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lunes, 27 de febrero de 2023

SANTA FRANCISCA ROMANA - TRATADO DEL INFIERNO

 


Santa Francisca Romana se encontró en éxtasis por voluntad divina y fue conducida al infierno.


Al llegar al umbral del infierno, vio un abismo tan grande, tan terrible que, cuando la santa lo compartió con su director espiritual, sintió una gran pena y dolor.

Así, dijo que en el umbral del infierno vio una inscripción que decía:

“Aquí está el infierno, sin esperanza ni respiro, donde no hay descanso”. 

La santa vio, oyó y sintió cosas terribles y el miedo (tan grande que era inimaginable) que sintió la sacó de sí misma.

La entrada a este lugar inefable era al principio bastante grande, pero en el medio era más grande y había tanta oscuridad y tinieblas que no se puede describir con palabras humanas.

El infierno se componía de tres regiones: la superior, la media donde las penas eran mayores, la inferior con varias y mucho más graves penas.

Había un espacio muy grande entre cada región y este espacio estaba lleno de oscuridad muy profunda y tormento sin fin.

Había también un enorme dragón que ocupaba estas tres regiones (...) él exhalaba llamas muy altas y muy calientes que no encendían pero que quemaban.

También escapó de esta boca indescriptible un hedor tan grande que es inimaginable y, por los ojos, los oídos, las fosas nasales, negros ardores y llamas pestilentes.

Oyó también la humilde sierva de Dios gritos y voces desgarradoras, blasfemias y grandes lágrimas por el sufrimiento intolerable y tantos lamentos y gritos de tortura que, contando todo esto a su director espiritual, la santa fue atormentada y torturada de manera increíble.

Ella también vio a Satanás en un terrible torbellino. (…)

Su rostro, inimaginable, era aterrador, y por todos lados proyectaba llamas fétidas y ardientes.

También tenía el cuello, las manos, los pies y la cintura atados con cadenas de fuego, de modo que todo su cuerpo estaba rodeado por estas cadenas de fuego.

Estas estaban unidas a todas las regiones del infierno. 

La humilde sierva del Señor también vio cómo los demonios, que están en el mundo para llevar a la tentación, llevan las almas al infierno.

Como los llevaban con gran terror, como los insultaban y se burlaban de ellos, hablaban de tales horrores que es difícil contarlos, de modo que esta alma devota de Dios y llena de compasión sintió un dolor increíble, y cuando dijo eso, ella estaba completamente devastada.

Vio, además, a los demonios tirando cada uno de las almas por su cuenta, de una manera tan espantosa que uno no puede imaginar, y dislocando a estos desdichados.

Después de conducir a las almas desdichadas hasta el umbral del infierno, los demonios arrojaron de cabeza a uno de ellos en la boca del dragón, que aún estaba abierta como se mencionó anteriormente.

De repente fue tragado por la boca del dragón, que todavía estaba abierta como se mencionó anteriormente.

De repente fue tragada por la boca del dragón y salió igual de repentina, entonces demonios particulares, especialmente designados para esto, la presentaron al príncipe.

Después de esta presentación, que se hizo con el mayor terror, las llamas que salían del príncipe por todos lados la torturaron inmediatamente.

Este príncipe también juzgó el alma que le fue presentada, y los demonios designados la llevaron al lugar que le había sido asignado según los pecados que había cometido.

En cambio, cuando estaba en éxtasis, santa Francisca, alma devota de Dios, contó a su confesor cómo le mostraban los ángeles los que habían de caer y los que habían de permanecer en el amor divino.

De toda la multitud de ángeles, cayó la tercera parte.

La mayor parte de este tercio está en el infierno pero un tercio de este tercio está en el aire y el último tercio está con nosotros en este mundo; este último grupo es introducido en nosotros.

Hay algunos de estos espíritus que nos tientan, como se dice más adelante; en cuanto a sus diferencias, se ha de saber que aquellos espíritus miserables que siguieron a Lucifer por su propio engaño, libre y absolutamente, están encerrados en el infierno, del cual nunca salen, sino cuando, por permiso divino, debe venir al mundo una gran catástrofe causada por los pecados de los hombres.

Estos demonios son muy malos y dañinos, y representan la tercera parte de esta tercera que cayó de todos los coros de ángeles.

Pero esos espíritus miserables que están en el aire y los que están entre nosotros en este mundo representan las dos terceras partes del grupo que cayó; y hay algunos que no se escogieron entre Dios y Lucifer, porque callan: también son parte de las dos terceras partes.

La devota sierva de Cristo dice también que en el infierno hay tres príncipes ordenados, sujetos a Lucifer en sus cadenas; estos príncipes están por encima de otros demonios por voluntad divina, así como en la gloria hay tres ángeles gloriosos en la cima de tres jerarquías.

Así como estos 3 príncipes gloriosos de los ángeles salen de los tres coros supremos, donde son los más nobles y eminentes, así los príncipes infernales, miserables y malos, son más malos que los demás que cayeron de los mismos coros.

Pero el príncipe y jefe de todos los demonios es Lucifer en sus cadenas, que era parte de la orden seráfica; en adelante ha sido ordenado por la justicia divina, respecto del vicio de la soberbia, amo, verdugo, coordinador de todos los demonios y de todos los condenados.

Y cuanto más noble el ángel, peor el diablo.

El primero de estos tres príncipes, que se llama Asmodeo, trata del innoble vicio de la carne; él era parte del coro de querubines.

El segundo príncipe, que se llama Mamón, trata del vicio de la avaricia; formó parte del Coro de los Tronos.

El tercer príncipe, que se llama Belcebú, formaba parte del coro de dominaciones; trata del vicio de la idolatría, es decir, de los adivinos y hechiceros, y es la cabeza de todas las tinieblas y de todas las regiones tenebrosas del infierno, el que ha sido encargado de extender las tinieblas sobre la razón de las criaturas.

Belcebú está allí para ser torturado por la oscuridad y para torturar allí también a las almas desafortunadas, no solo a los que están en la oscuridad, sino también a los que están en su cuerpo y que están sujetos a los encantamientos, maleficios y hechizos de los demonios.

Y, como Lucifer, estos tres príncipes nunca salen del infierno, sino que sacan del infierno a otros demonios cuando es necesario que sucedan grandes males en el mundo, con el permiso de Dios, especialmente cuando los demonios que están en el aire o los que están entre nosotros no son suficientes para hacer este mal.

Estos artificios producen mucha oscuridad en la mente de los hombres y los alejan de la verdad, cuando consienten en ella; ellos tientan a las almas desdichadas que están en su carne, contra la santa e inmaculada Fe Católica, a través de hechizos y encantamientos, con tantas estratagemas diferentes que uno no puede creer ni siquiera imaginar.

Los espíritus malignos que están en el aire, como dijo la devota sierva de Cristo, de ninguna manera tientan a las almas que están en carne mortal, sino que muy a menudo hacen que el granizo, las tormentas, la niebla, el viento debiliten las almas que están en su carne, hazlos girar como veletas y los espanta; así, les hacen apartarse de la fe y desconfiar de la divina Providencia.

Los que cayeron de la segunda jerarquía y que están sujetos al demonio Asmodeo, que es el jefe encargado, con todos sus siervos que están entre nosotros en este mundo, con el innoble pecado de la carne, encuentran las almas, como está dicho abajo, arriba, ya debilitados por los espíritus que están en el aire y tentados por el vicio de la soberbia, y les hace caer tanto más rápidamente y enredarse en el pecado de la carne.

Pero los que están entre nosotros en el mundo y están sujetos a Mamón, príncipe del vicio de la avaricia, y que formaban parte de la última jerarquía, encuentran a las almas desdichadas debilitadas y encerradas en el pecado de la soberbia y el pecado de la carne, que por eso les hacen caer aún más rápidamente en el pecado de la avaricia.

Los tres príncipes de los demonios se llevan muy bien entre sí y se ayudan mutuamente para destruir las almas desafortunadas.

Porque habiendo caído en un vicio y no apartándose pronto de él, el alma vencida está más inclinada a sucumbir a otros vicios.

Pero ninguno de ellos se atrevería a tentar un alma sin los preceptos de Lucifer y no podría someter a las almas a la tentación si nuestro santo y bondadosísimo  Dios no lo aceptara y permitiera.

