miércoles, 9 de julio de 2014

MILAGROS Y PRODIGIOS DEL SANTO ESCAPULARIO DEL CARMEN - 25


FAVORECE MARÍA SANTÍSIMA A UNA DONCELLA DEVOTA Y PUDOROSA A QUIEN UN HOMBRE LIVIANO Y DESALMADO ARROJARA AL MAR. 

(Filocalo Caputo, "Il Monte Carmelo", pág. 25.) 

Don Alfonso de Meneses, Prefecto de las Galeras de Nápoles, tenía a su servicio una tierna doncellita, llamada Lelia, tan hermosa e inteligente como honesta y recatada, la cual era en extremo devotísima de nuestra Santísima Madre del Carmen, vistiendo desde su niñez el Santo Escapulario. Prendóse de ella tan ciega y apasionadamente un infeliz mancebo, que sólo su modestia pudiera refrenar sus atrevidos pensamientos. Aparentó cesar en su loco devaneo, pero fue sólo para mejor lograr lo que urdía o maquinaba su depravada malicia. 

Habiendo salido el Señor de Nápoles con sus galeras, fingió el criado que le había dejado dicho su señor, al hacerse a la mar, que en tal día de la semana próxima fuese Lelia acompañada del criado en una chalupa para llevarle unas mudas de ropa a un puerto cercano. La inocente muchacha, luego que llegó el día señalado, creyendo obedecer el mandato de su amo, tomando la ropa que juzgara necesaria, sin advertir ni reparar el menor peligro, entró sola con el soldado en la chalupa. A los pocos minutos de hacerse a la mar ya conoció la inocente doncellita los depravados designios de aquel avieso y lascivo mancebo. Ya que estuvieron en alta mar, creció de todo punto su tribulación con la furiosa tempestad que el corazón podrido de aquel licencioso lanzaba bramando contra ella. Viendo el desalmado mancebo que se resistía trató de violentarla, mas ella se defendió tan valerosamente que nada pudo conseguir su instinto bestial y depravado. 

Ebrio y ciego de furor el licencioso mancebo, tomándola por la cintura, arrojóla al mar, cosa a la que Lelia no se resistió, por librarse de las miradas lascivas de aquel monstruo del averno, pues confiaba en el poderoso valimiento y en el auxilio presto y eficaz de la Virgen Santísima del Carmen, cuyo Escapulario llevaba al cuello, con fervor, desde muy niña. Y en efecto, no se hizo esperar un solo instante. 

No haría un cuarto de hora que estaba sumergida en las aguas, e invocando sin intermisión a la Santísima Virgen, cuando la Divina Providencia dispuso que pasara muy cerquita de ella una nave, e inspirada por la Reina del Cielo comenzó a dar voces diciendo: ¡Pedro Andrés Cenemón, socorredme! Percibiéronse claramente en la nave las tristes y decaídas voces que diera la infeliz, sin que el ruido del oleaje pudiese desvanecer el triste acento de la doncella, y quedando maravillado el patrón de que le llamaran por su propió nombre. 

El primer pensamiento o la primer corazonada de Pedro fue el creer que algún conocido, desde alguna embarcación cercana, le llamaba; mas le desengañó la vista, pues en cuanto alcanzaba el horizonte no pudo descubrir ser alguno. Volvió a repetir otra vez la misma plañidera voz igual exclamación, y al oído certificó la vista, pues vio sobre el agua a una mujer, y arrojándose al punto al mar libró de aquel peligro a la que María Santísima había querido salvar maravillosamente. 

Ya en la nave, y luego que se hubo Lelia recobrado, comenzó a dar gracias a María Santísima entre amorosos suspiros y tiernísimas lágrimas, sin que el patrón de la nave y los demás compañeros saliesen de su estupor, al ver que le había llamado por su propio nombre sin que jamás le hubiera conocido. Interrogada por éste respondió : "Has de saber, Pedro, que luego que caí al mar, me recogió en su manto una hermosísima Señora vestida de hábito del Carmen, la cual, cuando pasabas, me indicó te llamase por tal nombre, pues tú me sacarías del mar." 

No le cabía el gozo en el corazón a Pedro Andrés viéndose favorecido por la Madre de Dios para librar a su devota hija de semejante peligro. Y dejando el rumbo que llevaba encaminó la proa de su embarcación hacia Nápoles, a fin de dejar allí su milagrosa huéspeda. Llegados al puerto, desembarcó Lelia, la cual, sin detenerse un punto, corrió hasta el convento de los Carmelitas, publicando a voces por las calles la misericordia que María Santísima había obrado con ella. 

Dió a la Virgen Santísima, en su imagen de la Bruna, las más rendidas acciones de gracias, y después de autenticar este prodigio se pintó en un lienzo a la Virgen Santísima sosteniéndola en las aguas y a Pedro depositándola en su nave, para que no faltase en lo futuro quien diese gracias a nuestra Madre amorosísima por semejantes prodigios como reserva y dispensa a sus devotos. Ave María. 

