jueves, 11 de febrero de 2010

PROFANACIÓN DE LA IGLESIA DE ST. JAMES, NUEVA YORK


Imágenes de la Profanación de la
Iglesia de St. James, Nueva York (15 de enero de 2010)
(Este es el "espíritu del Concilio", "el abrirse al mundo" del Vaticano II)*










*El entreparéntesis es de Apostolado Eucarístico.

Fuente: Catholic Vote Action. Publicado en:
Catapulta.

Visto en: Santa Iglesia Militante.

ALEMANIA: NUEVO ESCÁNDALO LITÚRGICO QUE TRASPASA TODAS LAS FRONTERAS ¡NOS VAMOS DE CARNAVAL!

El carnaval ya lo tenemos encima y eso se nota. ¿Y por qué no también en la liturgia? Al menos esto es lo que se le ocurrió al vicario de la Pastoral Juvenil de la diócesis alemana de Bistum-Wurzbug, Thomas Eschenbacher, párroco de la iglesia de San Agustín (en el centro de la imagen), en lo que parece, además, una celebración ecuménica de esas que tanto gustan a algunos.

Pues bien, la noticia ha saltado ya las fronteras alemanas y promete ser una nueva super-producción de esas que tanto gustan en Roma. Con curas disfrazados, jóvenes con plumas en la cabeza, payasos, y hasta un grupo de majorettes (arriba en la foto).

Lo que ahora nos preguntamos es si el prefecto de la Congregación para el Culto Divino, monseñor Antonio Cañizares, hará algo al respecto con el obispo de la diócesis o directamente con el responsable de la fechoría (abajo en la foto). Y es que, la verdad, la imaginación de algunos es desbordante y supera cualquier disposición litúrgica que se pueda concebir de antemano.

Lo que empieza a sonar ya de chiste son las explicaciones que algunos encuentran para justificar este tipo de actuaciones, cuando de lo que estamos hablando es del culto público que la Iglesia tributa a Dios, que es lo más sagrado en lo que cualquiera de nosotros puede participar en esta vida.

¡Si entendieran, aunque sólo fuera un poco, el misterio que celebran! ¡Si este sacerdote fuera consciente de su identidad y del valor que tiene su ministerio! Seguramente nada de esto habría ocurrido. Al menos, nos podría haber evitado el escándalo a todos, incluidos sus feligreses.

SECTOR CATÓLICO, fiel a sus compromisos fundacionales, no puede, una vez más, dejar de denunciar públicamente estos hechos y solicitar a las autoridades eclesiásticas competentes que tomen medidas, de una vez por todas, para tratar de evitar estos graves sacrilegios con los que es ofendido el Señor en demasiadas partes del mundo.

Tomado de Sector Católico.

viernes, 5 de febrero de 2010

EL DEMONIO



Texto tomado de la revista “Familias Católicas” nº6.

Este artículo quisiera enfocarlo de la manera más práctica posible, de tal forma que nos pueda ser útil sobre todo para poder explicar a nuestros hijos de que va esto del DEMONIO. Para eso empezaré por explicar quien es el demonio y cual es su obra y luego me detendré en explicar como actúa y como defendernos. Me voy a basar para explicar todo esto, en una obra de Dom G. Tomaselli llamada “Les anges Rebelles” editado en 1950, en pasajes de “El Diablo en la vida de Don Boseo” en “Cartas del Diablo a su sobrino” y en “Testimonio de un Exorcista” del P. Matthieu.

¿QUIEN ES EL DEMONIO?
Dios creó innombrables legiones de Ángeles, es decir Espíritus Puros, dotados de amplia inteligencia y fuerte voluntad. El Cielo, en un instante, se pobló de estos seres bienaventurados, que cantaban alabanzas al Creador, y al mismo tiempo gozaban de una perfecta felicidad.
Los Ángeles se distribuyen en nueve categorías o coros tal y como dice la Sagrada Escritura (Serafines, Querubines, Tronos, dominaciones, Virtudes, Potestades, Principados, Arcángeles y Ángeles). Cada Ángel difiere de otro y está emplazado en la jerarquía que le corresponde, al igual que pasa en la tierra, los unos subordinados a los otros.
El más bello era Lucifer, es decir Portador de Luz, de tal forma que podría decirse que eclipsaba a los otros Ángeles.
Dios, según su Justicia, quiso probar la fidelidad de sus criaturas, exigiéndoles un acto individual de humilde sujeción.
Según los más célebres Padres de la Iglesia y Santo Tomas, maestro en ciencia teológica, la prueba fue así: La segunda Persona de la Santísima Trinidad, el hijo Eterno del Padre, Jesucristo, en la plenitud del tiempo, se hará hombre, permaneciendo verdadero Dios, y todos los Ángeles deberán Adorarle, aun revestido de la miserable carne humana.
Para nosotros, seres inferiores a los Ángeles, no hubiera sido difícil, para ellos sin embargo fue mas complicado. Aunque nuestra alma sea de esencia espiritual, el Espíritu Angélico se distingue de nosotros tanto como lejos están la tierra del sol. El hombre es respecto a un Ángel lo que un gusano es para nosotros. (¿Ahora os imagináis el acto de humildad que habría que hacer si tuvierais que adorar a un gusano?)
Lucifer, dotado de dones excelentes, viendo que debería humillarse delante del Hijo de Dios, hecho hombre, se hinchó de tal orgullo que dijo: no le serviré, si se hace hombre, yo seré superior!
Mas ángeles, legiones enteras, se unieron a él, para revelarse contra Dios. Empezó un terrible combate. Sabemos lo que pasó porque Dios se lo reveló al Profeta Daniel y a San Juan Evangelista. El Arcángel San Miguel, a la cabeza de un tropel de ángeles, se opuso a la soberbia de Lucifer diciendo: ¿Quién es como Dios?
El Creador observó todo, y al final de la lucha intervino directamente, confirmando en gracia a los fieles y castigando a los rebeldes.
Dios es infinitamente bueno y justo: da a cada uno lo que le corresponde. Hacia los hombres pecadores se comporta con magnaminidad, perdonando fácilmente, cien veces, mil veces, … Actúa así pues conoce perfectamente la debilidad de la naturaleza humana.
Hacia los ángeles, Dios ejercitó inmediatamente su Justicia, pues los Ángeles tenían conocimiento de la Divinidad; dotados de una inteligencia superior sabían perfectamente el mal que estaban haciendo; es por ello que Dios creó en un instante el infierno, lugar de tormento, y en él precipito a los malos Ángeles.
Como se decía mas arriba, el jefe de la rebelión fue Lucifer, pasando a ser el más horrible de los Ángeles rebeldes. Es por eso que la Sagrada Escritura le llama “Satanás”, que significa: Enemigo.
Lucifer perdió su esplendor, pero no su inteligencia, ni su poder, y así con el resto de los Ángeles rebeldes.
Caer desde la más alta felicidad al supremo dolor, fue para los rebeldes el colmo de la desesperación. No podían resignarse a tal pena. El odio hacia Dios, el Justo, empezó a corroerles pues el pensamiento de que algún día los hombres irían al Cielo, tomándoles el sitio, les sumía en una implacable envidia.
Es por ello que todos proyectaron vengarse, no contra Dios directamente pues es imposible, pero contra sus criaturas, tentándolas en la revuelta hacia su Creador, para que ellas también caigan al infierno.

