sábado, 1 de octubre de 2011

LA CONFIANZA EN LA PROTECCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA

Autor: San Alfonso Mª Ligorio

Quien me hallare, hallará la vida,
y alcanzará del Señor la salud.
(Pr. 8, 35)


PUNTO 1

¡Cuántas gracias debemos dar a la misericordia de Dios, exclama San Buenaventura, por habernos conseguido como abogada a la Virgen María, cuyas súplicas pueden alcanzarnos todas las mercedes que deseemos!...
¡Pecadores y hermanos míos!, aunque seamos culpables ante la divina justicia, y nos consideremos por nuestras maldades ya condenados al infierno, no desesperemos todavía. Acudamos a esta divina Madre, amparémonos bajo su manto, y Ella nos salvará. Exige de nosotros la resolución de mudar de vida. Formémosla, pues; confiemos verdaderamente en María Santísima, y Ella nos alcanzará la salvación... Porque María es abogada poderosa, abogada piadosísima, abogada que desea salvarnos a todos.
Consideremos, primeramente, que María es poderosa abogada, que todo lo puede con el soberano Juez, en provecho y beneficio de los que devotamente la sirven... Singular privilegio concedido por el mismo Juez, Hijo de la Virgen. “¡Es grande privilegio que María sea poderosísima para con su Hijo!”.
Afirma Gerson que la bienaventurada Virgen obtiene de Dios cuanto le pide con firme voluntad, y que como Reina manda a los ángeles para que iluminen, perfecciones y purifiquen a los devotos de Ella. Por eso la Iglesia, a fin de inspirarnos confianza en esta gran abogada nuestra, hace que la invoquemos con el nombre de Virgen poderosa: Virgo potens, ora pro nobis...
¿Y por qué es tan eficaz la protección de María Santísima? Porque es la Madre de Dios. Las oraciones de la Virgen María, dice San Antonino, siendo como es María Madre del Señor, son, en cierto modo, mandatos para Jesucristo; así no es posible que cuando ruega no alcance lo que pide.
San Gregorio, Arzobispo de Nicomedia, dice que el Redentor, para satisfacer la obligación que tiene con esta Santa Madre por haber recibido de Ella la naturaleza humana, concede cuanto María solicita. Y Teófilo, Obispo de Alejandría, escribe estas palabras: “Desea el Hijo que su Madre le ruegue, porque quiere otorgarle cuanto pida, para recompensar así el favor que de ella recibió”.
Con razón, pues, exclamaba el mártir San Metodio: “¡Alégrate y regocíjate, oh María, que lograste la ventura de tener por deudor al Hijo de quien todos somos deudores, porque cuanto tenemos es don suyo!...”.
Del mismo modo Cosme de Jerusalén repite que el auxilio de María es omnipotente, y lo confirma Ricardo de San Lorenzo, notando cuán justo es que la Madre participe del poder del Hijo, y que siendo Éste omnipotente, comunique a su Madre la omnipotencia. El Hijo es omnipotente por naturaleza; la Madre es omnipotente por gracia, de suerte que obtiene con sus oraciones cuanto desea, según aquel célebre verso: Quod Deus imperio, tu prece Virgo, potes. (Puedes, Virgen, con tus preces – lo que Dios con sus mandatos).
La misma doctrina consta en las Revelaciones de Santa Brígida (lib. 1, cap. 4). Oyó aquella Santa que Jesús decía a su bendita Madre que le pidiera cuanto quisiese, y que cualesquiera que fuesen sus peticiones, nunca rogaría en vano. Y el Señor manifestó el motivo de tal privilegio diciendo: “Nada me negaste nunca en la tierra; nada te negaré Yo en el Cielo”.
En resolución: no hay nadie, por malvado que sea, a quien María no pueda salvar con su intercesión... ¡Oh Madre de Dios!, exclama San Gregorio de Nicomedia, nada puede resistir a tu poder, porque tu Creador estima y aprecia tu gloria como si fuera suya... Vos, Señora, lo podéis todo, dice también San Pedro Damiano, puesto que aun a los desesperados podéis salvar.


AFECTOS Y SÚPLICAS

Amadísima Reina y Madre mía, diré con San Germán: “Vos sois omnipotente para salvar a los pecadores, y no necesitáis para con Dios de mayor encomio que el ser Madre de la verdadera Vida”. Así, pues, Señora, recurriendo a Vos, no puede todo el peso de mis pecados hacerme desconfiar de mi salvación.
Con vuestras súplicas alcanzáis cuanto queréis, y si rogáis por mí, ciertamente me salvaré. Orad, pues, por este miserable, diré como San Bernardo, ya que vuestro divino Hijo oye y concede todo lo que le pedís. Pecador soy, pero quiero enmendarme, y me complazco en ser vuestro siervo amantísimo. Indigno soy también de vuestra protección; mas bien sé que nunca desamparáis al que en Vos pone su esperanza. Podéis y queréis salvarme, y por eso confío en Vos...
Cuando vivía alejado de Dios y no pensaba en vuestra bondad, os acordabais Vos de mí y me alcanzasteis la gracia de enmendarme. ¡Cuánto más debo confiar en vuestra clemencia ahora que me consagro a vuestro servicio, y espero en Vos y a Vos me encomiendo!
¡Oh María!, rogad por mí y hacedme santo. Alcanzadme el don de la perseverancia y amor profundo a vuestro Hijo y a Vos misma. Os amo, Reina y Madre mía amabilísima, y espero que os amaré siempre. Amadme Vos también, y con vuestro amor, mudadme de pecador en santo.