Milagros y Prodigios del Santo Escapulario del Carmen 
 por el P. Fr. Juan Fernández Martín, O.C.

martes, 8 de julio de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - IV


IV 
Apariciones de la Cruz en Jerusalén 

Remontémonos otra vez al siglo IV. El 7 de Mayo del año 351 apareció en los aires de Jerusalén, encima del monte Calvario, una Cruz luminosa, de que fue testigo toda la ciudad. Su Obispo San Cirilo juzgó oportuno enterar del prodigio al emperador Constancio, y al efecto le dirigió la siguiente carta: 

«El día de Pentecostés (7 de Mayo) hacia las nueve de la mañana, apareció en el cielo una Cruz luminosa que se extendía desde el monte Calvario hasta el monte Olivete (unos cuatro kilómetros). No la vieron una ó dos personas solas, sino toda la ciudad; ni fue, como pudiera creerse, uno de esos fenómenos fugaces que se disipan al momento, sino que brilló por espacio de muchas horas seguidas á vista de los expectadores, y con tal resplandor, que los rayos del sol no podían aminorarlo; es decir, que brillaba más que el sol, puesto que la luz de éste no pudo desvanecerla. 

«Todos los habitantes de Jerusalén, penetrados de un santo temor y alegría espiritual, corrieron en tropel á la iglesia. Jóvenes y viejos, hombres y mujeres, y hasta las vírgenes alejadas del mundo, ciudadanos y extranjeros, cristianos é infieles, pues aquí hay gentes de todas las naciones y creencias, á una voz publicaban las alabanzas de Nuestro Señor Jesucristo, Hijo único de Dios, verdadero autor de los milagros; y reconocían que la fe de los cristianos no se funda en los discursos persuasivos de la sabiduría humana, sino en pruebas claras de la intervención divina; y confesaban que no son los hombres solamente los que propagan esta fe, sino también el testimonio de Dios que con tales milagros la confirma. 

«Nos, que habitamos en Jerusalén y con nuestros propios ojos vimos el milagro, hemos dirigido á Dios, Soberano Señor del universo, nuestros homenajes de adoración y acción de gracias, y seguiremos tributándolos á su Hijo Unigénito, al mismo tiempo que desde estos santos lugares le dirigimos nuestros votos y se los dirigiremos siempre, por la prosperidad de vuestro feliz reinado. Nos hemos creído que no nos era licito guardar silencio acerca de tan patente milagro; por eso desde el día en que apareció resolvimos comunicar la maravillosa noticia á un príncipe de tan excelente piedad, a fin que, edificando sobre el sólido fundamento de su fe, la noticia de este prodigio divino le confirme y dé mayor confianza en Nuestro Señor Jesucristo». 

Las últimas palabras parecen aludir á las opiniones heterodoxas de Constancio, enemigo declarado de la Iglesia Católica y ardiente fautor del arrianismo; pero ocurría un hecho que San Cirilo ignoraba, y es que en el instante mismo de la aparición de la Cruz, aquel emperador se hallaba en Panonia con su ejército, presenciando desde allí la aparición de Jerusalén, y próximo á librar batalla contra el tirano Magnencio, que, al frente de un formidable ejército de paganos, quería hacer un supremo esfuerzo para restablecer la religión de los dioses del Olimpo y del Capitolio. Entrambos ejércitos vieron la Cruz aparecida, según la Crónica de Alejandría, que da detalles de que San Cirilo no hace mención, tales como el de estar la Cruz rodeada de una corona semejante á un arco iris. 

Sócrates el Escolástico habla asimismo de esta Cruz en su Historia Eclesiástica; y el arriano Filostorgo se ocupa del suceso en los mismos términos que Sócrates, bien que añade algunas particularidades como la siguiente: «Esta aparición fue vista claramente por los dos ejércitos, poniendo un espanto indecible en el corazón de Magnencio y de sus soldados, sectarios todos del culto de los ídolos, al paso que á Constancio y sus gentes infundio un valor indomable». Es de presumir cuál sería el efecto del espanto de unos y ánimo de otros: Magnencio fué horriblemente derrotado; la santa Cruz dio á las armas cristianas una nueva victoria de recuerdo imperecedero. 

El calendario de la Iglesia de Oriente, que refiere este milagro y parece haber copiado la carta de San Cirilo, fija su conmemoración á 7 de Mayo y usa de expresiones tan bellas como esta: 

«La tierra fue un día santificada por la erección de la Cruz, y después lo fueron los aires por la aparición de ella». 

La sana crítica ha puesto constantemente estos sucesos entre los más auténticos é indiscutibles; de ellos nadie hasta hoy ha podido dudar racionalmente. Cierto que Constancio era hereje, y por tanto, indigno de tan gran favor; pero es menester advertir que el imperial hereje capitaneaba un ejército de soldados cristianos y casi todos católicos, que iban á luchar con el ejército de los abominables dioses del paganismo. Quizá contra la intención de Constancio, era aquella una guerra de la Cruz contra el demonio, de la Iglesia contra el error, y la Cruz triunfó con sólo aparecer en el aire. 

