lunes, 15 de agosto de 2011

LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA - 15 DE AGOSTO

En esta fiesta,que es la más antigua y más solemne de todo el Ciclo Marial, la Iglesia convida a todos sus hijos desparramados por el mundo a unirse en un mismo sentimiento de gozo y de agradecimiento a las alegrías y alabanzas de los Ángeles, que hoy en el cielo ensalzan al Hijo de Dios, porque su madre ha entrado allí en cuerpo y alma en este día.

El misterio de Navidad, que es el punto de partida de las glorias todas de la Virgen, lo celebrábamos en la Basílica de Santa María la Mayor (Roma), y en ella se celebra también su Asunción, que viene a ser como el remate de aquél. María recibió a Jesús al entrar en este mundo, y ahora Jesús recibe a María que entra en el cielo.

Admitida a gozar de las delicias de la contemplación eterna, María, al sentarse a las plantas del Maestro, ha escogido la mejor parte, que no le será arrebatada. Por eso se leía antiguamente el Evangelio de la Vigilia a continuación del Evangelio del día, mostrando así cómo la Madre de Cristo es la más dichosa de todas las criaturas, porque supo cual ninguna otra «escuchar la palabra de Dios». Esa Palabra, ese Verbo, esa divina Sabiduría que en la antigua Ley establece su mansión en el pueblo de Israel, baja en la Nueva Ley a María. El Verbo se ha encarnado en el seno de la Virgen, y ahora la colma de las divinas delicias de la visión beatífica en los resplandores de la celestial Sión.

Cristo resucitó y subió a los cielos después de estar tres días escasos en el sepulcro. Así también la muerte de la Virgen María se pareció a un breve y placidísimo sueño. De ahí el nombre de Dormición que se le daba. Pero Dios la resucitó y la glorificó en el cielo, no permitiendo que la corrupción se cebase en su cuerpo virginal. He aquí el triple objeto de la fiesta de la Asunción, que fluye como lógica consecuencia del privilegio de la Concepción Inmaculada y del Misterio de la Encarnación. No habiendo el pecado hecho jamás mella en el alma de María, convenía que su cuerpo, exento de toda mancha y en el cual se había encarnado el divino Verbo, tampoco se viese sometido a la corrupción del sepulcro.

Alegrémonos hoy todos en el Señor, porque nuestra Madre María ha subido a los cielos cortejada y vitoreada por los Ángeles y los Justos, que con vivas ansias esperaban su santo advenimiento. Además que su triunfo y su Asunción son ya una prenda de nuestro triunfo y de nuestra subida a los cielos, porque natural parece que adonde está la Madre, allí vivan también los hijos. María es el primer grano que el divino Sembrador recogió en la tierra para trasladarlo a los graneros del cielo. Los mismos Ángeles se pasmaron al ver a una criatura humana sublimada sobre todos ellos y tan junta al Rey de la gloria que la colma de distinciones y singularísimas caricias.

ORACIÓN

Oh Dios todopoderoso y eterno, que habeis elevado a la gloria celestial en cuerpo y alma a la Inmaculada Virgen María, Madre de tu Hijo; os suplicamos nos concedais que, atentos siempre a las cosas del cielo, merezcamos participar de su gloria. Por J. C. N. S.

Fuentes:
Misal Diario y Vesperal por Don Gaspar Lefebvre, O.S.B.
Tradición Católica.com

jueves, 11 de agosto de 2011

VISIONES DE LA BEATA ANA CATALINA EMMERICH SOBRE LA MISA


Anna Catalina Emmerich nació en Alemania en 1774 de familia muy pobre; tuvo una vida de continuas enfermedades agravadas al quedarse inválida por un accidente. En los últimos años de su vida, hasta su muerte en 1824, recibió las visiones de la vida de Cristo, de la Virgen María y de la vida después de la muerte, así como otras videncias de sucesos que acontecerían tiempo después como el Muro de Berlín, el Concilio Vaticano II, etc. Con sus visiones en la mano descubrió Reynolds los restos de la ciudad de Ur de Caldea, y la recién descubierta morada de la Virgen en Efeso resultó ser también tal como ella la había descrito. Del mismo modo se descubrieron en 1981 los pasadizos bajo el Templo de Jerusalén, que Ana vio al contemplar el misterio de la lnmaculada Concepción de María, dogma que no sería proclamado por la Iglesia hasta treinta años después de la muerte de esta vidente. (Fuente: perso.wanadoo.es/prensanacional/ana_catalina_emmerick)
Introducción
Reúnense aquí las contemplaciones referentes al santo sacrificio de la Misa, reproducción genuina del Calvario, donde Jesús se ofreció expiatoriamente por la humanidad caída, sobre los restos de Adán, allí debajo sepultados. La vidente revela que los patriarcas celebraban sacrificios ante un altar donde colocaban huesos de Adán y de otros justos del Antiguo Testamento. Los apóstoles continuaron la tradición que la Iglesia mantiene al realizar la Misa sobre el ara que encierra huesos de santos y mártires.

