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martes, 9 de enero de 2018

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XVI. (Último capítulo)


CAPITULO 16 
Algunos ejemplos acerca de la devoción de oír Misa y decirla cada día, 
y la reverencia con que hemos de estar en ella. 

El Papa Pío II y Sabélico cuentan que en la provincia de Istria, que confina con Panonia y Austria, vivía un devoto caballero, el cual era molestado de una grave tentación de ahorcarse, y algunas veces estuvo a punto de hacerlo. Andando con esta penosa tentación, se descubrió a un religioso letrado y temeroso de Dios pidiéndole consejo, el cual, después de haberle confortado y consolado mucho, le dijo que tuviese en su compañía un capellán que cada día le dijese Misa. Le pareció bien este remedio, y así se concertó con un sacerdote, y los dos se fueron a vivir a una fortaleza que tenía en el campo, donde habiendo un año que por medio de esta santísima devoción vivía en sosiego, acaeció que un día le pidió licencia su capellán para ir a celebrar una fiesta a un pueblo allí vecino con un clérigo amigo suyo; el caballero dio la licencia con intención de ir allá a oír Misa y hallarse en la fiesta; pero por cierta ocasión se detuvo, de modo que ya era mediodía cuando vino a salir de su fortaleza, muy acongojado pensando no hallar Misa, y molestado de su antigua tentación; yendo así fatigado, se encontró con un labrador que venía del lugar, el cual le certificó que eran ya acabados los oficios divinos. Recibió de esto el caballero tanta pena, que comenzó a maldecir su ventura, y a decir que pues aquel día no había oído Misa, se tenía ya por perdido. El labrador le dijo que no se fatigase, que él le vendería la Misa y lo que delante de Dios había merecido con ella, al caballero le agradó esto, y así se concertaron en que le diese una ropa que traía vestida, la cual él le dio de buena voluntad, y con esto se partió el uno del otro. Con todo eso, quiso el caballero llegar al pueblo a hacer oración en la iglesia; lo hizo así, y poco después, volviéndose a su casa, llegando al lugar de la simonía, vio que el labrador se había ahorcado de un árbol, permitiéndolo así Dios en castigo de su pecado. Quedó atónito y dio gracias al Señor porque le había a él librado, y se confirmó más en su devoción, y desde entonces quedó libre de la tentación, aunque vivió muchos años. 

Se lee en las Crónicas de San Francisco de Santa Isabel, reina de Portugal, y sobrina de Santa Isabel, reina de Hungría, que entre otras grandes virtudes que tenía, una era ser piadosa y compasiva de los pobres enfermos, y amiga de socorrerlos; y así se dice que ningún pobre le pidió que no le socorriese; y fuera de esto, tenía mandado a su limosnero que a ninguno le negase limosna. Teniendo, pues, esta santa un paje o criado de cámara, de quien se servía en la distribución de estas limosnas y obras de piedad, por ser virtuoso y de buenas costumbres, aconteció que otro paje de la cámara del rey don Dionis, su marido, y muy privado suyo, viendo la privanza que el paje tenía con la reina, por envidia que tuvo de él y por caer en gracia del rey, le quiso poner mal con él, afirmándole que la reina le tenía mala afición. Y como el rey vivía no muy honestamente, inducido por el demonio traía consigo algunos descontentos, y tenía alguna desconfianza de la reina su mujer. Por lo cual, espantado de lo que su paje le había dicho, aunque es verdad que no lo acabó de creer, sino que quedó dudoso, con todo eso se determinó de hacer matar a aquel paje secretamente. Y saliendo aquel día a pasearse a caballo, pasó por donde había un horno de cal, que se estaba cociendo, y llamando aparte a los hombres que le daban fuego, les mandó que a un criado que él les enviaría allí con un recaudo, diciendo si tenían hecho lo que el rey les había mandado, le arrebatasen luego y le echasen dentro del horno, de modo que allí luego muriese, porque así convenía a su servicio. Venida, pues, la mañana siguiente mandó el rey al paje de la reina que fuese con este recaudo al horno, para que aquellos hombres pusiesen en ejecución lo que él les había mandado, y así muriese; mas nuestro Señor, que nunca falta a los suyos, y vuelve por los que están inocentes y sin culpa, ordenó pasando este mozo por una iglesia, tañesen la campanilla de alzar en una Misa que entonces estaban diciendo; y entrando dentro, estuvo hasta que se acabó la Misa, y otras dos que comenzaron luego una en pos de otra. En este tiempo, deseando el rey saber si era ya muerto, acertó a ver al otro paje de cámara, que era el que le había acusado y levantado el falso testimonio delante del rey, al cual envió muy de priesa al horno a saber si se había hecho lo que él había mandado, y llegado que fue con el recaudo, como éste, conforme a las señas, era el que el rey les había dicho, le arrebataron luego los hombres y, atándole, lo echaron vivo en el horno. En este interin, acabando el otro mozo inocente y sin culpa de oír sus Misas, fue a dar el recaudo del rey a los que cocían el horno, diciendo si habían cumplido lo que su señor les había mandado, y respondiendo ellos que sí, él se volvió con la respuesta al rey; el cual, así como lo vio, quedó como fuera de sí, viendo y considerando que había acontecido este negocio muy al contrario de como él había ordenado mandado. Y volviéndose al paje le comenzó a reprender, preguntándole dónde se había entretenido tanto. Entonces el criado, dando cuenta de sí, le respondió: «Señor, yendo yo a cumplir el mandato de vuestra alteza, acerté a pasar junto a una iglesia, donde estaban tañendo la campanilla de alzar, y entrando dentro oí aquella Misa hasta el cabo; y antes que aquella se acabase, comenzaron otra y otra, y así aguardé hasta que se acabaron todas, porque mi padre me dejó por bendición, antes que muriese, que a todas las Misas que viese comenzar estuviese hasta el fin.» Entonces vino el rey a caer, por este juicio de Dios, en la cuenta de la verdad, y en la inocencia de la buena reina, y en la fidelidad y virtud del buen criado, y así echó de sí la imaginación mala que contra ella tenía. 

En el Prontuario de Ejemplos se cuenta que en un pueblo vivían dos oficiales de un mismo oficio, y el uno tenía mujer, hijos y familia, y con todo eso era tan devoto de oír Misa cada día, que por ninguna cosa la dejaba, y así le ayudaba nuestro Señor, y le iba bien en su oficio, y le multiplicaba su hacienda. El otro, por el contrario, no teniendo hijo ninguno, ni criado, sino sola su mujer, siempre trabajaba de día y de noche, y aun en los mismos días de fiesta, y oía Misa muy pocas veces, y nunca salía de laceria sino que padecía mucha necesidad y pobreza. Viendo, pues, éste que al otro le iba tan bien, haciéndose un día encontradizo con él, le preguntó que de dónde le venían tantos bienes y le sucedía tanta ganancia, que con él tener tanta familia de hijos y mujer, nunca le faltaba lo necesario, sino que siempre tenía bastantemente lo que había menester; y él, siendo solo con su mujer y trabajando más, siempre vivía en necesidad y pobreza. A esto respondió el que tenía devoción de oír cada día Misa, diciendo que él le mostraría al día siguiente el lugar dónde hallaba aquella ganancia. Y venida la mañana, se fue por casa del otro y le llevó consigo a la Iglesia; y acabada de oír la Misa le dijo que se volviese a su casa a trabajar. Lo mismo hizo el segundo día, y las mismas palabras le dijo. Pero el tercero día, viniendo otra vez a su casa para llevarle a la iglesia, le dijo el otro: «Hermano, si yo quisiese ir a la iglesia, no he menester que vos me llevéis allá, que bien sé el camino: lo que yo deseaba saber de vos era el lugar donde habéis hallado tan buena comodidad para enriquecer, y que me llevaseis allá para que yo también me pueda hacer rico.» Entonces respondió él diciendo: «Yo no sé, ni tengo otro lugar donde busque el tesoro del cuerpo y el premio de la vida eterna, si no es en la iglesia.» Y para confirmar esto, dijo (Mt., 6. 30): «¿Por ventura no habéis oído lo que el Señor dice en el Evangelio: Buscad primero el reino de los Cielos y su justicia, y todas las demás cosas que se os darán por añadidura?» Oyendo esto el buen hombre, entendió el misterio y cayó en la cuenta y compungido de su pecado enmendó su vida, haciéndose desde luego muy devoto y oyendo de allí adelante su Misa cada día, y así le comenzó a ir bien y suceder prósperamente en todos sus negocios. 

Cuenta San Antonino de Florencia que saliendo un día de fiesta de una ciudad dos amigos mancebos para irse a holgar al campo a cierta caza, el uno de ellos tuvo cuidado de oír primero Misa y cumplir con el precepto, y el otro no. Yendo, pues, juntos su camino, comenzó a revolverse el tiempo y turbarse el aire, de modo que parecía que el cielo se quería venir abajo, y hundir el mundo con los grandes truenos que comenzaron, y muchos relámpagos que venían a toda prisa con grandes señales de mucho agua; y entre éstas se oyó en el aire una voz, la cual oyeron los mismos mozos, que decía: «Dale, hiérele.» Quedaron con esta voz atemorizados; pero prosiguiendo su camino, al mejor tiempo, cuando no se cataron, cayó un rayo y mató al desdichado mozo que aquel día no había oído Misa. Fue tan grande el espanto y asombro que le dio al otro, que quedó como fuera de juicio, sin saber lo que había de hacer, mayormente que estaba ya cerca del puesto donde iban a cazar. Finalmente, pasó adelante y prosiguió su camino, y oyó otra voz que dijo: «Hiérele, hiérele a ése» Quedó el pobre muy atemorizado con esta voz, acordándose de lo que había pasado por su compañero; mas se oyó otra voz en el aire, que dijo: «No puedo, porque ha oído hoy el Verbum caro factum est» Entendiendo por esto que había oído Misa; porque al fin de ella se suele decir el Evangelio de San Juan, donde están estas palabras. Y de esta manera se escapó aquel mozo de aquella tan terrible y repentina muerte. 

