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martes, 29 de marzo de 2022

viernes, 24 de noviembre de 2017

PROFECIAS DE SAN JUAN BOSCO - EL TRIUNFO DE LA IGLESIA



El TRIUNFO DE LA IGLESIA 
SUEÑO 77.—AÑO DE 1873.
(M. B. Tomo IX, págs. 999-1000) 

El manuscrito que contiene la profecía de San Juan Bosco sobre los castigos de París y Roma y otros diversos acontecimientos nos ofrece otra segunda revelación del Santo sobre el triunfo de la Iglesia. 


He aquí el texto de la misma tomado de dicho documento: 

Era una noche oscura, los hombres no podían distinguir el camino a seguir para regresar a sus pueblos, cuando apareció en el cielo una espléndida luz que iluminaba los pasos de los caminantes como si fuese mediodía. En aquel instante apareció una inmensa multitud de hombres, dé mujeres, de ancianos, de niños, de monjes, de monjas y sacerdotes que, llevando a la cabeza al Pontífice, salían del Vaticano disponiéndose para la marcha procesionalmente. 

Mas he aquí que un furioso temporal entenebrece el ambiente como si se entablase una lucha entre la luz y las tinieblas. Entretanto, la inmensa comitiva llega a una plaza cubierta de muertos y heridos; muchos de estos pedían auxilio en voz alta. 

Las filas que formaban la procesión se redujeron bastante. Después de haber caminado por un espacio de tiempo correspondiente a doscientas salidas del sol, todos se dieron cuenta de que no estaban ya en Roma. El desaliento fue general y cada uno fue a agruparse alrededor del Pontífice para defender su augusta persona y asistirlo en sus necesidades. 

En aquel momento aparecieron dos ángeles, que llevando un estandarte, fueron a presentarlo al Vicario de Cristo, diciendo:

—Recibe el estandarte de Aquel que combate y dispersa los más aguerridos ejércitos de la tierra. Tus enemigos han desaparecido, tus hijos imploran tu retorno con lágrimas y suspiros. 

Fijando la mirada en el estandarte se veía escrito por una parte: 

Regina sine labe concepta. 

Y por la otra: 

Auxilium Christianorum. 

El Pontífice tomó con alegría el estandarte, pero al contemplar el numero de los que habían quedado a su alrededor, que era reducidísimo, se sintió lleno de aflicción. 

Los dos ángeles añadieron: 

—Ve inmediatamente a consolar a tus hijos. Escribe a tus hermanos dispersos por las diferentes partes del mundo que es necesaria una reforma en las costumbres de los hombres. Esto no se puede conseguir sino repartiendo entre los pueblos el Pan de la Divina Palabra. Catequiza a los niños; predica el despego de las cosas de la tierra. Ha llegado el tiempo —concluyeron los ángeles— en que los pobres serán los evangélizadores de los pueblos. Los sacerdotes serán buscados entre el azadón, la pala y el martillo, a fin de que se cumplan las palabras del David: "Dios levantó al pobre de la tierra para colocarlo en el trono de los príncipes de su pueblo". 

Oído esto, el Pontífice comenzó a caminar y la fila de la procesión fue en aumento. Cuando llegó a la Ciudad Santa comenzó a llorar al ver la desolación en que estaban sumidos sus ciudadanos, muchos de los cuales habían desaparecido. 

Entrando después en San Pedro, entonó el Te Deum, al cual respondió un coro de ángeles cantando: 

Gloria in excelsis Deo, et in terra pax homínibus bonae voluntatis. 

Terminado el canto, cesó la oscuridad por completo, luciendo un sol esplendoroso. 

Las ciudades y los pueblos y los campos habían disminuido de población; la tierra se hallaba arrasada como por un huracán, por una tormenta de agua y de granizo y las gentes iban al encuentro unas de otras diciendo conmovidas: 

Est Deus in Israel. 

Desde el comienzo del exilio hasta el canto del Te Deum el sol se levanto doscientas veces. Todo el tiempo que transcurrió mientras sucedían estas cosas corresponde a cuatrocientas salidas del sol.


Los Sueños de San Juan Bosco
Traducción del P. Francisco Villanueva S.D.B.

miércoles, 14 de junio de 2017

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO - APARICIÓN DE SANTO DOMINGO SAVIO



APARICIÓN DE SANTO DOMINGO SAVIO 
SUEÑO 103.—AÑO DE 1876.
(M. B. Tomo XII. págs. 586-595) 

La noche del 22 de diciembre fue memorable en los anales del Oratorio. Se anticiparon un poco las oraciones de la noche. En la sala de visitas de los estudiantes se congregaron también los artesanos y todo el personal de la casa. El día antes, San Juan Bosco había prometido a todos contarles un sueño, pero ocupaciones urgentes le impidieron cumplir su promesa. Es, pues, de imaginar la expectación general. Subió a su cátedra, siendo recibido con entusiastas aplausos, como sucedía siempre que daba las buenas noches a toda la comunidad con aquella solemnidad. Apenas indicó que iba a comenzar a hablar se hizo un silencio profundo. 