Además, Lucifer también ve a todos los demonios que están en el infierno, en el aire y entre nosotros en este mundo, y todos ellos se ven sin ningún obstáculo, y cada uno de ellos entiende la voluntad de Lucifer, bajo el efecto de la justicia divina y su resolución.

Pero los miserables demonios que están en el aire, es decir en el espacio intermedio entre el cielo y la tierra, sufren las mayores penas y, en general, se golpean unos a otros.

Sufren las mayores torturas cuando ven el bien que hacen los hombres buenos en este mundo y todos los demás demonios también son torturados en cualquier grado por la misma razón.

Aunque los demonios del aire antes mencionados no perciben el fuego infernal, sin embargo, dentro de ellos, este fuego les inflige un gran sufrimiento.

Lo mismo sucede con los demonios que están entre nosotros en el mundo, pero los espíritus malignos que están para siempre en el infierno están continuamente en el fuego eterno y son torturados por él.

Cuando hay almas fuertes que, en lugar de dejarse dominar por las tentaciones de los demonios, las resisten enérgicamente, para que los malos espíritus no puedan vencerlas por su firmeza y su constancia en el Señor.

Entonces, uno o más demonios, más astutos y engañosos, vienen como refuerzos y enseñan a los demonios que se han introducido en nosotros a tentar y maltratar a las almas sólidas que resisten, ejerciendo la mayor presión sobre ellas.

¿Qué pasó con Santa Francisca, la humilde sierva de Cristo, que era continuamente tentada y ultrajada, no sólo por el demonio maligno introducido en ella, sino también por los que cayeron del coro seráfico y que están en el aire, y por los que están entre nosotros.

Así, no era uno sino varios demonios los que continuamente la tentaban y la maltrataban.

La sierva de Cristo sabía, con la ayuda de la gracia divina, de qué coro había caído cada demonio.

Algunos de estos demonios están detrás del alma, como traidores, que golpearon, muchas veces, a la santa sierva de Cristo.

El que está detrás hace gestos y señas al que está delante y al que se ha introducido en el alma.

La humilde sierva de Cristo vio y comprendió todo esto con sus sentidos de manera natural, vio a los malos espíritus bajo varias apariencias (según lo dicho más arriba en el tratado sobre los conflictos entre los malos espíritus) y vio también lo bien que estos, los demonios se entienden entre sí en espíritu.

En segundo lugar, esta alma amada por Dios vive en una visión santificadora que el alma desdichada, probada que no ha obtenido la victoria sobre los espíritus malignos durante su vida, después de abandonar su cuerpo, es arrojada al infierno con gran violencia y gran furor por parte de los demonios que habían sido introducidos en ella.

Los demás demonios que están entre nosotros en el mundo, como arriba se ha dicho, persiguen a esta desdichada alma torturándola duramente y despedazándola con gran furor, hasta arrojarla al infierno.

Entonces el demonio que había sido introducido en el alma manifestó, junto con los otros demonios que se habían asociado con él para torturar el alma, su gran gozo y alegría.

Muchas almas fueron presentadas a Lucifer, aunque no habían cometido pecados graves, porque habían terminado su vida sin confesión ni penitencia.

Pero el ángel glorioso que se introduce en el alma durante su vida está siempre a su derecha.

Una vez que el alma desdichada que ha de ser condenada por sus pecados sale de su cuerpo, el ángel la acompaña hasta que es arrojada al infierno, como arriba está dicho.

Y una vez que el alma se ha ido, el ángel desciende al lugar que le ha sido asignado en santa gloria.

Pero cuando, por obra de la gracia divina, el alma es enviada al purgatorio, el demonio que había sido introducido en ella se detiene a las puertas del purgatorio.

Pero si el alma está en el fondo del purgatorio, el demonio es allí duramente torturado según los preceptos de Lucifer, porque no podía llevar el alma a penas infinitas, y esta tortura es distinta y separada de otros tormentos generales preparados para este demonio.

El alma, aunque está en el purgatorio, abajo, sin embargo sufre penas especiales porque ve a su demonio de manera espantosa y sufre insultos de este demonio que le explica que sufre estas penas por la ofensa hecha a su creador y su adhesión a las sugerencias del diablo.

Y una vez que el alma ha salido del fondo del purgatorio, el dicho demonio queda con los demás demonios que están en el mundo entre nosotros; es el hazmerreír de los demás demonios porque, por su inercia y negligencia, han perdido el alma.

Los demonios introducidos en las almas que los vencen y los frustran, con la ayuda de la gracia divina, ya no se introducen en otras almas, sino que, aunque miserables y cabizbajos, cometen el mal que pueden y, a veces, para confundir a las almas, asumen la aparición de animales salvajes, con permiso divino.

A veces también toman posesión de los cuerpos de hombres y mujeres vivos y afirman falsamente que son los espíritus de los difuntos.

Por el contrario, los demonios que ganaron las almas con las que estaban unidos (al ser introducidos en ellas) después de conducir a estas almas desdichadas al infierno, permanecen en este mundo entre nosotros como luchadores victoriosos y experimentados, luego se introducen en otras almas.

Estos demonios se vuelven más astutos, más hábiles y más malvados de lo que habían sido antes con las almas condenadas a las que se habían unido.

Y como tienen mayor práctica en tentar a estas desdichadas almas, saben entonces mejor que antes los medios de engañar a las almas y de animarlas a morir, por su gran experiencia y también astucias que otros demonios más pérfidos y fuertes (que formaban parte de otro coro) les había enseñado cuando ellos mismos no habían podido dominar a aquellas almas que se les resistían enérgicamente, como arriba se dice.

Santa Francisca dice también que todo demonio introducido en un alma para tentarla sólo puede tentar este alma y no trata de tentar a otras almas, sino que pone todas sus fuerzas en tentar y descarriar el alma en que se encuentra, sin preocuparse de otras.

Pero cuando el alma desdichada se deja dominar por el demonio, éste la tienta y la persuade a hacer cosas indebidas contra su prójimo, de modo que en el momento oportuno logra hacer pecar a su prójimo y convertirlo en objeto de escándalo; de esta manera, el demonio tienta y daña a otras almas.

Cuando los demonios que están en este mundo pronuncian con devoción el santísimo nombre de Jesús, todos los demonios, tanto los del infierno, como los que están en el aire o entre nosotros en este mundo, son obligados a arrodillarse, no por su propia voluntad, pero a pesar de ellos mismos.

Por eso sucedió varias veces que, mientras el Padre espiritual de la amada sierva de Dios le hablaba de espiritualidad, ella venía a pronunciar el santísimo nombre de Jesús.

Varios demonios que la santa vio bajo diversas apariencias abrazaron la tierra con gran reverencia y cuanto más vive en gran perfección la persona que pronuncia el santísimo nombre de Jesús ejerciendo gran caridad, más grandes son los dolores y los tormentos que experimentan los miserables demonios.

También, cuando los desdichados pecadores blasfeman este santísimo nombre o lo pronuncian mal, como los demonios se ven obligados a manifestar la antedicha reverencia, se inclinan, aunque a su pesar, pero no se entristecen tanto como cuando alabamos y bendecimos el nombre de Jesús. 

Pero claro, cuando se blasfema este santísimo nombre, los demonios se regocijan y se regocijan por este pecado de blasfemia y así, en igual medida, se regocijan y se afligen porque se ven obligados a reverenciar este santísimo nombre, como está dicho.

Y cuando pronunciamos el nombre de Dios, del Espíritu Santo, de la Santísima Trinidad o el nombre de la gloriosísima Virgen María o incluso el nombre de Cristo, los miserables demonios no muestran la misma reverencia que cuando invocan el nombre de Jesús.

Sin embargo, ante la llamada de los nombres antedichos, se apoderan de ellos un gran pavor, quedando completamente aterrorizados.

Y cada vez que se pronuncia el santísimo nombre de Jesús, ya sea injustamente, o por blasfemia, o por perjurio, todos los espíritus gloriosos que están en la parte angélica o humana se arrodillan con gran reverencia, no con ese gozo tan notable que sienten cuando es alabado y bendecido, pero sin embargo con la mayor reverencia por el santísimo temor que inspira este santísimo nombre y por su nobleza.

Como son dichosos, no pueden afligirse por nada, pero no se regocijan tanto cuando el nombre de Jesús es blasfemado o mal pronunciado como cuando es alabado y bendecido, especialmente por personas dignas de hacerlo y agradables a Dios.