De San Buenaventura se lee que considerando la soberana Majestad de Dios, que está en el santísimo Sacramento del altar, y su gran vileza, y temiendo que no recibía al Señor con la disposición que convenía, estuvo muchos días sin llegarse al alta, y un día, oyendo Misa, al tiempo que el sacerdote partía la hostia, una parte de ella se vino a él y se le puso en la boca. Y haciendo gracias al Señor por este tan incomparable beneficio, entendió que con él le quería enseñar, que gusta más Dios de los que con amor y entrañable afecto se llegan a él y le reciben, que no de los que por temor se apartan y dejan de recibirle; como después el mismo Santo lo escribió. Y lo mismo escribió Santo Tomás. 

Del Santo fray Hernando de Talavera, primer arzobispo de Granada, se cuenta que estando en la corte ocupado en muchos y muy graves negocios del reino, como sus émulos, que eran muchos, no hallasen otra cosa en que le poder acusar, murmuraban algunos porque decía cada día Misa, maravillándose de él, que, teniendo tantos y tan arduos negocios sobre sí, se hallaba tan dispuesto y con ánimo reposado y quieto para celebrar cada día, como si estuviera en el monasterio. Y como el cardenal de España y arzobispo de Toledo don Pedro González de Mendoza un día familiarmente le dijese lo que se decía, respondió el siervo de Dios: Así es, señor, que porque sus altezas me han puesto en cosas tan arduas, y encomendado carga que es sobre todas mis fuerzas, no tengo otro refugio, para no dar con la carga en el suelo, sino llegarme cada día al santo Sacramento, para que con eso pueda tener fuerzas para salir al cabo, y dar buena cuenta de lo que sus altezas me han encomendado.» 

De San Pedro Celestino, que después fue Papa, cuenta Surio que poniéndose él una vez a considerar, por una parte, la Majestad grande del Señor que está en el santísimo Sacramento, y por otra, su vileza e indignidad, y acordándose de San Pablo, primer ermitaño, San Antonio, San Francisco y otros Santos, que no se habían atrevido a ejercitar el santo misterio de la Misa y Comunión cotidiana, estuvo muy dudoso y perplejo sobre la frecuencia en esto, y se abstuvo algunos días con el temor, temblor y reverencia de tan grande Señor, con determinación de ir a Roma a consultar al Papa sobre esto, si le sería mejor abstenerse de celebrar del todo o algún tiempo, y yendo con este intento, en el camino se le apareció un santo abad, ya difunto, el cual le había dado el hábito de monje, y le dijo: «¿Quién, oh hijo, aunque sea ángel, es digno de este misterio? Pero con todo eso te aconsejo que con temor y reverencia celebres frecuentemente»; y luego desapareció. 

Cuenta San Gregorio que poco antes de su tiempo acaeció que un hombre fue preso y llevado cautivo de los enemigos a muy lejanas tierras, donde estuvo mucho tiempo aprisionado, sin saber ni tener nuevas algunas de él; y como su mujer, después de tan largo tiempo no supiese de él, creyó ser ya muerto, y así como a tal hacía cada semana decir Misas y sacrificios por su ánima. Y era nuestro Señor servido que todas las veces que las Misas se decían por él, se hallaba el pobre cautivo libre de sus prisiones. Aconteció, pues, que no mucho después de esto salió el hombre del cautiverio y volvió a su casa libre; y como entre otras cosas contase a su mujer esta maravilla, espantado y admirado de que en ciertos días y horas de cada semana se le quitaban las prisiones, como está dicho; haciendo la mujer la cuenta, halló que era en los mismos días y horas que ella hacía ofrecer el sacrificio y decir las Misas por él. Y añade San Gregorio: «De aquí podéis, hermanos, colegir cuánta fuerza tendrá para deshacer las prisiones y ataduras del ánima este sacrificio ofrecido por nosotros.» El venerable Beda cuenta otro ejemplo semejante. 

San Crisóstomo dice que por el tiempo que el sacerdote celebra, asisten allí los ángeles, y que en honra del que allí es ofrecido, el altar está rodeado de ángeles. Y dice que oyó contar a una persona fidedigna, que un viejo, gran siervo de Dios, había visto de repente descender gran multitud de ángeles, y estar el altar rodeado de ellos, vestidos de tan resplandecientes ropas, que su claridad no se podía mirar, tan humillados como están los soldados delante de su rey. Y así lo creo yo, dice el glorioso Santo: porque al fin donde está el rey está la corte. Y San Gregorio dice: «¿Quién duda sino que en aquella hora en que se ofrece este santo sacrificio, a la voz del sacerdote se abren los Cielos y bajan juntamente con Cristo aquellos cortesanos del Cielo, y está todo aquello cercado de coros de ángeles, que como buenos cortesanos están acompañando a su Rey?» Y así declaran muchos Santos aquello de San Pablo, que mandando que las mujeres estuviesen en la iglesia cubiertas las cabezas, da la razón (1 Cor., 11, 10): Por amor de los ángeles. Porque por estar allí el santísimo Sacramento, dicen que hay allí ángeles que le reverencian y respetan. 

San Nilo escribe del mismo San Juan Crisóstomo (que fue su maestro) que cuando entraba en la iglesia veía gran multitud de ángeles vestidos de blanco, los pies descalzos, y encorvados sus cuerpos por la gran reverencia, con sumo silencio y como asombrados de la presencia de Cristo nuestro Dios y Señor en este Sacramento. Conforme a esto, dice el glorioso Crisóstomo: «Cuando te hallas delante de este divino Sacramento, no has de pensar que estás entre hombres en la tierra; ¿por ventura no sientes la vecindad de aquellos escuadrones celestiales de querubines, serafines, etc., que asisten ante aquel gran Señor de Cielos y Tierra?» Y así dice: «Estad, hermanos, en la iglesia con gran silencio, con temor y temblor: mirad de la manera que están los criados de un rey delante de él, qué modestos y serenos, con cuánta reverencia: no hay quien allí se atreva a hablar una palabra, ni a volver los ojos de una parte a otra; y aprended de aquí de la manera que habéis de estar delante de Dios.»  


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez

miércoles, 20 de diciembre de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XV


CAPÍTULO 15 
De qué manera se ha de oír la Misa. 

Lo que hemos dicho parece que nos obliga a tratar cómo se debe oír Misa, y lo que hemos de hacer en ella. Y así diremos acerca de esto tres cosas, que serán tres devociones que podemos tener en la Misa, y cada una de ellas es muy principal, y todas tres se pueden tener juntamente. Y no serán de nuestra cabeza, sino de nuestra madre la Iglesia, para que se tengan y estimen en lo que es razón, Cuanto a lo primero, hemos de presuponer que la Misa es una memoria y representación de la Pasión y muerte de Cristo, como queda dicho. Quiso el Redentor del mundo que este santo sacrificio fuese memoria de su Pasión y del amor que nos tuvo, porque entendió que acordándonos de lo que por nosotros padeció, nos sería esta continua memoria un despertador grande para amarle y servirle, y que no seríamos como el otro pueblo, que se olvidó del Señor que le salvó y le sacó de Egipto (Sal., 105, 21). Y así, una de las buenas devociones que podemos tener en la Misa, conforme a esto, es ir considerando los misterios de la Pasión que en ella se nos representan, sacando de allí actos de amor y propósitos de servir mucho al Señor. 

Para eso ayudará mucho saber las significaciones de lo que se hace y dice en la Misa, para que así vayamos entendiendo y gustando más de los misterios tan grandes que allí se nos representan: porque no hay palabra, ni signo, ni ceremonia que no tenga grandes significaciones y misterios; y todas las vestiduras y ornamentos con que se viste el sacerdote para decir Misa, nos representan también eso mismo. El amito dicen los Santos que representa el velo con que cubrieron el rostro a Cristo nuestro Redentor, cuando le decían, hiriéndole en el rostro: «Profetiza quién te dio.» El alba, la vestidura blanca con que Herodes, haciendo burla y escarnio de Él con su ejército, le envió vestido a Pilato. El cíngulo representa, o las primeras ataduras y sogas con que fue atado, cuando le prendieron, o los azotes con que fue azotado por mandado de Pilato. El manipulo significa las segundas ataduras con que ataron a Cristo las manos a la columna, cuando le azotaron. Se pone en el brazo izquierdo, que está más cercano al corazón, para denotar el amor grande con que recibió aquellos crueles azotes por nuestros pecados, y el amor con que es razón que nosotros correspondamos a tan grande amor y beneficio. La estola representa las terceras ataduras, que fue aquella soga que le echaron al cuello cuando llevaba la cruz a cuestas para ser crucificado. La casulla representa la vestidura de grana que le vistieron para burla y escarnio de Él; o, según otros, representa aquella túnica inconsútil que le desnudaron para crucificarle. 

