sábado, 22 de septiembre de 2012

APORTACIÓN DE LAS PROFECÍAS PRIVADAS


Ante las profecías privadas hay dos actitudes extremas: los que admiten todas, sin más, y los que sin más las rechazan todas.

Admitir una profecía sin más, aun con el buen deseo de aceptar la revelación de Dios, es insensato, pues enseña la historia que siempre hay muchos impostores e ilusos, que se atribuyen dones que no tienen, y falsarios que tergiversan los hechos. Hoy pululan quizás más que nunca, engañando incluso a sacerdotes, en casos que conocemos. Además, todo cristiano ha de poner empeño en seguir a Cristo y practicar las virtudes; sería una desviación descuidar esto o sustituirlo por la búsqueda de profecías o sensacionalismos religiosos.

Otros, parte por evitar ser engañados y parte porque la revelación pública basta, rechazan de plano, a priori, cualquier revelación privada, no queriendo ni examinarla sin prejuicios. Pero en la Iglesia vemos es práctica tradicional y universal, seguida por los Santos y Papas, prestar fe a las revelaciones privadas auténticas. “No desprecies las profecías”, nos aconseja San Pablo (1 Tes. 5,20), y vemos es un carisma corriente y estimado en el Nuevo Testamento (cfr Hech. 2,17-18; 11,27 s; 19,6; 1 Cor. 14,26 s, etc.).

Muy útiles han sido para enfervorizar la vida espiritual de innumerables almas, por ejemplo, las revelaciones sobre el Corazón de Jesús, las del Escapulario, las del Rosario, las de Fátima, etc. Dios, por medio de sus elegidos, concreta o detalla su revelación pública oficial, impulsándonos a conformar más nuestra vida con ésta. Si una revelación es verdadera, si realmente Dios nos revela algo, no lo iba a hacer por puro pasatiempo. Entonces, ¿no vamos a aprovecharnos de ello, cometiendo la descortesía de menospreciarlo?

Si tenemos pruebas que una revelación es auténtica es obvio que le prestemos fe, no divina, sino humana; es decir, que la creamos como creemos otros  hechos históricos. Pero cuando están explícita o implícitamente aprobadas por la iglesia, como las de los Nueve Primeros Viernes del Sagrado Corazón, al aceptarlas ejercitamos también nuestra fe en la Iglesia, igual que al obedecer otra enseñanza del Magisterio.

El problema difícil de discreción de espíritus, cuando no hay esa aprobación de la Iglesia, es distinguir qué profecías, o qué profetas, son verdaderos y cuáles no. Según la teología tradicional, son señales de falsedad:

-Si dice algo contra la doctrina católica;
   
-Si da como revelado algo ciertamente falso (aunque, según S. Ignacio, en sus reglas de discreción de espíritus, (EE. 336) después de una comunicación sobrenatural auténtica, “cuando el alma queda caliente…, muchas veces por su propio discurso…, forma diversos pareceres que no son todos inmediatamente de Dios”, esto es: puede añadir a lo revelado algo que no lo es, o incluso puede ser equivocado);
 
-Si no obedece a  la autoridad eclesiástica;

-Si le falta humildad, caridad…, o si busca aparecer, vivir bien, ganar dinero, fama… (es posible una revelación sobrenatural a un pecador, pero no que Dios se siga sirviendo como profeta de quien no lleva una vida de perfección cristiana);
     
-Si el principio de unas apariciones es rechazable, es absurdo suponer que con ese motivo allí van a tener otras apariciones verdaderas.

Finalmente, habrá que estar al juicio de la Iglesia, aunque el juicio definitivo está reservado a la Santa Sede, conforme al Concilio V de Letrán. (Recordemos el caso espectacular de Fátima, donde todavía bastantes años después de las apariciones el Cardenal de Lisboa prohibió, bajo penas, a los sacerdotes hablar de ellas. Y la falta de discreción de espíritus también de su sucesor, quien sinceramente ha reconocido que, siendo ya obispo, le parecían aquellas falsas).

Padre José Luis de Urrutia, S.J. 
EL TIEMPO QUE SE APROXIMA

DICHOS DE SANTOS


El Sacerdote que trabaja sin mansedumbre 
sirve al diablo y no a Jesucristo.  

San Antonio María Claret

CRISTERO ARZOBISPO JOSE MARÍA GONZÁLEZ: «NO TEMÁIS A LAS ENGAÑOSAS OFERTAS»

José María González. Arzobispo de Durango

Nos, hemos sabido, Venerables Hermanos y muy amados hijos, que los insistentes rumores de un posible arreglo entre el Episcopado Mexicano y el Gobierno perseguidor, no fundados en la efectiva derogación de las leyes, han angustiado horriblemente vuestro corazón añadiendo una nueva pena a las incontables que estáis padeciendo. Vuestro instinto cristiano, sin necesidad de hacer grandes reflexiones, os hizo sentir repugnancia e indignación al mirar una vez más al lobo rapaz tomar la piel de oveja y acercarse a los Prelados, representantes de los Apóstoles, para conmover con fingida dulzura a quienes no pudo conmover con rugidos espantosos. Y temisteis que los falsos profetas enviados por el perseguidor hiciesen doblegar a vuestros Prelados con vanas y engañosas ofertas. Pero temisteis sin fundamento. ¿Que no recordáis las palabras de nuestra Carta Pastoral Colectiva del 25 de julio de 1926, cuando ordenábamos la suspensión de cultos? Ahí decíamos, hablando de las leyes persecutorias: «Ante semejante violación de valores morales tan sagrados, no cabe ya de nuestra parte condescendencia ninguna. Sería para nosotros un crimen tolerar tal situación y no quisiéramos que ante el Tribunal Divino nos viniese a la memoria aquél tardío lamento del Profeta: Ay de mí porque callé. Por esta razón, siguiendo el ejemplo del Sumo Pontífice, ante Dios, ante la Humanidad Civilizada, ante la Patria, protestamos contra ese decreto… Contando con el favor de Dios y con vuestra ayuda, trabajaremos porque ese decreto y los artículos de la Constitución sean reformados, y no cejaremos hasta haberlo conseguido»

¿Y creéis que íbamos a olvidar esas palabras y a tener hoy por aceptable lo que ayer tuvimos por indigno? ¿No recordáis que el mismo Sumo Pontífice nos enviaba un mensaje que decía: «Santa Sede condena la Ley, a la vez que todo acto que signifique o pueda ser interpretado por el pueblo fiel como aceptación o reconocimiento de la misma Ley». ¿Y creéis que nosotros los Prelados Mexicanos que nos hemos abandonado en los brazos del Papa y que nos gloriamos de obedecer sin discutir sus disposiciones, íbamos a pasar sacrílegamente sobre semejante condenación pontificia? ¿No recordáis que a raíz de la suspensión del culto, un día en que circuló rumor de arreglos que dejaban en pie las abominables leyes persecutorias, el Sumo Pontífice nos cablegrafió diciendo que nos mantuviéramos en la actitud asumida por todo el mundo. 

De entonces acá el furor de los perseguidores no ha tenido límite. La sangre de los cristianos ha corrido a raudales, mezclada la de los sacerdotes con la de los jóvenes, la de las doncellas con la de los ancianos. ¡Sangre bendita, que hizo brotar por todas partes cristianos nuevos, rejuvenecidos, valerosos, invencibles! ¿Y creéis que después de tanta sangre y de tantas lágrimas, de tantos heroísmos y de tantos sacrificios íbamos a ser nosotros los que cerráramos las puertas a la plena victoria de Cristo? Si tal hiciéramos, nuestros mártires y nuestros héroes se levantarían de sus tumbas para reclamarnos el despilfarro de sangre gloriosa… 

¡No y mil veces no! Nuestra fe de católicos, nuestro deber de Prelados, nuestra dignidad, el respeto que debemos a las víctimas, el puesto que hemos conquistado ante el mundo, y finalmente la conciencia que tenemos de nuestra fuerza moral y espiritual, que centuplica nuestra fuerza física, todo nos hace repetir día por día, momento por momento, las palabras de la Carta Pastoral Colectiva: «Trabajaremos por que ese decreto y los artículos antirreligiosos de la Constitución sean reformados, y no cejaremos hasta haberlo conseguido». Nuestro non possumus se mantiene en pie, y se mantendrá hasta el fin, pues ayudados de la gracia de Dios, estamos dispuestos a morir en el destierro, antes que dar un paso atrás en la actitud que hemos asumido. Ya no estamos dispuestos a confiar ni en disimulos ni en promesas. Tenemos en mucho la libertad de la Iglesia, la paz de México y el bien temporal de nuestros hijos para hacerlos depender de unos hombres que tantas veces nos han engañado y que no han sabido cumplir los compromisos firmados por su Cancillería. Nos referimos al compromiso que como Ministro de Relaciones contrajo y firmó el Sr. Aarón Sáenz, con acuerdo del Sr. Obregón, entonces Presidente de la república, con su Eminencia el cardenal Gasparri, Secretario de estado de Su Santidad Pío XI. Por eso decimos que es imposible aceptar arreglos que no estén fundados, cuando menos, en la derogación efectiva de las leyes persecutorias. 