PUNTO 2

Consideremos, en segundo lugar, que María es abogada tan clemente como poderosa, y que no sabe negar su protección a quien recurre a Ella. Fijos están sobre los justos los ojos del Señor, dice David. Mas esta Madre de misericordia, como decía Ricardo de San Lorenzo, tiene fijos los ojos, así en los justos como en los pecadores, a fin de que no caigan; y si hubieran caído, para ayudarlos a que se levanten.
Parecíale a San Buenaventura cuando contemplaba a la Virgen que miraba la misma misericordia, y San Bernardo nos exhorta a que en todas nuestras necesidades recurramos a esta poderosa abogada, que es en extremo dulce y benigna para cuantos se encomiendan a Ella.
Por eso la llamamos hermosa como la oliva. Quasi oliva va speciosa in campis (Ecl. 24, 19); pues así como de la oliva mana óleo suave, símbolo de piedad, así de la Virgen surgen gracias y mercedes que dispensa a todos los que se acogen a su amparo.
Bien decía, pues, Dionisio Cartusiano al llamarla abogada de los pecadores que en ella se refugian. ¡Oh Dios, qué dolor tendrá un cristiano que se condena al considerar que a tan poca costa pudiera haberse salvado acudiendo a esta Madre de misericordia, y que no lo puso por obra ni habrá ya tiempo de remediarlo!
La bienaventurada Virgen dijo a Santa Brígida (Rev. 1, 1, c. 6): “Me llaman Madre de misericordia, y en verdad lo soy, porque así lo ha dispuesto la clemencia de Dios...” Pues ¿quién nos ha dado tal abogada, que nos defienda, sino la misericordia divina, que a todos nos quiere salvar?... Desdichado será –añadió la Virgen..., eternamente desdichado, el que pudiendo acudir a Mí, que con todos soy tan piadosa y benigna, no quiere buscar mi auxilio y se condena”.
¿Tememos acaso, dice San Buenaventura, que nos niegue María el socorro que le pidamos?... No; que no sabe ni supo jamás mirar sin compasión y dejar sin auxilio a los desventurados que lo reclaman de Ella. No sabe, ni puede, porque fue destinada por Dios para ser reina y Madre de Misericordia, y como tal tiene que atender a los necesitados. Reina sois de misericordia, le dice San Bernardo; ¿y quiénes son los súbditos de la misericordia sino los miserables? Y luego el Santo, por humildad, añadía: “Puesto que sois, ¡oh Madre de Dios!, la Reina de la misericordia, mucho debéis atenderme a mí, que soy el más miserable de los pecadores”.
Con maternal solicitud, sin duda, librará de la muerte a sus hijos enfermos, pues la bondad y clemencia de María la convierten en Madre de todos los que sufren.
San Basilio la llama casa de salud, porque así como en los hospitales de enfermos pobres tiene más derecho a entrar el más necesitado, María, como dice aquel Santo, ha de acoger y cuidar con piedad más solícita y amorosa a los más grandes pecadores de todos los que a Ella recurren.
No dudaremos, pues, de la misericordia de María Santísima. Santa Brígida oyó que el Salvador decía a la Virgen: “Aun para el mismo diablo usarías de misericordia si la pidiese con humildad”. El soberbio Lucifer jamás se humillará; pero si se humillase ante esta soberana Señora y le pidiese auxilio, la intercesión de la Virgen le libraría del infierno.
Nuestro Señor con aquellas palabras nos dio a entender lo mismo que su amada Madre dijo luego a la Santa: que cuando un pecador, por muy grandes que sean sus culpas, se le encomienda sinceramente. Ella no atiende a los pecados de él, sino a la intención que le mueve; y si tiene buena voluntad de enmendarse, le acoge y sana de todos los males que le abruman: “Por mucho que el hombre haya pecado, si acude a Mí verdaderamente arrepentido, apresúrome a recibirle, no miro el número de sus culpas, sino el ánimo con que viene. Ni me desdeño de ungir y curar sus llagas, porque me llaman, y realmente soy, Madre de misericordia”.
Con verdad, pues, nos alienta San Buenaventura (In Sal. 8), diciendo: No desesperéis, pobres y extraviados pecadores; alzad los ojos a María y respirad, confiados en la piedad de esta buena Madre. Busquemos la gracia perdida, dice San Bernardo, y busquémosla por medio de María; que ese alto don, por nosotros perdido, añade Ricardo de San Lorenzo, María lo encontró, y a Ella, por tanto, debemos acudir para recuperarle.
Cuando al arcángel San Gabriel anunció a la Virgen la divina maternidad, le dijo: “No temas, María, porque hallaste gracia” (Lc. 1, 30). Mas si María, siempre llena de gracia, jamás estuvo privada de ella, ¿cómo dijo el ángel que la había hallado? A esto responde el cardenal Hugo que la Virgen no halló la gracia para sí, pero siempre la tuvo y disfrutó sino para nosotros, que la habíamos perdido; de donde infiere que debemos presentarnos a María Santísima y decirle: “Señora, los bienes han de ser restituidos a quien los perdió. Esa divina gracia que habéis hallado no es vuestra, porque Vos siempre la poseísteis; nuestra es, y por nuestras culpas la perdimos. A nosotros, Señora, debéis devolverla”. “Acudan, pues; acudan presurosos a la Virgen los pecadores que hubiesen perdido por sus culpas la gracia, y díganle sin miedo: devuélvenos el bien nuestro que hallaste...”


