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miércoles, 17 de octubre de 2018

martes, 6 de abril de 2010

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (III)


La Pasión de Jesucristo y la perfección cristiana.

I
El Divino Salvador ha dicho: Ego sum ostium. “Yo soy la puerta.” El que entra por esta puerta camina segura y derechamente a la eterna mansión de los Santos; esto es, el que medita de continuo la Pasión del Hijo de Dios llegará infaliblemente al Cielo.

II
Guardad en vuestro corazón un tierno y amoroso recuerdo de los sufrimientos del celestial esposo. Dejaos penetrar enteramente del amor con que los ha sufrido; y al contemplarle sumergido en dolor, compadeceos de sus penas. Cuanto más tierna fuere vuestra compasión hacia el afligido Jesús, tanto mayores serán vuestros adelantos en la cristiana perfección.

III
El camino más corto y seguro para llegar a la santidad del propio estado es el de perderse en el abismo sin fondo de los sufrimientos de Jesucristo. El Profeta llama a la Pasión del Salvador mar de amor y de dolor. En este vasto mar el alma pesca las preciosas perlas de las más sólidas y brillantes virtudes, y hace suyos los sufrimientos del sumo y amado Bien… El celestial Esposo enseñará al alma esta divina pesca, si ella permanece en la soledad interior, separada de las humanas afecciones, y desprendida de todo lo criado.

IV
Haced un ramillete de los sufrimientos del amabilísimo Jesús, y llevadle constantemente sobre vuestro pecho. Dejaos penetrar de los sufrimientos de este divino y soberano amor, y seréis magnánimos, serviréis notablemente al Señor, y practicaréis grandes virtudes, Dios será vuestra fuerza y os dará la victoria.

V
Llevad todos los días de vuestra vida el duelo en memoria de la muerte de Jesucristo; este es el medio de identificaros con sus sufrimientos, de abrasaros más y más en las llamas de su soberano amor, y de santificaros cada día más.

VI
Conservad siempre y en todas partes el piadoso recuerdo de la Pasión y muerte del adorable Hijo de Dios. Ofreceos vos mismo todos los días en holocausto a la infinita Bondad de Dios: este sacrificio debe hacerse en el fuego de la divina caridad, por medio de los sufrimientos del Salvador y la práctica de las virtudes, sobre todo, de la paciencia del dulcísimo Jesús.

VII
Adornaos, enhorabuena, con preciosos vestidos, llevad, si queréis, un collar de perlas preciosas y de ricos brillantes; mas, no olvidéis que vuestro dulce Jesús fue cargado de sogas y cadenas. Decid a vos misma: Yo llevo perlas y preciosos adornos, y mi dulce Jesús ha sido cargado de sogas y cadenas en su Pasión. Estas piadosas reflexiones os estimularán a despreciar las vanidades del mundo y a adornar vuestra alma con las virtudes propias de vuestro estado y profesión.

VIII
Vivid interiormente en el seno de Dios: este es el camino más corto para perderos y abismaros en el Infinito, pasando por la puerta divina, que es Jesús Crucificado, y apropiándoos sus sufrimientos. El amor enseña todo, porque la Pasión con sus amargos dolores es la obra de un amor infinito.

IX
Tened siempre en la memoria la Pasión de Nuestro Señor, trabajad con todas vuestras fuerzas y con celo ardiente é incansable en insinuar a todos los que pudiereis la piadosa meditación de los sufrimientos de nuestro dulce Jesús.

X
Cuando meditamos la Pasión de Jesucristo, debemos, al verle sumergido en dolor, compadecernos de sus penas; y luego contemplarle con amor en tan lastimoso estado, y apropiarnos por amor y compasión los sufrimientos que embargan su tierno corazón y su alma santísima.

XI
Suponed que habéis caído en un profundo y caudaloso río, y que una persona caritativa se arroja a él para salvaros; ¿qué pensaríais de tal bondad? Contemplad al divino Jesús, abismado en un océano de dolores, para sacarnos del abismo eterno: consagradle, pues, todas vuestras afecciones.