LA OBRA DEL DEMONIO
Dios podría haber provocado que los demonios fueran importantes, relegados en el abismo sin capacidad para dañar. Por hechos constatados sabemos que Nuestro Señor le ha dejado cierta libertad a Lucifer y sus secuaces, libertad limitada pero real. ¿Porqué?. Podemos pensar que la Providencia utiliza la obra de los demonios para aumentar en el cielo la gloria de sus Elegidos. El que, en efecto es tentado y resiste, gana mérito eterno.
Dios a dotado al hombre de voluntad libre, capaz de escoger entre el bien y el mal. Si esa voluntad tornase hacia el bien merece una recompensa, si lo hace hacia el mal merece un castigo, justa exigencia del Supremo Hacedor.
El demonio es como un perro atado. Puede ladrar, intimidar, pero no puede morder a los que a él se acercan; tiene el poder de sugerir el mal, puede tentar, pero JAMAS puede contradecir la voluntad de una persona. De no ser así el hombre No sería libre. Aun así, los demonios siendo espíritus puros, invisibles y dotados de una gran inteligencia y voluntad, conocen los elementos que componen la materia y pueden actuar sobre ella incluso “colarse” en un cuerpo de hombre, mujer, animal,…
Pero lo que mejor tiene el demonio es haber conseguido que Adán y Eva cometieran el pecado original. Fue su ruina directa e indirectamente arruinó a sus descendientes, que no pudieron heredar de su padres lo que estos habían perdido. El demonio aprovechó muy bien esta situación que él mismo provocó para desarrollar su obra con mayor eficacia pues durante los miles años que precedieron la venida del Mesías, el demonio actuaba, con la idolatría, como dueño del mundo.
Con la venida de Nuestro Señor, el reino del infierno tambaleó, pues aunque alguna libertad mantuvieron, millones de almas practicantes de la más absoluta de las idolatrías abrazaron la verdadera religión, pasando de practicar el vicio a la pureza y de pasar del odio al amor, incluyendo sus enemigos.

¿PERO QUE ES EL INFIERNO?
Es a la vez un lugar y un estado. Los demonios, aunque relegados al infierno (lugar) pueden discurrir por el mundo, pero ahí donde vayan llevan el infierno con ellos (estado), pues el castigo de Dios pesa continuamente sobre ellos. Es por ello que la Iglesia Católica prescribe la oración al Arcángel San miguel: O Príncipe de la Celestial Milicia, lanza al infierno a Satanás y los otros espíritus malignos, …
¿pero entonces que hacen los demonios? Los demonios que merodean por el mundo tienen por misión arruinar al hombre y todo aquello que le pertenece; para eso no solo tientan al hombre sino que pueden tomar posesión de un cuerpo, atormentar a los animales, azotar la tranquilidad del viento, … No debemos olvidar que los demonios nos hacen responsables de su desgracia, por ello el ODIO que nos profesan es infinito, nos ENVIDIAN pues nosotros nos podemos salvar, y no vale el argumento: “es su problema”. Cuando uno tiene un vecino malo, que nos perturba nuestra paz, no es “su problema”, es el nuestro.
El reino de Satanás está bien estructurado y organizado, de la misma forma que San miguel tiene a su mando coros angelicales, que a su vez mandan sobre coros inferiores, así mismo Lucifer tiene jefes que mandan a otros y así hasta completar un ejército de ODIO. En los ejércitos no todos los soldados acometen tareas idénticas, hay especialistas en explosivos, en defensa aérea, … Algo semejante ocurre en el ejército infernal: hay especialistas en tentar para la blasfemia, para el homicidio, para la murmuración, la impureza,…
Los hay más o menos eficaces en la lucha contra el bien y no todos obtienen los mismos resultados. Cuando Lucifer quiere librar una gran batalla escoge a sus mejores huestes. Jesucristo confirió a sus Apóstoles el poder de echar a los demonios de los cuerpos poseídos, y lo lograban fácilmente; tan es así que el impetuoso San Pedro dijo: Señor, los demonios nos están sometidos!. Pero hubo una vez que no consiguieron librar a un joven de una posesión. Este joven tornose a Jesús y fue liberado. Los apóstoles le preguntaron: ¿Por qué no hemos podido liberarlo nosotros?. Jesús les respondió: este tipo de demonio solo puede echarse por el ayuno y la oración.
San Marcos, que es quien lo relata, dice que el demonio era un espíritu inmundo, es decir el demonio de la impureza con una fuerza tan elevada que ni los Apóstoles consiguieron echarlo.

¿CÓMO CUANDO Y DONDE ACTÚAN?
Para entender bien como actúan los demonios hay que repetir y sintetizar una serie de elementos: Respecto de los demonios: Son espíritus puros están dotados de una inteligencia y voluntad muy superior a la nuestra. Nos ODIAN y nos ENVIDIAN Están permanentemente atormentados. Conocen nuestro pasado, pero no pueden conocer nuestro futuro. No pueden saber lo que pensamos Pueden “adivinar”, mejor dicho prever, lo que pensamos o vamos a hacer porque son muy listos.
Nunca pueden doblegar nuestra voluntad. Nos tientan desde que nacemos hasta nuestra muerte.

Respecto de nosotros:
Tenemos el pecado original., es decir una “predisposición” a hacer el mal. Somos menos inteligentes que los demonios, pero nos creemos más inteligentes.
Tenemos la asistencia de nuestro Ángel de la guarda.
Tenemos a nuestra disposición todas las gracias necesarias.
Tenemos la promesa de Nuestro Señor que NUNCA seremos tentados más allá de nuestras fuerzas.
Tenemos la ayuda PERMANENTE de Nuestra Señora y de todos los Santos.
En cuanto más virtuosos seamos, más tentaciones (o más fuertes) vamos a recibir.

