lunes, 17 de noviembre de 2014

PREDICCIÓN DEL VENERABLE HOLZHAUSER

"Amarán los hombres vivir con libertad, como los peces en el mar y las aves en el aire, siguiendo sus concupiscencias y deseos, para que cada cual crea y obre lo que quiera, según lo describe San Judas en su Carta Católica. Los preceptos divinos y humanos serán despreciados; los sagrados Cánones serán tenidos por nada... Muchos millares de cristianos, aunque conserven el nombre de católicos por algún respeto o temor humano, estarán interiormente muertos en el ateísmo, indiferentismo, calvinismo, falsa política y odio a los eclesiásticos. Pero no faltarán en este tiempo de desolación algunos amigos del Señor que, como luz del mundo y lámpara colocada en lugar oscuro, brillarán en la tierra para que no sea del todo envuelta por las tinieblas. Y aquel Monarca fuerte que ha de venir, destruirá las repúblicas por sus fundamentos".

Futura Grandeza de España.
Enrique López Galua.
Página 123. Año 1941.

domingo, 16 de noviembre de 2014

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXV)


CAPÍTULO 25 

Del ejercicio de humildad que tenemos en la Religión. 

El bienaventurado San Basilio, prefiriendo y anteponiendo la vida monástica a la solitaria, una de las razones que de esto da es porque la vida solitaria, fuera de ser peligrosa, no es tan suficiente para alcanzar las virtudes necesarias como la monástica, por carecer del uso y ejercicio de ellas. Porque ¿cómo se ejercitará en la humildad el que no tiene alguno a quien humillarse? Y ¿cómo se ejercitará en la caridad y misericordia quien no tiene trato ni comunicación con otro? Y cómo se podrá ejercitar en la paciencia el que no tiene quien le resista a lo que quiere? Pero el religioso que vive en comunidad tiene gran comodidad para alcanzar todas las virtudes necesarias, por la ocasión grande que tiene de ejercitarse en todas ellas: en la humildad, porque tiene a quien se humillar y sujetar; en la caridad, porque tiene con quien la ejercitar; en la paciencia, porque a quien trata con tantos nunca le faltan ocasiones para esto; y así podríamos ir discurriendo por las demás virtudes. Mucho debemos al Señor los religiosos por la merced tan grande que nos ha hecho en traernos e la Religión, donde hay tanta disposición y tantos medios para alcanzar la virtud; al fin es escuela de perfección. 

Pero nosotros tenemos en esto particular obligación; porque, fuera de los medios comunes, nos ha dado otros muy particulares, y especialmente para alcanzar la virtud de la humildad, y esto de regla y constitución. De manera, que si guardamos bien nuestras reglas, seremos muy humildes, porque en ellas tenemos muy bastante ejercicio para ello. Tal es el que nos pide aquella regla y constitución, tan principal e importante en la Compañía, que nos manda tengamos toda nuestra conciencia descubierta al superior, dándole cuenta de todas nuestras tentaciones, pasiones y malas inclinaciones, y de todos nuestros defectos y miserias; y aunque es verdad que esto se ordena para otros fines, como diremos en su propio lugar, pero no hay duda sino que es grande ejercicio de humildad. Tal es también el que nos pide aquella regla que dice: «Para más aprovecharse en espíritu, y especialmente para mayor bajeza y humildad propia, deben todos contentarse que todos los errores y faltas y cualesquiera cosas que se notaren y supieren suyas sean manifestadas a sus mayores por cualquier persona que, fuera de confesión, las supiere. Nótese aquella razón que da, «para mayor bajeza y humildad propia»; porque eso es lo que vamos diciendo. Si deseáis alcanzar la verdadera humildad, vos os holgaréis de que todas vuestras faltas sean manifestadas a vuestros mayores. Y así el buen religioso y humilde, él mismo va a decir sus faltas al superior y pedir penitencia por ellas, y procura que el primero de quien el superior sepa sus faltas sea de él mismo. 

