lunes, 8 de diciembre de 2014

BENDITA SEA TU PUREZA


Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea,

pues todo un Dios se recrea, en tan graciosa belleza.

A ti celestial princesa, Virgen Sagrada María,

yo te ofrezco en este día, alma vida y corazón.

Mírame con compasión, no me dejes Madre mía.

(Bis)

jueves, 4 de diciembre de 2014

VIAJE DE FRANCISCO A TURQUÍA: «EL CORÁN ES UN LIBRO DE PAZ»

Miles Christi - 01/12/2014.

¡Por favor, que alguien se decida de una buena vez a amordazar a este hombre!

Propongo que hagamos una novena a San Judas Tadeo para que le inspire la vocación cartuja...

O la de eremita, en las periferias existenciales del Oriente Medio, así podrá practicar la cultura del encuentro con los encantadores lectores barbudos de las suras coránicas...

       

« Yo fui a Turquía como peregrino, no como turista. Cuando fui a la mezquita no podía decir: "¡Ahora soy un turista!". Vi aquella maravilla, el gran muftí me explicaba muy bien las cosas, con mucha humildad, me citaba el Corán, cuando habla de María y de Juan el Bautista. En ese momento sentí la necesidad de rezar. Le pregunté: "¿Rezamos un poco?" Y él me respondió: "Sí, sí". Yo recé por toda Turquía, por la paz, por el muftí, por todos y por mí... Dije: "¡Señor, acabemos con estas guerras!" Fue un momento de oración sincera ».

 « Os expreso, por último, mis mejores deseos y oraciones para que vuestras vidas puedan glorificar al Altísimo y dar alegría a los que os circundan. ¡Feliz fiesta a todos vosotros! »  (Saludos destinados a la comunidad musulmana por el fin del Ramadán: http://es.radiovaticana.va/news/2013/08/02/la_base_es_el_respeto_mutuo,_francisco_a_los_musulmanes/spa-716491)
 « Quiero tener un recuerdo para los queridos inmigrantes musulmanes que esta tarde comienzan el ayuno del Ramadán, con el deseo de abundantes frutos espirituales. » http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2013/documents/papa-francesco_20130708_omelia-lampedusa.html
 « Es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. » (Evangelii Gaudium, § 252: https://www.aciprensa.com/Docum/evangeliigaudium.pdf)

 Solemne oración ecuménica en la Iglesia patriarcal de San Jorge de Estambul, con el Papa junto al Patriarca Bartolomé.  El Papa le dijo al Patriarca: "Le pido un favor: Bendígame a mí y a la

   

« Yo creo que con la ortodoxia estamos en camino; tienen sacramentos y sucesión apostólica... Estamos en camino. Si tenemos que esperar a que los teólogos se pongan de acuerdo... ¡No llegará nunca ese día! Soy escéptico: trabajan bien los teólogos, pero Atenágoras había dicho: "¡Pongamos a los teólogos en una isla para que discutan y nosotros seguimos adelante!". La unidad es un camino que se debe hacer, y se debe hacer juntos; es el ecumenismo espiritual, rezar juntos, trabajar juntos. (...) Las Iglesias orientales católicas tienen derecho de existir, pero el unitarismo es una palabra de otra época; hay que encontrar otra vía ». 


                                                       

 Francisco haciéndose bendecir por el "arzobispo" de Canterbury Justin Welby el 16 de junio de este año, en su visita al Vaticano, acompañado por dos mujeres ordenadas « sacerdotisas » en la secta herética anglicana. (http://gloria.tv/media/Ec9YkmA1dXc - http://pagina-catolica.blogspot.fr/2014/06/sigue-la-farsa-en-roma.html)

                                      

 El cardenal Bergoglio recibiendo la bendición de "pastores" evangelistas en el Luna Park de la ciudad de Buenos Aires el 19 de junio de 2006: « Cuando todos rezaban, lo primero que me salió fue ponerme de rodillas, un gesto muy católico, para recibir la oración y la bendición de las siete mil personas que estaban ahí. » (Sobre el cielo y la tierra , cap. 28, p. 3: http://fr.calameo.com/read/002080055a8b71b163859 - http://tradiciondigital.es/2013/03/14/el-cardenal-bergoglio-se-arrodillo-para-recibir-la-bendicion-de-herejes/) 

martes, 2 de diciembre de 2014

LOS DISCURSOS MASÓNICOS DE FRANCISCO EN ESTRASBURGO

 

Miles Christi – 30/11/2014.
                   
