martes, 6 de enero de 2015

LA EPIFANÍA DE N. S. JESUCRISTO - 6 DE ENERO


La Epifanía, que significa aparición o manifestación del Salvador en el mundo, siempre fue reputada por una de las fiestas más célebres, y más solemnes en la Iglesia de Dios, ya sea por los tres Misterios que se comprenden en esta solemnidad, ya sea porque se considere como fiesta peculiar de la vocación de los Gentiles a la Fe.
Tres Misterios se celebran en una sola fiesta, por ser Tradición antiquísima, que sucedieron en un mismo día, aunque no en un mismo año:
  • La Adoración de los Reyes.
  • El Bautismo de Cristo por Juan Bautista.
  • Y el Primer Milagro que hizo Jesucristo en las Bodas de Caná de Galilea.
Esta palabra griega Epiphanía, que significa aparición o manifestación, conviene perfectamente a todos los tres Misterios.
Se manifestó el Señor a los Magos, cuando por medio de la estrella milagrosa le vinieron a reconocer por su Rey, por su Dios, por su Salvador, y de todo el género humano.
Se manifestó su Divinidad en el bautismo, por medio de aquella voz del Cielo que le declaró. Y se manifestó su Omnipotencia en el primer milagro que hizo.
Por haber sido estos los principales medios de que Dios se valió para manifestar en la tierra la gloria de su Hijo, los comprende todos la Santa Iglesia en el nombre de la Epifanía, aunque solo la Adoración de los Reyes es como el principal objeto del Oficio, de la Misa, y de la solemnidad presente.
Es muy probable que en el mismo punto en que los Ángeles estaban anunciando a los Pastores el Nacimiento del Mesías en Judea, la nueva estrella le anunciaba también en el Oriente. Fue sin duda observada de otros muchos, porque su extraordinario resplandor, y la irregularidad de su curso la hacía distinguir entre todas las demás. Pero solamente los Magos, ilustrados de luz superior, conocieron lo que significaba aquel fenómeno, y ni un momento dudaron en ir a buscar al que anunciaba la estrella.
Los Orientales llamaban Magos a sus Doctores, como los hebreos los llamaban Escribas, los Egipcios profetas, los griegos filósofos, los Latinos sabios; y esta palabra Mago en lengua Persa también significa Sacerdote. En todas partes los respetaban sumamente los pueblos, teniéndolos como depositarios de la Ciencia y de la Religión.
La Iglesia da el nombre de Reyes a estos tres hombres ilustres; fundada en aquellas palabras de David: “Los Reyes de Tharsis, y de las Islas; los Reyes de Arabia y de Saba vendrán a ofrecerle dones, en prendas de su veneración, de su fidelidad, y de su obediencia”.


También se funda en una Tradición tan antigua, hallandose pinturas antiquísimas, que representan personas coronadas con todas las insignias de la Majestad.
Se añade a esto el testimonio de los Padres más célebres de la Iglesia: Tertuliano, San Cipriano, San Hilario, San Basilio, San Juan Crisóstomo, San Isidoro, el Venerable Beda, Theophilacto, y otros muchos.
Es cierto que las naciones Orientales, cuando los reinos eran electivos, escogían Reyes entre los Filósofos; y si eran hereditarios, procuraban instruir en las ciencias a los Príncipes, de manera que pudiesen merecer el título de Sabios. Así lo observa Platón, tratando de la educación de los Príncipes de Persia, añadiendo que sobre todo la Astronomía era estimada, como la ciencia más digna de los Soberanos.
Habiendo pues observado estos tres Monarcas: Gaspar, Balthasar y Melchor, el día 25 de Diciembre una estrella más brillante que las ordinarias, juzgaron que era aquella estrella de Jacob, anunciada por el profeta Balám (cuyas profecías tenían bien estudiadas) como señal de un Rey que había de nacer para la salud de todo el género humano.
Alumbrados al mismo tiempo con una luz interior, por la cual conocieron que aquel astro les serviría de guía para encontrar al Mesías, tomaron el camino de Judea, donde sabían por la Tradición, que había de nacer aquel Rey tan deseado de todas las Naciones. El Evangelista solamente nos previene que vinieron del Oriente, esto es, de un país que era Oriental respecto de Jerusalén y de Belén.
La verdad es que vinieron de la Arabia, habitada por los hijos que Abraham tuvo en Cethura, su segunda mujer, es a saber por Jecthan, padre de Saba y por Madian, padre de Epha. Esto lo tenía pronosticado David bien claramente, cuando dijo “que el Mesías sería adorado por el Rey de los Árabes, y de Saba, quien le ofrecería oro de Arabia”. Y el Profeta Isaías había anunciado lo mismo, diciendo que “vendrían de Madian y de Epha sobre camellos, como también de Saba para reconocerle, ofreciéndole incienso y oro, y publicando en todas partes sus alabanzas”. No favorecen poco esta opinión las especies de dones que le ofrecieron. Porque el oro, el incienso y la mirra nacen principalmente en la Arabia.
Fueron guiados los Magos por la estrella durante todo el viaje, que fue de doce días, o cerca de ellos. Les servía de guía este luminoso astro, no de otra manera que la columna de fuego iba conduciendo a los Israelitas por el desierto cuando salieron de la esclavitud de Egipto para la tierra de promisión; pero cuando los Reyes se acercaron a Jerusalén desapareció la estrella.

