguna que otra paradoja: 1. Se aferra sin claudicar a la Tradición Católica. 2. No hace la más mínima concesión al modernismo. 3. Es completamente desobediente a la novedad, de ahí que es una ‘obediencia desobediente’ para confusión de la mentalidad moderna. 4. Quiere realizar lo bueno, de ahí que la desobediencia a lo malo, en realidad prueba obediencia y no desobediencia. 5. Sabe que no está frente a una virtud teologal, por tanto puede pecarse por defecto o por exceso; ya enseñó Santo Tomás que “la obediencia no es virtud teologal (…); sí es virtud moral, por ser parte de la justicia, y es medio entre el exceso y el defecto” (Suma Teológica II, II, Q, 104, artículo II, respuesta a la objeción II).  Por el contario, la obediencia moderna también denominada ‘falsa obediencia’, presenta estas características: 1. Adhiere a la novedad, sin chistar o chistando, mas a ella finalmente se somete. 2. Obra cosas contrarias  a la Tradición Católica. 3. Desobedece a la Tradición, de ahí que es ‘desobediente obediente’, y eso también para confusión de su mentalidad moderna. 4. Ejecuta el engaño, esto es, un mal, de ahí que la obediencia a lo malo, en realidad es prueba de desobediencia y no de obediencia. 5. Hace de la consabida virtud una suerte de virtud teologal, pues al parecer la cree absoluta.

Se quiere silenciar lo enseñado por el Doctor Angélico: “El exceso en ella –la obediencia- no depende de la cantidad, sino de otras circunstancias; por ejemplo, de que uno obedezca a quien no debe o en lo que no debe, como queda dicho al hablar de la religión” (ob. cit. respuesta a la objeción II). Vale decir que se peca contra la obediencia haciendo algo que se ordena pero que es indebido en materia religiosa. Lo cual, queda claro, prueba que uno ha de ver con la luz de su razón qué cosa se está ordenando hacer. Dirá También Santo Tomás: “A veces los preceptos de los superiores van contra Dios. Luego no se les debe obedecer en todo” (ob. cit. artículo v). Y notemos lo que dirige el santo italiano a los religiosos, a quienes los ataja con lo que llama la “obediencia indiscreta”, que consistiría en obedecer algo del superior contrario a lo querido por Dios, pues, dirá, si son ordenes “contrarias a Dios o contra la regla profesada (…) tal obediencia sería ilícita” (ob. cit. artículo V, respuesta a la objeción III).

El modernismo va directamente contra la expresión paulina de “hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. No la entiende. No la quiere vivir. No la quiere utilizar. La deforma. Él, como hace de la obediencia una medida que sí o sí debe cumplirse bastando que proceda de quien se tiene por superior, adquirió la costumbre de desobedecer a Dios antes que a los hombres. Hay quienes juzgarán dialécticamente lo anterior objetando que “quien obedece al superior obedece a Dios”, no advirtiendo en lo más mínimo que eso funciona para la VIRTUD de la obediencia, la cual está fundada en la razón, en el bien y en el orden (por eso puede ser virtuosa), y no en el mero capricho de quien por tenerse por autoridad ordena cosas disparatadas amparado en que debe ser obedecido. Ante lo expresado, nunca más oportunas las palabras del R.P. Leonardo Castellani: “La religión adulterada hace gala de la fama de los antiguos santos muertos; y persigue a los santos vivos (…). El actual modernismo religioso se apropia de las glorias terrenas de la Religión (…). Explotadores de la religión que plantaron otros” (El Apokalypsis, ed. Jus, México, 1967, págs. 245 y 246).

Tomás I. González Pondal

Fuente: Adelante la Fe 

jueves, 8 de octubre de 2020

Monseñor Lefebvre y el error de no morirse “a tiempo”

Con esta carta al director, y desde mis conocimientos de andar por casa, quiero hacer justicia a una figura muy vilipendiada en sus tiempos y cuyo prestigio nunca se reparó.  Con él ocurrió como con aquella anécdota de San Felipe Neri, que, para que una feligresa suya entendiera lo injusto de los juicios temerarios y lo difícil que son de reparar, le puso como penitencia que desplumara una gallina y después recogiera todas las plumas y se las llevara. Lo cual era imposible, porque las plumas ya habían volado.

La persona a la que pretendo honrar con esta carta es un joven que entra a los dieciocho años en el seminario. Ordenado sacerdote termina su doctorado en teología y comienza su trabajo pastoral.

Se une a una congregación misionera en África, donde tras unos años de duro trabajo, decide comprometerse finalmente haciendo sus votos perpetuos.

La Iglesia, segura de su buen espíritu y buen hacer, comienza a confiarle responsabilidades cada vez mayores. Lo nombran Delegado Apostólico para África y Rector del seminario. Mas adelante lo nombran Vicario Apostólico, y, un poco más tarde es ordenado obispo. El Papa honra su espléndida labor otorgándole el bien merecido título de arzobispo.  A su vez, impresionados por la calidad de su labor, los Padres de su Orden lo nombran Superior de la misma.

Sus conocimientos teológicos y su experiencia en las misiones y en la docencia eran de una calidad tan excepcional que Juan XXIII lo designa miembro de la Comisión Preparatoria del Concilio Vaticano II.

Hasta aquí, un personaje histórico de gran prestigio, de gran valor en la Iglesia, admirado por todos por su extensa e intensa labor…

Ahora, me voy a permitir jugar con la imaginación. Imaginemos que uno de esos días, al salir de una audiencia con el Papa, un coche lo atropella y muere.   Hubiera pasado a la historia como uno de los teólogos y personajes de más relevancia de los últimos tiempos…Hasta quizás se lo hubiera llevado a los altares…

Hubiera salido la noticia en los periódicos:“tras una vida ejemplar de servicio en la Iglesia muere hoy…” 

Perono tuvo esa suerte, no lo atropelló ningún coche y, nada más que por morir años más tarde en vez de recibir un homenaje recibió todo lo contrario. Todo lo que en un momento había sido motivo de alabanza por parte de la Iglesia pasó a ser peligrosidad pública; todo lo que se había considerado meses atrás una labor encomiable pasó a ser nefasta; el hombre admirado por su gran devoción en la Santa Misa y por la buena formación que impartía en el seminario pasó a ser un enemigo de la Iglesia. 