MOMENTOS Y FORMAS
Dicho esto vamos a citar algunos de los momentos y formas en las que actúa el demonio:
Los momentos en los que más le gusta tentarnos es cuando estamos a punto de practicar de manera señalada alguna virtud, y sobre todo cuando vamos a recibir algún tipo de sacramento. Vamos a ilustrarlo con algún ejemplo y luego transcribiremos algún pasaje del libro “Cartas del diablo a su sobrino”.
Pasando revista el día, la semana, el mes y el año podemos tener como ejemplos:

-Cuando vamos a rezar la oración de la mañana: distracciones con cosas “importantes” de nuestro día, con las prisas (pereza por no levantarse antes), con nuestra imperiosa y larga necesidad de “arreglarnos y pomponearnos”,…
-Al acostarnos con la oración de la noche. Estamos muy cansados, tenemos un libro muy interesante que leer, una película que ver, …
-Cuando el rezo del rosario: es una de las cosas que mas fastidia al demonio, por ello nos tentará con mil cosas para no rezarlo, y si ve que lo rezamos, el distraernos con cualquier cosa y forma para que recemos de forma rutinaria y mecánica.
-Cuando vamos a confesarnos-otra cosa que le fastidia mucho: primero en el examen de conciencia, para que este sea incompleto, después en el dolor de los pecados, diciéndonos “no es tan grave, no pasa nada, …”,a continuación en el propósito de enmienda. “si lo hago, … me vuelvo a confesar y ya está”, después en la propia confesión con olvidos repentinos, imprecisión en la exposición de los pecados, … y para rematarla en el cumplimiento de la penitencia con distracciones, rapidez, falta de piedad.
-Lo mismo pasa con el resto de los sacramentos, en particular el de la Eucaristía, ya sea con una mala confesión previa, con distracciones para no tener el alma en buena disposición, …
Con nuestro hijos –sabe que está trabajando para el futuro: nos proporcionará mil tentaciones para malcriar a nuestros hijos con nuestros malos ejemplos, con nuestras perezas, con nuestro vocabulario, con nuestro cansancio (es más cómodo que vean una película a ocuparnos de ellos, escuchándolos, jugando, …) con nuestra falta de humildad y caridad hacia el prójimo,…
-Con nuestra “conciencia” de hombre. Respeto humano, mal menor (pero mal al fin y al cabo), tolerancia del mal, obediencia al hombre antes que a Dios,…
-Con nuestra forma de priorizar las cosas: primero nuestra comodidad, nuestra sociabilidad, nuestro estatus social y el de nuestros hijos, nuestra bonita casa, piso, coche, video, piscina, ropa último modelo, jardín, nuestro trabajo bien visto, …, y luego a Dios y que no moleste mucho, en privado, que nadie se entere. Es fascinante intentar hacer el bien en organizaciones que son algo buenas, o en la política (en partidos políticos totalmente ateos o liberales, aunque haya gente buena), o en mil asuntos que socialmente son muy interesantes olvidándonos de uno de los principios morales más importantes: del mal NUNCA sale el bien.

Veamos algunos de los ejemplos del libro citado:

“.. Solo veo una cosa que hacer por el momento. Tu paciente se ha hecho humilde: ¿le has llamado la atención sobre este hecho? Todas las virtudes son menos formidables para nosotros una vez que el hombre es consciente de que las tiene, pero esto es particularmente cierto de la humildad.
“.. En consecuencia debes ocultarle al paciente la verdadera finalidad de la humildad.”
“Si por el contrario, es consciente de que le pueden esperar cosas horribles, y reza para pedir las virtudes necesarias para enfrentarse con tales horrores, y entretanto se ocupa del presente, porque en éste, y sólo en éste, residen todos los deberes, toda la gracia, toda la sabiduría y todo el placer, su estado es enormemente indeseable y debe ser inmediatamente atacado…”
“..El sentimiento de propiedad en general debe estimularse siempre. Los humanos siempre están reclamando propiedades que resultan igualmente ridículas en el cielo y en el infierno, y debemos conseguir que lo sigan haciendo. Gran parte de la resistencia moderna a la castidad procede de la creencia de que los hombres son “propietarios” de sus cuerpos; es como si un infante a quien su padre a colocado, con cariño, como gobernador titular de una gran provincia, bajo el auténtico mando de sabios consejeros, llegase a imaginarse que realmente son suyas las ciudades, los bosques, los maizales, del mismo modo que son suyos los ladrillos del suelo de su cuarto…”
…ya que tu paciente ha contraído el terrible hábito de la piedad, probablemente seguirá rezando oraciones hagas lo que hagas. Pero puedes preocuparle con la obsesionante sospecha de que tal práctica es absurda y no puede tener resultados objetivos. No olvides usar el razonamiento: “Cara, yo gano; cruz, tu pierdes”. Si no ocurre lo que el pide, entonces eso es una prueba más de que las oraciones de petición no sirven, si ocurre, será capaz, naturalmente, de ver algunas causas físicas que condujeron a ello, y por tanto, hubiese ocurrido de igual modo, y así una petición concedida resulta tan buena prueba como una denegada de que las oraciones son ineficientes..”
“.. Y puesto que no podemos engañar continuamente a toda la raza humana, resulta de la máxima importancia aislar así a cada generación de las demás; porque cuando el conocimiento circula libremente entre unas épocas y otras, existe siempre el peligro de que los errores característicos de una puedan ser corregidos por las verdades características de otras…”
Este última cita es clave para entender como ha sido posible que el último concilio ha abierto las puertas al compendio de todas las herejías anteriores sin que prácticamente nadie se diera cuenta y en la actualidad la mayoría del mundo que se dice católico ha dejado de serlo. Y si no me creen, averigüen cuantas personas creen, hoy en día, en la presencia real de Nuestro Señor en la Eucaristía, y verán con pavor que ni siquiera una parte importantes del clero lo cree –es decir que como poco son protestantes.


COMO DEFENDERNOS:
Es evidente que quienes mejor pueden contestar a esta pregunta son sacerdotes y doctas personas, así que nos vamos a limitar a explicar las cosas más sencillas y fáciles de retener, que son dos:
La primera es la de terminar de aceptar en todos y cada uno de los momentos de nuestra vida nuestra total sumisión, abandono y confianza en Dios. Si de verdad conseguimos abandonarnos y confiar ciegamente en la Divina Providencia, habremos conseguido dotarnos de una de las mejores armas para resistir a la tentación.
La segunda es … ¡pedir a Dios que nos de la primera!. Esto quiere decir que no debemos tener miedo de pedir a Dios que nos haga fuerte en nuestras VIRTUDES, no en nuestra cuenta corriente, no en nuestra comodidad, no en nuestra salud, etc. Y para ello ¿a quien acudir?: a la Santísima Virgen maría!!!!!