Del mismo modo, cuando se pronuncian los demás nombres de Dios y de la Virgen gloriosa, los espíritus gloriosos, tanto angélicos como humanos, les dan gloria en su patria, según los méritos de quienes pronuncian estos santos nombres.

Y por eso, cada vez que la santa u otra persona pronunciaba en su presencia el santísimo nombre de Jesús, el ángel glorioso a quien la santa veía continuamente, como arriba he dicho, en un torbellino de alegría y con aspecto gozoso, se inclinó con reverencia, con tanta benevolencia que la santa sierva de Cristo, al verlo, sintió que el amor divino la inflamaba toda.

Luego la santa sierva de Cristo dice de las almas endurecidas por el pecado mortal durante su vida, que los malos espíritus pesan sobre ellas y las dominan con diversas estratagemas y tomando diversas apariencias según la importancia y el número de sus pecados.

Pero cuando dichas almas manifiestan su contrición y confiesan sus pecados, los demonios ya no las dominan, ni pesan sobre ellas, sino que las rodean de cerca para tentarlas y entrar en ellas, a toda costa por sus sugestiones, y, por sus tentaciones, les dan las mayores angustias.

Sin embargo, después de haberse confesado bien, estas almas ya no pueden ser dañadas por los malos espíritus, porque estos están debilitados.

 


Fuentes:

Visiones que incluyen Tratado sobre el infierno (1414): “Vida de santa Françoise Romaine, fundadora de las Oblatas de Tour-des-Miroirs”, dividida en tres libros.

(I. Historia de la Santa, del Padre Virgilio Cépari. II. Visiones de Santa Romaine, de Jean Mattiotti. III. Sus luchas contra los demonios.)

"Tratado sobre el infierno", de Françoise Romaine, trad. del latín por Abbé Pieau, Hechos de los Santos, Périsse frères, 1841

“Vida de los Santos para todos los días del año” , Abbé L. Jaud, Tours, Mame, 1950.

 

Tomado de: Propheties

Traducido con google, con correcciones. 


jueves, 4 de enero de 2018

SAN MIGUEL ARCÁNGEL PATRONO DE LA CONTRA-REVOLUCIÓN



Dios hizo todas las cosas de la nada. Su Palabra omnipotente las llamó a la existencia. De este modo, por voluntad divina, existieron el cielo y la tierra; el mundo espiritual e invisible y el mundo material y visible.

Al mundo espiritual e invisible pertenece la creación de seres espirituales, puros espíritus[1], que la Sagrada Escritura identifica como ángeles.

Las criaturas más nobles creadas por Dios son los ángeles, criaturas inteligentes y puramente espirituales. Dios creó a los ángeles para que le honren y le sirvan y para hacerlos eternamente bienaventurados.[2]

Pensemos en la multitud de ángeles que están en su presencia, siempre dispuestos a cumplir sus órdenes. Dice, en efecto, la Escritura: Miles y miles le servían, millones estaban a sus órdenes y gritaban, diciendo: «¡Santo, santo, santo, el Señor de los ejércitos, la tierra está llena de su gloria!».[3]

I. La primera Revolución de la historia

Los ángeles fueron creados en estado de gracia y en posesión de la felicidad que les correspondía conforme a su naturaleza. Antes de admitir a los ángeles a la visión plena de Su Gloria (visión beatifica), Dios los sometió a una prueba.

Las enseñanzas de San Cipriano, San Bernardo y otros santos, Tertuliano y múltiples teólogos, sostienen que esa prueba consistió en que el Padre Eterno reveló a los ángeles la futura encarnación de Su Divino Hijo, el cual había de nacer de la Virgen María, y haciéndoles saber que al Dios hecho Hombre debían rendir adoración.

Como afirma Santo Tomás de Aquino, tenían que esperar y merecer la bienaventuranza sobrenatural, la cual consiste en la visión de Dios. Por lo mismo fueron elevados por encima de su propia naturaleza, ya rica de por sí, y a la vez marcados con un carácter divino que los ponía en la posibilidad de alcanzar la bienaventuranza sobrenatural. Esta felicidad eterna es algo gratuito y al mismo tiempo rebasa todas las fuerzas de las creaturas para conseguirla, tanto en los ángeles como en los hombres. Para obtenerla es absolutamente necesaria la gracia divina, y los ángeles debían merecerla por su fidelidad a ella; pero dada la perfección de su naturaleza, en un único acto de su voluntad decidieron para siempre, irrevocablemente. Puesto que los ángeles son exclusivamente espirituales, no tienen cuerpo ni sensibilidad como nosotros los humanos; por eso su conocimiento de la realidad no es mediante raciocinios ni sensaciones, ni es imperfecto, sino que es intuitivo y sin error. Además de este conocimiento que poseen según su naturaleza, y de conocerse entre ellos mismos, tienen el conocimiento de aquellas cosas que Dios les quiere participar. De hecho los ángeles nunca se encuentran en estado de ignorancia, como sucede muchas veces entre nosotros los hombres, lo cual no significa que tengan una sabiduría infinita como la de Dios, pues hay cosas que solamente Él conoce, pero ellos pueden pasar de una noción a otra”. (…) “No podían alcanzar la bienaventuranza eterna y ver a Dios cara a cara sino con la gracia divina y después de realizar un acto meritorio, ya que, como dice Santo Tomás, después de que el ángel ejercitó el primer acto de caridad por el que mereció la bienaventuranza, fue inmediatamente bienaventurado; en tanto que el resto, los demonios, pecaron por soberbia, buscando una falsa independencia de Dios, inclinándose por su libre albedrío al propio bien, sin la subordinación a la regla de la voluntad divina. Los ángeles eligieron a Dios, y los demonios se prefirieron a sí mismos.[4]

II. San Miguel, Arcángel de Dios

Cuando (los ángeles) vienen a desempeñar algún encargo entre nosotros, toman nombre del cargo mismo que desempeñan. Así pues, Miguel significa quién como Dios; Gabriel fortaleza de Dios y, por último, Rafael medicina de Dios.[5]

San Miguel Arcángel, es profeta, guerrero, exorcista, que venció en el Reino de los Cielos a la primera Revolución, la Revolución matriz, modelo y foco de las demás.

Profeta vigilantísimo, el primero en alzar la voz de indignación contra-revolucionaria que suscitó y coligó, bajo su comando, las legiones de fidelidad sacral inquebrantable.

Guerrero invencible, de fuerza dominadora y de santa tenacidad, fue el primero en el ataque, el más fuerte en el impacto, el decisor al arrojar por tierra al adversario, el supremamente tenaz en repeler todas las seducciones, furores y celadas de este.

Exorcista irreductible, el Altísimo le revistió de aquel poder invencible que aniquila las investidas y las trampas del demonio, tornándolo tan impotente y tan despreciable, cuanto es infame y odioso.[6]

Miguel el contemplador: si recurrimos a los datos que nos ofrecen la teología y la liturgia, San Miguel se nos presenta, ante todo, como el ángel que está en la presencia de Dios, el ángel de la trascendencia, de la adoración.

Es el ángel de la alabanza: en realidad, todos los ángeles están dedicados a la alabanza, al canto del Trisagio eterno. Pero, al parecer, algunos de entre ellos se destacan en esta sagrada ocupación. La Tradición ha incluido ordinariamente a San Miguel en el coro de los siete ángeles que, según la Escritura, están siempre delante del Señor (cf. Tob. 12, 15; Ap. 1, 4; 5, 6; 8, 2). Mikael es presentado como el Ángel de la Faz, el corifeo de los que cantan la gloria de Dios.