AFECTOS Y SÚPLICAS

He aquí a vuestros pies, ¡oh Madre de Dios!, a un pecador desdichado que, no una, sino muchas veces, voluntariamente, perdió la divina gracia que vuestro Hijo le había conquistado por su muerte. Con el alma llena de heridas y de llagas, a Vos acudo, Madre de misericordia. No me despreciéis al ver el estado en que me hallo; antes bien, miradme con más compasión y apresuraos a socorrerme. Atended a la esperanza que me inspiráis y no me abandonéis. No busco bienes terrenos, sino la gracia de Dios y el amor a vuestro divino Hijo.
Orad por mí, Madre mía; no ceséis de orar, que por vuestra intercesión, y en virtud de los méritos de Jesucristo, he de alcanzar la salvación. Y pues vuestro oficio es el de interceder por los pecadores, ejercedle para mí –como decía Santo Tomás de Villanueva–, encomendadme a Dios y defendedme. No hay causa, por desesperada que sea, que no se gane si Vos la defendéis. Sois esperanza de pecadores y esperanza mía... Nunca dejaré, Virgen Santa, de serviros y amaros y de acudir a Vos... No dejéis Vos de socorrerme, sobre todo cuando me veáis en peligro de perder nuevamente la gracia del Señor...
¡Oh María, excelsa Madre de Dios, tened misericordia de mí!


PUNTO 3

Consideremos en tercer lugar que María Santísima es abogada tan piadosa, que no sólo auxilia a los que recurren a Ella, sino que va buscando por sí misma a los desdichados para defenderlos y salvarlos.
Ved cómo nos llama a todos, con el fin de alentarnos a esperar toda suerte de bienes si a su protección nos acogemos. “En Mí toda esperanza de vida y de virtud. Venid a Mí todos” (Ecl. 24, 26). A todos nos llama, justos o pecadores, exclama el devoto Peibardo comentando ese texto. Anda el demonio alrededor de nosotros, buscando a quien devorar, dice San Pedro (1 P. 5, 8). Mas esta divina Madre, como dijo Bernardino de Bustos, va buscando siempre a quien puede salvar.
Es María Madre de misericordia, porque la piedad y clemencia con que nos atiende la obligan a compadecerse de nosotros y a tratar continuamente de salvarnos, como una cariñosa madre, que no podría ver a sus hijos en riesgo de perderse sin que se apresurase a socorrerlos.
Y, después de Jesucristo, ¿quién procura más cuidadosamente que Vos la salvación de nuestras almas?, dice San Germán. Y San Buenaventura añade que María se muestra tan solícita en socorrer a los miserables, que no parece sino que en esto se cifran sus más vivos deseos.
Ciertamente, auxilia a los que se le encomiendan, y a ninguno de ellos desampara. Tan benigna es, exclama el Idiota, que no rechaza a nadie. Mas esto no basta para satisfacer el corazón piadosísimo de María, dice Ricardo de San Víctor (In Cant. c. 23), sino que se adelanta a nuestras súplicas y nos ayuda antes que se lo roguemos. Y es tan misericordiosa, que allí donde ve miserias acude al instante, y no sabe mirar la necesidad de nadie sin darle auxilio.
Así procedía en su vida mortal, como nos lo prueba el suceso de las bodas de Caná de Galilea, donde apenas notó que faltaba el vino, sin esperar a que se le pidiese cosa alguna, y compadecida de la aflicción y afrenta de los esposos, rogó a su Hijo que los remediase, y le dijo (Jn. 2, 3): No tienen vino, alcanzando así del Señor que milagrosamente trocase en vino el agua.
Pues si tan grande era la piedad de María con los afligidos cuando estaba en este mundo, ciertamente, dice San Buenaventura, es mayor la misericordia con que nos socorre desde el Cielo, donde ve mejor nuestras miserias, y se compadece más de nosotros. Y si María, sin que se lo suplicasen, se mostró tan pronta a dar su auxilio, ¡cuánto más atenderá a los que le ruegan!...
No dejemos de acudir en todas nuestras necesidades a esta Madre divina, a quien siempre hallamos dispuesta para socorrer al que se lo suplica. Siempre la hallarás pronta a socorrerte, dice Ricardo de San Lorenzo; porque, como afirma Bernardino de Bustos, más desea la Virgen otorgarnos mercedes que nosotros mismos el recibirlas de Ella; de suerte que cuando recurrimos a María la hallamos seguramente llena de misericordia y de gracia.
Y es tan vivo ese deseo de favorecernos y salvarnos –dice San Buenaventura–, que se da por ofendida, no sólo de quien positivamente la injuria, sino también de los que no le piden amparo y protección; y, al contrario, seguramente, salva a cuantos se encomiendan a Ella con firme voluntad de enmendarse, por lo cual la llama el Santo Salud de los que la invocan.
Acudamos, pues, a esta excelsa Madre, y digámosle con San Buenaventura: In te, Domina speravi, non confundar in aeternum!... ¡Oh Madre de Dios, María Santísima, porque en Ti puse mi esperanza, espero que no he de condenarme!