P. Banizzetti


Arcángel San Miguel, Príncipe de la Milicia Celestial.
¿QUIEN COMO DIOS?

jueves, 4 de febrero de 2010

ATAQUE A LA FACHADA DE SAINT-NICOLAS-DU-CHARDONNET

Tras ser comentada la noticia en algunos blogs franceses durante los pasados días, La Porte Latine, sitio oficial del distrito de Francia de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, ha publicado un comunicado de prensa sobre el ataque a la fachada de la iglesia de Saint-Nicolas-du-Chardonnet.
En el mismo informa que alrededor de las tres de la tarde del domingo 17 de enero pasado, jóvenes enmascarados lanzaron abundante pintura roja sobre la fachada del templo católico francés regenteado por la FSSPX.

Algunos fieles vieron a los vándalos y dieron su informe a la policía, quien llegó tiempo después y no hay resultados positivos de su accionar…

“El Sr. Sarkozy no se ha movido para denunciar "un escándalo digno de las horas más oscuras de nuestra historia".

Mons. Vingt-Trois (Arzobispo de París) no nos han expresado su "solidaridad", y mucho menos su indignación por el templo de Dios profanado…

Y los medios de comunicación: no tuvieron a bien dar a conocer los hechos para el público.

Esto es, después de todo, una iglesia católica...”

Tomado de Santa Iglesia Militante.

miércoles, 3 de febrero de 2010

LA SAGRADA COMUNIÓN. San Alfonso Mª Ligorio

Tomad y comed; éste es mi Cuerpo.
Mt. 26, 26.

I
Consideremos la grandeza de este Santísimo Sacramento de la Eucaristía, el amor inmenso que Jesucristo nos manifestó con tan precioso don y el vivo deseo que tiene de que le recibamos sacramentado.
Veamos, en primer lugar, la gran merced que nos hizo el Señor al darse a nosotros como alimento en la santa Comunión. Dice San Agustín que con ser Jesucristo Dios omnipotente, nada mejor pudo darnos, pues ¿qué mayor tesoro puede recibir o desear un alma que el sacrosanto Cuerpo de Cristo? Exclamaba el profeta Isaías (12, 4): Publicad las amorosas invenciones de Dios.
Y, en verdad, si nuestro Redentor no nos hubiese favorecido con tan alta dádiva, ¿quién hubiera podido pedírsela? ¿Quién se hubiera atrevido a decirle: “Señor, si deseáis demostrar vuestro amor, ocultaos bajo las especies de pan y permitid que por manjar os recibamos?...”. El pensarlo nomás se hubiera reputado por locura. “¿No parece locura el decir: comed mi carne, bebed mi sangre?”, exclamaba San Agustín.
Cuando Jesucristo anunció a los discípulos que este don del Santísimo Sacramento que pensaba dejarles, no podían creerle, y se apartaron del Señor, diciendo (Jn. 6, 61): “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?... Dura es esta doctrina; ¿y quién lo puede oír?” Mas lo que al hombre no le es dado ni imaginar, lo pensó y realizó el gran amor de Cristo.
San Bernardino dice que el Señor nos dejó este Sacramento en memoria del amor que nos manifestó en su Pasión, según lo que Él mismo nos dijo (Lc. 22, 19): “Haced esto en memoria mía”. No satisfizo Cristo su divino amor –añade aquel Santo (t. 2, serm. 54)– con sacrificar la vida por nosotros, sino que ese mismo soberano amor le obligó a que antes de morir nos hiciera el don más grande de cuantos nos hizo, dándose Él mismo para manjar nuestro.
Así, en este Sacramento llevó a cabo el más generoso esfuerzo de amor, pues como dice con elocuentes palabras el Concilio de Trento (ses. 13, c. 2), Jesucristo en la Eucaristía prodigó todas las riquezas de su amor a los hombres.
¿No se estimaría por muy amorosa fineza –dice San Francisco de Sales– el que un príncipe regalase a un pobre algún exquisito manjar de su mesa? ¿Y si le enviase toda su comida? ¿Y, finalmente, si el obsequio consistiera en un trozo de la propia carne del príncipe, para que sirviese al pobre de alimento?... Pues Jesús en la sagrada Comunión nos alimenta, no ya con una parte de su comida ni un trozo de su Cuerpo, sino con todo Él: “Tomad y comed; éste es mi Cuerpo” (Mt. 26, 26); y con su Cuerpo nos da su Sangre, alma y divinidad.
De suerte que –como dice San Juan Crisóstomo–, dándosenos Jesucristo mismo en la Comunión, nos da todo lo que tiene y nada se reserva para Sí; o bien, según se expresa Santo Tomás: “Dios en la Eucaristía se entrega todo Él, cuanto es y cuanto tiene”. Ved, pues, cómo ese Altísimo Señor, que no cabe en el mundo –exclama San Buenaventura–, se hace en la Eucaristía nuestro prisionero... Y dándose a nosotros real y verdaderamente en el Sacramento, ¿cómo podremos temer que nos niegue las gracias que le pidamos? (Ro. 8, 32).