Pasemos ahora al tiempo de Juliano el Apóstata. Todo el mundo sabe que este enemigo mortal de Jesucristo quiso dar un mentís á las maldiciones lanzadas contra el templo de Jerusalén por el Hijo de Dios, que había declarado no quedaría allí piedra sobre piedra. Juliano osó emprender su reedificación; más he aquí lo que en su oración IV nos refiere entre otros San Gregorio Nacianceno, condiscípulo del furioso César: 

«Un torbellino de viento que se levantó de repente y un violento terremoto hicieron dejar la obra, cuando aún se hallaba en los cimientos.—Una circunstancia referida por todos, y en la que todo el mundo conviene unánimemente, es que cuando los trabajadores apelaron á la fuga para evitar el peligro que les amenazaba, salió un fuego de los fundamentos del templo, bien pronto llegó á ellos, consumió unos, mutiló á otros, dejándoles á todos las más visibles marcas de la cólera del cielo. Tal fue el acontecimiento: que nadie sea tan incrédulo que ponga en duda este prodigio, á menos que igualmente no quiera dudar de otras obras milagrosas de Dios. 

«Pero lo que hubo aquí de más notable y pasmoso fue una luz que apareció en el cielo en forma de Cruz encerrada en un circulo; este signo augusto que habían mirado los impíos como un oprobio en la tierra, estaba á la sazón elevado en los cielos, y patente á la vista de todos los hombres, como un trofeo de la victoria del Omnipotente sobre sus enemigos; trofeo el más ilustre y el más brillante que jamás hubo. 

«Hay más; los que estaban presentes y miraban el prodigio hacen ver aún en el día las cruces que se imprimieron en sus vestidos. Cuando aquellos que se encontraban entonces allí, fueran fieles ó infieles, consideraban aquellas marcas en los otros, bien pronto vieron con sorpresa la misma señal en ellos mismos y en sus vecinos. Estas señales eran una luz brillante impresa en el cuerpo ó las vestiduras, que sobrepujaba por su lustre y su belleza á todo cuanto el arte y la habilidad pueden dar de fino en un dibujo á bordado». 

He ahí lo que refiere el ilustre Doctor de la Iglesia con el candor de los hijos de Dios. Esto no impide al demasiado famoso Doelidger rebuscar una explicación natural de la aparición y aplicación de aquellas cruces, en sus Orígenes del Cristianismo. En lo cual le imita considerable número de cristianos reputados católicos, que creen en Jesucristo Dios, pero tienen suficiente despreocupación y desvergüenza para poner en duda ó negar estas intervenciones del Dios de la Cruz en favor de la Iglesia y de la Patria, y de los ejércitos que santamente las defienden. 

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista
Valencia-Año 1904

lunes, 7 de julio de 2014

LA JERARQUÍA CATÓLICA ESPAÑOLA SUCUMBE AL BECERRO DE ORO: EL OBISPO DE LEÓN AMENAZA CON SUSPENDER AL PÁRROCO JESÚS CALVO POR SUS CRÍTICAS A LOS JUDÍOS

El obispo Julián López (d) saluda al Papa Francisco 

JT.- Definitivamente, la corrompida jerarquía católica española ha encontrado nuevo amo al que servir. Desde la llegada al Papado del jesuita Francisco I, la araña negra se extiende como una larga sombra para exigir a los católicos acatamiento y servidumbre a los amos de nuestro tiempo. La Iglesia de Jesús y de los mártires devenida prostituta babilónica. La Cruz reemplazada por el becerro de oro. El obispo de León, Julián López, ha amenazado con suspender de sus licencias ministeriales al párroco Jesús Calvo por sus reflexiones en ‘La Ratonera’ sobre las causas que provocaron la II guerra mundial y también sobre el papel de los judíos antes y durante la citada contienda. A través de sendas cartas enviadas al colaborador de AD, el prelado leonés señala la necesidad de mantener la mesura dada la evolución que están experimentando las relaciones entre la Santa Sede y los judíos. Como se ve, para el sector más putrefacto de la jerarquía católica es más punible criticar a los judíos que, por ejemplo, abusar sexualmente de un menor. 

Entre tanto, el párroco Jesús Calvo dice sentirse “tranquilo” y en “paz absoluta con mi conciencia”. Recuerda las numerosas profecías y revelaciones marianas que nos alertan del actual basurero moral y del erratismo en las decisiones de la institucionalidad católica. Cree además el Padre Calvo que sus testimonios semanales en ‘la Ratonera’ han podido ser providenciales para que muchos católicos españoles se reencuentren con la fe en Cristo. 