AFECTOS Y SÚPLICAS

¡Oh María!, a vuestros pies se postra pidiendo clemencia este mísero esclavo del infierno. Y aunque es cierto que no merezco bien ninguno, Vos sois Madre de misericordia, y la piedad se puede ejercitar con quien no la merece.
El mundo todo os llama esperanza y refugio de los pecadores, de suerte que Vos sois mi refugio y esperanza. Ovejuela extraviada soy; mas para salvar a esta oveja perdida vino del Cielo a la tierra el Verbo Eterno y se hizo vuestro Hijo, y quiere que yo acuda a Vos y que me socorráis con vuestras súplicas. Santa María, Mater Dei, oro pro nobis peccatóribus...
¡Oh excelsa Madre de Dios!, Tú, que ruegas por todos, ora también por mí. Di a tu divino Hijo que soy devoto tuyo y que Tú me proteges. Dile que en Ti puse mis esperanzas. Dile que me perdone, porque me pesa de todas las ofensas que le hice, y que me conceda la gracia de amarle de todo corazón. Dile, en suma, que me quieres salvar, pues Él concede cuanto le pides...
¡Oh María, mi esperanza y consuelo, en Ti confío!
Ten piedad de mí.

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE
San Alfonso Mª de Ligorio

domingo, 25 de septiembre de 2011

DICHOS DE SANTOS


La oración, la contemplación de las cosas del cielo, es el verdadero y más natural alimento de nuestra alma, su única delicia y suprema felicidad.

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Amad y conservad la paz por encima de todo; aborreced siempre el odio y la discordia, ya que todos somos hijos del Dios de la paz y del amor.

(San Francisco de Paula)

sábado, 24 de septiembre de 2011

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS (XX)


LA LLAMADA MISA DE SAN PIO V,
LA UNICA MISA

Un hecho, sin duda, no habrá dejado de sorprender al lector en todo este asunto: en ningún momento se trató de la misa que sin embargo está en el corazón del conflicto. Ese silencio forzado constituye la confesión de que el rito llamado de san Pío V continúa siendo autorizado.

Sobre esta cuestión los católicos pueden estar perfectamente tranquilos. Esa misa no está prohibida ni puede estarlo. San Pío V que, repitámoslo, no la inventó, sino que "restableció el misal de conformidad con la regla antigua y con los ritos de los santos padres", nos da todas las garantías en la bula Quo Primum firmada por él el 14 de julio de 1570: "Hemos decidido y declaramos que los superiores, administradores, canónigos, capellanes y otros sacerdotes, cualquiera que sea el nombre con que se los designe, o los religiosos de cualquier orden, no están autorizados a celebrar la misa de manera diferente de como nosotros la hemos fijado y que nunca en ningún tiempo se los podrá forzar y obligar a dejar este misal o abrogar la presente instrucción o modificarla, pues ella permanecerá siempre en vigor y será válida con toda su fuerza. Si empero alguien se permitiera semejante alteración, sepa que incurrirá en la indignación de Dios Todopoderoso y de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo".

Suponiendo que el Papa pueda revocar esta medida perpetua, tendría que hacerlo mediante un acta igualmente solemne. La Constitución Apostólica Missale Romanum del 3 de abril de 1969 autoriza la misa llamada de Pablo VI, pero no contiene ninguna prohibición expresamente formulada de la misa tridentina. Y esto es así hasta el punto de que el cardenal Ottaviani podía decir en 1971: "El rito tridentino de la misa no está abolido, que yo sepa". Monseñor Adam que pretendía, en la asamblea plenaria de los obispos suizos, que la constitución Missale Romanum había prohibido celebrarla, salvo indulto, según el rito de san Pío V, tuvo que retractarse cuando se le pidió que dijera en qué términos habría sido pronunciada esta prohibición.