Por eso entraron en aquella Corte preguntando por el nuevo Rey, cuyo nacimiento les había anunciado la estrella en el Oriente. Fue grande la conmoción que causó ver a unos hombres de aquel carácter, que venían de país tan distante, preguntando por un nuevo Rey de los judíos, a quien los mismos judíos no conocían, ignorando del todo su nacimiento. Pero el que más se asustó fue el Rey Herodes, que quiso verlos para informarse menudamente del motivo de su viaje.
Celoso de su dignidad y temiendo perder la corona, que indignamente poseía, mandó al punto que concurriesen a Palacio todos los Sacerdotes y Escribas de la Ley, esto es, los que tenían obligación de explicar al pueblo las Divinas Escrituras, cuidando que fuesen bien entendidas y que no se introdujese algún error contrario a su verdadero sentido.
Bien conocía que un Rey, cuyo nacimiento anunciaba el Cielo con señas tan especiales, no podía ser otro que el Mesías. Y así la pregunta que hizo a la Junta la limitó a estos precisos términos. Decidme ¿dónde ha de nacer el Salvador? Todos a una voz respondieron que en Belén, pueblo humilde de la Tribu de Judá, según la Profecía de Miqueas, cuando asegura que la desconocida aldea de Belén, no obstante su pequeñez, tendría la gloria de que carecerían las ciudades más ilustres, de dar un Príncipe y un Capitán General a todo el pueblo de Israel. No fue menester más para llenar de turbación el ánimo, y el corazón de aquel ambicioso Príncipe, cuya crueldad era igual a su ambición.
Había ya resuelto deshacerse de aquel Niño y llamando aparte a los Magos les hizo cien cabilosas preguntas. Sobre todo se informó exactamente de ellos, del tiempo en que les había aparecido la estrella, y reconociendo al mismo tiempo su piedad, y su desconfianza, afectó aprobarles mucho su devoción, y los exhortó a que prosiguiesen su viaje. Id, les dijo, id en buenahora a Belén, donde ha de nacer ese Rey prometido, y ese Libertador de su pueblo. Informaos menudamente de todas las circunstancias de este Niño, y hacedme el favor de volver a honrar mi Corte, donde os espero con impaciencia para que me participéis lo que hubiereis descubierto, a fin de que también logre yo la dicha de adorar a ese Divino Monarca. De esta manera pretendía engañarlos artificiosamente para hacerlos caer en el malicioso lazo que les armaba.
Luego que los Magos se despidieron de Herodes, y volvieron a ponerse en camino, volvió también el Señor a restituirles su resplandeciente guía. La estrella que se les había encubierto desde que entraron en la Corte, se dejó ver otra vez apenas salieron de ella, y los condujo derechamente a Belén.

No es fácil hacer concepto del gozo que inundó sus corazones cuando volvieron a registrar aquel astro, y sobre todo cuando le vieron hacer alto, y pararse perpendicularmente sobre el humilde portalillo donde estaba el nuevo Rey. Entraron en el y hallaron lo que buscaban.
Le encontraron en los brazos de su Madre, y no vieron ningún aparato, ninguna señal exterior que le diferenciase de los demás niños. Con todo eso aquella misma interior luz que les dio a entender lo que significaba la estrella, esa misma les hizo conocer, en medio de aquel exterior humilde, la augusta Majestad, y la suprema dignidad de aquel Dios Niño hecho hombre.
Llenos de fe, y de respeto se postraron en su presencia, y le adoraron como a Señor de Cielo y tierra y como a Salvador de los hombres, y según la costumbre de su país de no presentarse nunca ante los Grandes con las manos vacías, le ofrecieron de los géneros más preciosos, y más estimados que llevaba su tierra: oro, incienso y mirra.