XII
Figuraos que habéis caído en las manos de unos forajidos y que un hombre, por amor hacia vos, se pone entre ellos y vos, y recibe profundas heridas para salvaros la vida; ¿qué haríais en retorno de tan grande amor? ¿No es cierto que miraríais sus dolores como si fueran vuestros, que os apresuraríais a manifestarle vuestra compasión y a curarle las heridas? Ese hombre es el Hombre Dios; mirémosle todo cubierto de llagas y de heridas para darnos la vida y la salvación; compadezcámonos de sus dolores, y consagrémosle nuestro amor.

XIII
¿Cuál es el medio de identificaros por el amor con los sufrimientos del Salvador? Dios os lo hará comprender cuando le agrade; este es un trabajo todo divino; entre tanto persistid en el conocimiento de vuestra nada, en los dulces coloquios con el divino Esposo y en la práctica de las virtudes.

XIV
El alma, enteramente sumergida en el puro amor, sin imágenes, en una fe pura y sencilla, se encuentra en un instante, cuando Dios es servido, toda abismada en el océano amarguísimo de los dolores de Jesucristo; los abraza todos con una mirada de fe, sin comprenderlos; porque la Pasión del Salvador es una obra de amor, y el alma así perdida en Dios, que es todo caridad, todo amor, se hace en sí misma una mezcla de amor y de dolor; el espíritu se penetra todo, se sumerge en un amor doloroso y en un dolor amoroso. Es la obra de Dios.

XV
No tener nada, no poder nada, no saber nada, y Dios hará salir de esta nada la obra de su más grande gloria. El dulce Jesús creará profundas raíces en vuestro corazón, y entonces exclamaréis, abrasada en llamas de amor: ¡Sufrir o morir!... o bien: ¡Sufrir y no morir… ó todavía más: ¡Ni sufrir ni morir, sino una total trasformación en el agrado de Dios!

XVI
El amor tiene una virtud unitiva y hace suyos los sufrimientos del Amado. Si os sentís penetrada interior y exteriormente de los sufrimientos del divino Esposo, regocijaos; pero sabed que esta alegría solo se encuentra en el horno del amor divino; porque el fuego que penetra hasta la médula de los huesos trasforma al alma amante en Aquel a quien ella ama; y como el amor se une de una manera sublime al dolor, y el dolor al amor, resulta una mezcla amorosa y dolorosa, pero tan perfecta, que no se distingue el amor del dolor; cuanto más el alma amante goza en su dolor, tanto más halla felicidad en su amor doloroso.

XVII
Cuando se piensa en el viernes, hay cosas capaces de hacer agonizar y hasta morir al que ama verdaderamente. El viernes, ¿no es acaso el día en que mi dulce Jesús ha vertido toda su preciosísima sangre por mis pecados, y ha sufrido hasta inmolar por mi amor su santa vida en el madero infame de la Cruz?

XVIII
¡Dichosas las almas que viven penetradas de los sufrimientos de su divino Esposo, y los llevan constantemente grabados en su espíritu y en su corazón por un doloroso y amoroso recuerdo!
Alimentaos, almas generosas, del alimento del Salvador, esto es, de sus sufrimientos, y dormid bien, porque este alimento pide un descanso prolongado en la soledad interior.

XIX
Cuando estéis solo en vuestro aposento, tomad vuestro Crucifijo en la mano, besad sus llagas con amor y ternura, decidle que os hable, y escuchad las palabras de vida eterna que os diga al corazón; escuchad lo que os dicen las espinas, los azotes, los clavos, la sangre divina que corre derramada por la Cruz. ¡Oh, qué sermón tan elocuente!

XX
Por la Cruz el santo Amor perfecciona el alma amante que le ofrece un corazón ferviente y generoso. Dichoso el corazón que permanece unido a la Cruz entre los brazos del divino Crucificado, y que no arde sino en el fuego del amor.

XXI
Los padecimientos del divino Jesús han de ser los más preciosos adornos de nuestro corazón, así como son la prenda más tierna y expresiva de su infinito amor a nuestras almas.

XXII
Vivid enteramente abismada en el amor de Jesús; que sus llagas formen vuestras más puras delicias: tenedle compañía en el huerto de las Olivas, y coged las místicas flores de sus desfallecimientos, de sus vivos dolores, de sus mortales agonías y de las gotas de sangre que brotan de todos los poros de su virginal y abatido cuerpo.

XXIII
Que vuestra devoción sea un poderoso imán que atraiga dulcemente a todas las almas a nuestro Bien crucificado; pero, para eso es necesario que ella sea sólida, sin afectación, siempre igual, prudente, discreta y afable.