Síguese de ello que si un sacerdote fuera censurado y hasta excomulgado por este motivo, la condenación sería absolutamente inválida. San Pío V canonizó esta Santa Misa, y un papa no puede anular una canonización, así como no puede retirar la de un santo. Podemos decir esa misa con toda tranquilidad y los fieles asistir a ella sin la menor preocupación, sabiendo además que ésa es la mejor manera de conservar su fe. Esto es tan cierto que Su Santidad Juan Pablo II, después de varios años de silencio sobre la cuestión de la misa, terminó por aflojar esa picota impuesta a los católicos. La carta de la Congregación para el Culto divino fechada el 3 de octubre de 1984 "autoriza" de nuevo el rito de san Pío V para los fieles que lo soliciten. Verdad es que la carta impone condiciones que nosotros no podemos aceptar y, por otra parte, no teníamos necesidad de semejante permiso para gozar de un derecho que nos ha sido otorgado hasta el fin de los tiempos.

Pero ese primer gesto papal —roguemos para que haya otros— disipa la sospecha indebidamente lanzada sobre la misa y libera la conciencia de los católicos perplejos que todavía vacilaban en asistir a ella.

Consideremos ahora la suspensión ad divinis de que fui objeto el 22 de julio de 1976. Siguió a las ordenaciones del 29 de junio realizadas en Écóne; desde tres meses atrás nos llegaban desde Roma exhortaciones, súplicas, órdenes, amenazas, para conminarnos a cesar nuestra actividad y a no continuar esas ordenaciones sacerdotales. Los días anteriores a la suspensión dejamos de recibir mensajes y enviados. ¿Qué nos decían aquellos enviados? En seis ocasiones me pidieron que restableciera relaciones normales con la Santa Sede, que aceptara, el nuevo rito y que yo mismo lo celebrara. Llegaron hasta el punto de enviarme a un monseñor que se ofreció a concelebrar conmigo, me pusieron en la mano un misal nuevo y me prometieron que si decía la misa de Pablo VI el 29 de junio en presencia de toda la asamblea, que había acudido a orar por los nuevos sacerdotes, todo quedaría zanjado entre Roma y yo.

Esto significa que no me prohibían que llevara a cabo esas ordenaciones, pero querían que lo hiciera según la nueva liturgia. A partir de ese momento era claro que todo el drama entre Roma y Écóne giraba alrededor del problema de la misa.

En el sermón de la misa de ordenación dije: 'Tal vez mañana aparezca en los diarios nuestra condenación; eso es muy posible a causa de esta ordenación de hoy; probablemente a mí me toque una suspensión y estos jóvenes sacerdotes serán afectados por una irregularidad que en principio les impediría decir la santa misa. Eso es posible. Pues bien, yo apelo a san Pío V."

Algunos católicos habrán podido sentirse turbados por mi repudio de esa suspensión ad divinis. Pero lo que hay que comprender bien es que todo esto está encadenado: ¿por qué se oponían a que yo llevara a cabo esas ordenaciones? Porque la Fraternidad había sido suprimida y, por lo tanto, el seminario debería haber estado clausurado. Pero precisamente yo no había aceptado ni esa supresión ni ese cierre del seminario porque ambas cosas habían sido decididas ilegalmente, porque las medidas tomadas presentaban diversos vicios canónicos tanto de forma como de fondo (especialmente lo que los autores de derecho administrativo llaman "desvío de poderes", es decir la utilización de competencias contra el fin para el cual ellas deben ejercerse). Habría sido menester que yo aceptara todo desde el comienzo, pero yo no lo acepté porque habíamos sido condenados sin juicio, sin ocasión de defendernos, sin amonestación, sin escritos y sin recursos. Una vez que uno rechaza la primera sentencia, no hay razón para no rechazar las otras, pues esas otras se apoyan siempre en aquélla. La nulidad de una sentencia acarrea la nulidad de las siguientes.

A veces se plantea otra cuestión a los fieles y a los sacerdotes: ¿se puede tener razón contra todo el mundo? En una conferencia de prensa el enviado de Le Monde me decía: "Pero, en definitiva, usted está solo. Está solo contra el Papa, contra todos los obispos. ¿Qué significa su combate?" Pues bien, el caso es que no estoy solo, tengo toda la tradición conmigo, la Iglesia existe en el tiempo y en el espacio. Y, además, sé que muchos obispos piensan como nosotros en su fuero interno. Hoy, después de la carta abierta al Papa que firmamos monseñor Castro Mayer y yo, somos dos los que nos hemos declarado abiertamente contra la "protestantización" de la Iglesia. Y tenemos con nosotros a muchos sacerdotes. Por otro lado, están nuestros seminarios que suministran ahora alrededor de cuarenta nuevos sacerdotes por año, nuestros doscientos cincuenta seminaristas, nuestros treinta hermanos, nuestras sesenta religiosas, nuestros treinta oblatos; tenemos monasterios que se fundan y se desarrollan y una multitud de fieles acude a nosotros.