Entonces se cumplió a la letra la Profecía de David, hablando del Mesías. “Los Reyes de la India, de la Arabia, y de Saba vendrán a ofrecerle dones, en testimonio de su fidelidad y de su obediencia”.
Pensaban los Santos Reyes volverse por Jerusalén; pero el Ángel del Señor se les apareció en sueños, y les advirtió que se volviesen por otro camino, y que por ningún caso se dejasen ver de Herodes; cuyos artificios descubrieron entonces, conociendo la malignidad de sus perversos intentos.
¡Extraña cosa! Que los Extranjeros vengan de países tan distantes a adorar al Salvador del mundo, y que no le conozcan los judíos, cuando acaba de nacer en medio de ellos! ¿Podían tener indicios más claros de su venida? ¿Pero de qué sirve la luz a los que son voluntariamente ciegos? ¿Quién tendría la culpa de que Herodes no lograse la misma dicha que los Magos? Le envía Dios tres Príncipes extranjeros para que le anuncien el nacimiento del Salvador del mundo en Judea, sus mismos Doctores le instruyen con toda claridad del lugar en que ha de nacer el Mesías. ¿Pero qué efecto producen todas estas instrucciones, todas estas gracias en un corazón ambicioso, irreligioso, impío? La turbación, el engaño y la crueldad. Un corazón puro, un corazón religioso apenas ve la estrella cuando se pone en camino para adorar al que anuncia. Un alma mundana, un hipócrita hace servir la Religión a su política, a su ambición, y a su insaciable avaricia.
¡Oh cuanta verdad es que a Dios se le encuentra siempre que se le busca de buena fe! Si no hubiere estrella, no por eso falta socorro, no por eso falta guía. Todo depende de la rectitud de nuestras intenciones y de la sinceridad del corazón. La malicia de éste es la única que apaga, que inutiliza la luz de la gracia. En vano brilla ésta, si se cierran los ojos a su resplandor. El país de los gustos nunca lo fue de la virtud. Apenas se retiraron los Magos de la Corte de aquel impío Monarca, cuando volvieron a descubrir la estrella que se les había ocultado. Pocas veces se dilata largo tiempo la vuelta de la devoción sensible. No basta ponerse en camino, es menester ir adelante, es menester no parar hasta llegar al término. Pero nunca nos pongamos delante de Dios con las manos vacías. La caridad, la piedad, la mortificación son dones muy de su gusto: el corazón contrito y humillado siempre es bien recibido.
En la opinión más común de los Expositores y Padres, los Magos llegaron a Belén trece días después que había nacido el Salvador. Este tiempo bastaba para que viniesen de la Arabia, y por otra parte, si se hubieran detenido mucho más, es cierto que no hubieran encontrado al Señor en el portalillo de Belén. Es verdad que Herodes hizo degollar a todos los niños, que no pasasen de dos años, según el tiempo que se había informado de los Magos, pero esto solo prueba, que viendo Herodes como no venían, los tuvo por unos hombres simples, ligeros e ilusos que avergonzados de no haber encontrado al que venían buscando desde tierras tan distantes, no se habían atrevido a volver a la Corte; y llegando después a su noticia las maravillas que habían sucedido en el Templo, con ocasión de aquel Niño, que se decía ser el Mesías, entró en un cruel furor, que le movió a mandar pasar a cuchillo todos los niños de dos años abajo, que habían nacido en Belén y en sus cercanías, por no dejar con vida al que le habían anunciado los Magos, sin declararle el preciso tiempo de su Nacimiento.

Casi todos los Padres de los primeros siglos son de opinión, que la estrella era un astro nuevo, cuyo resplandor, como dice San Ignacio Mártir, excedía al de todos los demás, criado por Dios únicamente para el ministerio de anunciar a los hombres el Nacimiento del Rey de los Cielos.
Los más célebres Padres de la Iglesia fueron de sentir, que el Bautismo del Hijo de Dios, el milagro de la conversión del agua en vino, y la adoración de los Magos acaecieron en un mismo día; esto es, el día 6 de Enero, aunque en años diferentes. En virtud de esto, la Santa Iglesia une estos tres Misterios en una misma fiesta, haciendo como una triple Epifanía, que quiere decir triple manifestación, celebrando el día en que se manifestó Cristo a los Magos por medio de una estrella; el día que se manifestó a San Juan por el testimonio de su Eterno Padre, y el día en que se manifestó a sus Discípulos por el primero de sus milagros. Por esta triple solemnidad fue tan célebre esta fiesta desde los primeros siglos de la Iglesia.
Pero nosotros nos contentamos con hablar el día de hoy de la Adoración de los Reyes, reservando para los dos días siguientes el hablar de los otros dos Misterios.
Por lo que toca a los Reyes, que tuvieron la dicha de adorar al Salvador, y de ofrecerle sus dones, fácilmente se deja discurrir la abundancia de gracias y de dones sobrenaturales con que serían correspondidos. ¿Con qué fe tan viva, con qué caridad tan ardiente, con qué celo tan puro, y tan generoso se volverían a sus casa, donde después de haber anunciado las maravillas de que ellos mismos habían sido testigos, merecieron morir con la muerte de los Santos?
Y ciertamente una gracia y una vocación tan singular, una fidelidad tan generosa y tan exacta no podían dejar de conseguir tan feliz suerte. Así lo cree la Santa Madre Iglesia y por eso permite el culto público que se les rinde.
Se asegura que las Reliquias de estos primeros Héroes del Cristianismo fueron primeramente transportadas de Persia a Constantinopla, por el celo y la piedad de Santa Elena; que después en el tiempo del Emperador Emanuel se trasladaron a Milán, donde se mantuvieron 670 años, según Galesino, hasta que finalmente cuando esta ciudad fue tomada y saqueada por Federico Barbaroja el año de 1163 fueron trasladadas a Colonia, donde se conservan el día de hoy con singular veneración.