Sí, nuestro non possumus se mantiene en pie, y se mantendría aunque todas las circunstancias nos anunciaran la derrota. Más, ¿quién piensa en derrota en los momentos actuales?, ¿quién piensa en derrota cuando la atenta observación de los acontecimientos nos hace repetir con mayor firmeza las palabras del Profeta: ‘Exulya satis, filia Sion; jubila, filia Jerusalem; ecce Rex tuus veniet tibi justus et salvator’ (Zach. IX, 9) ‘¡Oh hija de Sión!: Regocíjate en gran manera; salta de júbilo ¡oh hija de Jerusalén!: He aquí que a tí vendrá el rey, el Justo, el Salvador’. 

Ánimo, pues Dios está con nosotros, y se muestra visiblemente donde los católicos cumplen dignamente con su deber, donde los católicos están perfectamente penetrados de que son hijos de una Iglesia que Jesucristo hizo libre y no sujeta a ningún poder terreno, y donde están plenamente convencidos de que no hay medio ninguno de asegurar la libertad de la Iglesia, la paz de la Nación, y su bienestar temporal mismo, si no es la derogación efectiva de las leyes que se invocan a todas horas para conculcar los derechos más sagrados y cometer los sacrilegios más horrendos. Levantad, pues, vuestro ánimo, mis muy amados hijos, y abrid vuestro corazón ampliamente a la esperanza. 

En nuestra Carta Pastoral Colectiva en que ordenábamos la suspensión del culto, os recomendábamos las palabras de N. S. Jesucristo a sus Apóstoles, pronunciadas la víspera de su Pasión: He aquí que subimos a Jerusalén, en donde el Hijo del Hombre será entregado, condenado a muerte, flagelado, crucificado, y al tercer día resucitará. Ahora, hijos amados, la Iglesia de México, ha entrado ya a Jerusalén, ha padecido tristeza mortal en el Huerto de los Olivos, ha presenciado las traiciones de los miserables Judas, ha visto a los Pilatos lavarse las manos y excusarse con la ley o con el mandato del César. Hoy se encuentra en pleno Calvario; pero el sacrificio está consumado ya. El día de la Pascua se acerca. Ya los ángeles preparan sus cantos de triunfo, para asistir a la resurrección gloriosa, y para cortejar a Nuestro Rey y Salvador Jesús, que se acerca ya a enjugar vuestras lágrimas y a daros en premio la libertad que habéis merecido con vuestros sufrimientos. 

Dada en roma, fuera de la Puerta Flaminia, el 7 de octubre de 1927, fiesta del Smo. Rosario. 

Jose María, Arzobispo de Durango. 

Pbro. David G. Ramírez, Srio.

jueves, 20 de septiembre de 2012

LE DESTRONARON (VIII)


EL LIBERALISMO O LA SOCIEDAD SIN DIOS

“El indiferentismo es el ateísmo sin el nombre.”
León XIII, Immortale Dei

Voy a tratar de exponer aquí, luego de haber analizado los principios del liberalismo político, cómo el movimiento de laicización generalizado que ha destruido en este momento casi enteramente la cristiandad, tiene su fuente en los principios liberales. Es lo que muestra el Papa León XIII en su encíclica Immortale Dei del 1° de noviembre de 1884, en un texto ya clásico que no se puede ignorar.

El “derecho nuevo”

“Pero el afán pernicioso y deplorable de novedad que surgió en el siglo XVI, habiendo, primeramente, perturbado las cosas de la Religión, por natural consecuencia vino a trastornar la filosofía y mediante ésta, toda la organización de la sociedad civil. De allí, como de un manantial, se han de derivar los más recientes postulados de una libertad sin freno, a saber, inventadas durante las máximas perturbaciones del siglo XVIII y lanzadas después, mediando este siglo, como principios y bases de un nuevo derecho que era hasta entonces desconocido y discrepaba no sólo del derecho cristiano sino en más de un punto también del derecho natural.

“El supremo entre estos principios es que todos los hombres como se entiende que son de una misma especie y naturaleza, así también son iguales en su acción vital, siendo cada uno tan dueño de sí mismo, que de ningún modo está sometido a la autoridad de otro, que puede pensar de cualquier cosa lo que se le ocurra y obrar libremente lo que se le antoje, ni nadie tiene derecho de mandar a nadie.

“Constituida la sociedad con estos principios, la autoridad pública no es más que la voluntad del pueblo, el cual como no depende sino de sí mismo, así él solo se da órdenes a sí mismo, pero elige personas a quienes se entrega, de tal manera, sin embargo, que les delega más bien el oficio de mandar y no el derecho, que sólo en su nombre ejerce. Se cubre aquí con el manto de silencio el poder soberano de Dios, ni más ni menos como si Dios no existiese, o no se preocupase para nada de la sociedad del género humano, o como si los hombres, ya individual ya colectivamente nada debieran a Dios o se pudiese concebir alguna forma de dominio que no tuviese en Dios su razón de ser, su fuerza y toda su autoridad.

“De este modo, como se ve, el Estado no es más que una muchedumbre que es maestra y gobernadora de sí misma, y como se afirma que el pueblo contiene en sí la fuente de todos los derechos y de todo poder, síguese lógicamente que el Estado no se crea deudor de Dios en nada, ni profese oficialmente ninguna religión, ni deba indicar cuál es, entre tantas, la única verdadera, ni favorecer a una principalmente; sino que deba conceder a todas ellas igualdad de derechos, a fin de que el régimen del Estado no sufra de ellas ningún daño. Lógico será dejar al arbitrio de cada uno todo lo que se refiere a religión, permitiéndole que siga la que prefiere o ninguna en absoluto, cuando ninguna le agrada. De allí nace, ciertamente, lo siguiente: el criterio sin ley de las conciencias individuales, los libérrimos principios de rendir o no culto a Dios, la ilimitada licencia de pensar y de publicar sus pensamientos.”(1)

Consecuencias del “derecho nuevo”

“Admitidos estos principios, que frenéticamente se aplauden hoy día, fácilmente se comprenderá a qué situación más inicua se empuja a la Iglesia.

“Pues, donde quiera la actuación responde a tales doctrinas, se coloca al catolicismo en pie de igualdad con sociedades que son distintas de ella o aún se lo relega a un sitio inferior a ellas; no se tiene ninguna consideración a las leyes eclesiásticas, y a la Iglesia que, por orden y mandato de Jesucristo, debe enseñar a todas las naciones, se le prohíbe toda ingerencia en la educación pública de los ciudadanos.

“Aún en los asuntos que son de la competencia eclesiástica y civil, los gobernantes civiles legislan por sí y a su antojo, y tratándose de la misma clase de jurisdicción mixta, desprecian soberanamente las santísimas leyes de la Iglesia.

“En consecuencia, avocan a su jurisdicción los matrimonios de los cristianos, legislando aún acerca del vínculo conyugal, de su unidad y estabilidad; usurpan las posesiones de los clérigos, diciendo que la Iglesia no tiene el derecho de poseer; obran, en fin, de tal modo respecto de ella, que negándole la naturaleza y los derechos de una sociedad perfecta, la ponen en el mismo nivel de las otras sociedades que existen en el Estado; y por consiguiente, dicen, si tiene algún derecho, si alguna facultad legítima posee para obrar, lo debe al favor y las concesiones de los gobernantes.”(2)

Consecuencias últimas

“De modo que en esta situación política de que hoy día muchísimos se han encariñado, ya se ha formado una costumbre y tendencia, o de quitar completamente de en medio a la Iglesia, o de tenerla atada y sujeta al Estado. En gran parte se inspira en estos designios lo que los gobernantes hacen. Las leyes, la administración pública, la enseñanza laica de la juventud, la incautación de los bienes, y la supresión de las órdenes religiosas como la destrucción del poder temporal de los Romanos Pontífices, todo obedece al fin de herir el nervio vital de las instituciones cristianas, sofocar la libertad de la Iglesia Católica y triturar sus otros derechos.”(3)

León XIII ha, por lo tanto, demostrado que el nuevo derecho, aquel de los principios liberales, conduce al indiferentismo del Estado en relación a la religión (es, dice “el ateísmo sin el nombre”(4), y a eliminar la religión católica de la sociedad. En otras palabras, el objetivo de los impíos liberales no es nada menos que la eliminación de la Iglesia por medio de la destrucción de los Estados católicos que la sostienen. Esos estados eran las murallas de la fe. Era necesario entonces abatirlas. Y una vez destruidas esas defensas de la Iglesia, una vez suprimidas las instituciones políticas que eran su protección y la expresión de su benéfica influencia, la Iglesia misma sería paralizada y abatida y con ella la familia cristiana, la escuela cristiana, el espíritu cristiano y hasta el mismo nombre cristiano. León XIII ve claramente ese plan satánico, tramado por las sectas masónicas, y que llega hoy a sus últimas consecuencias.