XXIV
Que la santísima Cruz de Jesucristo, nuestro Amor, permanezca siempre enarbolada en nuestro corazón. Que nuestro espíritu esté sobre este árbol de vida, y que produzca en seguida dignos frutos de penitencia por los méritos del verdadero Autor de la vida.

XXV
Vivid en la alegría y en la paz de la Divina Majestad. Vivid toda abismada en el santo amor; vivid por el santo amor y del santo amor. ¡Oh Cruz querida! Vos estáis llena de gracias.
¡Oh almas abrasadas en el Santo amor! Buscad un asilo como puras palomas, a la sombra del Amor Crucificado.

XXVI
No miréis los trabajos como una carga pesada, sino como un regalo del Amor Crucificado, nuestro Jesús este Rey de dolores y de angustias, y entonces todo os parecerá dulce y sabroso. ¡El corazón en lo alto! ¡El corazón en Dios!

XXVII
¡Ha crecido vuestra cruz! ¡Gracias, pues á nuestro verdadero Bien, que os tiene sobre la cruz! ¡Oh cruz muy amada! ¡Oh santa Cruz, árbol de la vida donde está suspendida la verdadera vida! Yo te saludo, yo te abrazo, yo te estrecho contra mi corazón. ¡Ah! he aquí los sentimientos que deben animarnos en las circunstancias dolorosas.


XXVIII
Tened vuestro corazón siempre despierto por el recuerdo de Dios, vuestro Amor y vuestro Bien; pero hacedlo con suavidad y sin esfuerzo. Cuando Dios inspire a vuestro corazón un sentimiento de amor y de compasión, deteneos y saboreadle como la abeja saborea la miel…
¡Ah! Cuando pienso que mi alma es el templo de Dios, que Dios está en mí, ¡Oh, cuánto se regocija mi alma! Toda aflicción me parece dulce y ligera…

XXIX
¡Almas enamoradas de Jesús Crucificado! Yo os convido al Calvario para asistir a los funerales de nuestro Amor Jesús. ¡Ah! ¡Ojala quedásemos una vez siquiera heridos por la divina caridad, hasta morir de amor y de dolor al pie del árbol santo, en donde muere nuestro verdadero Bien!

XXX
Los días de la Pasión son días en que lloran las mismas piedras. ¿Y qué? El sumo Sacerdote ha muerto en un palo ignominioso, ¿y no se llora? Preciso es haber perdido la fe.
¡Oh, Dios mío! ¡Qué tristeza ver la ruina eterna de tantas almas, por su descuido en aplicarse el fruto de la Santísima Pasión y muerte de vuestro caro Unigénito!

XXXI
Haced, como os he dicho, un ramillete de los sufrimientos de Jesús, y tenedle en el seno de vuestra alma esto es, haced continua memoria de la Pasión y muerte del Salvador de los hombres, y llegaréis segura e infaliblemente a la cumbre de la más alta santidad; pues la Pasión de Jesucristo es el camino más corto y más llano de la perfección cristiana.


San Pablo de la Cruz

lunes, 8 de marzo de 2010

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (II)

La Pasión de Jesucristo y la conformidad con la Santísima
 Voluntad de Dios; la enfermedad y la muerte.

I
Una de las pruebas más claras del amor de Dios es buscar únicamente su santa voluntad, y no desear sino á Dios: Dilectus meus mihi, et ego illi. “Mi muy amado es mío, y yo soy de El.,
Tan pronto como se conoce la voluntad de Dios se debe seguir. Como la cera á la proximidad del fuego se ablanda y toma las formas que en ella se imprimen, así el alma amante debe derretirse luego que habla el Amado.

II
Que la voluntad de Dios sea nuestro alimento, nuestro centro, nuestro reposo: entonces gustaremos un dulce y tranquilo sueño; ningún acontecimiento podrá inquietarnos. Dejemos que Dios haga y disponga según mejor le agrade: que el Señor sea bendito para siempre. No quiero sino lo que Dios quiere. Lo que El quiere, yo lo quiero también en el tiempo y en la eternidad.

III
En todos los accidentes y contradicciones de la vida decid, inclinando la cabeza: “Que se haga la Santísima voluntad de Dios, o estas palabras del Evangelio: Yo he venido no para hacer mi voluntad, sino la voluntad de mi Padre que me ha enviado. Mi alimento es hacer la voluntad de mi Padre.