PROPÓSITOS
No dejes de rendir hoy tus respetos a Jesucristo, presente en nuestros Altares. Y escogiendo, si puede ser, la Iglesia menos frecuentada, ve a adorarle con singular devoción, con fervor nuevo. Hazle tres visitas en horas diferentes, y acompaña cada adoración con alguna especie de satisfacción para reparar el olvido que se tiene de su Majestad, y las irreverencias que se cometen en su presencia. Procura que tu respeto, tu devoción y tu modestia sean pruebas de tu fe, y muestras de tu amor.
Acuérdate de no ponerte hoy delante de Jesucristo con las manos vacías. Nuestra oración debe ir acompañada de nuestros dones. Fuera del corazón, que le debes ofrecer, añade también algún otro presente en cada visita. Ciertos actos de mortificación y de virtud, ciertos pequeños sacrificios, que conviene determinar y prometer, no dejarán de ser bien recibidos. Una limosna podrá ser uno de los dones más agradables.
Y habiendo pocos lugares donde no este fundada la Adoración perpetua del Santísimo Sacramento, haz un piadoso empeño de alistarte en tan santa Congregación. Señala tu día y tu hora de adoración. No hay devoción más útil, ni más solida, procura desempeñarla con perseverancia y con puntualidad.
Si no estuviere introducida esta Congregación en el lugar donde vives, empeña toda tu autoridad y todo tu crédito en introducirla y será una obra muy digna de tu católico celo.
¡Será un manantial perenne de bendiciones para el pueblo y tú tendrás grandísimo consuelo en haber contribuido a que Jesucristo sea adorado todas las horas del día!
Alfonso de María

domingo, 4 de enero de 2015

FIESTA DEL SACROSANTO NOMBRE DE JESÚS

 

Aunque en el Misterio de la Circuncisión se comprende también la solemnidad del Dulcísimo nombre de Jesús, la Iglesia ha concedido a muchas Religiones y a no pocas Iglesias particulares, que puedan celebrar fiesta singular de este Santísimo Nombre el Domingo entre la Circuncisión y Epifanía, o el 2 de Enero, sino cae ningún Domingo entre esos días.
La Iglesia, después de habernos manifestado la Encarnación del Hijo de Dios, nos revela todas las grandezas de su Santísimo Nombre.
A los niños judíos se les solía imponer el nombre al circuncidarlos. De ahí que la Iglesia traiga hoy el mismo Evangelio que el día de la Circuncisión. Jesús significa Salvador, porque “no se ha dado a los hombres ningún otro por el cual deban ser salvos”.
Nombre verdaderamente divino, que sólo Dios pudo imponer al Salvador del mundo. Nombre venerable, que hace doblar la rodilla a todas las grandezas de la tierra. Nombre sacrosanto, que pone en fuga a los espíritus diabólicos. Nombre omnipotente, en cuya virtud se han obrado los mayores milagros. Nombre salutífero, de quien reciben en cierto modo toda su eficacia los Sacramentos de la Nueva Ley. Nombre propicio, pues todo lo puede con Dios, y por respeto al nombre Jesús oye benigno nuestras oraciones. Nombre glorioso, extendido por el celo de los apóstoles a todos los gentiles y a todos los reyes de la tierra. Nombre augusto, por cuya confesión los santos mártires se gloriaron en sufrir cruelísimos tormentos. Nombre, en fin, incomparable, pues no hay otro debajo, del Cielo en cuya virtud podamos ser salvos.
Con razón, dice San Bernardo, se llama el Dulcísimo Nombre de Jesús “oleo saludableporque verdaderamente es oleo, que alumbra cuando la caridad le enciende; oleo que nutre cuando el corazón le gusta; oleo que sana cuando la devoción le aplica. Todo alimento del alma, que no esté empapado en este oleo, es seco; toda comida espiritual, que carezca de este condimento, es insípida. No hallo gusto en los libros, sino encuentro en ellos el Nombre de Jesús. Me fastidian las conversaciones, si el nombre de Jesús no se repite en ellas con frecuencia. Este nombre es miel para mi boca. No hay sonido más armonioso a mis oidos ¿Ni que cosa puede haber más dulce para el corazón?
¿Estás triste? Pues traslada el Nombre de Jesús desde el corazón a los labios, y verás qué presto las nubes se disipan, vuelve la serenidad, y se descubre el bello día. ¿Te inducen a la desesperación los remordimientos de tu conciencia, y te estremece la espantosa vista de tus enormes pecados? Pronuncia el Dulcísimo Nombre de Jesús, y verás como revive la confianza, y el tentador se pone en vergonzosa fuga. A solo el Nombre de Jesús se desarma todo el Infierno junto. El es el que hace derramar en la oración lágrimas tan dulces. El es el que infunde tanto aliento en los mayores peligros.
¿Quién invocó jamás este adorable Nombre, que no fuese prontamente socorrido? ¿Quién se vio nunca combatido de las pasiones más violentas, o atacado de sus más furiosos enemigos, que invocando este Dulcísimo Nombre, no hubiese conseguido una completa victoria?
Nombre de valor en los combates; Nombre de luz en los peligros; Nombre de consuelo en los trabajos; Nombre de salud a la hora de la muerte para todos los que le tienen grabado en el corazón”.
¡Qué veneración tuvieron los Santos a este augusto Nombre! San Ignacio Mártir decía de si mismo, que le llevaba impreso en el alma. San Bernardo no acertaba a hablar de otra cosa en sus conversaciones, y era esta la materia más frecuente de sus elogios. San Ignacio, Fundador de la Compañía, le pareció no podía dejar a sus hijos otro nombre, que les hiciese concebir más alta idea de la sublime perfección en que los empeñaba su estado, y su sagrado ministerio, que el de distinguirse con el Nombre de Compañía de Jesús.
Por eso esta Religión celebra el día de hoy la Fiesta de este Dulcísimo Nombre, así como lo hacen también otras Iglesias, y familias Religiosas, y en la misma conformidad, que lo practica toda la Iglesia Universal.