El sentido teológico de la Misa y su trascendencia espiritual están expuestos con asombrosa sencillez y ortodoxia. Tan elevado es este augusto Sacrificio, que hasta las celebraciones hechas con disipación, son suplidas necesariamente de modo sobrenatural. Las consideraciones acerca de las negligencias de algunos celebrantes, mueven a meditación e invitan a un estado de mayor gracia personal.

1. El valor de la santa Misa.
En la festividad de San Isidro Labrador me fueron enseñadas muchas cosas acerca del valor de la Misa que se dice y que se oye. Supe que es una gran dicha que se digan tantas misas, aunque las digan sacerdotes ignorantes o indignos, pues mediante ellas se libran los hombres de peligros, castigos y azotes de todo género. Conviene que muchos sacerdotes no sepan lo que hacen; que si lo supieran, no celebrarían por temor, ni ofrecerían el santo Sacrificio.

Vi cuan admirables bendiciones nos vienen de oír la santa Misa y que con ellas son impulsadas todas las buenas obras y promovidos todos los bienes y que muchas veces el oírla una sola persona de una casa basta para que las bendiciones del cielo desciendan aquel día sobre toda la familia. Vi que son mucho mayores las bendiciones que se obtienen oyéndola, que encargando que se diga y se oiga por otros. Vi que las faltas que se cometen en la Misa son compensadas con auxilios sobrenaturales.

2. Imagen de las distracciones de un sacerdote en la santa Misa.
Tuve también una visión acerca de las faltas cometidas en el servicio divino celebrado en la tierra y vi como estas faltas son suplidas y remediadas de modo sobrenatural. Pero me es difícil y aún imposible decir cómo he visto todo esto; cómo se comprenden y se armonizan entre sí todos estos cuadros y cómo cada uno de ellos se explica y aclara en otro.

Es muy de notar que las faltas y negligencias cometidas en la celebración del culto aquí en la tierra sólo hace culpable al que incurre en ellas, porque el culto divino debido al Señor se compensa y se suple de un modo más elevado. Así se me representan principalmente, entre otras faltas, las distracciones de los sacerdotes mientras ejercen el ministerio, por ejemplo, mientras celebran la Misa; veo al sacerdote allí donde están sus pensamientos y entre tanto veo en el altar, en lugar de él, a un santo que hace sus veces.

Estos cuadros muestran de un modo espantoso la gravedad de la culpa del que celebra los sagrados ministerios sin devoción ni atención. Así, por ejemplo, veo salir de la sacristía a un sacerdote revestido para decir misa; pero en vez de acercarse al altar, sale de la iglesia y se dirige a una fonda, o a un huerto, o va a cazar a casa de alguna persona, o a leer, o a alguna reunión; lo veo aquí o allá, adonde van sus pensamientos, precisamente como si él fuese en persona a esos lugares, lo cual causa compasión y vergüenza. Pero es conmovedor ver que, entretanto, un sacerdote santo celebra los divinos oficios en lugar de aquel otro que divaga. Con frecuencia veo al tal sacerdote alguna vez en el altar, pero muy pronto se vuelve a otro lugar poco conveniente. A veces veo que estas distracciones duran largo rato. La enmienda se me representa en estos casos en forma de constancia y recogimiento en el culto.

En varios lugares veo quitar mucho polvo y basura de los vasos sagrados, los cuales se vuelven resplandecientes y como nuevos.

3. Ve la excelencia y la significación de la santa Misa.
(Mediados de Agosto de 1820)

Veo en todas partes sacerdotes rodeados de las gracias de la Iglesia y de los tesoros de los méritos de Jesús y de los santos, enseñando, predicando y ofreciendo el santo Sacrificio, pero muertos y tibios espiritualmente. Me fue mostrado un pagano que en lo alto de una columna hablaba de un nuevo Dios, con tal elocuencia que todo el pueblo se conmovió y participó de sus sentimientos y deseos.