El entrar el sacerdote en la sacristía a vestirse de estas vestiduras sacerdotales, representa la entrada de Cristo en este mundo, en el sagrario sacratísimo del vientre virginal de la Virgen María, Madre suya, donde se vistió las vestiduras de nuestra humanidad para ir a celebrar este sacrificio en la cruz. Y al salir el sacerdote de la sacristía canta el coro el introito de la Misa, el cual significa los grandes deseos y suspiros con que aquellos Santos Padres esperaban la Encarnación del Hijo de Dios (Isai., 16, 1; 64, 1): [Envía, Señor, el Cordero enseñoreador de la tierra. ¡Oh si rasgaras los Cielos y descendieras!] Y se torna a repetir otra vez el introito, para significar la frecuencia de estos clamores y deseos, que tenían aquellos Santos Padres de ver a Cristo en el mundo, vestido de nuestra carne. El decir el sacerdote la confesión, como hombre pecador, significa que Cristo tomó sobre sí todos nuestros pecados para pagar por ellos, y quiso parecer pecador y ser tenido por tal, como dice el Profeta Isaías (53, 4 y 11), para que nosotros fuésemos justos y santos. Los kyries, que quiere decir «Señor, misericordia», significan la gran miseria en que estábamos todos antes de la venida de Cristo. Sería cosa muy larga de discurrir por todos los misterios en particular. Basta entender que no hay cosa en la Misa que no esté llena de misterios; y todos aquellos signos y cruces que hace el sacerdote sobre la hostia y el cáliz, es para representarnos y traernos a la memoria los muchos y varios tormentos y dolores que Cristo padeció por nosotros en la cruz; y el levantar en alto la hostia y el cáliz en acabando de consagrar (fuera de que se hace para que el pueblo lo adore), nos representa cuando levantaron la cruz en alto para que todos le viesen crucificado. Cada uno puede entretenerse en la consideración de un misterio o dos, que más devoción le diere, sacando de ellos fruto para sí, y procurando corresponder a tan grande amor y beneficio y eso será más provechoso que el pasar de corrida muchos misterios por la memoria. Esta es la primera devoción que podemos tener en la Misa. 

La segunda devoción y modo de oír la Misa, es muy principal y muy propia de ella, y le apuntamos en el capítulo pasado. Para cuya inteligencia es menester presuponer dos cosas que allí declaramos, La primera, que la Misa no solamente es memoria y representación de la Pasión de Cristo, y de aquel sacrificio en que Él se ofreció en la cruz al Padre Eterno por nuestros pecados; sino es el mismo sacrificio que entonces se ofreció, y del mismo valor y eficacia. La segunda, que aunque sólo el sacerdote habla y con sus manos ofrece este sacrificio, pero todos los circunstantes le ofrecen también juntamente con él. Supuesto esto, digo que el mejor modo de oír la Misa es ir juntamente con el sacerdote ofreciendo este sacrificio, y haciendo en cuanto pudiéremos lo que él hace, haciendo cuenta que nos juntamos todos allí, no sólo a oír la Misa sino a ofrecer este sacrificio juntamente con el sacerdote, pues en realidad de verdad es así; y por eso esta ordenado que los sacerdotes digan con voz clara y moderadamente alta las cosas de la Misa que conviene que el pueblo oiga, para que vayan gustando y preparándose juntamente con el sacerdote para ofrecer este sacrificio con la preparación que la Iglesia con tan grande consejo y acuerdo ha ordenado para eso, porque todo lo que allí se dice y hace es un preparar y disponer, así al sacerdote como a los que asisten, para que con más devoción y reverencia ofrezcan este altísimo sacrificio. 

Para que mejor podamos poner esto en ejecución, se ha de notar que tres partes principales tiene la Misa: la primera es desde la confesión hasta el ofertorio, que toda ella es un preparar al pueblo para que dignamente pueda ofrecer este sacrificio, el principio con la confesión y aquellos versos de salmos, aun antes de llegar al altar. Luego los kyries, que fuera de significar, como dijimos, la grande miseria en que estábamos antes de la venida de Cristo, nos dan también a entender que el que ha de tratar negocios con Dios no los ha de tratar por justicia, sino por misericordia. Luego se sigue el Gloria in excelsis Deo, dando gloria a Dios por la Encarnación, y reconociendo el bien grande de este beneficio. Luego se sigue la oración. Y se debe notar que dice el sacerdote oremus y no oro, porque todos oran con él, y él en persona de todos. Y para que esto se haga con más espíritu, precede el pedir para ello la asistencia del Espiritu Santo, volviéndose el sacerdote al pueblo con el Dominus vobiscum, y respondiendo el pueblo Et cum spiritu tuo. La epístola significa la doctrina del Viejo Testamento y la de San Juan Bautista, que precedió como preparación y catecismo para la doctrina del Evangelio. El gradual, que se dice después de la epístola, significa la penitencia que hacía el pueblo con la predicación de San Juan Bautista. Y el Aleluya que sigue después del gradual, significa la alegría que tiene el alma después de haber alcanzado el perdón de los pecados por medio de la penitencia. El Evangelio significa la doctrina que Cristo predicó en el mundo. Y hace el sacerdote la señal de la cruz sobre el libro que ha de leer, porque nos ha de predicar a Cristo crucificado; y después hace la señal de la cruz en la frente, boca y pecho, y el pueblo también, en lo cual profesamos que tenemos a Cristo crucificado en nuestro Corazón, y que le confesaremos con nuestras lenguas y con nuestros rostros descubiertos, y que viviremos y moriremos en esta confesión. Se encienden nuevas lumbres para decir el Evangelio, porque esta doctrina es la que alumbra nuestras almas y la luz que trajo el Hijo de Dios al mundo (Lc., 2, 32). Oyese el Evangelio en pie, para darnos a entender la prontitud que hemos de tener para obedecerle y para defenderle cuando fuere menester. Oyese descubierta la cabeza para dar a entender la reverencia que hemos de tener a la palabra de Dios. Luego se sigue el Credo, que es el fruto que se saca de la doctrina del Evangelio, porque en él confesamos los artículos y principales misterios de nuestra fe. Esta es la primera parte de la Misa, la cual llaman Misa de los catecúmenos, porque hasta aquí se permitía estar en la Misa a los catecúmenos que no estaban bautizados, y a los infieles, así judíos como gentiles, para que oyesen la palabra de Dios y fuesen instruidos en ella. La segunda parte de la Misa es desde el ofertorio hasta el Pater noster, que llaman Misa del sacrificio, a la cual solos los cristianos pueden estar. Y así solía el diácono desde el púlpito mandar ir a los catecúmenos; y entonces se decía antiguamente el Ite, Missa est: Idos, porque la Misa, esto es, el sacrificio, se comienza ya al cual no es lícito a vosotros asistir. Esta es la principal parte de la Misa, donde se hace la consagración y se ofrece lo consagrado. Y así, el sacerdote comienza a tener silencio y a decir las oraciones en secreto, que no sean oídas de los circunstantes, como quien se acerca ya al sacrificio; como cuando se acercaba la Pasión, dice el sagrado Evangelio (Jn., 11, 54), que Cristo nuestro Redentor se retiró junto al desierto a la ciudad de Efrén, y que ya no andaba en público. Pues acercándose ya el sacerdote a ofrecer el sacrificio, se lava las manos para damos a entender la limpieza y puridad con que nos hemos de llegar a este sacrificio. 

Y se vuelve al pueblo diciendo que hagan oración juntamente con él, para que aquel sacrificio sea acepto y agradable a la Majestad de Dios. Y después de haber orado un poco secretamente, torna a interrumpir el silencio con el Prefacio, que es un apercibimiento más particular con que el sacerdote se dispone a sí y al pueblo para este santo sacrificio, exhortándoles a que levanten los corazones al Cielo y a que den gracias al Señor por haber bajado del Cielo a tomar nuestra carne y morir por nosotros (Mt 21, 9): [Bendito el que viene en el nombre del Señor, sálvanos en las alturas], que son aquellos loores con que le recibieron en Jerusalén el Domingo de Ramos. [Santo, Santo, Santo, el Señor Dios de los ejércitos], que son aquellas voces con que le están perpetuamente alabando los cortesanos del Cielo, como dice Isaías (6, 3) y San Juan en su Apocalipsis (4, 8). Luego comienza el Canon de la Misa, donde primero ruega el sacerdote al Padre Eterno que por los méritos de Jesucristo su único Hijo y Señor nuestro acepte este sacrificio por la Iglesia, por el Papa, por el prelado, por el rey. Y luego en secreto ruega a Dios por otras personas particulares, ofreciendo también el sacrificio por ellas, haciendo el primer memento que llamamos de los vivos. Y particularmente ofrece este sacrificio por los que están presentes. Y así es cosa muy provechosa asistir a la Misa, porque los que asisten a ella participan más de los dones de Dios, como los que asisten a la mesa del rey, y como los que le salen a recibir cuando entra en la ciudad; y como los que estuvieron al pie de la cruz, San Juan y nuestra Señora, la Magdalena y el buen ladrón. Ruperto abad dice que hallarse presente a la Misa es hallarse presente a las exequias de Cristo nuestro Redentor. Luego se sigue la consagración, en que, como dijimos en el capítulo pasado, consiste y se ofrece el sacrificio de la Misa por todos aquellos de quien en el memento se ha hecho mención. 

Pues digo que la mejor devoción que uno puede tener en la Misa es ir atendiendo a lo que el sacerdote dice y hace, e ir juntamente con él ofreciendo este sacrificio. Y haciendo, en cuanto puede, lo que él hace como bien es parte en tan grande negocio como allí se trata y celebra. Y cuando el sacerdote hace el memento de los vivos, es bueno hacer cada uno su memento rogando a Dios por los vivos; y después el de los difuntos también con el sacerdote. 