Es el ángel turiferario: en el marco de esta función general de alabanza, San Miguel es caracterizado como el ángel del incienso: Vi siete ángeles que estaban en pie delante de Dios, a los cuales fueron dadas siete trompetas. Llegó otro ángel y púsose en pie junto al altar con un incensario de oro, y fuéronle dados muchos perfumes para unirlos a las oraciones de todos los santos sobre el altar de oro, que está delante del trono. El humo de los perfumes subió, con las oraciones de los santos, de la mano del ángel a la presencia de Dios.[7]

Es el ángel intercesor: con el turíbulo de la alabanza en sus manos, no agota la totalidad de su misión. La liturgia pide que, sin detrimento de su contemplación adorante en el cielo, no deje de ayudarnos a nosotros, que estamos en la tierra… Los ángeles no agotan, pues, su cometido en la sola adoración. Se preocupan también por la obra redentora. Acompañaron primero al Verbo que descendió al mundo. Al mismo tiempo que contemplan, sin intermitencias, el rostro de Dios, no dejan de ayudar a los hombres indigentes. Unen admirablemente la contemplación y la acción.[8]

III. Patrono de los contra-revolucionarios

El Prof. Plinio Correa de Oliveira dijo que debemos considerar a San Miguel como nuestro aliado natural en la lucha; porque el movimiento contrarrevolucionario quiere ser nada más que un grupo de hombres que ejecutan, a nivel humano, mutatis mutandis, la tarea de San Miguel Arcángel; en otras palabras, defender el honor de Dios, la gloria de Nuestra Señora, la Iglesia Católica y la civilización cristiana. Por lo tanto, es muy apropiado para los contra-revolucionarios tener a San Miguel Arcángel como su especial patrón.

Contra-revolucionario es quien:

– Conoce la Revolución, el Orden y la Contra-Revolución en su espíritu, sus doctrinas y sus métodos respectivos.

– Ama la Contra-Revolución y el Orden cristiano, odia la Revolución y el «anti-orden».

– Hace de ese amor y de ese odio el eje en torno del cual gravitan todos sus ideales, preferencias y actividades.[9]

El Arcángel Miguel es el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y el protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.

En aquel tiempo se alzará Miguel, el gran príncipe y defensor de los hijos de tu pueblo; y vendrá tiempo de angustia cual nunca ha habido desde que existen naciones hasta ese tiempo. En ese tiempo será librado tu pueblo, todo aquel que se hallare inscrito en el libro. También muchos de los que duermen en el polvo de la tierra se despertarán, unos para vida eterna, otros para ignominia y vergüenza eterna.[10]

Don Plinio Correa de Oliveira describe al Arcángel Miguel como modelo de virtudes, y asimismo como modelo de combatividad: «Dios quiso que San Miguel fuese su escudo contra el Diablo en la primera batalla celestial. Él también quiere que Michael para sea el escudo de los hombres contra el Diablo, y el escudo de la Santa Iglesia Católica también. Pero San Miguel no se limita a ser un escudo de protección. Él es también un arma para derrotar y lanzar al enemigo al infierno. Es una doble misión que se correlaciona».

San Miguel Arcángel es el contra-revolucionario rutilante de sacralidad, de pureza y de fuerza,[11] es modélico en la perpetua lucha entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas. Vivimos tiempos de grandes tribulaciones para la Verdadera Fe. «En este siglo en que el poder de las tinieblas alza con tanta insolencia su estandarte, sobre el mundo profanado, y sobre – oh! Dolor- los hijos de nuestra Madre, la Iglesia tres veces santa e imperecible».[12]

Enseña San Agustín que hay dos mundos, el uno creado por el Verbo, el otro regido por el Príncipe de las tinieblas: la Ciudad del Hombre, que lucha contra la Ciudad de Dios desde el comienzo; misterio de iniquidad, que es la raíz de todas las herejías y el fuego de todas las persecuciones; «es la quietud incestuosa de la criatura asentada sobre su diferencia específica»; la continua rebelión del intelecto pecador contra su principio y su fin, eco multiplicado en las edades del «no serviré» de Satanás.[13]

Como afirma San Pablo, el misterio de la iniquidad ya está en acción:[14] la rebelión de los hombres y de las naciones contra la Revelación y el imperio de Nuestro Señor Jesucristo, la rebelión contra el Dios Verdadero.

Mikael es el guerrero del Altísimo que no permitirá que la majestad divina sea desafiada u ofendida en su presencia.

Dice San Francisco de Sales que la veneración a San Miguel es el más grande remedio en contra de la rebeldía y la desobediencia a los mandamientos de Dios, en contra del ateísmo, el escepticismo y la infidelidad.

El Arcángel Mikael, nos enseña que no es suficiente para un católico comportarse bien, la misión del verdadero discípulo del Señor es luchar contra el Mal, y no sólo de un mal abstracto, sino del mal como existe en los impíos y pecadores. San Miguel no arrojó al infierno el mal como una idea, como una mera concepción del intelecto, como un principio, como algo abstracto, ya que ni los principios ni los conceptos son susceptibles de ser quemados por el fuego eterno, él arrojó al infierno a Lucifer y sus secuaces, repudiando el mal que existía en ellos.

Los contra-revolucionarios necesitamos la fuerza de nuestro Patrón, el don, por amor a nuestra Reina y Madre, de increpar, fustigar, golpear, talar, quebrar y pisar a la Babel moderna, satánica e igualitaria, a los poderes ocultos que la rigen, a las estructuras que le aseguran la dominación universal, a los falsos profetas que la sustentan, a los encantamientos mentirosos con que pierden a las multitudes.

Y así, el lodo huirá para los antros de la tierra. Las tinieblas se sumirán en sus escondites infernales. ¡Y la tempestad vencida, dará lugar a un orden sacral y jerárquico, y altamente perfecto, del Reino de María! [15]

Germán Mazuelo-Leytón


[1] DANIEL 3, 65.

[2] Cf.: SAN PIO X, Catecismo Mayor.

[3] SAN CLEMENTE ROMANO, Carta a los Corintios, 30, 3-4.

[4] MARTÍNEZ G., FRANCISCO, Ángeles, Demonios y Hombre.

[5] SAN GREGORIO MAGNO, Homilía 34, sobre los Evangelios.

[6] Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Consagración a San Miguel Arcángel.

[7] APOCALIPSIS 8, 2-4.

[8] Cf. SÁENZ S.J., P. ALFREDO, San Miguel, Arcángel de Dios.

[9] CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Revolución y Contra-revolución, cap. IV.

[10] DANIEL 12, 1-2.

[11] Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Consagración a San Miguel Arcángel.

[12] Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Consagración a San Miguel Arcángel.

[13] CASTELLANI, LEONARDO, Cristo vuelve o no vuelve.

[14] Cf.: II TESALONISENSES, 2, 4-12.

[15] Cf.: CORREA DE OLIVEIRA, Prof. PLINIO, Consagración a San Miguel Arcángel.



jueves, 5 de mayo de 2016

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR A LOS CIELOS - VENERABLE MARÍA DE JESÚS DE AGREDA



La ascensión de Cristo Redentor nuestro a los cielos con todos los Santos que le asistían, y lleva a su Madre santísima consigo para darle la posesión de la gloria. 

1509. Llegó la hora felicísima en que el Unigénito del Eterno Padre, que por la Encarnación humana bajó del cielo, había de subir a él con admirable y propia ascensión para asentarse a la diestra que le tocaba como heredero de sus eternidades, engendrado de su sustancia en igualdad y unidad de naturaleza y gloria infinita. Subió tanto porque descendió primero hasta lo inferior de la tierra, como lo dice el Apóstol (Ef 4, 9), dejando llenas todas las cosas que de su venida al mundo, de su vida, muerte y redención humana estaban dichas y escritas, habiendo penetrado como Señor de todo hasta el centro de la tierra y echado el sello a todos sus misterios con éste de su ascensión, en que dejó prometido el Espíritu Santo, que no viniera si primero no subiera a los cielos el mismo Señor, que con el Padre le había de enviar a su nueva Iglesia. Para celebrar día tan festivo y misteriosa eligió Cristo nuestro bien por especiales testigos las ciento y veinte personas, a quien juntó y halló en el cenáculo, como en el capítulo pasado se dijo, que eran María santísima y los once Apóstoles, los setenta y dos discípulos, Santa María Magdalena, Santa Marta y San Lázaro, hermano de las dos, y las otras Marías y algunos fieles, hombres y mujeres, hasta cumplir el número sobredicho (Cf. supra n. 1504) de ciento y veinte. 