Hay que recordar que tanto la Federación de Comunidades Judías de España (FCJE), como algunos pseudointelectuales projudíos como César Vidal, han desatado una campaña de desprestigio contra el Padre Calvo y que estuvo orientada a que el obispo de León reaccionara como lo ha hecho. La Iglesia del Papa negro cumple obediente con sus nuevos amos. 

La impostura en la Iglesia católica desde la llegada de Francisco I alcanza ya lo grotesco. Se expulsa de la catedral de Buenos Aires a los católicos fieles a la tradición, mientras el citado templo queda reducido a espacio conmemorativo de efemérides judías. Se exalta hasta el empalago que los templos católicos sean también lugares de culto para musulmanes y judíos, mientras mezquitas y sinagogas se blindan contra “infieles” y “goyims”. Se denuncian algunas de las pandemias actuales, pero no las causas que las provocaron. Y también nos hablan ahora del cuento de la modernidad de la Iglesia. Como al respecto apuntó certeramente un lector, son los antiguos los que han construido el mundo en el que ahora vivimos, los que nos han dado la sabiduría, la ciencia, la auténtica moral guerrera, heroica, noble y fiel del cristianismo y no la de ahora que es débil, hipócrita y cobarde, a imagen y semejanza de ése pueblo que ya sabemos. La clave no está en modernizar el cristianismo, sino todo lo contrario, en volver a buscar otra vez las raíces de lo que nos hizo grandes. En lo antiguo está lo genuino, lo puro. Actualmente la palabra modernidad está asociada a los degenerados; y la élite lo sabe. Por ello pretenden llevarnos a todos a un pozo negro de mentiras, egoísmo, materialismo, falta de fe y aberraciones contra la naturaleza, que es lo más sabio y bello que hizo Dios en este mundo. 

Por otra parte, las dotes memorísticas del obispo de León no deben ser muy agudas, a juzgar por los hechos. Hace poco pidió al Padre Calvo que se abstuviera de emitir opiniones políticas, cuando la Conferencia Episcopal Española no hace otra cosa que intervenir partidariamente en las cosas políticas desde las terminales mediáticas que todavía controla. Le descalifica y le exige recato por sus opiniones sobre fe y moral el mismo prelado que calló miserablemente ante los escandalosos chalaneos con ETA del obispo Setién y de la mayor parte de la Iglesia vasca. Lanza teas incendiarias contra el único cura que defiende y dice las mismas cosas que la Iglesia de Roma defendió y dijo durante siglos. Lo que tendría que hacer este embaucador purpurado, este “obispo marrano”, es cambiar el bonete episcopal por la kipá. 

Como se sabe, el Padre Calvo estará presente en ‘La Ratonera’ del próximo jueves. Armando Robles ha pedido que ese día las pantallas rebosen de mensajes de apoyo al sacerdote y de reprobación al indigno obispo leonés. “La jerarquía católica es responsable del clima inmoral que sobrevuela España. Durante la Transición sirvió de coartada para que las logias internacionales impusieran el nuevo orden. Durante años ha silenciado la complicidad de muchos curas y obispos con las actividades terroristas de ETA. Utiliza sus terminales mediáticas para ponerlas al servicio del partido que coloca banderas del colectivo gay en sus sedes oficiales. Ahora se escandaliza cuando un cura católico discute algunas versiones oficiales del llamado holocausto judío, pero no cuando alguien de la izquierda o del laicismo radical pone en cuestión la quema de iglesias y de centros religiosos durante la II república. Esta es la institución católica actual: mendaz, apesebrada, infame y fraudulenta, fuerte con los débiles y debil con los fuertes. Si no hemos apostatado es por la existencia aún de personajes de la talla moral y el compromiso ético con España del Padre Calvo, para el que pido, en estas hora para él tan difíciles, todo el apoyo y el cariño de los lectores”, manifiesta el director y conductor del espacio.

sábado, 5 de julio de 2014

EJEMPLOS SOBRE LA BLASFEMIA (V)


DISPARANDO AL CIELO

Hace años (algún anciano lo recordará), un labrador de Albujón (Murcia) furioso por un gran temporal que le había destruido la cosecha, empezó a blasfemar como un energúmeno, y no contento ya con las palabras. 

Tomó su carabina, la cargó y empezó luego a descargarla contra el cielo. Había disparado algunos tiros cuando, repentinamente, quedó mudo con los brazos alzados a lo alto sin poderlos bajar, y los ojos fijos en el cielo, sin poderlos mover. Así pasó largo rato sin poderse curar de su mudez. Hoy siguen blasfemando muchos, Dios misericordioso los esta tolerando y esperándolos a enmienda, pero si no se arrepienten, ya les llegara su castigo.

LA MALICIA DE LA BLASFEMIA
 P. Benjamín Martín Sánchez


jueves, 3 de julio de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - III


III
Milagros de la Santa Cruz

No vamos á referir los innumerables que se leen en las crónicas cristianas y libros de edificación, sino solamente tres ó cuatro que hacen muy á nuestro intento. Empecemos aquí por el que dió á conocer á Santa Elena cuál era la verdadera Cruz de Cristo nuestro Bien.