II
Consideremos en segundo lugar el gran amor que nos mostró Jesucristo al otorgarnos este altísimo don... Hija solamente del amor es la preciosa dádiva del Santísimo Sacramento. Necesario fue para salvarnos, según el decreto de Dios, que el Redentor muriese.
Mas ¿qué necesidad vemos en Jesucristo, después de su muerte, permanezca con nosotros para ser manjar de nuestras almas?... Así lo quiso el amor.
No más que para manifestarnos el inmenso amor que nos tiene instituyó el Señor la Eucaristía, dice San Lorenzo Justiniano, expresando lo mismo que San Juan escribió en su Evangelio (Jn. 13, 1): “Sabiendo Jesús que era llegada su hora del tránsito de este mundo al Padre, como hubiese amado a los suyos que vivían en este mundo, los amó hasta el fin”.
Es decir, cuando el Señor vio que llegaba el tiempo de apartarse de este mundo, quiso dejarnos maravillosa muestra de su amor, dándonos este Santísimo Sacramento, que no otra cosa significan las citadas palabras: “los amó hasta el fin”, o sea, “los amó extremadamente, con sumo e ilimitado amor”, según lo explican Teofilacto y San Juan Crisóstomo.
Y notemos, como observa el Apóstol (1 Co. 11, 23-24), que el tiempo escogido por el Señor para hacernos este inestimable beneficio fue el de su muerte. En aquella noche en que fue entregado, tomó el pan, y dando gracias, le partió y dijo: “Tomad y comed; éste es mi Cuerpo”.
Cuando los hombres le preparaban azotes, espinas y la cruz para darle muerte cruelísima, entonces quiso nuestro amante Jesús regalarle la más excelsa prenda de amor.
¿Y por qué en aquella hora tan próxima a la de su muerte, y no antes, instituyó este Sacramento? Hízolo así, dice San Bernardino, porque las pruebas de amor dadas en el trance de la muerte por quien nos ama, más fácilmente duran en la memoria y las conservamos con más vivo afecto.
Jesucristo, dice el Santo, se había dado a nosotros de varias maneras; habíasenos dado por Maestro, Padre y compañero por luz, ejemplo y víctima. Faltábale el postrer grado de amor, que era darse por alimento nuestro, para unirse todo a nosotros, como se une e incorpora el manjar con quien le recibe, y esto lo llevó a cabo entregándose a nosotros en el Sacramento.
De suerte que no se satisfizo nuestro Redentor con haberse unido solamente a nuestra naturaleza humana, sino que además quiso, por medio de este Sacramento, unirse también a cada uno de nosotros particular e íntimamente.
“Es imposible –dice San Francisco de Sales– considerar a nuestro Salvador en acción más amorosa ni más tierna que ésta, en la cual, por decirlo así, se anonada y se hace alimento para penetrar en nuestras almas y unirse íntimamente con los corazones y cuerpos de sus fieles”.
Así dice San Juan Crisóstomo a ese mismo Señor a quien los ángeles ni a mirar se atreven: “Nos unimos nosotros y nos convertimos con Él en un solo cuerpo y una sola carne”. ¿Qué pastor –añade el Santo– alimenta con su propia sangre a las ovejas? Aun las madres, a veces, procuran que a sus hijos los alimenten las nodrizas. Mas Jesús en el Sacramento nos mantiene con su mismo Cuerpo y Sangre, y a nosotros se une (Hom. 60).
¿Y con qué fin se hace manjar nuestro? Porque ardentísimamente nos ama y desea ser con nosotros una misma cosa por medio de esa inefable unión (Hom. 51).
Hace, pues, Jesucristo en la Eucaristía el mayor de todos los milagros. “Dejó memoria de sus maravillas, dio sustento a los que le temen” (Sal. 110, 4), para satisfacer su deseo de permanecer con nosotros y unir con los nuestros su Sacratísimo Corazón.
“¡Oh admirable milagro de tu amor –exclama San Lorenzo Justiniano–, Señor mío Jesucristo, que quisiste de tal modo unirnos a tu Cuerpo, que tuviésemos un solo corazón y un alma sola inseparablemente unidos contigo!”.
El B. P. de la Colombière, gran siervo de Dios, decía: “Si algo pudiese conmover mi fe en el misterio de la Eucaristía, nunca dudaría del poder, sino más bien del amor, manifestados por Dios en este soberano Sacramento. ¿Cómo el pan se convierte en Cuerpo de Cristo? ¿Cómo el Señor se halla en varios lugares a la vez? Respondo que Dios todo lo puede. Pero si me preguntan cómo Dios ama tanto a los hombres que se les da por manjar, no sé qué responder, digo que no lo entiendo, que ese amor de Jesús es para nosotros incomprensible”.
Dirá alguno: Señor, ese exceso de amor por el cual os hacéis alimento nuestro, no conviene a vuestra majestad divina... Mas San Bernardo nos dice que por el amor se olvida el amante de la propia dignidad. Y San Juan Crisóstomo (Serm. 145) añade que el amor no busca razón de conveniencia cuando trata de manifestarse al ser amado; no va a donde es conveniente, sino a donde le guían sus deseos.
Muy acertadamente llamaba Santo Tomás (Op. 68) a la Eucaristía Sacramento de amor. Y San Bernardo, amor de los amores. Y con verdad Santa María Magdalena de Pazzi denominaba el día del Jueves Santo, en que el Sacramento fue instituido, el día del Amor.