La noche que pasé en Lanzo —comenzó diciendo— al llegar la hora del descanso mi imaginación se sintió completamente absorbida por el siguiente sueño. Se trata de un sueño que no tiene relación alguna con los demás. Les he contado ya uno bastante parecido a este durante los ejercicios espirituales, pero o porque no estabais presentes todos vosotros, o porque difiere bastante de aquél, he decidido contarles este. Hay en él cosas muy extrañas. Pero vosotros sabéis que a mis hijos yo siempre les hablo con el corazón abierto; para vosotros yo no tengo secretos. Hagan de él el caso que quieran, pero, como dice el apóstol San Pablo: quod bonum est tenete; si encuentran en este sueño algo que pueda servir de provecho para sus almas, no lo desperdicien. El que no quiera creer en él, que no crea, esto nada importa; pero que ninguno ponga en ridículo las cosas que les voy a decir. Les ruego una vez más que no cuenten lo que les voy a narrar a nadie que no sea de la casa y que mucho menos lo comuniquen por escrito fuera de aquí. A los sueños se les puede dar la importancia que los sueños se merecen y los que no conocen nuestras cosas íntimas, podrían pronunciar un juicio erróneo y dar a las cosas unos apelativos que no les corresponden. No sabéis que sois mis hijos y que yo os digo todo cuanto sé y a veces incluso lo que no sé. (Risas generales). Pero lo que un padre manifiesta a sus hijos para su bien, debe quedar entre padre e hijos y nada más. Y, además, por otra razón. Por lo común, si el sueño se cuenta a los de fuera, o se tergiversan los hechos o se expone lo que menos interesa y de esto se origina siempre algún daño y el mundo despreciaría lo que no debe ser despreciado. 

Es necesario sepáis que ordinariamente los sueños se tienen durmiendo. Ahora bien, la noche del seis de diciembre, mientras estaba en mi habitación sin saber positivamente si estaba leyendo o paseando por la misma, o si estaba en el lecho, comencé a soñar... 

_____________________________________

De pronto me pareció encontrarme sobre una pequeña prominencia de terreno, al borde de una inmensa llanura cuyos confines no se llegaban a alcanzar con la vista. Aquella planicie se perdía en la inmensidad; era azulada como el mar en plena calma, aunque lo que yo contemplaba no era agua precisamente. 

Parecía como un terso cristal luciente. Bajo mis pies, detrás de mí y a los lados, veía una región a la manera de una playa a orillas del océano. 

Anchos y enormes paseos dividían la llanura en bastísimos jardines de inenarrable belleza, todos repartidos en bosquecillos, prados y parterres de flores, de formas y colores variados. Ninguna de nuestras plantas puede darnos una idea de aquellas otras, aunque guardaban con ellas alguna semejanza. Las hierbas, las flores, los árboles, las frutas eran vistosísimas y de bellísimo aspecto. Las hojas eran de oro, los troncos y ramas de diamante y lo restante hacia juego con esta, riqueza. Imposible contar las diferentes especies, y cada especie y cada flor resplandecía con luz propia. En medio de aquellos jardines y en toda la extensión de la llanura contemplaba yo innumerables edificios de un orden, belleza y armonía, de tal magnificencia y de tan extraordinarias proporciones que para la construcción de uno solo de ellos parecía que no habrían bastado todos los tesoros de la tierra. Al contemplar aquello me decía yo a mí mismo: 

—Si mis jóvenes tuvieran una sola de estas casas, ¡oh, cómo gozarían!, ¡qué felices serían!, ¡con cuánto gusto vivirían en ellas! 

Y así pensaba con sólo ver aquellos palacios por fuera.  

¡Cuál no debería ser su magnificencia interior! 

Mientras contemplaba extasiado tan estupendas maravillas y el ornato de aquellos jardines, hirió mis oídos una música dulcísima y de tan grata armonía que no les podría dar una idea de ella. En su comparación, nada tienen que ver las de Cagliero y Dogliani. Eran cien mil instrumentos que producían cada uno un sonido distinto del otro, mientras todos los sonidos posibles difundían por el aire su sonoridad. A estos se les unían los coros de los cantores. 

Vi entonces una multitud de gentes dispersas por aquellos jardines que se divertía en medio de la mayor alegría. Quién tocaba, quién cantaba. Cada voz, cada nota hacía el efecto de mil instrumentos reunidos, todos diversos entre sí. Al mismo tiempo se oían los diversos grados de la escala armónica, desde el más alto al más bajo que se puede imaginar, pero todos en perfecto acorde. ¡Ah! Para describir esta armonía no bastan las comparaciones humanas. 

En el rostro de aquellos felices moradores del jardín se veía que los cantores no sólo experimentaban extraordinario placer en cantar, sino que al mismo tiempo sentían un inmenso gozo al oír cantar a los demás. Y cuanto más cantaba uno, más se le encendía el deseo de cantar, cuanto más escuchaba, más deseaba escuchar. Su canto era éste: 

Salus, honor, gloria Deo Patri Omnipotentil... Auctor saeculi, qui erat, qui est, qui venturus est judicare vivos et mortuos in saecula saeculorum. 

Mientras escuchaba atónito estas celestes armonías vi aparecer una multitud de jóvenes, muchos de los cuales habían estado en el Oratorio y en algunos otros colegios; a muchos, por consiguiente, los conocía, aunque la mayor parte me era desconocida. Aquella muchedumbre incontable se dirigía hacia mí. A su cabeza venía Domingo Savio, y detrás de él Don Alasonatti, Don Chiala, Don Giulitto y muchos, muchos otros sacerdotes y clérigos, cada uno de ellos al frente de una sección de niños. Entonces me pregunté a mí mismo: —¿Duermo o estoy despierto? 

Y daba palmadas y me tocaba el pecho para cerciorarme de que era realidad cuanto veía. 