1510. Con esta pequeña grey salió del cenáculo nuestro divino pastor Jesús, llevándolos a todos delante por las calles de Jerusalén y a su lado a la beatísima Madre. Y luego los Apóstoles y todos los demás por su orden caminaron hacia Betania, que distaba menos de media legua (1 legua ~ 5.556 Km) a la falda del monte Olivete. La compañía de los Ángeles y Santos que salieron del limbo y purgatorio seguían al Triunfador victorioso con nuevos cánticos de alabanza, aunque de su vista sólo gozaba María santísima. Estaba ya divulgada por toda Jerusalén y Palestina la Resurrección de Jesús Nazareno, aunque la pérfida malicia de los príncipes de los sacerdotes procuraba que se asentase el falso testimonio de que los discípulos le habían hurtado, pero muchos no lo admitieron, ni dieron crédito. Y con todo eso dispuso la Divina Providencia que ninguno de los moradores de la ciudad, o incrédulos o dudosos, reparasen en aquella santa procesión que salía del cenáculo ni los impidiesen el camino, porque todos estuvieron justamente inadvertidos, como incapaces de conocer aquel misterio tan maravilloso, no obstante que el capitán y maestro Jesús iba invisible para todos los demás, fuera de los ciento y veinte justos que eligió para que le viesen subir a los cielos. 

1511. Con esta seguridad que les previno el poder del mismo Señor, caminaron todos hasta subir a lo más alto del monte Olivete, y llegando al lugar determinado se formaron tres coros, uno de Ángeles, otro de los Santos y el tercero de los Apóstoles y fieles, que se dividieron en dos alas, y Cristo nuestro Salvador hacía cabeza. Luego la prudentísima Madre se postró a los pies de su Hijo y le adoró por verdadero Dios y Reparador del mundo, con admirable culto y humildad, y le pidió su última bendición. Y todos los demás fieles que allí estaban a imitación de su gran Reina hicieron lo mismo, y con grandes sollozos y suspiros preguntaron al Señor si en aquel tiempo había de restaurar el reino de Israel, y Su Majestad les respondió que aquel secreto era de su Eterno Padre y no les convenía saberlo y que por entonces era necesario y conveniente que en recibiendo al Espíritu Santo predicasen en Jerusalén, en Samaría y en todo el mundo los misterios de la Redención humana. 

1512. Despedido Su Divina Majestad de aquella santa y feliz congregación de fieles con semblante apacible y majestuoso, juntó las manos y en su propia virtud se comenzó a levantar del suelo, dejando en él las señales o vestigios de sus sagradas plantas. Y con un suavísimo movimiento se fue encaminando por la región del aire, llevando tras de sí los ojos y el corazón de aquellos hijos primogénitos, que entre suspiros y lágrimas le seguían con el afecto. Y como al movimiento del primer móvil se mueven también los cielos inferiores que comprende su dilatada esfera, así nuestro Salvador Jesús llevó tras de sí mismo los coros celestiales de Ángeles y Santos Padres y los demás que le acompañaban glorificados, unos en cuerpo y alma, otros en solas las almas, y todos juntos y ordenados subieron y se levantaron de la tierra acompañando y siguiendo a su Rey, Capitán y Cabeza. El nuevo y oculto sacramento que la diestra del Altísimo obró en esta ocasión fue llevar consigo a su Madre santísima para darla en el cielo la posesión de la gloria y del lugar que como a Madre verdadera le tenía señalado, y ella con sus méritos adquirido, y para adelante prevenido. De este favor estaba ya capaz la gran Reina antes que sucediese, porque su Hijo santísimo se lo había ofrecido en los cuarenta días que la acompañó después de su milagrosa resurrección. Y porque a ninguna otra criatura humana y viviente se le manifestase este sacramento por entonces, y para que en la congregación de los apóstoles y demás fieles asistiese su divina Maestra, perseverando con ellos en oración hasta la venida del Espíritu Santo, como se dice en los Actos de los Apóstoles (Act 1, 14), obró el poder divino por milagroso y admirable modo que María santísima estuviese en dos partes, quedando con los hijos de la Iglesia siguiéndoles al cenáculo y asistiendo con ellos, y subiendo en compañía del Redentor del mundo, y en su mismo trono, a los cielos, donde estuvo tres días con el más perfecto uso de las potencias y sentidos, y al mismo tiempo en el cenáculo con menos ejercicio de ellos. 

1513. Fue la beatísima Señora levantada con su Hijo santísimo y colocada a su diestra, cumpliéndose lo que dijo el Santo Rey y Profeta David (Sal 44, 10), que estuvo la Reina a su diestra con vestido dorado de resplandores de gloria y rodeada de variedad de dones y gracias a vista de los Ángeles y Santos que ascendían con el Señor. Y para que la admiración de este gran misterio despierte más la devoción, inflame la viva fe de los fieles y los incline a engrandecer al autor de tan rara y no pensada maravilla, advierto a los que leyeren este milagro que, desde que el Muy Alto me declaró su voluntad de que escribiese esta Historia y me intimó mandato para ejecutarlo, repetidísimas veces y en dilatado tiempo y largos años que han pasado me ha manifestado Su Majestad diversos misterios y descubierto grandes sacramentos de los que dejo escritos y diré adelante, porque la alteza del argumento pedía esta prevención y disposición. No lo recibía todo junto, porque no es capaz la limitación de la criatura de tanta abundancia, pero para escribirlo se me renueva la luz por otro modo de cada misterio en particular; y las inteligencias de todos han sido ordinariamente en los días festivos de Cristo nuestro Salvador y de la gran Reina del cielo, y singularmente este sacramento grande, de llevar el Hijo santísimo a su purísima Madre el día de la Ascensión consigo al cielo y quedando en el cenáculo por modo admirable y milagroso, le he conocido consecutivamente algunos años en los mismos días. 

1514. La firmeza que trae consigo la verdad divina no deja duda para el entendimiento que la conoce y mira en el mismo Dios, donde todo es luz sin mezcla de tinieblas (1 Jn 1, 5) y se conoce el objeto y la razón; pero para quien oye en relación estos misterios, necesario es dar motivos a la piedad para pedir el crédito de lo que es oscuro, y por esta causa me hallara dudosa en escribir el oculto sacramento de esta subida a los cielos de nuestra Reina si no fuera tan grande falta negarle a esta Historia maravilla y prerrogativa que tanto la engrandece. A mí se me ofreció la duda cuando conocí este misterio la primera vez, pero ahora que le escribo no la tengo, después que dije en la primera parte (Cf. supra p.I n. 331) cómo en naciendo la Princesa de las alturas fue llevada niña al cielo empíreo, y en esta segunda parte dije (Cf. supra n. 72, 90) que sucedió lo mismo dos veces en los nueve días que precedieron a la Encarnación del Verbo, para disponerla dignamente para tan alto misterio. Y si el poder divino hizo con María santísima estos favores tan admirables antes de ser Madre del Verbo, disponiéndola para que lo fuese, mucho más creíble es que los repetiría después que ya estaba consagrada con haberle tenido en su virginal tálamo, dándole forma humana de su purísima sangre, alimentándole a sus pechos con su leche y criándole como a Hijo verdadero, y después de haberle servido treinta y tres años, siguiéndole e imitándole en su vida, pasión y muerte con la fidelidad que ninguna lengua puede explicar. 

1515. En estos favores y misterios de María santísima, muy diferente cosa es investigar la razón por qué el Altísimo los obró en ella, o por qué los ha tenido ocultos tantos siglos en su Iglesia. Lo primero se ha de regular con el poder divino y el amor inmenso que tuvo a su Madre y por la dignidad que la dio sobre todas las criaturas. Y como los hombres en carne mortal no llegan a conocer cabalmente ni la dignidad de Madre, ni el amor que le tuvo y tiene su Hijo y toda la Beatísima Trinidad, ni los méritos y santidad a donde la levantó su omnipotencia, por esta ignorancia limitan el poder divino en obrar con su Madre todo lo que pudo, que fue todo lo que quiso. Pero si a ella sola se dio a sí mismo con tan especial modo como hacerse hijo de su sustancia, consiguiente era en el orden de gracia hacer con ella singularmente lo que con ningún otro ni con todo el linaje humano se debía hacer ni convenía; y con ella no solamente han de ser singulares los favores, beneficios y dones que hizo el Altísimo con su Madre santísima, pero la regla general es que ninguno le negó de cuantos pudo hacer con ella que redundase en su gloria y santidad, después de la de su humanidad santísima. 