El Liberalismo laicizante en obra durante el Vaticano II

Pero el colmo de la impiedad, que nunca había sido alcanzado hasta entonces, fue cumplido cuando la Iglesia misma, o al menos lo que ha querido pasar por tal, adoptó en el Concilio Vaticano II el principio del laicismo del Estado, o lo que es equivalente, la regla de la igual protección del Estado a los adeptos de todos los cultos, por la declaración sobre la libertad religiosa; volveré sobre este tema. Pero eso demuestra al mismo tiempo hasta qué punto han penetrado las ideas liberales en la Iglesia, incluso hasta sus más altas esferas. También volveré sobre esto.

He aquí, para recapitular, el encadenamiento lógico de los principios liberales hasta sus consecuencias extremas para la Iglesia; se trata del esquema adjunto a la carta que dirigí al Card. Seper el 26 de febrero de 1978. Es un esclarecedor paralelo de la Quanta Cura de Pío IX y de la Immortale Dei de León XIII.

León XIII

Immortale Dei (PIN. 143-144

1) Condenación del racionalismo individualista indiferentista, del indiferentismo y del monismo estatal.

“Todos los hombres… son iguales en su acción vital, siendo cada uno tan dueño de sí mismo que de ningún modo está sometido a la autoridad de otro, que puede pensar de cualquier cosa lo que se le ocurra y obrar libremente lo que se le antoje…

“(…) La autoridad pública no es más que la voluntad del pueblo… De este modo… el pueblo contiene en sí la fuente de todos los derechos… síguese lógicamente que el Estado no se crea deudor de Dios en nada, ni profese oficialmente ninguna religión, ni deba (…) favorecer a una principalmente.”

2) Consecuencia: el “derecho a la libertad religiosa” en el Estado.

“…sino que deba conceder a todas ellas igualdad de derechos, a fin de que el régimen del Estado no sufra de ellas ningún daño.
“Lógico será dejar al arbitrio de cada uno todo lo que se refiere a la religión, permitiéndole que siga la que prefiera o ninguna en absoluto, cuando ninguna le agrada.”

3) Consecuencias de ese “derecho nuevo”.

“Admitidos estos principios, que frenéticamente se aplauden hoy día, fácilmente se comprenderá a qué situación más inicua se empuja a la Iglesia.
“Pues, donde quiera que la actuación responde a tales doctrinas, se coloca al catolicismo en pie de igualdad con sociedades que son distintas de ella o aún se lo relega a un sitio inferior a ellas (…) obran, en fin de tal modo respecto de ella, que negándole la naturaleza y los derechos de una sociedad perfecta, la ponen en el mismo nivel de las otras sociedades que existen en el Estado.”

Pío IX

Quanta Cura (PIN. 39-40)

1) Denuncia del naturalismo y su aplicación al Estado.

“Hoy no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio del naturalismo, como le llaman, se atreven a enseñar, que el mejor orden de la sociedad pública y el progreso civil demandan imperiosamente, que la sociedad humana se constituya y se gobierne, sin que tenga en cuenta la Religión, como si no existiese; o por lo menos, sin hacer ninguna diferencia entre la verdadera Religión y las falsas.”

2) Consecuencia: el “derecho a la libertad religiosa” en el Estado.

“Además, contradiciendo la doctrina de la Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, afirman que ‘el mejor gobierno es aquel en el que no se reconoce al poder, la obligación de reprimir por la sanción de las penas a los violadores de la Religión católica, a no ser que la tranquilidad pública lo exija.

Y: “Que la libertad de conciencia y de cultos es un derecho libre de cada hombre, que debe ser proclamado y garantizado en toda sociedad bien constituida…”

3) Consecuencias de ese “derecho nuevo”: ataque a la Iglesia.

Pío IX denuncia la última “opinión” citada en el N° 2 de la siguiente manera: 

“opinión errónea, la más fatal a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas”.

No dice más, pero agrega más adelante que todo eso lleva a “desterrar a la Religión de la pública sociedad”.

Si bien el Vaticano II no proclama el primer principio del liberalismo – el cual he llamado racionalismo individualista e indiferentista –, sin embargo encontramos en él, como mostraré seguidamente, todo su contenido y consecuencias: el indiferentismo del Estado, derecho a la libertad religiosa para los seguidores de todas las religiones, destrucción del derecho público de la Iglesia, supresión de los Estados católicos. Todo está allí, toda esta serie de abominaciones se encuentra allí consignada y exigida por la lógica misma de un liberalismo que no quiere decir su nombre, pero, que es su fuente envenenada.

Notas:

(1) PIN. 143
(2) PIN. 144
(3) PIN. 146
(4) Ibid. n. 148

LE DESTRONARON
Mons. Marcel Lefebvre



miércoles, 19 de septiembre de 2012

MUERE A LOS 97 AÑOS EL GENOCIDA SANTIAGO CARRILLO


Ha muerto en Madrid, a los 97 años de edad, el ex secretario general del PCE, Santiago Carrillo.

Los restos mortales de Carrillo serán trasladados a un tanatorio madrileño esta misma tarde por donde, a buen seguro, desfilarán personalidades políticas de la izquierda y de los últimos 40 años de la historia de España.

El ex dirigente del PCE había sufrido en la última semana un empeoramiento en su estado de salud, después de que en los últimos meses tuviera que ser ingresado en diversas ocasiones. En julio estuvo varios días en observación en el hospital Gregorio Marañón de Madrid por un problema de riego sanguíneo.

UN GENOCIDA INMUNE A LA JUSTICIA

 A. Granados.- Santiago Carrillo mató a más de 4.000 personas (8000 según algunas fuentes) en Paracuellos del Jarama, cientos de ellos niños, y no solo no se arrepintió nunca de ello, sino que alardeó siempre de su papel en la guerra civil a sabiendas de que la unidireccional “memoria histórica” estaba de su parte. Por desgracia, Carrillo no ha sido juzgado antes de su muerte. Sin embargo, su nombre será siempre sinónimo de matanza, genocidio y odio.

En los últimos años se habían sumado voces que destacaron la improcedencia de que la Universidad Autónoma de Madrid le concediera el premio “Doctor Honoris Causa”, al considerar que esto implicaba deslegitimar los mismos fundamentos universitarios al premiar con dudosos honores a un criminal de guerra que ordenó asesinar sin juicio previo a miles de civiles inermes.

Las matanzas de personas indefensas no constituyó un hecho aislado en la zona republicana durante la contienda civil, sino que cualquier ciscunstancia adversa, como sus contínuos errores bélicos, les servía de pretexto para cebarse con los inermes presos de las cárceles, y así sucedió con decenas de miles de víctimas desde los comienzos de la contienda hasta sus últimos coletazos: las matanzas colectivas en El Arahal (Sevilla), donde anticipándose a la llegada de las fuerzas nacionales, los milicianos incendiaron el módulo donde tenían encerrados a sus oponentes, muriendo abrasados. Los marinos de Cartagena arrojados al mar, los fusilamientos masivos de las prisiones de Ubeda, Ciudad Real, Toledo, Almería, Lérida, Málaga, San Sebastián y el fuerte de Guadalupe, Castellón, Ibiza, Fuenteovejuna, Albacete…

Por lo que a Madrid concierne, el genocidio de Paracuellos, con su torrentera de sangre, vino a constituir la culminación de masacres anteriores, como la del Cuartel de la Montaña, amén de los miles y miles de madrileños y de madrileñas asesinados en cualquier lugar por las innumerables checas que gozaban de facultad para registrar, detener, torturar y ejecutar a las víctimas que no pudieron escapar del terror rojo en los meses anteriores.

Ser sospechoso de “derechista”, haber acudido a misa con regularidad, tener alguna afinidad ideológica improcedente, poseer periódicos del tipo ABC, haber ocupado algún cargo público en la etapa anterior, o simplemente no comulgar con los postulados del Frente Popular, eran los motivos por los que fueron retenidos miles de civiles en las cárceles de Madrid para posteriormente recluirlos en las famosas checas donde los torturaban y vejaban. Y de ahí a las sacas, para fusilarlos en las afueras.