La verdad, por lo demás, no se hace con el número, el número no hace la verdad. Aun cuando yo estuviera solo, aun cuando todos mis seminaristas me abandonaran y también me abandonara la opinión pública, eso me sería indiferente en lo que a mí respecta. Pues yo me atengo a mi Credo, a mi catecismo, a la tradición que santificó a todos los elegidos que están ahora en el cielo; yo quiero salvar mi alma. Ya se sabe demasiado bien lo que es la opinión pública; la opinión pública fue la que condenó a Nuestro Señor a los pocos días de haberlo aclamado. El domingo de Ramos y luego el Viernes Santo. Su Santidad Pablo VI me preguntó: "Pero, en fin, en el interior de usted mismo, ¿no siente algo que le reprocha lo que está haciendo? Usted causa en la Iglesia un escándalo enorme, enorme. ¿No se lo dice su conciencia?" Le respondí: "No, Santo Padre, de ninguna manera". Si hubiera tenido algo que reprocharme, habría dejado inmediatamente de hacerlo.

El papa Juan Pablo II no confirmó ni anuló la sanción pronunciada contra mí. En la audiencia que me concedió en 1979, después de una prolongada conversación, parecía bastante dispuesto a dejar la libertad de elección en materia de liturgia, a dejarme obrar como me parece, en suma, lo que reclamo desde el principio: "la experiencia de la tradición". Tal vez había llegado el momento en que las cosas iban a arreglarse; tal vez ya no habría ese ostracismo contra la misa de la tradición, ya no habría más problemas. Pero el cardenal Seper, que estaba presente, vio el peligro y exclamó: " ¡Pero, Santo Padre, ellos hacen de esta misa una bandera!" La pesada cortina que se había levantado un instante volvió a caer. Habrá que esperar aún.

Mons. Marcel Lefebvre

(Continuará)

lunes, 19 de septiembre de 2011

NUESTRA SEÑORA DE LA SALETTE - 19 DE SEPTIEMBRE


Nuestra Señora de la Salette ruega por nosotros

sábado, 10 de septiembre de 2011

DICHOS DE SANTOS


Dios destruye las ciudades en castigo de los pecados de sus habitantes; si estos, pues, cesaren de pecar, se conservarían sus ciudades. ¿De que sirve huir de vuestra patria? Lo mejor será, si queréis, huir de las culpas.

San Ambrosio

martes, 6 de septiembre de 2011

DICHOS DE SANTOS

Pocos son los que tienen una idea justa de la humildad, porque se suele confundir con la debilidad y el abatimiento.

San Francisco de Sales

domingo, 4 de septiembre de 2011

LA MUERTE DEL JUSTO

Autor: San Alfonso Mª Ligorio

Es preciosa en la presencia de Dios
la muerte de sus Santos.
Ps. 115, 15

PUNTO 1

Mirada la muerte a la luz de este mundo, nos espanta e inspira temor; pero con la luz de la fe es deseable y consoladora. Horrible parece a los pecadores; mas a los justos se muestra preciosa y amable. “Preciosa –dice San Bernardo– como fin de los trabajos, corona de la victoria, puerta de la vida”.
Y en verdad, la muerte es término de penas y trabajos. El hombre nacido de mujer, vive corto tiempo y está colmado de muchas miserias (Jb. 14, 1).
Así es nuestra vida tan breve como llena de miserias, enfermedades, temores y pasiones. Los mundanos, deseosos de larga vida –dice Séneca (Ep. 101)–, ¿qué otra cosa buscan sino más prolongado tormento? Seguir viviendo –exclama San Agustín– es seguir padeciendo. Porque –como dice San Ambrosio (Ser. 45)– la vida presente no nos ha sido dada para reposar, sino para trabajar, y con los trabajos merecer la vida eterna; por lo cual, con razón afirma Tertuliano que, cuando Dios abrevia la vida de alguno, acorta su tormento. De suerte que, aunque la muerte fue impuesta al hombre por castigo del pecado, son tantas y tales las miserias de esta vida, que –como dice San Ambrosio– más parece alivio al morir que no castigo.
Dios llama bienaventurados a los que mueren en gracia, porque se les acaban los trabajos y comienzan a descansar. “Bienaventurados los muertos que mueren en el Señor”. “Desde hoy –dice el Espíritu Santo (Ap. 14, 13)– que descansen de sus trabajos”.
Los tormentos que afligen a los pecadores en la hora de la muerte no afligen a los Santos. “Las almas de los justos están en mano de Dios, y no los tocará el tormento de la muerte” (Sb. 3, 1).
No temen los Santos aquel mandato de salir de esta vida que tanto amedrenta a los mundanos, ni se afligen por dejar los bienes terrenos, porque jamás tuvieron asido a ellos el corazón. “Dios de mi corazón –repitieron siempre–; Dios mío por toda la eternidad” (Salmo 72, 26).
“¡Dichosos vosotros! –escribía el Apóstol a sus discípulos, despojados de sus bienes por confesar a Cristo–. Con gozo llevasteis que os robasen vuestras haciendas, conociendo que tenéis patrimonio más excelente y duradero” (He. 10, 34).
No se afligen los Santos a dejar las honras mundanas, porque antes las aborrecieron ellos y las tuvieron, como son, por humo y vanidad, y sólo estimaron la honra de amar a Dios y ser amados de Él. No se afligen al dejar a sus padres, porque sólo en Dios los amaron, y al morir los dejan encomendados a aquel Padre celestial que los ama más que a ellos; y esperando salvarse, creen que mejor los podrán ayudar desde el Cielo que en este mundo.
En suma: todos los que han dicho siempre en la vida Dios mío y mi todo, con mayor consuelo y ternura lo repetirán al morir.
Quien muere amando a Dios no se inquieta por los dolores que consigo lleva la muerte; antes bien se complace en ellos, considerando que ya se le acaba la vida y el tiempo de padecer por Dios y de darle nuevas pruebas de amor; así, con afecto y paz, le ofrece los últimos restos del plazo de su vida y se consuela uniendo el sacrificio de su muerte con el que Jesucristo ofreció por nosotros en la cruz a su Eterno Padre. De este modo muere dichosamente, diciendo: “En su seno dormiré y descansaré en paz” (Sal. 4, 9).
¡Oh, qué hermosa paz, morir entregándose y descansando en brazos de Cristo, que nos amó hasta la muerte, y que quiso morir con amargos tormentos para alcanzarnos muerte consoladora y dulce!