San Bernardino de Siena y San Juan Capistrano, llevaban en sus misiones populares el monograma del Santísimo Nombre, rodeado de rayos, pintado en una tabla de madera, con el que bendecían a los enfermos y obraban milagros. Al finalizar sus sermones mostraban el emblema a los fieles y les pedían que se arrodillaran para a adorar al Redentor.
Recomendaban que colocaran el monograma de Jesús a las puertas de sus ciudades y a las puertas de sus casas. San Bernardino predicaba esta devoción nueva, y fue acusado por sus enemigos y conducido al tribunal del Papa Martín V. Defendido por San Juan Capistrano que le reconocía como su maestro y lo hizo con tanta elocuencia, justicia y éxito que el Papa no sólo permitió la adoración del Santísimo Nombre de Jesús, sino que asistió a una procesión en la que se llevaba el Santo Monograma. La tabla usada por San Bernardino es venerada en la actualidad, en Santa María en Ara Coeli en Roma.
EL MONOGRAMA

El monograma que representa el Santísimo Nombre de Jesús consiste en las tres letras: JHS. En la Edad Media el Nombre de Jesús se escribía: JHESUS; el monograma contiene la primera y la última letra del Santísimo Nombre de Jesús.
Se encuentra por primera vez en una moneda de oro del siglo VIII: DN IHS CHS REX REGNANTIUM (El Señor Jesucristo, Rey de Reyes). Las tres letras son las iniciales de "Jesús Hominum Salvator", Jesús Salvador de los Hombres.
San Ignacio de Loyola adoptó este monograma para la Compañía de Jesús, añadiéndole una cruz sobre la H y tres clavos bajo ella. Y se formó el emblema, considerando que los clavos eran originalmente una "V", y el monograma significa "In Hoc Signo Vinces", “Con esta Señal conquistaréis”, palabras que vio Constantino en los cielos bajo el signo de la Cruz antes de la batalla en el puente Milvio en 312, que favoreció su conversión al cristianismo.
Santa Teresa lo ponía al inicio de todas sus cartas.
San José, padre putativo de Jesús, cumplió las palabras del Arcángel San Gabriel: "Le pondrás el nombre de Jesús, porque Él va a salvar a su pueblo de sus pecados" (Mt 1, 21). Así como en el crucifijo honramos toda la Pasión de Cristo resumida en el símbolo de la cruz, de igual manera el nombre de Jesús nos recuerda todo el amor simbolizado en él (Filip. II, 9,10).
"Hablando de él, nos sentimos iluminados; pensando en él, recibimos el alimento de nuestras almas; invocándole, encontramos la paz”, como dice San Bernardo de Claraval.
Los primeros orígenes de esta Fiesta remontan al Siglo XVI. El Concilio de Lyon prescribió en 1274 una devoción especial al nombre de Jesús, y el beato Gregorio X comisionó a la Orden de Predicadores para propagarla. La Santa Sede concedió a los Franciscanos, en 1530, la celebración de la fiesta del Santo Nombre de Jesús y el uso se fue extendiendo. En 1721 Inocencio XIII la hizo Fiesta Universal. San Pío X la trasladó al primer Domingo de Enero, pero si este Domingo coincidía con la Epifanía, el Nombre de Jesús sería celebrado el día 2.