Soplaron los aires del concilio como aquel viento del norte que todos recordamos en la primera escena de la película de Mary Poppins y, como por arte de birlibirloque, lo bueno y lo santo hasta entonces se convirtió de pronto en lo malo y lo perverso de la Iglesia.

Vamos, que si Santa Teresa, San Juan de la Cruz, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Sales…hubieran sobrevivido hasta los años 60 hubieran sido también vilipendiados, desprestigiados, considerados cismáticos y un peligro para una Iglesia, que, de repente se avergüenza de su depósito doctrinal y de su culto milenario. De repente se avergüenza de los millones de paganos convertidos, a los que hubiera sido mejor respetar su religión.  De repente se olvida de toda la sangre derramada por mártires y confesores de la fe a lo largo de la historia.

Porque no hay más que leer a los santos nombrados más arriba para comprobar que su línea de pensamiento, su fe y el culto que promovían eran los mismos que propugnaba nuestro arzobispo en cuestión.

Como decía aquel cómico de la tele: “A mí, que me lo expliquen”

Monseñor Lefebvre no tuvo la suerte que tuvieron aquellos santos de morir antes de esos años convulsos, y, a partir de ese momento, comenzó su carrera hacia el desprestigio y la exclusión. Y todo por defender la doctrina de la Iglesia y sus dogmas de fe, por no apoyar unas líneas de pensamiento que, con apariencia de pastorales, terminan poniendo en tela de juicio las principales verdades de fe de la Iglesia Católica.

Yo no pertenezco a su fundación, pero es hora de hacerle justicia. Yo viví ese momento histórico, y lo recuerdo perfectamente. Por una aparente desobediencia meramente material a la autoridad eclesiástica y obedecer la voz de Dios en su interior, Monseñor Lefebvre es supuestamente excomulgado. Los medios de comunicación -principalmente los más “eclesiales”- daban miedo hablando de un obispo francés soberbio, desobediente y cismático; no paraban de injuriar, criticar, vilipendiar…

Y claro, después no pudieron recoger las plumas.

Él no se asustó. No hay que temer a los hombres sino a Dios y él sabía que no se podía perder el patrimonio santo de tantos siglos de Iglesia. Que las novedades que traían los aires del concilio no eran tales, pues la única novedad real para el hombre fue y sigue siendo la que Jesús trajo al mundo con su nacimiento, muerte y resurrección. Que, desde entonces, no hay mayor novedad ni hay novedad mejorable.

Jesús fue el que instauró ese nuevo orden mundial del que tanto se habla ahora, como si se pudiera ordenar el universo sin Jesucristo, que es su centro. Y quien busque orden por otro lado no lo encontrará, solo se encontrara cosas viejas, envidias viejas, ideologías viejas, tiranías viejas…Viejas, porque les falta la única novedad que rejuvenece cualquier idea y cualquier espíritu: la novedad del evangelio.

Lógicamente la excomunión sobre los obispos ordenados por Monseñor Lefebvre fue levantada años después, pues esa excomunión no tenía recorrido, pero de eso nunca se habló. Ni los medios de comunicación ni la misma Iglesia reparó su error y le devolvió a la obra de Monseñor Lefebvre el prestigio robado.  No nos enteramos nunca de lo que ocurrió de verdad. Nadie nos explicó que, en realidad, no hubo tal cisma, pues para que haya cisma hay que tener la intención de proclamar una jerarquía paralela a la Iglesia, cosa que Monseñor Lefebvre nunca deseó, sino todo lo contrario.

Ni hubo cisma, ni hubo separación de la Iglesia. Por cierto, que a Lutero, que sí se separó del Papa,  sí se le levantan estatuas y se celebra en la Iglesia el aniversario de su herejía. Porque hay que vivir la unidad entre los cristianos…mientras nos olvidamos de vivirla entre los mismos católicos, mientras nos negamos a vivirla con aquellos católicos que, a costa de su prestigio y posición en la Iglesia, defienden a capa y espada el evangelio de Jesucristo y las verdades de fe de la Iglesia.

Si aquella mañana de ficción Monseñor Lefebvre hubiera muerto los periódicoshubieran publicado algo así como “tras una vida ejemplar de servicio en la Iglesia muere hoy Monseñor Lefebvre, defensor de la fe, cuya intensa labor tanto en las misiones como en su país de origen…etc…etc…”

Pero no fue así. Dios le pidió que siguiera viviendo, para bien de la Iglesia y de las almas.

Hay que ver la historia con perspectiva, y, sobre todo, con humildad. Todos nos equivocamos. La Iglesia, formada por hombres, también se puede equivocar, sobre todo cuando se aparta de la Verdad revelada por Dios. Los santos cometen errores. Todos somos pecadores.

Pues seamos humildes y reconozcamos el error cometido con Monseñor Lefebvre, la injusticia cometida contra una persona que, como Dios de todo saca cosas buenas, terminó siendo mártir de la fe y ejemplo de fortaleza ante las presiones de los poderes temporales.

Una persona cuyo error fue no morirse a tiempo.

Cristina González-Alba

 Fuente: Adelante la Fe

domingo, 6 de septiembre de 2020

Mons. Viganò: Monseñor Lefebvre fue un Confesor ejemplar de la Fe


Estimado Dr. Kokx:

He leído con vivo interés su artículo titulado  Preguntas para Viganò: Su Excelencia tiene razón en cuanto al Concilio pero, ¿qué piensa que debemos hacer los católicos ahora?,  Publicado en Catholic Family News el pasado 22 de agosto ( aquí ). Por tratarse de cuestiones de grave importancia para los fieles, respondo gustoso a sus preguntas.

Me pregunta: «¿Qué significa para el arzobispo Viganò separarse de la Iglesia conciliar?» Le respondo igualmente con una pregunta: ¿Qué significa separarse de la Iglesia para los partidarios del Concilio? Aun siendo evidente que no es posible la menor comunión con quienes proponen las doctrinas adulteradas del  manifiesto ideológico conciliar,  es necesario precisar que el mero hecho de estar bautizado y pertenecer a la Iglesia de Cristo no supone adhesión a la camarilla del Concilio. Y esto también se aplica a los simples fieles ya los clérigos seculares y regulares que por diversas razones se consideran sinceramente católicos y reconocen a la Jerarquía.