Al llegar toda aquella turba delante de mí, se detuvo a una distancia de unos ocho o diez pasos. Entonces brilló un relámpago de luz más viva, cesó la música y siguió un profundo silencio. Aquellos jóvenes estaban inundados de una grandísima alegría que se reflejaba en sus ojos y sus rostros eran como un trasunto de la paz interior que reinaba en sus espíritus. Me miraban con una dulce sonrisa en sus labios y parecía como si quisieran hablar, pero permanecieron en silencio. 


Domingo Savio se adelantó solo, dando unos pasos hacia mí y se detuvo tan cerca de donde yo estaba que si hubiese extendido la mano, ciertamente le habría tocado. Callaba y me miraba también él sonriente. ¡Qué hermoso estaba! Su vestido era realmente singular. Le caía hasta los pies una túnica blanquísima cuajada de diamantes y toda ella tejida de oro. Ceñía su cintura con una amplia faja roja recamada de tal modo de piedras preciosas que las unas casi tocaban a las otras, entrelazándose en un dibujo tan maravilloso que ofrecían una belleza tal de colorido que yo, al contemplarla, me sentía lleno de admiración. Le pendía del cuello un collar de peregrinas flores, no naturales, las hojas parecían de diamantes unidas entre sí sobre tallos de oro y así todo lo demás. Estas flores refulgían con una luz sobrehumana más viva que la del sol, que en aquel instante brillaba en todo su esplendor primaveral, proyectando sus rayos sobre aquel rostro cándido y rubicundo de una manera indescriptible e iluminándolo de tal forma que no era posible distinguir cada uno de sus rasgos. Llevaba sobre la cabeza, Domingo Savio, una corona de rosas; le caía sobre los hombros en ondulantes bucles la hermosa cabellera, dándole un aire tan bello, tan amable, tan encantador, que parecía... parecía ¡un ángel! 

No menos resplandecientes de luz estaban los que le acompañaban. Vestían todos de diversa manera, pero siempre bellísima; más o menos rica; quién de una forma, quién de otra, y cada una de aquellas vestiduras tenía un significado que nadie sabría comprender. Pero todos llevaban la cintura ceñida por una faja roja igual a la que llevaba Domingo Savio. 

Yo seguía contemplando absorto todo aquello y pensaba: 

—¿Qué significa esto?... ¿Cómo he venido a parar a este sitio? 

Y no sabía explicarme dónde me encontraba. 

Fuera de mí, tembloroso por la reverencia que aquello me inspiraba, no me atrevía a decir palabra. También los demás continuaban silenciosos. 

Finalmente, Domingo Savio despegó los labios para decir: — ¿Por qué estás aquí mudo y como anonadado? ¿No eres el hombre que en otro tiempo de nada se amedrentaba? ¿Que arrostraba intrépido las calumnias, las persecuciones, las maquinaciones de los enemigos, y las angustias y los peligros de toda suerte? ¿Dónde está tu valor? ¿Por qué no hablas? 

Y contesté a duras penas, balbuceando las palabras: 

—Yo no sé qué decir... Pero, ¿no eres tú Domingo Savio? 

—Sí, lo soy, ¿ya no me reconoces? 

—¿Y cómo te encuentras aquí?—, añadí confuso. 

Domingo Savio entonces, afectuosamente me dijo: 

—He venido para hablar contigo. ¡Cuántas veces hemos conversado juntos en la tierra! ¿No recuerdas cuánto me amabas, cuántas pruebas de estima y de afecto me diste? ¿Y yo no correspondí acaso a tus desvelos? ¡Qué grande confianza puse en ti! ¿Por qué, pues, temes? ¡Ea! Pregúntame algo. 

Entonces, cobrando un poco de ánimo, le dije: 

—Es que... no sé dónde me encuentro, por eso estoy temblando. 

—Estás en una mansión de felicidad— me respondió Domingo Savio—, en donde se gozan todas las dichas, todas las delicias. —¿Es este, pues, el premio de los justos? —No, por cierto. Aquí no se gozan los bienes eternos, sino sólo, aunque en grado sumo, los temporales. 

—Entonces, ¿todas éstas son cosas naturales? —Sí; aunque embellecidas por el poder de Dios. —¡Y a mi que me parecía que esto era el Paraíso!—, exclamé. —¡No, no, no!, —repuso Domingo Savio—. No hay ojo mortal que pueda ver las bellezas eternas. 

—¿Y estas músicas —seguí preguntando— son las armonías de que gozáis en el Paraíso? 

—¡No, no, ya te he dicho que no! —¿Son armonías naturales? 

—Sí, son sonidos naturales perfeccionados por la omnipotencia de Dios. 

—Y esta luz que sobrepuja a la luz del sol ¿es luz sobrenatural? ¿Es luz del Paraíso? 

—Es luz natural aunque reavivada y perfeccionada por la omnipotencia divina. 

—¿Y no se podría ver un poco de luz sobrenatural? 

— Nadie puede gozar de ella hasta que no llegue a ver a Dios sicut est. El más ínfimo rayo de esa luz quitaría al instante la vida a un hombre, porque no hay fuerzas humanas que la puedan resistir. —¿No puede haber una luz natural más hermosa que esta? —¡Si supieras! Si vieras solamente un rayo de sol, llevado a un grado superior a este, quedarías fuera de ti. 

—¿Y no se puede ver al menos una partícula de esa luz que dices? 