En cuanto al origen de la Santa Cruz, hay varias versiones, todas muy respetables, y fundadas todas en la tradición de que este árbol de vida era un tronco del mismo árbol de muerte, cuyo fruto hizo caer en pecado á nuestros primeros padres. La crítica no tiene gran cabida acerca de estas tradiciones, por la escasez que hay de datos y elementos de criterio. Quédese, pues, la piedad con sus devotas creencias; y en cuanto á nuestra opinión, que es la de San Vicente Ferrer, habrán visto nuestros lectores la leyenda que arriba, art. I, publicamos, aceptando una de las indicadas versiones.

Pocas noticias han llegado á nosotros acerca del culto de la Santa Cruz en los tres primeros siglos del Cristianismo; y á juzgar por el silencio de los monumentos é historiadores, parece que se descuidó generalmente descubrir el paradero de la verdadera Cruz. Así convenía en aquellos siglos idólatras, para que el culto del sagrado Leño no diese á unos ocasión de idolatrar, ni á otros pretexto de calumniar con este motivo la devoción de los fieles; pero triunfó Constantino, se convirtió el imperio, la Cruz iba á ser glorificada por todo el mundo, y con esto era llegada la hora de que apareciese el verdadero Leño de nuestra redención. Para ello destinó el Señor á la Emperatriz Santa Elena, madre de Constantino, inglesa según unos y española al decir de otros, pero de todos modos hija espiritual del español Osio, que fue la más notable figura de aquellos tiempos.

Ahora bien; ¿cómo había desaparecido la Santa Cruz? Muy sencillamente. Era costumbre de los judíos enterrar las cruces muy cerca del cadáver de los que en ellas eran ajusticiados; esto se hizo con la del Salvador, y enterrada quedó por espacio de tres siglos. Los cristianos, sin embargo, tenían tal devoción á visitar los Lugares Santos donde se obró nuestra redención, que el emperador Adriano, para vejarlos y acabar con las peregrinaciones, hizo nivelar la cumbre del Gólgota y erigir un gran templo á Venus, en cuyo perímetro estaba encerrado el sitio donde Cristo fue sepultado. En el sitio donde se levantó la Cruz erigióse una gran estatua de Júpiter.

Resuelta, pues, Santa Elena á no perdonar medio de hallar el precioso tesoro de la Cruz, visitó los Santos Lugares el año 315 según Eusebio, ó 326 según Baronio, y teniendo ya más de setenta años de edad. Hizo entre los habitantes de Jerusalén minuciosisimas indagaciones, consultó el caso con personas competentes, y por fin adquirió el convencimiento de que, descubriendo el Sepulcro del Salvador, bien cerca hallaría la Santa Cruz. En consecuencia, hizo demoler el templo de Venus y derribar la estatua de Júpiter; quitados todos los escombros, hiciéronse grandes excavaciones, y después de mucho trabajo se halló el Santo Sepulcro.

Junto á él había tres cruces; los clavos que sirvieron para la crucifixión del Señor, así como el rótulo del Inri, allí estaban también; pero sueltos, de modo que no se sabía cuál de las tres cruces era la del Salvador. En estas dudas, San Macario, Obispo de Jerusalén, tuvo la inspiración de llevar las tres cruces á casa de una distinguida dama que estaba muriendo; y encomendando al Señor con ferviente plegaria el buen éxito de su tentativa, aplicó una por una las cruces á la moribunda. Nada obraron en ella las dos primeras; mas así que se la puso en contacto con la tercera, de repente se levantó perfectísimamente sana.

Santa Elena

Transportada de gozo Santa Elena por este milagro que descubría la verdadera Cruz, emprendió en seguida la edificación de un grandioso templo en el mismo lugar donde fue hallada, y en él depositó el santo Madero, encerrado en un riquísimo estuche. La crítica anticristiana no ha podido jamás hincar el diente en estos sucesos, demasiado públicos y auténticos para que racionalmente puedan ponerse en tela de juicio. La Iglesia Católica celebra este acontecimiento el día 3 de Mayo, con el título de Invención de la Santa Cruz.

No muchos años después, en 365, agitado el mar por horrible tormenta, lanzaba sus furibundas olas tierra adentro en las costas de la Dalmacia. La ciudad de Epidauro, invadida por estas olas gigantescas, estaba anegándose y cayendo derruida. Espantados los vecinos, corren á la celda de San Hilario, hácenle salir al teatro de la devastación y le ponen ante aquellas olas impetuosísimas. El santo hace tres cruces en la arena, extiende los brazos hacia el mar, y las olas, rugiendo y entumeciéndose, se elevan como inmensa montaña y en seguida se deslizan mansamente á su nivel, y se calma el abismo proclamando el poder de la Cruz sobre los desencadenados elementos Este es uno de los primeros milagros que narran las historias, después de los del Lábaro de Constantino y la invención de Santa Elena.