IV
En los males y aflicciones que Dios nos envía, es necesario humillarse é inclinar la cabeza; porque, si El quiere darnos una bofetada y nosotros levantamos la cabeza, nos dará diez; mas, si la bajamos, apenas si nos dará una, y así salimos con ganancia.

V
No hay reposo ni paz posible para el que resiste á la divina voluntad. Quiss restitit ei, et pacem habuit?
No miréis el instrumento de vuestras pruebas y trabajos, sino figuraos que Jesucristo os lo presenta con sus propias manos.

VI
San Juan Crisóstomo ha dicho: Silentium quod lutum praebet figuro, idem ipse pruebe Conditori tuo. El silencio que el barro guarda en las manos del alfarero, debéis guardar vosotros en las manos de Dios. El barro calla siempre: que el artista haga de él un vaso de honor ó de ignominia, él calla; ora le rompa, ora arroje los pedazos a una inmunda cloaca, él guarda silencio, y está tan contento como si lo pusiera en la galería del Rey. Grabad en vuestra memoria esta provechosísima lección y ponedla en práctica.

VII
Vuestros deseos por grandes y santos que sean, debéis dejarlos morir en el fuego del amor de Dios, de donde proceden, y esperar el tiempo en que Dios quiere que se cumplan. Entre tanto, cultivad un solo deseo, el más perfecto de todos, el de agradar á Dios y alimentaros de su santa voluntad.

VIII
Alimentaos de la santa voluntad de Dios, bebed en el cáliz de jesús con los ojos cerrados, sin querer ver lo que hay dentro; os basta saber que es Jesucristo que os lo presenta. Repetid con frecuencia: “¡Querida voluntad! ¡OH voluntad de mi Padre y de mi Dios! Yo os amo. Sed siempre bendita. El alimento de mi Jesús era hacer la voluntad del Padre eterno; mi alimento será hacer siempre su santísima voluntad.”

IX
Abandonaos á la santa voluntad de Dios; ella ha de ser siempre nuestro alimento. El dulcísimo Jesús hizo siempre su alimento de la voluntad de su Padre, que quiso verle en un mar de sufrimientos: Sed magnánimos; no os dejéis espantar por el demonio; manteneos ocultos en Dios: allí nadie podrá dañaros.

X
Humillaos, resignaos, abandonaos en Dios con una muy grande confianza, permaneciendo siempre en vuestra nada. La divina voluntad es un bálsamo que cura todas las penas; es preciso acariciarla y amarla en las adversidades como en las prosperidades.

XI
Un día el Señor me hizo ver un grueso haz de cruces; al mismo tiempo me inspiró interiormente el sumergir mi voluntad propia como una gota de agua en el océano inmenso de su santísima voluntad. Yo lo hice así, y en un abrir y cerrar de ojos todas aquellas cruces desaparecieron. Haced otro tanto en vuestras penas, y desaparecerán.

XII
En vuestras penas y aflicciones interiores y exteriores practicad el ejercicio del abandono total á la santa voluntad de Dios. Rezad el rosario que Santa Gertrudis compuso de estas palabras: Fiat voluntas tua! Hágase, Señor, vuestra voluntad! Otras veces decid con sentimiento de perfecta resignación: “Vuestros juicios, Señor, son justos y equitativos.”

XIII
Si cuando vais al huerto para coger frutas os sorprende una fuerte lluvia, ¿qué hacéis? Os abrigáis en alguna parte, ¿no es verdad? Lo mismo cuando las angustias, las tribulaciones, las amarguras llueven sobre vos, ocultaos en el asilo seguro de la adorable voluntad de Dios, y de esta suerte no os mojaréis.

XIV
Los viñadores y jardineros cuando viene la tempestad se retiran á su cabaña, y permanecen en ella hasta que pase la lluvia. Así nosotros en las terribles tempestades de que estamos amenazados á causa de nuestros pecados y los del mundo, debemos refugiarnos bajo la tienda de oro de la Santísima voluntad de Dios, regocijándonos de que la voluntad del Soberano Dueño se cumpla en todas las cosas.

XV
Decid á menudo: Señor, yo no quiero ni vivir ni morir, sino tan soló lo que Vos queréis. Muero gustoso para hacer vuestra adorable voluntad. Señor, disponed de mí según vuestra voluntad. Haced de mí lo que queráis, yo seré vuestro y no cesaré de buscaros.