Por el contrario, habría que aclarar la postura de cuantos, declarando católicos, abrazan doctrinas heterodoxas que se han difundido en los últimos decenios, conscientes de que suponen una ruptura con el Magisterio anterior. En este caso, es lícito poner en duda la verdadera pertenencia de ellos a la Iglesia Católica, en la que todavía ejercen cargos que les confieren autoridad. Una autoridad ejercida ilícitamente cuando a lo que se aspira es a obligar a los fieles a aceptar la revolución que se ha después del impuesto del Concilio.

Aclarado este punto, es evidente que no son los fieles tradicionalistas -o sea, los verdaderos católicos, según San Pío X- los que deben abandonar la Iglesia en la que tienen pleno derecho a seguir y de la cual sería una insensatez apartarse, sino los modernistas, que han usurpado el nombre de católicos precisamente porque es el único término  burocrático  que impide que se los equipare a cualquier secta herética. Pero así como no es posible reivindicar la ciudadanía de una patria con la que no se comparte lengua, derecho, fe y tradición, también es imposible que quien no comparte la fe, la moral, la liturgia y la disciplina de la Iglesia Católico pueda arrogarse el derecho a permanecer en ella y ascender grados en la Jerarquía.Esta pretensión suya les sirve para no terminar como los centenares de movimientos heréticos que a lo largo de los siglos se han creído capaces de reformar la Iglesia a su antojo, anteponiendo el orgullo a la humilde custodia de las enseñanzas recibidas de Nuestro Señor.

No cedamos, pues, a la tentación de abandonar –aunque con una indignación justificada– la Iglesia católica con el pretexto de que ha sido invadida por herejes y fornicarios; es a ellos a quienes hay que expulsar del recinto sagrado en una labor de purificación y penitencia que debe partir de cada uno de nosotros.

También es patente que hay numerosos casos en que los fieles se topan con graves problemas al frecuentar su parroquia, como también son muy escasos los templos en que se celebra la Santa Misa según el rito católico. Los horrores Que se propagan desde Hace Décadas en los muchas de Nuestras parroquias y Santuarios Hacen también imposible Asistir a Una  eucaristía  pecado Sentirse Incómodos y Poner en peligro la Propia Fe. Así como también es muy difícil obtener uno mismo y para sus hijos una formación católica, sacramentos celebrados dignamente y una formación espiritual sólida. En estos casos, los fieles laicos tienen el derecho y el deber de buscar sacerdotes, congregaciones e instituciones que sean fieles al Magisterio de siempre.Y que a la loable celebración del Rito Tradicional se añada una fiel adhesión a la doctrina y la moral sin hacer la menor concesión al Concilio.

La situación es, desde luego, demasiado compleja para los sacerdotes, que depende jerárquicamente de su obispo o su superior, pero al mismo tiempo tienen el sacrosanto derecho de seguir siendo católicos y poder celebrar según el rito católico. Si por un lado los seglares tienen más libertad de acción para elegir a qué comunidad dirigirse para oír Misa, recibir los sacramentos y formarse, aunque con menos autonomía por tener que depender de todos modos de un sacerdote, por otro lado los sacerdotes tienen menos libertad de acción al estar incardinados en una diócesis o una orden y sometidos a la autoridad eclesiástica, pero tienen más autonomía por estar en situación de decidir legítimamente celebrar la Misa y administrar los sacramentos por el Rito Tridentino. El motu proprio  Summorum pontificum recalcó que fieles y sacerdotes tienen el derecho inalienable -derecho que no se les puede negar- de servirse de la liturgia que expresa con más perfección nuestra Fe. Pero hoy en día ese derecho se debe aprovechar no sólo y no tanto para conservar el Rito extraordinario, sino para dar testimonio de adhesión al Depósito de la Fe que sólo encuentra plena correspondencia en al Rito Antiguo.

Todos los días me llegan sentidas cartas de sacerdotes que son marginados, transferidos a otra parroquia o condenados al ostracismo por su fidelidad a la Iglesia: la tentación de encontrar un punto de apoyo lejos del estrépito de los novadores es grande, pero debemos tomar ejemplo de las persecuciones que sufrieron muchos santos. Entre ellos San Atanasio, en el que tenemos un modelo de cómo hay que desempeñarse cuando se propaga la herejía y se desata la furia perseguidora. Como ha recordado muchas veces mi venerado hermano en el episcopado monseñor Athanasius Schneider, el arrianismo que afligió a la Iglesia en tiempos del santo doctor de Alejandría de Egipto estaban tan difundido entre los obispos que cualquiera hubiera creído que la Iglesia Católica iba a desaparecer del todo . Pero gracias a la fidelidad y al testimonio heroico de los pocos prelados que se mantuvieron fieles, la Iglesia supo remontarse. Sin aquel testimonio, el arrianismo no habría sido derrotado. Y sin nuestro testimonio actual, no será derrotado el modernismo y la apostasía globalista del presente pontificado.

Por tanto, no es cuestión de trabajar dentro o fuera; los viñadores son llamados a trabajar en la viña del Señor, y deben permanecer en ella aunque les cueste la vida. Los pastores son llamados a apacentar la gray del Señor, mantener alejados a los lobos rapaces y ahuyentar a los mercenarios que no se preocupan de salvar a las ovejas y los corderos.

Esta labor en muchos casos silenciosa y oculta la viene realizando la Fraternidad San Pío X, a la que hay que reconocer el mérito de no haber permitido que se apague la llama de la Tradición en un momento en el que celebrar la Misa antigua se consideraba subversivo y motivo de excomunión. Sus sacerdotes han constituido una saludable espina en el costado del Cuerpo de la Iglesia, consideró un inaceptable ejemplo para los fieles, un constante reproche para la traición cometida contra el pueblo de Dios, una opción inadmisible al nuevo rumbo trazado por el Concilio. Y si su fidelidad hizo inevitable la desobediencia al Papa al realizar las consagraciones episcopales, gracias a ellas la Fraternidad se libró de los furiosos ataques de los novadores y ha hecho posible con su existencia que se manifiestan las contradicciones y errores de la secta conciliar,  siempre amistosa hacia los herejes e idólatras e implacablemente rígida e intolerante con la Verdad católica.

Considero a monseñor Lefevbre un confesor ejemplar de la Fe, y creo que ya es palmario hasta qué punto su denuncia del Concilio y de la apostasía modernista está fundada y tiene mucha vigencia. No olvidemos que la persecución que sufrió monseñor Lefebvre por parte de la Santa Sede y los obispos de todo el mundo ha servido ante todo de elemento disuasorio para los católicos refractarios a la revolución conciliar.