Quince años después, o sea en 380, acontecía el primero de los ruidosos milagros de la Santa Cruz que la historia nos recuerda obrados en favor de un individuo. Era esta una mujer pecadora, cuya corrupción pública no obstante, quiso adorar la Cruz en la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén. No pudo lograr su intento María Egipciaca, este era su nombre. Por más esfuerzos que hizo para entrar, una fuerza misteriosa la tenia como clavada en el suelo á vista del público. Comprendiendo ella la causa, allí mismo pidió á Dios perdón de sus pecados, con firme promesa de repararlos, y entonces pudo entrar, adoró á su Dios, le juró fidelidad, y no faltó á su palabra. Fue una gran Santa. Los Padres del segundo Concilio de Nicea invocaron este milagro de la conversión de Santa María Egipciaca en prueba de la santidad del culto de las imágenes.

Pasemos siglos, que no hay lugar para darlo á los milagros insignes que narran las crónicas, y vengamos á San Francisco Javier. Anunciaba este gran Santo el Evangelio en el reino de Travancor, á la sazón que los badages, tribus ferocísimas, invadieron el territorio. Toma el Santo un Crucifijo y sale al encuentro de los bárbaros, seguido de muchos cristianos; manda de parte de Dios á los salvajes que retrocedan al punto, y aquellas hordas, llenas de terror, huyen en desorden y abandonan el país para siempre.

¿Quién no tiene noticia de lo acontecido á mediados del siglo XIX en Lyón al Padre Jandel, que penetrando autorizado en una logia masónica presidida por el demonio en persona, le hizo huir despavorido mostrándole la Cruz?

«La cruz de Jesucristo, exclama San Agustín, tiene una virtud sobrenatural para poner en fuga á legiones de demonios, para darnos fuerza con que vencerlos y preservarnos de los lazos que nos tienden». «Armado de la Cruz, dice San Gregorio Nacianceno, no temo nada, no temo á nadie, y digo al demonio: huye de mi, pérfido, si no quieres que te eche á tierra con esta Cruz, á cuya presencia tiembla todo tu imperio».

Católicos, hermanos míos, ¿habrá sido alguna vez tan necesaria como hoy la fe en la virtud de la Santa Cruz, para vencer al infierno desbordado que donde quiera nos persigue y avasalla?

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA
P. José Domingo María Corbató
Biblioteca Españolista
Valencia-Año 1904

miércoles, 2 de julio de 2014

CONFORMIDAD CON LA VOLUNTAD DE DIOS VI - SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO


VI 
CONCLUSION 

En suma, debemos mirar como venidas de la mano del Señor todas las cosas que nos suceden o nos pueden suceder. Todas nuestras acciones debemos enderezarlas al único fin de agradar a Dios y de cumplir su voluntad. Para caminar con paso firme por este camino, debemos dejarnos guiar por nuestros superiores en nuestras exteriores acciones, y en las interiores de nuestra alma, del director espiritual; sólo por aquí llegaremos a entender lo que Dios quiere de nosotros, dando gran crédito a las palabras de Jesucristo, que ha dicho: El que a vosotros oye, a mí me oye (Luc. X,16). Esforcémonos sobre todo por servir a Dios del modo que El quiere ser de nosotros servido. Digo esto, para que evitemos el engaño en que caen algunos, que pierden lastimosamente el tiempo alimentando vanos pensamientos y diciendo: Si yo me sepultara en un desierto, si entrase en un monasterio, si me retirase a un lugar solitario, fuera de esta casa y lejos de mis parientes y amigos, me haría santo, practicaría estas y estas penitencias, me dedicaría más a la oración. Pero se contentan con decir: yo haría, yo haría; y entre tanto no llevan con resignación las cruces que Dios les envía, y no quieren entrar por el camino que el Señor quiere, y lejos de santificarse van de mal en peor. 

Estos deseos son a las veces tentaciones del demonio, que les tienta a no conformarse con la voluntad de Dios; por lo cual menester es arrojarlos de nuestro espíritu y alentarnos a servir a Dios, siguiendo la senda que nos ha trazado. Cumpliendo su voluntad, a buen seguro que nos haremos santos, en cualquier estado o condición que el Señor nos haya puesto. No queramos más que lo que Dios para nosotros quiere, y entonces El nos llevará grabados en su corazón. 

Para conseguir esto hagámonos familiares algunos textos de la Escritura que nos invitan a unirnos más y más con la voluntad del Señor. Digamos con San Pablo: Señor, ¿qué quieres que haga? (Act.IX,6). Decidme lo que deseáis de mí, que pronto estoy a hacerlo. O con David: Tuyo soy, sálvame (Ps.CXVIII, 94); puesto que ya no soy mío, sino vuestro, haced de mí, Dios mío, lo que os agrade. Cuando te sientas agobiado por el peso de una más cruel adversidad, como la muerte de algún ser amado, o la pérdida de bienes u otros semejantes, no te canses de repetir: Sí, Padre mío, alabado seas, por haber sido de tu agrado que fuese así. Pero entre todas las oraciones, la que con más frecuencia hemos de repetir es la que nos enseñó Jesucristo en el Padre nuestro: Hágase tu voluntad, así en la tierra como en el cielo. Dijo el Señor a Santa Catalina de Génova que al rezar el Padre nuestro se detuviera particularmente en estas palabras, suplicándole a la vez que le otorgase la gracia de cumplir en la tierra su voluntad con tanta perfección como los bienaventurados en el cielo. Sigamos nosotros este mismo consejo, y ciertamente llegaremos a muy alta perfección. 