1516. Pero en manifestar Dios estas maravillas a su Iglesia concurren otras razones de su altísima Providencia, con que la gobierna y le va dando nuevos resplandores según los tiempos y necesidades que con ellos se ofrece. Porque el dichoso día de la gracia, que amaneció al mundo con la Encarnación del Verbo humanado y Redención de los hombres, tiene su mañana y meridiano como tendrá su ocaso, y todo lo dispone la eterna sabiduría como y cuando oportunamente conviene. Y aunque todos los misterios de Cristo y su Madre estén revelados en las divinas Escrituras, mas no todos se manifiestan igualmente a un mismo tiempo, sino poco a poco ha ido corriendo el Señor la cortina de las figuras y metáforas o enigmas con que se revelaron muchos sacramentos, como encerrados y reservados para su tiempo, como lo están los rayos del sol después de haber salido debajo de la nube que los oculta hasta que se retira. Y no es maravilla que a los hombres se les vaya comunicando por partes alguno de los muchos rayos de esta divina luz, pues los mismos ángeles, aunque conocieron desde su creación el misterio de la Encarnación en sustancia y como en general, como fin a donde se ordenaba todo el ministerio que tienen con los hombres, pero no se les manifestaron a los divinos espíritus todas las condiciones, efectos y circunstancias de este misterio, antes han conocido muchas de ellas después de cinco mil y doscientos y más años de la creación del mundo. Y este nuevo conocimiento de lo que no sabían en particular, les causaba nueva admiración de alabanza y gloria, que daban al autor, como en todo el discurso de esta Historia muchas veces repito (Cf. supra n. 631, 692, 997, 1261, 1286). Y con este ejemplo respondo a la admiración que puede causar a quien oyere de nuevo el misterio que aquí escribo de María santísima, oculto hasta que el Altísimo lo ha querido manifestar, con los demás que dejo escritos y escribiré adelante. 

1517. Antes que yo estuviera capaz de estas razones, cuando comencé a conocer este misterio de haber llevado Cristo nuestro Salvador a su Madre santísima consigo en su Ascensión, no fue pequeña mi admiración, no tanto en mi nombre como en los demás a cuya noticia llegara. Y entre otras cosas que entendí entonces del Señor, fue acordarme lo que San Pablo de sí mismo dejó escrito en la Iglesia, cuando refirió el rapto que tuvo hasta el tercero cielo (2 Cor 12, 2), que fue el de los bienaventurados, donde dejó en duda si fue arrebatado en cuerpo o fuera de él, sin afirmar o negar alguno de estos dos modos, antes suponiendo que pudo ser por cualquiera de ellos. Y entedí luego que si al Apóstol en el principio de su conversión le sucedió esto, de manera que pudiese ser llevado al cielo empíreo corporalmente, cuando no habían precedido en él méritos sino culpas, y concederle este milagro al poder divino no tiene peligro ni inconveniente en la Iglesia, ¿cómo se ha de dudar que haría el mismo Señor este favor a su Madre y más sobre tan inefables merecimientos y santidad? Añadió más el Señor: que si a otros Santos de los que resucitaron en el cuerpo con la resurrección de Cristo se les concedió subir en cuerpo y alma con Su Majestad, más razón había para concederle a su Madre purísima este favor, pues, aunque a ninguno de los mortales se le hiciera este beneficio, a María santísima se le debía en algún modo por haber padecido con el Señor. Y era puesto en razón que con él mismo entrase a la parte del triunfo y del gozo con que llegaba a tomar la posesión de la diestra de su Eterno Padre, para que de la suya la tomase también su propia Madre, que le había dado de su misma sustancia aquella naturaleza humana en que subía triunfante a los cielos. Y así como era conveniente que en esta gloria no se apartasen Hijo y Madre, también lo era que ningún otro del linaje humano en cuerpo y alma llegase primero a la posesión de aquella eterna felicidad que María santísima, aunque fueran su padre y madre y su esposo San José y los demás, que a todos y al mismo Señor e Hijo santísimo Jesús les faltara esta parte de gozo accidental en aquel día sin María santísima y si no entrara con ellos en la patria celestial como Madre de su Reparador y Reina de todo lo criado, a quien ninguno de sus vasallos se debía anteponer en este favor y beneficio. 

1518. Estas congruencias me parecen bastantes para que la piedad católica se alegre y consuele con la noticia de este misterio y de los que diré adelante de esta condición en la tercera parte. Y volviendo al discurso de la Historia, digo que nuestro Salvador llevó consigo a su Madre santísima en la subida a los cielos, llena de resplandor y gloria a vista de los Ángeles y Santos, con increíble júbilo y admiración de todos. Y fue muy conveniente por entonces que los Apóstoles y los demás fieles ignorasen este misterio, porque si vieran ascender a su Madre y Maestra con Cristo, los afligiera el desconsuelo sin medida ni recurso de algún alivio, pues no les quedaba otro mayor que imaginar tenían consigo a la beatísima Señora y Madre piadosísima. Con todo eso, fueron grandes los suspiros, lágrimas y clamores que daban de lo íntimo del alma, cuando vieron que su amantísimo Maestro y Redentor se iba alejando por la región del aire. Y cuando ya le iban perdiendo de vista, se interpuso una nube refulgentísima entre el Señor y los que quedaban en la tierra, y con esta nube se les ocultó de todo punto para dejar de verle. Venía en ella la persona del Eterno Padre, que descendió del supremo cielo a la región del aire a recibir a su Unigénito humanado y a la Madre que le dio el nuevo ser humano en que volvía. Y llegándolos el Padre a sí mismo, los recibió con un abrazo inseparable de infinito amor y nuevo gozo para los Ángeles, que en ejércitos innumerables venían del cielo asistiendo a la Persona del Eterno Padre [en todos los lugares esta presente la consubstancial Beatísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo con sustancia y esencia, pero con gracia santificante e inhabitación solamente en las almas de los justos]. Luego en breve espacio y penetrando los elementos y los orbes celestiales les llegó toda esta divina procesión al lugar supremo del empíreo. Los Ángeles que subían de la tierra con sus Reyes Jesús y María, y los que volvieron de la región del aire, hablaron a la entrada con los demás que quedaron en las alturas y repitieron aquellas palabras del Santo Rey David (Sal 23, 7), añadiendo otras que declaran el misterio, y dijeron: 

1519. Abrid, príncipes, abrid vuestras puertas eternales; levántense y estén patentes, para que entre en su morada el gran Rey de la gloria, el Señor de las virtudes, el poderoso en las batallas y fuerte y vencedor, que viene victorioso y triunfador de todos sus enemigos. Abrid las puertas del soberano paraíso, y siempre estén patentes y franqueadas, que sube el nuevo Adán, reparador de todo su linaje humano, rico en misericordias, abundante en los tesoros de sus propios merecimientos, cargado de despojos y primicias de la copiosa Redención que con su muerte obró en el mundo. Ya restauró la ruina de nuestra naturaleza y levantó la humana a la suprema dignidad de su mismo ser inmenso. Ya vuelve con el reino que le dio su Padre de los electos y redimidos. Ya su liberal misericordia les deja a los mortales la potestad para que de justicia pueden adquirir el derecho que perdieron por el pecado, para merecer con la observancia de su ley la vida eterna como hermanos suyos y herederos de los bienes de su Padre; y para mayor gloria suya y gozo nuestro trae consigo y a su lado a la Madre de piedad, que le dio la forma de hombre en que venció al demonio, y viene nuestra Reina tan agradable y especiosa, que deleita a quien la mira. Salid, salid, divinos cortesanos, veréis a nuestro Rey hermosísimo con la diadema que le dio su Madre, y a su Madre coronada con la gloria que le da su Hijo. 

1520. Con este júbilo y el que excede a nuestro pensamiento llegó al cielo empíreo aquella nueva procesión tan ordenada y, puestos a dos coros Ángeles y Santos, pasaron Cristo nuestro Redentor y su beatísima Madre, y todos por su orden les dieron suprema adoración a cada uno y a los dos respectivamente, cantando nuevos cánticos de loores a los autores de la gracia y de la vida. El Eterno Padre asentó a su diestra en el trono de la divinidad al Verbo humanado con tanta gloria y majestad, que puso en nueva admiración y temor reverencial a todos los moradores del cielo, que conocían con visión clara e intuitiva la divinidad de infinita gloria y perfecciones, encerrada y unida sustancialmente en una persona a la humanidad santísima, hermoseada y levantada a la preeminencia y gloria que de aquella inseparable unión le resultaba, que ni ojos le vieron, ni oídos lo oyeron, ni jamás pudo caber en pensamiento criado. 