Concuerdo también con todo lo que dijo SE Bernard Tissier de Mallerais sobre la presencia simultánea de dos entidades en Roma: la Iglesia de Cristo está ocupada y eclipsada por la camarilla modernista conciliar que se ha impuesto en la propia jerarquía y se vale de la autoridad de sus ministros para prevalecer en la Esposa de Cristo y madre nuestra.

La Iglesia de Cristo -que no sólo subsiste en la Iglesia Católica, sino que es exclusivamente la Iglesia Católica- está simplemente ensombrecida, eclipsada por una iglesia extraña y extravagante que se ha instalado en Roma, conforme a la visión que tuvo la beata Ana Catalina Emmerick. Convive, como la cizaña, en la Curia Romana, en las diócesis y en las parroquias. No podemos juzgar las intenciones de nuestros pastores ni dar por sentado que todos se han corrompido en la fe y la moral; por el contrario, podemos esperar que muchos de ellos, hasta ahora intimidados y silenciados, se den cuenta conforme avanzan la confusión y la apostasía del engaño de que han sido objeto y terminen por despertar de su letargo. Innumerables laicos están alzando la voz; otros habrán de seguirles necesariamente, junto a buenos sacerdotes, sin duda presentes en cada diócesis. Este despertar de la Iglesia militante -me atrevería a llamarlo resurrección- es necesario, improrrogable e inevitable; ningún hijo tolera que su madre sea objeto de ofensa por parte de los sirvientes, ni que el padre sufra la tiranía de los administradores de sus bienes. En esta situación de dolorosa, el Señor nos ofrece la oportunidad de ser sus aliados y combatir bajo su bandera en esta santa batalla. El Rey vencedor de los errores y de la muerte nos brinda la oportunidad de compartir el honor de la victoria y el premio eterno que esta comporta, tras haber padecido con él. ni que el padre sufra la tiranía de los administradores de sus bienes. En esta situación de dolorosa, el Señor nos ofrece la oportunidad de ser sus aliados y combatir bajo su bandera en esta santa batalla. El Rey vencedor de los errores y de la muerte nos brinda la oportunidad de compartir el honor de la victoria y el premio eterno que esta comporta, tras haber padecido con él. ni que el padre sufra la tiranía de los administradores de sus bienes. En esta situación de dolorosa, el Señor nos ofrece la oportunidad de ser sus aliados y combatir bajo su bandera en esta santa batalla. El Rey vencedor de los errores y de la muerte nos brinda la oportunidad de compartir el honor de la victoria y el premio eterno que esta comporta, tras haber padecido con él.

Pero para hacernos acreedores a la gloria del Cielo estamos llamados a redescubrir –en una época afeminada y desprovista de valores como el honor, la fidelidad a la palabra empeñada y el heroísmo un fundamental para todo bautizado– que la vida cristiana es una milicia, y que por el Sacramento de la Confirmación estamos llamados a ser soldados de Cristo, bajo cuya debemos combatir. Cierto es que en la mayor parte de los casos se trata de un combate esencial espiritual. Pero a lo largo de la historia hemos hecho con cuánta frecuencia, ante las violaciones de los derechos fundamentales de Dios y de la libertad de la Iglesia se ha hecho necesario empuñar las armas. Nos lo enseña la denodada resistencia a la invasión islámica en Lepanto ya las puertas de Viena, la persecución de los cristeros en México y de los católicos en España, y todavía en nuestros días la cruel guerra que se libra contra los cristianos por todo el mundo. Hoy estamos más que nunca en situación de comprender el odio teológico de los enemigos de Dios inspirados por Satanás, los ataques a todo lo que recuerde a la Cruz de Cristo: la Virtud, el Bien, la belleza, la pureza… Todo ello debe espolearnos para levantarnos en un arranque de sano orgullo para reivindicar nuestro derecho no sólo a no ser perseguidos por enemigos externos, sino también y sobre todo a tener pastores firmes y valerosos, santos y temerosos de Dios, que hagan ni menos lo que hicieron durante siglos sus predecesores: predicar el Evangelio de Cristo, convertir a los hombres y las naciones y propagar por todo el mundo el Reino del Dios vivo y verdadero.

Todos estamos llamados a realizar un gesto de fortaleza –virtud cardinal olvidada, que no por casualidad exige fuerza viril, ἀνδρεία: saber hacer frente a los modernistas; resistencia que hunde sus raíces en la caridad y la verdad, atributos de Dios.

Si sólo celebráis la Misa Tridentina y predicáis la sana doctrina sin mencionar el Concilio, ¿qué os podrán hacer? ¿Echaros tal vez de vuestras iglesias? Y después, ¿qué? Nadie os podrá impedir celebrar la renovación del Santo Sacrificio sobre un altar improvisado o en una buhardilla, como hacían los sacerdotes refractarios during la Revolución Francesa y hacen todavía en China. Y si intentan apartaros, resistid; el Derecho Canónico garantiza el gobierno de la Iglesia en la prosecución de sus fines principales, no para demolerla. Dejemos de temer que la culpa del cisma es de quien lo denuncia y no de quien lo lleva un efecto; ¡Cismáticos y herejes son los que hieren y crucifican el Cuerpo Místico de Cristo, no quienes lo defienden denunciando a los verdugos!

Los laicos pueden exigir a sus pastores que se comporten como tales, prefiriendo a los que demuestren no estar contaminados con los errores actuales. Si una Misa se vuelve un tormento para los fieles y vienen obligados a asistir a sacrilegios, soportar herejías o desvaríos impropios de la Casa del Señor, es mil veces preferible ir a una iglesia en la que el sacerdote celebre dignamente el Santo Sacrificio, según el rito que nos ha transmitido la Tradición, y predique conforme a la sana doctrina. Cuando obispos y párrocos se den cuenta de que el pueblo cristiano quiere el pan de la Fe en vez de las piedras y escorpiones de la neoiglesia, dejarán de lado sus temores y atenderán a las legítimas peticiones de los fieles. Los otros, auténticos mercenarios, demostrarán lo que son y sólo serán capaces de congregar en torno suyo a quienes comparten sus errores y perversiones. Se extinguirán por sí solos; el Señor seca el pantano y volverá árida la tierra sobre la que crecen los espinos, y acaba con las vocaciones en los seminarios corruptos y los conventos rebeldes a la regla.