Sea por siempre bendita y alabada la voluntad del Señor, así como también la Inmaculada y bienaventurada Madre de Dios.

Fin.

 San Alfonso María de Ligorio

martes, 1 de julio de 2014

LA MEJOR BANDERA LA CRUZ - II


II 
«In hoc signo vinces» 

Para probar el título de este capítulo y dar la mejor razón de por qué el Gran Monarca vencerá enarbolando la Santa Cruz por bandera, nada creemos tan concluyente como referir los principales hechos que del poder de la Santa Cruz nos refiere la historia. Empecemos sin más preámbulos. 

Seis emperadores á un tiempo, con títulos de Augustos ó Césares, reinaban en el imperio romano por los años de 306, y de ellos quedaban cuatro en el 311: Constantino en las Galias, Maxencio en Roma, Maximino y Licinio en Oriente. Pero así como para el advenimiento del Mesías y establecimiento de su Iglesia convino que el imperio fuese regido por un solo soberano, así convenía para el triunfo de la Iglesia en todo el orbe, y el Señor dispuso con su sabia Providencia las cosas de suerte que quedase Constantino emperador único en Oriente y Occidente.

Maxencio traía escandalizado el Occidente con sus tiranías y su desenfrenada liviandad. Forzaba á los senadores á cederle sus mujeres, quitándoles la vida si oponían resistencia; consentía que sus soldados matasen, robasen y violasen á mansalva; cometió, en fin, tantos y tan abominables abusos, que el Senado romano pidió á, Constantino viniese á librar el imperio de aquel monstruo. 

Constantino, ya muy inclinado al Cristianismo por las exhortaciones del gran Osio, Obispo de Córdoba y confesor de Santa Elena, madre del mismo emperador, reunió un ejército que no pudo ser mayor de 40.000 hombres, para marchar sobre Roma, donde Maxencio formó el suyo de unos 180.000 soldados. 

Iba Constantino franqueando los Alpes, muy preocupado de la suerte de su empresa; porque si bien era grande el valor de los españoles y galos que componían su ejército, era temible el número de los soldados de Maxencio. 

«Estas reflexiones,—dice su contemporáneo y biógrafo Eusebio de Cesaréa, en la vida que de él escribió (c. 28 y 29) —convenciéronle de que para triunfar de Maxencio había menester fuerzas superiores á las de sus armas, y entonces levantó sus ojos á la Divinidad, acordándose de que su padre Constancio había menospreciado el culto de las impotentes divinidades del imperio y honrado toda su vida al Dios Supremo, el cual le colmó de señalados favores. Invocó, pues, al Dios de su padre, suplicándole con vivas instancias que le protegiese en aquellas circunstancias gravísimas; y mientras así oraba con humildad profunda, Dios hizo aparecer á sus ojos una señal por extremo sorprendente, de la que luego nos dio fe con solemne juramento el mismo emperador». 

La verdad de la historia no necesita acogerse á este juramento para su incontrastable firmeza, porque la aparición se verificó en medio del día, brillando el sol en todo su esplendor, y fue vista por todo el ejército lo mismo que por Constantino. Era una Cruz que se destacaba resplandeciente en los cielos encima del sol, como si éste le sirviera de peana, y había en ella una inscripción de letras de fuego que decía: IN HOC SIGNO VINCES, Con esta Enseña vencerás. 


Perplejo estaba Constantino sobre el significado de esta visión; pero el mismo Dios de la Cruz se la explicó, apareciéndose en sueños por la noche con la misma enseña que al mediodía le mostró en el cielo, y mandándole que hiciese un estandarte coronado de esta misma señal, para servirse de él en los combates como prenda segura de victoria. 

Ningún crítico ni incrédulo se atrevió jamás á negar estos hechos tan bien probados, ni siquiera Juliano el Apóstata, hasta que trece siglos después vino el infame Voltaire á fingir que los ponía en duda. No defendamos la verdad de la aparición; sería rebajarla: baste entregar á Voltaire y su escuela al más bajo desprecio. Constantino mandó poner al punto en sus estandartes la Cruz con el monograma de Cristo, y construyó uno especial en forma de Cruz, á que dio el nombre de Lábaro. No se sabe qué significado tenia esta palabra; pero desde entonces se llamó Lábaro el estandarte de los emperadores cristianos, y por extensión suele darse el mismo nombre á toda bandera de cruzados coronada por la santa Cruz. 