Estas visiones me han turbado de día y de noche, tanto que no sé qué partido tomar. El estado actual de miseria y corrupción se me muestra en relación con un estado anterior mejor que el actual, y así tengo que orar sin intermisión.

¡Cosa monstruosa es celebrar indignamente la Misa! ¡Oh! ¡no es indiferente el celebrarla bien o mal! Supe por un cuadro inmenso de los misterios de la santa Misa, que todo lo que hay de santo desde el principio del mundo se refería a ella. He visto el Alfa y el Omega. He visto la significación del círculo, de la forma redonda de la tierra y de los cuerpos celestes, de los contornos redondos de las apariciones y de la hostia. He visto la correlación de los misterios de la Encarnación, de la Redención y del santo sacrificio de la Misa y cómo María comprende lo que ni el mismo cielo puede comprender. Estas visiones se extendían a todo el Antiguo Testamento. Vi los sacrificios desde la primera oblación y entendí la admirable significación de los santos huesos. Vi la significación de las reliquias de los altares donde se dice la Misa.

Vi los huesos de Adán descansar en el monte Calvario y por cierto algo sobre el nivel del mar, exactamente bajo el lugar en que Cristo fue crucificado. Miré dentro de una cueva y vi el esqueleto de Adán. Vi que las aguas del diluvio habían dejado intacto este sepulcro; que Noé tenía en el arca parte de esos huesos; que los puso en el altar cuando ofreció el primer sacrificio, como después hizo Abrahán, y que los huesos que éste colocaba en el altar eran los mismos de Adán, que había recibido de Sem. Así la muerte de Jesucristo en el Calvario, sobre los huesos de Adán, es una significación de la santa Misa, que se celebra sobre las reliquias que están en el arca del altar. Los sacrificios de los patriarcas eran una preparación a este sacrificio de la Misa. Así, mediante los huesos que los patriarcas ponían sobre el altar, recordaban a Dios sus promesas.

4. Ve a Noé y a Moisés ofrecer sacrificios.
Vi a Noé ofrecer en el arca sacrificios de incienso; el altar estaba cubierto de blanco y rojo. Siempre que sacrificaba u oraba ponía en él los huesos de Adán. Estos huesos los poseyó luego Abrahán, a quien los vi poner en el altar de Melquisedec. La parte posterior del altar miraba al norte. Los patriarcas edificaban siempre el altar en esta posición, porque el mal venía del Norte.

También vi a Moisés orando ante un altar donde estaban los huesos de Jacob. Cuando derramaba sobre el altar alguna cosa, levantábase una llama y en ella echaba el incienso y los perfumes. En la oración conjuró a Dios por la promesa que el mismo Dios había hecho a aquellos huesos. Oró muy largo tiempo hasta que le rindió el cansancio; pero a la mañana siguiente se levantó para orar de nuevo. Moisés oró con los brazos en cruz. Dios no puede resistir a esta oración, pues su propio Hijo ha perseverado orando así en la cruz hasta la muerte. Como había visto orar a Moisés, así vi también orando a Josué cuando el sol se detuvo por su mandato.

5. Ve a la Virgen y a San Juan en la representación de la santa Misa.
He invocado a Dios Padre pidiéndole que se digne mirar a su divino Hijo, que a cada instante satisface por los pecadores, que ahora mismo se ofrece y se ofrece incesantemente de nuevo. Entonces he visto la representación del Viernes Santo y que el Señor se ofrece en el altar del sacerdote celebrante como se ofreció en la cruz y he visto de un modo vivo, al pie de la cruz a María y al discípulo Juan. Esto lo veo a cada momento, de día y de noche, y veo la comunidad de los fieles, si oran bien o mal, y cómo desempeñan los sacerdotes su ministerio. Veo primeramente a la iglesia de aquí y después las iglesias y comunidades próximas, como se ve a un cercano árbol cargado de frutas y alumbrado por el sol, y a lo lejos, otros, agrupados o formando bosques.