Los fieles laicos tienen un deber sagrado hoy en día: consolar a los sacerdotes y obispos buenos apiñándose en torno a ellos como las ovejas a su pastor. Alojarlos, ayudarlos y consolarlos en sus tribulaciones. Que creen comunidades en las que no predominen las murmuraciones y divisiones, sino la Caridad fraterna en el vínculo de la Fe. Y como en el orden establecido por Dios –κόσμος– los súbditos deben obediencia a la autoridad y no pueden hacer otra cosa que resistirla cuando ésta abusa de su poder, no incurrirán en culpa alguna por la infidelidad de sus jefes, sobre los cuales pesa en cambio una gravísima responsabilidad por la manera en que ejercen el poder vicario que se les ha conferido. No debemos complacernos de los errores de nuestros pastores, sino rezar por ellos y amonestarlos respetuosamente.

Tengo la certeza -y es una certeza que me nace de la Fe- de que el Señor no dejará de premiar nuestra fidelidad después de habernos castigado por las culpas de los eclesiásticos, dándonos sacerdotes, obispos y cardenales santos, y sobre todo un papa santo . Esos santos saldrán de nuestras familias, comunidades e iglesias, en las que se debe cultivar la Gracia de Dios con la oración constante, con la frecuencia de los Sacramentos, y ofreciendo sacrificios y penitencias que la Comunión de los Santos nos permite ofrecer a la Divina Majestad en expiación por nuestros pecados y los de nuestros hermanos, incluidos los que ejercen autoridad. En esto los seglares tienen una misión importante que cumplir: custodiar la fe en el seno de su familia, para que los jóvenes que sean educados en el amor y el temor del Señor puedan un día ser padres responsables,

El remedio contra la rebeldía es la obediencia. El remedio contra la herejía es la fidelidad a las enseñanzas de la Tradición. El remedio contra el cisma es la devoción filial a los sagrados pastores. El remedio contra la apostasía es el amor a Dios ya su santísima Madre. El remedio contra el vicio es la práctica humilde de la virtud. El remedio contra la corrupción de las costumbres es vivir constantemente en presencia de Dios. Pero la obediencia no puede pervertirse convirtiéndose en un estúpido servilismo, ni el respeto a la autoridad puede pervertirse volviéndose lisonja. Y no olvidemos que si los laicos tienen la obligación de obedecer a sus pastores, más grave aún es el deber que tienen que obedecer a Dios,  usque ad efussionem sanguinis,  hasta derramar la sangre.

+ Carlo Maria Viganò, arzobispo

1º de septiembre de 2020

(Traducido por Bruno de la Inmaculada)

Fuente: Adelante la Fe

domingo, 29 de marzo de 2020

miércoles, 30 de enero de 2019

SOBRE MONSEÑOR MARCEL LEFEBVRE


Eduardo Sebastian Gutiérrez 

Que se vive en un estado de crisis permanente en el catolicismo, en donde cada vez es más notorio el completo distanciamiento de la iglesia oficial con la Tradición, es de una evidencia tal, que ni siquiera ya es discutido por la propia jerarquía, la cual sostiene que después del Concilio Vaticano II, la iglesia, es otra. Efectivamente, lo es y en todos los aspectos que se deseen considerar, porque representa en su conjunto, un algo nuevo y contrapuesto a la Tradición de la Iglesia.

Casi dos mil años de ferviente labor de apostolado, estudio, costumbres y cultura, que se fueron enriqueciendo con el aporte y el sacrificio de miles de Santos, guardados celosamente de generación en generación, en una trampa ideada y ejecutada desde la sombra por los conspiradores, con partícipes dentro del clero y de la jerarquía, a los que se sumaron pontífices modernistas, confluyeron en el llamado a un Concilio, en el cual no se habría de definir ningún dogma, ni realizar condena alguna sobre los errores gravísimos de la época, sino abrir las puertas y dar visos de legalidad, a la suma de doctrinas previamente condenadas por diferentes Papas, surgiendo como colectora de todas, el modernismo.

Al proceso sedicioso se le opusieron más de 250 padres conciliares, Obispos y Cardenales, que vieron en la maniobra, la confluencia de intereses disímiles en sus actividades, pero idénticos en sus fines.
Como una de las tantas consecuencias, surgieron en los años siguientes entre los asistentes que habían resistido los embates de los modernistas durante el CVII, tres posiciones claras.

En primer lugar, quienes renunciando a lo que hasta el día anterior sostuvieron, tiraron todo por la borda, y aceptando las nuevas reglas, se sumaron al cambio y a la iglesia nueva; en segundo lugar, los que viendo con desagrado al CVII y a los innovadores, mantuvieron una aceptación parcial de las novedades, y, construyendo una mezcla entre Modernismo con partes de la Tradición, loca mezcla, indiscutible amasijo, permanecieron bajo la autoridad de la nueva jerarquía modernista, quedándose en una posición intermedia e intentando tranquilizar sus conciencias ante la evidente anomalía; y en tercer lugar, quienes rechazaron de plano las novedades, el modernismo. Se hizo presente por un breve tiempo, una cuarta posición, y tuvo una importancia cierta, pues sumó a varias figuras destacadas y de edad promedio sexagenarias.

Es claro que la formación de éstos estaba constituida substancialmente por la Tradición Católica, coincidiendo por ello en los fundamentos con quienes rechazaron de plano al CVII, pero que, a diferencia con éstos, la decisiva influencia de la obediencia a Roma, al Papado, de quienes nunca recibieron por respuesta que Roma les diera la espalda, demoró el desenlace obvio que habría de darse con posterioridad.

Si bien no fueron muchos, la mayoría eran Obispos que tenían funciones dentro de la alta jerarquía y que las ejercían con cierta antigüedad, junto a Laicos de reconocida seriedad intelectual. Esto significaba un trato más cercano con el Santo Padre, al cual pocos accedían, lo que reforzaba el sentido de la pertenencia, y producir la ruptura con el Papado, no era una cuestión de simple arrojo u atrevimiento, no se trataba de un trámite de resolución inmediata, máxime cuando eran la representación de la autoridad romana para todo un vasto territorio o continente ….. ¡eran la voz del Papa en ese lugar!