XVI
La enfermedad es una gracia de Dios; ella nos enseña lo que somos; en ella se conoce al hombre paciente, humilde, mortificado… Cuando la enfermedad abate y mortifica al cuerpo, el espíritu está mas apto para elevarse á Dios.

XVII
En lo que mira al cuerpo, abandonaos enteramente á las órdenes del facultativo; después de haberle dicho lo necesario, callaos, y dejadle obrar. No rehuséis los remedios, sino tomadlos en el cáliz amoroso de Jesús con un dulce y alegre semblante. Sed agradecidos á los que os cuidan y asisten.

XVIII
En vuestras dolencias manteneos en vuestra cama como sobre la Cruz. Jesús ha orado tres horas en la Cruz, y ésta fue una oración verdaderamente crucificada, sin consuelo, ni interior ni exterior. ¡OH Dios, qué gran lección! Rogad á Jesús que la imprima en vuestro corazón. ¡OH, cuántas cosas hay que meditar en ella!

XIX
No podríais tener una señal más segura del amor que Dios os tiene, que esa pena con que Dios os regala. Adorad la divina voluntad que os ha enviado esa enfermedad. Cuando gozabais de buena salud, no erais tan querida de Dios como lo sois ahora. El os ama como á hija y a esposa muy querida: he aquí porque os trata de esta manera.

XX
Las grandes enfermedades son grandes gracias que Dios hace á las almas que ama más… Reposad en paz entre los brazos del esposo celestial que os ama mucho; permaneced sobre la cruz de la enfermedad en paz y silencio, tanto como os es posible. Si la causa de la enfermedad es la herida del amor divino que embalsama vuestra alma, y morís bajo sus golpes, ésta será una muerte más preciosa que la vida.

XXI
El camino más corto para adquirir la paz que nace del amor de Dios, fuente inagotable de virtudes, es el aceptar todas las tribulaciones, ya espirituales, ya temporales, las enfermedades, los infortunios de todo linaje; aceptar todo esto sin ningún intermediario, sino de la misma mano de Dios, es mirar y tomar todos los acontecimientos adversos como ricos regalos que nos son ofrecidos por el Padre celestial.

XXII
Desde la eternidad el Señor ha determinado y juzgado bueno lo que tenéis que sufrir. Esas penas corporales, esas persecuciones del demonio y de los hombres estaban decretados en los eternos consejos de Dios. Miradlos con los ojos de la fe, y acariciad la voluntad de Dios con oraciones jaculatorias y exclamaciones del corazón.

XXIII
Cuando miramos con los ojos de la fe las amarguras, las persecuciones y los sufrimientos del alma y del cuerpo, cuando las miramos como joyas que salen del seno paternal de Dios, lejos de sernos amargas, se nos hacen muy dulces y suaves.

XXIV
La enfermedad vale más que una buena disciplina ó un rudo cilicio. ¡OH, cuánto agradan á Dios las disciplinas que El mismo nos envía! En medio de vuestras dolencias repetid á menudo las palabras del Salvador en el huerto de las Olivas: Hágase, Padre mío, tu voluntad y no la mía.

XXV
En todas vuestras aflicciones y enfermedades mirad al dulce Jesús, nuestro amor, Rey de dolores y de aflicciones, que está agonizando en el duro madero de la Cruz; esta vista endulzará todos vuestros dolores u todas vuestras angustias.

XXVI
Si la idea de la muerte os inspira algún temor, disipadlo, pensando en la muerte de Jesucristo. En el fondo, morir no es cosa horrible, sino amable. Si la muerte es privación de a vida, ella nos es quitada por el mismo Dios que nos la dió.


XXVII
Decid con frecuencia al Señor. “yo acepto la muerte, ¡oh Dios mío! de buena voluntad. El que es culpable de lesa majestad, justo es que muera. Yo soy culpable, luego debo morir…
Después, de los sufrimientos de un momento, la divina misericordia os reserva una eternidad de dulces é inefables alegrías.

