domingo, 30 de junio de 2019

Carta al Nuncio Apostólico en España. Por el Padre Calvo


Me dirijo a S. E. R. con el respeto de un párroco rural, que quiere representar la voz multitudinaria del alma católica española, no por silenciada menos expresiva en sus manifestaciones públicas del recuerdo agradecido a la figura de su Caudillo providencial, visitado ininterrumpidamente en el Monumento del Valle de los Caídos.

Ese Monumento es la confesión pública y universal de un pueblo católico secular, presidido por la Cruz mayor del Mundo, representativa de una reconciliación nacional, tras la diabólica infiltración marxista, y de una Consagración hecha por Franco en 1965, de la martirial España al Sagrado Corazón, como sello de su inconfundible catolicismo.

El diabólico intento de profanar la tumba del Caudillo Francisco Franco Bahamonde, estadista predilecto entre los gobernantes cristianos, como dijo Pio XII, y condecorado por él mismo con la Cruz de la “Orden Suprema de la Cristiandad”, declarando aquella epopeya del 36 (aparentemente civil), como la Undécima Cruzada, sitúa a esta personalidad en la órbita de los defensores del catolicismo, unido a un pueblo que afrontó una militancia cívico-militar como testimonio tradicional y confesional de siglos desde la Reconquista de ocho siglos, pasando por la lucha de años contra el protestantismo, el liberalismo de las Luces napoleónico y el marxismo demoledor de toda cultura religiosa, o, simplemente, humanista.

Hasta Carlos I respetó el cadáver del mayor heresiarca y enemigo de la Iglesia de Cristo, cuándo estuvo ante su tumba en Wittemberg, dejando su juicio en manos del Creador.

La mejor forma de alcanzar la paz sin odio es respetar la historia, dejando cada reliquia en su sitio, puesto que su posible profanación traería un nuevo y sordo enfrentamiento, totalmente absurdo e innecesario.

Venzamos el odio con el amor de la razón y de la fe. La realidad, como los dogmas, se admiten o se rechazan, pero no se discuten.

Entre las obras de misericordia corporales está la de enterrar a los muertos, y entre las espirituales, la de rezar a Dios por los vivos y los muertos, como cada día hacen los Monjes Benedictinos de esa sacrosanta Basílica Pontifical.

Y ello, porque la categoría específica moral que tiene el católico por haber sido Templo del Espíritu Santo, no la tiene el pagano; de lo que se deriva que la profanación de una tumba sea un atentado contra la religiosidad y la honra debida al sepultado (Canon 1176, 2 y 3):

“La Iglesia aconseja vivamente que se conserve la piadosa costumbre de sepultar el cadáver de los difuntos, obteniendo para ellos la ayuda espiritual y la honra de sus cuerpos; y a la vez, proporciona a los vivos el consuelo de la esperanza”.

El Vaticano y la Iglesia española sostienen que no puede negarse a que la familia entierre a Franco en la Cripta de la Almudena.

Todo intento contrario a la justicia, a la sacralidad, al sentido común, a la historia y al respeto de lo intocable, no puede venir si no es por manos de la impiedad diabólica de los enemigos de Dios y de la Patria, de los eternos revanchistas que jamás pueden perdonar la derrota causada por las fuerzas del Bien.


Y no olviden que España ha estado siempre en el punto de mira del sionismo talmúdico. No hay mucho que alegar para demostrar el absurdo, a estas alturas, de profanar una tumba después de 42 años de dictadura liberal que algunos llaman democracia, como sinónimo de paraíso terrenal impoluto y celestial.

Añádase a este intento escandaloso el engaño causado al pueblo español que votó una Constitución atea porque ni la leyó y los pocos que la leímos no fuimos capaces de terminarla por ser legalistamente indigerible.

¿Dónde está el valor moral de tal aprobación votacional…?

¿Y la traición de aquellos obispos (60), que la votaron e invitaron a votarla a sus feligreses?

¿Y el perjurio de un Sucesor que traicionó a Franco, su mentor, y al pueblo español, trayéndonos una libertad sin Dios, frente a “la Libertad de los Hijos de Dios” (Rom, 8)?

Por lo que SUPLICO a S. E. Excelencia transmita este escrito al Vaticano y a la Conferencia Episcopal Española, CEE, para que pongan todos los medios jurídicos, morales e históricos, con declaraciones contundentes a favor de la intocabilidad de la Tumba de Francisco Franco, así como el reconocimiento de los Obispos españoles actuales a las elogiosas declaraciones que en su día hicieron aquellos Obispos del nacional-catolicismo tras la muerte del Caudillo.
¿O las verdades históricas también tienen caducidad…?

Muy mal quedaría para la Historia la cobarde y vengativa traición de la política actual socialista; pero peor quedaría la jerarquía eclesiástica con el escándalo cómplice de tal ingratitud, siendo la Iglesia la mayor deudora de aquella sangre martirial y de aquel heroísmo de un Caudillo puesto por la Providencia Divina para la salvación de la catolicidad universal y de Europa contra el comunismo ateo.

Virtud derivada del patriotismo como obligación derivada del 4º. Mandamiento es la PIEDAD para respetar los símbolos patrios y su Historia; la JUSTICIA SOCIAL, por la que se prefiere en igualdad de condiciones a los ciudadanos, antes que a los extranjeros, y la GRATITUD a los antepasados por sus sacrificios.

Repasen la teología moral, aquella que Sus Señorías nos enseñaron en nuestros estudios teológicos, y que el modernismo Vaticano II, ha hecho olvidar.

¡Pues ese heroico Caudillo, se llamaba FRANCISCO FRANCO BAHAMONDE!

Agradeciendo sus gestiones, le envía un cordial saludo en Cristo Rey y en María Reina, este servidor cura raso.

P. Jesús Calvo