Nuestro Padre San Francisco de Borja hacía el memento de esta manera: presupuesta la consideración dicha, que este sacrificio representa y es el mismo que se ofreció en la cruz por nosotros, iba haciendo su memento por las cinco llagas de Cristo. En la llaga de la mano derecha encomendaba a Dios, el Papa y los cardenales, y todos los obispos y prelados, clérigos y curas, y todo el estado eclesiástico. En la llaga de la mano izquierda encomendaba a Dios el rey y todas las justicias y cabezas del brazo seglar. En la llaga del pie derecho, todas las religiones, y en particular la Compañía. En la llaga del pie izquierdo, todos sus deudos, parientes, amigos, bienhechores, y todos los que se habían encomendado en sus oraciones. La llaga del costado reservaba para sí, y allí se entraba y acogía él, [en las hendiduras de la piedra, en las grietas de la cerca] (Cant., 2, 14), pidiendo a Dios perdón de sus pecados y remedio de sus necesidades y miserias. Y así ofrecía este sacrificio por todas estas cosas, y por cada una de ellas, como si por sola ella le ofreciera; ofreciéndole siempre en particular por aquella persona o personas por quien decía la Misa por obligación o devoción, con voluntad de que se le aplicase de aquel santo sacrificio toda la parte que se le debía, sin que fuese defraudado en nada por los demás a quien lo aplicaba.

De la misma manera hacía el memento de los difuntos; ofreciendo aquel sacrificio, lo primero, por la persona o personas por quien particularmente decía la Misa; lo segundo, por las ánimas de sus padres Y parientes; lo tercero, por los difuntos de su Religión; lo cuarto, por sus amigos, bienhechores, encomendados, y por todos aquellos a quien tenía alguna obligación; lo quinto, por las ánimas que están más desamparadas, que no tienen quien haga bien por ellas, y por las que están en más graves penas y en mayor necesidad, y por las que están más cerca de salir del purgatorio, y por las que sería mayor caridad y servicio de Dios ofrecerle. Así hemos de hacer nosotros, de esta u otra manera, como cada uno mejor se hallare. 

Y particularmente hemos de ofrecer este sacrificio por tres cosas, que entre otras muchas nos tienen muy obligados y cercados por todas partes: la primera, en hacimiento de gracias por los beneficios grandes que hemos recibido de la mano de Dios, así generales como particulares; la segunda, en satisfacción y recompensa de nuestros pecados; la tercera, para pedir remedio de nuestras necesidades y flaquezas, y alcanzar nuevas mercedes del Señor. Y es muy bueno ofrecer cada uno a Dios este sacrificio por estas tres cosas, no sólo por sí mismo, sino también por los prójimos, ofreciéndole, no sólo por los beneficios que él ha recibido, sino también por las mercedes tan grandes que ha hecho y que cada día hace a todos los hombres. Y no sólo en satisfacción y recompensa de sus pecados, sino de todos los pecados del mundo, pues basta y sobra para satisfacer y aplacar por todos ellos al Padre Eterno. Y no sólo para pedir remedio de las miserias y necesidades propias y particulares, sino de todas las de la Iglesia. Y en esto se conforma uno más con el sacerdote que lo hace así; fuera de que la caridad y celo de las almas pide que no sólo tenga uno cuenta con su caso particular, sino con el bien común de la Iglesia. Y generalmente es bueno ofrecer este sacrificio por todo aquello que Cristo le ofreció estando en la cruz, y por lo que él quiso que se ofreciese cuando le instituyó. Y será bueno ofrecernos también a nosotros mismos, juntamente con Cristo, en sacrificio al Padre Eterno cada día en la Misa por estas mismas cosas, sin quedar nada en nosotros que no se lo ofrezcamos. Porque aunque es verdad que son de muy poco valor nuestras obras de suyo, pero teñidas en la sangre de Cristo y en unión de sus méritos y Pasión, serán de mucho valor y agradarán mucho a Dios. 

San Crisóstomo dice que la hora en que se ofrece este divino sacrificio es el tiempo más oportuno que hay para negociar con Dios, y que los ángeles tienen ésta por suavísima coyuntura para pedirle mercedes en favor del género humano, y que claman allí con grande ahínco por nosotros a Dios, por ser el tiempo tan acomodado. Y así dice que están allí escuadrones celestiales de ángeles, de querubines y serafines, arrodillados con grande reverencia ante la Majestad de Dios; y que luego en ofreciéndose este sacrificio, van volando estos correos celestiales para que las cárceles del purgatorio se abran, y se ejecute lo que allí se ha despachado. Y así es razón que nosotros sepamos estimar esta coyuntura, y aprovecharnos de tan buena ocasión, y que vayamos a la Misa a ofrecer este divino sacrificio con grande confianza, que por medio de él aplacaremos la ira del Padre Eterno, y pagaremos las deudas de nuestras pecados, y alcanzaremos los dones y mercedes que le pidiéremos. 

La tercera devoción pertenece particularmente a la tercera parte de la Misa, que es desde el Pater noster hasta el fin, donde el sacerdote consume; y las oraciones que se dicen después de la Comunión todas son un hacimiento de gracias por el beneficio recibido. Pues lo que han de hacer entonces los que oyen la Misa, es ir también en esto con el sacerdote en cuanto pudieren. No podemos comulgar en cada Misa sacramentalmente, pero espiritualmente sí. Pues ésta sea la tercera devoción de la Misa, que es muy buena y muy provechosa, que cuando comulga el sacerdote Sacramentalmente, comulguen también espiritualmente los que se hallan presentes. Comulgar espiritualmente es tener un deseo muy grande de recibir este santísimo Sacramento, conforme a aquellas palabras de Job (31, 31): [¿Quién nos diera que pudiésemos hartarnos de su carne?] Así como al goloso se le van los ojos tras la golosina, así al siervo de Dios se le han de ir los ojos y el corazón tras este divino manjar, y cuando el sacerdote abre la boca para consumir ha de abrir él la boca de su ánima con un deseo grande de recibir aquel divino manjar y estarse saboreando en aquello. De esta manera Dios satisfará el deseo del corazón con aumento de gracia y de caridad, conforme a aquello que Él promete por el Profeta (Sal., 80, 11): [Abre tu boca y te la llenaré]. Pero nota aquí el Concilio Tridentino que para que el deseo de recibir este santísimo Sacramento sea comunión espiritual, es menester que nazca de fe viva, informada de la caridad. Quiere decir, que es menester que el que tiene este deseo esté en caridad y gracia de Dios, porque entonces consigue ese fruto espiritual, uniéndose más con Cristo; pero en el que estuviese en pecado mortal, este deseo no sería comunión espiritual; antes, si desease comulgar estando en pecado, pecaría mortalmente; y si lo desease, saliendo primero de él, aunque sería buen deseo, no sería comunión espiritual; porque como no está en gracia, no puede recibir el fruto de ella. De manera que es menester estar en gracia de Dios, y tener entonces este deseo es comulgar espiritualmente, porque por ese deseo de recibir este santísimo Sacramento participa de los bienes y gracias espirituales que suelen participar los que le reciben sacramentalmente. 

Y aun puede ser que el que comulga espiritualmente reciba mayor gracia que de que comulga sacramentalmente, aunque comulgue en estado de gracia: porque aunque es verdad que la Comunión sacramental de suyo es de mayor provecho y de mayor gracia que la espiritual, porque, al fin, es Sacramento y tiene privilegio de dar gracia ex opere operato, lo cual no tiene la comunión espiritual; pero con tanta devoción, reverencia y humildad puede uno desear recibir este santísimo Sacramento, que reciba con eso mayor gracia que el que le recibe sacramentalmente, no con tanta disposición. 

Y más: hay otra cosa en esta comunión espiritual, que como es secreta y no la ven los demás, no hay ningún peligro de vanagloria de los circunstantes, como la hay en la Comunión sacramental, que es pública. Y más: tiene otro privilegio particular que no tiene la sacramental, y es que se puede hacer más veces. Porque la sacramental se hace una vez en la semana, o cuando mucho, una vez cada día; pero la espiritual puede hacerse, no solamente cada día, sino muchas veces al día. Y así tienen muchos esta loable devoción de comulgar espiritualmente, no sólo cuando oyen Misa, sino cada vez que visitan el santísimo Sacramento, y otras veces. 

Y es bueno el modo de comulgar espiritualmente que usan algunos siervos de Dios; el cual pondremos aquí para que se pueda aprovechar de él el que quisiere. Cuando oís Misa o cuando visitáis el santísimo Sacramento, o cada y cuando que quisiereis comulgar espiritualmente, despertad vuestro corazón con afectos y deseos de recibir este santísimo Sacramento, y decid: ¡Oh Señor, quién tuviera la limpieza y puridad que es menester para recibir dignamente tan gran Huésped! ¡Oh, quién fuera digno de recibiros cada día y teneros siempre en sus entrañas! ¡Oh Señor, qué rico estuviera yo si os mereciera recibir y traer a mi casa! ¡Qué dichosa fuera mi suerte! Pero no es necesario Señor, venir Vos a mí sacramentalmente para enriquecerme; queredlo, Dios mío que eso bastará; mandadlo Vos, Señor, y quedaré justificado. Y en testimonio de esto decid aquellas palabras que usa la Iglesia (Mt, 8, 8): Señor mío Jesucristo, yo no soy digno que Vos entréis en mi morada; mas decidlo Vos, que con vuestra sola palabra mi ánima será sana y salva. Si mirar la serpiente de metal bastaba para sanar los heridos (Num., 21, 9), también bastará el miraros a Vos con fe viva y con ardiente deseo de recibiros. Y será bueno añadir la antífona: O Sacrum convivium, etc., y el verso: Panen de Caelo, etc. con la oración del santísimo Sacramento. 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez

sábado, 11 de noviembre de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XIV

CAPÍTULO 14 
Del santo sacrificio de la Misa. 