El 25 de noviembre Francisco realizó un viaje relámpago a la ciudad francesa de Estrasburgo, durante el cual pronunció dos discursos, uno en el Parlamento Europeo y otro en el Consejo de Europa, dos de las principales instituciones laicas y masónicas que fabrican las leyes contrarias a la ley de Dios y que difunden la ideología derecho-humanista que anima todas las leyes, directivas, instituciones y tratados europeos. El tenor de los mismos consistió en una peroración típicamente bergogliana exponiendo una serie de lemas y de ideas fuerza intrínsecamente subversivos y revolucionarios, en total consonancia con los sofismas fundadores de la « civilización » moderna, masónica y anticristiana: naturalismo, deísmo, laicismo, humanismo, pluralismo y utopismo. No haré un análisis exhaustivo de todos  los temas evocados en sus discursos, dado que se prestarían a un amplio desarrollo que excedería el marco de estas breves líneas: he seleccionado solamente algunas de sus declaraciones en relación al papel que le atribuye a las instituciones europeas, y que se sitúan en las antípodas de la visión cristiana del ser humano y de la sociedad. Comienzo por el discurso en el Parlamento Europeo:

El centro del « ambicioso proyecto político » de la comunidad europea se basa en « la confianza en el hombre, no tanto como ciudadano o sujeto económico » sino « en el hombre como persona dotada de una dignidad trascendente (...) La dignidad es una palabra clave que ha caracterizado el proceso de recuperación » europea luego de la segunda guerra mundial. « La percepción de la importancia de los derechos humanos (…) ha contribuido a formar la conciencia del valor de cada persona humana, única e irrepetible (…) La promoción de los derechos humanos desempeña un papel central en el compromiso de la Unión Europea, con el fin de favorecer la dignidad de la persona (…) Se trata de un compromiso importante y admirable. » 

El régimen revolucionario masónico, liberal, laico y democrático, ha sido construído por la arrogancia del hombre que desprecia a Jesucristo y a la Iglesia, que se pretende autónomo y dispensado de observar la ley divina y que no reconoce otra ley que no sea la que el « pueblo soberano » se prescribe a sí mismo. Esa « civilización » anticrística, en el sentido escatológico del término, es aprobada, elogiada y promocionada por Francisco, quien  recuerda a los eurodiputados « la exigencia de hacerse cargo de mantener viva la democracia, la democracia de los pueblos de Europa », para explicarles  a continuación que « mantener viva la realidad de las democracias es un reto de este momento histórico. », asegurándoles luego que la esperanza para Europa reside en « reconocer la centralidad de la persona humana », en el « compromiso en favor de la ecología », en « favorecer las políticas de empleo » y en realizar la construcción europea en torno a « la sacralidad de la persona humana. »

En el segundo discurso, pronunciado en el Consejo de Europa, agradece a sus miembros  por su « promoción de la democracia, los derechos humanos y el estado de derecho », con lo que legitima el régimen democratico, revolucionario y liberal, basado en la « soberanía popular » y en la exclusión de Dios y de la Iglesia de la vida pública. Quedan así excluídos del « estado de derecho », por principio, las monarquías cristianas o los régimenes políticos católicos refractarios a los sofismas liberales y a los utopismos « progresistas », asimilados por el sistema derecho-humanista a « tiranías » y a « dictaduras » intrínsecamente reprobables. Les dice que para obtener la paz tan ansiada « es necesario ante todo  educar para ella, abandonando una cultura del conflicto, que tiende al miedo del otro, a la marginación de quien piensa y vive de manera diferente », fórmula totalmente naturalista que prescinde del orden sobrenatural, de la misión civilizadora de la Iglesia y de la redención operada por Nuestro Señor Jesucristo.

Esto es muy distinto de lo que nos enseña la Iglesia al respecto : « El día en que Estados y gobiernos estimen ser un deber sagrado el atenerse a las enseñanzas y a las prescripciones de Jesucristo en sus relaciones interiores y exteriores, sólo así llegarán a gozar de una paz provechosa, mantendrán relaciones de confianza recíproca y resolverán pacíficamente los conflictos que pudiesen surgir (…) Síguese entonces que no podrá existir ninguna paz verdadera, a saber, la tan deseada paz de Cristo, hasta tanto los hombres no sigan en la vida pública y privada con fidelidad las enseñanzas, los preceptos y los ejemplos de Cristo. Una vez así constituida ordenadamente la sociedad, pueda por fin la Iglesia, desempeñando su divina misión, hacer valer todos y cada uno de los derechos de Dios lo mismo sobre los individuos como sobre las sociedades. En esto consiste la breve fórmula : el reino de Cristo (…) De todo lo cual resulta claro que no hay paz de Cristo sin el reino de Cristo. » (Encíclica Ubi Arcano, Pío XI, 1922)