«Mandó Constantino, dice el P. Mariana, que el estandarte real, que llamaban lábaro y los soldados le adoraban cada día, se hiciese en forma de Cruz. De esta ocasión y principio, como algunos sospechan, vino la costumbre de los españoles, que escriben el santo Nombre de Cristo con X y con P griega, que era la misma forma del lábaro. Compruébase esto por una piedra que en Oreto, cerca de Almagro, se halló de tiempo de Valentiniano el Segundo, donde se ve manifiestamente cómo el Nombre de Cristo se escribía con aquellos nombres y abreviatura». 

Fortalecido Constantino por estas visiones y promesas del Dios de los cristianos, baja los Alpes, marcha impertérrito sobre Roma, y á nueve millas de ella, en Saxa rubra, encuéntranse los dos ejércitos. La religión antigua y la nueva se miran frente á frente en las orillas del Tiber, á vista del Capitolio; los sol- dados de Júpiter Capitolino y de Cristo Crucificado van á decidir cuál de los dos cultos debe dominar en el mundo; el Lábaro se levanta por encima de todas las banderas; ha empezado apenas la batalla, y el ejército de Maxencio es hecho pedazos por las tropas de Constantino; triunfan los cuarenta mil de los ciento ochenta mil, y el mismo tirano, huyendo, cae del puente Milvio y perece ahogado en el Tíber. La Cruz ha vencido, la Cruz va á dominar al mundo, la Cruz será en adelante garantía de victoria para los ejércitos cristianos In hoc signo vinces. 

Constantino entra triunfante en Roma con universal regocijo del Senado y del pueblo, que le saludan Libertador de la patria, y su primer cuidado es rendir público y solemne tributo de acción de gracias al Autor de su victoria; coloca la Cruz sobre el Capitolio; erige en la plaza pública un monumento en honor de la Santa Cruz, y al pie hace grabar esta inscripción: 

«Por este Signo de salud, fortaleza de mi fortaleza, he salvado la ciudad, librándola del yugo de la tiranía; he devuelto la libertad al Senado y al pueblo de Roma; he restablecido el imperio en su antiguo estado de nobleza y de gloria». 

Constantino se había convertido á Jesucristo y proclamado el imperio de la Cruz; no tardaría en convertirse todo el imperio; mas quedaba todavía en Oriente el emperador Licinio, triunfador de Maximino, que murió en la derrota, y era menester que Constantino convirtiese sus armas contra el victorioso tirano oriental. Tomó, pues, cincuenta hombres bravos y amantes de la Cruz, y les confió el Lábaro para que lo custodiasen y enarbolasen en los campos de batalla. Llamáronse CRUCIFEROS estos abanderados, casi todos españoles; y según testifica el citado Eusebio, donde quiera que ellos levantaban la gloriosa Enseña, al punto el enemigo emprendía precipitada fuga. 

Una sola vez parece que el enemigo no huyó, y fue para que se obrase un milagro estupendo. El mismo Eusebio lo cuenta con palabras del propio emperador Constantino. El que llevaba el Estandarte, olvidando que ninguno de los abanderados fue jamás herido mientras lo sostenía, y espantado al ver la horrible mortandad que las flechas enemigas hacían en derredor suyo, entrególo á otro abanderado y apeló á la fuga; pero al mismo punto una flecha enemiga le atravesó el corazón. El que tomó la Enseña ó Lábaro permaneció firme; el asta de aquel divino estandarte quedó erizada de flechas; y siendo tantas las que había en un palo, ninguna tocó al Lábaro ni al abanderado. Por fin el enemigo fue despedazado, y el ejército vencedor adoró la Cruz con todo el fervor que tan patente milagro le infundía. Con tan manifiesta protección del Dios de la Cruz, Constantino había de triunfar necesariamente de Licinio. 

«Con diversos pretextos, dice D. Modesto Lafuente, se encienden varias guerras entre estos dos emperadores: en todas va venciendo Constantino, hasta obligar á su rival á deponer la púrpura, humillado á las plantas del vencedor. Poco después murió ahogado Licinio, viniendo á quedar así Constantino dueño y señor único del imperio. Ya la religión de Cristo cuenta con la protección de la púrpura imperial, antes enemiga y perseguidora. El principio civilizador de la humanidad ha subido desde la cabaña de Galilea hasta el trono de los Casares; se anunció bajo Augusto, y se entronizó con Constantino. Un santo alborozo se difunde por toda la cristiandad; las persecuciones han cesado; ya pueden los sacerdotes y los fieles salir de las sombras de las catacumbas á celebrar sus ritos á la luz del día en templos erigidos y dotados por el mismo emperador; la Cruz se ostenta sobre los edificios públicos, y el Lábaro ondea en los campamentos de los soldados».  

APOLOGÍA DEL GRAN MONARCA
P. José Domingo María Corbató
Editado el año 1904