El Nombre de Jesús, invocado con confianza:
-Brinda ayuda en las necesidades corporales y espirituales, según la promesa de Cristo: "En mi nombre tomarán serpientes en sus manos y aunque beban veneno no les hará daño; impondrán las manos sobre los enfermos y obtendrán su salud" (Mc. 16, 17-18).
En el Nombre de Jesús aliviaron a los lisiados (Hch. 3,6; 9,34) y vida a los muertos (Hch. 9,40).
-Da consuelo en el espíritu. El Nombre de Jesús le recuerda al pecador su misericordia: el padre del hijo pródigo y del buen samaritano; al justo le recuerda la esperanza y la recompensa de la vida eterna.
-Nos protege de satanás y sus tentaciones, ya que el demonio le teme al Nombre de Jesús, quien lo ha vencido en la Cruz.

-En el nombre de Jesús obtenemos toda bendición y gracia en el tiempo y la eternidad, pues Cristo dijo: "lo que pidan al Padre se los dará en mi nombre." (Jn. 16,23). Por lo tanto, la Iglesia concluye todas sus oraciones con las palabras: "Por Jesucristo Nuestro Señor", etc.
Así se cumple la palabra de San Pablo"Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos." (Filip. 2, 10).
Jesús iba a obrar la Redención con los más atroces sufrimientos, “humillándose –dice San Pablo– no sólo hasta la muerte sino hasta la muerte de cruz. Por ello Dios lo exaltó y le dio un nombre sobre todo nombre, y al nombre de Jesús se doble toda rodilla”.
San Bernardo de Claraval en el siglo XI escribió un poema de cincuenta estrofas conocido como “ Iubilus de nomine Iesu”. Es un himno tan bello que a la Iglesia le ha servido para entresacar de él las estrofas que se cantan en los himnos de los oficios de Vísperas, Maitines y Laudes de la festividad del Santísimo nombre de Jesús.
La traducción del bello himno de Vísperas Jesu dulcis memoria, hecha por el P. Edward Caswall, ha contribuido a la difusión del poema de San Bernardo. Las Letanías del Santo Nombre de Jesús, que son un comentario de los atributos del Nombre del Salvador, provienen tal vez de San Bernardino y San Capistrano. Monseñor Challoner las llama Letanías del Dulcísimo Nombre de Jesús.

EL HIMNO JESU DULCIS MEMORIA.
Es dulce el recuerdo de Jesús,
que da verdaderos gozos al corazón
pero cuya presencia es dulce
sobre la miel y todas las cosas.

Nada se canta más suave,
nada se oye más alegre,
nada se piensa más dulce
que Jesús el Hijo de Dios.

¡Oh Jesús!, esperanza para los penitentes,
qué piadoso eres con quienes piden,
qué bueno con quienes te buscan,
pero ¿qué con quienes te encuentran?

¡Oh Jesús!, dulzura de los corazones,
fuente viva, luz de las mentes
que excede todo gozo
y todo deseo.

Ni la lengua es capaz de decir
ni la letra de expresar.
Sólo el experto puede creer
lo que es amar a Jesús.

¡Oh Jesús! rey admirable
y noble triunfador,
dulzura inefefable
todo deseable.

Permanece con nosotros, Señor,
ilumínanos con la luz,
expulsa la tiniebla de la mente
llena el mundo de dulzura.

Cuando visitas nuestro corazón
entonces luce para él la verdad,
la vanidad del mundo se desprecia
y dentro se enardece la Caridad.

Conoced todos a Jesús,
invocad su amor,
buscad ardientemente a Jesús,
inflamaos buscándole.

¡Oh Jesús! flor de la Madre Virgen,
amor de nuestra dulzura
a ti la alabanza, honor de majestad divina,
Reino de la felicidad.

¡Oh Jesús! suma benevolencia,
asombrosa alegría del corazón
al expresar tu bondad
me urge la Caridad.

Ya veo lo que busqué,
tengo lo que deseé
en el amor de Jesús desfallezco
y en el corazón todo me abraso.

¡Oh Jesús, dulcísimo para mí!,
esperanza del alma que suspira
te buscan las piadosas lágrimas
y el clamor de la mente íntima.

Sé nuestro gozo, Jesús,
que eres el futuro premio:
sea nuestra en ti la gloria
por todos los siglos siempre. Amén.
Iesu dulcis memoria
Dans vera cordis gaudia
Sed super mel et omnia
Eius dulcis praesentia.

Nil canitur suavius
Nil auditur iucundius
Nil cogitatur dulcius
Quam Jesus Dei Filius.