Máximo responsable del Holocausto de Paracuellos del Jarama

El periodo mas activo fué del 7 de noviembre al 4 de diciembre de 1936. Los asesores soviéticos del Partido Comunista, dominante ya en ese momento en Madrid, dictaminaron que era necesario exterminar a todos los disidentes (detenidos por el simple hecho de no ser de izquierdas) que abarrotaban las cárceles de la ciudad.

El genocida Santiago Carrillo

Lo que se hizo fué una limpieza literal de todos los civiles apresados que no pudieron escapar de Madrid al inicio del conflicto, en una clara acción criminal de “tierra quemada” en la retaguardia, por si llegaban los nacionales. Santiago Carrillo era el responsable municipal de Orden Público de la Junta de Defensa y por tanto, era el encargado de elaborar, supervisar, organizar y ordenar el trayecto de las checas hasta los lugares donde se produjeron sin juicio los asesinatos masivos.

Plano de las 7 fosas comunes

Miles de civiles y de adversarios ideológicos, incluidos sus familiares, fueron asesinados de forma colectiva e indiscriminada en distintas fases, sembrando así las afueras de Madrid de cadáveres multitudinarios, desapariciones humanas, torturas y fosas comunes de muy amplio rango. Un grupo de ellas se encuentran localizadas en Paracuellos del Jarama. 


EL PP AGRADECE LA CONTRIBUCIÓN DEL GENOCIDA A LA “RECONCILIACIÓN DE LOS ESPAÑOLES”

IU: “Se ha muerto una persona que entregó su vida a la lucha”

El portavoz de Izquierda Plural (IU-ICV-CHA) en el Congreso y secretario general del Partido Comunista de España (PCE), José Luis Centella, ha reconocido este martes la “figura” de Santiago Carrillo a pocos minutos de conocer la noticia de su fallecimiento así como sus “años de lucha más allá de posibles diferencias políticas”.

En declaraciones a los medios de comunicación en la Cámara Baja, Centella ha explicado que ha conocido la noticia de la muerte de Carrillo por su familia, a la que ha transmitido sus condolencias y el respeto del PCE a un “dirigente histórico”.

Se ha muerto una persona que entregó su vida a la lucha, a la defensa del comunismo, que en este país merece un recuerdo que estoy convencido de que las próximas generaciones van a mantener”, ha señalado.

Según ha indicado, Izquierda Plural ha trasladado la noticia del fallecimiento del exdirigente del PCE al presidente del Congreso, Jesús Posada, y ha manifestado que espera que la Cámara brinde a Carrillo el “natural homenaje” por haber sido un “diputado importante”.

Por su parte, el diputado por Asturias Gaspar Llamazares ha dicho en un comentario en Twitter sentirse un “admirador” de Carrillo por haber llevado “una vida dedicada a los trabajadores”.

El diputado por Málaga Alberto Garzón ha destacado también en Twitter que “la lucidez de Carrillo fue brillante”, pero considera que “su espíritu por superar el capitalismo fue aún más merecedor de respeto”. “Con Carrillo se va una parte muy importante de la historia comunista de este país, con elementos positivos y negativos”, ha indicado.

PP: “La Historia recordará su contribución a la reconciliación de los españoles”

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha lamentado el fallecimiento de Santiago Carrillo, al que considera una “personalidad fundamental” en la reciente historia de España. Además, ha destacado el papel que jugó en la Transición y su contribución a la convivencia sin renunciar a sus “profundas convicciones”.

Así lo ha asegurado en un telegrama de pésame que ha enviado a la familia del histórico dirigente del Partido Comunista de España (PCE). Quiero hacerles llegar, en mi nombre y en el del Gobierno de España, el más sentido pésame por la desaparición de una personalidad fundamental en la reciente historia de España”, ha señalado.

El jefe del Ejecutivo ha subrayado además la labor de Carrillo durante la Transición española. “El destacado papel que desempeñó durante la Transición y su contribución al orden constitucional, al nuevo marco de convivencia y a un futuro común sin abandonar sus profundas convicciones, perdurarán como referente para la política española”, ha concluido.

El vicesecretario de Estudios y Programas del PP, Esteban González Pons, ha lamentado la muerte del histórico dirigente del Partido Comunista, al que considera “uno de los protagonistas de la Transición”.

“La Historia recordará su contribución a la reconciliación de los españoles”, ha asegurado el dirigente del PP en en su cuenta de Twitter, que ha recogido Europa Press, minutos después de conocerse su fallecimiento.

PSOE: Destaca su “papel clave” en la Transición

El secretario general del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, ha mostrado este martes su pesar por el fallecimiento de Santiago Carrillo y le ha trasladado el “agradecimiento” de todos los socialistas por su papel “clave” para la construcción de la “modélicaTransición española.

En una breve declaración a los medios en el Congreso, Rubalcaba ha recordado que la España democrática actual es fruto de una Transición “modélica” que se basó “en la convivencia” y que, aunque fue “una tarea colectiva del conjunto de los españoles”, algunos como Carrillo jugaron un papel “clave”.

“Sin duda Carrillo jugó ese papel clave. Por eso traslado el agradecimiento en nombre PSOE y lo hago desde el Parlamento, donde él pasó tantos años”, ha subrayado Rubalcaba.

UPYD: “Siempre recordaremos su trabajo y su esfuerzo por la concordia y la superación del pasado”

La portavoz nacional de Unión, Progreso y Democracia (UPyD), Rosa Díez, ha expresado su pésame por el fallecimiento de Carrillo, a quien considera un hombre imprescindible en la Transición”. “Su aportación como dirigente del PCE fue absolutamente clave para transitar de una dictadura a una democracia”, ha dicho.

En declaraciones en el Congreso, Rosa Díez ha explicado que, “más allá de los encuentros y desencuentros” que haya podido tener con Carrillo a lo largo de su vida, “la democracia española debe recordar esa aportación clave”.

“Desde UPyD siempre recordaremos su trabajo y su esfuerzo por la concordia y la superación del pasado”, ha remarcado.

ORACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LA SALETTE



Recuerda, Nuestra Señora de la Salette, verdadera Madre de la aflicción, las lágrimas que derramaste por mí en el Calvario; no te olvides tampoco del continuo cuidado que has tenido para protegerme de la justicia de Dios; y considera si puedes ahora abandonar a tu hijo, por quien has hecho tanto. Inspirado por este consolador pensamiento, vengo a postrarme a tus pies, a pesar de mi infidelidad e ingratitud. 
No rehúses mis ruegos, Oh Virgen de reconciliación, conviérteme, obtened para mí la gracia de amar a Jesucristo sobre todas las cosas y de consolarte a ti también viviendo una vida santa, para que un día yo pueda verte en el Cielo. Amén.

sábado, 15 de septiembre de 2012

SERMÓN DEL SANTO CURA DE ARS SOBRE LA PUREZA


Beati mundo corde, quoniam ipsi Deum videbunt. 
Bienaventurados los que tienen un corazón puro, pues ellos verán a Dios. 
(S. Mateo, V, 8.) 

Leemos en el Evangelio que, queriendo Jesucristo instruir al pueblo que acudía en masa a fin de conocer lo que hay que practicar para alcanzar la vida eterna, sentóse, y tomando la palabra, dijo: «Bienaventurados los que tienen un corazón puro, pues ellos verán a Dios». Si tuviésemos un gran deseo de ver a Dios, estas solas palabras deberían darnos a entender cuan agradables nos hace a Él la virtud de la pureza, y cuan necesaria sea esta virtud; puesto que, según nos dice el mismo Jesucristo, sin ella nunca conseguiríamos verle. «Bienaventurados, nos dice Jesucristo, los que tienen un corazón puro, pues ellos verán a Dios». ¿Puede esperarse mayor recompensa que la que Jesucristo vincula en esa hermosa y amable virtud, a saber, la eterna compañía de las tres personas de la Santísima trinidad?... San Pablo, que conocía todo su valor, escribiendo a los de Corinto, les dijo: «Glorificad a Dios, pues le lleváis en vuestros cuerpos; y permaneced fieles conservándolos en una gran pureza. Acordaos siempre, hijos míos, de que vuestros miembros son los miembros de Jesucristo, de que vuestros corazones son templos del Espíritu Santo. Andad con gran cuidado en no ensuciarlos con el pecado, que es el adulterio, la fornicación y todo cuanto puede deshonrar vuestro corazón y vuestro cuerpo a los ojos de un Dios que es la misma pureza» (I Cor., VI, 15-20.). Cuán preciosa y bella es esta virtud, no sólo a los ojos de los ángeles y de los hombres, sino también a los del mismo Dios. La tiene Él en tanta estima, que no cesa de hacer su elogio en cuantos tienen la dicha de conservarla. Esa hermosa virtud es el adorno más preclaro de la Iglesia, y, por consiguiente, debiera ser la más apreciada de los cristianos. Nosotros, que en el santo Bautismo fuimos rociados con la sangre adorable de Jesucristo, la pureza misma; con esa Sangre adorable que tantas vírgenes ha engendrado de uno y otro sexo (Zac., IX. 17.); nosotros a quienes Jesucristo ha hecho participantes de su pureza convirtiéndonos en miembros y templos suyos... Mas, ¡ay!, en el desgraciado siglo de corrupción en que vivimos, ¡esta virtud celeste, que tanto nos asemeja a los ángeles, no es conocida!... Sí, la pureza es una virtud que nos es necesaria a todos, ya que sin ella nadie verá a Dios. Quisiera yo ahora haceros concebir de ella una idea digna de Dios, mostrándoos: 1.° Cuán agradables nos hace a sus ojos comunicando un nuevo grado de santidad a nuestras acciones, y 2.°, lo que debemos hacer para conservarla. 