Pero huelga decir que en la visión naturalista de Francisco estas palabras de Pío XI carecen de todo significado. Luego hace a su auditorio la siguiente pregunta retórica : « ¿Cómo lograr el objetivo ambicioso de la paz? », a la cual responde del siguiente modo: « El camino elegido por el Consejo de Europa es ante todo el de la promoción de los derechos humanos, que enlaza con el desarrollo de la democracia y el estado de derecho. Es una tarea particularmente valiosa, con significativas implicaciones éticas y sociales, puesto que de una correcta comprensión de estos términos y una reflexión constante sobre ellos, depende el desarrollo de nuestras sociedades, su convivencia pacífica y su futuro. »

Concluyendo esta breve reseña: Todo el mensaje de Francisco se funda en el reconocimiento y en la legitimación de la ideología iluminista y revolucionaria de los « derechos humanos », sustituto del Evangelio y de los Mandamientos, y en la promoción de la falaz « dignidad de la persona humana » que oculta la naturaleza caída del hombre y la consiguiente necesidad en la que éste se encuentra de ser rescatado del pecado y salvado de la condenación eterna por la gracia divina comunicada por Jesucristo, Nuestro Señor y Salvador, a través de la Iglesia, su Cuerpo Místico y única Arca de Salvación.

Esta verdad teológica básica ha sido evacuada de la constitución política moderna del Estado liberal y revolucionario, que reposa en el libre « contrato social » contraído entre individuos « autónomos » y « soberanos », quienes obedeciendo a la « voluntad general » se imaginan emancipados de toda ley superior distinta de aquella que ellos mismos decidan atribuirse: ley natural, ley eclesiástica, ley divina. Es la actitud del hombre rebelde que, renunciando a su condición de creatura, dependiente moral y ontológicamente de su Creador, se constituye en el orígen del bien y del mal, adorando su « dignidad trascendente e inalienable » como su fin último y declarándose la razón de ser de la sociedad y del Estado.

La democracia moderna no es más que la concreción social de esta actitud de rebeldía. Ella encarna eminentemente el « seréis como dioses » del Edén, traducido en espuria teoría política por los « filo-sofistas » de la « Ilustración » y del « Siglo de las Luces »… El régimen democrático es el eco temporal del « non serviam » pronunciado por Satanás en los orígenes de la Creación. La democracia moderna no es pues sino la « Demoncracia », la « Bestia » del Apocalipsis, que aguarda impaciente la llegada de su caudillo postrero, aquel cuya misión será la de consumar la rebelión de la humanidad contra Dios. Pero sabemos que la bestia política será secundada por una segunda bestia, que corresponde a la religión adulterada, prostituida y prevaricadora, la que también contará con un jefe emblemático, el cual hará que los moradores de la tierra se sometan incondicionalmente a la primera, adorándola. Y es necesario reconocer que Francisco, a través de sus discursos de Estrasburgo, se sitúa inequívocamente en la línea del falso profeta descripto por San Juan en su visión escatológica, presentándose a los ojos del mundo como un cordero pero hablando como un dragón…


                         

sábado, 29 de noviembre de 2014

LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA EN EJEMPLOS - 21



SAN JERONIMO EMILIANO

Jerónimo Emiliano fue en su juventud un gran libertino, de modo que no hubo goce mundanal que él no apurara hasta la saciedad. Alistado en la milicia, llevó la vida alegre y disipada de muchos que siguen la carrera de las armas; pero la Santísima Virgen, que le amaba entrañablemente, permitió que en cierta guerra cayese prisionero, y fuera encerrado en una cárcel tenebrosa, sin esperanza alguna de salir de ella.

La oscuridad y tristeza de la cárcel le hicieron volver en sí, y ver la horrible oscuridad de su alma, cargada de tantos y tan enormes pecados, y esta consideración levantó en él tan vivos remordimientos, que estuvo a punto de desesperar.