1521. En esta ocasión subió de punto la humildad y sabiduría de nuestra prudentísima Reina, porque entre tan divinos y admirables favores quedó como a la peana del trono real, deshecha en su propio conocimiento de pura y terrena criatura, y postrada adoró al Padre y le hizo nuevos cánticos de alabanza por la gloria que comunicaba a su Hijo, levantando en Él su humanidad deificada en tan excelsa grandeza y gloria. Fue para los Ángeles y Santos nuevo motivo de admiración y gozo al ver la prudentísima humildad de su Reina, de quien como de un dechado vivo copiaban con santa emulación sus virtudes de adoración y reverencia. Oyóse luego una voz del Padre que la decía: Hija mía, asciende más adelante. Y su Hijo santísimo también la llamó, diciendo: Madre mía, levántate y llega al lugar que yo te debo por lo que me has seguido e imitado. Y el Espíritu Santo dijo: Esposa mía y amiga mía, llega a mis eternos brazos. Y luego se manifestó a todos los bienaventurados el decreto de la Beatísima Trinidad, con que señalaba por lugar y asiento de la felicísima Madre la diestra de su Hijo para toda la eternidad, por haberle dado el ser humano de su misma sangre y por haberle criado, servido, imitado y seguido con plenitud de perfección posible a pura criatura, y que ninguna otra de la humana naturaleza tomase la posesión de aquel lugar y estado inamisible en el grado que le correspondía, antes que la Reina la tuviese y fuese colocada en el que se le señalaba de justicia para después de su vida, como superior en suma distancia a todo el restos de los santos. 

1522. En cumplimiento de este decreto fue colocada María santísima en el trono de la Beatísima Trinidad a la diestra de su Hijo santísimo, conociendo ella misma y los demás santos que se le daba la posesión de aquel lugar, no sólo por todas las eternidades, sino también dejando en la elección de su voluntad si quería permanecer en él, sin dejarle desde entonces ni volver al mundo. Porque ésta era como voluntad condicionada de las divinas personas, que cuanto era de parte del Señor se quedase en aquel estado. Y para que ella eligiese se le manifestó de nuevo el que tenía la Iglesia Santa militante en la tierra y la soledad y necesidad de los fieles, cuyo amparo se le dejaba a su elección. Este orden de la admirable Providencia del Altísimo fue dar ocasión a la Madre de Misericordia para que sobreexcediese y aventajase a sí misma y obligase al linaje humano con un acto de piedad y clemencia como el que hizo, semejante al de su Hijo en admitir el estado pasible, suspendiendo la gloria que pudo y debía recibir en el cuerpo para redimirnos. Imitóle en esto también su beatísima Madre, para que en todo fuese semejante al Verbo humanado, y conociendo la gran Señora sin engaño todo lo que se le proponía, se levantó del trono y postrada ante el acatamiento de las tres personas habló y dijo: Dios eterno y todopoderoso, Señor mío, el admitir luego este premio, que vuestra dignación me ofrece, ha de ser para descanso mío. El volver al mundo y trabajar más en la vida mortal entre los hijos de Adán, ayudando a los fieles de Vuestra Santa Iglesia, ha de ser de gloria y beneplácito de Vuestra Majestad y en beneficio de mis hijos los desterrados y viadores. Yo admito el trabajo y renuncio por ahora este descanso y gozo que de vuestra presencia recibo. Bien conozco lo que poseo y recibo y lo sacrifico al amor que tenéis a los hombres. Admitid, Señor y Dueño de todo mi ser, mi sacrificio, y vuestra virtud divina me gobierne en la empresa que me habéis fiado. Dilátese vuestra fe, sea ensalzado vuestro santo nombre y multipliquese Vuestra Iglesia, adquirida con la sangre de vuestro Unigénito y mío, que yo me ofrezco de nuevo a trabajar por Vuestra gloria y granjear las almas que pudiere. 

1523. Esta resignación nunca imaginada hizo la piadosísima Madre y Reina de las virtudes y fue tan agradable en la divina aceptación, que luego se la premió el Señor, disponiéndola con las purificaciones e iluminaciones que otras veces he referido (Cf. supra p.I n. 626ss) para ver la divinidad intuitivamente; que hasta entonces en esta ocasión no la había visto más de por visión abstractiva, con todo lo que había precedido. Y estando así elevada, se le manifestó en visión beatífica y fue llena de gloria y bienes celestiales, que no se pueden referir ni conocer en esta vida. 

1524. Renovó en ella el Altísimo todos los dones que hasta entonces la había comunicado y los confirmó y selló de nuevo en el grado que convenía, para enviarla otra vez por Madre y Maestra de la Santa Iglesia, y el título que antes le había dado de Reina de todo lo criado, de Abogada y Señora de los fieles, y como en la cera blanda se imprime el sello, así en María santísima por virtud de la omnipotencia divina se reimprimió de nuevo el ser humano y la imagen de Cristo, para que con esta señal volviese a la Iglesia militante, donde había de ser huerto verdaderamente cerrado y sellado (Cant 4, 12) para guardar las aguas de la vida. ¡Oh misterios tan venerables cuanto levantados! ¡Oh secretos de la Majestad altísima, dignos de toda reverencia! ¡Oh caridad y clemencia de María santísima, nunca imaginada de los ignorantes hijos de Eva! No fue sin misterio poner Dios en su elección de esta única y piadosa Madre el socorro de sus hijos los fieles, traza fue para manifestarnos en esta maravilla aquel maternal amor que acaso en otras y en tantas obras no acabaríamos de conocer. Orden divino fue, para que ni a ella le faltase esta excelencia, ni a nosotros esta deuda, y nos provocase ejemplo tan admirable. ¿A quién le pareciera mucho, a vista de esta fineza, lo que hicieron los Santos y padecieron los Mártires, privándose de algún momentáneo contentamiento para llegar al descanso, cuando nuestra amantísima Madre se privó del gozo verdadero para volver a socorrer a sus hijuelos? ¿Y cómo excusaremos nuestra confusión, cuando ni por agradecer este beneficio, ni por imitar este ejemplo, ni por obligar a esta Señora, ni por adquirir su eterna compañía y la de su Hijo, aun no queremos carecer de un leve y engañoso deleite, que nos granjea su enemistad y la misma muerte? Bendita sea tal mujer, alábenla los mismos cielos y llámenla dichosa y bienaventurada todas las generaciones. 

1525. A la primera parte de esta Historia puse fin con el capítulo 31 de las Parábolas de Salomón, declarando con él las excelentes virtudes de esta gran Señora, que fue la única mujer fuerte de la Iglesia, y con el mismo capítulo puedo cerrar esta segunda parte, porque todo lo comprendió el Espíritu Santo en la fecundidad de misterios que encierran las palabras de aquel lugar. Y en este gran sacramento de que he tratado aquí se verifica con mayor excelencia, por el estado tan supremo en que María santísima quedó después de este beneficio. Pero no me detengo en repetir lo que allí dije, porque con ello se entenderá mucho de lo que aquí podré decir y se declara cómo esta Reina fue la mujer fuerte, cuyo valor y precio vino de lejos y de los últimos fines del cielo empíreo, de la confianza que de ella hizo la Beatísima Trinidad, y no se halló frustrado el corazón de su varón, porque nada le faltó de lo que esperaba de ella. Fue la nave del mercader que desde el cielo trajo el alimento de la Iglesia a la que con el fruto de sus manos la plantó, la que se ciñó de fortaleza, la que corroboró su brazo para cosas grandes, la que extendió sus palmas a los pobres y abrió sus manos a los desamparados, la que gustó y vio cuán buena era esta negociación a la vista del premio en la bienaventuranza, la que vistió a sus domésticos con dobladas vestiduras, la que no se le extinguió la luz en la noche de la tribulación, ni pudo temer en el rigor de las tentaciones. Para todo esto, antes de bajar del cielo, pidió al Eterno Padre la potencia, al Hijo la sabiduría, al Espíritu Santo el fuego de su amor, y a todas tres Personas su asistencia y para descender su bendición. Diéronsela estando postrada ante su trono y la llenaron de nuevas influencias y participación de la divinidad. Despidiéronla amorosamente, llena de tesoros inefables de su gracia. Los Santos Ángeles y justos la engrandecieron con admirables bendiciones y loores con que volvió a la tierra, como diré en la tercera parte (Cf. infra p. III n. 3), y lo que obró en la Iglesia Santa el tiempo que convino asistir en ella, que todo fue admiración del cielo y beneficio de los hombres, que trabajó y padeció siempre porque consiguiesen la felicidad eterna. Y como había conocido el valor de la caridad en su origen y principio, en Dios eterno, que es caridad, quedó enardecida en ella, y su pan de día y noche fue caridad, y como abejita oficiosa bajó de la Iglesia triunfante a la militante, cargada de las flores de la caridad, a labrar el dulce panal de miel del amor de Dios y del prójimo, con que alimentó a los hijos pequeñuelos de la primitiva Iglesia y los crió tan robustos y consumados varones en la perfección, que fueron fundamentos bastantes para los altos edificios de la Iglesia Santa. 