I. Para hacernos comprender la estima en que hemos de tener esa incomparable virtud, para daros ahora la descripción de su hermosura, hacer que apreciaseis su valor ante el mismo Dios, seria necesario que os hablase, no un hombre mortal, sino un ángel del cielo. Al oírle, diríais admirados: ¿Cómo es posible que no estén todos los hombres prestos a sacrificarlo todo antes que perder una virtud que de una manera tan íntima nos une con Dios?. Probemos, sin embargo, de formarnos algún concepto de ella considerando que dicha virtud viene de lo alto, que hace bajar a Jesucristo sobre la tierra, y eleva al hombre hasta el cielo por la semejanza que le comunica con los ángeles y con el mismo Jesucristo. Decidme, según esto, ¿no merece tal virtud el título de preciosa? ¿No es ella digna de toda estima y de que hagamos todos los sacrificios para conservarla?. 

Decimos que la pureza viene del cielo, pues sólo Jesucristo era capaz de dárnosla a conocer y hacernos apreciar todo su valor. Nos dejó prodigiosos ejemplos de la estima en que tuvo a esa virtud. Al determinar, en su inmensa misericordia, redimir al mundo, tomó un cuerpo mortal como el nuestro; pero quiso escoger a una virgen por madre. ¿Quién fue esa incomparable criatura?. 


Fue María, la más pura entre todas las criaturas, la cual, por una gracia singular no concedida a otra alguna, estuvo exenta del pecado original. Desde la edad de tres años, consagró su virginidad a Dios, ofreciéndole su cuerpo y su alma, presentándole el sacrificio más santo, más puro y el más agradable que jamás haya recibido Dios de una criatura terrena. Mantúvose en una fidelidad inviolable, guardando su pureza y evitando todo cuanto pudiese tan sólo empañar su brillo. Tenia la Santísima Virgen esa virtud en tanta estima, que no quiso consentir en ser Madre de Dios antes que el ángel le diese seguridad de que no la había de perder. Mas en cuanto el ángel le anunció que, al ser Madre de Dios, lejos de perder o empañar su pureza, de la cual tanta estima hacía, sería aún más agradable a Dios, consintió gustosa, a fin de dar nuevo esplendor a aquella angelical virtud (Luc., 1.). Vemos también que Jesucristo escogió un padre nutricio pobre, es verdad; mas quiso que su pureza sobrepujase a la de las demás criaturas, excepto la de la Virgen. Entre los discípulos distinguió a uno, al cual testimonió una amistad y una confianza singulares, y le hizo participante de grandes secretos; pero escogió al más puro de todos, el cual estaba consagrado a Dios desde su juventud. 

Dice San Ambrosio que la pureza nos eleva hasta el cielo y nos hace dejar la tierra en cuanto le es posible hacerlo a una criatura. Nos levanta por encima de la criatura corrompida, y, por los sentimientos y deseos que inspira, nos hace vivir la vida de los ángeles. Según San Juan Crisóstomo, la castidad de un alma es de mayor precio a los ojos de Dios que la de los ángeles, ya que los cristianos sólo pueden adquirir esta virtud luchando, mientras que los ángeles la tienen por naturaleza; los ángeles no deben luchar para conservarla, al paso que el cristiano se ve obligado a mantener consigo mismo una guerra constante. Y San Cipriano añade que, no solamente la castidad nos hace semejantes a los Ángeles, sino que además nos da un rasgo de semejanza con el mismo Jesucristo. Si, nos dice aquel gran Santo, el alma casta es una viva imagen de Dios en la tierra.

Cuanto más un alma se desprende de sí misma por la resistencia a las pasiones, más también se acerca a Dios y, por un venturoso retorno, más íntimamente se une Dios a ella: contémplala, y la considera como su amantísima esposa; la hace objeto de sus más dulces complacencias, y establece en su corazón su perpetua morada. «Felices, nos dice el Salvador, los que tienen el corazón puro, pues ellos verán a Dios» (Matt., V,8.). Según San Basilio, cuando en un alma hallamos la castidad, descubrimos también todas las demás virtudes cristianas; las cuales practicará entonces muy fácilmente, «pues, nos dice, para ser casto, debe imponerse grandes sacrificios y hacerse mucha violencia. Pero, una vez ha logrado tales victorias del demonio, la carne y la sangre, poca dificultad le ofrece lo demás ya que el alma que doma con energía este cuerpo sensual, vence con facilidad cuantos obstáculos encuentra en el camino de la virtud». Por lo cual, vemos que los cristianos castos son los más perfectos: Vémoslos reservados en sus palabras, modestos en el andar, sobrios en la comida, respetuosos en los lugares sagrados y edificantes en todo su comportamiento. San Agustín compara los que tienen la gran dicha de conservar puro su corazón con los lirios, que crecen derechos hacia el cielo y embalsaman el ambiente que los rodea con un aroma exquisito y agradable; con solo verlos, nos evocan ya esa preciosa virtud. Así la Santísima Virgen inspiraba la pureza a cuantos la veían... ¡Dichosa virtud, que nos pone al nivel de los Ángeles, y parece elevarnos hasta por encima de ellos!. Todos los santos la tuvieron en mucho, prefiriendo perder sus bienes, su fama y su misma vida antes que empañarla. 

Tenemos de ello un admirable ejemplo en la persona de Santa Inés. Su belleza y sus riquezas fueron causa de que, a la edad de poco más de doce años, fuese pretendida por el hijo del prefecto de la ciudad de Roma. Ella le dio a entender que estaba consagrada a Dios. Entonces la prendieron, bajo el pretexto de que era cristiana, más, en realidad, para que consintiese a los deseos de aquel joven... Pero ella estaba tan firmemente unida a Dios que ni las promesas, ni las amenazas, ni la vista de los verdugos y de los instrumentos expuestos en su presencia para amedrentarla consiguieron hacerla cambiar de sentimientos. Viendo sus perseguidores que nada podían obtener de la Santa, la cargaron de cadenas, y quisieron ponerle una argolla y varios anillos en la cabeza y en las manos; pero tan débiles eran aquellas pequeñas e inocentes manos, que sus verdugos no pudieron lograr su propósito. Permaneció firme en su resolución y, en medio de aquellos lobos rabiosos, ofreció su cuerpecito a los tormentos con una decisión que admiró a los mismos atormentadores. La llevaron arrastrándola a los pies de los ídolos, más ella declaró públicamente que solo reconocía a Jesucristo, y que aquellos ídolos eran demonios. El juez, bárbaro y cruel, viendo que nada podía conseguir, pensó que seria más sensible ante la pérdida de aquella pureza de la cual hacia tanta estima. La amenazó con hacerla exponer en un infame lupanar; más ella le respondió con firmeza: «Podréis muy bien darme muerte; pero jamás podréis hacerme perder este tesoro; pues Jesucristo mismo es su más celoso guardián», El juez, lleno de rabia, hízola conducir a aquel lugar de infernales inmundicias. Más Jesucristo, que la protegía de una manera muy particular, inspiró tan grande respeto a los guardias, que sólo se atrevían a mirarla, con una especie de espanto, y al mismo tiempo confió su custodia a uno de sus Ángeles. Los jóvenes, que entraban en aquel recinto abrasados en impuro fuego, al ver, al lado de la doncella, a un Ángel más hermoso que el sol, salían abrasados en amor divino. Pero el hijo del prefecto, más corrompido y malvado que los otros, se atrevió a penetrar en el cuarto donde se hallaba Santa Inés. Sin hacer caso de aquellas maravillas, acercóse a ella con la esperanza de satisfacer sus impuros deseos; más el Ángel que custodiaba a la joven mártir hirió al libertino, el cual cayó muerto a sus pies. Al momento divulgóse por toda la ciudad de Roma la noticia de que el hijo del prefecto, había recibido la muerte de manos de Inés. El padre, lleno de furor, fuese al encuentro de la Santa, y se entregó a todo cuanto la desesperación podía inspirarle. Llamóla furia del infierno, monstruo nacido para llevar la desolación a su vida, pues había dado muerte a su hijo. Entonces Santa Inés contestó tranquilamente: «Es que quería hacerme violencia, y entonces mi Ángel le dio muerte». El prefecto, algo mas calmado, le dijo: «Pues ruega a tu Dios que le resucite, para que no se diga que tu le has dado muerte». -«Es innegable que no merecéis esta gracia, dijo la Santa; más, para que sepáis que los cristianos no se vengan nunca, antes al contrario vuelven bien por mal, salid de aquí, y voy a rogar a Dios por él». Entonces prosternóse Ines, la faz en tierra. Mientras estaba orando, se le apareció el Ángel y le dijo: «Ten valor». Al momento aquel cuerpo inanimado recobró la vida. 