Abandonado de todos, sentía la necesidad de convertirse a Dios; pero al levantar el corazón al cielo, lo hacía sin ninguna esperanza, creyendo que el Señor no podía escuchar la voz de un hombre cargado de tantos y tan graves pecados. Iba ya a dejarse llevar por la fatal corriente de la desesperación, cuando se acordó de la Santísima Virgen, e hizo memoria de los cruelísimos dolores y mortales angustias que tuvo que sufrir su ternísimo Corazón, durante las horas en que Jesús estuvo preso en poder de sus implacables enemigos.

El recuerdo de los dolores de María enterneció profundamente a Jerónimo, y le movió a recurrir a la Santísima Virgen, pidiéndole que por lo que hubo de sufrir en la vida, pasión y muerte de Jesús, se dignara levantar en su alma la esperanza de salvarse, que tenía perdida.

—Si junto con la resignación en las penas que padezco, me alcanzáis un verdadero arrepentimiento de mis pecados, y el perdón de los mismos, dolorida Madre mía —le dijo—, os prometo sinceramente ser siempre vuestro devoto y hacer penitencia hasta la muerte.

La piadosísima Madre de Jesús no podía hacerse sorda a las preces del hijo afligido, que ponía en Ella la esperanza para volver a la amistad y gracia de Dios, así es que no solamente le alcanzó una verdadera contrición de sus culpas, y la seguridad de que le habían sido perdonadas, sino que además quiso que el nuevo convertido recibiera poco tiempo después la libertad.

Salido de la cárcel, Jerónimo pasó el resto de sus días llorando amargamente los excesos de su vida y haciendo dura penitencia por ellos. Murió en el Señor, y la Iglesia lo inscribió en el catálogo de los Santos.

Aprende a no desconfiar de Dios, y a poner tu causa en las benditas manos de María, única esperanza de los pecadores.

(«Lourdes-Fátima»)

jueves, 27 de noviembre de 2014

NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA - 27 DE NOVIEMBRE


De Julio a diciembre del año del Señor de 1830 la Santísima Virgen se apareció a una humilde novicia de la Caridad, Sor Catalina Labouré, ordenándole que se hiciese acuñar una medalla cuyas efigies le mostró. Una de las caras de la medalla lleva la imagen de la Inmaculada despidiendo rayos de sus manos, con esta plegaria: "Oh María concebida sin pecado, rogad por nosotros que recurrimos a vos".
Las curaciones y milagros de todo orden obrados por esta medalla aceleraron la definición dogmática de la Inmaculada Concepción, razón por la cual es la Medalla Milagrosa la más usada por los Hijos de María de todo el mundo y propiamente la insignia oficial de los mismos.

PRIMERA APARICIÓN – 18 de julio de 1830.