—Sí que se puede ver y tendrás la prueba de lo que digo. Abre los ojos. 

—Ya los tengo abierto— contesté. 

—Pues fíjate bien y mira allá al fondo de ese mar de cristal. Tendí la vista y al mismo tiempo apareció de improviso, en el cielo y a una distancia inmensa, una fugaz centella de luz, sutilísima como un hilo, pero tan brillante, tan penetrante que di un grito que despertó a Don Lemoyne, aquí presente, que dormía en una habitación próxima a la mía. Aquel destello de luz era cien millones de veces más clara que la del sol y su fulgor bastaría para iluminar el universo entero. 

Un instante después abrí los ojos y pregunté a Domingo Savio: 

—¿Qué es esto? ¿Tal vez un rayo divino? Domingo Savio contestó: 

—No es luz sobrenatural, si bien, comparada con la terrestre, le supera mucho en fulgor. No es más que la luz natural elevada a un mayor esplendor por la omnipotencia divina. Y aunque imaginaras una inmensa zona de luz semejante a la centellita que acabas de ver al fondo de esta llanura, rodeando todo el universo, no por eso llegarías a formarte una idea de los esplendores del Paraíso. 

—Y Vosotros, ¿qué gozáis en el Paraíso? 

—¡Ah! Es imposible el querértelo explicar; lo que se goza en el Paraíso no hay mortal alguno que pueda saberlo mientras no abandone esta vida y se reúna con su Creador. Lo único que se puede decir es que se goza de Dios; y esto es todo. 

Entretanto, recobrado ya plenamente de mi primer aturdimiento, contemplaba absorto la hermosura de Domingo Savio cuando le pregunté en el tono de la mayor confianza: 

—¿Por qué llevas ese vestido tan blanco y reluciente? 

Calló Domingo, sin dar muestras de querer contestar a mi pregunta y el coro comenzó a cantar armoniosamente acompañado de todos los instrumentos: 

Ipsi habuerunt lumbos praecinctos et dealbaverunt stolas suas in sanguine Agni. 

Cuando cesó el canto volví a preguntar: 

—¿Y por qué llevas a la cintura esa faja de color rojo? Tampoco esta vez quiso Domingo Savio responder a mi pregunta y mientras hacía un gesto como de rehusar la contestación, Don Alasonatti cantó solo: 

—Vírgenes enim sunt, et sequuntur Agnum, quocumque fuerit. 

Comprendí entonces que la faja de color de sangre, era símbolo de los grandes sacrificios hechos, de los violentos esfuerzos y casi del martirio sufrido por conservar la virtud de la pureza; y que, para mantenerse casto en la presencia del Señor, hubiera estado pronto a dar la vida, si las circunstancias así lo hubiesen exigido; y que al mismo tiempo simbolizaba las penitencias que libran al alma de la mancha de la culpa. La blancura y esplendor de la túnica representaban la conservación de la inocencia bautismal. 

Yo, entretanto, atraído por aquellos cantos y al contemplar todas aquellas falanges de jóvenes celestiales que seguían a Domingo Savio, pregunté a éste: 

—¿Y quiénes son ésos que te siguen? 

Y dirigiéndome a ellos les dije:

—¿Cómo es que tienen ese aspecto tan refulgente? 

Domingo Savio continuó callado mientras todos aquellos jóvenes comenzaron a cantar: 

—Hi sunt sicut Angelí Dei in coelo. 

Por mi parte me di cuenta de que Domingo gozaba de cierta preeminencia entre los demás, que se mantenían a respetuosa distancia detrás de él, como a unos diez pasos; por eso le dije: 

—Dime, Domingo, siendo tú el más joven de los que veo aquí y de los que han muerto en nuestras casas, ¿por qué vas delante de ellos y les precedes? ¿Por qué eres tú quien hablas, mientras ellos callan? 

—Yo soy el más viejo de todos—me contestó. 

—No—le repliqué—, muchos te aventajan en edad. 

—Yo soy el más antiguo del Oratorio—replicó Domingo—porque he sido el primero en dejar el mundo para ir a la otra vida. Además: Legatione Dei fungor. 
Esta respuesta me indicaba el motivo de la visión. Domingo Savio hacía las veces del embajador de Dios. 

—Entonces —le dije— hablemos de lo que en este instante más me importa. 

—Sí y pregúntame pronto lo que deseas saber. Las horas pasan y se podría acabar el tiempo que se me ha concedido para hablarte y después no me verías más. 

—Según parece ¿tienes algún asunto de importancia que comunicarme? 

—¿Qué puedo decirte yo, mísera criatura?, —dijo humildemente Domingo Savio—. He recibido de lo alto la misión de hablarte y por eso he venido. 

—Entonces —exclamé— háblame del pasado, del presente y del porvenir de nuestro Oratorio. Háblame de mis queridos hijos, háblame de mi Congregación. 

—Respecto a ésta tendría muchas que comunicarte, 

—Cuéntame, pues, lo que sabes: el pasado... 

—El pasado recae todo sobré ti. 

—¿He cometido alguna falta? 

—En cuanto al pasado te he de decir que tu Congregación ha hecho ya mucho bien. ¿Ves allá abajo aquel número incontable de jóvenes? 

—Sí que los veo. ¡Cuántos son! ¡Qué felicidad se refleja! en sus rostros! 

—Observa lo que está escrito a la entrada del jardín. 

—Ya lo veo. Dice: «Jardín Salesiano». 