XXVIII
Tengamos gran confianza que por los méritos de la Pasión y muerte de nuestro divino Redentor y los dolores de María Santísima, nuestra dulce Madre, cantaremos en el cielo las infinitas y paternales misericordias de Dios.
Decidme: ¿qué quisierais haber hecho si tuvierais que morir en este momento? ¿quisierais haber gozado de perfecta salud y vivido en las riquezas, que de ordinario arrastran á grandes pecados, y después ser arrojados en el infierno; ó haber llevado una vida enfermiza y pobre, y luego volar al Santo Paraíso?

San Pablo de la Cruz

lunes, 14 de diciembre de 2009

MÁXIMAS DE SAN PABLO DE LA CRUZ (I)

La pasión de Jesucristo y la divina gracia.
-La Presencia de Dios.-La Fe y la Esperanza.

I
La Pasión de Jesucristo es la puerta real que da entrada a los místicos y deliciosos pastos del alma. El que se alimenta de este divino manjar, es decir, del piadoso recuerdo de la Pasión y muerte del divino Salvador, disfrutará siempre de perfecta salud espiritual; jamás perderá la gracia santificante.

II
El medio más eficaz para conservar la gracia y convertir a los pecadores, aun los más empedernidos, es la consideración de la Pasión y muerte de Jesucristo.
Los hombres en su mayor parte están encenagados en los más horrorosos vicios y dormidos en el fango de la iniquidad, porque viven olvidados de cuanto ha hecho y padecido nuestro amabilísimo Jesús para salvarnos.


III
Haced todos los días un cuarto de hora de oración sobre la Pasión del Redentor antes de salir de vuestro cuarto, y veréis que todo os irá bien durante el día, y viviréis alejados del pecado. ¿Cómo es posible, en efecto, ofender á un Dios azotado, coronado de espinas y crucificado por nuestro amor? ¿Cómo será posible que meditando atentamente todos los días estas verdaderas de fe, se pueda ofender, ultrajar, despreciar á Dios? Esto es imposible.


IV
He convertido por la predicación de la Santísima Pasión de mi dulce Jesús a los pecadores más obstinados, de tal manera que, cuando he vuelto a confesarlos, no he encontrado en ellos materia de absolución; tanto habían cambiado. Y esto porque habían sido fieles al consejo que les había dado de meditar todos los días sobre algún paso de la Pasión de Jesucristo. Haced vos lo propio, y no pecaréis, y si estuviereis en pecado, os convertiréis sin dilación.


V
Tened un santo temor filial para con Dios que nos ha criado y rescatado con su preciosísima Sangre. No olvidéis que, cuanto más un hijo ama á su padre, más teme ofenderle y disgustarle. Este santo temor será un freno que os impedirá caer en el pecado.


VI
Para conservar en vuestra alma la divina gracia, tened un recuerdo continuo de las agonías de nuestro Amor crucificado; y sabed que los más grandes Santos, que ahora triunfan en el Cielo, no han evitado el pecado y llegado á la perfección, sino por este camino.


VII
El recuerdo continuo de la presencia de Dios aleja el pecado y engendra en el alma un estado divino. ¿Cómo es posible pensar en Dios y no amarle?
Os recomiendo el ejercicio de la presencia de Dios, no por un estudio seco y estéril, sino de una manera afectuosa, pacífica y tranquila. Esta práctica es un medio poderoso para conservar la divina amistad y establecer más y más entre Él y vuestra alma una santa unión de caridad…
Marchad delante de mí, dice el Señor, y seréis perfecto.


VIII
Que todo os recuerde la presencia de Dios. Por el pensamiento habitual de este piadoso ejercicio, se hace oración veinticuatro horas al día.
Cuando vais al campo y veis las flores, preguntad a una de ellas: “¿Quién eres tú?” Sin duda no os responderá: “Yo soy una flor no: pero sí os dirá: “Ego vox. Yo soy una voz, un predicador; predico el poder, la sabiduría, la bondad, la belleza de nuestro gran Dios. Figuraos que os da esta respuesta, y dejad a vuestro corazón penetrarse, embeberse todo entero.


IX
Conducíos por la fe. El verdadero camino de la santidad es el camino de la fe; el que marcha en la pura fe vive en un total abandono en las manos de Dios, como un niño en el seno de su madre. ¡OH, qué dulzura gusta mi corazón en su certidumbre! No puedo menos de exclamar con San Juan de la Cruz: “OH noche, noche oscura, noche más amable que el alba de la mañana, noche que tienes el poder de unir al Bien amado el alma amante, y trasformarla en Él”.