Pero como la herejía modernista es de suyo evolucionista, vale decir, profundiza y amplía sus errores hasta llegar al fin buscado por el propio satanismo, que no es otro que “destruir totalmente, si les fuera posible, el reino de Jesucristo”, (Encíclica Pascendi), al ir mostrando su verdadero rostro, puso término a esta posición, y quienes la sostuvieron a regañadientes, al ver con mayor claridad la imposibilidad de conseguir un cambio o vuelta de rumbo de esa Roma, ya no más la Roma que levantaba la Bandera de Cristo Rey y causa efectiva de sus ardientes vocaciones de juventud, señalaron la apostasía y hasta incluso la posibilidad cierta que la Silla de Pedro haya sido usurpada.

De este modo, las dos posiciones últimas, se hicieron una.
Ciertamente es una situación sin igual en toda la Historia de la Iglesia, que se asemeja a los tiempos del arrianismo, pero que, sin embargo, el Modernismo lo supera con creces, pues abarca a todos los aspectos relativos al catolicismo, siendo muy superior en alcances y perfidia. Es que el Modernismo es la herejía de las herejías. Misterio de Iniquidad, que únicamente en la economía de Dios, en los Planes de Dios, tiene su significación.

Consideraremos en pocas palabras, la obra de un Obispo, que sin duda perteneció a una de las dos posiciones últimas, o a las dos. Nos referimos Mons. Lefebvre, de quien aún hoy en día se sigue discutiendo, y algunos sostienen un sin número de inexactitudes.
Breve reseña de su vida.

Marcel Lefebvre, nació el 29 de noviembre de 1905 en la ciudad de Tourcoing, al norte de Francia, y fue el tercero de ocho hijos y creció bajo la mirada de sus devotos padres católicos, René y Gabrielle, que tenían una fábrica local de textiles.

Seminario y Ordenación:
Atraído por el sacerdocio desde su juventud, siguió los consejos de su padre y entró en el Seminario Francés de Roma a la edad de dieciocho años. Seis años más tarde, 1929, fue ordenado sacerdote y poco después terminó su doctorado en teología y comenzó el trabajo pastoral en la diócesis de Lille (norte de Francia).

El hermano mayor del P. Lefebvre, un misionero de la congregación de los Padres del Espíritu Santo, instó al nuevo sacerdote a unírsele en Gabón (África). El P. Lefebvre accedió finalmente y se unió temporalmente a los Padres del Espíritu Santo en 1932. Fue enviado enseguida a Gabón, primero como profesor del seminario, y pronto fue ascendido a rector. Después de tres años de difícil trabajo de misionero, decidió, no obstante, comprometerse permanentemente con la obra de las misiones: hizo los votos perpetuos con los Padres del Espíritu Santo.

Delegado Apostólico para el África Francesa:
Después de aquellos primeros años, se le confiaron responsabilidades cada vez más importantes. Fue llamado de regreso a Francia y nombrado rector de un seminario en Mortain. Más tarde el Papa Pío XII lo designó como Vicario Apostólico de Dakar y, por consiguiente, fue consagrado obispo. Al año siguiente, en 1948, el papa honró aún más a Monseñor Lefebvre, nombrándolo Delegado Apostólico para el África Francesa y otorgándole el título de Arzobispo.

Superior de los Padres del Espíritu Santo:
El papa Juan XXIII, lo mismo que su predecesor, consideró que los conocimientos teológicos de Monseñor Lefebvre y su experiencia en las misiones y en la docencia eran de una calidad única y excepcional. Por consiguiente, lo designó como miembro de la Comisión Preparatoria del Concilio Vaticano II, un cuerpo encargado de establecer la agenda para el Concilio. Los Padres del Espíritu Santo también estaban muy impresionados con el trabajo del arzobispo y en su Capítulo General de 1962 lo eligieron como Superior General.

Concilio Vaticano II:
Monseñor Lefebvre estaba en la cúspide de su carrera. Sin embargo, el Vaticano II le resultaría una amarga decepción. La mayor parte de los textos que él había ayudado a preparar para el concilio fueron rechazados por completo y fueron sustituidos por versiones nuevas, más liberales y modernas.
Como respuesta, el arzobispo, junto con otros prelados confundidos, formó un grupo conservador y reaccionario, llamado Coetus Internationalis Patrum, que presidió él mismo. Este grupo se opuso principalmente a la introducción de tendencias modernistas en los textos del Concilio.

En última instancia, el Coetus no tuvo ningún éxito en contrarrestar las reformas modernistas y Monseñor Lefebvre salió del Concilio con el corazón roto. Además, los Padres del Espíritu Santo, disconformes con el liderazgo conservador de Monseñor, lo obligaron, en pocas palabras, a renunciar como su Superior General en el Capítulo General de 1968. Marcel Lefebvre ya tenía sesenta y tres años de edad y, después de una vida al servicio a la Iglesia, había pensado retirarse.

Fundación de la FSSPX:
Aquí la vida del arzobispo se enlaza con la de la FSSPX. Para atender las reiteradas peticiones de varios jóvenes que estaban buscando una formación sacerdotal tradicional, Monseñor Lefebvre abrió un nuevo seminario en Ecône, Suiza. El obispo ordinario local, Monseñor François Charrière, dio su bendición para este trabajo, y el 1º de noviembre de 1970 nació la Fraternidad Sacerdotal San Pío X.

Durante el Concilio Vaticano II, Marcel Lefebvre trabó una gran amistad con Antonio de Castro Mayer, obispo de Campos (Brasil). Ambos compartían ideas en las diversas funciones del Coetus y se mantuvieron en contacto mucho tiempo después de concluido el concilio. Ambos se negaron a aplicar las enseñanzas modernistas del Concilio Vaticano II y en 1983 escribieron conjuntamente una carta abierta al papa Juan Pablo II, lamentando la cantidad de errores de los que Roma parecía estar contaminada. Cuando Monseñor Lefebvre consagró cuatro nuevos obispos en 1988, Monseñor de Castro Mayer asistió como coconsagrante.

Cuando se entregan y se reciben;
Monseñor Lefebvre, después de guiar a la FSSPX por más de veinte años, falleció el 25 de marzo de 1991. Fue enterrado en una cripta situada bajo su querido seminario de Ecône, donde actualmente se pueden visitar sus restos mortales.