Veo a todas horas, de día y de noche, las misas que se dicen en todo el mundo y en comunidades muy remotas! donde todavía se celebra como en tiempos de los apóstoles. Sobre el altar veo en visión una asistencia especial con que los ángeles suplen las negligencias de los sacerdotes. Por las faltas de devoción de los fieles ofrezco yo también mi corazón y pido a Dios misericordia. Veo a muchos sacerdotes que desempeñan su ministerio de un modo deplorable. Guardan las formas, pero muchas veces no se cuidan del espíritu. Siempre tienen presente que los está viendo el pueblo, y con esto no piensan que los ve Dios. Los escrupulosos quieren convencerse de su propia devoción.

Muchas veces, durante el día, estoy viendo de esta manera la celebración de la Misa por todo el mundo; y cuando me dirigen alguna pregunta, me parece como si tuviera que interrumpir una ocupación para hablar con un niño curioso. Es tanto lo que Jesús nos ama, que perpetúa en la Misa la obra de la Redención; la Misa es la redención oculta que se realiza constantemente en el Sacramento. Todo esto lo vi desde mis primeros años y creía que todos los hombres lo veían como yo.

6. Ve una representación de la misa sacrilega.
Cuando vi a mi derecha la espantosa imagen del niño crucificado, me volví a la izquierda; pero seguía viéndolo. Entonces pedí a Dios que se dignara librarme de aquella escena y mi Esposo celestial me dijo: “Mira otra cosa peor aún; mira cómo me tratan diariamente en todo el mundo”. Vi entonces a los sacerdotes que celebran la Misa en pecado mortal. Vi la Hostia sobre el altar, como un niño vivo, y vi que era despedazado en la patena y ofendido de un modo horrible: sacrificarlo así es asesinarlo.

Vi además un número indecible de infelices que son hoy en día oprimidos, atormentados y perseguidos en muchas partes y vi que todo esto sucedía como en la persona del mismo Jesús. Son malos estos tiempos y no hay recurso alguno. Sobre el mundo se extiende una niebla espesa de pecados y todas las cosas se hacen con tibieza e indiferencia.

También en Roma vi a malos sacerdotes atormentar de esta manera al Niño Jesús en la Misa. Ellos querían ver al Papa y exigirle una cosa muy peligrosa. Pero el Papa veía lo mismo que yo: que un ángel los rechazaba con una espada desnuda siempre que pretendían acercarse a él.

Fuente: ‘Visiones y Revelaciones Completas’, Capítulo IV.

lunes, 8 de agosto de 2011

LA ORACIÓN - SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


Pedid y se os dará...,
porque todo aquel que pide, recibe.
(Lc. 11, 9-10)


PUNTO 1

No sólo en éstos, sino en otros muchos lugares del Antiguo y Nuevo Testamento promete Dios oír a los que se encomiendan a Él: Clama a Mí, y te oiré (Jer. 33, 3). Invócame..., y te libraré (Sal. 49, 15). “Si algo pidiereis en mi nombre, Yo lo haré” (Jn. 14, 14). “Pediréis lo que quisiereis, y se os otorgará” (Jn. 15, 7). Y otros varios textos semejantes.

La oración es una, dice Teodoreto; y, sin embargo, puede alcanzarnos todas las cosas; pues, como afirma San Bernardo, el Señor nos da, o lo que pedimos en la oración, u otra gracia para nosotros más conveniente.

Por esa razón, el Profeta (Sal. 85, 5) nos mueve a que oremos, asegurándonos que el Señor es todo misericordia para cuantos le invocan y acuden a Él. Y todavía con más eficacia nos exhorta el Apóstol Santiago (Epíst. 1, 5), diciéndonos que cuando rogamos a Dios nos concede más de lo que pedimos, sin reprocharnos las ofensas que le hemos hecho. No parece sino que, al oír nuestra oración, olvida nuestras culpas.

San Juan Clímaco dice que la oración hace, en cierto modo, violencia a Dios, y le fuerza a que nos conceda lo que le pidamos. Fuerza –escribe Tertuliano– que es muy grata al Señor y que la desea de nosotros, pues, como dice San Agustín, mayores deseos tiene Dios de darnos bienes que nosotros de recibirlos, porque Dios, por su naturaleza, es la Bondad infinita, según observa San León, y se complace siempre en comunicarnos sus bienes.