Ya hemos tratado de este divino Sacramento y de sus efectos y virtudes admirable, en cuanto es sacramento; resta ahora tratar de él en cuanto es sacrificio, que es una cosa que el sagrado Concilio Tridentino manda a los predicadores y pastores de las almas que declaren a sus ovejas, para que todos entiendan el tesoro grande que dejó Cristo nuestro Redentor a su Iglesia en dejarnos este sacrificio, y se sepan aprovechar de él. 

Desde el principio del mundo, a lo menos después del pecado. aun en la ley natural, siempre hubo y fueron necesarios sacrificios para aplacar a Dios y para reverenciarle y honrarle en reconocimiento de su infinita excelencia y majestad. Y así en la vieja ley instituyó Dios sacerdotes y sacrificios muchos; empero, como la ley era imperfecta, los sacrificios también lo eran; sacrificaban y mataban muchos animales; no les podía aquello llevar a perfección, no bastaba el sacerdocio de Aarón ni sus sacrificios para santificar a los hombres y quitarles los pecados (Hebr., 10, 4): [Porque es imposible que con sangre de toros y de machos de cabrío se quiten los pecados], dice el Apóstol San Pablo. Era menester que viniese otro sacerdote según la orden de Melquisedec, que es Jesucristo, y que ofreciese otro sacrificio, que es a Sí mismo, que fuese bastante para aplacar a Dios, y santificar a los hombres y llevarlos a la perfección. 

Y así dice San Agustín que todos los sacrificios de la vieja ley significaban y eran figura de este sacrificio; y que así como una misma cosa se puede significar y dar a entender con diversas palabras y en diversas lenguas, así este único y verdadero sacrificio fue significado y figurado mucho antes con toda aquella multitud de sacrificios, para, por una parte, encomendárnosle muchas veces, y, por otra, con la diversidad y variedad quitarnos el fastidio que suele causar el repetir muchas veces una misma cosa Y por eso, dice, mandaba Dios que le ofreciesen sacrificios de animales limpios, para que entendiésemos que así como aquellos animales, que se habían de sacrificar, carecían de los vicios y defectos del cuerpo y no tenían mácula, así el que había de venir a ofrecerse en sacrificio por nosotros no había de tener mácula de pecado. Y si aquellos sacrificios agradaban a Dios (como es cierto que por entonces le agradaban), era en cuanto por ellos confesaban y profesaban los hombres que había de venir un Salvador y Redentor que había de ser el verdadero sacrificio; y en virtud de éste tenían aquéllos entonces algún valor. Pero en viniendo que vino este Salvador y Redentor al mundo, desagradaron a Dios aquellos sacrificios, como lo dice el Apóstol (Hebr., 10, 5), [Entrando en el mundo dice a su Eterno Padre: No quisiste sacrificios ni ofrendas; mas me has preparado un cuerpo; los holocaustos por el pecado no te agradaron; por tanto, dije: Aquí estoy, Señor, conforme a lo que está de Mí escrito en la suma del libro, vengo a cumplir tu voluntad]. Dio Dios cuerpo a su unigénito Hijo para que hiciese la voluntad de su Padre, ofreciéndose por nosotros en la cruz. Y así, viniendo al mundo lo figurado, cesó la sombra y la figura, y dejaron de agradar a Dios aquellos antiguos sacrificios. 

Pues éste es el sacrificio que tenemos en la ley de gracia y el que cada día ofrecemos en la Misa. El mismo Jesucristo, verdadero Hijo de Dios, es nuestro sacrificio (Efes., 5, 2): [Se entregó a Sí mismo por nosotros a Dios en oblación y sacrificio de suavísimo olor]. Y éstas no son consideraciones devotas, ni pensamientos propios, sino cosas que nos enseña la fe. La Misa, es verdad que es memoria y representación de la Pasión y muerte de Cristo; y así dijo Él cuando instituyó este soberano sacrificio (Lc., 22, 19): [Haced esto en memoria mía]; pero es menester que entendamos que no solamente es memoria y representación de aquel sacrificio, en que Cristo se ofreció en la cruz al Padre Eterno por nuestros pecados, sino es el mismo sacrificio que entonces se ofreció, y del mismo valor y eficacia. Y más: no sólo es el mismo sacrificio, sino también el que ofrece ahora este sacrificio de la Misa, es el mismo que el que ofreció aquel sacrificio de la cruz. 

De manera que así como entonces, en tiempo de la Pasión, el mismo Cristo fue el sacerdote y el sacrificio, así también ahora en la Misa, el mismo Cristo es no solamente el sacrificio, sino también el sacerdote y el pontífice que se ofrece a Sí mismo cada día en la Misa al Padre Eterno por ministerio de los sacerdotes. Y así el sacerdote que dice la Misa representa la persona de Cristo, y como ministro e instrumento suyo y en su nombre ofrece este sacrificio. Lo cual declaran bien las palabras de la consagración; porque no dice el sacerdote: Este es el cuerpo de Cristo, sino Este es mi cuerpo; como quien habla en persona de Cristo, que es el sacerdote y pontífice principal que ofrece este sacrificio. Y por esta razón el Profeta David (Sal., 109, 4) y el Apóstol San Pablo (Hebr., 7, 17, 21) le llaman Sacerdote eterno según la orden de Melquisedec y no se dijera bien sacerdote perpetuo, si una sola vez hubiera ofrecido sacrificio; pero se dice Sacerdote eterno, porque siempre ofrece sacrificio por medio de los sacerdotes, y nunca cesa ni cesará de ofrecerle hasta el fin del mundo. Tal Sacerdote y tal Pontífice habíamos nosotros menester, dice el Apóstol (Hebr., 7, 16), que no fuese como los otros sacerdotes, que primero han menester rogar a Dios por sus pecados, y después por los del pueblo; sino tal, que por su dignidad y reverencia fuese oído (Hebr., 5, 7); tal, que no con sangre ajena, sino con la suya propia aplacase a Dios. Pues ponderemos aquí las invenciones de Dios y el artificio y sabiduría de sus consejos que tomó para la salud de los hombres, y lo que hizo para que este sacrificio fuese por todas partes acepto, agradable y eficaz, como lo pondera muy bien San Agustín. Porque habiendo en un sacrificio cuatro cosas que considerar: la primera, a quién se ofrece; la segunda, quién le ofrece; la tercera, qué es lo que se ofrece; la cuarta, por quién se ofrece: la sabiduría de Dios ordenó de tal manera este sacrificio y con tal artificio, que el mismo que ofrece este sacrificio para reconciliarnos con Dios, es uno con Aquel a quien le ofrece, y se hizo uno con aquellos por quien le ofrecía, y Él mismo era lo que ofrecía. Y así fue de tanto valor y eficacia, que bastó para satisfacer y aplacar a Dios, no sólo por nuestros pecados, sino por los de todo el mundo, y de cien mil mundos que hubiera: [El mismo es la víctima de propiciación por nuestros pecados, y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo] le dice el Apóstol y Evangelista San Juan (1 Jn., 2, 2). Y así dicen los teólogos y Santos que este sacrificio no sólo fue suficiente satisfacción y recompensa por nuestras deudas y pecados, sino muy superabundante; porque mucho más es lo que se da y ofrece aquí, que la deuda que debíamos; y mucho más agradó al Padre Eterno este sacrificio, que le había desagradado la ofensa cometida. De aquí también, que, aunque el sacerdote sea malo y pecador, no por eso deja de aprovechar y valer este sacrificio a aquellos por quien se ofrece, ni se disminuye nada de su valor y eficacia; porque Cristo es no sólo el sacrificio, sino el Sacerdote y Pontífice que le ofrece. Como la limosna que vos hacéis, aunque la enviéis por medio de un criado que sea malo y pecador, no por eso pierde nada de su virtud y mérito. 

Dice el Concilio Tridentino: El mismo sacrificio es éste que el que entonces se ofreció en la cruz, y el mismo es el que ahora se ofrece por ministerio de los sacerdotes. Solamente está la diferencia, dice el Concilio, en que aquel que se ofreció en la cruz fue sacrificio cruento, que quiere decir sangriento, con derramamiento de sangre, porque Cristo era entonces pasible y mortal; y éste de la Misa es sacrificio incruento, que quiere decir sin derramamiento de sangre, porque ya Cristo está glorioso y resucitado, y así no puede Morir ni padecer (Rom., 6, 9). 

Dice el Concilio, y lo dicen los Evangelistas, que habiendo el Redentor del mundo de ser sacrificado y morir en la cruz para redimirnos, no quiso que se acabase allí el sacrificio, porque era Sacerdote para siempre; quiso que la Iglesia tuviese y le quedase su sacrificio. Y porque era Sacerdote según la orden de Melquisedec, el cual ofreció sacrificio de pan y vino, convenía que se nos quedase en sacrificio debajo de especies de pan y vino. Y así en la última cena (1 Cor., 11, 23), [en la noche en que había de ser traidoramente entregado, tomó el pan, y haciendo gracias, lo partió y se lo dio a sus discípulos]. Entonces, cuando los hombres trataban de darle la muerte, trataba Él de darles a ellos la vida. Quiso dejar a su esposa la Iglesia un sacrificio visible, como lo pide la naturaleza de los hombres, que no sólo representase y trajese a la memoria aquel sacrificio sangriento de la cruz, sino que tuviese la misma virtud y eficacia que aquél para perdonar pecados y aplacar a Dios y reconciliarse con Él, y que fuese en efecto el mismo sacrificio; y así consagró su cuerpo y sangre santísima debajo de especies de pan y vino, convirtiendo el pan en su cuerpo y el vino en su sangre; y debajo de aquellas especies se ofreció al Padre Eterno. Aquélla dicen los doctores que fue la primera Misa que se celebró en el mundo. Y entonces ordenó a sus discípulos sacerdotes del Nuevo Testamento, y les mandó a ellos y a sus sucesores en el sacerdocio, que ofreciesen este sacrificio, diciendo (Lc., 22, 19): [Haced esto en memoria mía]. 429 

Por esta razón dicen algunos que la fiesta del Santísimo Sacramento es la mayor de cuantas la Iglesia celebra de Cristo nuestro Redentor, porque las demás solamente son memoria y representación, como la de la Encarnación, Natividad, Resurrección y Ascensión; no se hace entonces el Hijo de Dios hombre, ni nace, ni resucita, ni sube a los Cielos; pero esta fiesta no es solamente memoria y representación, sino que de nuevo viene y está Cristo debajo de aquellas especies sacramentales, cada vez que el sacerdote dice las palabras de la consagración; y de nuevo se ofrece cada día en la Misa el mismo sacrificio que se ofreció cuando Cristo nuestro Redentor murió por nosotros en la cruz. 