Aquel joven, resucitado por las oraciones de la Santa, sale de aquella casa y recorre las calles de Roma clamando: «No, no, amigos míos, no hay otro Dios que el de los cristianos; todos los dioses que nosotros adoramos no son más que demonios engañadores que nos arrastran al infierno». Sin embargo, a pesar de aquel gran milagro, no dejaron de condenarla a muerte. El lugarteniente del prefecto ordenó encender una gran hoguera, en la cual hizo arrojar a la Santa. Más las llamas se abrieron sin dañar a Inés, y en cambio, quemaron a los idólatras que habían acudido a aquel lugar para presenciar tales tormentos. Viendo el lugarteniente que el fuego la respetaba y no le causaba daño alguno, ordenó degollarla con la espada, a fin de quitarle de una vez la vida; más e1 verdugo pusose a temblar, como si él fuese el condenado a muerte... Como, después de su muerte, sus padres llorasen su perdida, aparecióseles y les dijo: «No lloréis mi muerte; al contrario, alegraos de que haya yo alcanzado un tal grado de gloria en el cielo» (Ribadeneyra, 21 enero). 

Ya veis cuanto sufrió aquella Santa para no perder su virginidad. Ahora os podéis formar cargo de lo estimable que es la pureza, y de lo que agrada a Dios cuando así se complace en obrar grandes milagros a fin de mostrarse su guardián y protector. Este ejemplo confundirá un día a aquellos jóvenes que tan poca estima hicieron de esa virtud. Nunca conocieron su valor. Razón tiene el Espíritu Santo para exclamar: «¡Cuan bella es esa generación casta; su memoria es eterna, y su gloria brilla ante los hombres y ante los Ángeles! » (Sap., IV,1.). Es innegable que todo ser ama a sus semejantes; por lo cual, los Ángeles, que son espíritus puros, aman y protegen de una manera especial a las almas que imitan su pureza. Leemos en la Escritura Santa (Tob., V-VIII.) que el Ángel Rafael, acompañando al joven Tobías, le protegió con mil favores. Preservóle de ser devorado por un pez, de ser estrangulado por el demonio. Si el joven aquel no hubiese sido casto, ciertamente que el Ángel no le hubiera acompañado y, por lo tanto, no le habría protegido en aquellos trances. ¡Cuanto es el gozo que experimenta el Ángel custodio de un alma pura!. 

No hay virtud para la conservación de la cual haga Dios tantos milagros como los que ejecuta para favorecer a la persona que, conociendo el valor de la pureza, se esfuerza en conservarla. Mirad lo, que hizo por Santa Cecilia. Nacida en Roma de padres muy ricos, estaba perfectamente instruida en la religión cristiana, y, siguiendo las inspiraciones de Dios, le consagró su virginidad. 


Ignorándolo sus padres, la prometieron en matrimonio a Valeriano, hijo de un senador de la ciudad. A los ojos del mundo era, pues, aquel matrimonio un gran partido. No obstante, ella pidió a sus padres tiempo para reflexionar. Pasó muchos días ayunando, orando y llorando, para obtener de Dios la gracia de no perder la flor de aquella virtud a la que amaba más que a su propia vida. Dijole el Señor que nada temiese, y que obedeciese a sus padres; pues no solamente no perdería aquella virtud, sino que aun obtendría... Consintió, pues, en el matrimonio. El día de las bodas, al hallarse en compañía de Valeriano, le dijo ella: «Querido Valeriano, tengo un secreto que comunicarte. He consagrado a Dios mi virginidad, por lo cual jamás hombre alguno podrá acercarse a mí, pues tengo un ángel que protege mi pureza; si te acercases, hallarías la muerte». Valeriano quedó muy sorprendido al oír todo aquello, pues, pagano como era, no entendía aquel lenguaje. Y contestó así: «Muéstrame el ángel que te protege». Replicó la Santa: «Tu no lo puedes ver, porque eres pagano. Ve de mi parte a hablar al Papa Urbano, pídele el bautismo, y al momento verás el ángel». Partió Valeriano al momento. Una vez bautizado por el Papa Urbano, fuése otra vez al encuentro de su esposa. Al entrar en la habitación vió efectivamente al ángel custodiando a Santa Cecilia, hallóle tan bello y radiante de gloria, que quedó prendado de su hermosura; y no solamente permitió a su esposa permanecer consagrada a Dios, sino que hizo él mismo voto de virginidad... Uno y otro alcanzaron pronto la dicha de morir mártires (Ribadeneyra, 22 noviembre.). ¿Veis, pues, de qué manera protege Dios a la persona que ama esa virtud y trabaja por conservarla?. 

Leemos en la vida de San Edmundo (Ribadenevra, 16 noviembre.) que, estudiando dicho santo en París, hallose en compañía de ciertas personas que hablaban torpemente; y las dejó al momento. Fué tan agradable al Señor aquella acción, que se le apareció en figura de un hermoso niño y, saludándole con gran afabilidad, le dijo que le había visto con gran satisfacción apartándose de la compañía de aquella gente que sostenía conversaciones licenciosas; y en recompensa de ello prometióle que no le abandonaría nunca. Además, San Edmundo tuvo la dicha de conservar su inocencia hasta la muerte. Cuando Santa Lucía acudió al sepulcro de Santa Agata para implorar su intercesión ante Dios a fin de que le alcanzase la salud de su madre, apareciósele Santa Ágata y le dijo que por sí misma podía obtener la gracia que imploraba, ya que con su pureza había preparado en su corazón una agradabilísima morada a su Creador (Ribadeneyra, 5 febrero.). Todo esto nos da a comprender cómo no puede denegar nada Dios al que tiene la dicha de conservar puros su corazón y su alma... 

Oíd lo que aconteció a Santa Potamiena, que vivió en tiempos de la persecución de Maximiniano (Ribadeneyra, 28 de junio.). Aquella joven era esclava de un señor disoluto y libertino, el cual continuamente la estaba solicitando. Mas ella prefirió sufrir toda suerte de crueldades y suplicios antes que consentir a las solicitaciones de aquel señor infame. Enfurecido éste al ver que nada podía lograr, la entregó, como cristiana, en manos del gobernador, a quien prometió una fuerte recompensa para el caso de que la conquistase para sus infames apetitos. El juez mandó comparecer a aquella virgen ante su tribunal, y viendo que ninguna amenaza podía hacerla cambiar de sentimientos, sometióla a todo cuanto su rabia supo inspirarle. Mas Dios, que jamás abandona a los que a Él se consagran concedió tantas fuerzas a la joven mártir, que parecía insensible a todos los tormentos a que hubo de someterse. No pudiendo, aquel juez inicuo, vencer su resistencia, mandó poner sobre una grande hoguera una caldera llena de pez, y le dijo: «Mira lo que, te está preparado si no obedeces a tu señor». Y la santa joven respondió sin vacilar: «Prefiero sufrir todo cuanto pueda inspiraros vuestro furor antes que obedecer a la infame voluntad de mi amo; además, nunca habría yo creído que un juez fuese injusto hasta el punto de mandarme obedecer a los propósitos de un amo disoluto». Irritado el tirano al oír esta respuesta, mandó arrojarla a la caldera. «A lo menos disponed, dijo ella, que sea arrojada allí vestida. Ahora veréis las fuerzas que el Dios a quien adoramos, concede a los que sufren por Él». Después de tres horas de suplicio, entregó Potamiena su alma al Criador, y así ganó la doble palma del martirio y de la virginidad. 

Cuán desconocida en el mundo es esa virtud, cuán poco la apreciamos, cuán poco cuidado ponemos en conservarla, cuán negligentes somos en pedirla a Dios, habida cuenta de que no podemos obtenerla por nosotros mismos!. ¡No conocemos esa hermosa y amable virtud, la cual tan fácilmente gana el corazón de Dios, tan hermoso esplendor comunica a nuestras buenas obras, tan por encima de nosotros mismos nos levanta, y nos hace vivir en la tierra una vida tan semejante a la de los Ángeles del cielo! ... 