III
Consideremos, por último, el gran deseo que tiene Jesucristo de que le recibamos en la santa Comunión... Sabiendo Jesús que era llegada su hora... (Jn. 13, 1); mas, ¿por qué Jesucristo llama su hora a aquella noche en que había de comenzarse su dolorosa Pasión?... Llamábala así porque en aquella noche iba a dejarnos este divino Sacramento, con el fin de unirse al mismo Jesús con las almas amadísimas de sus fieles.
Ese excelso designio movible a decir entonces (Lc. 22, 15): “Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros”; palabras con que denota el Redentor el vehemente deseo que tenía de esa unión, con nosotros en la Eucaristía... Ardientemente he deseado... Así le hace hablar el amor inmenso que nos tiene, dice San Lorenzo Justiniano.
Quiso quedarse bajo las especies de pan, a fin de que cualquiera pudiese recibirle; porque si hubiese elegido para este portento algún manjar exquisito y costoso, los pobres no hubiesen podido recibirle a menudo. Otra clase de alimento, aunque no fuese selecto y precioso, acaso no se hallaría en todas partes. De suerte que el Señor prefirió quedarse bajo las especies de pan, porque el pan fácilmente se halla dondequiera y todos los hombres pueden procurársele.
El vivo deseo que el Redentor tiene de que con frecuencia le recibamos sacramentado movíale no sólo a exhortarnos muchas veces o invitarnos a que lo recibiésemos: “Venid, comed mi Pan, y bebed mi Vino que os he mezclado. Comed, amigos, y bebed; embriagaos los muy amados” (Pr. 9, 5; Cant. 5, 1); vino a imponérnoslo como precepto: “Tomad y comed; éste es mi Cuerpo” (Mt. 26, 26).
Y a fin de que acudamos a recibirle, nos estimula con la promesa de la vida eterna. “Quien come mi Carne, tiene vida eterna. Quien come este Pan, vivirá eternamente” (Jn. 6, 55-56). Y de no obedecerle, nos amenaza con excluirnos de la gloria: “Si no comiereis la Carne del Hijo del Hombre no tendréis vida en vosotros” (Jn. 6, 54).
Tales invitaciones, promesas y amenazas nacen del deseo de Cristo de unirse a nosotros en la Eucaristía; y ese deseo procede del amor que Jesús nos profesa, porque –como dice San Francisco de Sales– el fin del amor no es otro que el de unirse al objeto amado, puesto que en este Sacramento Jesús mismo se une a nuestras almas (el que come mi Carne y bebe mi Sangre, en Mí mora y Yo en él) (Jn. 6, 57); por eso desea tanto que le recibamos. “El amoroso ímpetu con que la abeja acude a las flores para extraer la miel –dijo el Señor a Santa Matilde– no puede compararse al amor con que Yo me uno a las almas que me aman”.
¡Oh, si los fieles comprendiesen el gran bien que trae a las almas la santa Comunión!... Cristo es el dueño de toda riqueza, y el Eterno Padre le hizo Señor de todas las cosas (Jn. 13, 3).
De suerte que, cuando Jesús penetra en el alma por la sagrada Eucaristía, lleva consigo riquísimo tesoro de gracias. “Vinieron a mí todos los bienes juntamente con ella” dice Salomón (Sb. 7, 11) hablando de la eterna Sabiduría.
Dice San Dionisio que el Santísimo Sacramento tiene suma virtud para santificar las almas. Y San Vicente Ferrer dejó escrito que más aprovecha a los fieles una comunión que ayunar a pan y agua una semana entera.
La Comunión, como enseña el Concilio de Trento (sec. 13, c. 2), es el gran remedio que nos libra de las culpas veniales y nos preserva de las mortales; por lo cual, San Ignacio, mártir, llama a la Eucaristía “medicina de la inmortalidad”. Inocencio III dice que Jesucristo con su Pasión y muerte nos libró de la pena del pecado, y con la Eucaristía nos libra del pecado mismo.
Este Sacramento nos inflama en el amor de Dios. “Me introdujo en la cámara del vino; ordenó en mí la caridad. Sostenedme con flores, cercadme de manzanas, porque desfallezco de amor” (Cant. 2, 4-5). San Gregorio Niceno dice que esa cámara del vino es la santa Comunión, en la cual de tal modo se embriaga el alma en el amor divino, que olvida las cosas de la tierra y todo lo creado; desfallece, en fin, de caridad vivísima.
También el venerable Padre Francisco de Olimpio, teatino, decía que nada nos inflama tanto en el amor de Dios como la sagrada Eucaristía. Dios es caridad; es fuego consumidor (1 Jn. 4, 8; Dt. 4, 24). Y el Verbo Eterno vino a encender en la tierra ese fuego de amor (Lucas. 12, 49).
Y, en verdad, ¡qué ardentísimas llamas de amor divino enciende Jesucristo en el alma de quien con vivo deseo lo recibe Sacramentado!
Santa Catalina de Siena vio un día a Jesús Sacramentado en manos de un sacerdote, y la Sagrada Forma le parecía brillantísima hoguera de amor, quedando la Santa maravillada de cómo los corazones de los hombres no estaban del todo abrasados y reducidos a cenizas por tan grande incendio.
Santa Rosa de Lima aseguraba que, al comulgar, parecíale que recibía al sol. El rostro de la Santa resplandecía con tan clara luz, que deslumbraba a los que la veían, y la boca exhalaba vivísimo calor, de tal modo, que la persona que daba de beber a Santa Rosa después de la Comunión sentía que la mano se le quemaba como si la acercase a un horno.
El rey San Wenceslao solamente con ir a visitar al Santísimo Sacramento se inflamaba aun exteriormente de tan intenso ardor, que a un criado suyo, que le acompañaba, caminando una noche por la nieve detrás del rey, le bastó poner los pies en las huellas del Santo para no sentir frío alguno.
San Juan Crisóstomo decía que, siendo el Santísimo Sacramento fuego abrasador, debiéramos, al retirarnos del altar, sentir tales llamas de amor que el demonio no se atreviese a tentarnos.
Diréis, quizá, que nos os atrevéis a comulgar con frecuencia porque no sentís en vosotros ese fuego del divino amor. Pero esa excusa, como observa Gerson, sería lo mismo que decir que no queréis acercaros a las llamas porque tenéis frío. Cuanta mayor tibieza sintamos, tanto más a menudo debemos recibir el Santísimo Sacramento, con tal que tengamos deseos de amar a Dios.
“Si acaso te preguntan los mundanos –escribe San Francisco de Sales en su Introducción a la vida devota– por qué comulgas tan a menudo..., diles que dos clases de gente deben comulgar con frecuencia: los perfectos, porque, como están bien dispuestos, quedarían muy perjudicados en no llegar al manantial y fuente de la perfección, y los imperfectos, para tener justo derecho de aspirar a ella...”.
Y San Buenaventura dice análogamente: “Aunque seas tibio, acércate, sin embargo, a la Eucaristía, confiando en la misericordia de Dios. Cuanto más enfermos estamos, tanto más necesitamos del médico”. Y, finalmente, el mismo Cristo dijo a Santa Matilde: “Cuando vayas a comulgar, desea tener todo el amor que me haya tenido el más fervoroso corazón, y Yo acogeré tu deseo como si tuvieses ese amor a que aspiras”.

AFECTOS Y SÚPLICAS
¡Oh amantísimo Señor de las almas! Jesús mío, no podéis ya darnos prueba mayor para demostrarnos el amor que nos tenéis. ¿Qué más pudierais inventar para que os amásemos?...
Haced, ¡oh Bondad infinita!, que yo os ame desde hoy viva y tiernamente. ¿A quién debe amar mi corazón con más profundo afecto que a Vos, Redentor mío, que después de haber dado la vida por mí os dais a mí Vos mismo en este Sacramento?... ¡Ah Señor! ¡Ojalá recuerde yo siempre vuestro excelso amor y me olvide de todo y os ame sin intermisión y sin reserva!...
Os amo, Dios mío, sobre todas las cosas, y a Vos sólo deseo amar. Desasid mi corazón de todo afecto que para Vos no sea... Gracias os doy por haberme concedido tiempo de amaros y de llorar las ofensas que os hice. Deseo, Jesús mío, que seáis único objeto de mis amores. Socorredme y salvadme, y sea mi salvación el amaros con toda mi alma en ésta y en la futura vida...
María, Madre nuestra, ayudadme a amar a Cristo y rogad por mí.

Del libro: PREPARACIÓN PARA LA MUERTE de San Alfonso Mª Ligorio.

sábado, 30 de enero de 2010

LA DURA VERDAD

La dura verdad del horrible crimen del aborto.