Consideremos aquí el amor grande de Cristo para con los hombres y lo mucho que le debemos; que no se contentó con ofrecerse una vez en la cruz por nuestros pecados, sino quiso quedarse acá en sacrificio, para que tengamos, no sólo una vez, sino muchas y cada día hasta el fin del mundo, un sacrificio agradable que ofrecer al Padre Eterno, y un presente tan grande y tan precioso que presentarle por nuestros pecados para aplacarle, que no puede ser mayor ni más precioso y agradable. ¿Qué fuera del pueblo cristiano si no tuviéramos este sacrificio con que aplacar a Dios? Ya estuviéramos como otra Sodoma y Gomorra (Isai.. 1, 9), y nos hubiera Dios asolado y destruido como nuestros pecados merecían. Este dice Santo Tomás que es el efecto propio del sacrificio, aplacar a Dios con él, conforme a aquello de San Pablo (Efes., 5, 2): [Se ofreció a Si mismo por nosotros a Dios en ofrenda y hostia de suavísimo olor]. Como cuando acá un hombre se aplaca y perdona la injuria que le han hecho, por algún servicio o presente que le hacen, así es tan acepto y tan agradable a Dios este sacrificio y presente que le hacemos, que basta para aplacarle, y para que podamos parecer delante de Él y que nos mire con ojos de piedad. 

Si el Viernes Santo, cuando fue crucificado el Redentor del mundo, os hallarais al pie de la cruz, y cayeran sobre vos aquellas gotas de su preciosa sangre, ¡qué consolación sintiera vuestra alma! ¡Qué esfuerzo tomaríais! ¡Qué esperanza tan cierta cobraríais de vuestra salvación! El ladrón, que en toda su vida no había sabido sino hurtar, cobró tan grande ánimo, que de ladrón se tornó santo, y de la cruz hizo paraíso. Pues el mismo Hijo de Dios, que entonces se ofreció en la cruz, Él mismo se ofrece ahora en la Misa por vos, y de tanto valor y eficacia es este sacrificio como aquél. Y así dice la Iglesia: [Cuantas veces se celebra la memoria de este sacrificio, se ejecuta la obra de nuestra redención]. Aquellos frutos grandes de aquel sacrificio sangriento manan y se nos comunican a nosotros por éste sin sangre.  

Es tan alto y soberano este sacrificio, que a sólo Dios se puede ofrecer. Y lo nota el Concilio Tridentino. Dice que aunque la Iglesia acostumbra a decir Misa en reverencia y memoria de los Santos, pero que no se ofrece este sacrificio de la Misa a los Santos. Y así no dice el sacerdote: Le ofrezco a San Pedro o a San Pablo; sino se ofrece a sólo Dios, dándole gracias por las victorias y coronas que dio a los Santos, e implorando su patrocinio, para que ellos intercedan por nosotros en el Cielo, pues nosotros los honramos y reverenciamos en la tierra. 

De manera que este divino misterio, no solamente es Sacramento como los demás, sino juntamente es sacrificio; y hay mucha diferencia entre estas dos razones, de sacramento y de sacrificio; porque el ser sacrificio consiste en que se ofrezca por medio del sacerdote en la Misa. Sentencia es muy recibida de los teólogos que la esencia de este sacrificio consiste en la consagración de entrambas especies, y que entonces se ofrece, cuando se acaban de consagrar. Así como en el punto que Cristo expiró, se acabó de hacer aquel sacrificio cruento, en que se ofreció al Padre Eterno por nosotros en la cruz, así en la Misa este sacrificio, que es verdadera representación de aquél, y es el mismo que aquél, se acaba esencialmente y se ofrece en el punto en que se acaban de decir las palabras de la consagración sobre el pan y sobre el vino, porque entonces está allí por virtud y fuerza de las palabras el cuerpo en la hostia y la sangre en el cáliz; y en aquella consagración de la sangre, que se hace en acabando de consagrar el cuerpo, se presenta al vivo el derramamiento de la sangre de Cristo y consiguientemente el apartamiento del ánima del cuerpo, que de ese derramamiento y apartamiento de la sangre del cuerpo se siguió. De manera, que por las palabras de la consagración se produce el sacrificio que se ofrece, y por ellas mismas se hace la oblación. Pero el ser sacramento, lo es siempre, después de consagrado, mientras duran las especies de pan; cuando está reservado en la custodia, cuando le llevan a los enfermos y cuando uno comulga; y no tiene entonces razón ni fuerza de sacrificio. 

Y hay otra diferencia, que en cuanto es sacramento, aprovecha al que lo recibe como los demás sacramentos, dándole gracia y los demás efectos propios suyos. Pero en cuanto es sacrificio, aprovecha no solamente al que lo recibe, sino también a otros por quien se ofrece. Y así nota el Concilio Tridentino que para estas dos cosas y por estas dos causas instituyó Cristo este divino misterio: la una, para que como sacramento fuese mantenimiento del alma, con el cual se pudiese conservar, restaurar y renovar la vida espiritual; la otra, para que la Iglesia tuviese un sacrificio perpetuo que ofrecer a Dios, para perdón y satisfacción de nuestros pecados, para remedio de nuestras necesidades, en recompensa y agradecimiento de los beneficios recibidos, y para impetrar y alcanzar nuevas gracias y mercedes del Señor. Y no solamente para remedio y alivio de los vivos, sino también de los difuntos que mueren en gracia y están en purgatorio: a todos aprovecha este sacrificio. 

Y hay aquí una cosa de gran consuelo, que así como el sacerdote, cuando dice Misa, ofrece este sacrificio por sí y por otros, así también todos los que la están oyendo ofrecen juntamente con él este sacrificio por sí y por otros. Así como cuando un pueblo ofrece un presente a su señor, vienen tres o cuatro hombres, y habla uno solo con él, pero todos traen el presente y todos le ofrecen; así acá, aunque sólo el sacerdote habla y con sus manos ofrece este sacrificio, pero por manos del sacerdote ofrecen todos. Verdad es que hay diferencia, porque en el ejemplo que traemos, aunque escogen uno que hable, pero cualquiera de los otros podía hacer aquello; y en la Misa no: porque sólo el sacerdote, que está escogido de Dios para ello puede consagrar y hacer lo que se hace en la Misa; pero todos los demás que sirven o asisten a ella, ofrecen también aquel sacrificio. Y así lo dice el mismo sacerdote en la Misa: Rogad, hermanos, a Dios, que mi sacrificio y vuestro sea acepto y agradable a Dios todopoderoso; y en el Canon dice: [Por los cuales te ofrecemos, o ellos te ofrecen.] Lo cual debería poner mucha codicia a todos de oír y ayudar las Misas: y lo declararemos más en el capítulo siguiente. 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez

miércoles, 25 de octubre de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XIII

CAPÍTULO 13 
Qué es la causa que obrando este divino Sacramento tan maravillosos 
efectos, algunos que le frecuentan no los sienten en sí. 

Preguntará alguno: pues este santísimo Sacramento da tanta gracia, y obra tantos y tan maravillosos efectos, ¿qué es la causa que muchas personas que celebran y comulgan a menudo, no sienten en sus almas, no sólo aquel gusto y suavidad espiritual que decíamos (cap. 9), pero ni aun parece que aprovechan en la virtud, sino que se están siempre casi de una misma manera? Algunos suelen responder a esto con aquel proverbio común, que la mucha conversación es causa de menosprecio, pareciéndoles que la mucha frecuencia es causa que no se lleguen con tanta reverencia y disposición, y así que no saquen tanto fruto; pero no tienen razón, porque esto no ha lugar en las cosas espirituales y trato con Dios. Aun con los hombres sabios y prudentes dicen que no ha esto lugar, sino que antes la mucha conversación y familiaridad con ellos causa mayor estima y reverencia, porque cuanto uno más los trata, tanto más conoce su prudencia y virtud, y así tanto más los estima. 

Pero demos que tenga lugar ese proverbio en los sabios del mundo, porque, al fin, como en esta vida miserable no puede haber ninguno tan perfecto que no tenga algunas faltas, y ésas se descubran tratando mucho y muy familiarmente con él, puede la mucha familiaridad ser causa que se disminuya su opinión y estima. Empero en el trato y familiaridad con Dios no puede haber esto lugar, porque como este Señor sea de infinita perfección y sabiduría, cuanto más uno trata con Él y más le conoce, tanto más lo reverencia y estima: como lo vemos en los santos ángeles y bienaventurados, que conocen perfectísimamente a Dios en el Cielo y conversan con El familiarmente y lo experimentamos también acá en la tierra, porque cuanto uno más trata con Dios en la oración tanto más le reverencia y estima. 