Ella no es conocida de esos infames e impúdicos viejos, que se arrastran, se revuelcan y se anegan en el lodazal de sus torpezas; lejos de esforzarse en extinguirlo, lo avivan continuamente con sus miradas, con sus pensamientos, con sus deseos y con sus actos. ¿Cómo estará la pobre alma al comparecer ante Dios que es la pureza misma?. Esa hermosa virtud no es conocida de aquellas personas cuyos labios no son más que una boca de que se sirve el infierno para vomitar sobre la tierra sus impurezas, y con las cuales dichos desgraciados se nutren como si fuesen su pan cotidiano. ¡Su pobre alma es sólo objeto de horror para el cielo y para la tierra!. Esa amable virtud no es tampoco conocida de aquellas jóvenes cuyos ojos y cuyas manos están manchados por miradas impuras... (Oculos habentes plenos adulterii et incessabilis delicti et incessabilis delicti (II. Petr., II, 14).). ¡Oh Dios!, ¡a cuantas almas arrastra al infierno ese pecado!. Esa virtud no es conocida de aquellas jóvenes mundanas y corrompidas que tanto se afanan por atraer a sí las miradas de las gentes; que, por sus atavíos exagerados e indecentes, dan públicamente a entender que son infames instrumentos de que se sirve el infierno para perder las almas: ¡esas almas que tantos trabajos, lágrimas y tormentos costaron a Jesucristo!. Mirad a esas desgraciadas, y veréis su cabeza y su pecho rodeados de mil demonios. ¡Dios mío!, ¿cómo puede sostener la tierra a tales secuaces del infierno?. ¡Y lo más triste y doloroso es ver cómo las madres las toleran en un estado tan indigno de una cristiana!. Al ver esto, casi me atrevería a decir que tales madres no valen más que sus hijas. Ese corazón desgraciado y esos ojos impuros vienen a ser una fuente emponzoñada que causa la muerte a quien los mira o los escucha. ¡Como tales monstruos se atreven a presentarse ante un Dios tan santo y tan declaradamente enemigo de la impureza!. Su vida miserable no viene a ser otra cosa que un montón de grasa que están amasando para cebar el fuego del infierno por toda una eternidad. Más dejemos ya esta materia tan enojosa y poco grata para el cristiano, cuya pureza debe remedar la del mismo Jesucristo; y volvamos a esa hermosa virtud de la pureza que nos levanta hasta el cielo, que nos franquea la entrada en el corazón adorable de Jesucristo, y nos atrae toda suerte de bendiciones espirituales y temporales. 

II.-Hemos dicho que esa virtud es de un valor muy grande a los ojos de Dios; más hemos de afirmar también que no carece de enemigos que se esfuercen por arrebatárnosla. Hasta podríamos decir que casi todo cuanto nos rodea esta conspirando para robárnosla. El demonio es uno de los enemigos más temibles; viviendo el en medio de la hediondez de los vicios impuros y sabiendo que no hay pecado que tanto ultraje a Dios, y conociendo además lo agradable que es a Dios el alma pura, nos tiende toda suerte de lazos para arrebatarnos esta virtud. Por su parte, el mundo, que solo busca sus regalos y placeres, labora también para hacérnosla perder, muchas veces bajo la capa de amistad. Pero podemos afirmar que el más cruel y peligroso enemigo somos nosotros mismos, esto es, nuestra carne, la cual, habiendo quedado ya maleada y corrompida por el pecado de Adán, nos induce furiosamente a la corrupción. Si no estamos constantemente sobre aviso, pronto nos abrasa y devora con sus llamas impuras. -Pero, me diréis, puesto que es muy difícil conservar una virtud tan preciosa a los ojos de Dios, ¿que es lo que debemos hacer?. -Ved aquí los medios de conservarla. El primero es ejercer una gran vigilancia sobre nuestros ojos, nuestros pensamientos, nuestras palabras y nuestros actos; el segundo, recurrir a la oración; el tercero, frecuentar dignamente los sacramentos; el cuarto, huir de todo cuanto pueda inducirnos al mal; el quinto, ser muy devotos de la Santísima Virgen. Observando todo esto, a pesar de los esfuerzos de nuestros enemigos, a pesar de la fragilidad de esa virtud, tendremos la seguridad de conservarla. 

He dicho 1.° que debemos vigilar nuestras miradas; lo cual es muy cierto, pues vemos, por experiencia, a muchos que cayeron por una sola mirada, y no se levantaron ya jamás... (Prov., IX,9). No os permitáis nunca libertad alguna sin ser ella verdaderamente necesaria. Primero sufrir cualquiera incomodidad antes que exponeros al pecado... 

2.° Nos dice San Jaime que esta virtud viene del cielo y que jamás llegaremos a obtenerla si no la pedimos a Dios. Debemos, pues, suplicar a Dios con frecuencia que nos de la pureza en los ojos, en las palabras y en las acciones. 

3.° He dicho, en tercer lugar, que, si queremos conservar esa hermosa virtud, debemos recibir a menudo y dignamente los santos sacramentos; de lo contrario, jamás alcanzaremos tal dicha. Jesucristo no solo instituyo el sacramento de la Penitencia a fin de perdonarnos los pecados, sino además para darnos fuerzas con que combatir al demonio. Lo cual se comprende fácilmente. ¿Quien será, en efecto, que habiendo hecho hoy una buena confesión, se dejara vencer por las tentaciones?. El pecado, con todo el placer que encierra, le causaría horror. ¿Quien habrá que, al poco tiempo de haber comulgado, pueda consentir, no digo ya en un acto impuro, sino tan solo en un mal pensamiento?. Jesús, que mora entonces en su corazón, le hace muy bien comprender lo infame que es ese pecado, y cuanto le desagrada y cuanto le aparta de El. El cristiano que frecuenta santamente los sacramentos podrá ser tentado, más difícilmente pecara. En efecto, cuando tenemos la gran dicha de recibir el cuerpo adorable de Jesucristo, ¿no sentimos extinguirse en nuestro corazón el fuego impuro?. La Sangre adorable que corre por nuestras venas, ¿que menos hará que purificar nuestra sangre?. La carne sagrada que se mezcla con la nuestra, ¿no la diviniza en cierta manera?. ¿No parece nuestro cuerpo retornar a aquel primer estado en que se hallaba Adán antes de pecar?. ¡Esa Sangre adorable «que engendró tantas vírgenes!...» (Zach., IX, 17.). Tengamos por cierto que, dejando de frecuentar los sacramentos, a cada momento caeremos en pecado. 

Además, para defendernos del demonio, hemos de evitar la compañía de aquellas personas que pueden inducirnos al mal. Ved lo que hizo José, al ser tentado por la mujer de su amo: dejole el manto entre sus manos, y huyo para salvar su alma (Gen., XXXIX, 12.). Los hermanos de Santo Tomas de Aquino, viendo con malos ojos que su hermano se consagraba a Dios, a fin de estorbar su propósito le encerraron en un castillo e hicieron entrar allí una mujer de mala vida para que intentase corromperle. Viéndose en tal apuro por la desvergüenza de aquella malvada criatura, tomó un tizón encendido, y con el la arrojo ignominiosamente de su aposento. A la vista del peligro a que había estado expuesto, oro con tan copioso llanto, que Nuestro Señor le concedió el precioso don de continencia. 

Ved lo que hizo San Jerónimo para poder conservar la pureza; miradle en el desierto abandonarse a todos los rigores de la penitencia, a las lágrimas y a las duras maceraciones de su carne (Vida de los Padres del desierto, t. Y, p. 264.). Aquel gran Santo nos refiere (S. Hieron., Vita S. Pauli, Primi Eremitae, 3.), además, la victoria alcanzada por un joven virtuoso, en una lucha quizá única en la historia, en tiempos de la cruel persecución del emperador Decio. Este tirano, después de haber sometido al joven a todas las pruebas que el demonio le inspirara, pensó que, si lograba hacerle perder la pureza del alma, tal vez le conduciría fácilmente a renunciar a su religión. A este objeto mandó que fuese llevado a un jardín de delicias, lleno de rosas y lirios, junto a un riachuelo de aguas cristalinas y juguetonas, bajo la sombra de corpulentos árboles agitados por deliciosa y suave brisa. Una vez allí, le pusieron en un lecho de plumas; atáronle con ligaduras de seda, y le dejaron solo. Entonces hicieron que se acercase a el una cortesana, vestida muy rica y provocativamente. Y comenzó a incitarle al mal con toda la impudencia y las provocaciones que la pasión puede inspirar. Aquel pobre joven, que hubiera dado mil veces su vida antes que manchar la pureza de su hermosa alma, hallabase sin defensa, pues estaba atado de pies y manos. No sabiendo cómo resistir a los ataques de la voluptuosidad, impulsado por el espíritu de Dios, cortóse la lengua con los dientes y la escupió al rostro de aquella mujer; lo cual causó a esta tanta confusión, que la obligó a huir. Este hecho nos muestra cómo nunca permitirá Dios que seamos tentados más allá de nuestras fuerzas. 