—Pues bien—prosiguió Domingo—; todos ésos han sido Salesianos o fueron educados por ti o han sido salvados por ti, o por tus sacerdotes o clérigos o por otros que encaminaste por la vía de la vocación. Cuéntalos si puedes. Su número, empero, sería cien millones de veces mayor si mayor hubiera sido tu fe y confianza en el Señor. 

Lancé un suspiro, sin saber qué responder al escuchar semejante reproche; sin embargo, me dije para mis adentros: En lo sucesivo procuraré tener más fe y más confianza en la Providencia. Después añadí: 

—¿Y el presente, qué me dices del presente? 

Domingo Savio me presentó un magnífico ramillete que tenía en la mano. Había en él rosas, violetas, girasoles, gencianas, lirios, siemprevivas, y entre las flores, espigas de trigo. Me lo ofreció diciéndome: 

—¡Mira! 

—Ya veo, pero no entiendo lo que me quieres decir. 

—Entrega este ramillete a tus hijos, para que puedan ofrecérselo al Señor cuando llegue el momento; procura que todos lo tengan, que a ninguno le falte ni se lo deje arrebatar. Ten la seguridad de que si lo conservan, esto será suficiente para que se sientan felices. 

—Pero ¿qué significa este ramillete de flores? 

—Consulta la Teología; ella te lo dirá y te dará la explicación.

—La Teología la he estudiado, pero no sabría encontrar en ella el significado del ramo que me ofreces. 

—Pues estás obligado a saber todo esto. 

—Vamos; calma mi ansiedad; explícamelo. 

—¿Ves estas flores? Representan las virtudes que más agradan al Señor. 

—¿Y cuáles son? 

—La rosa es símbolo de la caridad; la violeta, de la humildad; el girasol, de la obediencia; la genciana, de la penitencia y de la mortificación; las espigas, de la Comunión frecuente; el lirio simboliza la bella virtud de la cual está escrito: Erunt sicut Angelí Dei in cáelo: la castidad. La siempreviva quiere indicar que estas virtudes han de ser perennes, simbolizando la perseverancia. 

Bien, Domingo, tú que durante tu vida practicaste todas estas virtudes, dime: ¿qué fue lo que más te consoló a la hora de la muerte? 

—¿Qué crees tú que pudo ser?:—, contestó Domingo Savio. 

—¿Fue tal vez el haber conservado la bella virtud de la pureza? 

—No, eso solo, no. 

—¿Quizás la tranquilidad de conciencia? 

—Cosa buena es esa, pero no la mejor. 

—¿Acaso fue la esperanza del Paraíso? 

—Tampoco. 

—Pues ¿qué entonces? ¿El haber hecho muchas buenas obras? 

—¡No,no! 

—¿Cuál fue, pues, tu mayor consuelo en aquella última hora?—, le insistí confuso y suplicante, al ver que no lograba adivinarlo. 

—Lo que más me confortó en el trance de la muerte fue la asistencia de la potente y bondadosa Madre de Dios. Dilo a tus hijos; que no se olviden de invocarla en todos los momentos de la vida. Pero... habla pronto, si quieres que te responda. 

—En cuanto al porvenir, ¿qué me dices? 

—Que el año venidero de 1877 tendrás que sufrir un gran dolor, seis hijos de los que te son más queridos serán llamados por Dios a la eternidad. Pero consuélate, pues han de ser trasplantados del erial de este mundo a los jardines del Paraíso. No temas: serán coronados. El Señor te ayudará y te mandará otros hijos igualmente buenos. 

—¡Paciencia!, —exclamé—. ¿Y por lo que se refiere a la Congregación? 

—Por lo que respecta a la Congregación has de saber que Dios le prepara grandes acontecimientos. El año venidero surgirá para ella una aurora de gloria tan espléndida que iluminará cual relámpago los cuatro ángulos del orbe, de Oriente al Ocaso y del Mediodía al Septentrión: una gran gloria le está reservada. Tú debes procurar que el carro en el que va el Señor no sea por los tuyos apartado de sus directrices ni de su sendero. Si tus sacerdotes lo conducen bien y saben hacerse dignos de la alta misión que se les ha confiado, el porvenir será espléndido e infinitas las personas que se salvarán, a condición empero de que tus hijos sean devotos de la Santísima Virgen y conserven la virtud de la castidad, que tan grata es a los ojos de Dios, cuantos viven en tu casa. 

—Ahora desearía que me dijeses algo sobre la Iglesia en general. 

—Los destinos de la Iglesia están en manos del Creador. Lo que ha determinado en sus infinitos decretos, no lo puedo revelar. Tales arcanos se los reserva El exclusivamente para sí y de ellos no participa ninguno de los espíritus creados. 

—¿Y Pío IX? 

—Lo único que puedo decirte es que el Pastor de la Iglesia tendrá que sostener aún duras batallas sobre esta tierra. Pocas son las que le quedan por vencer. Dentro de poco será arrebatado de su trono y el Señor le dará la merecida merced. Lo demás ya es sabido de todos: la Iglesia no puede perecer... ¿Tienes aún algo más que preguntar? 

—Y de mí, ¿qué me dices de mí? 

—¡Oh, si supieras por cuántas vicisitudes tendrás todavía que pasar! Pero date prisa, pues apenas me queda tiempo para hablar contigo—. Entonces extendí anhelante las manos para tocar a aquel mi querido hijo, pero sus manos parecían inmateriales y nada pude asir. 