LA DURA VERDAD

LETRA DE “UNA MALDICIÓN”
de Kemper Crabb.

Los jueces se sentaron al margen de la Ley
y en su soberbia no vieron mal poner dientes a las fauces de Satán y cebarle con nuestros hijos.

“Maldición, maldición”, grita la Ley:
Maldición, maldición sobre la soberbia del hombre.
Ay de aquél que ose negar
la imagen de Dios en el hombre.

En términos de coste y comodidad.
un niño no nacido es una enfermedad,
un holocausto aprobado para complacer
nuestra propia conveniencia.

Arrancados del vientre de su madre,
privados de cielo, privados de tumba:
concebidos en lujuria para su propia ruina,
un sacrificio al placer.

“Maldición maldición” grita su sangre:
maldición, maldición, gritan los cielos.
Ay de aquél que ose destruir la imagen de Dios en el hombre…

Los médicos de manos ensangrentadas,
que aman su dinero más que al hombre,
tienen la avaricia por dios y trazan sus planes
como los carniceros de la humanidad.

Oh! sálvanos de esta maldad, Señor
y cambia nuestros corazones por las buenas o por las malas
¡Nuestra nación no puede permitirse más vivir bajo Tu ira!

Maldición, una maldición sobre sus cabezas,
Oh! sálvales Señor, o hazles morir.
Y llena nuestra nación con el temor de Ti.
y aleja de nosotros Tu ira.
Señor, aleja de nosotros tu ira.

Señor ten piedad.
Cristo ten piedad.

No deberíamos nunca preguntarnos hasta dónde podemos llegar sin molestar a nadie. Deberíamos siempre preguntarnos hasta dónde tenemos que llegar para parar la matanza.

jueves, 28 de enero de 2010

CARTA ABIERTA A LOS CATÓLICOS PERPLEJOS (I)


¿Porque estan los católicos perplejos?

¿Quién podría negar que los católicos de este final del siglo XX estén perplejos? Basta con observar lo que pasa para persuadirse de que el fenómeno es relativamente reciente y que corresponde a los veinte últimos años de la historia de la Iglesia. Antes, el camino estaba perfectamente trazado; se lo seguía o no se lo seguía. Se tenía fe o se la había perdido o bien no se la había tenido nunca. Pero aquel que tenía fe, que había entrado en la santa Iglesia por el bautismo, que había renovado sus promesas aproximadamente a los once años, que había recibido al Espíritu Santo en el día de su confirmación, ése sabía lo que debía creer y lo que debía hacer.

Hoy, muchos ya no lo saben. En las iglesias se oyen afirmaciones que causan estupefacción, se leen tantas declaraciones contrarias a lo que se había enseñado siempre que la duda se ha insinuado en los espíritus.

El 30 de junio de 1968 al clausurar el Año de la Fe, S.S. Pablo VI hacía una profesión de fe católica ante todos los obispos presentes en Roma y ante centenares de miles de fieles. En su preámbulo, el Papa ponía en guardia a todos contra los ataques dirigidos a la doctrina, pues, según decía, "eso sería entonces engendrar, como desgraciadamente se ve hoy, turbación y perplejidad en muchas almas fieles".

La misma palabra Perplejidad se encuentra en una alocución de S.S. Juan Pablo II del 6 de Febrero de 1981: "Los cristianos de hoy, en gran parte se sienten perdidos, confundidos, perplejos y hasta decepcionados." El Santo Padre resumía las causas del modo siguiente:

"Desde todas partes se han difundido ideas que contradicen la verdad que fue revelada y que se enseñó siempre. En los dominios del dogma y de la moral se han divulgado verdaderas herejías que suscitan dudas, confusión, rebelión. Hasta la misma liturgia fue violada. Sumergidos en un 'relativismo' intelectual y moral, los cristianos se ven tentados por una ilustración vagamente moralista, por un cristianismo sociológico sin dogma definido ni moral objetiva."

Esta perplejidad se advierte en todo momento en las conversaciones, en los escritos, en los periódicos, en las emisiones radiales o televisadas, en el comportamiento de los católicos-, en quienes se traduce en una disminución considerable de la práctica piadosa, como lo atestiguan las estadísticas, en una pérdida de devoción por la misa y los sacramentos, en un relajamiento general de las costumbres.

En consecuencia, uno se ve obligado a preguntarse por la causa que determinó semejante estado de cosas. A todo efecto corresponde una causa. ¿Se trata de la fe de los hombres que disminuyó por un eclipse de la generosidad del alma, del apetito de goces, de la atracción de los placeres de la vida y de "las múltiples distracciones que ofrece el mundo moderno? Ésas no son las verdaderas razones que, de un modo u otro, siempre existieron; la rápida caída de la práctica religiosa se debe más bien al espíritu nuevo que se introdujo en la Iglesia y que suscitó sospechas sobre todo un pasado de vida eclesiástica, de ENSEÑANZA Y DE PRINCIPIOS DE VIDA. ANTES TODO SE fundaba en la fe inmutable de la Iglesia transmitida por catecismos que eran reconocidos por todos los episcopados.

La fe se sustentaba en certezas; al quebrantarse éstas se ha sembrado la perplejidad.

Tomemos un ejemplo: la Iglesia enseñaba —y el conjunto de los fieles así lo creía— que la religión católica era la única religión verdadera. En efecto, fue fundada por el propio Dios, en tanto que las otras religiones son obra de los hombres. En consecuencia, el cristiano debe evitar toda relación con las religiones falsas y, por otra parte, hacer todo cuanto pueda para convertir a sus adeptos a la religión de Cristo.

¿Continúa siendo siempre verdadero esto? Por supuesto. La verdad no puede cambiar, pues de otra manera nunca habría sido la verdad. Ningún hecho nuevo, ningún descubrimiento teológico o científico —en la medida en que puedan existir descubrimientos teológicos-- hará que la religión católica deje de ser el único camino de salvación.

Pero ocurre que el propio Papa asiste a ceremonias religiosas, de esas falsas religiones, ora y predica en los templos de sectas heréticas. La televisión difunde por el mundo entero las imágenes de esos contactos que causan estupor. Los fieles lógicamente no comprenden nada.

Lutero apartó de la Iglesia a pueblos enteros, trastornó a Europa, espiritual y políticamente, al reducir a ruinas la jerarquía católica, el sacerdocio católico, al inventar una falsa doctrina de la salvación, una falsa doctrina de los sacramentos. Su rebelión contra la Iglesia será el modelo que habrán de seguir todos los futuros revolucionarios que desencadenen el desorden en Europa y en el mundo. Después de quinientos años es imposible, como algunos quisieran, hacer de Lutero un profeta o un doctor de la Iglesia, puesto que no es un santo.