Y no sólo esto, sino mucho mayor ejercicio de humildad tenemos en la Compañía, porque públicamente decís vuestras culpas delante de todos, para que os desprecien y tengan en poco; que ése es el fin de ese ejercicio de humildad, no para que os tengan por humilde y mortificado, porque ése no sería acto ni ejercicio de humildad, sino de soberbia. Con este mismo espíritu habéis de tomar y desear las reprensiones, no sólo en particular y en secreto, sino en público delante de todos, y cuanto es de vuestra parte os habéis de holgar que se haga aquello muy de veras, y lo sientan así y os tengan por tal. Y generalmente el uso y ejercicio de todas las penitencias y manifestaciones exteriores que se usan en la Compañía ayuda mucho para alcanzar y conservar la verdadera humildad: el besar los pies, el comer debajo de la mesa o hincado de rodillas, el postrarse a la puerta del refectorio, etcétera. Si estas cosas se hacen con el espíritu que se han de hacer, serán de mucho provecho para alcanzar la verdadera humildad y para conservarla. Cuando os sentáis a comer en el suelo lo habéis de hacer con un conocimiento interior de vos mismo que no merecéis sentaros a la mesa con vuestros hermanos; y cuando les besáis los pies, que no merecéis aun besar la tierra que ellos pisan; y cuando os postráis, que merecéis que todos os pisen la boca. Y habéis de querer y desear que todos lo sientan así. 

Y sería muy bueno que cuando uno hace estas mortificaciones, se actuase interiormente en estas consideraciones, como lo hacía aquel santo monje que estuvo siete años a la puerta del monasterio, de quien dijimos en el capítulo pasado; porque de esa manera serán ellas de mucho provecho y engendrarán humildad allá dentro en el corazón. Pero si vos hacéis esas cosas sin espíritu y solamente exteriormente, serán de poco provecho; porque, como dice San Pablo (1 Tim., 4, 8). [el ejercicio corporal para poco vale y poco aprovecha]. Eso es hacer las cosas por cumplimiento y costumbre, cuando se hace solamente lo exterior, sin espíritu y sin procurar conseguir el fin que se pretende con ello. Si vos acabáis de besar los pies a vuestros hermanos y de postraros para que todos os pisen, y después les habláis palabras ásperas y desabridas, no viene bien lo uno con lo otro: eso es señal que aquello fue cumplimiento o hipocresía. 

Estos y otros muchos ejercicios de humildad tenemos en la Compañía, de regla y constitución. Los he querido traer aquí a la memoria, aunque los apuntamos arriba a otro propósito, para que pongamos los ojos en ellos, y eso sea en lo que principalmente ejercitemos la humildad. Porque en lo que el religioso ha de ejercitar y mostrar principalmente la virtud y mortificación, ha de ser en aquello que es menester para guardar muy bien las reglas y constituciones de su Religión, porque eso es en lo que consiste nuestro aprovechamiento y perfección. Y si no tenéis virtud para poner por obra las cosas de humildad y mortificación a que os obliga vuestra regla e instituto, no hagáis caso de cuanto tenéis. Como podemos decir también de cualquier cristiano, que lo principal para que tiene necesidad de humildad y mortificación para guardar la Ley de Dios; y si para eso no la tiene, poco o nada le aprovechará. Si no tiene humildad y mortificación para confesar una cosa vergonzosa, sino que de vergüenza, o por mejor decir, de soberbia la deja, y quebranta un mandamiento tan principal, ¿qué le aprovechará cuanto tuviere e hiciere, pues por sólo eso se condenará? Así podemos decir en su modo del religioso: Si vos no tenéis humildad para descubrir al superior vuestra conciencia, y cumplir una regla tan principal como esa, ¿de qué sirve la humildad y mortificación? Si aún no podéis sufrir que otro avise de vuestra falta al superior para que os corrija, ¿dónde está vuestra humildad? Si no la tenéis para recibir la reprensión y la penitencia, y para hacer el oficio bajo y humilde, y para ser incorporado en el grado que os quisiere poner la Compañía, ¿de qué os sirve la humildad y la indiferencia, y para qué la quieren los superiores? A este modo puede especificar cada religioso en las cosas particulares de su Religión, y cada uno en las particulares que pide su estado y oficio.

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J. 

viernes, 14 de noviembre de 2014

CUIDADO CON LOS FALSOS VIDENTES (II PARTE )

(por Monseñor Marcel Lefebvre)

Sermón del Arzobispo Marcel Lefebvre con ocasión de la bendición del Priorato San Pío X en Shawinigan, 08 de noviembre 1977.