PUNTO 2

Limpiará Dios toda lágrima de los ojos de ellos, y la muerte no será ya más (Ap. 21, 4). En la hora de la muerte enjugará Dios de los ojos de sus siervos las lágrimas que hubieren derramado en esta vida, en medio de los trabajos, temores, peligros y combates con el infierno. Y lo que más consolará a un alma amante de su Dios cuando sepa que llega la muerte será el pensar que pronto ha de estar libre de tanto peligro de ofender a Dios como hay en el mundo, de tanta tribulación espiritual y de tantas tentaciones del enemigo.
La vida temporal es una guerra continua contra el infierno, en la cual siempre estamos en riesgo grandísimo de perder a Dios y a nuestra alma.
Dice San Ambrosio que en este mundo caminamos constantemente entre asechanzas del enemigo, que tiende lazos a la vida de la gracia. Este peligro hacía temblar a San Pedro de Alcántara cuando ya estaba agonizando: “Apartaos, hermano mío –dirigiéndose a un religioso que, al auxiliarle, le tocaba con veneración–, apartaos, pues vivo todavía, y aún hay peligro de que me condene”.
Por eso mismo se regocijaba Santa Teresa cada vez que oía sonar la hora del reloj, alegrándose de que ya hubiese pasado otra hora de combate, porque decía: “Puedo pecar y perder a Dios en cada instante de mi vida”.
De aquí que todos los Santos sentían consuelo al conocer que iban a morir, pues pensaban que presto se acabarían las batallas y riesgos y tendrían segura la inefable dicha de no poder ya perder a Dios jamás.
Refiérese en la vida de los Padres que uno de ellos, en extremo anciano, hallándose en la hora de la muerte, reíase mientras sus compañeros lloraban, y como le preguntaran el motivo de su gozo, respondió: “Y vosotros, ¿por qué lloráis, cuando voy a descansar de mis trabajos?”. También Santa Catalina de Siena dijo al morir: “Consolaos conmigo, porque dejo esta tierra de dolor y voy a la patria de paz”.
Si alguno –dice San Cipriano– habitase en una casa cuyas paredes estuvieran para desplomarse, cuyo pavimento y techo se bambolearan y todo ello amenazase ruina, ¿no desearía mucho salir de ella?... Pues en esta vida todo amenaza la ruina del alma: el mundo, el infierno, las pasiones, los sentidos rebeldes, todo la atrae hacia el pecado y la muerte eterna.
¿Quién me librará –exclamaba el Apóstol (Ro. 7, 24)– de este cuerpo de muerte? ¡Oh, qué alegría sentirá el alma cuando oiga decir: “Ven, esposa mía; sal del lugar del llanto, de la cueva de los leones que quisieran devorarte y hacerte perder la gracia divina” (Cant. 4, 8).
Por eso San Pablo (Fil. 1, 21), deseando morir, decía que Jesucristo era su única vida, y que estimaba la muerte como la mayor ganancia que pudiera alcanzar, ya que por ella adquiría la vida que jamás tiene fin.
Gran favor hace Dios al alma que está en gracia llevándosela de este mundo, donde pudiera no perseverar y perder la amistad divina (Sb. 4, 11). Dichoso en esta vida es el que está unido a Dios; pero así como el navegante no puede tenerse por seguro mientras no llegue al puerto y salga libre de la tormenta, así no puede el alma ser verdaderamente feliz hasta que salga de esta vida en gracia de Dios.
Alaba la ventura del caminante; pero cuando haya llegado al puerto –dice San Ambrosio–. Pues si el navegante se alegra cuando, libre de tantos peligros, se acerca al puerto deseado, ¿cuánto más no debe alegrarse el que esté próximo a asegurar su salvación eterna?
Además, en este mundo no podemos vivir sin culpas, por lo menos leves; porque siete veces caerá el justo (Pr. 24, 16). Mas quien sale de esta vida mortal, cesa de ofender a Dios. ¿Qué es la muerte –dice el mismo Santo– sino el sepulcro de los vicios? Por eso los que aman a Dios anhelan vivamente morir. Por eso, el venerable Padre Vicente Caraffa consolábase al morir diciendo: Al acabar mi vida, acaban mis ofensas a Dios. Y el ya citado San Ambrosio decía: ¿Para qué deseamos esta vida, si cuando más larga fuere, mayor peso de pecado nos abruma?
El que fallece en gracia de Dios alcanza el feliz estado de no saber ni poder ofenderle más. El muerto no sabe pecar. Por tal causa, el Señor alaba más a los muertos que a los vivos, aunque fueren santos (Ecl. 4, 2). Y aún no ha faltado quien haya dispuesto que, en el trance de la muerte, le dijese al que fuese a anunciársela: “Alégrate, que ya llega el tiempo en que no ofenderás más a Dios”.