Dice Santa María Magdalena de Pazzi que Dios queda, en cierto modo, obligado con el alma que le ruega, porque ella misma ofrece así ocasión de que el Señor satisfaga su deseo de dispensarnos gracias y favores. Y David decía (Sal. 55, 10) que esta bondad del Señor, al oírnos y complacernos cuando le dirigimos nuestras súplicas, le demostraba que Él era el verdadero Dios
Sin razón se quejan algunos de que no hallan propicio a Dios –advierte San Bernardo–; pero con mayor motivo se lamenta el Señor de que muchos le ofenden dejando de acudir a Él para pedirle gracias.

Por eso nuestro Redentor dijo a sus discípulos (Jn. 16, 24): Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre. Pedid y recibiréis, para que vuestro gozo sea completo; o sea: “No os quejéis de Mí si no sois plenamente felices; quejaos de vosotros mismos que no me habéis pedido las gracias que os tengo preparadas. Pedid, pues, y quedaréis contentos”.

Los antiguos monjes afirmaban que no hay ejercicio más provechoso para alcanzar la salvación que la oración continua, diciendo: auxiliadme, Señor. Deus in adjutórium meum intende. Y el venerable P. Séñeri refiere de sí mismo que solía en sus meditaciones conceder largo espacio a los piadosos afectos; pero que después, persuadido de la gran eficacia de la oración, procuraba emplear en las súplicas la mayor parte del tiempo...

Hagamos siempre lo mismo, porque nuestro Señor nos ama en extremo, desea mucho nuestra salvación y se muestra solícito en oír lo que le pedimos. Los príncipes del mundo a pocos dan audiencia, dice San Juan Crisóstomo; pero Dios la concede a todo el que la pide.

PUNTO 2

Consideremos, además, la necesidad de la oración. Dice San Juan Crisóstomo (tomo 1, 77) que así como el cuerpo sin alma está muerto, así el alma sin oración se halla también sin vida, y que tanto necesitan las plantas el agua para no secarse, como nosotros la oración para no perdernos.

Dios quiere que nos salvemos todos y que nadie se pierda (1 Ti. 2, 4). “Espera con paciencia por amor de vosotros, no queriendo que perezca ninguno, sino que todos se conviertan a penitencia” (2 P. 3, 9). Pero también quiere que le pidamos las gracias necesarias para nuestra salvación; puesto que, en primer lugar, no podemos observar los divinos preceptos y salvarnos sin el auxilio actual del Señor, y, por otra parte, Dios no quiere, en general, darnos esas gracias si no se las pedimos.

Por esta razón dice el Santo Concilio de Trento (sess. 6, c. 2) que Dios no impone preceptos imposibles, porque, o nos da la gracia próxima y actual necesaria para observarlos, o bien nos da la gracia de pedirle esa gracia actual.

Y enseña San Agustín que, excepto las primeras gracias que Dios nos da, como son la vocación a la fe, o a la penitencia, todas las demás, y especialmente la perseverancia, Dios las concede únicamente a los que se las piden.

Infieren de aquí los teólogos, con San Basilio, San Agustín, San Juan Crisóstomo, San Clemente de Alejandría y otros muchos, que para los adultos es necesaria la oración, con necesidad de medio. De suerte que, sin orar, a nadie le es posible salvarse. Y esto dice el doctísimo Lessio, debe tenerse como de fe.

Los testimonios de la Sagrada Escritura son concluyentes y numerosos: “Es menester orar siempre. Orad para que no caigáis en la tentación. Pedid y recibiréis. Orad sin intermisión”. Las citadas palabras “es menester, orad, pedid”, según general sentencia de los doctores con el angélico Santo Tomás (2 p., q. 29, a. 5), imponen precepto que obliga bajo culpa grave, especialmente en dos casos: primero, cuando el hombre se halla en pecado; segundo, cuando está en peligro de pecar.

A lo cual añaden comúnmente los teólogos que quien deja de orar por espacio de un mes o más tiempo, no está exento de culpa mortal. (Puede verse a Lessio en el lugar citado). Y toda esta doctrina se funda en que, como hemos visto, la oración es un medio sin el cual no es posible obtener los auxilios necesarios para la salvación.

Pedid y recibiréis. Quien pide, alcanza. De suerte –decía Santa Teresa– que quien no pide no alcanzará. Y el Apóstol santiago exclama (4, 2): No alcanzáis porque no pedís. Singularmente es necesaria la oración para obtener la virtud de la continencia. “Y como llegué a entender que de otra manera no podía alcanzarla, si Dios no me la daba..., acudí al Señor y le rogué” (Sb. 8, 21).