He aquí cómo relata Santa Catalina su primera aparición:
"Vino después de la fiesta de San Vicente, en la que nuestra buena madre Marta hizo, por la víspera, una instrucción referente a la devoción de los santos, en particular de la Santísima Virgen, lo que me produjo un deseo tal de ver a esta Señora, que me acosté con el pensamiento de que aquella misma noche vería a tan buena Madre. ¡Hacía tiempo que deseaba verla! Al fin me quedé dormida. Como se nos había distribuido un pedazo de lienzo de un roquete de San Vicente, yo había cortado el mío por la mitad y tragado una parte, quedándome así dormida con la idea de que San Vicente me obtendría la gracia de ver a la Santísima Virgen.
Por fin, a las once y media de la noche, oí que me llamaban por mi nombre: Hermana, hermana. Despertándome, miré del lado que había oído la voz, que era hacia el pasillo. Corro la cortina y veo un niño vestido de blanco, de edad de cuatro a cinco años, que me dice: Venid a la capilla; la Santísima Virgen os espera. Inmediatamente me vino al pensamiento: ¡Pero se me va a oír! El niño me respondió: Tranquilizaos, son las once y media; todo el mundo está profundamente dormido, venid, yo os aguardo.
Me apresuré a vestirme y me dirigí hacia el niño, que había permanecido de pie, sin alejarse de la cabecera de mi lecho. Puesto siempre a mi izquierda, me siguió, o más bien, yo le seguí a él en todos sus pasos. Las luces de todos los lugares por donde pasábamos estaban encendidas, lo que me llenaba de admiración. Creció de punto el asombro cuando, al entrar en la capilla, se abrió la puerta apenas la hubo tocado el niño con la punta del dedo; y fue todavía mucho mayor cuando vi todas las velas y candeleros encendidos, lo que me traía a la memoria la misa de Navidad. No veía, sin embargo, a la Santísima Virgen.
El niño me condujo al presbiterio, al lado del sillón del señor director. Aquí me puse de rodillas, y el niño permaneció de pie todo el tiempo. Como éste se me hiciera largo, miré no fuesen a pasar por la tribuna las hermanas a quienes tocaba vela.
Al fin llegó la hora. El niño me lo previene y me dice: He aquí a la Santísima Virgen; hela aquí. Yo oí como un ruido, como el roce de un vestido de seda, procedente del lado de la tribuna, junto al cuadro de San José, que venía a colocarse en las gradas del altar, al lado del Evangelio, en un sillón parecido al de Santa Ana; sólo que el rostro de la Santísima Virgen no era como el de aquella Santa.
Dudaba yo si sería la Santísima Virgen, pero el ángel que estaba allí me dijo: He ahí a la Santísima Virgen. Me sería imposible decir lo que sentí en aquel momento, lo que pasó dentro de mí; me parecía que no la veía. Entonces el niño habló, no como niño, sino como hombre, con la mayor energía y con palabras las más enérgicas también. Mirando entonces a la Santísima Virgen, me puse de un salto junto a Ella, de rodillas sobre las gradas del altar y las manos apoyadas sobre las rodillas de esta Señora.
En ese instante experimenté la emoción más dulce de mi vida y que me es absolutamente imposible describir. La Santísima Virgen me explicó la manera como debía comportarme en medio de mis penas y, señalándome con la mano izquierda las gradas del altar, me dijo que viniera siempre, en semejantes ocasiones, a postrarme allí, y abrir  mi corazón para desahogarlo y recibir todos los consuelos de que tenía necesidad. Y agregó:
“Hija mía, quiero confiarte una misión. Tendrás grandes amarguras para llevarla a cabo, pero las sobrellevarás con el pensamiento de que todo irá encaminado a la mayor gloria de Dios. Padecerás contradicción, pero no temas porque no te faltará la gracia que necesitas; y no dejes de manifestar ingenua y sencillamente todo lo que pase. Has de ver algunas cosas, y has de recibir particulares inspiraciones en la oración. Pero, mira, da cuenta de todo a tu padre espiritual.”
Entonces supliqué a la Santísima Virgen que me explicara las cosas que había visto:
“Hija mía -me respondió-, los tiempos que corren son malos y van a traer grandes calamidades sobre Francia. El trono va a ser echado por tierra. El mundo entero será azotado por toda suerte de males.” La Santísima Virgen mostraba un aire tristísimo diciendo esto: “Pero, mira, en aquellos tiempos de tribulación, venid, venid al pie de este santo altar. Aquí, mis gracias serán derramadas sobre todos y todas las personas que las pidieren, grandes y pequeñas. Llegarán a tal extremo las cosas que parecerá que ya no habrá remedio; todo se creerá perdido; pero tened buen ánimo, no desconfiéis un momento; yo estaré con vosotros; experimentaréis sensiblemente mi presencia, y la protección de Dios y de San Vicente descenderá sobre sus dos Familias. (La de los Sacerdotes de la Misión y la de las Hijas de la Caridad).”
Después, los ojos arrasados en lágrimas, añadió: “En otras comunidades igual que en el clero de París, habrá víctimas. El Ilustrísimo Señor Arzobispo morirá.” Al proferir estas palabras, sus lágrimas rodaron, “Hija mía, la Cruz será vilipendiada y arrojada al suelo. Será abierto de nuevo el costado de mi Divino Hijo. Las calles se inundarán de sangre; el mundo entero quedará sumido en la tristeza.” Aquí la Santísima Virgen ya no pudo hablar, y un dolor profundo se dibujó en su semblante. Entonces pensé: "¿Cuándo sucederán todas estas cosas?" y una lumbre interior claramente le indicó que dentro de cuarenta años, vaticinando así los luctuosos acontecimientos que se desarrollaron entre los años 1870 y 1871.
La Santísima Virgen le encargó además que trasmitiera a su Director varias recomendaciones referentes a las Hijas de la Caridad y la fundación de una cofradía de las Hijas de María. Luego concluyó:
“Grandes calamidades, pues, habrán de sobrevenir. Máximo será el peligro. Con todo, no temáis vosotras; la protección de Dios, particularmente, os acompañará siempre, y San Vicente os protegerá también. Yo misma permaneceré con vosotras y en vosotras siempre tendré puestos mis ojos para concederos gracias en abundancia. Las gracias serán derramadas particularmente sobre las personas que las pidieren; pero, es preciso orar, orar mucho."
No podría decir -continúa la confidente de María- cuánto tiempo permanecí con la Santísima Virgen. Todo lo que puedo afirmar es que, después de haberme hablado largo tiempo, desapareció de mi vista como una sombra que se desvanece.
 Habiéndose levantado, volvió a hallar al niño en el mismo sitio en que lo había dejado. Entonces él le dijo: La Virgen ya se fue y otra vez, colocándose a la izquierda, la llevó lo mismo que la había traído, derramando claridades celestiales en tomo suyo.
Creo -concluye el relato de la Santa Hermana- que este niño era el Ángel de mi Guarda, porque yo le había rogado encarecidamente que me alcanzase el favor de ver a la Santísima Virgen. Vuelta a mi cama, oí sonar las dos, y no volví a dormir."