En nuestro tiempo hay un gran peligro, mis queridos hermanos, que nos amenaza a todos los tradicionalistas un poco, nosotros que nos llamamos a nosotros mismos tradicionalistas, quienes acertadamente deseamos mantener la tradición. Existe el peligro que nos amenaza, porque las autoridades de Roma, en su falla a cumplir con su deber, por así decirlo, ya no están haciendo nada, de una misteriosa, incomprensible manera, pero que ya no están haciendo nada para condenar verdaderamente los errores, para condenar los desvíos doctrinales de nuestra fe. La Iglesia ya no actúa. Todo el mundo está trabajando en la búsqueda de la verdad. Los teólogos, los sacerdotes, los obispos, están todos en la búsqueda de la verdad. Y sin embargo, Roma no dice nada. La gente puede decir cualquier cosa; se puede escribir cualquier cosa, y no hay nada dicho excepto contra los tradicionalistas.

Pero este fracaso de la Autoridad de Roma es muy serio. Porque esto nos pone en una situación conflictiva, en una situación confusa. No es de extrañar que incluso entre los tradicionalistas, somos como huérfanos sin padre. Los obispos ya no hacen nada, los obispos ya no nos conducen. Ya no nos dicen lo que debemos hacer, dónde está la verdad y dónde está el error, dónde está el bien y dónde está el mal. Nosotros ya no sabemos, las personas ya no saben.

Así que hay la tendencia a ser conducido hacia esta o aquella devoción, para ser llevado hacia este o aquel grupo que, dicen, tiene relaciones con el cielo, esta o aquella persona que tiene, dicen, mensajes, otro que tendría inspiraciones particulares. Es muy peligroso. ¿Por qué? Porque cuando los obispos están ahí, cuando los obispos actúan como pastores del rebaño, que ven. Y si hay algo en el rebaño, si una persona llega a decirle a un obispo: Tuve relaciones especiales con la Santísima Virgen, la Santísima Virgen se me apareció, la Santísima Virgen me dijo esto, Nuestro Señor me dijo que, entonces el obispo dice: bien, vamos a examinar esto. Voy a nombrar para usted tal o cual abogado canónico, este o aquel teólogo que irá a verle, que le hará preguntas a usted, que va a ver si todo está correcto. Después de seis meses, un año, o dos años, después de un muy meticuloso estudio, el obispo dice sí o no. Él da un juicio. Los fieles son guiados, ellos están protegidos.

Si la aparición es real, entonces no hay peligro para la fe, si todo en él se ajustaba a nuestra fe. Pero si no está conforme con la fe, el obispo debe proteger el rebaño en contra de estas cosas que pueden ser diabólicas, porque el demonio sabe muy bien cómo imitar al cielo y nos engaña. Hoy en día ya no hay nadie que nos guíe, ya no hay nadie para juzgar por nosotros, por lo que la gente corre de aquí para allá, ahora escuchan un rumor, entonces de nuevo otro rumor. Cuando eso sucede, hay que recordar las palabras de Nuestro Señor: "Un día vendrá cuando ellos les dirán: Nuestro Señor está en el desierto, Nuestro Señor está en la ciudad, Nuestro Señor está aquí, Nuestro Señor está ahí. No vayas allí ", Nuestro Señor dijo esto. Y ¿por qué no ir allí? Porque usted no sabe, usted podría encontrarse entre los demonios. Quédate, por lo tanto, en la fe. En nuestros tiempos, debemos mantener la fe.

Pero ¿dónde está la fe? En su catequesis - no es difícil. Abra su catecismo, lo tienes todo. El catecismo es el camino al cielo. Es su libro que lleva usted al cielo. Tome su Credo. Usted tiene los mandamientos de Dios y de la Iglesia, usted tiene los sacramentos, el Santo Sacrificio de la Misa, las virtudes cristianas, el Padre Nuestro, la devoción a la Santísima Virgen María. Con eso tiene todo. No hay necesidad de nada más. Ese es el resumen de la Tradición, es el resumen de la revelación, es el resumen de la Tradición y de la Escritura. Es lo que los apóstoles han puesto en nuestras manos y que los obispos de generación en generación nos han dado. Debemos aferrarnos a esto y tener cuidado con todo el resto.

Vivimos en una época en que el demonio es más potente que nunca. Entonces tenemos que tener cuidado. Tenemos que tener cuidado con todas esas cosas que son un poco extraordinarias, que nos podrían llevar de esta manera y de esa manera y que podrían hacer que nos olvidemos de lo que es esencial, porque el diablo nos puede distraer de la fe. Él nos quiere engañar, por lo que nos distrae con una cosa u otra, y durante ese tiempo, no hacemos el trabajo que se supone que debemos hacer. Por lo tanto debemos mantener nuestra fe. Eso es lo que me gustaría que el priorato fuese también: una casa donde se mantiene la fe.