Resumamos lo expuesto considerando que quien ora se salva, y quien no ora, ciertamente, se condena. Todos cuantos se han salvado lo consiguieron por medio de la oración. Todos los que se han condenado se condenaron por no haber orado. Y el considerar que tan fácilmente hubieran podido salvarse orando, y que ya no es tiempo de remediar el mal, aumentará su desesperación en el infierno.

PUNTO 3

Consideremos, por último, las condiciones de la buena oración. Muchos piden y no alcanzan, porque no ruegan como es debido (Stg. 4, 3). Para orar bien menester es, ante todo, humildad. “Dios resiste a los soberbios, y a los humildes da gracia” (Stg. 4, 6). Dios no oye las peticiones del soberbio; pero nunca desecha la petición de los humildes (Ecl. 35, 21), aunque hayan sido pecadores. “Al corazón contrito y humillado no le despreciarás, Señor” (Sal. 50, 19).

En segundo lugar, es necesaria la confianza. “Ninguno esperó en el Señor y fue confundido” (Ecl. 2, 11). Con este fin nos enseñó Jesucristo que al pedir gracias a Dios le demos nombre de Padre nuestro, para que le roguemos con aquella confianza que un hijo tiene al recurrir a su propio padre.

Quien pide confiado, todo lo consigue. Todas cuantas cosas pidiereis en la oración, tened viva fe de conseguirlo y se os concederán. (Mr. 11, 24).

¿Quién puede temer, dice San Agustín, que falte lo que prometió Dios, que es la misma verdad? No es Dios como los hombres, que no cumplen a veces lo que prometen, o porque mintieron al prometer, o porque luego cambian de voluntad (Nm. 23, 19).

¿Cómo había el Señor –añade el Santo– de exhortarnos tanto a pedirle gracias, si no hubiere de concedérnoslas? Al prometerlo se obligó a conceder los dones que le pidamos.

Acaso piense alguno que, por ser pecador, no merece ser oído. Mas responde Santo Tomás que la oración con que pedimos gracias no se funda en nuestros méritos, sino en la misericordia divina. “Todo aquel que pide, recibe” (Lc. 11, 10); es decir, todos, sean justos o pecadores.

El mismo Redentor nos quitó todo temor y duda en esto cuando dijo (Jn. 16, 23): “En verdad, en verdad os digo que os dará el Padre todo lo que pidiereis en mi nombre”; o sea: “si carecéis de méritos, los míos os servirán para con mi Padre. Pedidle en mi nombre, y os prometo que alcanzaréis lo que pidiereis...”

Pero es preciso entender que tal promesa no se refiere a los dones temporales, como salud, hacienda u otros, porque el Señor a menudo nos niega justamente estos bienes, previendo que nos dañarían para salvarnos. Mejor conoce el médico que el enfermo lo que ha de ser provechoso, dice San Agustín; y añade que Dios niega a algunos por misericordia lo que a otros concede airado. Por lo cual sólo debemos pedir las cosas temporales bajo la condición de que convengan al bien del alma.

Y, al contrario, las espirituales, como el perdón, la perseverancia, el amor a Dios y otras gracias semejantes, deben pedirse absolutamente con firme confianza de alcanzarlas. “Pues si vosotros, siendo malos –dice Jesucristo (Lc. 11, 13)–, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará espíritu bueno a los que se lo pidieren?”.

Es, sobre todo, necesaria la perseverancia. Dice Cornelio a Lápide (In. Lc. c. 11) que el Señor “quiere que perseveremos en la oración hasta ser importunos”; cosa que ya expresa la Escritura Sagrada: “Es menester orar siempre”. “Vigilad orando en todo tiempo”. “Orad sin intermisión”; lo mismo que el texto que sigue: “Pedid y recibiréis; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” (Lc. 11, 9).

Bastaba haber dicho pedid; mas quiso el Señor demostrarnos que debemos proceder como los mendigos, que no cesan de pedir e insisten y llaman a la puerta hasta que obtienen la limosna. Especialmente la perseverancia final es gracia que no se alcanza sin continua oración. No podemos merecer por nosotros mismos esa gracia, mas por la oración, dice San Agustín, en cierto modo la merecemos.

Oremos, pues, siempre, y no dejemos de orar si queremos salvarnos. Los confesores y predicadores exhorten de continuo a orar si desean que las almas se salven. Y, como dice San Bernardo, acudamos siempre a la intercesión de María. “Busquemos la gracia, y busquémosla por intercesión de María, que alcanza cuanto desea y no puede engañarse”.