En su lápida están grabadas las palabras del Apóstol San Pablo: “Tradidi quod et accepi” (“He transmitido lo que he recibido.” - I Cor. XV,3

Se podría decir, que ahora, es factible tener una mejor visión general de su vida y de su obra.

Todos sus actos como Sacerdote, Obispo y Arzobispo, son de una indudable fidelidad para con la Iglesia de Cristo, y de una gran relevancia. Misionero incansable, profesor dotado y estudioso, sus méritos, y más que nada sus logros, lo distinguían con claridad.
Reconocido por Pío XII, por el fruto de sus labores diversas, fue premiado con mayores responsabilidades a las cuales muy pocos accedían, Su Delegado en el África francesa, y por la solidez de su desempeño, fue distinguido una vez más, siendo llamado a participar en la preparación del CVII.

A estas instancias no se llega sin esfuerzo y lealtad. Necesariamente, tiene que haber por detrás, toda una vida de dedicación constante. Por esa razón, cuando intenta poner freno a la debacle que se avecinaba en el CVII, prontamente dedicó todos sus esfuerzos en el armado de una organización que nucleara a casi todos los asistentes que se oponían al modernismo que asomaba triunfante. Y por los participantes fue elegido presidente. Tal era su prestigio. Por ese entonces se lo consideraba uno de los más capacitados rectores de seminarios, organizador, teólogo, y misionero ejemplar, pero, sobre todo, un Sacerdote de Caridad y Humildad a prueba de todo, y de constante oración.

Es verdad que el CVII le trajo profundas amarguras a su corazón.
Se habían preparado documentos fundamentados en la Tradición … ¡en la Iglesia de Siempre! … donde desde pequeño viviera el catolicismo, porque sabía de la asistencia importante de modernistas, pero tanto él como quienes le acompañaron, nunca imaginaron semejante organización dentro y por fuera del concilio, y menos aún, que dos papas les dieran la espalda, y apoyaran a los innovadores: Juan XXIII y Pablo VI.

Una persona acostumbrada a vivir una realidad coherente, vale decir, en Orden, Tradicional, formada toda su vida y personalidad en la obediencia permanente a Cristo, y por consiguiente a Su Vicario, el Papa, en menos de 6 años, ve desmoronarse todo lo que representaba hasta ese momento la Iglesia Católica. Y de reconocido, pasó a la escala de los más odiados, incluso por muchos de los que hasta hacía poco, habían sido sus amistades y compañeros de apostolado.

Las personas que no tienen la capacidad de dimensionar este impacto tremendo, no pueden siquiera comprender las dificultades, y dolores, que representan el tener que reconocer, que en el lugar donde se desempeñó siempre, su verdadero hogar, ya no lo era más. Sólo quienes han vivido circunstancias similares, pueden dar el justo crédito a estas palabras, pues, si el dolor y el rechazo, no se viven en carne propia, no se aprecia hasta dónde se constriñe el corazón.

Este inmenso pesar es el que le llevó a esperar, un poco más allá que otros, el que Roma reaccione ante la trampa del modernismo, acorde lo verificaban sus tradiciones. Y se reforzó esta espera, pues en varios casos, se trataba de personas con las cuales él había compartido distintas vivencias, y durante varios años antes del CVII.

Él sabía de milagros, porque el Hacedor de todos, a él lo había cautivado y enamorado en el Calvario y en su posterior Resurrección. Y si Dios completó su obra extraordinaria al Redimir al Hombre, entonces, es justificado haya llegado a pensar en la posibilidad que obre ese Gran Milagro, que Roma volviese a la Tradición, al cual mencionaba de forma reiterada.

Pasaron los años, y ante las sobradas muestras de porfía por parte de los romanos, y las necesidades evidentes de salvar lo que reste de la Tradición, lo llevaron a fundar la FSSPX, y a consagrar 4 Obispos. De igual modo, fue por esos años que, dando de sí hasta lo que a él mismo lo violentó, por lo cual accede en una actitud menos prudencial firmando un acuerdo, reacciona saludablemente a las pocas horas, rompe el preacuerdo, se retracta públicamente, y da un paso decisivo al señalar a Roma, como la Roma Apóstata, y en reiteradas oportunidades, sostiene que hay que pensar que la silla de Pedro, está usurpada. “Es la apostasía, es la apostasía, es la apostasía”, repite por tres veces consecutivas, quizás convenciéndose de la inutilidad de todos los esfuerzos.

Es que la Caridad, tiene como límite, el que le impone la pertinacia en el error.

Que se podrían haber resuelto de otra mejor manera los pasos posteriores al CVII, es una de las críticas más frecuentes que se le hacen. Otra, que el Misal por él recomendado, el de 1962, contiene una serie de reformas, que lo colocan alejado del Tradicional que hasta el año 1958, y antes que asumiera Roncalli, estaba vigente.
Esto último se soluciona consiguiendo un Misal anterior a Octubre de 1958, con el cuidado que sea esta la fecha de reimpresión última, porque con posterioridad, se fueron modificando sucesivamente, dejando de perder valor tradicional.

La consideración prudencial de los actos personales, están sujetos a diferentes aspectos, entre los cuales se destacan la formación de la persona, la consideración de los sucesos históricos, y el destino de quienes se verán afectados. Hay otros, pero al caso tomamos estos.
Pensar o suponer, que Mons. Lefebvre, no los tuvo en cuenta, es quizás fruto del ignorar su trayectoria, y la incapacidad de poder situarse en su lugar. Esto no es un acto simple, requiere de un conocimiento mayor que la escueta lectura de una biografía, o de apuntes de clases. Representa un esfuerzo en recabar información de modo minucioso, confiable, y abundante, resaltando la necesidad de entrevistas con allegados, personas que pudieron conocerlo. De esta forma honesta y lógica, puede una persona comenzar a esbozar una semblanza realista de su vida.

Mons. podía haber tomado mejores decisiones, es probable que sea cierto, pero la vida misma del hombre es una sumatoria de aciertos y errores, el pecado existe, y la naturaleza quebrada es una realidad. Pero las buenas obras cuando superan con creces las decisiones fallidas, deben ser la medida de la calificación. El perdón no es una cuestión menor, implica, aunque mas no sea un acto circunstancial, la adhesión plena a la Confesión, el Perdón de los pecados, más el inestimable concurso de la virtud por excelencia: La Caridad.