LA APARICIÓN DEL 27 DE NOVIEMBRE de 1830.

Lo que acaba de ser referido no es más que una parte de la misión confiada a Santa Catalina Labouré, o más bien, una preparación de la entrega del preciosísimo legado que iba a depositar en sus manos, como prenda de su amor a la humanidad, la bondadosa Reina de los cielos.
A fines de Noviembre de este mismo año de 1830, nuestra Santa dio cuenta a su Director de una nueva visión. Esta vez no es ya la madre afligida que llora sobre los males que amenazan a sus hijos; es la Reina de los cielos que baja trayendo la promesa de las bendiciones, de la salud eterna y de la paz.
He aquí su relación, escrita de la propia mano de Santa Catalina Labouré:
“El 27 de noviembre de 1830, víspera del primer Domingo de Adviento, a las cinco y media de la tarde, en el profundo silencio de la meditación, oí del lado derecho del altar, un ruido de sedas que se rozan, e inmediatamente vi a la Santísima Virgen junto al cuadro de San José. De estatura mediana, su rostro era tan hermoso que me sería imposible describir, aun pálidamente, su belleza. Estaba de pie, vestida con una túnica blanca, nacarada, color de aurora y mangas lisas. Tenía cubierta la cabeza con un velo blanco que le caía a cada lado hasta los pies; los cabellos recogidos y por encima una especie de manteleta, guarnecida de un corto encaje, ajustada a la cabeza. El rostro quedaba bastante descubierto y los pies descansaban sobre un globo terráqueo, del cual sólo se veía la mitad. Las manos, levantadas a la altura del pecho, sostenían, naturalmente, otro globo, que también representaba el mundo. Su mirada se elevaba dulcemente al cielo en actitud de ofrecer a Dios la esfera representativa del Universo.
De repente sus dedos se cubrieron de anillos adornados con piedras preciosísimas de sin igual belleza. Los haces de rayos que despedían, iluminaban a la Virgen de tal suerte que su claridad deslumbradora ya no dejaba ver ni su vestido ni sus pies. Las gemas eran de diferentes tamaños y asimismo los rayos que lanzaban eran proporcionalmente de diversa claridad.
No podré decir lo que entonces experimenté ni todo lo que aprendí de ello en tan poco tiempo. Como estuviese yo completamente embebida en su contemplación, la Santísima Virgen inclinó sus ojos sobre mí y una voz me dijo en el fondo del corazón:
“Este globo que aquí ves representa al mundo entero, pero especialmente a Francia y aun a cada persona en particular.”
 Aquí ya no sé describir de ningún modo la espléndida belleza ni el brillo que cobraron los rayos luminosos, cuando la Santísima Virgen añadió:
“Estos rayos son figura de las gracias que derramo sobre las personas que imploran mis favores”, haciéndome comprender así cuán generosa es con las personas que a ella se dirigen. ¡Cuántas gracias concede a quienes se las piden! En estos instantes inefables, ¿existía yo o no existía? No lo sé. ¡Yo gozaba... gozaba inmensamente!
De pronto la aparición tomó la forma de óvalo, en cuya parte superior se dibujó esta inscripción en caracteres de oro:
 ¡Oh María sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!
Este vivo cuadro que Santa Catalina tenía delante de sus ojos, de pronto se cambió sensiblemente. Las manos de María como abrumadas por el peso de las gracias de que eran símbolo las radiantes sortijas y sus piedras preciosísimas, se bajaron y extendieron en el ademán gracioso que hoy ostenta la medalla. Luego, la Virgen dejó oír estas palabras:
“Haz acuñar, una medalla según este modelo. Cuantos piadosamente la llevaren, recibirán gracias particularísimas, sobre todo si la llevaren suspendida al cuello. Las gracias serán muy abundantes para cuantas la llevaren animados de confianza.”
Un instante después -dice la Santa- el retablo se volvió, dejando ver en el reverso la letra M; sobre la que se levantaba una Cruz que descansaba en una barra horizontal, y debajo, los Sagrados Corazones de Jesús y María; el primero rodeado de una corona de espinas y el segundo atravesado por una espada.
En otras notas, escritas igualmente por la misma Hermana, que completan esta relación, se añade que algunas de las piedras de los anillos no despedían rayo ninguno, y, admirándose de esto la Vidente, se le respondió que las piedras que quedaban en la sombra representaban las gracias que los hombres no piden a María.