Y Vos, María, Madre nuestra, alcanzadme que, en los peligros de perder a Dios, recurra siempre a Vos y a vuestro Hijo divino.

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE

San Alfonso Mª Ligorio

sábado, 6 de agosto de 2011

DESVARÍOS POSTCONCILIARES

MISAS JUDAIZANTES NEOCATECUMENALES (¡Y ENCIMA COMULGAN SENTADOS!)







Nota catapúltica

El calendabro de nueve brazos

La Janucá (חֲנֻכָּה, y sin puntuación diacrítica חנוכה), llamada la «Fiesta de las luces», es una festividad judaica que es celebrada durante ocho días, y en la que se conmemora la derrota de los helenos y la recuperación de la independencia judía a manos de los macabeos sobre los griegos, y la posterior purificación del Templo de Jerusalén de los iconos paganos, en el siglo II a. C.

La tradición judía habla de un milagro, en el que pudo encenderse el candelabro del Templo durante ocho días consecutivos con una exigua cantidad de aceite, que alcanzaba solo para uno. Esto dio origen a la principal costumbre de la festividad, que es la de encender, en forma progresiva, un candelabro de nueve brazos llamado januquiá (uno por cada uno de los días más un brazo «piloto»).

La festividad acontece el 25 de Kislev del calendario judío, fecha acaece entre fines de noviembre y fines de diciembre del calendario gregoriano.

http://es.wikipedia.org/wiki/Januc%C3%A1

Fuente: Catapulta

IMPRESENTABLE EN GRADO MÁXIMO

CLECIO ALENÇAR, VICARIO PARROQUIAL (LAVRAS, MINAS GERAIS, BRASIL)









Tomado de Catapulta

viernes, 5 de agosto de 2011

EN EL SIGLO XX FUERON ASESINADOS 45 MILLONES DE CRISTIANOS, LA MAYORÍA BAJO EL COMUNISMO

El 65% eran miembros de iglesias católicas


El siglo pasado murieron 45 millones a manos de musulmanes y comunistas. Asesinatos, torturas, secuestros, esclavitud, tráfico de mujeres y niños se repiten todavía a diario en países como Sudán, Arabia Saudí, Indonesia, China, Vietnam, Egipto o Corea.


Altagracia Dominguez/ReL

Los seguidores de Cristo sufren en muchos países una feroz persecución que pasa desapercibida al resto del mundo. Caroline Cox, una ciudadana inglesa empeñada en la liberación de esclavos cristianos subyugados por los fundamentalistas musulmanes, especialmente en Sudán, lanzaba hace unos años la siguiente cuestión: «Cuando una parte del Cuerpo de Cristo sufre, todo el cuerpo sufre. Por eso, me gustaría preguntar a todos los hermanos que están viviendo en la paz y la tranquilidad, ¿cuánto hacen por los hermanos perseguidos?».

El drama de los cristianos parece no existir. Los pueblos se dieron golpes de pecho al conocer la persecución nazi, y respiraron con cierta tranquilidad ante la caída del comunismo soviético a quien Occidente veía como una amenaza.

Sin embargo, en el siglo pasado, perecieron 45 millones de cristianos, es decir, el 65 por ciento del total de confesores de la historia de la Iglesia, (unos 70 millones), ¿quién habló de ello. Peter Hammond, experto en cuestiones sudanesas, opina: «Creo que se trata de la clásica mentalidad del Abc Anything But Cristianity (todo menos cristianismo); cuando las víctimas son los cristianos los medios de comunicación laicos no cuentan la historia».

Dos millones de asesinados

En Sudán, desde finales del XIX la población se ha visto sometida a un proceso de islamización; hace años comenzó a exaltarse de manera extremista una guerra santa para transformar el país en una república árabe-islámica.

Han muerto ya casi dos millones de cristianos. El cerebro de la operación, el jeque Hassan el Tourabi - llamado el «Maquiavelo de Jartum» - enunció en 1989 el credo que anima esa persecución: «La era del cristianismo se acabó. El 2000 será la era del Islam». Según la agencia Fides, en Sudán los islamizantes «son responsables del tráfico de adolescentes y jóvenes para ser vendidos en los mercados del Norte y Oriente Medio como esclavos y prostitutas».