Iesu, spes paenitentibus
Quam pius es petentibus
Quam bonus Te quaerentibus
Sed quid invenientibus?

Iesu dulcedo cordium
Fons vivus lumen mentium
Excedens omne gaudium
Et omne desiderium.

Nec lingua valet dicere
Nec littera exprimere
Expertus potest credere
Quid sit Iesum diligere.

Iesu Rex admirabilis
Et triumphator nobilis
Dulcedo ineffabilis
Totus desiderabilis.

Mane nobiscum Domine
Et nos illustra lumine
Pulsa mentis caligine
Mundum reple dulcedine.

Quando cor nostrum visitas
Tunc lucet ei veritas
Mundi vilescit vanitas
Et intus fervet Caritas.

Iesum omnes agnoscite
Amorem eius poscite
Iesum ardenter quaerite
Quaerendo in ardescite.

Iesu flos matris Virginis
Amor nostrae dulcedinis
Tibi laus honor numinis
Regnum beatitudinis.

Iesu summa benignitas
Mira cordis iucunditas
In comprehensa bonitas
Tua me stringit Caritas.

Iam quod quaesivi video
Quod concupivi teneo
Amore Iesu langueo
Et corde totus ardeo.

O Iesu mi dulcissime
Spes suspirantis animae
Te quaerunt piae lacrymae
Et clamor mentis intimae.

Sis, Iesu, nostrum gaudium,
Qui es futurus praemium:
Sit nostra in te gloria
Per cuncta semper saecula. Amen.

Oremus:
¡Oh Dios!, que has constituido a tu unigénito Hijo como Salvador del mundo y quisiste que se llamara Jesús, concédenos propicio que al que por su santo nombre veneramos en la tierra, también disfrutemos de su presencia en el cielo. Por el mismo Cristo nuestro Señor . Amén.
Deus, qui unigenitum Filium tuum constituisti humani gener is Salvator em et Iesum vocari iussiti: concede propitius; ut cuius sanctus nomem veneramur in terris, eius quoque aspectu per fruamur in coelis. Per eumdem Christum Dominum nostrum. Amen.



Jesús de María

Vídeos recomendados:
a) Iglesia de Jesu en Roma, Italia.
b) Himno Jesús dulcis memoria.

jueves, 1 de enero de 2015

LA VIRTUD DE LA HUMILDAD (XXVI)


CAPITULO 26

Que nos hemos de guardar de hablar palabras que 
pueden redundar en nuestro loor. 

Los Santos y maestros de la vida espiritual, Basilio, Gregorio, Bernardo y otros, nos avisan que nos guardemos con mucho cuidado de hablar palabras que puedan redundar en nuestra alabanza y estima, conforme a aquello que el santo Tobías aconseja a su hijo (4, 14): Nunca permitas que la soberbia se enseñoree en tu corazón ni en tus palabras. Pondera muy bien San Bernardo a este propósito aquello de San Pablo (2 Cor 12, 6): [Me abstengo de hablar, porque no piense alguno de mí más de lo que en mí ve, u oye de mí]. Había dicho el Apóstol algunas cosas grandes de sí, porque convenía así para los oyentes y para la mayor gloria de Dios, y pudiera decir otras mayores, pues había sido arrebatado al tercero Cielo, donde vio y entendió más de lo que la lengua puede hablar, pero: Déjalas, dice, de decir porque no piense alguno de mí más de lo que hay y se ve en mí. Dice San Bernardo: «¡Oh! ¡Qué bien dijo: Yo perdono ahora eso! El soberbio y el arrogante no perdona a esas cosas, porque no deja pasar ninguna ocasión en que pueda mostrar ser algo, que no lo haga; antes algunas veces añade y dice más de lo que es, para ser tenido y estimado en más. Sólo el verdadero humilde deja pasar estas ocasiones, y para que no le tengan en más de lo que es, quiere descubrir lo que verdaderamente es». Y descendiendo en esto más en particular, dice: «Nunca digáis cosa de donde podáis parecer muy letrado, o muy religioso, u hombre de oración: generalmente, cosa que pueda redundar en vuestro loor, de cualquier manera que sea, siempre os habéis de guardar de decirla, porque es cosa muy peligrosa, aunque la podáis decir con mucha verdad, y aunque sea de edificación y os parezca que la decís para bien y provecho del otro; basta ser cosa vuestra para no la decir. Siempre habéis de andar muy recatado en esto, para que no perdáis con eso el bien que por ventura hicisteis.» 