—¿Qué haces, loquillo?—, me dijo Domingo sonriendo. —Es que temo que te vayas —exclamé—. ¿No estás aquí con el cuerpo? 

—Con el cuerpo no; lo recobraré un día. —¿Y qué es, pues, este tu parecido? Yo veo en ti la fisonomía de Domingo Savio. —

Mira: cuando por permisión divina se les aparece algún alma separada del cuerpo, presenta a su vista la forma exterior del cuerpo al que en vida estuvo unido con todos sus rasgos exteriores, si bien grandemente embellecidos y así los conserva mientras con él no vuelva a reunirse en el día del juicio universal. Entonces se lo llevara consigo al Paraíso. Por eso te parece que tengo manos, pies y cabeza; en cambio no puedes tocarme porque soy espíritu puro. Esta es sólo una forma externa por la que me puedes conocer. 

Comprendo —contesté—; pero escucha. Una palabra más. ¿Mis jóvenes están todos en el recto camino de la salvación? Dime alguna cosa para que pueda dirigirlos con acierto.

—Los hijos que la Divina Providencia te ha confiado pueden dividirse en tres clases. ¿Ves estas tres listas? Y me entregó una. —¡Examínala! 

Observé la primera; estaba encabezada por la palabra: Invulnerati y contenía los nombres de aquellos a quienes el demonio no había podido herir: los que no habían mancillado su inocencia con culpa alguna. Eran muchos y los vi a todos. A muchos de ellos los conocía, a otros no los había visto nunca y seguramente vendrán al Oratorio en años sucesivos. Marchaban rectamente por un estrecho sendero, a pesar de que eran el blanco de las flechas, sablazos y lanzadas que por todas partes les llovían. Dichas armas formaban como un seto a ambos lados del camino y los hostigaban y molestaban sin herirlos. Entonces Domingo me dio la segunda lista, cuyo título era: Vulnerati, esto es, los que habían estado en desgracia de Dios; pero una vez puestos en pie, ya se habían curado de sus heridas arrepintiéndose y confesándose. Eran más numerosos que los primeros y habían sido heridos en el sendero de su vida por los enemigos que le asediaban durante el viaje. Leí la lista y los vi a todos. Muchos marchaban encorvados y desalentados. 

Domingo tenía aun en la mano la tercera lista. Era su epígrafe. Lassati in via iniquitatis y contenía los nombres de los que estaban en desgracia de Dios. Estaba yo impaciente por conocer aquel secreto; por lo que extendí la mano, pero Domingo me interrumpió con presteza: 

—No; aguarda un momento y escucha. Si abres esta hoja saldrá dé ella un hedor tal, que ni tú ni yo lo podríamos resistir. Los ángeles tienen que retirarse asqueados y horrorizados, y el mismo Espíritu Santo siente náuseas ante la horrible hediondez del pecado. 

—¿Y cómo puede ser eso —le interrumpí— siendo Dios y los ángeles impasibles? ¿Cómo pueden sentir el hedor de la materia? 

—Sí; porque cuanto mejores y más puras son las criaturas, tanto más se asemejan a los espíritus celestiales; y por el contrario, cuanto peor y más deshonesto y soez es uno, tanto más se aleja de Dios y de sus Ángeles, quienes a su vez se apartan del pecador convertido en objeto de náusea y de repulsión. 

Entonces me dio la tercera lista. 

—Tómala —me dijo—, ábrela y aprovéchate de ella en bien de tus hijos; pero no te olvides del ramillete que te he dado: que todos los tengan y conserven. 

Dicho esto y después de entregarme la lista, retiróse en medio de sus compañeros como en actitud de marcha. 

Abrí entonces la lista; no vi nombre alguno, pero al instante se me presentaron de golpe todos los individuos en ella escritos, como si en realidad estuviera contemplando sus personas. ¡Con cuánta amargura los observé! A la mayor parte de ellos los conocía; pertenecen al Oratorio y a otros Colegios. ¡Cuántos de ellos parecen buenos, e incluso los mejores de entre los compañeros, y, sin embargo, no lo son! Mas apenas abrí la lista, esparcióse en derredor de mí un hedor tan insoportable, que al punto me vi aquejado de acerbísimos dolores de cabeza y de unas ansias tales de vomitar que creía morirme. 

Entretanto oscurecióse el aire; desapareció la visión y nada más vi de tan hermoso espectáculo; al mismo tiempo un rayo iluminó la estancia y un trueno retumbó en el espacio, tan fuerte y terrible que me desperté sobresaltado. 

______________________________

Aquel hedor penetró en las paredes, infiltrándose en mis vestidos, de tal forma que muchos días después aún parecía percibir aquella pestilencia. Ahora mismo, con sólo recordarlo, me vienen náuseas, me siento como ahogado y se me revuelve el estómago. 

En Lanzo, donde me encontraba, comencé a preguntar a unos y a otros; hablé con varios y pude cerciorarme de que el sueño no me había engañado. 

Es, pues, una gracia del Señor, que me ha dado a conocer el estado del alma de cada uno de vosotros; pero de esto me guardaré de decir nada en público. Ahora no me queda más que augurarles buenas noches. 