En la periferia de Hajj Yssef, a pocos kilómetros de la capital, la Iglesia local había creado un centro polivalente para los refugiados en el cual los jóvenes eran alimentados, se les enseñaba catecismo, y se celebraba la Eucaristía. La mayoría de los refugiados eran cristianos. La población fue forzada a evacuar la zona y apañárselas en el desierto.

La intolerancia hacia los cristianos se clasifica en tres grados, como señala AIN: discriminación, discriminación con indicios de persecución, y persecución acuciante como en Sudán, China, Egipto, India, Indonesia o Timor Este, país con un 95% de cristianos, de los cuales 200 fueron masacrados por las milicias indonesias. Más tarde el acoso llegó a las Islas Molucas.

La discriminación consiste en prohibir símbolos religiosos en edificios y sobre el cuerpo, el acceso a un puesto de trabajo y el culto.

Fuente: Religión en Libertad

martes, 2 de agosto de 2011

SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO - 2 DE AGOSTO


SAN ALFONSO
MARÍA LIGORIO,
Obispo, Confesor y
Doctor de la Iglesiar

n. 27 de septiembre de 1696 en Nápoles, Italia;
† 1 de agosto de 1787 en Nocera, Italia

Patrono de los confesores; teólogos de moral; personas escrupulosas.
Protector contra los escrúpulos y la artritis.
Se lo invoca para que asista en la perseverancia final y en las vocaciones.

San Alfonso María de Ligorio, nacido en Nápoles en 1696, dejó el foro por el sacerdocio. Obró un gran número de conversiones y fundó la Congregación del Redentor. Toda su vida estuvo consagrada a ganar almas para Jesucristo, a inspirar a los fieles una tierna devoción a la Pasión del Salvador, a la Santa Eucaristía y a la Virgen Madre de Dios. Empleó los momentos que le dejaba la predicación de la palabra de Dios en la composición de gran número de obras de teología y piedad, que lo hicieron elevar al rango de los Doctores de la Iglesia, por disposición de Pío IX. Murió en 1787.

MEDITACIÓN
SOBRE LAS CUALIDADES
DEL VERDADERO CELO

I. Todos debemos estar animados de un ardiente celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas. Quien ama a Dios no puede ver con indiferencia que se ataque su honor. Si ve a su prójimo internado por mal camino, hace todo por volverlo al bien; y, si no lo logra, gime y reza por él. ¿Así haces tú? Si no tienes celo, deduce que careces de amor. El celo es la señal de que Dios ha descendido a un alma (San Bernardo).

II. No basta que nuestro celo sea ardiente; es menester, para que dé fruto, que sea tierno y compasivo. Los pecadores, decía San Alfonso, son ovejas descarriadas que Jesucristo iba buscando por entre las zarzas del camino y que volvía a traer al redil llevándolas sobre sus hombros para ahorrarles las fatigas del retorno. Es el modelo que se propuso en toda su conducta; de ese modo, ¡a cuántas ovejas descarriadas recondujo al ovil del divino Pastor! Mira si en las advertencias que haces a tus hermanos y en todas las buenas obras que realizas, no entra tu amor propio en gran medida en vez del amor de Dios y del prójimo. Que sea la caridad la que inflame tu celo.

III. En fin, nuestro celo debe ser constante. San Alfonso, al fundar su Congregación del Redentor, hizo voto de no perder nunca el tiempo. Quería que Dios no hallase en su vida ni una sola hora que no estuviese consagrada a su gloria y a la salvación de las almas. ¿Qué intereses persigues tú? ¿Son los tuyos o los de Jesucristo? ¿Cuánto tiempo dedicas a ellos? No te olvides de la suerte reservada para el servidor que enterró su talento. Fue acusado, no de haberlo perdido, sino de haberlo dejado improductivo. No te canses de ganar almas para Jesucristo, pues tú mismo fuiste ganado por Jesucristo (San Agustín).

El celo.
Orad por el éxito de las misiones.

ORACIÓN

Oh Dios, que habéis inflamado de celo apostólico al bienaventurado Alfonso María, vuestro confesor pontífice, y os servisteis de su ministerio para dar una nueva familia a la Iglesia, haced, os lo suplicamos, que instruidos por sus saludables consejos y fortificados con sus ejemplos, podamos llegar a Vos dichosamente. Por J. C. N. S.

Fuente: Tradición Católica.com