Y se nos declara esto bien en lo que el sagrado Evangelio cuenta de aquella mujer samaritana, que al principio trató a Cristo como a uno del pueblo (Jn., 4, 9-19): [¿Cómo Tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy mujer de Samaria?] Le llamó el nombre común de la nación; pero procediendo un poco más adelante en la conversación, le llamó Señor: [Señor, dame de esa agua]. Y procediendo un poco más adelante, le llama Profeta: [Veo que Tú eres Profeta]. Y prosiguiendo más adelante, le reconoce por Cristo y por el Mesías. De la misma manera es en la frecuencia de los Sacramentos; antes una Comunión dispone para otra. Y es engaño grande pensar que por llegarse uno de tarde en tarde a recibir este santísimo Sacramento, irá con mayor preparación y reverencia. Y así dijo muy bien San Agustín y San Ambrosio que el que no le merece recibir cada día, no merece recibirle una vez al año. 

Pues respondiendo a la duda, digo: lo primero, que el no sentir tanto fruto con la frecuencia de este santísimo Sacramento, unas veces viene por culpa nuestra, porque no nos preparamos y disponemos para recibirle como debemos, sino llegamos a Él por una manera de costumbre o cumplimiento, que es como si dijésemos: comulgo porque otros comulgan y porque ya lo tengo de costumbre; nos llegamos como por vía de ceremonia, sin haber precedido consideración ni sentimiento de lo que vamos a hacer; eso es la causa de sentir poco fruto. Y así, cuando uno siente en sí que no medra ni aprovecha con la frecuencia de este santo Sacramento, debe mirar y examinar muy bien si es por falta de disposición, y si halla serlo, ha de procurar remediarlo. 

Otras veces suele provenir esto de dejarse uno caer advertidamente en culpas veniales. Dos maneras hay de culpas veniales: unas, que se hacen por inadvertencia, aunque con algún descuido y negligencia; otras hay que se hacen advertidamente y de propósito. Las culpas veniales, en que por no advertir caen las personas temerosas de Dios y diligentes en su servicio, no hacen este daño; mas las que con deliberación, de propósito y advertidamente hacen las personas tibias remisas en el servicio de Dios, impiden en gran parte los efectos divinos de este santísimo Sacramento. Y lo mismo podemos decir de las faltas que deliberadamente y de propósito hace uno en la observancia de sus reglas e instituto. Así como un padre suele mostrar a su hijo el rostro torcido cuando ha hecho alguna falta, para reprenderle con aquello y avisarle que ande con más cuidado de allí en adelante, así lo suele hacer Dios con nosotros en la Comunión y en la oración. Y así, si queremos participar del copioso fruto de que suelen gozar los que se llegan a este divino Sacramento como deben, es menester que procuremos no hacer faltas advertidamente y de propósito. Y noten mucho esto las personas temerosas, porque es de mucha importancia para recibir grandes mercedes de Dios. 

Lo tercero, digo que el no sentir uno con este divino Sacramento aquellos efectos que hemos dicho, muchas veces no es por culpa alguna, ni por eso deja de recibir en su alma grande fruto, aunque a él le parezca que no lo siente; como solemos decir de la oración, de la cual suelen tener muchos la misma queja, que aunque uno no sienta en ella el gusto y consuelo que desea y otras veces por ventura suele sentir, no por eso deja de ser de mucho provecho. como el manjar al enfermo, aunque no le dé gusto, no por eso le deja de sustentar y ser provechoso. Son esas cosas que pertenecen a la providencia altísima de Dios, el cual suele de esta manera probar a sus siervos, y ejercitarlos, y humillarlos, y sacar otros bienes que Él sabe. se añade a esto que algunas veces obra este Sacramento tan secretamente, que apenas lo puede el hombre entender, porque la gracia comúnmente obra como la naturaleza, poco a poco, como parece en una planta que sin echarse de ver cuándo crece, vemos después que ha crecido. Y así, dice San Laurencio Justiniano que así como el manjar corporal sustenta al hombre y hace que crezca, aunque no lo advirtamos, así este divino Sacramento conforta y fortalece al alma con aumento de gracias, aunque no lo sintamos. 

Lo cuarto, digo que no sólo se cuenta por aprovechamiento el ir adelante, sino también el no caer y volver atrás. Y no es menos de estimar la medicina que nos preserva de la enfermedad, que la que nos acrecienta la salud. Y adviértase mucho esto, porque es cosa de gran consuelo para aquellos que no ven tan palpablemente en sí el fruto de este Sacramento. Vemos comúnmente que los que reciben a menudo este divino manjar viven en temor de Dios, y se les pasa todo el año, y a muchos toda la vida, sin hacer pecado mortal: pues ése es uno de los principales frutos y efectos de este Sacramento, conservar a uno que no caiga en pecados, como lo es del manjar conservar la vida corporal. Y lo notó muy bien el Concilio Tridentino diciendo que es remedio y medicina que nos libra de las culpas cotidianas y nos preserva de las mortales. Y así, aunque uno no sienta en sí aquel fervor y devoción, ni aquella hartura y consuelo espiritual, ni después de haber comulgado sienta aquel aliento y ligereza para las buenas obras que otros suelen sentir, sino antes sequedad y tibieza, no por eso deja de recibir fruto. Y si comulgando cae en algunas faltas, no comulgando cayera en otras mayores. Hagamos nosotros buenamente lo que es de nuestra parte para llegarnos con la disposición y reverencia que hemos dicho, que sin duda será grande el provecho que recibirá nuestra alma con la frecuencia de este divino Sacramento. 

Cuenta Tilmán Bredembaquio de un duque de Sajonia, llamado Wedequindo, que era infiel, y vinole curiosidad de ver lo que pasaba en los reales católicos de Carlomagno; y por hacerlo más a su placer, se vistió en hábito de peregrino, y se va allá; era tiempo de Semana Santa y Pascua, cuando toda la gente comulgaba. Él andaba con atención mirándolo todo; y entre otras cosas que vio, fue que cuando el sacerdote comulgaba al pueblo, veía un Niño muy hermoso y muy resplandeciente en cada forma; y dice que en las bocas de unos entraba el Niño tan alegre, tan regocijado y de tan buena gana, que parecía que Él mismo se iba y daba priesa a entrar; en otros, dice que parecía que entraba de muy mala gana y como forzado, porque volvía el rostro y las manos atrás y meneaba los pies, como haciendo resistencia para no entrar en su boca. Y con este milagro se convirtió y se hizo cristiano este príncipe y toda su tierra.  

Otro ejemplo semejante, y que declara más el pasado, se cuenta de un sacerdote seglar, que diciendo Misa, un siervo de Dios que la oía, al tiempo de consumir, vio en la patena, no las especies de pan, sino un Niño; y cuando el sacerdote le levantó para tomarle, volvió el Niño el rostro, y como quien porfiaba, contradiciendo con los pies y manos, a que no le recibiese. Y esto vio aquel siervo de Dios no una, sino algunas veces. Y hablando una vez aquel sacerdote con él, le vino a decir que no sabía qué era, que cada vez que tomaba el cuerpo del Señor, lo tomaba con mucha dificultad. Entonces el siervo de Dios le contó lo que había visto, y le aconsejó que mirase por sí y se enmendase. El sacerdote tomó muy bien el aviso, y compungido enmendó su vida. Y después, oyendo su Misa el mismo siervo de Dios, vio al Niño como de antes; mas que al tiempo de consumir, con los pies y manos juntas se le entraba por la boca con mucha velocidad. 

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez

domingo, 24 de septiembre de 2017

LA SAGRADA COMUNIÓN Y EL SANTO SACRIFICIO DE LA MISA - XII


CAPÍTULO 12 
De otro punto muy principal que hemos de sacar de la sagrada Comunión, que es ofrecernos y resignarnos enteramente en las manos de Dios; y de la preparación y hacimiento de gracias que conforme a esto hemos de hacer. 

Una de las principales cosas que hemos de sacar de la sagrada Comunión, ha de ser resignarnos y ponernos del todo en las manos de Dios, como un poco de barro en las manos del artífice, para que haga de nosotros lo que quisiere, y como quisiere, y cuando quisiere y de la manera que quisiere, sin exceptuar ni reservar cosa alguna. El hijo de Dios se ofreció a Sí mismo enteramente en sacrificio al Padre Eterno en la cruz, dando por nosotros toda su sangre y su vida; y cada día se nos da en manjar en este santísimo Sacramento, enteramente, su cuerpo, sangre, alma y divinidad; razón será que nosotros también nos ofrezcamos y entreguemos enteramente y del todo a Él. Eso dicen algunos que es propiamente comulgar, communicare, comunicarse, hacer con Dios lo que hace con Vos, Él os da y comunica cuanto tiene; dadle vos cuanto tenéis. 

Este ha de ser también el hacimiento de gracias después de la sagrada Comunión (Sal., 115, 121: ¿Qué ofreceré al Señor por tantas mercedes y beneficios, y especialmente por éste que ahora he recibido? ¿Sabéis qué quiere El que le ofrezcáis? Lo que vamos diciendo (Prov., 23, 21): Hijo, dame tu corazón. Decláralo muy bien aquel Santo: ¿Qué otra cosa quiero más de ti, sino que estudies de renunciarte del todo en Mi? Cualquiera cosa que me das sin ti, no me curo de ella, porque no quiero tu don, sino a ti. Así como no te bastarían a ti todas las cosas sin mí, así no puede agradar a mí cuanto me ofreces sin ti. Ofrécete a mí y date todo por mí, y será muy acepto tu sacrificio. San Agustín dice que en lo que Caín desagradó a Dios cuando le ofrecía sacrificio; y la causa por la cual no miró ni aceptó su sacrificio como el de su hermano Abel (Genes., 4, 5), fue porque no repartía bien con Dios, porque daba a Dios alguna cosa suya y no le daba ni entregaba a sí mismo. Y esto mismo dice que hacen los que ofrecen a Dios alguna cosa y no le ofrecen su voluntad. El reino del Cielo no tiene otro precio sino a ti mismo; tanto vale cuanto eres tú. Date y ofrécete a ti y lo alcanzarás. 