San Buenaventura dice: «Nunca digáis palabras que den a entender que sabéis, o que tenéis habilidad, donde puedan los otros entender que allá en el siglo erais algo. Parece muy mal en la Religión preciarse de la nobleza y estado de los suyos, porque todos esos linajes y estados son un poco de viento, y como decía uno muy bien: La nobleza, ¿sabéis para qué es buena? Para menospreciarla como la riqueza. De lo que acá se hace caso es de la virtud y humildad que tuviereis; eso es lo que se estima; que lo que o no erais allá fuera, todo es aire; y el que en la Religión se precia de esas cosas, o hace caso de ellas, muestra bien su vanidad y poco espíritu; ese tal no ha dejado ni menospreciado el mundo». Dice San Basilio: «El que ha nacido con otro nacimiento nuevo, y ha contraído parentesco espiritual y divino con Dios, y recibido poder para ser hijo suyo, se avergüenza de ese otro parentesco carnal y olvidase de él.» 

En cualquiera parecen mal las palabras de su alabanza, y así dice el proverbio: [La alabanza en la propia boca envilece]. Y mejor el Sabio (Prov. 27, 2): [Alábate otro, y no tu boca; el extraño, y no tus labios]. Pero en la boca del religioso parecen mucho peor, por ser tan contrarias a lo que profesa, y por donde uno piensa que será estimado, viene a ser desestimado y tenido en poco. San Ambrosio, sobre aquellas palabras del Profeta (Sal 118, 153): Mirad, Señor, mi humildad, y libradme, dice: «Aunque uno sea enfermo, pobre y de baja suerte, si él no se ensoberbece ni se quiere preferir a nadie, con la humildad se hace amar y estimar; ésa lo suple todo. Y por el contrario, aunque uno sea muy rico, noble, poderoso, y aunque sea muy letrado y tenga muchas partes y habilidades, si él se jacta y engríe de eso, con eso se apoca y abate, y viene a ser despreciado y tenido en menos, porque viene a ser tenido por soberbio».  

Del abad Arsenio cuenta su historia que con haber sido en el mundo tan ilustre y eminente en letras, porque fue maestro de los hijos del emperador Teodosio, Arcadio y Honorio, que fueron también emperadores, con todo eso, después que se hizo monje, jamás se le oyó palabra que oliese a grandeza, ni que diese a entender que sabía letras, antes conversaba y trataba con los demás monjes con tanta humildad y llaneza como si no supiese letras ningunas, y preguntaba a los monjes más simples las cosas del espíritu, diciendo que en esta altísima ciencia no merecía ser discípulo. Y del bienaventurado San Jerónimo se dice en su Vida que era de linaje nobilísimo; y con todo eso, en todas sus obras no se halla que él haya dado significación alguna de ello. 

Dice San Buenaventura una razón muy buena: Entended que apenas puede haber en vos cosa buena y digna de loor, que no se les trasluzca a los otros y la entiendan y sepan; y si vos calláis y la escondéis, agradaréis mucho más y seréis más digno de loor, así por la virtud como por quererla encubrir; pero si vos la manifestáis y hacéis plato de ella, harán burla de vos; y de donde antes se edificaban y os estimaban, os vendrán a despreciar y tener en poco. Es en esto la virtud como el almizcle, que mientras más le escondéis, más se muestra con el olor que da; y si le tenéis descubierto, presto perderá el olor. 

Cuenta San Gregorio que un santo abad, llamado Eleuterio, iba una vez caminando, y llegando a hacer noche a un monasterio de monjas, le hospedaron en cierta casa donde estaba un muchacho muy atormentado del demonio, el cual fue aquella noche su compañero. Venida la mañana, le preguntaron las monjas si le había venido a aquel mozo algún accidente. Respondió que no. Entonces dijeron ellas que era muy atormentado cada noche del demonio, y le rogaron con mucha insistencia que le llevase consigo al monasterio. Aceptó el viejo sus ruegos, y como estuviese mucho tiempo en el convento y no se osase llegar a él el enemigo antiguo, fue tocado el corazón del viejo de alguna alegría desordenada y vano contento por la salud del mozo, y hablando con sus monjes, dijo: «Se burlaba, hermanos, el demonio con aquellas monjas atormentando, este mozo; mas después que ha venido al monasterio de los siervos de Dios, no se ha atrevido a llegar a él.» En diciendo estas palabras, súbitamente, delante de todos, fue el mozo atormentado del demonio; lo cual visto por el santo viejo, comenzó a llorar amargamente, viendo que su vanagloria había sido causa de aquel desmán; y consolándole los monjes, les dijo que ninguno de ellos comerían bocado hasta que alcanzasen la salud de aquel mozo. Y postrados todos en oración, no se levantaron de ella hasta que fue sano el enfermo.» Por donde se verá cuánto aborrece Dios las palabras que tienen algún resabio, de alabanza propia, aunque se digan burlando, por gracia y por donaire, como parece que las dijo este santo.

EJERCICIO DE PERFECCIÓN Y 
VIRTUDES CRISTIANAS. 
Padre Alonso Rodríguez, S.J.