Si se acepta cometió errores en sus acercamientos a la roma modernista y con el fin de buscar su vuelta a la Tradición, no se puede dejar de lado su obra apostólica, antes y después del CVII. Inclusive sin su aparición en la defensa de la Tradición, muchísimos que hoy son Fieles, estarían bailando con los pentecostales, delirando con los carismáticos, o, más conservadores, de derecha, con el opus dei, o agradeciendo a Ratzinger por el Summorum Pontificum.

Su obra en defensa y fomento de la Tradición, no tiene comparación, por los alcances que llegó a tener la misma, hoy lamentablemente fuera del camino marcado por su fundador.

¿Cuántos pudieron viajar por casi todos los Continentes, fundaron capillas, seminarios, celebrando la Santa Misa, y administrando los Sacramentos, pensando únicamente en Mejor Servir a Dios, y en la Salvación de las Almas de los Fieles? Y todo esto conseguido en un principio, desde una casa, con escasos postulantes a seminaristas, y unas cuantas monedas, y no tantas promesas de ayudar a la empresa naciente.

Pero claro, se entiende que una tarea de recopilación y armado del perfil biográfico sobre cualquier persona publica, supone de antemano, un espíritu y corazón, nobles, la buena cuna.

Desgraciadamente en los tiempos presentes, es muy fácil acceder a medios de comunicación masivos, y, con herramientas como notebooks y celulares, grabar entrevistas o exposiciones a ignotos, anónimos y desconocidos, quienes, en su inferior miramiento, suponen son ya estrellas. Es una tarea muy simple que se puede propagar exponencialmente por la red, y más todavía, si lo encabeza un título atrayente, particularmente llamativo para el morbo reinante.

La distorsión de la realidad, existencia real y efectiva de algo, suma de acontecimientos que ocurren verdaderamente, no es una simple picardía de pendejos afiebrados ansiosos de notoriedad, o bobos lame botas pretendiendo ser importantes a costilla de otros, o maliciosos escondidos. En esencia, se trata de algo de mucha mayor gravedad.

Tomar parcialmente las conductas públicas de las personas, con el fin expreso de causar daño, es una falta al 8vo. Mandamiento: No levantar falso testimonio, ni mentir.

Nos dice San Mateo, que así actuó el sanedrín al acusar a Jesús, con mentiras evidentes, pues no encontraron prueba alguna en su contra. Y a quienes en su defensa argumenten que no se puede comparar al Señor con Mons. Lefebvre, hay que pedirles que sigan leyendo, para ver si de esta forma se sacan el velo de los ojos.

El buen nombre de una persona, el respeto de la gente, su fama, son cosas de mucho valor. Si se roba dinero a una persona, se le quita algo transitorio, de reposición pronta; pero si se trabaja en pretender quitarle su buen nombre, se le roba quizás uno de sus más preciados tesoros, y el que lo hace, no lo aprovecha, todo lo contrario, aunque no lo crea.

Cuántas veces se ha visto o conocido, que una persona cuya buena fama perdió por una calumnia, pierde mucho, y, a pesar que con posterioridad se descubra el engaño, le queda el sabor amargo de tanto desprecio y daño sufrido injustamente.

Un día, una mujer pecadora le fue llevada a Jesús, y querían lapidarla. El Señor, conocedor de sus actos, se inclinó sobre la calle, y trazando una línea con su mano, los invitó para que, entre los acusadores, aquél que no tuviera pecado alguno, se anime y tire la primera piedra. Todos callados las dejaron caer y se retiraron. Jesús le dijo entonces a la mujer: Mujer, ¿nadie te ha condenado?, y ella respondió: nadie Señor, y concluyó el Señor: Tampoco Yo te condeno. Vete en paz y no peques más.

Si la Caridad anida en el Alma, no se está pensando en las faltas de Mons., sino en lo bueno que realizó, porque sus frutos están por todas partes. No se trata de esconder la basura debajo de la alfombra, se trata de destacar, que si un Santo peca, la suma de sus actos buenos lo lleva a los Altares. Tampoco se está diciendo que Mons. es santo o que ha salvado su Alma, a esto sólo Dios lo conoce, pero se reconoce y por lejos, que su obra ha servido de mucho a la Iglesia de Siempre.

La Caridad pide de suyo ver en mayor medida las cosas buenas que los errores, y es por eso, que la Humildad de la mujer pecadora conmovió el Corazón del Señor, en lugar del orgullo de sus acusadores, que únicamente veían los pecados de ella, dejando de lado un detalle no menor: ellos mismos eran pecadores; les era más fácil saciar el propio orgullo que admitir la posibilidad de sus propias condenas.

La actitud, puesta de manifiesto por sus detractores, por la omisión consciente, bien puede representar una Difamación y hasta una Calumnia. Incluso la Presunción, que es una falta a este Mandamiento, se aplica en este caso, pues hay algunos que suponen la acción premeditada por parte de Mons. de intentar llevar a toda la Tradición hacia el modernismo, al no condenar de inmediato al CVII, y tampoco declarar la sede vacante.

Quedarse en este rincón, agazapados, arrinconados en esta parte de la historia, falaz porque como ya se demostró anteriormente, que sí acusó al CVII, y hasta escribiendo al respecto un libro titulado: Yo Acuso Al Concilio, arribando incluso a la conclusión que la Roma modernista era apóstata, y que era dable pensar, la silla de Pedro había sido usurpada, estaba vacante, es una actitud sectaria y por tanto mezquina, de muy mala leche. Juzgar a una persona sin contemplar la verdad, y escondiéndola a esta, es una omisión muy próxima, o lo es, al Juicio Temerario.

Finalmente, la Difamación, la Calumnia, la Presunción y el Juicio Temerario, no son solo pecados contra la Caridad, sino igualmente contra la Justicia. Esta, nos pide dar a cada uno lo suyo. Si se intenta robar el buen nombre de una persona, se está obligado a devolvérselo, de manera pública ya que de tal modo fueron los actos difamatorios, y con prontitud.

Pero esta responsabilidad no queda sin más en la instancia de los bobos, y lobos, habladores, idiotas útiles y serviles, buscadores de fama a cualquier precio. Son de igual modo gravemente responsables sus instigadores, y guías espirituales, que sí los tienen, por eso, Usted Padre, no hace falta se lo mencione, lo sabe muy bien, tiene que intervenir decididamente y con prontitud.

Descansa en paz Mons. Lefebvre, porque trasmitió lo que le fue dado.