TERCERA APARICIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN

El Padre Aladel acogió con indiferencia, casi pudiera decirse  con severidad, las comunicaciones de su penitente, llegando hasta prohibirle el darles crédito alguno. Pero la obediencia de la Santa, atestiguada por su mismo Director, no tuvo la eficacia para borrar de su memoria el dulce recuerdo de lo visto. Postrarse a los pies de María, constituía para ella toda su felicidad.

A María iba continuamente el giro de sus pensamientos, y estaba íntimamente persuadida de que volvería a ver a la Reina de los cielos.
Y en efecto, no quedaron frustradas sus esperanzas. En el mes de Diciembre fue favorecida con una nueva aparición, exactamente igual a la del 27 de Noviembre, y a la misma hora, con la única diferencia, sin embargo por otra parte notable, que la Santísima Virgen no se colocó junto al cuadro de San José, como la vez anterior, sino sobre el sagrario, un tanto hacia atrás, en el mismo lugar en que hoy está su imagen.
La mensajera escogida por la Inmaculada recibió de nuevo la orden de hacer acuñar una medalla, según este modelo. Santa Catalina termina su relación con estas palabras:
 "Deciros lo que sentí en el momento en que la Santísima Virgen ofreció a Nuestro Señor el globo que representaba el universo, es imposible, como también lo que experimenté en los instantes en que la contemplaba. Una voz que se dejó oír en el fondo de mi corazón, me dijo: Estos rayos son el símbolo de las gracias que la Santísima Virgen obtiene a las personas que se las piden.”
Después, contra su costumbre, se le escapa una exclamación de júbilo al pensar en los homenajes que le serían tributados a María: "Oh, qué hermoso será oír decir un día: María es la Reina del Universo. Y cuando los niños exclamen: ¡María es la Reina de cada persona en particular! ¡Será llevada en triunfo y dará la vuelta al mundo!"
Cuando la Venerable Hermana refirió esta nueva aparición de la Medalla al Padre Aladel, éste le preguntó si en el reverso había alguna inscripción, así como la había alrededor de la Inmaculada. La Hermana contestó que no había inscripción ninguna. "Pero, entonces -replicó su Director-, pregunte usted a la Virgen qué es lo que allí se ha de poner".
La Hermana obedeció y después de haber orado largo tiempo, un día, estando en oración, le pareció oír una voz que le decía:“Bastante dicen la letra M y los Sagrados Corazones.”

DIFUSIÓN DE LA MEDALLA


Por fin, después de consultar al arzobispo de París, que le anima a llevar adelante la empresa, el Padre Aladel encarga las primeras 20 000 medallas, en 1832. Y el 2 de febrero de 1840 funda la Cofradía de las Hijas de María.

Con verdad, puede decirse que desde el momento en que se acuñó la primera medalla, ésta comenzó a recorrer el mundo, convirtiendo una cantidad innumerable de almas, volviendo la paz a infinidad de familias, restaurando la sólida piedad cristiana en todos lados, abriendo el camino a la definición del dogma de la Inmaculada Concepción y luego confirmando esta verdad de nuestra fe en los corazones de todos los bautizados.