Pues en este ofrecimiento y resignación entera en las manos de Dios nos hemos de ocupar y detener después de la Sagrada Comunión. Y esto no ha de ser solamente en general, sino desmenuzándolo y descendiendo a casos particulares, resignándonos y conformándonos con la voluntad de Dios, así en la enfermedad como en la salud, así en la muerte como en la vida, así en la tentación como en la consolación, especificando aquello en que a cada uno le pareciere que sentiría más repugnancia y dificultad, ofreciéndoselo al Señor en hacimiento de gracias, no dejando lugar, ni oficio, ni grado, por bajo e ínfimo que sea, hasta que no se nos ponga cosa delante en que no sintamos nuestra voluntad muy conforme y unida con la de Dios. Y es muy buena y muy devota para esto aquella oración que nuestro Padre pone en el libro de los Ejercicios espirituales: «Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento, y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer, Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro; disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta.» 

Aquí nos hemos también de ejercitar y actuar en los actos de algunas virtudes, especialmente en aquellas de que cada uno tiene más necesidad, porque a todo lo que uno quisiere y hubiere menester le sabrá este divino maná [que tiene la suavidad de todos los sabores] (Sab., 16, 20). Todos los sabores de las virtudes tiene, y así, una vez os habéis de actuar y ejercitar en una virtud, otra en otra, teniendo siempre la mira en vuestra mayor necesidad. Si os sentís necesitado de humildad, procurad que os sepa a humildad, que buen dechado y sabor hallaréis aquí de ella, pues esta vestido el Hijo de Dios de unos accidentes de pan, que por ser accidentes, son más pobres y bajos que los pañales y fajas con que le envolvió su sacratísima Madre en Belén. ¿Y qué mayor humildad ni qué cosa más baja se puede imaginar, que ponerse Dios como manjar común para que le comamos? Que extendamos allí en aquella Mesa del altar los manteles, y como servilleta los corporales, como un plato la patena, como vaso el cáliz; que le tratemos con nuestras manos, y le recibamos en nuestra boca y en nuestro estómago: ¿qué mayor bajada de Dios, y qué mayor subida del hombre? En cierta manera resplandece aquí más la humildad que en la obra de la Encarnación. Pues ejercitaos y actuaos en ella hasta tanto que sintáis que se os va embebiendo y entrañando en vuestra ánima. Ofreced al Señor el desprecio de toda la honra y estimación del mundo en hacimiento de gracias, abrazando el ser menospreciado y tenido en poco por su amor. 

También es muy bueno descender a algunas cosas más particulares; y menudas, y ofrecerlas aquí al Señor en hacimiento de gracias. Ya entiende cada uno, poco más o menos, sus faltas, y sabe lo que le impide su aprovechamiento y en lo que suele tropezar ordinariamente; pues procurad en cada Comunión sacrificar y ofrecer a Dios alguna cosa de ésas en hacimiento de gracias. Sois amigo del regalo o de vuestras comodidades y de que no os falte nada; ofrecer al Señor el mortificaros en eso, hoy en una cosa y otro día en otra. Sois amigo de parlar y de perder tiempo; mortificaos en eso, y ofrecedlo al Señor en otra Comunión. Sois amigo de vuestra voluntad, que por no recibir vos un poco de mortificación y trabajo, no sabéis dar gusto ni contento a vuestros hermanos, y algunas veces los habláis sacudida y desabridamente; procurad venceros en eso y ofrecerlo al Señor en otra Comunión. Y como decíamos tratando de la oración, que es muy bueno proponer allí algo que hacer aquel mismo día, así también en la Comunión será muy bueno sacar propósito de venceros y mortificaros en algo aquel mismo día, y ofrecer esa mortificación al Señor en hacimiento de gracias. 

Haced cuenta que eso es lo que os está pidiendo el Señor por la merced y beneficios que habéis recibido; que no quiere Dios de nosotros otra cosa, ni otra recompensa, sino que nos mejoremos en la vida, y nos vayamos enmendando en aquello que sabemos que desagrada a su Divina Majestad; y así ése es el mejor hacimiento de gracias que podemos ofrecer después de la Comunión, y el servicio más agradable que le podemos ofrecer. De tres maneras decíamos arriba, que puede ser el hacimiento de gracia: la primera, reconociendo los beneficios interiormente con el corazón; la segunda, alabando y dando gracias con palabras al bienhechor; la tercera, con obras; y éste es el mejor hacimiento de gracias. Pues eso es lo que ahora decimos: no se nos vaya todo en consideraciones, que, aunque buenas, mejores son las obras, y para eso han de ser las consideraciones, para que vengamos a las obras. 

De la misma manera digo de la preparación para comulgar; aunque es muy buena aquella particular preparación que se acostumbra a hacer antes de la sagrada Comunión con algunas consideraciones, y ninguno la debe dejar, porque la reverencia de tal alto Sacramento pide que cada uno haga también en eso lo más que pudiere; pero la mejor y más principal disposición ha de ser la buena y santa vida, y el cada día mejorando y perfeccionando en las cosas que hacemos, para llegar así con mayor limpieza y caridad a este divino Sacramento, conforme a aquello de los gloriosos Padres y Doctores de la Iglesia Ambrosio y Agustino: «Vivid de tal manera, que merezcáis recibir cada día este santísimo Sacramento» Y así, el B. Padre Maestro Ávila, en una carta que este escribe a un devoto, le dice: «La preparación para la sagrada Comunión ha de ser el buen orden que tenga en toda su vida y en toda la semana.» Y trae para esto el ejemplo de un siervo de Dios que decía que él nunca hacia particular preparación para comulgar, porque cada día, dice, hago todo lo que puedo. Esa es muy buena preparación, harto mejor que recogerse uno solamente un cuarto de hora antes y otro después, y quedarse tan tibio y tan inmortificado e imperfecto como antes. 

De manera, que ésta es la principal disposición y éste es el principal hacimiento de gracias, y éste ha de ser también el principal fruto que hemos de sacar de la sagrada Comunión; y así como decimos de la oración que la disposición principal para ella ha de ser la mortificación de nuestras pasiones, el recogimiento de los sentidos y la guarda del corazón, y decimos que ese ha de ser también el fruto que hemos de sacar de ella, y que lo uno ha de ayudar a lo otro, así también aquí la buena y santa vida, el hacer uno todas las cosas lo mejor que puede para agradar a Dios, ha de ser la principal disposición para recibir la sagrada Comunión; y eso mismo ha de ser el principal fruto que ha de sacar de ella; y lo uno ha de ayudar a lo otro, y una Comunión ha de ser disposición para otra. Y así como decimos que el tener buena oración y el ir aprovechando en ella no está en tener consuelos y sentimientos, ni en tener muchas consideraciones ni grandes contemplaciones, sino en que salga uno de allí muy humilde, paciente, indiferente y mortificado; así también la buena Comunión y el fruto de ella no está ni se ha de medir por las muchas consideraciones que uno tiene, por muy buenas y santas que sean, ni por los gustos y consolaciones, sino por la mortificación de las pasiones, y por la mayor resignación y conformidad con la voluntad de Dios que de allí saca. 

De aquí se sigue una cosa de grandísimo consuelo, y es que siempre está en nuestra mano comulgar bien y sacar mucho fruto de la Comunión, porque el ofrecernos y resignarnos en las manos de Dios, el mortificarnos y enmendarnos en aquello que sabemos desagrada a su Divina Majestad, siempre está en nuestra mano con la gracia del Señor. Pues haced vos eso, y sacaréis mucho fruto de la Comunión; idos cada día venciendo y mortificando y enmendando en alguna cosa: caiga el ídolo de Dagón en presencia del Arca del Testamento (1 Sam., 5, 3); ese ídolo de la honra, ese ídolo del regalo y de buscar vuestras comodidades, ese ídolo de la propia voluntad, quede todo por tierra en reverencia de este Señor. ¡Oh! Si comulgásemos de esta manera, mortificándonos y enmendándonos cada vez en alguna cosa, por pequeña que fuese, ¡cómo medraría nuestra alma! San Jerónimo declara a este propósito aquello que dice el Sabio (Prov., 31, 27) de la mujer fuerte: Consideró los rincones y escondrijos de su casa, que es el examen y preparación que se requiere para llegar a esta mesa divina, y no comió ociosa su pan, no comió el pan de balde. Dice San Jerónimo: «Cuando uno saca fruto de la sagrada Comunión de la manera que hemos dicho, no come el Pan de balde, pues le aprovecha bien lo que come. Pero, ¡ay de aquel que ha comido este Pan de balde muchos años, sin haberse vencido, ni mortificado en una pasión, ni en un siniestro malo! ¡Grave enfermedad debe de tener, pues no le aprovecha nada lo que come!» Pues entre cada uno dentro de sí, y considere los rincones de su alma, mire la pasión o siniestro e inclinación que más daño y estorbo le hace, y procure irla quitando y mortificando, hasta que pueda decir con el Apóstol (Galat., 2, 20): Vivo yo, ya no yo, sino Cristo es el que vive en Mí. Dice San Jerónimo sobre estas palabras: «Vivo yo, ya no yo; ya no vive aquel que vivía antiguamente en la ley, aquel que perseguía la Iglesia, sino vive en él la sabiduría y fortaleza, la paz, el gozo y las demás virtudes, las cuales el que no las tiene no puede decir vive en mi Cristo». 


EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS 
Padre Alonso Rodríguez