El ver en el sueño —continúa Don Lemoyne— que eran considerados como malos ciertos jóvenes que pasaban en la casa por los mejores, hizo sospechar a Juan Don Bosco que se trataba de una ilusión. He aquí el motivo por el cual había llamado precedentemente a algunos ad audiendum verbum: quería asegurarse bien sobre la naturaleza del sueño. Por el mismo motivo retrasó en quince días su relato. Cuando tuvo la seguridad de que la cosa procedía de lo alto, habló. El tiempo vendría a confirmar la realidad de otras muchas cosas que vio en el mismo y que llegaron a cumplirse. 

La primera predicción, la más importante, se refería al número de sus queridos hijos que morirían en 1877, divididos en dos grupos: seis más dos. En la actualidad los registros del Oratorio ofrecen la cruz, señal tradicional de defunción junto a los nombres de seis jóvenes y de dos clérigos. Estaba al frente de la comisaría de seguridad pública en el distrito Dora un señor que tenía algunos conocidos en el Oratorio. Este tal oyó el sueño y le impresionó el vaticinio de las ocho muertes. Estuvo atento todo el 1877, para comprobar la realidad del mismo. Al enterarse del último caso de muerte, que tuvo lugar precisamente el último día del año dijo adiós al mundo, se hizo salesiano y trabajó mucho no sólo en Italia, sino también en América. Fue Don Ángel Piccono de imperecedera memoria. 

La segunda predicción anunciaba una aurora esplendorosa para la Sociedad Salesiana en 1877, que iluminaría los cuatro ángulos del mundo; en efecto, aquel año apareció en el horizonte de la Iglesia la Asociación de los Cooperadores Salesianos y comenzó a publicarse el Boletín Salesiano, dos instituciones que debían llevar de un extremo a otro de la tierra el conocimiento y la práctica del espíritu de San Juan Don Bosco. 

La tercera predicción se refería al fin próximo del Papa Pío IX, que, en efecto, murió catorce meses después del sueño. 

La última predicción fue muy amarga para el siervo de Dios: "¡Oh, si supieses cuántas dificultades tienes aún que vencer!" 

Y en efecto, en el resto de su vida, que duró aún once años y dos meses, luchas y fatigas y sacrificios se sucedieron sin tregua hasta el fin de su existencia.


Los Sueños de San Juan Bosco

martes, 23 de mayo de 2017

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: LA MUERTE DEL PAPA PÍO IX



LA MUERTE DEL PAPA PÍO IX 
SUEÑO 104.—AÑO DE 1877. 
(M. B. Tomo XIII, págs. 42-44) 

El 1 de febrero de 1877, a su regreso de Roma, se despidió de los hermanos y amigos de Magliano, partiendo para Florencia. 

En esta ciudad se detuvo hasta el día tres del mismo mes, hospedándose en casa de la piadosa y caritativa Marquesa Uguccioni, aun profundamente afligida por la muerte reciente del esposo. En la mañana del cuatro se encontraba en Turín, donde fue recibido en el Oratorio, como de costumbre, en medio del mayor júbilo. 

Dos días después de su llegada, el [Santo] volvía a Roma en sueños; sueño profético que contó privadamente a los directores reunidos para las conferencias anuales. 

Ofreceremos el relato del mismo, tal como lo escribieron inmediatamente después de oírlo, Don Barberis y Don Lemoyne. 

Hay que hacer notar que el Eminentísimo Cardenal Monaco La Valetta, Vicario de Su Santidad, después de la muerte del Cardenal Patrizi, había rogado a San Juan Bosco que enviase algunos salesianos a dirigir el Hospital de la «Cosolazione» que surge a poca distancia del Foro Romano. Aunque la escasez de personal era grande, San Juan Bosco, siendo la primera vez que el nuevo Cardenal Vicario pedía un favor a la Congregación, deseaba ardientemente complacerlo. La noche del siete de febrero, habiéndose retirado a descansar el [Santo] obsesionado con este pensamiento, soñó que se encontraba en Roma. 

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Me pareció —dijo a sus oyentes— que me encontraba de nuevo en Roma; me dirigí inmediatamente al Vaticano sin acordarme del almuerzo, ni de pedir audiencia, ni de otra cosa alguna. Mientras me encontraba en una sala he aquí que llega el Papa Pío IX y se sienta a la buena de Dios y en plan de amigo en un sillón o canapé que estaba junto a mí. Yo, maravillado, intento ponerme de pie y rendirle los homenajes consiguientes; pero él no me lo permitió, sino que con la mayor premura me obligó a que me sentase a su lado, comenzando inmediatamente el siguiente diálogo: 

—Hace poco que nos hemos visto. 

—En efecto; hace pocos días— le contesté.

—De ahora en adelante nos veremos con más frecuencia —continuó el Vicario de Cristo— porque hay muchas cosas que tratar. Entretanto, dígame: ¿Qué ha hecho ya desde que partió de Roma? 

—Ha habido poco tiempo —le contesté—; se han reanudado varios asuntos que quedaron interrumpidos a causa de mi ausencia y después se pensó en lo que se podría hacer en favor de los Conceptinos. Mas he aquí que me llega una petición del Cardenal Vicario, rogándome que nos encarguemos de la dirección del Hospital de la Cosolazione. Es la primera petición que nos hace dicho Cardenal y querríamos complacerle; pero al mismo tiempo nos sentimos abrumados por la falta de personal.

—¿Cuántos sacerdotes ha mandado ya a los Conceptinos?—, me preguntó el Papa Pío IX. Y entretanto me hizo pasear con él teniéndome de la mano. 