LOS PRIMEROS PRODIGIOS
Las medallas milagrosas iniciaron su esplendoroso cortejo de milagros durante la epidemia de cólera que azotó a Francia en aquel mismo año. Siguen unos ejemplos de milagros en el orden de la naturaleza y otro en el orden de la gracia, o espiritual, ambos bastante significativos:
* En la diócesis de Meaux, una señora contagiada por la cólera, ya desahuciada, y en vísperas de dar a luz, recibe una medalla milagrosa: nace una bella y saludable niña, y la madre se ve totalmente curada.
* Próximo a fallecer, un militar de Alencón respondía con blasfemias e insultos a todos los llamamientos a la conversión que le dirigían el capellán y las religiosas: “Vuestro Dios no quiere a los franceses: decís que Él es bueno y que me ama, pero si así fuese ¿cómo me hace sufrir de este modo? No necesito de vuestros consejos, ni de vuestros sermones”. A medida que se aproximaba a la muerte, se multiplicaban las imprecaciones. Cuando nadie más esperaba su conversión, seis días después de que una monja le prendiera al lecho, sin que él lo percibiera, una medalla milagrosa, el militar declara: “No quiero morir en el estado en que me encuentro; pidan al padre que haga el favor de oírme en confesión”. En medio de terribles tormentos muere con serenidad y dice: “Lo que me causa pesar es haber amado tan tarde, y no amar mucho más”.

​* El más famoso fue la conversión del judío Alfonso de Ratisbona. Ratisbona acepta por cortesía una medalla de la Virgen Milagrosa, con la recomendación del rezo diario del «Acordaos» de San Bernardo. Visita en Roma la Iglesia de San Andrea delle Fratte. Se acerca a la capilla de la Virgen que se le aparece tal como venía grabada en la medalla. Se arrodilló y quedó transformado. Se bautizó, se ordenó sacerdote, convirtió a muchos judíos y fundó las Hermanas de Sion para este apostolado.

Estos hechos nos enseñan que la medalla debe ser usada no solamente para pedir beneficios de orden material, sino principalmente para pedir gracias de conversión, de santificación propia o de otras personas, cambios de comportamiento, abandono de vicios y de situaciones pecaminosas, etcétera, en fin todo aquello que parece difícil, y hasta casi imposible, pero que puede ser alcanzado recurriendo al poder de la Virgen, a través del uso devoto, humilde y lleno de confianza de su milagrosa medalla.
La oración que ciertamente Ella recibe con mayor agrado, hecha por aquellos que traen consigo esta medalla de tantas gracias, es la jaculatoria grabada en ella, y que Nuestra Señora misma se dignó enseñarnos, para que la recemos muchas veces al día.
El mundo se escandaliza como siempre, del modo de proceder de Dios, el cual, al decir de San Pablo, se complace en realizar sus más grandes maravillas; con los medios más humildes y hasta, despreciables. ¿Cómo es posible -murmuran engreídos- que un trocito de metal, más o menos precioso, pueda tener la virtud que se le atribuye?
Esta arma, la Medalla con la imagen de la Santísima Virgen, en efecto, es insignificante en sí misma, más no lo es ciertamente, con la virtud que María Santísima ha puesto en ella.
Llevemos, pues, nuestra Medalla al cuello, rezando confiadamente la oración que lleva inscripta y recordando las palabras que Nuestra Señora en su aparición a Santa Catalina Labouré dijo:
“Y sólo, cuando Yo, bajo este emblema sea reconocida como Reina del mundo, llegarán los días de Paz, de alegría y de felicidad, que han de ser muy largos.”

ÚLTIMOS DÍAS DE SANTA CATALINA LABOURÉ.

Mientras tanto, Santa Catalina sigue en la humildad y el anonimato. Atiende a los ancianos, trabaja en la cocina, en el gallinero, en la enfermería, en la portería. Sufre en silencio la falta de comprensión del nuevo confesor. Consigue que se levante el altar, con la estatua que perpetúe las apariciones, en la capilla donde había recibido las confidencias de la Virgen.
Santa Catalina murió en París en 1876. Su cuerpo, que reposa en el altar de la Virgen del Globo, fue encontrado incorrupto 56 años más tarde, intactos los bellos ojos azules que habían visto a la Virgen. Beatificada por Pío XI en 1923, fue canonizada por Pío XII el año 1947.

CONSAGRACIÓN A NUESTRA SEÑORA DE LA MEDALLA MILAGROSA
Postrado ante vuestro acatamiento, ¡Virgen de la Medalla Milagrosa!, y después de saludaros en el augusto misterio de vuestra Concepción sin mancha, os elijo, desde ahora y para siempre, por mi Madre, Abogada, Reina y Señora de todas mis acciones, y protectora ante la majestad de Dios. Yo os prometo, Virgen Purísima, no olvidaros jamás, ni vuestro culto, ni los intereses de vuestra gloria, a la vez que os prometo también promover en los que me rodean, vuestro amor.
Recibidme, Madre tierna, desde este momento, y sed para mí el refugio en esta vida y el sostén a la hora de la muerte. Amén.