Ahora bien, SI me pongo leer la Documentation. catholique o las revistas diocesanas, encuentro escrito lo siguiente por la pluma de la comisión mixta católico-luterana, oficialmente reconocida por el Vaticano.1 "Entre las ideas del concilio Vaticano II, en las que se puede ver una admisión de los requerimientos de Lutero, se encuentran por ejemplo:

La Documentation catholique, 3 de julio de 1983, N° 1085, págs. 696-697. 12

1. la descripción de la Iglesia como 'Pueblo de Dios' (idea clara del nuevo derecho

canónico, idea democrática y no ya jerárquica);

2. el acento puesto sobre el sacerdocio de todos los bautizados;

3. el compromiso en favor del derecho de la persona a la libertad en materia de religión.

4. Otras exigencias que Lutero había formulado en su tiempo pueden considerarse satisfechas en la teología y en la práctica de la Iglesia actual: el uso de la lengua vulgar en la liturgia, la posibilidad de la comunión en las dos especies y la renovación de la teología y de la celebración de la Eucaristía."

¡Qué gran reconocimiento! ¡Satisfacer las exigencias de Lutero que se mostró el enemigo resuelto de la Misa y del Papa! ¡Admitir las demandas del blasfemo que decía-. "Afirmo que todos los lupanares, los homicidios, los robos, los adulterios son menos malos que esta abominable misa"! De tan monstruosa rehabilitación sólo se puede llegar a una conclusión: o bien hay que condenar al concilio Vaticano II que la autorizó o bien hay que condenar al concilio de Trento y a todos los papas que desde el siglo XVI declararon que el protestantismo era herético y cismático.

Bien se comprende que ante semejante cambio de situación los católicos estén perplejos. ¡Pero tienen tantos otros motivos para estarlo! A medida que transcurrían los años los católicos vieron cómo se transformaban el fondo y la forma de las prácticas religiosas que los adultos habían conocido en la primera parte de su vida. En las iglesias los altares fueron retirados y sustituidos por una mesa, con frecuencia móvil y susceptible de ser escamoteada. El tabernáculo ya no ocupa el lugar de honor y la mayoría de las veces se lo ha disimulado en un pilar, a un costado: en los casos en que todavía permanece en el centro, el sacerdote al decir la misa le vuelve la espalda. El celebrante y los fieles están frente a frente y dialogan. Cualquiera puede tocar los vasos sagrados, frecuentemente reemplazados por cestos, bandejas, vasijas de cerámica; laicos, incluso mujeres, distribuyen la comunión que se recibe en la mano. El cuerpo de Cristo es tratado con una falta de reverencia que suscita dudas sobre la realidad de la transubstanciación.

Los sacramentos son administrados de una manera que varía según los lugares; citaré como ejemplos la edad en que se recibe el bautismo y la confirmación, el desarrollo de la ceremonia y bendición nupciales, amenizadas con cantos y lecturas que nada tienen que ver con la liturgia, pues están tomados de otras religiones o de una literatura resueltamente profana, cuando no expresa sencillamente ideas políticas.

El latín, lengua universal de la Iglesia, y el canto gregoriano desaparecieron de una manera casi general. La totalidad de los cánticos fue reemplazada por cantilenas modernas en la que no es raro encontrar los mismos ritmos que en las de los lugares de placer.

Los católicos se vieron también sorprendidos por la brusca desaparición del hábito eclesiástico como si sacerdotes y religiosas tuvieran vergüenza de mostrarse como son.

Los padres que envían a sus hijos al catecismo comprueban que ya no les enseñan las verdades de la fe, ni siquiera las más elementales-, la Santísima Trinidad, el misterio de la Encarnación, la Redención, el pecado original, la Inmaculada Concepción. Nace entonces un sentimiento de profunda desazón. ¿Será que todo eso ya no es más verdadero? ¿Será anticuado? ¿Estará "superado"? Ni siquiera se mencionan ya las virtudes cristianas; ¿en qué manual de catecismo se habla, por ejemplo, de la humildad, de la castidad, de la mortificación? La fe se ha convertido en un concepto fluctúan te, la caridad en una especie de solidaridad universal y la esperanza es sobre todo la esperanza de un mundo mejor aquí.

Estas novedades no son de la índole de aquellas que en el orden humano aparecen con el correr del tiempo, aquellas a las que uno se habitúa, que uno asimila después de un primer período de sorpresa y de vacilación. En el curso de una vida humana muchas maneras de proceder y hacer las cosas se transforman; si yo todavía fuera misionero en África, viajaría en avión y no ya en buque aunque más no fuera por la dificultad de encontrar una compañía marítima que prestara ese servicio. En este sentido se puede decir que hay que vivir con la época y, por lo demás, está uno obligado a hacerlo.

Pero los católicos a quienes se quiso imponer novedades en el orden espiritual y sobrenatural, en virtud del mismo principio, comprendieron muy bien que eso no era posible. No se puede cambiar el Santo Sacrificio de la misa, no se pueden cambiar los sacramentos instituidos por Jesucristo, no se cambia la verdad revelada de una vez por todas, no se reemplaza un dogma por otro.

Las páginas que siguen quieren responder a las preguntas que se hacen los católicos, esos católicos que conocieron otro rostro de la Iglesia; quieren también iluminar a los jóvenes nacidos después del concilio y a quienes la comunidad católica no ofrece lo que tienen derecho a esperar. Desearía dirigirme por fin a los indiferentes o a los agnósticos a quienes la gracia de Dios tocará un día u otro, pero que corren el peligro entonces de encontrar iglesias sin sacerdotes y con una doctrina que no corresponde a las aspiraciones de su alma.

Además, es evidente que es ésta una cuestión que afecta a todo el mundo, a juzgar por el interés que le presta la prensa de información general, especialmente en nuestro país. Los periodistas también se muestran perplejos. Citemos algunos títulos ai azar: "¿Morirá el cristianismo?", "¿Y si el tiempo trabajase contra la religión de Jesucristo?", "¿Habrá todavía sacerdotes en el año 2000?"

Quiero responder a estas preguntas, sin aportar a mi vez teorías nuevas, sino ateniéndome a la tradición ininterrumpida y sin embargo tan abandonada estos últimos años, que sin duda a muchos lectores les parecerá nueva.

Mons. Marcel Lefebvre.

(Continuará)