—Hemos enviado uno solo —le dije—, y estamos estudiando la manera de poder mandar algunos más, pero no sabemos de dónde sacarlos.

—Antes de atender a otra cosa —prosigue el Papa— procura atender a Santo Spirito. Poco después el Santo Padre, erguido sobre su persona, con la cara levantada y como radiante de luz, clavó su mirada en mí. 

—¡Oh, Santo Padre!, —le dije—; ¡si mis jóvenes pudiesen contemplar el rostro de Su Santidad! Yo creo que quedarían fuera de sí por el consuelo. ¡Le aman tanto! 

—Eso no sería imposible —me replicó el Papa Pío IX—. A lo mejor pueden ver realizado este deseo. 

Pero de pronto, como si se sintiese mal, apoyándose en una parte y otra se dirigió a sentarse en un canapé y después de haberlo hecho se tendió en él a lo largo. Yo creí que estuviese cansado y quisiera acomodarse para descansar un poco; por eso busqué la manera de colocarle un almohadón un poco elevado para mantenerle la cabeza en alto: pero él no quiso, sino que extendiendo también las piernas, me dijo: 

—Hace falta una sábana blanca para cubrirme de la cabeza a los pies. 

Yo lo miraba atónito y estupefacto; no sabía qué decirle, ni qué hacer. No entendía nada de cuanto sucedía. Entonces el Santo Padre se levantó y dijo: 

—¡Vamos! 

Al llegar a una sala donde había muchos dignatarios eclesiásticos, el Santo Padre, sin que los demás se diesen cuenta se dirigió a una puerta cerrada. Yo abrí la puerta inmediatamente, para que el Papa Pío IX, que estaba ya cerca, pudiese pasar, Al ver esto, uno de los prelados comenzó a mover la cabeza y a decir entre dientes: 

—Esto no le corresponde Don Bosco; hay personas indicadas para que realicen estos menesteres. 

Me excusé de la mejor manera posible, haciendo observar que yo no usurpaba ningún derecho, sino que había abierto la puerta porque ningún otro lo había hecho para que el Papa no se incomodara y tropezara. 

Cuando el Santo Padre oyó mis palabras, se volvió hacia atrás sonriendo y dijo: 

—Déjenlo en paz; soy yo quien lo quiero. 

Y el Papa, una vez que hubo transpuesto la puerta, no apareció más. 

Yo me encontré, pues, allí completamente solo sin saber dónde estaba. 

Al volverme a un lado y a otro para orientarme, vi por allí a Buzzetti. Esto me causó grande alegría. Yo quería decirle algo, cuando él, acercándose a mí, me dijo: 

—Mire que tiene los zapatos viejos y rotos. 

—Ya lo sé —le dije—; ¿qué quieres? Han recorrido ya mucho terreno estos zapatos, son los mismos que tenía cuando estaba en Lanzo; aquí en Roma han estado ya dos veces; también estuvieron en Francia y ahora están otra vez aquí. Es natural que estén en tan mal estado. 

—Pero ahora —replicó Buzzetti— es tiempo de que los deje; ¿no ve que los talones están completamente rotos y que lleva los pies por los suelos? 

—No te digo que no lleves razón —contesté—, pero, dime: ¿sabes tú dónde nos encontramos? ¿Sabes qué es lo que hacemos aquí? ¿Sabes por qué estamos aquí? 

—Sí, que lo sé— me contestó Buzzetti.

 —Dime, pues —proseguí yo—; ¿estoy soñando o es realidad lo que veo? Dime pronto algo. 

—Esté tranquilo —replicó Buzzetti— que no sueña. Todo cuanto ve es realidad. Estamos en Roma, en él Vaticano: El Papa ha muerto. Y tanto es verdad esto que cuando quiera salir de aquí encontrará grandes dificultades para lograrlo y no dará con la escalera. 

Entonces yo me asomé a las puertas, a las ventanas y vi por todas partes casas en ruina y destruidas y las escaleras deshechas y escombros por doquier. 

—Ahora sí que me convenzo de que estoy soñando —dije—; hace poco he estado en el Vaticano con el Papa y no había nada de todo esto. 

Estas ruinas —dijo Buzzetti— fueron producidas por un terremoto repentino que tendrá lugar después de la muerte del Papa, pues toda la Iglesia se sentirá sacudida de una manera terrible al producirse su fallecimiento. 

Yo no sabía ni qué decir, ni qué hacer. Quería bajar a toda costa del lugar donde me encontraba; hice la prueba pero temí rodar a un precipicio. 

Con todo intentaba descender, pero unos me sujetaban por los brazos, otros por la ropa y un tal por los cabellos con tanta fuerza que no me permitía dar un paso. Yo entonces comencé a gritar:` 

—¡Ay, que me hace daño! 

Y tan grande fue el dolor que sentí, que me desperté encontrándome en el lecho, en mi habitación. 

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 El [Santo], aunque no se reservó para sí este sueño, prohibió a los Directores que hablasen de él, expresando así su parecer de que por de pronto no se le debía dar importancia alguna. Pero luego se comprobó de allí a un año, que no se trataba de un sueño ordinario, en efecto, en las primeras horas de la noche del seis al siete de febrero, el gran Pontífice [Beato] Pío IX, después de una rápida enfermedad, entregó su bella alma al Señor. 

Los Sueños de San Juan Bosco
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Nota de A.E.
Aquí en este sueño profético San Juan Bosco predice que después de la muerte de un Papa habrá un terremoto, esto aun no se a cumplido.