1526. Y para dar fin a este capítulo, y con él a esta segunda parte, volveré a la congregación de los fieles, que dejamos tan llorosos en el monte Olivete. No los olvidó María santísima en medio de sus glorias, y viendo su tristeza y llanto y que todos estaban casi absortos mirando a la región del aire, por donde su Redentor y Maestro se les había escondido, volvió la dulce Madre sus ojos desde la nube en que ascendía y desde donde los asistía. Y viendo su dolor, pidió a Jesús amorosamente consolase aquellos hijuelos pobres que dejaba huérfanos en la tierra. Inclinado el Redentor del linaje humano con los ruegos de su Madre, despachó desde la nube dos Ángeles con vestiduras blancas y refulgentes, que en forma humana aparecieron a todos los discípulos y fieles y hablando con ellos les dijeron: Varones galileos, no perseveréis en mirar al cielo con tanta admiración, porqué este Señor Jesús, que se alejó de vosotros y ascendió al cielo, otra vez ha de volver con la misma gloria y majestad que ahora le habéis visto.—Con estas razones, y otras que añadieron, consolaron a los apóstoles y discípulos y a los demás, para que no desfalleciesen y esperasen retirados la venida y consolación que les daría él Espíritu Santo prometido por su divino Maestro. 

1527. Pero advierto que estas razones de los Ángeles, aunque fueron de consuelo para aquellos varones y mujeres, fueron también reprensión de su poca fe. Porque si ella estuviera bien informada y fuerte con el amor puro de la caridad, no era necesario ni útil estar mirando al cielo tan suspensos, pues ya no podían ver a su Maestro, ni detenerle con aquel amor y cariño tan sensible que les obligaba a mirar el aire por donde había ascendido al cielo, antes bien con la fe le podían ver y buscar a donde estaba y con ella le hallaran seguramente. Y lo demás era ya ocioso e imperfecto modo de buscarle, pues para obligarle a que los asistiese con su gracia, no era menester que corporalmente le vieran y le hablaran, y el no entenderlo así, en varones tan ilustrados y perfectos era defecto reprensible. Mucho tiempo cursaron los Apóstoles y discípulos en la escuela de Cristo nuestro bien y bebieron la doctrina de la perfección en su misma fuente, tan pura y cristalina, que pudieran estar ya muy espiritualizados y capaces de la más alta perfección. Pero es tan infeliz nuestra naturaleza en servir a los sentidos y contentarse con lo sensible, que aun lo más divino y espiritual quiere amar y gustar sensiblemente; y acostumbrada a esta grosería, tarda mucho en sacudirse y purificarse de ella, y tal vez se engaña, cuando con más seguridad y satisfacción ama al mejor objeto. Esta verdad para nuestra enseñanza se experimentó en los Apóstoles, a quienes el Señor había dicho que de tal manera era verdad y luz que juntamente era camino y que por él habían de llegar al conocimiento de su Eterno Padre; que la luz no es para manifestarse a sí sola, ni el camino es para quedarse en él. 

1528. Esta doctrina tan repetida en el Evangelio y oída de la boca del autor mismo y confirmada con el ejemplo de su vida, pudiera levantar el corazón y entendimiento de los Apóstoles a su inteligencia y práctica. Pero el mismo gusto espiritual y sensible que recibían de la conversación y trato de su Maestro y la seguridad con que le amaban de justicia, les ocupó todas las fuerzas de la voluntad atada al sentido, de manera que aún no sabían pasar de aquel estado, ni advertir que en aquel gusto espiritual se buscaban mucho a sí mismos, llevados de la inclinación al deleite espiritual, que viene por los sentidos. Y si no los dejara su mismo Maestro subiéndose a los cielos, fuera muy difícil apartarlos de su conversación sin grande amargura y tristeza, y con ella no estuvieran idóneos para la predicación del Evangelio, que se debía extender por todo el mundo a costa de mucho trabajo y sudor y de la misma vida de los que le predicaban. Este era oficio de varones no párvulos, sino esforzados y fuertes en el amor, no aficionados ni cariñosos al regalo sensible del espíritu, sino dispuestos a padecer abundancia y penuria, a la infamia y a la buena fama (2 Cor 6, 8), a las honras y deshonras, a la tristeza y alegría, conservando en esta variedad el amor y celo de la honra de Dios, con corazón magnánimo y superior a todo lo próspero y adverso. Con esta reprensión de los Ángeles se volvieron del monte Olívete al cenáculo con María santísima, donde perseveraron con ella en oración, aguardando la venida del Espíritu Santo, como en la tercera parte veremos. 


Doctrina que me dio la Reina del cielo María santísima. 

1529. Hija mía, a esta segunda parte de mi vida darás dichoso fin con quedar muy advertida y enseñada de la suavidad eficacísima del divino amor y de su liberalidad inmensa con las almas que no le impiden por sí mismas. Más conforme es a la inclinación del sumo bien y su voluntad perfecta y santa regalar a las criaturas que afligirlas, darles consuelos más que aflicciones, premiarlas más que castigarlas, dilatarlas más que contristarlas. Pero los mortales ignoran esta ciencia divina, porque desean que de la mano del sumo bien les vengan las consolaciones, deleites y premios terrenos y peligrosos, y los anteponen a los verdaderos y seguros. Este pernicioso error enmienda el amor divino en ellos, cuando los corrige con tribulaciones y los aflige con adversidades, los enseña con castigos, porque la naturaleza humana es tarda, grosera y rústica, y si no se cultiva y rompe su dureza no da fruto sazonado, ni con sus inclinaciones está bien dispuesta para el trato amabilísimo y dulce del sumo bien. Y así, es necesario ejercitarla y pulirla con el martillo de los trabajos y renovar en el crisol de la tribulación, con que se haga idónea y capaz de los dones y favores divinos, enseñándose a no amar los objetos terrenos y falaces, donde está escondida la muerte. 

1530. Poco me pareció lo que yo trabajé cuando conocí el premio que la bondad eterna me tenía prevenido, y por esto dispuso con admirable providencia que volviese a la Iglesia militante por mi propia voluntad y elección, porque venía a ser este orden de mayor gloria para mí y de exaltación al santo nombre del Altísimo, y se conseguía el socorro de la Iglesia y de sus hijos por el modo más admirable y santo. A mí me pareció muy debido carecer aquellos años que viví en el mundo de la felicidad que tenía en el cielo y volver a granjear en el mundo nuevos frutos de obras y agrado del Altísimo, porque todo lo debía a la bondad divina que me levantó del polvo. Aprende, pues, carísima, de este ejemplo y anímate con esfuerzo para imitarme en el tiempo que la Santa Iglesia se halla tan desconsolada y rodeada de tribulaciones, sin haber de sus hijos quien procure consolarla. En esta causa quiero que trabajes con esfuerzo, orando, pidiendo y clamando de lo íntimo del corazón al Todopoderoso por sus fieles y padeciendo y, si fuere necesario, dando por ella tu propia vida, que te aseguro, hija mía, será muy agradable tu cuidado en los ojos de mi Hijo santísimo y en los míos. Todo sea para gloria y honra del Altísimo, Rey de los siglos, inmortal e invisible, y de su Madre santísima María, por todas sus eternidades. 

MISTICA CIUDAD DE DIOS
VIDA DE LA VIRGEN MARÍA 
Venerable María de Jesús de Agreda
Libro VI, Cap. 29