Ved también a San Martiniano, que vivió en el siglo IV (Ribadeneyra, 13 febrero). Después de haber morado veinticinco años en el desierto, vióse expuesto a una ocasión muy próxima de pecar. Había ya consentido de pensamiento y de palabra. Más Dios le tocó el corazón y acudió en su auxilio. Concibió entonces un tan hondo pesar del pecado que iba a cometer, que, entrando en seguida en su celda, encendió fuego, y puso en el sus pies. El dolor que experimentaba y el remordimiento del pecado hacíanle exhalar horribles gritos. Zoe, la mujer malvada, que había ido allí a tentarle, al oír los gritos corrió para ver lo que sucedía; y quedó tan conmovida ante aquel espectáculo, que, lejos de pervertir al santo, ella se convirtió. Y pasó el resto de su vida en las lágrimas y en la penitencia. En cuanto a San Martiniano, permaneció siete meses echado en el suelo sin poder moverse, a causa de las heridas de sus pies. Una vez curado, retiróse a otro desierto, donde lloró, pensando en el peligro que corriera de perder su alma. 


Aquí veis lo que hacían los santos; aquí veis los tormentos a que se sometieron antes que perder la pureza de su alma tal vez eso os extrañe; más lo que debería extrañaros es la poca estima en que tenéis tan hermosa virtud. ¡Ay!, ¡tan deplorable desden proviene de no conocer su verdadero valor! 

Digo, finalmente, que debemos profesar una ferviente devoción a la Santísima Virgen, si queremos conservar esta hermosa virtud; de lo cual no nos ha de caber duda alguna, si consideramos que ella es la reina, el modelo y la patrona de las vírgenes... 

San Ambrosio llama a la Santísima Virgen señora de la castidad; San Epifanio la llama princesa de la castidad, y San Gregorio, reina de la castidad... 

Oíd un ejemplo que nos pone de manifiesto cuanto protege la Santísima Virgen la castidad de los que en ella confían, hasta el punto de que no sabe denegarles nada de cuanto le piden. Un caballero muy devoto de la Santísima Virgen había construido una capilla en su honor, en una de las dependencias del castillo que habitaba. Nadie conocía la existencia de dicha capilla. Todas las noches, después del primer sueño, sin decir nada a su mujer, levantabase y dirigiase a la capilla de la Virgen, para pasar allí lo restante de la noche... Su mujer estaba muy apesadumbrada del proceder del marido, pues creía ella que salía de noche para entrevistarse con mujeres de mala vida. Cierto día, la esposa no pudo soportar ya por más tiempo aquel secreto sufrimiento, y dijo a su marido que muy bien se veía que tenia otra mujer preferida. El marido, pensando en la Santísima Virgen, le contesto afirmativamente. Esta respuesta hirió vivamente los sentimientos de aquella mujer, y viendo que su marido no cambiaba de conducta, en un arrebato de pesar, se suicido clavándose un puñal en el pecho. Al volver de la capilla el marido, hallo al cadáver de su mujer bañado en sangre. Afligido en extremo ante aquel espectáculo, cerro con llave la puerta de su cuarto, y se dirigió de nuevo a la capilla de la Virgen, y allí, desconsolado y lloroso, prosternose ante aquella santa imagen, exclamando: «Ya veis, oh Santísima Virgen, que mí esposa se ha suicidado porque venia yo por la noche a permanecer en vuestra compañía. Ya veis que mi mujer está condenada; ¿la dejareis ardiendo en las llamas, cuando se ha suicidado desesperada a causa de mi devoción para con Vos?. Virgen Santa, refugio de los afligidos, servios devolverle la vida; mostrar cuanto os place hacer bien a todos. No saldré yo de aquí hasta que me hayáis alcanzado esta gracia de vuestro divino Hijo». Mientras se hallaba abstraído en sus lágrimas y oraciones, una criada le estaba buscando y llamándole, diciendo que la señora preguntaba por el. Y el caballero le dijo: «¿ Estas segura de que es ella quien me llama? »- «Escuchad su voz», dijo la criada. La alegría del caballero fue tan grande, que no acertaba a separarse de la compañía de la Virgen. Por fin levantose, llorando de alegría y de gratitud, y hallo a su mujer en plena salud. De sus heridas solo le quedaban las cicatrices, para que nunca olvidase tan gran milagro obrado por la protección de la Santísima Virgen. Al ver entrar a su marido, abrazole diciendo: «¡Amado mío!, te estoy altamente agradecida por lo caridad en rogar por mi». Quedo tan agradecida por aquel prodigioso favor, que paso el resto de su vida en lágrimas y penitencia; no podía nunca relatar la gracia que la Virgen había alcanzado de su divino Hijo, sin llorar a lagrima viva, y no tenia otro deseo sino manifestar a todos cuan poderosa es la Santísima Virgen para socorrer a los que en ella confían.

¿Podremos abrigar duda alguna de que nunca dejara de concedernos cuantas gracias le pidamos, a nosotros que estamos aun en la tierra, lugar propicio para la misericordia del Hijo y para la compasión de la Madre?. Siempre que tengamos que pedir una gracia a Dios, dirijámonos a la Virgen Santa, y con seguridad seremos escuchados. ¿Queremos salir del pecado?, acudamos a Maria; Ella nos tomara de la mano y nos conducirá a la presencia de su divino Hijo para recibir de Él el perdón. ¿Queremos perseverar en el bien?, dirijámonos a la Madre de Dios; Ella nos cobijara bajo su manto protector, y contra nosotros nada podrá el infierno. ¿Queréis de ello una prueba?. Vedla aquí: leemos en la vida de Santa Justina (Ribadeneyra, 26 septiembre.) que cierto joven sintió por ella vehemente amor; y viendo que nada podía obtener con sus solicitaciones, acudió a un sujeto llamado Cipriano, el cual tenia tratos con el demonio. Prometiole una cantidad de dinero para el caso de que lograse hacer que Justina consintiese en lo que el deseaba. Al momento la joven se sintió fuertemente tentada contra la pureza; más ella acudió en seguida a la protección de la Virgen, y con ello lograba siempre ahuyentar al demonio. El joven aquel pregunto a Cipriano por que no podía ganar a la doncella, y éste a su vez se dirigió al demonio y le echo en cara su escaso poder en aquel caso, cuando en otros parecidos había siempre satisfecho sus designios. 

-El demonio le contesto: «Es verdad, pero ello es porque la joven acude a la Madre de Dios, y, en cuanto comienza a orar, pierdo todas mis fuerzas y no puedo ya nada». Admirado Cipriano, al ver que quien recurre a la Santísima Virgen resulta tan terrible al mismo infierno, se convirtió y murió santo y mártir. 

Terminare diciendo que, si queremos conservar la pureza de alma y cuerpo, debemos mortificar la imaginación; nunca hemos de permitir que nuestro espíritu divague pensando en aquellos objetos que nos llevan al mal, y poner también mucho cuidado en no ser para los demás ocasión de pecado, ya con nuestras palabras, ya con la manera de vestirnos: esto principalmente por lo que hace a las personas del sexo femenino. Si nos ocurre hallarnos ante una mujer indecentemente vestida, debemos apartar en seguida nuestra vista, y no hacer como aquellos desgraciados que con mirada impúdica fijan en ella sus ojos tanto tiempo cuanto le place al demonio. Hemos de mortificar nuestros oídos nunca debemos oír con gusto palabras ni canciones inmundas. Dios mío, ¿como se explica que tantos padres y madres, tantos amos y señoras, en las veladas de invierno, en los trabajos, oigan sin protesta las más infames canciones, vean cometer actos que escandalizarían a los paganos, sin que se resuelvan a impedirlos, bajo el pretexto de que son bagatelas?. ¡Ah, desgraciados cuántos pecados habrán cometido por vuestra culpa vuestros hijos y servidores!. 

«Bienaventurados, nos dice Jesucristo, los que tienen puro su corazón, pues ellos verán a Dios. » ¡Cuán dichosos los que tienen la fortuna de poseer esta hermosa virtud! ¿No son ellos los amigos de Dios, los preferidos de los ángeles, los hijos mimados de la Santísima Virgen ? Pidamos frecuentemente a Dios, por intercesión de nuestra Santísima Madre, que nos de un alma y un corazón puros y un cuerpo casto; y así tendremos la dicha de agradar a Dios en esta vida, y poder glorificarle durante la eternidad: lo cual a todos deseo.

San Juan Bta. Mª Vianney (Cura de Ars)