En las Crónicas de la Orden de Santo Domingo se cuenta que
un padre de los primeros de la Orden, después de haber estado en
ella algunos años con gran ejemplo de vida y gran limpieza de
ánima, no sentía ninguna manera de consolación ni gusto en los
ejercicios de la Religión, ni meditando, ni orando, ni contemplando, ni
leyendo. Y como siempre oía decir del regalo que Dios hacía a otros,
y de los sentimientos espirituales que tenían, estaba medio
desesperado, y como tal se puso a decir una noche en la oración
delante de un crucifijo, estos desatinos:
Señor, yo siempre he entendido que en bondad y mansedumbre
excedéis a todas vuestras criaturas: me veis aquí que os he servido
muchos años, y he sufrido por vuestro respeto hartas tribulaciones, y
de buena gana me he sacrificado a Vos sólo; y si la cuarta parte del
tiempo que ha que os sirvo hubiera servido a un tirano, ya me
hubiera mostrado alguna señal de benevolencia, siquiera con una
buena palabra, o con un buen rostro, o con una risa; y Vos, Señor,
ningún regalo me habéis hecho, ni tengo de Vos recibido el menor
favor que soléis hacer a otros; y siendo Vos la misma dulzura, sois
para mí más duro que cien tiranos. ¿Qué es esto, Señor? ¿Por qué
queréis que pase así? Estando en esto oyó súbitamente un
estruendo tan grande como si toda la iglesia viniera al suelo, y en los
desvanes había tan temeroso ruido como si millares de perros con
los dientes estuvieran despedazando el enmaderamiento.
De lo cual, como se asombrase, y temblando de miedo volviese
la cabeza para ver qué sería, vio a sus espaldas la más fea y horrible
visión del mundo, de un demonio que con una barra de hierro, que
tenía en la mano, le dio tan grande golpe en el cuerpo, que cayendo
de él en tierra no pudo más levantarse; pero tuvo ánimo para ir arrastrando hasta un altar, que estaba allí junto, sin poder menearse
de puro dolor, como si lo hubieran descoyuntado a golpes.
Cuando los frailes se levantaron a Prima, y le hallaron como
muerto, sin saber la causa de tan súbito y mortal accidente, le llevaron a la enfermería, a donde por tres semanas enteras que
estuvo con dolores gravísimo, era tan grande su hedor, y tan sucio y
asqueroso, que en ninguna manera podían entrar a curarle los
religiosos, ni a servirle, sino tapándose primero las narices y con
otras muchas prevenciones. Pasado este tiempo, tomó algunas
fuerzas, y en pudiendo tenerse en pie, quiso curarse de su loca
presunción y soberbia. Y tornando al lugar donde había cometido la
culpa, buscó en él el remedio de ella, y con muchas lágrimas y
humildad hacia su oración bien diferente de la pasada: confesaba su
culpa y se conocía por indigno de bien alguno, y por muy merecedor
de pena y castigo. Y el Señor le consoló con una voz del Cielo, que
le dijo: Si quieres consolaciones y gustos, te conviene ser humilde, y
reconocer tu bajeza, y entender que eres más vil qué el lodo, y de
menos valor que los gusanos que huellas con los pies. Y con esto
quedó tan escarmentado, qué de ahí adelante fue perfectísimo
religioso
Ejercicio de Perfección y Virtudes Cristianas
Padre Alonso Rodríguez S.J.
Parte 1ª - Tratado 8. Capítulo 29