X
¡OH, qué noble ejercicio anonadarse delante de Dios en la fe pura, sumergir nuestra nada en la Verdad Suprema, que es Dios, y perderse en este abismo inmenso é infinito de caridad! El alma amante que nada en este océano de fe y de caridad se halla penetrada de este amor infinito; é identificándose con Jesucristo, se trasforma en Él por amor, y se apropia los dolores del Bien amado.


XI
Busquemos siempre á Dios por la fe en el interior de nuestra alma Ved a un niño que descansa en el seno de su madre. ¡Cuán contento está! Y bien: como los niños descansemos en el seno paternal de nuestro Dios por la fe, así gozaremos de sus divinas comunicaciones, y estaremos plenamente satisfechos.
Ved también una bola de algodón muy fino, sobre la cual se deja caer una gota de bálsamo oloroso. El bálsamo se extiende y la perfuma toda. Así, una aspiración hacia Dios de un corazón que vive de fe, embalsama nuestra alma del divino espíritu, y hace que ella exhale un dulce y suave perfume en la presencia del Señor.


XII
La lengua del amor es un fuego que abrasa, consume y reduce á ceniza á su victima; después, el soplo ardiente del Espíritu Santo levanta esta ceniza tan vil de nuestro corazón, y va á perderse en el abismo de la Divinidad. ¡Dichosa pérdida”!; ¡dichosa el alma que así se pierde en el amor infinito! Ella se encontrará admirablemente. Todo esto se hace en la fe pura y sencilla.


XIII
Hay muchos cristianos que tienen devoción en visitar los santos Lugares y los grandes santuarios. Yo no repruebo esta devoción; pero digo, y la fe nos lo enseña, que nuestra alma es un gran santuario, pues es el templo de Dios vivo, en donde habita la Santísima Trinidad. Entremos á menudo en este templo, y adoremos con espíritu y verdad a la augusta Trinidad. He aquí, ciertamente, una devoción sublime y muy provechosa.


XIV
El reino de Dios está dentro de vosotros. Reanimad vuestra fe cuando estudiáis, trabajáis, coméis, os acostáis, os levantáis, y repetid con frecuencia: “¡OH Bondad infinita! ¡OH mi dulce Jesús! ¡OH, quién nunca os hubiera ofendido! ¡OH mi Soberano Bien! Herid, herid mi corazón con vuestro santo amor, ¡OH amor mío! Más bien morir mil y mil veces que pecar.
Dejad a vuestra alma penetrarse de estas inflamadas aspiraciones, como de un precioso bálsamo.


XV
Nuestro gran Dios que se ha hecho hombre y que ha sufrido tanto por nuestro amor, está más cerca de nosotros que lo estamos nosotros mismos. Yo no puedo comprender como sea posible no pensar siempre en Dios. Esas manos, esos brazos, esos nervios son vuestros, ¿no es verdad? Sí, sin duda. Pues bien: más cierto es que Dios habita en vos, que no que ese brazo es vuestro. Que Dios habita en vos, la fe, que es infalible, nos lo enseña; pero que ese brazo sea vuestro, eso puede ser falso: el sentido del tacto puede engañarnos.


XVI
El justo vive de la fe. Vos sois el templo de Dios vivo. Estaos en vuestra celda. Vuestra celda es vuestro corazón, y vuestra alma templo del Dios vivo, donde habita por la fe. Visitad a menudo el Santuario interior de vuestro corazón; ved si arden las lámparas, es decir, la fe, la esperanza y la caridad.


XVII
La esperanza dilata el corazón, aumenta el valor y nos entrega amorosamente en las manos de Dios. Fundad vuestra esperanza sobre la infinita misericordia de Dios y los méritos de nuestro amabilísimo Redentor; decid a menudo mirando al Crucifijo; “Aquí están todas mis esperanzas… Estoy lleno de miserias, y sin embargo, espero salvarme…, sí, yo espero ir al Paraíso.


XVIII
¿Quién podrá creer que una madre que tiene a su niño entre los brazos en lo alto de una torre o en la cima de un precipicio, le deje caer? Así, yo no puedo persuadirme de que Dios me deje caer en los abismos del infierno. He aquí porqué descanso con perfecto abandono en el seno de la divina Bondad; mucho más tranquilo que el niño en los brazos de su madre.