PUNTO 3

No solamente es la muerte fin de los trabajos, sino también puerta de la vida, como dice San Bernardo. Necesariamente, debe pasar por esa puerta el que quisiere entrar a ver a Dios (Sal. 117, 20). San Jerónimo rogaba a la muerte y le decía: “¡Oh muerte, hermana mía; si no me abres la puerta no puedo ir a gozar de la presencia de mi Señor!” (Cant. 5, 2).
San Carlos Borromeo, viendo en uno de sus aposentos un cuadro que representaba un esqueleto con la hoz en la mano, llamó al pintor y le mandó que borrase aquella hoz y pintase en su lugar una llave de oro, queriendo así inflamarse más en el deseo de morir, porque la muerte nos abre el Cielo para que veamos a Dios.
Dice San Juan Crisóstomo que si un rey tuviese preparada para alguno suntuosa habitación en la regia morada, y por de pronto le hiciese vivir en un establo, ¡cuán vivamente debería de desear este hombre el salir del establo para habitar en el real alcázar!...
Pues en esta vida, el alma justa, unida al cuerpo mortal, se halla como en una cárcel, de donde ha de salir para morar en el palacio de los Cielos; y por esa razón decía David (Sal. 141, 8): “Saca mi alma de la prisión”. Y el santo anciano Simeón, cuando tuvo en sus brazos al Niño Jesús, no supo pedirle otra gracia que la muerte, a fin de verse libre de la cárcel de esta vida: “Ahora, Señor, despide a tu siervo...” (Lc. 2, 29), “es decir –advierte San Ambrosio–, pide ser despedido, como si estuviese por fuerza”. Idéntica gracia deseó el Apóstol, cuando decía (Fil. 1, 23): Tengo deseo de ser desatado de la carne y estar con Cristo.
¡Cuánta alegría sintió el copero de Faraón al saber por José que pronto saldría de la prisión y volvería al ejercicio de su dignidad! Y un alma que ama a Dios, ¿no se regocijará al pensar que en breve va a salir de la prisión de este mundo y que irá a gozar de Dios? Mientras vivimos aquí unidos al cuerpo estamos lejos de ver a Dios y como en tierra ajena, fuera de nuestra patria; y así, con razón, dice San Bruno que nuestra muerte no debe de llamarse muerte, sino vida.
De eso procede el que suela llamarse nacimiento a la muerte de los Santos, porque en ese instante nacen a la vida celestial que no tendrá fin. “Para el justo –dice San Atanasio– no hay muerte, sino tránsito, pues para ellos el morir no es otra cosa que pasar a la dichosa eternidad”.
“¡Oh muerte amable! –exclamaba San Agustín–. ¿Quién no te deseará, puesto que eres fin de los trabajos, término de las angustias, principio del descanso eterno?” Y con vivo anhelo añadía: ¡Ojalá muriese, Señor, para poder veros!
Tema la muerte el pecador –dice San Cipriano–, porque de la vida temporal pasará a la muerte eterna, mas no el que, estando en gracia de Dios, ha de pasar de la muerte a la vida. En la historia de San Juan el Limosnero se refiere que de cierto hombre rico recibió el Santo grandes limosnas y la súplica de que pidiera a Dios vida larga para el único hijo que aquél tenía. Mas el hijo murió poco después. Y como el padre se lamentaba de esa inesperada muerte, Dios le envió un ángel, que le dijo: “Pediste larga vida para tu hijo; pues sabe que ya está en el Cielo gozando de eterna felicidad”.
Tal es la gracia que nos alcanza Jesucristo, como se nos ofreció por Oseas (13, 14): ¡Seré tu muerte, oh muerte! Muriendo Cristo por nosotros, hizo que nuestra muerte se trocase en vida.
Los que llevaban al suplicio al santo mártir Plonio le preguntaron maravillados cómo podía ir tan alegre a la muerte. Y el Santo les respondió: “Engañados estáis. No voy a la muerte, sino a la vida”. Así también exhortaba su madre al niño San Sinfroniano cuando éste iba a recibir el martirio: “¡Oh, hijo mío, no van a quitarte la vida, sino a cambiarla en otra mejor!”.

PREPARACIÓN PARA LA MUERTE
San Alfonso Mª de Ligorio