Pues bien, no se sorprenderá si nuestros sacerdotes no siempre son muy entusiastas sobre esta o aquella llamada aparición, tal o cual lugar de peregrinación. No estoy hablando acerca de los antiguos santuarios que han sido confirmados por la Tradición, como el de San José en Montreal o los tres grandes santuarios tradicionales de Quebec. Estoy hablando de los nuevos lugares de peregrinación que surgen repentinamente en un lugar, que hay de repente en otro lugar, etc.


Traducido al español por Carla d'Amore

CUIDADO CON LOS FALSOS VIDENTES (I PARTE)

La Santísima Virgen
(por Monseñor Marcel Lefebvre)

El segundo don es el de la Santísima Virgen María. Ella nunca ha cambiado.
¿Es posible imaginar que la Santísima Virgen María podría cambiar en su actitud hacia la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, su divino Hijo, hacia el Sacrificio de la Cruz, hacia la obra de nuestra redención? ¿Es posible imaginar que la Santísima Virgen María podría cambiar ni un ápice de su fe, que ella podría haber tenido dudas en algún período de su vida, o que Ella podría haber pensado de estar a sí misma equivocada? O que podría haber dudado de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, dudado de la Santísima Trinidad, Ella que estaba llena del Espíritu Santo? ¡Imposible! Inconcebible!

Aquí abajo Ella ya estaba en la eternidad. La Santísima Virgen María, a través de su fe, una inmutable, profunda fe, no podía ser perturbada de ninguna manera. Eso es evidente. No nos molestaran a nosotros mismos los ruidos que nos rodean, para mantenernos fieles, fieles como la Santísima Virgen María.

Y quiero añadir en este tema de la Santísima Virgen María algo que me parece que es importante para nosotros en este momento en el que vivimos. Continuamente se nos dice que la Virgen dice esto o aquello. La Virgen ha aparecido aquí, la Virgen ha comunicado este mensaje a esta persona. Por supuesto, no descartamos la posibilidad de que la Santísima Virgen dirija su palabra a personas de su elección. Eso es evidente. Pero teniendo en cuenta en los tiempos que estamos viviendo, hay que sospechar. Debemos desconfiar. 

El lugar que la Santísima Virgen María tiene en la teología de la Iglesia es, en mi opinión, infinitamente suficiente para hacer que la amemos por encima de todo el mundo después de Nuestro Señor Jesucristo, y que debemos tener hacia ella una devoción que sea   profunda y continúa día tras día. No es necesario que tengamos que recurrir constantemente a los mensajes porque no podemos estar absolutamente seguros de si proceden de la Santísima Virgen o no: no estoy hablando de las apariciones que han sido reconocidas por la Iglesia. Pero hay que tener mucho cuidado cuando se trata de rumores que circulan por todas partes hoy en día. Todo el tiempo estoy recibiendo personas o comunicaciones que se dice se dirigen a mí de la Santísima Virgen o de Nuestro Señor - un mensaje recibido aquí, otro allá. Mientras que en realidad deberíamos pensar que la Santísima Virgen está con nosotros todos los días.

Y Ella está. Nosotros lo sabemos. Ella está con nosotros. Ella está presente en cada Sacrificio de la Misa. Ella no puede separarse de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo. Nuestra devoción a la Santísima Virgen debe ser profunda, perfecta. Pero no debería tener que depender de los mensajes privados.

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Un sermón pronunciado por Su Excelencia el Arzobispo Marcel Lefebvre en el Trigésimo Aniversario de su consagración como obispo.


Traducido al español por Carla d'Amore

jueves, 13 de noviembre de 2014

domingo, 9 de noviembre de 2014

LOS SUEÑOS DE SAN JUAN BOSCO: EL PURGATORIO


El Purgatorio 


Primera parte: Mensaje de un difunto.

El 25 de junio de 1867 habló así a la comunidad: “Soñé que viajaba hacia una ciudad y que atravesaba por pueblos desconocidos y que deseaba saber cómo será el estado de un alma en la otra vida. De pronto oí la voz de una persona desconocida que me decía: – Ven conmigo y podrás ver y conocer lo que deseas.

Obedecí inmediatamente y seguí a esa persona que viajaba a la velocidad del pensamiento y sin tocar tierra. Y yo viajaba de la misma manera. Llegamos a un palacio de magnifica construcción que estaba como suspendido sobre los aires y tenía las puertas y ventanas a una gran altura.