XIX
¿Por qué desconfiáis de vuestra eterna salvación?; ¿no sabéis cuán bueno es Dios? ¡Ah! Si nuestra salvación eterna estuviera solamente en nuestras manos, motivos tendríamos para temer; mas, estando en las de nuestro Padre celestial, ¿de qué tememos? Mis esperanzas reposan en la Pasión de Jesucristo y en los Dolores de mi dulce madre María.


XX
Que todas nuestras esperanzas descansen en la infinita Bondad de Dios. No pongamos nuestra confianza sino en su paternal Bondad. Esperemos salvarnos por el poder de Dios, por la Pasión y muerte de Jesucristo y por la intercesión de la Madre de los Dolores.


XXI
Desechad de vuestro corazón todo temor vano, y tened confianza en aquel Jesús que ha purificado y hermoseado vuestra alma en el baño saludable de su preciosísima sangre. Hagamos el bien, y después abandonémonos en los brazos de la Divina Providencia. Dios es nuestro Padre.


XXII
Cuando experimentareis algún sobresalto o alguna desconfianza en orden a vuestra salvación a la consideración de vuestros pecados, elevad vuestro espíritu hacia Dios, y creed que por graves, enormes y multiplicados que sean, comparados con la bondad y misericordia de Dios y los méritos de la Pasión de nuestro Salvador, son menos que una hebra de cáñamo que se arroja a un mar de fuego.


XXIII
Figuraos que todo ese horizonte que descrubris desde la cima de una elevada montaña hasta el mar, tan lejos como podéis ver, es un inmenso horno. Si se echa en él una hebra de cáñamo será inmediatamente consumida por ese vasto incendio, y desaparecerá en un abrir y cerrar de ojos, ¡Y bien! Nuestro Dios es un horno inmenso de caridad: Deus noster ignis consumens est: y todos nuestros defectos y pecados son menos que un hilo de cáñamo en comparación de su bondad.

XXIV
Si tenéis la desgracia de caer en algún pecado, humillaos delante del Señor profunda y sinceramente arrepentido; luego, por un acto de grande confianza, arrojad vuestro pecado en el inmenso océano de su inagotable bondad, y cuando sea sumergido, es decir, borrado de vuestra alma, toda desconfianza desaparecerá.


XXV
El que se levanta después de sus caídas con gran confianza en Dios y una profunda humildad de corazón, se hará en las manos del mismo Dios un instrumento propio para grandes cosas.


XXVI
No desconfiéis nunca del divino socorro: haríais una grande injuria al Padre de las misericordias. Tened valor, y creed que Dios no os abandonará y os dará lo necesario.


XXVII
¿Qué padre, teniendo un hijo amado en sus brazos, le deja caer en tierra, y le arroja lejos de sí? Mas, aun cuando hubiese un padre tan bárbaro y desnaturalizado, jamás Dios lo hará así con nosotros. Desconfiad, sí, de vos, más tened una grande y filial confianza en Jesucristo, en María Santísima, en los Ángeles y en los Santos.


XXVIII
Clavad los ojos en la Cruz de Jesucristo para reanimar vuestra confianza. Contemplad con amor y compasión Aquella sangre preciosa, aquellas llagas, aquellas heridas profundas y aquellos brazos omnipotentes que fabricaron el cielo y la tierra, y sabed que aun están abiertos para abrazar a los pecadores arrepentidos, que acuden humildemente a su misericordia infinita.


XXIX

En las obras de Dios, cuando las cosas parecen bajar más, es cuando suben más y más. Valor confianza en Dios, y todo ira bien; sin esto todo será perdido. Cuanto mayores fueren los obstáculos y las tribulaciones, tanto más viva y grande ha de ser vuestra confianza en Aquel que todo lo puede.


XXX
Cuando nos parece que todo está perdido, entonces debe ser mayor nuestra confianza. Todo está contra nosotros… me alegro mucho… Dios nos será tanto más favorable… Abandonémonos en el Señor, y descansemos con confianza en su amoroso seno.

XXXI
¡Oh mi buen Jesús! Sí, yo espero en Vos, y aunque pecador, espero ir a poseeros en el Cielo, y daros en el último y supremo instante de mi vida mortal un ósculo santo, y estar con Vos por los siglos de los siglos, para cantar eternamente vuestras divinas e inagotables misericordias.


San Pablo de la Cruz