El personaje me dijo: – Haga como yo y podrá subir hasta allá.

Enseguida levantó las manos en lo alto hacia el Cielo y empezó a subir por los aires. Yo levanté también mis brazos y me sentí elevado por los aires como una nube. Y llegué frente a la puerta del gran palacio.

El guía me dijo: – Entre al palacio y conozca lo que hay allí. Al fondo encontrará quién le explique.

Subí las escaleras y me encontré en una sala hermosísima adornada muy lujosamente. Fui recorriendo salas y corredores con la velocidad de la luz y cada vez veía más y más elegancias y bellos adornos.

Seguí viajando como por los aires sin tocar suelo y de pronto llegué a un salón inmenso adornado y bellos sobre toda ponderación y allá al fondo vi a un señor obispo muy amigo, muerto hace poco. Parecía que no sufría nada, y tenía un aspecto muy saludable, muy alegre y muy amable. Yo le pregunté: – Monseñor, ¿Está vivo o está muerto? – Para el mundo he muerto. Pero aquí estoy vivo.

- ¿Y se ha salvado Monseñor? – Sí, mire como estoy de fuerte y saludable. Estoy en un lugar de salvación.

- ¿Y está en el paraíso? ¿O está en el Purgatorio? – Estoy en un lugar de salvación. Pero todavía no he logrado ver a Dios.

Necesito que recen mucho por mí.

- Monseñor, ¿yo me salvaré? – Tenga esperanza y fe en que se podrá salvar.

- ¿Y qué mensaje les envía a los jóvenes y a mis discípulos? – Que sean obedientes, que se porten bien, que cuiden mucho la virtud de la pureza y que se confiesen frecuentemente y comulguen con fervor y devoción.

- ¿Y qué otro consejo les quiere enviar? – Que se quiten de los ojos del alma esa niebla que no les deja ver bien, y que consiste en que por pensar como el mundo no se dedican a pensar en lo sobrenatural.

- ¿Y qué deben hacer para quitarse esa niebla o nube? – Que piensen que el mundo está todo puesto en el maligno, como dijo San Juan. Que no se dejen engañar por las apariencias de lo que es mundano y materialista. Muchos se imaginan que los placeres, las riquezas, las vanidades y los goces del mundo pueden hacerlos felices, y se dedican sin freno a todo eso, pero el Libro Santo dice: “Todo es vanidad de vanidades y aflicción de espíritu”. Que se acostumbren a ver lo mundano y material, no según su apariencia sino según su realidad. Porque los juicios de Dios son diferentes de los del mundo, y lo que la gente aprecia como sabiduría y de mucho valor material, puede ser necedad y de poco valor para Dios.

- ¿Y cuál es la nube más oscura para los ojos del alma?- Lo que más oscurece y llena de tinieblas el alma es la impureza, así como la virtud de la pureza vuelve al alma muy blanca y brillante. El vicio de la impureza es como un negro nubarrón que impide a la gente ver el precipicio tan peligroso a donde van a caer si se dedican a pecar. Dígales a todos que se esfuercen por conservar a cualquier costo la virtud de la pureza. “Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios” (Mt. 5).

- ¿Y qué remedios aconseja para que las personas conserven la pureza? – El Retiro: el recogimiento; que se aparten de las ocasiones de pecar. Que cumplan exactamente los Reglamentos. Que no estén nunca desocupados sin hacer nada. Y que le dediquen buen tiempo a la oración.

- ¿Y qué otros remedios nos recomienda? – Rezar. Darle importancia a la oración. Retiro, recogimiento: apartarse de toda ocasión de pecado. No estar nunca ociosos o perdiendo el tiempo. Estos remedios son muy provechosos.


Segunda parte: Con el deseo de repetir a mis discípulos estos consejos tan importantes del señor obispo, me vine apresuradamente para la casa, pero luego me detuve y me puse a pensar: – ¿Por qué no estar más tiempo con Monseñor? ¿Me podrá decir muchas recomendaciones importantes más? Y me volví rápidamente a donde él estaba. Pero durante el corto tiempo que yo había estado ausente, se habían obrado cambios importantes. El obispo estaba pálido como una cera. Parecía un cadáver. De los ojos le brotaban abundantes lágrimas. Estaba como agonizando. Me le acerqué angustiado y le dije: – Monseñor, ¿en qué le puedo ayudar? – Rezad por mí y dejadme ir a donde la mano Omnipotente de Dios me conduce.

- ¿Y no tiene algún otro mensaje para enviar? – Que recen por mí. Y al Señor obispo que me reemplazó dígale esto y esto (y me dio unos mensajes para llevarle) y a tales individuos lléveles estos mensajes en secreto (y me dio unos mensajes para ellos). A sus alumnos dígales que yo siempre los quise mucho y recé por ellos. Que ahora recen ellos por mí.

El aspecto del Prelado demostraba un gran sufrimiento que aumentaba cada vez más. Mirarlo producía compasión en el alma sufría muchísimo. Era una agonía verdaderamente angustiosa. Luego exclamó: – Dejadme, que voy a donde el Señor me llama.

Y así mientras parecía agonizar, una fuerza invisible se lo fue llevando hacia las habitaciones más interiores del edificio, y desapareció de mi vista.

Yo al contemplar una escena tan dolorosa me conmoví y… me desperté.

En este sueño aprendí muchas cosas acerca del Purgatorio y de la otra vida, cosas que jamás había entendido bien, y que ahora las comprendí tan claramente que ya nunca las olvidaré.

Explicaciones: El Padre Lemoyne dice que Don Bosco le preguntó al obispo cuánto tiempo le quedaba a él de vida sobre la tierra y que Monseñor le entregó un papelito donde había varios números 8 como engarzados en un garabato. Por el momento no entendió mucho, pero cuando llegó el año 1888 el Santo se dio cuenta de que aquél sería el año de su muerte (varios números 8 colgados de un garabato, un número 1 al revés) y en ese año murió.

Algunos pueden preguntarse cómo todo un obispo y muy virtuoso podía tener tantas angustias en la otra vida. Es que el Libro Santo dice que “Dios encuentra manchas hasta en sus propios ángeles”. Y en el Salmo 88 dice el Señor: “A mis seguidores, aunque no les retiraré mi favor, sin embargo les castigaré fuertemente las desobediencias a mis mandamientos y les haré sufrir por sus descuidos en cumplir mis mandatos”.

Don Bosco narraba después que él fue donde el obispo reemplazante a comunicarle los mensajes que le enviaba el obispo muerto, y que eran muy importantes para el buen orden de la diócesis. Y a los otros individuos también les llevó a cada uno el mensaje del difunto. A los alumnos les repitió en varias ocasiones los tres consejos del Prelado desde la otra vida: “Para evitar el pecado: ante todo RETIRO; apartarse de las ocasiones de pecar. Luego, ORACIÓN, mucha oración. Y finalmente: EVITAR EL OCIO: no estarse nunca sin hacer nada o perdiendo el tiempo.

jueves, 6 de noviembre de 2014

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 35


UN ÚLTIMO CASO QUE NOS PERSUADE DE ESTA 
VERDAD DEL PRIVILEGIO SABATINO

En la vida de la venerable madre Sor Francisca del Santísimo Sacramento, Carmelita descalza, que murió en olor de santidad, se nos dice que, habiendo muerto una religiosa que había sido por varios años su prelada, se le apareció a la venerable manifestándole, con su aspecto y sus palabras, ser atormentada con horribles penas en el Purgatorio, por haber en algo faltado a sus reglas, suplicando encarecidamente a la venerable se las aliviase con sus oraciones, porque aún le faltaba no poco que padecer. Como hubiera ya muchos días que había muerto la prelada, admirada la angelical Sor Francisca, le preguntó: "Pues, qué, ¿no le ha valido la bula sabatina?" A lo cual respondió el alma, para ejemplo y consuelo nuestro: "A los que cumplen con las prescripciones que nos dejó Nuestra Señora cuando las concediera al Sumo Pontífice Juan XXII los saca infaliblemente nuestra dulce Madre, pero ¡ ay!, que por desgracia son bastante pocos los que cumplen con tan nimias prescripciones de la Virgen Inmaculada".

¡Oh, flaqueza de la mísera condición humana!, pues siendo tan poquísimo lo que nos pide María Santísima son pocos los que cumplen cual deben con semejantes obligaciones. Procura, pues, ser tú uno de éstos, para que, si eres llamado a gozar de esta gran indulgencia sabatina, seas también de los escogidos, logrando la felicidad eterna de sus frutos,y da mil gracias a la Santísima Virgen, que, por su piedad y clemencia, jamás deja de cumplirnos su promesa, si es que nosotros somos fieles y constantes en cumplir como buenos hijos para con Ella.

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen
por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.